HERMANOS EN ACCION (VII)
La vida sexual de Alvaro era ciertamente inmejorable. A los
14 años había accedido a que su hermano Javier, por entonces de 19, le chupara
la polla, y lo cierto es que le había hecho una mamada inolvidable. Desde
entonces los hermanos se devoraban viciosamente los sexos cada vez que podían;
Alvaro se moría de gusto cada vez que sentía la boca y la lengua de su hermano
saboreando su gigantesco cipote. A los 15 años había sido sorprendido en los
lavabos para chicos del primer piso del colegio junto a su profesora de
matemáticas, 20 años mayor que él, dándole el culo a cuatro patas sobre el suelo
del aseo, el muchacho detrás de ella, fuertemente acoplado a sus nalgas y
perforándole el ano. En esta precocidad suya Alvaro emulaba a su hermano Javier,
ya que, más o menos a su misma edad, Javier y su amigo Emilio, un imponente
muchacho mulato, se habían follado a la rubia despampanante que era la profesora
de gimnasia de las chicas en los vestuarios del colegio. A los 16 años, Alvaro,
junto con su hermano mayor, había desvirgado a su hermana Susana, que por
entonces tenía 17, por delante y por detrás, sin olvidar la doble penetración
que había puesto fin al frenético polvo. A partir de entonces, y hasta que
cumplió los 18, el mayor placer de Alvaro había sido dar por el culo a las
chicas que conocía, chicas que afluían constantemente atraídas por su
masculinidad como la polilla se siente atraída irremisiblemente por la luz.
Aunque también había sodomizado a varios tíos, generalmente mayores que él, ya
que un buen culo siempre era un buen culo y no iba a desperdiciarlo, máxime si
el tío estaba bueno. Con 19 años, su hermano mayor y él se habían follado a
Marta, una amiga universitaria de Susana, y como postre le habían ensartado el
coño y el culo simultáneamente. Finalmente, con 22 años sucumbió a las súplicas
de su prima Leticia y le desfloró el ano durante la fiesta del 19 cumpleaños de
la chica que ésta daba en casa de sus padres; se la metió por el culo en la
misma cama de matrimonio de los papás de ella, y la primita pareció quedar
entusiasmada con al experiencia. También recordaba el día memorable de la fiesta
en la casa junto al mar, de aquella orgía en la que dos tías que tenían la edad
de su madre se la habían mamado, las bocas femeninas, una junto a la otra,
babeando el pollón y peleándose por engullir la enorme tranca del chaval, para
luego quedar inclinadas frente a la piscina con sus redondos culitos frente a él
y tomando por detrás sucesivamente la enorme polla del jovencito. Alguno de sus
amigos del colegio, mientras se hacía una paja contemplando la escena, había
sacado fotos en el instante mismo en que los redondos culitos se alzaban ante el
majestuoso cipote de Alvaro, y después, cuando tenía a una de ellas empalada en
su rabo mientras le comía la almeja a la otra, montada sobre su cara.
Y después de haber desvirgado a su hermana Susana, se la
había seguido follando muchas veces. Con el soberbio trasero que tenía Susana,
tanto Alvaro como Javier gozaban de lo lindo insertando en él sus pollazas y
alimentando el ano de la chiquilla con continuos chorros de semen. Alguna vez
Alvaro había bromeado diciendo que sus rabos eran las mangueras que servían para
regar el trasero de su hermana para que no perdiera su lozanía y se mantuviera
así de exuberante: un culazo fértil, jugoso, profundo; un culazo caliente y
gozoso, por encima de todo gozoso de ser explorado por la gloriosa picha de su
hermano pequeño.
Alvaro rememoraba, como otra de las experiencias más
excitantes, aquella en que se había tirado a dos hermanos en la misma casa de
los padres de éstos. Los dos hermanos en cuestión eran dos mulatos hermosísimos
llegados de Cuba. El chico, Daniel, tenía entonces 28 años, dos más que Javi y
siete más que Alvaro. Era amigo de su hermano mayor, y éste se lo había
presentado un día que fue a comer a casa. Y por medio de Daniel conoció a Lidia,
su hermana, una mulatita de 18 años, rotunda, una belleza caribeña de pechos y
caderas generosos y con un trasero sólo comparable al de su propia hermana
Susana. Los dos hermanos, según averiguó Alvaro con el tiempo, se deseaban
secretamente, pero se sentían culpables e incapaces por ello de asumir la
ruptura del tabú del incesto. Mantenían una relación extraña, en la que latía un
creciente deseo mutuo pero siempre clandestino; una relación un tanto
pervertida.
Cada uno de ellos había pedido a Alvaro que se follara al
otro a una distancia suficiente que le permitiera observar la escena, sin ser
vistos, naturalmente.
