El gran cumpleaños de Carla – II (Más juegos infantiles)
Esta no es una historia real (aunque me hubiera gustado que
lo fuera), pero está basada en situaciones y personajes verdaderos, a los que
sólo les cambié los nombres y algunos lugares, como para guardar el secreto...
ntes de dormir, tuve que hacerme una paja, ya que seguía tan
caliente como antes. Espero sacarme la calentura en los días que vienen – Pensé
para mí. Y en los días siguientes no sólo me saqué la calentura que tenía, si no
que viví toda una experiencia, en la casa de mi prima. Y aquí comienza el relato
de esos cuatro días, que disfruté no sólo yo, si no también mi hijo y la familia
de mi prima.
A la mañana siguiente me desperté temprano (por la
costumbre), y lo primero que noté fue la sensación de tener la pija al palo.
Como no podía ser que estuviera así desde que me acosté, evidentemente había
tenido unos sueños muy eróticos, lo cual es razonable, pensando en cómo estaba
cuando me fui a dormir.
Mi segunda sensación fue de desnudez. Noté que no tenía nada
puesto (así duermo siempre, salvo en invierno que me pongo alguna remera y nada
más), pero que tampoco estaba tapado, ya que no sentía la sábana sobre mi piel.
Lo que sentí en tercer lugar, fue más indefinido. Como una
sensación de ser observado, controlado; pero como aún estaba medio dormido, no
llegaba a reaccionar. Cuando me desperté un poco más (sólo habían pasado unos
segundos), entreabrí mis ojos, y en el vano de la puerta de la habitación,
distinguí al trasluz la figura de Rosita, que me miraba atentamente.
No quise asustarla, ya que es mi sobrina predilecta, y se la
veía muy inocente en su uniforme escolar (está en el último año). Por lo tanto,
hice como que me iba despertando, para que se diera cuenta y pudiera salir
"antes" que yo abriera mis ojos.
Pero cuando terminé de "despertarme", ella seguía ahí, con su
vista clavada en mi pija, que se había venido abajo, ante mi preocupación por la
situación. ¡Buen día, tío! – Me dijo. Mamá me mandó despertarte, porque se te va
a hacer tarde para ir a trabajar. ¿Qué querés desayunar? – Preguntó. Cuando miré
mi reloj (lo único que llevaba puesto), le contesté que nada, porque era muy
tarde.
Después de echarle otra ojeada a mi ingle, pegó media vuelta
y se fue. Yo ya estaba recaliente de nuevo, así que me metí en la ducha, con el
agua casi fría, para poder vestirme e ir a la oficina. En la casa sólo quedaba
Nora, que me saludó como si no hubiera pasado nada; un buen día, un beso en la
mejilla, y nada más. Ya está tu remise en la puerta – Me dijo. Le prometí no
volver tarde y me fui.
El día pasó sin pena ni gloria; con mucho trabajo, un
almuerzo con amigos en el centro, y nada más. De todas maneras, se hizo bastante
tarde para cuando terminé. Llegué a lo de la flaca sobre la hora de la cena,
portando un gran postre para repartir entre todos.
La cena fue muy entretenida, donde los chicos se la pasaron
hablando. Lo único que me llamó la atención fue que Carla y Sebastián no se
separaban para nada. Mi hijo estaba muy atento a todo lo que quisiera ella, e
inclusive un par de veces se encargó de correrle el cabello de la cara, con
gestos muy cariñosos. En dos o tres ocasiones noté que hablaban sólo entre
ellos.
Dimos cuenta del postre, y Nora me dijo que guardara un
lugarcito para el café. Esto me hizo empezar a subir la presión, ya que era
evidente la doble intención de sus palabras. Mientras lavábamos los platos, me
dijo que quería tener una conversación seria conmigo, cuando nos quedáramos
solos a tomar el café.
Esto me preocupó bastante, ya que lo dijo en un tono no muy
alegre. Tal vez se había arrepentido de lo de la noche anterior, y ahora me iba
a hacer un escándalo. De todas maneras, yo no hice nada en contra de su
voluntad; y fue ella quien realmente lo disfrutó, mucho más que yo.
Se dio de nuevo el ritual de su ducha, mientras yo preparaba
el café. Volví a sacar el cognac, sirviendo dos buenas raciones en sendas copas.
Si la mano venía muy dura, esperaba ablandarla con la bebida. Cuando volvió, no
lo hizo con el pijama de la noche anterior, si no con un camisón largo casi
hasta el piso, y amplio; de una tela muy finita.
