El gran cumpleaños de Carla – I (Jugando a los masajistas con
Nora)
Esta no es una historia real (aunque me hubiera gustado que
lo fuera), pero está basada en situaciones y personajes verdaderos, a los que
sólo les cambié los nombres y algunos lugares, como para guardar el secreto...
quellos que hayan leído mis historias sobre Ivanna; Virginia;
Marita y Silvina ó Verónica y Beatriz, ya me conocen. Soy Billy (Guillermo,
según mi documento), argentino de casi cuarenta años, que no se encuentra
físicamente en gran estado, pero tampoco desastroso. Nací en Buenos Aires, pero
vivo con mi familia desde hace unos años en Neuquén, debido a mi trabajo en una
empresa multinacional.
Esta historia comenzó cuando se juntaron de casualidad dos
hechos que no tienen nada que ver entre sí. Fue en diciembre del año pasado,
cuando mi sobrina Carla festejaba su cumpleaños más importante, el más
importante para cualquier mujer. Carla es hija de mi prima hermana Nora, y viven
en el gran Buenos Aires, cerca de donde yo viví casi toda mi vida.
Con bastante anticipación, nos llegó la invitación para que
fuéramos todos los que quisiéramos a la fiesta de cumpleaños. Lamentablemente,
caía justo para los últimos días de clase en las escuelas, exámenes finales,
etc., por lo que sólo podía ir uno de mis hijos, Sebastián, que terminaba una
semana antes, y además es el que tiene la edad de Carla, ya que el cumplía un
mes después.
Mi esposa Isabel y yo tampoco teníamos posibilidad de viajar,
por nuestros trabajos. Por lo tanto, decidimos mandarlo solo a Sebastián. Pero
por esas casualidades de la vida, a último momento me salió la necesidad, por
trabajo, de ir a Buenos Aires cerca de esa fecha. En realidad, tenía que estar
allá el miércoles y jueves, y el sábado era el cumpleaños.
Lo comentamos con Isabel, y estuvimos de acuerdo en que sería
lindo que me quedara para la fiesta; así que pedí el día viernes libre en la
empresa, y me dispuse a viajar el miércoles a la mañana, para quedarme hasta el
domingo.
Primero pensé que podríamos parar en lo de mi hermana
Cristina (la mamá de Ivanna), pero hay muy poco lugar en su departamento; y por
otra parte, mi prima Nora me invitó a que fuéramos a su casa. Esto no me
convenía demasiado, ya que tiene tres hijos, y pensé que seríamos muchos. No
sabés lo que es la casa ahora – Me dijo por teléfono. La he ampliado mucho, y va
a haber lugar de sobra.
Ante su insistencia, no me quedó más remedio que aceptar. Ya
vería cómo me escapaba a lo de Cristina, para poder disfrutar de alguna encamada
con Ivannita y con ella; sin tener que cargar con Sebastián. Aunque por otro
lado, también se me pasó por la cabeza la idea de llevarlo a él, y disfrutar los
cuatro juntos.
Tomamos el avión a Buenos Aires el miércoles temprano, y
cuando llegamos a Aeroparque, me estaba esperando un remise puesto por la
empresa, y a Sebastián, mi prima. ¿Cómo estás flaqui? – La saludé cariñosamente.
Es que así le decíamos a Nora, desde que era chica.
Les cuento que Nora es la mayor de todos los primos,
inclusive un poco más que mi hermana Cristina; anda por los 42 años. Muy al
estilo de nuestra familia, es de cabello oscuro, tez clara, ojos marrones, y
nada en su cara que la distinga demasiado. De chica siempre fue muy flaca (de
ahí su sobrenombre), pero después creció, y echó sus formas.
Hoy es una mujer bien constituida, en parte porque se cuida,
y en parte gracias a una cirugía bastante importante que se hizo hace unos
cuatro o cinco años (lipoaspiración en vientre y caderas, levantada y agrandado
de las tetas, etc.). Las gomas se ven formidables, a pesar que no usa corpiño
(gracias a las siliconas, no lo necesita), mantiene su cintura pequeña, marcada
más aún, porque tiene unas caderas bastante anchas, que sostienen un culo bien
paradito (a pesar que no recibió al bisturí).
Con la flaca siempre nos llevamos bien, ya que con mis
hermanos y sus hermanas, prácticamente nos criamos juntos. Nos conocemos mucho,
aunque en los últimos años las distancias nos hayan separado. Inclusive, la
conozco completa, aunque sea de pequeña, ya que solíamos jugar todos juntos a
diversos juegos de niños (al doctor, el papá y la mamá, etc.), y nunca me privó
de verla desnuda, y de verme a mí de la misma manera. En realidad, estos juegos
se extendieron hasta que ya casi éramos adolescentes, y mis últimos recuerdos
incluyen unas incipientes tetitas, y algunos pelitos tapando su concha.
