¿Qué es el amor? 1.
Supongo que lo que yo suponía una bendición era en realidad
una maldición. Esto no le dirá nada a quien lo lea por ser sólo una reflexión
ambigua con la que comienzo este relato. Por tanto, supongo que tendré que
aclarar estas palabras que yo creo que son la clave que explica lo que ha sido
mi vida hasta ahora y es que yo, jamás, he estado enamorado. No puedo sentir por
una mujer más que la atracción física. Quizá sea cierto que estoy muerto por
dentro, muchas son las personas que me lo han dicho.
Siempre pensé que eso era una bendición pues, al ver los
conflictos emocionales que sufrían mis compañeros de clase- yo no tengo amigos,
según mi concepto de amistad, sólo conocidos- por sus novias, cómo lamentaban
sus “cuernos” o los conflictos típicos de un noviazgo, me alegraba de poder
pasar de chica en chica sin ningún tipo de complicación. Podía dejarlas sin
sentir nada por sus lágrimas, sus enojos o su desprecio. No me importaba si eran
ellas las que me dejaban a mí, cosa que siempre acabó por afectarles más a ellas
al ver mi indiferencia.
No dudaba en acostarme con chicas comprometidas aunque
conociese al novio y, más tarde, al marido pues yo no tengo amigos como he
dicho. Sólo he respetado siempre a las mujeres de mi familia, nada de tocar a
las novias o esposas de mis tíos, primos y demás parientes, ese es mi único
escrúpulo. Aunque es sólo por evitar problemas familiares.
Supongo que la mujer que lea esto dirá algo así como: “Vaya
cosa. Un tío que nos usa como objetos y es totalmente insensible es lo normal,
todos son unos animales” y el hombre que lo lea dirá: “Este tío es un fantasma,
no se puede ser tan frío ante los demás sin tener una enfermedad mental”. Pero
yo soy así y no puedo hacer nada por ello aunque quisiese cambiar. En el momento
en que desease ser de otra manera, dicha bendición se convertiría en una
maldición.
Y es eso lo que quiero contar como aquello que siempre había
visto como una virtud se convirtió en una tara.
Como he contado, mi vida no tenía desde joven altibajos
emocionales por lo que fui un estudiante excelente en el instituto y, luego, en
la universidad hasta salir como ingeniero para trabajar en una empresa donde me
acomodé rápidamente. Era valorado y estimado por mis jefes pues que empresa no
quiere a alguien que carece de cargas familiares, sin altibajos emocionales,
responsable y que está dispuesto a trabajar sin descanso cuando la situación lo
requiere. Ese era yo, el empleado perfecto y eso me hizo alcanzar un buen puesto
en la empresa con un sueldo más que excelente, pues el empleado que no necesita
una estabilidad es más propenso a aceptar ofertas laborales de la competencia y
mi compañía me hizo un contrato excelente. No era rico pues nadie se hace rico
trabajando, pero me podía permitir más de lo que deseaba.
Así que pronto me vi con veintiocho años en un trabajo de
oficina donde pasaba a veces veinte horas al día y, otras veces, no pasaba por
ella; mi autonomía era total. No voy a decir que durante ese tiempo tuviese un
ligue tras otro, pues, cuando el trabajo es intenso, no puedes resistir el ritmo
de trabajar de día y joder de noche. Necesitas dormir para rendir adecuadamente;
puedes pasar una semana durmiendo dos o tres horas por día pero, si lo
conviertes en una rutina, acabas por derrumbarte. Aprovechaba esas épocas en las
que apenas necesitaba pasar por la oficina para llamar a esas amigas que no se
habían hartado de mí o para buscar una nueva mujer con la que disfrutar.
Con los compañeros, mi relación era correcta y aséptica.
Charlaba con los hombres de fútbol o política pero sin implicarme y con las
mujeres era galante y amable. Al no tener conflictos con nadie, no andar
presumiendo y ser el favorito de los jefes, todos me trataban con buenas
maneras.
Pero esto es sólo lo que era mi vida y que cambió para
siempre desde la mañana de un lunes de octubre. Yo había llegado a las diez de
la mañana con unas ojeras tremendas pues había estado todo el fin de semana en
la cama con Patricia. Ella era una pelirroja que en unos meses cumpliría los
cuarenta. Era la madre de la novia de mi primo, lo siento, era la madre de la
novia de un amigo de mi primo, pero ese salido, mi primo, se estaba trajinando a
la novia de su mejor amigo.