Vista contra la luz, era lo mismo que si estuviera desnuda,
ya que se transparentaba todo. Abajo del camisón, por supuesto, no llevaba nada.
Otra vez iba descalza. Mi primera impresión fue que se había vestido más
recatada, para no pasar otra experiencia como la anterior, pero luego de
comprobar el tipo de prenda que llevaba, llegué a la conclusión que estaba tan
desinhibida como el día previo.
Volvimos a sentarnos junto a la mesa, pero esta vez ella lo
hizo casi a mi lado. Hay algo de lo que quiero hablar con vos – Me dijo. Pero es
algo muy serio, y así quiero que lo entiendas. Yo ya me estaba empezando a poner
nervioso, y casi hasta me había olvidado de que la tenía de nuevo semi desnuda
junto a mí.
Bueno – Le dije. Te escucho; y te prometo que si es algo
serio para vos, también lo será para mí. Y así fue como empezó a hablar de su
hija Carla. ¿Viste que bien se llevan Carlita y Sebastián? – Preguntó. Están
todo el día juntos, y se miran como embobados. Si, algo noté esta noche – Le
respondí. Pero ¿a dónde querés llegar?
Mirá – Siguió Nora. Buenos Aires no es como Neuquén. Acá las
chicas están muy avanzadas, y Carla cada día la veo mas zafada. Se viste como
una pequeña putita cada vez que va a salir, y así tengo miedo que se meta en
cualquier cosa. Por unos exámenes que le tuvieron que hacer, supe que aún es
virgen, pero temo que esto lo pierda en cualquier momento, y no de buena forma.
Yo la escuchaba sin saber a dónde iba a parar, pero ella no
se preocupó si yo entendía o no. Se estaba desahogando, y lo hacía con el
primero que tenía cerca. No es que yo quiera que llegue virgen al casamiento –
Prosiguió. Sólo quisiera que su primera vez la disfrute, ya que es la base para
una buena sexualidad posterior.
¿Y qué tengo que ver yo en todo esto? – La corté, cuando pude
meter un bocadillo. En realidad no sos exactamente vos, si no Sebastián –
Contestó. Los veo tan bien juntos, y tu hijo tiene una facha bárbara, que me
gustaría que fuera él quién tomara la virginidad de Carlita. Me quedé con la
boca abierta, sin saber qué decir. Estaba ofreciendo el virgo de su hija mayor a
mi hijo, pero a través mío. ¿Qué querés que haga yo? – Pregunté, cuando me
repuse.
En realidad, quisiera que lo hablaras con él, para ver si
está dispuesto – Me contestó. Luego podríamos arreglar un encuentro entre los
dos. Con la nena yo ya he hablado del tema varias veces, pero nunca definimos un
candidato. Es difícil para mí pedírtelo, pero sería incapaz de hablarlo
directamente con Sebastián.
Tomá en cuenta – Le dije. Que él probablemente tampoco tenga
ninguna experiencia. Por más que se lo ve muy grande, todavía es joven. ¿Qué
hacemos si él no quiere? – Le pregunté. Tendré que buscar otra solución – Me
respondió. Pero no creo que un chico de esa edad se vaya a negar a acostarse con
una niña como mi Carlita.
Como al día siguiente yo no trabajaba, quedamos en reunirnos
cada uno con su hijo, a fin de plantearles la situación; y luego nos juntaríamos
para definir los detalles. Bueno – Dijo Nora. Ahora que nos pusimos de acuerdo,
dejemos de lado la conversación seria. ¿A qué vamos a jugar hoy? – Preguntó de
golpe.
Me agarró tan desprevenido, que no supe qué contestar.
Primero pensé que estaba jodiendo, pero enseguida me di cuenta que esperaba una
respuesta. El juego de los masajistas de ayer estuvo muy bueno, pero cambiemos
un poco – Agregó. Yo me iba poniendo a mil, aunque no se me notaba, porque iba
completamente vestido. ¿Hasta dónde pensaba llegar la guacha?
El papá y la mama, o el doctor son muy comunes – Le dije,
para ver cómo reaccionaba. ¿Qué te parece si jugamos al dentista? – Propuse. No
recuerdo que hayamos jugado nunca a eso, pero si vos me enseñás, juguemos a lo
que quieras – Fue su respuesta, entregándose por completo.