En la actualidad Nora está divorciada, trámites que terminó
hace poco, pero que de hecho, lleva separada mucho más tiempo. Tiene tres hijos:
Carla es la mayor. Es la que más se parece al padre (un rubio de ascendencia
rusa); tiene el cabello rubio muy claro, lacio que le cae a los costados de una
cara finita y de facciones lindas. Como toda rubia de ese estilo (al menos es lo
que pienso), tiene cara de desabrida (cara de nada, diría un amigo).
El segundo de los hijos de Nora es Adolfo, dos años menor que
Carla. Rubio también, pero con cara cuadrada, tipo bulldog; parece alemán. Medio
gordito y retacón, pero algo más expresivo que su hermana mayor. La más chica,
Rosa, un año menos que Adolfo; y es como la madre, no tan linda como la hermana,
pero mucho más simpática, y con unas pecas en la cara, que la hacen muy
graciosa.
La flaca está en una situación económica muy buena, ya que le
quedaron varias propiedades de su divorcio, y además maneja un emprendimiento
gastronómico que funciona una barbaridad. Sólo los ingresos que éste le genera,
le alcanzarían para vivir muy pero muy bien.
Hablamos dos o tres cosas en el aeropuerto, ya que me tenía
que ir a trabajar. Prometí ir a su casa lo más temprano posible, para poder
charlar tranquilos antes de dormir esa noche. Sebastián se fue con ella, y yo
por mi lado.
A eso de las siete de la tarde, me subí a un remise, para que
me llevaran a lo de mi prima, donde llegué antes de las ocho. En la casa sólo
estaba Nora, quien me recibió muy alegre. Los chicos se habían ido con Sebastián
al shopping más cercano, así que teníamos tiempo para ver la casa renovada,
antes de la cena.
Realmente le quedó hermosa, ya que la original era linda (su
ex marido es arquitecto, y tiene muy buen gusto); y con el agregado de una
planta completa; y reciclado de toda la planta baja, estaba monumental. Abajo le
quedó la cocina – comedor diario, igual que antes, pero el pequeño living se
transformó en una recepción. Donde estaban las dos habitaciones de los niños, se
hizo un living – comedor; quedando la habitación de ella (en suite), como la
única en esa planta.
Tanto del nuevo living – comedor, como de la cocina, se pasa
al fondo, que sin ser muy grande, es muy bonito e incluye una bañera con
yacuzzi, al aire libre. El patio está lleno de plantas (Nora es ingeniera
agrónoma) y parece un pequeño paraíso. El jardín del Edén.
En la planta alta, construyeron tres habitaciones, una para
cada chico; un baño completo; y un hall de distribución en el medio. La pieza
del varón, está entre las otras dos, siendo la de Carla la última, después de
subir la escalera.
Para cuando terminamos de recorrer la casa, ya casi era la
hora de cenar, y de que volvieran los chicos. Nora había dispuesto que Sebastián
durmiera en la habitación con Adolfo, ella iría a dormir con Rosa, y a mi me
dejaba su propia habitación, para que estuviera cómodo. Así que llevé allí mi
bolso de viaje, y me fui a duchar, para sacarme el calor del verano que ya
comenzaba.
Me puse un short y unas alpargatas, y volví a la cocina, a
ver cómo andaba la comida. Nora estaba poniendo la mesa, así que la ayudé,
mientras justo llegaban los monstruitos de vuelta. La primera que se me vino
encima fue Rosa (como siempre), ya que es muy cariñosa, y aunque hacía casi tres
años que no nos veíamos, me recordaba mucho (dijo). Estaba como siempre, con
toda su simpatía a cuestas.
Luego me saludó Adolfo, que tampoco ha cambiado mucho, es
verdad que está más grande (a esa edad tres años son muchos), pero sigue siendo
bastante bajo, para los años que tiene. Me dio un beso y nada más, siempre fue
bastante retraído, aunque nos llevamos bien.
Atrás de todo, venía Carlita, charlando con Sebastián. Ella
sí me sorprendió por su cambio. Ya no es la niña de entonces y empezaba a
crecer. Ahora es toda una señorita. Aunque su cara sigue sin decir nada (es
bonita, pero poco expresiva), su cuerpito está muy mejorado. Traía una remerita
ajustada, que le marcaba unos pequeños pechos, sin sujetador. Unos jeans,
también ajustados, de esos de tiro corto, que comienzan muy abajo del ombligo, y
que parece que van a mostrar los pendejos de la concha en cualquier momento.