La conocí una noche que me llamó mi primo para que me
acercara a recogerlo a la casa de Patricia. Eran las dos de la mañana y llamé a
la puerta de un apartamento de un edificio cuya dirección me había dicho
Catalina, la hija de Patricia y novia del mejor amigo de mi primo, porque
Santiago, mi primo, estaba borracho como una cuba tras una noche de fiesta.
- Hola, ¿eres Tomás?- me dijo una hermosa pelirroja.
Santiago me había comentado que la madre de Catalina había sido modelo y que
estaba buenísima. Catalina era una chica linda de dieciséis años, pero yo había
supuesto que lo que mi primo había dicho era una exageración. Sin embargo, se
había quedado corto pues Patricia era una de esas mujeres maduras que poseen un
atractivo que supera la simple atracción física. Una mujer de metro, setenta y
cinco con unos pechos grandes, estómago firme y curvas de escándalo que con
aquella fina bata quedaban acentuadas.
- Sí, buenas noches, usted debe ser Patricia, la madre de
Catalina.- respondí mirándola a los ojos, unos ojos negros como los de su hija
pero más sensuales, pues si hubiese mirado a su cuerpo habría puesto mi cara de
pervertido.
- No me hables de usted, por favor.- dijo coqueta.- Pasa,
tu primo está en el dormitorio de mi hija, al final del pasillo a la izquierda.-
me instó, girándose y andando por el pasillo mientras yo la seguía a la vez que
examinaba su melena oscura que bajaba unos centímetros por su espalda dándole un
aspecto salvaje y concentrando mi vista en su culo donde una braguita blanca se
transparentaba bajo la batita rosa.
- Hola, Catalina, ¿cómo está el trasto?- dije refiriéndome a mi primo.
Con trabajo, bajamos a mi primo hasta el coche y, por el
camino, Catalina sacó el tema de que yo les había prometido llevarlos a la playa
al día siguiente, sábado, yo se lo confirmé pues se lo había prometido a mi
primo a cambio de que me ayudase con el traslado de unas cosas desde mi antiguo
apartamento al nuevo. El caso es que sin saber cómo Patricia se apuntó y, el
sábado por la mañana, estábamos Catalina, Santiago, Patricia y yo en mi coche
rumbo a una cala poco conocida a la que iba de vez en cuando.
Charlamos poco pues enseguida Catalina y Santiago se estaban
dando el lote en los asientos de atrás lo que obligó a Patricia a iniciar una
conversación conmigo. Me preguntó sobre mí y acerca del lugar al que íbamos. Yo
le dije que se trataba de una preciosa playa a la que iba muy poca gente, con
arena más limpia y aguas más claras que las playas turísticas abarrotadas de
gente. No había acabado de relatar lo que me gustaba esta playa y sus virtudes
cuando ya estábamos donde la pista de tierra acababa. Recorrimos los cien metros
de sendero que nos llevaron a esa agradable playa de los Nogales. Estábamos
solos como esperaba y, tras quitarme la camiseta y las zapatillas, me tiré al
agua y nadé hasta que mis dedos se arrugaron. Cuando salí del agua, Santiago y
Catalina no estaban. Pero, sinceramente, no noté su ausencia pues sólo podía ver
el cuerpo de Patricia, en un bikini que apenas podía sujetar ese festival de
carne.
La verdad es que mentiría si dijese que tenía una cintura de
modelo, aunque su abdomen era bastante firme, su cintura no era tan estrecha
como la de su hija, sin embargo, sus pechos eran grandes sin ser enormes, eran
voluminosos y elevados gracias al bikini. Sus piernas largas y sus muslos firmes
y carnosos, junto con ese culito aún bastante firme. Todo eso hizo que mi
bañador se tensase así que me tiré sobre mi toalla para que Patricia no viese
los efectos que su cuerpo causaba en mí. Yo pensaba que la presión en mi
entrepierna bajaría en poco tiempo cuando empecé a escuchar mi MP3, pero unas
manos recorrieron mi espalda untándola con protector solar mientras me decía que
debía proteger mi piel. Cuando giré mi cabeza, la vi de rodillas junto a mí.
