Estaba enamorado, como sólo un niño puede estarlo, de la
señorita Maite, nuestra profesora de 5º curso. Era tan dulce, tan guapa y tan...
en fin, era el núcleo de mi universo después de mi madre. Creo que fantaseé con
ella incluso antes de saber lo que eran las fantasías eróticas. La imaginaba
muchas veces indefensa, acosada por maleantes que pretendían hacerle daño. La
tomaban de la ropa en una calle oscura y ella se resistía. La ropa se rasgaba y
veía su sujetador. Inmediatamente se tapaba, pudorosa, pero aquellos
delincuentes no respetaban nada: tiraban al suelo la carpeta donde llevaba sus
lecciones, y empañaban los cristales de sus gafitas con su aliento, mientras
ella apartaba el rostro, asustada, buscándome. Yo estaba allí, al fondo de la
calle, y con mis puños desnudos derrotaba a los malos, pero nunca antes de
permitir que uno de ellos, mi némesis, levantase la falda de Maite lo
suficiente, buscando con la mano sus bragas, como para enseñar aquellos
delicados muslos.
No sé qué era lo que me excitaba más, si la violencia que
ejercía contra los criminales, aprendida y cultivada por las películas de
acción, la violencia a que era sometida mi profesora antes de mi llegada, o la
recompensa a mi heroica intervención: un largo beso de sus labios rojos, seguido
de un magreo caótico y recíproco de nuestros cuerpos.
Otras veces en cambio soñaba que en el aula me portaba mal.
Decía obscenidades, me sacaba el pene y se lo enseñaba, riendo con fuerza,
provocándola hasta que, enfadadísima, me imponía un castigo. Me dio azotes en el
culo sobre sus piernas, me puso de rodillas con los brazos en cruz, de modo que
podía ver sus ligueros a poco que me agachara mientras seguía dando la lección,
o... bueno, había muchas otras variantes.
Desde luego, nunca pasó nada de eso. Y yo cultivaba mi amor
platónico con tranquila violencia. Hasta que...
-Los tiempos están cambiando. Antes las mujeres hacían todo
el trabajo de la casa, constituyéndose como claro referente del núcleo familiar.
Pero ahora son cada vez más los hombres que asumen su responsabilidad dentro del
desempeño de las tareas domésticas. ¿Podéis poner algún ejemplo de esto?-
-Mi padre es el que cocina en casa.-dijo un compañero al
rato.
-El mío no sabe cocinar, pero también limpia como mi madre.
El polvo, digo.- comentó otra, y hubo algunas risas maliciosas.
-Pues el mío la verdad es que no da un palo al agua.- dije
yo.
-Espero que no te parezcas a él en eso cuando crezcas.- me
respondió la señorita, con una mirada irónica.
Pensé al acabar la clase en aquella mirada y en mi padre. La
verdad es que sí hacía algunas tareas, cuando estaba en casa. Pero no solía
estar mucho, su trabajo lo absorbía. Cuando estaba fuera, mamá lo llamaba cada
poco rato, pero no me dejaba escuchar lo que le decía. A veces parecía que le
gritaba, pero cuando salía de la cocina , siempre se la veía contenta,
divertida. No lo entendía. Así que esa tarde cogí el teléfono con sigilo y
escuché.
-Mmmmm... Hola, Toby.-
-Hola, espera un momento por favor... Ahora. Hola, ama.-
No era la primera vez que oía esa palabra, pero no encajaba
del todo con el concepto que tenía yo de ella en ese contexto (el de un ama de
casa). Y por otro lado, me parecía ridículo que mamá llamase a papá con el
nombre del perro. Seguí escuchando, intrigado:
-Me ha llamado la profesora de Edu. Dice que no tiene un gran
concepto de su padre.-
-¿Cómo?-
-Sí, que ha dicho en clase que no haces nada. –
-¿Y sólo ha llamado para eso?-
-No, idiota. También quería invitarme a tomar un café. Pero
sobre lo de que no haces nada... creo que le doy la razón.-
-Pero cielo... digo, ama, si estoy todo el día trabajando, no
puedo...-
-Sssshhhh, no quiero excusas, Toby. Esta noche te daré un
escarmiento, a ver si te tomas el cuidado del hogar de tu reina más en serio.-
Parecía reírse, pero a la vez aparentaba estar muy seria.
Padre no se reía, jadeaba de un modo gracioso. Aún más intrigado, colgué.
Sabía ya de sobra todo lo referente a la reproducción
humana... al menos todo lo que se sabe con 9 años, que cuando tienes 10 te das
cuenta que no es apenas nada y así sucesivamente. Pero esto no parecía formar
parte de ese misterio que se traían mamá y papá cuando se encerraban en su
cuarto. Era distinto a lo que imaginaba: que simplemente estarían desnudos y
tocándose.
Me hice el dormido cuando mamá vino a darme el beso de buenas
noches. Esperé unos minutos y luego me levanté sin hacer ruido, andando de
puntillas. Su cuarto estaba cerrado... Pegué la oreja y no oí nada, pero había
una luz tenue dentro. Durante cinco minutos pulsé el manillar de la puerta hasta
abrirla. Me deslice por los dos metros de pared que daban a la alcoba y
agachándome, miré.
Sobre la cama, sentada, o recostada sobre la almohada y dos
cojines, estaba mamá. Tenía el pelo suelto, brillante, recién lavado y
cepillado. Era negro. Aún era joven y no tenía arrugas en la cara. Leía un libro
con detenimiento. Pero a papá no lo veía. Me fijé con más atención, ya que desde
mi posición apenas veía el cuerpo de mi madre. Estaba vestida con un camisón
liso, de seda. Era bonito, un poco "muy de chicas" para mi gusto, claro.
Apartó la vista de la lectura y la fijó en lo que tenía
enfrente, que yo no alcanzaba a ver. Sonrió y siguió leyendo. Observé entonces
que en su mano derecha tenía algo. Era una cadena de eslabones delgados,
idéntica a la de nuestro perro. ¿Estaba Toby en la habitación? Me extrañaría
mucho, pues dormía en la terraza. Arriesgué y asomé mi cabeza por la esquina.
Entonces lo vi.
Papá estaba allí, desnudo. Eso hizo que enseguida me echara
hacia atrás, avergonzado. Aunque por un breve instante había observado varias
cosas, a cual más chocante. En primer lugar, estaba a los pies de la cama,
arrodillado y, como ya he dicho, completamente desnudo. En segundo lugar, el
collar unido a la cadena que sostenía mamá, lo llevaba puesto en el cuello. Y en
tercer lugar, aunque no podía asegurarlo, me había dado la impresión de que
estaba pintándole las uñas de los pies a mamá. Unos algodones, el quitaesmaltes
y una lima de uñas sobre uno de los pliegues de la cama me ponían sobre la pista
de modo casi inequívoco.
Aguanté allí, confundido y agazapado, diez minutos más.
Pareció que padre había terminado su extraña tarea, y mamá se lo hizo saber:
-Buen chico. Puedes besarlos... Eso es. Ahora, sé bueno y
duérmete. ¡Ah! Y ya sabes...-
-Si, ama. Nada de tocarse. Buenas noches.-
-Buenas noches, Toby.-
Oí que padre se recostaba en el suelo y mamá apagó la luz.
Esperé a que roncaran levemente y me escabullí a mi habitación, sin saber qué
pensar de todo aquello.