La cola se le marcaba perfectamente, aunque no es muy grande,
pero sí paradita y respingona. Por detrás, sobresalía del pantalón las puntillas
de su bombacha blanca. Llevaba además unas sandalias bastante altas, aunque así
y todo no alcanzaba más que hasta el hombro de Sebastián. Es que mi hijo salió a
la familia de mi esposa, y ya medía más de un metro ochenta.
En resumidas cuentas, a Carlita se la veía muy apetecible, y
en una edad que a cualquiera se le caen las babas, si realmente valen la pena.
Hola tío – Me dijo desde lejos, y apenas me saludó con un beso (es tan poco
expresiva como el hermano). Sebastián también me saludó, y partieron todos a
arreglarse para la cena.
Durante la comida conversamos bastante, contándonos todos los
preparativos para la gran fiesta del sábado a la noche. Les comentamos las
novedades de la familia, me pasaron su dirección de e-mail, etc., etc.
Al finalizar, los chicos levantaron la mesa, mientras Nora y
yo lavábamos la vajilla. Cuando estuvo todo listo, los mandamos a dormir, o al
menos a sus respectivas habitaciones, ya que mis sobrinos tenían que ir aún a la
escuela al día siguiente; y Sebastián estaba cansado, entre el viaje y el trajín
de todo el día.
Me voy a pegar un baño y vuelvo – Dijo Nora. Enseguida nos
tomamos un café y charlamos tranquilos, sin los chicos. ¿No te molesta que me
duche en mi baño? – Preguntó. Es que tengo toda mi ropa ahí, y el de arriba lo
van a estar usando ellos. Por supuesto que no – Le contesté. Al fin de cuentas
es tu casa. De todas maneras, si necesitás ayuda, avisame – Agregué con una
sonrisa, para quitarle importancia a la cosa.
Ya aprendí a bañarme sola – Me respondió. Pero me gusta que
me ayudes. Por ahora, podés ir preparando el café, para cuando yo termine. En
unos minutos estoy de vuelta. Y me puse a preparar el café; e inclusive, saqué
del bar una botella de cognac, para acompañarlo.
Cuando tuve todo listo, volvió la flaca. Había tardado muy
poco, como prometió. Se había puesto sólo un pijama, que consta de unos
pantaloncitos de algodón minúsculos, por lo cortos, aunque bastante amplios. De
cualquier manera, se le veía la base de las nalgas, cada vez que se movía; y se
notaba que no llevaba nada debajo.
La parte de arriba es del mismo material, como si fuera una
remera amplia, pero corta. Cuando se le marcaban los pezones, era evidente que
tampoco llevaba corpiño. Fuera de ello, no llevaba nada puesto, ni siquiera en
los pies, ya que acostumbra a andar descalza.
Ahora si estoy mejor – Dijo, tirándose en una silla. Todos
estos preparativos me están volviendo loca. Estoy cansada como nunca, no he
parado en todo el día. Le dije que se relajara, y que tomáramos tranquilos el
café. Lo serví y le ofrecí una copa de cognac. Espero no te moleste que haya
tomado la botella – Le dije.
Sólo la aceptó una vez que la convencí que la iba a ayudar a
descansar. No estoy acostumbrada a tomar alcohol – Dijo. Serví también las
copas, y comenzamos a charlar de cosas no muy trascendentes. Yo veía como a ella
se le iban cerrando los ojos, del cansancio, y me ofrecí a hacerle unos masajes
en los pies, para que se les descansaran.
¿Realmente lo harías? – Preguntó sorprendida. Claro, ¿por qué
no? – Le dije. De todas maneras, deben estar limpios, ya que recién te bañaste.
Giramos las sillas, para quedar uno frente al otro, pero primero le pedí un poco
de aceite para el cuerpo o algo así. Si tenés talco, también sirve – Le dije.
Pero no le gustó la idea, para no manchar.
Se sentó frente mío, y apoyo su pie derecho sobre mis
piernas, con una toalla de por medio. Tomé su pie entre mis manos, y lo froté
todo con algo de aceite. Recién cuando me disponía a comenzar el masaje, levanté
un poco la vista y ¡oh sorpresa!; con la pierna levantada, se le abría el short
del pijama, y tenía ante mi vista toda su ingle, e inclusive parte de sus
pendejos.
No lo podía creer, son tan oscuros como era de esperar, pero
se veían cortos y arreglados. Primero le hice girar todo el pie, alrededor del
tobillo; con lo cual también se movía su pierna. Esto, además de servir para
soltar los músculos, me permitió ver mucho más de su entrepierna; pudiendo
inclusive más de una vez apreciar toda su vagina.