Bueno – Le dije. Como primera medida vamos a armar el
consultorio. Fuimos al living y tomamos el sillón que usan para la computadora.
Es muy cómodo, con rueditas y apoyabrazos. Vos sentate acá, que vas a ser la
paciente, y yo el odontólogo – Le expliqué. Ponete lo más cómoda posible, que te
voy a revisar la boca. Adujo no poder sentarse bien con el camisón tan largo, y
que no iba a estar cómoda como yo le indicaba. De última, sin esperar mis
comentarios, se lo levantó por la cabeza y se lo sacó. Así estoy mejor, ¿no? –
Dijo ella.
¡Así estás muy bien! – Le dije con doble intención, mientras
la miraba parada delante mío, completamente desnuda, con sus tetas apuntándome
listas para disparar esas balas que parecían sus pezones. Su concha cubierta por
cantidad de oscuros pelos, estaba bien cuidada, aunque se la notaba algo húmeda
ya. Se dio vuelta para señalar la silla. ¿Me siento acá, doctor? – Preguntó.
Una vez que estuvo acomodada, le dije que ahora tenía que
preparar yo mis aparatos. Dicho esto, me saqué de un par de patadas los zapatos,
me quité los pantalones, despacio mostrándole de a poco mi pija parada. Acá
tengo el instrumento principal para revisarte la boca – Le dije, mostrándosela.
Con el puedo llegar hasta las últimas muelas.
Me dejé puesta sólo la camisa, a modo de guardapolvo
profesional, y volví a ella. Bajé lo más que pude la silla, quedando su cara a
la altura de mi ombligo. A ver señora – Le dije. Abra bien grande la boca. Así
lo hizo, le cerré las piernas que la muy turra tenía abiertas, y me senté sobre
ella, apoyándole la pija contra el vientre, con mis piernas a los costados.
Ahora vamos a comenzar el estudio – Le dije. Arrimé mi boca a
la suya, y comencé a explorarla con mi lengua. Nos trenzamos en un franeleo
dentro de su boca, que no acababa nunca; mientras con mis manos me dedicaba a
magrearle las tetas. Se las acariciaba, apretaba y estrujaba. Al final, me hice
cargo de los pezones, y mientras nuestras bocas seguían besándose, yo le
retorcía las puntas con todas mis ganas.
Así llegó al primer orgasmo de esa noche. Quiso gritarlo,
pero no pudo, ya que tenía la boca ocupada. De todas maneras, se retorció para
todos lados, haciendo aún más duros los pellizcos en sus pezones. Cuando se
calmo, le dije que ya había terminado la revisión. Ahora vamos a comenzar a
arreglar las caries – Le informé.
Me paré un poco sobre mis piernas, y acerqué la punta de la
verga a su boca. Ábrala bien, para que entre el instrumento – Le dije. Se la
metí casi hasta la garganta, tanto que le produjo arcadas. Si quiere, puede
cerrarla un poco – Le dije. Y ella rodeó mi pija con sus labios. Ahora vamos a
trabajar. Comencé a cogerla por la boca, la ponía y sacaba como si se tratara de
una concha. Mientras tanto, ella con su lengua acariciaba el glande, volviéndome
cada vez más loco.
Le voy a echar unos líquidos para que se cure más rápido – Le
avisé de golpe. Y en un par de metidas más, acabé dentro de su boca,
llenándosela con mi leche, que fue tragando por completo. Aún cuando no salía
más, ella seguía chupándola, hasta que quedó limpita.
¡Muy bien! – La felicité, cuando pude recuperarme. El
tratamiento ha sido un éxito, luego voy a administrarle un calmante, para que no
le duela más adelante. Mientras tanto, vamos a dejar en condiciones el
instrumento para la próxima sesión.
La hice acostarse sobre el sofá, boca arriba, y me senté
sobre su vientre. Puse mi pija que apenas estaba semi erecta entre sus tetas
¡sus grandiosas tetas!, y comencé a hacerme una cubana lentamente. No tardó
mucho en ponerse al palo otra vez, pero yo no quería acabar allí, tenía otros
planes.
Bueno – Dije. Ya está listo el instrumento de nuevo. Ahora le
voy a dar el calmante que le prometí. Para que haga efecto rápido, se lo voy a
administrar en forma de supositorio. La arrodillé en el piso, apoyada sobre el
sofá, con el culo en pompa hacia mí. Tomé del aceite que habíamos usado el día
anterior, y lo esparcí por mi pija. Luego le apliqué una buena cantidad en la
entrada del orto.