Estaba resplandeciente, con esos ojos negros y esa boca roja que provocó otro
aumento de presión. Entonces, ella insistió en que me sentase para ponerme mejor
la crema y, como no me quedó otra, lo hice. Ella comenzó a ponerme crema por el
cuello y los brazos hasta que su mirada se fijó en mi entrepierna. Ella sólo me
miró a los ojos y sonrió tímidamente, luego, siguió poniéndome crema en mi
velludo pecho rizando con sus dedos mi vello de vez en cuando y hablándome sobre
algo de lo que no me enteraba pues apenas la entendía con la música en mis
oídos. Cuando acabó, me puso crema en la nariz, soltó una risita y salió
corriendo al agua. Yo la seguí caminando y la vi jugando en el agua e
invitándome a que me diese un baño.
Yo le seguí el juego y me lancé a por ella. Aunque nadaba
bastante bien, nada que comparar con la potencia de mis músculos y, pronto, le
di alcance. La agarré por la cintura y la hundí, ella se agarró a mi cuerpo como
acto reflejo. Quizá fue producto de la excitación por el esfuerzo que hice para
alcanzarla, pero nuestros labios se juntaron y ella no me rechazó. Nuestros
cuerpos se juntaron, sus piernas se anudaron a mi cintura y sus manos se
entrelazaron tras mi nuca. Yo me limité a dar rienda suelta a mis manos que se
saciaron con sus carnes: sus pechos, sus nalgas,… Ella me dijo que los chicos no
vendrían en un rato y sus ojos me pidieron que la poseyera.
La saqué del agua agarrada a mi cuerpo y nos dejamos caer en
la arena, pronto estábamos desnudos y ella acariciaba, lamía, besaba y chupaba
mi altivo miembro. Afortunadamente, siempre llevo preservativos en la cartera y
en los pantalones por si acaso me voy de putas cuando hay clientes de la
empresa, así que cogí uno me lo puse y la empecé a penetrar tumbados sobre mi
toalla. Mis manos la acariciaban, ella sólo me besaba y me azuzaba más y más.
Jugábamos y jugábamos, yo retrasaba mi culminación para que la cosa se
extendiese pues, cuanto más tardas, mayor es la tensión y mayor el golpe de
placer que llegó al fin cuando estábamos en el agua nuevamente. Yo quedé
flotando en el mar y ella nadaba sonriente hasta que me dijo que venían de
vuelta. Yo tuve que bucear hasta unas rocas para que no nos viesen juntos. Ella
volvió desnuda a la toalla y yo tuve que dar una nadada hasta que llegaron.
Al final, todos nos desnudamos ante la propuesta de Patricia
de hacer nudismo. Varias veces, me encontré el preservativo flotando en el agua,
pero parece ser que Santiago y Catalina no supieron lo que pasó. Desde entonces,
comencé a quedar con Patricia cuando quería pasar un rato agradable como aquel
fin de semana.
Pero como decía todo cambió ese lunes cuando María, mi
secretaria, me llamó para decirme que tenía un problema familiar muy grave y que
no podía venir a trabajar en un mes pero que su sobrina Laura llegaría en una
hora. Ella la sustituiría perfectamente, aunque yo me negué pues María era la
única persona en la que tenía confianza para encargarle mis gestiones y no
quería una novata. Pero, como las opciones eran Laura o buscar, yo, una
sustituta, acepté.
Una hora más tarde, apareció Laura. Veinte años, morena, ojos
marrones y una figura delgada con un culito respingón en una falda estilo
ejecutiva y una blusa blanca bajo una chaqueta. Su cara preciosa, de niña buena,
dulce y de voz cálida. La deseé nada más verla entrar.
Se presentó y se puso a trabajar. Sabía donde estaba todo y
durante su primera semana su trabajo fue tan eficiente como el de su tía. Sin
duda, María la había preparado bien y no sólo se adaptó perfectamente a mi
exigente ritmo de trabajo sino que congeniamos muy bien. Ella mantenía el
respeto debido cuando estábamos con otras personas llamándome Sr. Santana, pero
me hablaba con total confianza en privado.
Continuará.
Bueno, como siempre invito a los lectores a que me escriban a
mi correo si quieren contarme algo, siempre me alegra oír sus opiniones,
historias, etc. : martius_ares@yahoo.es
Hasta Pronto