Así la tenía prácticamente desnuda ante mí. En el interín mi
pija se fue agrandando, tanto que temía que Nora lo notara. Pero cuando me animé
a mirarla a la cara, vi que tenía los ojos cerrados, aunque no dormía; y de su
boca salía un murmullo, como el ronroneo de un gato.
Aproveché para meter la mano en mi short, y acomodarme la
pija de forma tal que no abultara tanto. Luego comencé con el masaje. Al
principio lo hice como una caricia suave, que con el paso del tiempo incrementó
el volumen de su ronroneo. A la vez que yo iba aumentando la presión en los
puntos clave de la planta del pie.
Después de varios minutos, cambiamos de pie, y le hice subir
el izquierdo. Entre que bajó una pierna y subió la otra, su concha volvió a
quedar expuesta a mi vista. Y le di el mismo tratamiento que al anterior. En un
momento dado, sus ronroneo incluía ciertos jadeos, y vi como una de sus manos la
pasaba como al descuido por sus pechos. No quería embalarme, pero me daba la
impresión que mi prima se estaba calentando.
Al terminar con sus pies, le pregunté cómo estaba. Mejor
sería imposible – Contestó en voz baja. Si pudiera recibir el mismo tratamiento
en todo el cuerpo, me sentiría en el cielo. ¿Y por qué no? – Pregunté. Acá me
tenés; si querés seguimos con lo demás.
Estuvo de acuerdo enseguida, así que la hice acostar boca
abajo, sobre la
mesa, apoyando la cabeza sobre la misma toalla, doblada.
Comencé de nuevo por la derecha, pero esta vez la pierna. Con mucho cuidado fui
acariciando primero y masajeando después su pantorrilla, que estaba como
acalambrada. Cuando presioné un poco más, lanzó un gemido, pero nada más.
Sus muslos están muy firmes, y fue un placer pasar mis manos
aceitadas por esa piel suave. A medida que iba subiendo, no hizo falta pedirle
que abriera las piernas; lo hizo sola, dejando ante mi vista buena parte de sus
nalgas, y también de su vagina. Lentamente llegué hasta su entrepierna, y
metiendo mis manos dentro de su short, le di masaje acariciando su concha,
embadurnando sus pendejos con aceite, y luego subiendo hasta sus nalgas.
Nora no decía nada. Sólo se dejaba hacer, emitiendo de vez en
cuando unos gemidos que sonaban a placenteros, más que de dolor. De todas
maneras, el masaje era suave pero firme, de forma tal que le hiciera el efecto
deseado. Dejé esa pierna, y pasé a la otra; donde le hice el mismo tratamiento.
Al acariciar nuevamente su vagina, esta vez metí el canto de mi mano más a
fondo; pasándolo de la concha a la raya del culo, ida y vuelta.
En un momento dado, tuvo un estremecimiento, y lanzó un
gemido que fue lo más parecido a un orgasmo que me podía imaginar en esa
situación. Después quedó nuevamente muy quieta, mientras terminaba de masajearle
la cola.
Cuando fui a pasar a su espalda, la levanté un poco y le
quité la parte de arriba del pijama. Otra vez no recibí ninguna resistencia;
aunque tampoco me ayudo, ya que estaba como muerta. Parecía dormida, pero se
notaba que sus sentidos estaban despiertos, ya que reaccionaba al tacto en forma
inmediata.
Contra la mesa quedaron sus tetas, que se desparramaron hacia
los costados al quedar del todo libres. Se veían muy grandes y duras. Le bajé el
short hasta la mitad de sus nalgas, sin que dijera nada. A partir de ahí, para
arriba, continué con el masaje.
Por su espalda la cosa duró mucho, pero cuando llegué a la
parte alta y al cuello, me tuve que detener más. Estaba muy tensionada y sus
músculos agarrotados. Para poder relajarla, hizo falta algo más de fuerza, ante
la que reaccionó con algunos quejidos. Tranquila – Le dije en un susurro. Esto
hace falta, y ya va a pasar.
Cuando terminé, la hice dar vuelta; esta vez con algo de su
ayuda. Quedó boca arriba, con las piernas separadas igual que antes, el short
medio bajado, dejando a la vista buena parte de sus pendejos, y todo lo demás al
aire. Antes de seguir, me quedé admirando sus tetas. Son más grandes de lo que
pensaba, con unos pezones bien marcados, y que en ese momento estaban duros y
erguidos. Las areolas son pequeñas y bastante oscuras.