A la chica se la folló en la piscina de la casa de sus
padres, toda mojada recién salida del agua, sus tetas abundantes y de gruesos
pezones oscuros al aire, balanceándose y desprendiendo gotas de agua con el
movimiento, la estrechita franja inferior del bikini en el suelo, a cuatro
patas, las piernas de marfil abiertas, la vulva y al ano color chocolate
desplegados en todo su esplendor. Se recordaba a sí mismo detrás de ella
penetrando su enorme culazo de hembra tropical, la chavala respirando
entrecortadamente, sus manso fuertemente aferradas a las escalerillas metálicas
por donde se bajaba al agua de la piscina, las manos de él asidas a las caderas
de ella como a las asas de un cántaro de leche, ella soltando grititos y
gimiendo mimosa al ser montada y embestida como una joven yegua. Se vio a sí
mismo acoplado a la hembra casi adolescente, batiendo sus nalgas, clavándole el
grueso cipote en la negrura de su trasero, el enorme miembro masculino entrando
y saliendo del orificio anal, sus caderas culeando potentemente, sus poderosas
piernas, velludas y musculosas, atornillando las piernas de gacela de la
muchacha. Ella giraba en redondo su trasero sobre la picha de él, o bien movía
todo su cuerpo adelante y atrás, presa del delirio ante las vigorosas embestidas
de Alvaro, agitando el mojado cabello negro, liso y largo, sobre su espalda, y
cubriendo con ello de finas perlas de rocío el torso destacado del chico.
Cuando Alvaro se hallaba al borde del orgasmo acoplado sobre
Lidia, magreando sus jóvenes tetas y, deslizando los brazos por debajo de los
flancos de la hembra, intentando atraparlas con las manos, pegado a su costado,
abrillantando el culo de la chavala a fuerza de barrenarla por detrás; cuando
palmeaba viciosamente las nalgas de la mulata y, tomando con sus manos nervudas
y viriles las manos delicadas de ella por detrás de su espalda, haciendo que
inclinara la cabeza hacia atrás para que la embestida fuera aún más intensa;
cuando el trasero de la chica de expandía hacia delante y hacia atrás movido por
el impulso eléctrico de la enculada, rebotando en el potente nabo del muchacho,
las nalgas de caoba moviéndose al compás del ritmo que marcaba la verga
sedienta; cuando el muchacho, con toda la fuerza de la juventud, la pasión y el
deseo rezumando por todos los poros de su piel, la respiración ruidosa, mugiendo
como un toro, miró de reojo hacia los setos del jardín, observó que Daniel, el
hermano de la chica, se la estaba cascando semioculto en el follaje.
Después le tocó el turno a Daniel, y se lo folló tal como le
hubo pedido su hermana. Y para Alvaro no fue menos placentero el polvo, aunque,
puestos a comparar, el culo de la mulata era de esos que uno nunca desea dejar
de follar. Uno incluso podría morir en ese instante, con la polla alojada en
semejante trasero, clavada en el ano y jodiéndolo sin parar por toda la
eternidad. Sucedió en el gimnasio, dentro de la casa. A petición de la chica,
Alvaro de untó de aceite solar todo el cuerpo, y su poderosa musculatura
brillaba ahora en todo su esplendor, cual armadura recién forjada. El muchacho
moreno atlético y de rostro aniñado paladeó primero el enorme pollón del mulato
y dejó a su vez que Daniel le untara su propia verga de aceite y se la
masajeara. Daniel tenía cuerpo de culturista. Para Lidia la visión fue casi
insoportable de tan deliciosa. Contemplar el cuerpo imponente de su hermano
inclinado hacia delante y embestido por el cuerpo lustroso y musculado del
jovencito escultural; observar cómo la pollaza de Alvaro, que antes la había
sodomizado a ella, se alojaba ahora en el trasero de su hermano; observar al
chico encajar el manubrio en el peludo trasero de ese toro negro, la apostura de
efebo moreno con cara de ángel de Alvaro unida a la inigualable potencia
muscular del pedazo de tío que era su hermano, un mulato casi negro ardiente y
sexual; observar a los dos jóvenes sementales copulando, jodiendo como panteras
en celo, provocó en Lidia un orgasmo irrepetible, e irrecuperable después de la
convulsión que, como una corriente eléctrica, recorrió su cuerpo desde la cabeza
hasta la punta de los pies, mientras su exquisita vulva de chocolate no paraba
de chorrear flujo y sus pezones de piedra semejaban bombones u oscuras cerezas
prohibidas. Allí estaba plantada, al fondo del gimnasio, detrás de unas
colchonetas, una mano abriendo su chocho chorreante y la otra acariciando sus
tetas y ensalivando sus gruesos pezones negros, tierra de leche y miel; la
cabeza apoyada contra la pared, jadeando agónica, en el paraíso.