Vamos a ver si entra el supositorio – Le dije. Y comencé a
franelearle el culo con un dedo. Estaba muy cerrado, pero con todo el aceite que
tenía, pronto pude meterle el dedo hasta el fondo. Ese supositorio duele – Me
dijo. Entonces se lo vamos a sacar y le vamos a poner otro – Contesté. Antes que
reaccionara, le había sacado el dedo del culo, y apoyé mi pija en la entrada.
Vamos a ver qué pasa con este – Le dije.
De un solo saque se la enterré hasta las pelotas. Pegó un
grito que de placer no tenía nada, y sí todo de dolor muy fuerte. Por favor
doctor, ese duele más, sáquemelo – Pidió, con lágrimas en los ojos. Nunca me
pusieron un supositorio así antes.
Ahí me terminé de convencer que su culo era virgen, por lo
menos hasta hacía un rato. Me quedé quieto casi dos minutos, mientras sus
músculos se acostumbraban al intruso que tenía dentro. ¿Está mejor ahora? – Le
pregunté. Ya no duele tanto, pero por favor, sáquelo.
En parte le hice caso, ya que se lo saqué casi del todo; pero
sólo para volverlo a meter. Esta vez más lentamente, pero como ya su esfínter se
había dilatado un poco, y gracias al abundante aceite, mi verga volvió a entrar
sin pausa. Así de a poco fui poniéndola y sacándola casi hasta el final. Y
vuelta a empezar.
Ella seguía lloriqueando, y pidiendo que parara. El
tratamiento hay que seguirlo hasta el final aunque duela – Le dije. Esto es como
las inyecciones, si se relaja le va a doler menos. Para ello, me recosté más
sobre ella, y con una mano comencé a acariciarle las tetas. Le pellizqué los
pezones, y su atención se volcó hacia esa parte del cuerpo, logrando que se
olvidara un poco de su culo. De esta manera, los músculos de su orto se
relajaron, y permitieron que la verga entrara y saliera con facilidad.
Nora comenzó a moverse ella de atrás para adelante, como
buscando mi pija cada vez que la sacaba. Ya no lloraba, si no que gemía de
placer; porque el culo no le dolía tanto, y sus tetas le transmitían sensaciones
únicas. Cuando sentí que iba a acabar, se la saqué del todo y volví a meterla de
un empujón. Repetí esto dos o tres veces, y en la última largué todo el reguero
de leche en sus intestinos.
Esta vez el que gritó fui yo. Fue una enculada sensacional,
en ese orto todavía muy estrecho, donde mi pija calzaba como un guante. Cuando
terminé de echarle hasta la última gota de leche en el culo, me di vuelta y se
la puse delante de la cara nuevamente. Ahora sólo falta limpiar los instrumentos
y ya terminamos la sesión – Le dije. No hizo falta decir más. Abrió la boca y se
la tragó entera, para luego limpiarla con la lengua, hasta que no quedó ni
rastros de semen ni del contenido de sus intestinos.
¿Qué te pareció el juego? – Le pregunté cuando nos hubimos
calmado. Mejor que los de chicos – Me respondió. Pero me dolió bastante; nunca
me habían puesto un supositorio como ese – Dijo, señalando mi fláccida pija. No
te hagas problemas que a todo se acostumbra uno – Le dije. Ya vas a ver que las
próximas veces no te va a doler tanto.
Ahora vamos a dormir, que mañana tenemos mucho que hacer –
Propuse. Aunque ella no estaba muy convencida de terminar la noche así, aceptó y
se fue a la planta alta. Esta vez no me hizo falta una paja para irme a dormir
satisfecho. Me acosté con la satisfacción del deber cumplido.
A la mañana siguiente me desperté con sensaciones similares a
la anterior. Otra vez estaba desnudo y al palo, pero sobretodo, me sentía
observado. Pensé que era un delirio mío (ese día no me tenían que despertar,
porque no iba a trabajar); pero de todas maneras, me incorporé de golpe, mirando
hacia la puerta.
Allí estaba de nuevo Rosita, todavía sin el saquito del
uniforme y observándome dormir; más que nada, mirando hacia mi pija. ¡Buen día!
– Le dije. Todavía no salís para la escuela. No – Me respondió. Me falta tomar
el desayuno y ponerme el saco. Pero aún es temprano, cuando vuelva mamá de
llevar a mis hermanos, me va a alcanzar a mí al colegio.