Cuando reaccioné de mi contemplación, ella seguía sin
moverse. Los ojos cerrados y una semisonrisa en la boca. Comencé de nuevo todo
el peregrinaje. Esta vez llegué más rápido a sus muslos y la entrepierna.
Mientras le masajeaba las piernas, me deleitaba viendo su concha, por entre la
tela del short. Ella seguía sin dar señales de vida, pero mi pija opinaba todo
lo contrario. Ya hacía tanto que la tenía tan dura, que hasta me dolía.
Cuando terminé con la segunda pierna, me entretuve nuevamente
en su vagina. Esta vez sin ningún recato le metí los dedos pulgar de ambas
manos, y mientras con uno le masajeaba el clítoris, con el otro la penetraba. Su
nuevo orgasmo no tardó en llegar, y fue parecido al anterior, aunque un poco más
intenso. Su cuerpo se estremeció, y ella gimió bastante fuerte; pero no abrió
los ojos, ni dijo nada.
Le bajé más el short, dejándola prácticamente desnuda, y
comencé a masajear su vientre, hasta que enseguida llegué a sus pechos. Le
dediqué un rato a cada uno, viendo como sus pezones crecían aún más (aunque no
lo podía creer). Terminé el masaje en ellos, pasándole la lengua por las
puntitas, lo que hizo que llegara a un tercer orgasmo, tan silencioso como los
anteriores.
Lo último que hice fue masajearle la cara, aunque fue más que
nada una caricia. Primero con mis dedos, y después con mis labios. Acaricié su
frente, sus párpados cerrados, sus mejillas, su nariz, y por último, sus labios,
que temblaron ante el roce de los míos.
Ya estás lista – Le dije entonces. Y recién abrió los ojos,
aunque se la veía como dormida. ¡Mmmm! – Dijo. Jugar al masajista ha sido mejor
que cuando jugábamos al doctor, cuando éramos chicos – Agregó.
Se levantó desperezándose, y sin arreglarse la ropa me dijo
que era hora de irse a dormir. ¿Estás bien? – Pregunté. Perfecta, me siento
totalmente relajada. Yo también necesitaría relajar al menos una parte de mi
cuerpo – Le dije, mientras delante de su vista bajaba mi short, dejando al aire
mi verga totalmente enhiesta.
¡Mmmm!, ¿está muy dura la pobrecita? – Preguntó. Tanto que
necesitaría un buen masaje – Le respondí. Ante esto, ella se arrodilló delante
mío, prácticamente desnuda como estaba, y tomó mi pija entre sus manos. Comenzó
a acariciarla tan lentamente como yo lo había hecho con ella, y luego de un
ratito, sacó su lengua y comenzó a acariciar la punta de mi pija.
Yo ya me encontraba excitadísimo, y cuando se puso a lamerme
todo el tronco, creí que me volvía loco. Me lamió los huevos, uno por uno, y
volvió hacia la punta. Ahí comenzó a meterse la pija en la boca, hasta que se la
tragó entera. Yo tenía los ojos cerrados, y me había apoyado contra la mesa,
para no caerme.
Luego de unos minutos de masturbarme con su boca, chupándome
de arriba abajo, pero sin terminar de sacarla nunca, me vine en una tremenda
acabada, lanzando chorros de leche. La mayoría se los tragó, pero no todo le
cabía en la boca, así que le chorreaba semen por la comisura de los labios.
Luego que me ordeñó por completo, se dedicó a limpiarme la
pija, para después juntar con sus dedos toda la leche que había caído, y
chupárselos, para no desperdiciar nada. ¿Qué tal? – Preguntó. ¿Mis masajes
también fueron buenos? Le respondí que tenía razón cuando dijo que jugar a los
masajistas era buenísimo, y que ya estaba relajado.
Casi desnudos como estábamos, nos fuimos cada uno a su
habitación, previo despedirnos hasta el día siguiente en la puerta de la mía (la
de ella, en realidad), con un beso en la boca. Hasta mañana – Me despedí. Que
duermas bien. Claro que lo haré – Respondió. Hoy mejor que nunca. Y se fue por
las escaleras, hacia la habitación de su hija.
Antes de dormir, tuve que hacerme una paja, ya que seguía tan
caliente como antes. Espero sacarme la calentura en los días que vienen – Pensé
para mí. Y en los días siguientes no sólo me saqué la calentura que tenía, si no
que viví toda una experiencia, en la casa de mi prima. Pero esto se los voy a
contar en los próximos relatos. Por lo que les digo ¡hasta la próxima!, que será
en la segunda parte.
Un abrazo,
Billy
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