Tanto mi Sr. como yo estabámos disfrutando mucho como se iba
desencadenando ésta historia con el Sr. L. Yo temía pero a la vez, confiaba en
la firme guía que mi Sr. estaba acuñando en mi vida. Años más tarde, ambos
habríamos aprendido una valiosa lección de esa cruz de ceniza que uniría
nuestros caminos con más firmeza.
Las conversaciones entre mi Sr y el Sr. L fueron
multiplicándose y supongo que ambos disfrutaban planificando sobre cómo llevar a
la práctica sus fantasías conmigo. Yo estaba totalmente ajena a sus
elucubraciones. Ese jueves por la mañana recibí un mensaje de mi Sr. diciendo
que a las 13:30 horas debía estar en Córdoba y Florida (una famosa intersección
de avenidas en el microcentro porteño) y que alli me encontraría con el Sr. L.

Nunca antes había salido a esa hora de la oficina. Solía
pasar mis mediodías comiendo alguna fruta o yoghurt sobre mi escritorio y
continuando con mis tareas laborales. Ese día salí a eso de la una y diez y me
encontré con la realidad de lo que es la hora pico de almuerzo en un edificio
como este. Todas las personas del estudio de al lado estaban saliendo para comer
afuera y el pasillo se llenó esperando la llegada de los ascensores.
Cuando finalmente pude entrar en uno y giré me di cuenta de
que automáticamente se había copado de abogados trajeados, jóvenes y perfumados.
Eran diez hombres y conmigo eramos once. El cubículo estaba tan a pleno que no
había sitio para que estuviéramos parados sin tocarnos. Fue una sensación de lo
más bizarra. El dueño de el estudio y su hijo me conocen y entonces me
saludaron. Los demás hombres -empleados de ellos- giraron para mirarme y
escucharme contestar.
Me sentí muuuuuuuy nerviosa. Peticita y con mi remera escotada podía sentir que
todas esas miradas masculinas que me observaban desde arriba tenían una
perspectiva de lo mas insiciva dentro de mi escote hasta las profundidades de
las sombras de mi remera. Me encogí de hombros, intentando achicar ese gran
espacio abierto, pero fue peor por que la remera se embolsó dejando aún más
carne de mis pechos al descubierto.
Uno de los hombres, el que estaba a mi derecha, se puso un poco ansioso y
comenzó a moverse. Buscaba con su mano izquierda (la que estaba pegada a mi) su
celular que estaba abrochado en su cinturón. Digo que estaba ansioso por que en
el ascensor no funciona el celular y además, porque estuvo intentando
desabrochar el aparatejo de su cintura durante un tiempo que para mi fue eterno.
Cada movimiento suyo me tocaba justo por debajo de mi pecho. Intenté alejarme y
me fui encima del hombre que estaba a mi izquierda. El estaba con una mirada
libidinosa en su carota de baboso lobo feroz.
Resoplé fuerte, como un caballo, unas cuantas veces y todos se dieron cuenta.
Voltearon y me miraron por segunda vez. Alguien dijo:
- "A ésta hora los ascensores son un infierno."
Yo tuve que tragar saliva para no pensar en cómo me estaban desnudando. Cuando
finalmente se abrieron las puertas salieron dos hombres y los demás se hicieron
a un lado esperando para que yo pasase entre ellos. El espacio entre ellos era
reducido. Dudé durante una fracción de segundo si quedarme alli paralizada o
animarme a pasar para liberarme de esa situación.
No podía seguir manteniéndo a ocho ansiosos hombres que
esperaban enfrentados por un estrecho espacio y me miraban fijo para darme paso.
Tomé coraje e intenté salir rápidamente de perfil. En ese desafortunado
movimiento me vi obligada a rozar todos y cada uno de sus cuerpos con mi cola y
mis tetas. La puerta giratoria del edificio parecía un trompo!
Cuando llegué a la calle, no pude calmarme y seguí corriendo hasta llegar a la
esquina donde me tiré en el primer taxi que encontré. El taxi pasó justo por
delante de ellos que me seguían mirando. Parece ser que se van en grupo a
almorzar, como colegiales. Yo quedé como una tonta!
Esperando al Sr. L en la esquina indicada por mi Sr, concluí que los hombres no
pueden ver a una mujer parada allí esperando, sin pensar en la especie de
cartelito tácito de neón que estaría arriba de la cabeza de una y que diría
"PUTA".
Hubo varios hombres que iban y volvían sólo para mirarme dos veces. Uno hasta
fue y vino y se alejó y volvió tres veces! Entró a un edificio y volvió a salir
nuevamente para clavarme sus ojos en mis tetas. Hacía como un rápido mix entre
mis tetas, mis ojos y mis tetas.
Mi ansiedad fue subiendo cada minuto hasta que no pude más y revolví en la
cartera buscando el teléfono para llamar a mi Sr. En ese momento pude comentarle
cómo me sentía y El me dijo que debía llamar al Sr. L para informarle que yo
estaba alli esperándolo.
Sentí que no conocía ésta ciudad. Maldije el momento en que elegí ponerme esa
ropa ese jueves por la manaña.