Todo esto lo dijo todavía con la vista clavada en mi pija,
que por supuesto seguía totalmente erecta. No hice ningún intento por taparme,
ya que ella estaba interesada. ¿Qué hacías por acá? – Le pregunté. Me respondió
que como no tenía nada que hacer por quince minutos, pasó a ver si yo estaba
despierto, para saludarme antes de irse.
¡Qué divina mi sobrinita! – Exclamé. ¿Qué estás esperando
para venir a saludarme, entonces?; como verás, estoy despierto. Vino hasta la
cama y se recostó sobre ella para besarme. Me las ingenié para que nuestros
labios se juntaran en el beso, pero sin siquiera abrir las bocas.
Luego la abracé, y la dejé acostada junto a mí. Dediqué los
próximos cinco minutos a charlar bobadas con ella, mientras no dejaba de mirar
mi miembro desnudo. Al acostarse se le había subido la pollera, y tenía sus
piernas y buena parte de su bombachita al aire, lo que me excitaba cada vez más.
¿Todavía no tomaste el desayuno? – Le pregunté. No, me lo da
mamá cuando vuelve – Respondió. Si querés yo te puedo dar la leche ahora – Dije,
como al descuido. Preguntó si íbamos a ir a la cocina, a lo que le respondí que
no; lo que yo podía darle era mi propia leche. ¿Sabías que los hombres también
tenemos leche? – Le pregunté. En la escuela nos enseñaron que algo así les sale
de ahí – Dijo, señalando mi pija. Y que sirve para hacer los bebés.
Le expliqué que eso era cierto, pero que para que una mujer
quedara embarazada, tenían que darse varias circunstancias. Por tragarte la
leche, no vas a tener un hijo – le dije. ¿Y cómo se hace para que la leche
salga? – Preguntó. Así que tomé su mano, y con ella empecé a pajearme. Le pedí
que le pasara la lengua por la cabeza, y la guié para que mantuviera un ritmo
suficiente, como para hacerme acabar.
A pesar de su falta de experiencia, no me llevó mucho tiempo
alcanzar el orgasmo. Cuando vi que estaba por llegar, le indiqué que abriera su
boca, para tomarse la leche. La mayor parte de mis descargas se terminaron
perdiendo, en su cara, en la cama, etc.; pero una buena parte entró en su boca,
y se la tomó. ¿Qué tal el desayuno? – Le pregunté cuando terminó de salirme
leche. Está muy rico – Contestó, y le dije que terminara de tomar lo que quedaba
en mi pija, e inclusive recogió con sus dedos todo lo que pudo, que no había ido
a parar a su boca.
Bueno – Le dije. Ahora andá a lavarte la cara, y no le
cuentes a nadie del desayuno que tomaste hoy. A tu mamá no le va a gustar, y no
queremos que se enoje. Estaba saliendo de la pieza, cuando llegó de vuelta Nora
a la casa. Rosita ¿ya estás lista para desayunar? – Le preguntó desde la cocina.
A lo cual mi sobrina respondió que ese día no tenía ganas de tomar nada, porque
no se sentía muy bien.
Bajó enseguida, con la cara limpia y lista para salir, y se
fue al colegio con la madre. Ahí me quedé yo, pensando en lo que podría pasar si
le contaba algo. De todas maneras, no era mucho lo que habíamos hecho, y la
flaca tampoco podía hacerse la mosquita muerta. Un poco más tranquilo, me quedé
dormido nuevamente.
Me despertó Nora a media mañana, diciéndome que Sebastián se
había ido a visitar a un viejo amigo, de la época que nosotros vivíamos en
Buenos Aires, y que volvería a almorzar, para cuando estuvieran de vuelta los
primos de la escuela. Te desperté porque pensé que podíamos jugar un rato,
aprovechando que estamos tranquilos – Me dijo.
¿Y a qué querés jugar? – Le pregunté. No sé – Respondió. Vos
sos el que propone juegos divertidos; elegí alguno. Le propuse jugar a los
artefactos de la casa, explicándole que nos turnaríamos cada uno para ser un
artefacto, y el otro lo usaría. Yo te voy a ir indicando cada uno – Le dije.
Para poder jugar más cómodos, te tendrías que sacar vos
también la ropa – Aduje, ya que yo seguía totalmente desnudo en la cama. Sin
decir nada, se quitó la ropa en menos de un minuto, quedando en bolas delante
mío, y a mi disposición. Lo primero que se me vino a la mente, fue hacer uso de
ese magnífico par de gomas.
Vamos a empezar por el cuchillo eléctrico – Le indiqué. ¿Y
eso cómo es? – Preguntó. Vos te acostás boca arriba en la cama, juntás bien
juntos tus pechos. Yo con este cuchillo – Dije, señalando mi verga, que estaba
al palo. Los voy a cortar al medio.
Se estiró en la cama, como le había indicado, y puse mi pija
entre sus portentosas tetas. Ahora juntalas bien apretadas, para que empiece a
cortar – Volví a dar indicaciones. Así lo hizo, apretando con una mano cada
pecho; y una vez que estuvo lista, comencé a pajearme entre ellas. Fue el
delirio de la cubana; no recordaba unas tetas tan buenas para pajearme como
aquellas (salvo, tal vez, las de Marita).
Cada vez que la punta de mi verga asomaba entre sus tetas,
ella arrimaba la cara e intentaba pasarle la lengua por el glande. Me estuve
masturbando así por un rato, hasta que empecé a sentir que me venía. Como ella
se apretaba las gomas, yo tenía mis manos libres; así que cuando estaba por
acabar, tomé su cabeza y la mantuve derecha frente a mi verga.
¡Le bañé la cara en leche! Todo lo que salió (y fueron varios
chorros) dieron de lleno en su cara, embadurnando las mejillas, los labios, la
pera, los ojos y la frente. Muy poco fue a parar a su boca; e inclusive, algo a
su cabello. Al final tenía un ojo completamente cerrado por el pegote de semen.
Me salí de encima de ella y caí rendido a su lado en la cama.
Cuando quiso irse a lavar, le dije que no, que siguiéramos con el juego. ¿Qué
nos toca ahora? – Preguntó, mientras se relamía la leche que le había quedado
cerca de la boca. Ahora te toca a vos ser un aparato – Le dije. Y esta vez vas a
ser un inodoro. La arrodillé en el piso y me paré delante de ella. Cuando amagó
volver a chupar mi fláccida pija, la paré en seco. Como inodoro, lo único que
tenés que hacer es abrir la boca – Le indiqué. Cuando lo hizo, apunté mi pija a
la boca, y comencé a orinar. El chorro se dirigió directamente a su garganta, lo
que la hizo cerrar instintivamente la boca, pero la tomé de los pelos y la
volvió a abrir.
En el medio, el pis le baño la cara, limpiándole en parte los
pegotes de semen que le quedaban. Al volver a abrirla, comenzó a tragar los
restos que seguían saliendo de mi pija, esta vez sin desperdiciar ni una gota.
Cuando terminé, no sólo me había sacado las ganas de orinar, que después del
polvo que me había echado, eran muchas; si no que mi pija se volvía a parar.
Esta vez no hizo ni intento de limpiarse. Le dije que ahora
me volvía a tocar a mí ser un artefacto, y que ya que estábamos en el baño
(figuradamente), yo iba a ser el bidé. Me acosté de espaldas a la cama, y
señalando mi boca le dije que por ahí iba a salir el agua para que se lavara la
conchita.
No hizo falta más, y se acomodó en cuclillas sobre mi cara,
de forma tal que mi lengua tenía a su alcance la concha y el culo de Nora.
Cuando estuvo acomodada, comencé a lamerla; suavemente al principio, y después
más fuerte. Le pegué una mamada de las que hacen historia; creo que nunca la va
a olvidar. Acabó no menos de cuatro o cinco veces, y cada vez me llenaba la cara
con sus jugos, que yo no dejaba de tragar.
Para mí fue muy bueno, pero para ella ni hablar. Con el
último orgasmo se derrumbó sobre mí, quedando su cara sobre mi erecta pija. Pero
no le quedaban ni fuerzas para hacerme nada. En esa posición se quedó dormida
por un buen rato, hasta que tuve que despertarla, porque era casi el mediodía, y
volverían los chicos de la escuela.
Se levantó y se fue a pegar un baño, mientras yo me vestía.
Después del almuerzo íbamos a hablar con Carla y Sebastián, para poder cumplir
con el deseo de Nora de que desvirgaran a mi sobrina. Y esto lo teníamos que
armar para ese mismo día, ya que no nos quedaba mucho tiempo. Pero lo que pasó
en el resto de ese día, se los voy a contar en la próxima entrega, en la tercer
parte de este relato. ¡Hasta entonces!
Un abrazo,
Billy
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