Me quedé de piedra. Estaba contra la pared, el cuerpo de
Marta pegado al mío, sus manos acariciándome…y me rendí. Cerré los ojos y mis
labios se separaron, dejando que su lengua entrara en mi boca, impaciente,
recorriéndola entera, buscando la mía. Sin darme cuenta estaba respondiendo a
sus besos, a sus caricias, apretándola contra mí, enlazando mi lengua con la
suya, atrapando sus labios entre los míos. Noté la presión de su rodilla entre
mis piernas, y me di cuenta de lo excitado que estaba…Con su rodilla separó mis
muslos, y comenzó a tocarme con su mano derecha, apretando con fuerza. Su boca
bajaba por mi cuello, alternando besos con suaves mordiscos y caricias con su
lengua. Sus dedos se colaron dentro de mi pantalón, desabrochando un par de
botones. Escuché un murmullo de aprobación cuando notó cómo me tenía. Apartó el
boxer dejando al descubierto mi polla, y empezó a recorrerla con su mano de
arriba a abajo, haciendo que se pusiera aún más dura. Mientras, mis manos se
deslizaban, descontroladas, por su espalda, bajo la blusa. Conseguí
desabrocharle el sujetador, y ella terminó de quitárselo, sin separarse de mí ni
un solo instante. Su blusa medio desabrochada dejaba entrever el principio de
sus pechos. Le quité un botón más y por fin pude verlos por completo.
Enloquecido los tomé entre mis manos y llevé mi boca hasta ellos, besándolos,
lamiéndolos. Mi lengua se movía en círculos, más cerrados cada vez, alrededor de
sus rosados pezones, que comenzaban a endurecerse por la excitación y mis
caricias. Los atrapé entre mis labios, mordisqueándolos, notando como se ponían
todavía más duros y haciendo que Marta dejara escapar un gemido.
"Ya sabía yo que era esto por lo que habías venido", me
susurró al oído, inclinándose y aumentando la intensidad de los movimientos de
su mano.
La separé de mí y la empujé contra la pared. "Tú no sabes una
mierda. No eres más que una puta mentirosa, Marta", grité. Escuchar eso me había
enfurecido…pero porque sabía que de algún modo tenía razón, aunque no quisiera
admitirlo. Verla así, apoyada en la pared, con la blusa abierta, jadeante, el
pelo cayéndole sobre la cara solo hizo que me excitara más.
"Puede que tengas razón, pero…", empezó a decir, con esa voz
melosa que tan bien sabía utilizar, mirándome a los ojos mientras con una mano
se sujetaba el pelo y con la otra se subía la falda, muy lentamente, dejándome
ver sus braguitas. Di un paso hacia ella, pero me detuve, intentando aún
dominarme. Ella bajó la vista hasta mi polla y pasó la lengua por sus labios,
humedeciéndolos, mordiéndoselos después y mirándome a los ojos de nuevo,
provocándome.
La miré, miré hacia la puerta. Aún estaba a tiempo de irme.
Ella se bajó un poco las braguitas y susurró: "Fóllame…"
No pude más. Fui hasta donde estaba ella y la cogí por las
muñecas, estirando sus brazos hacia arriba. "Te odio…", le dije.
"…pero me deseas", dijo ella, terminando mi frase. "No digas
que no…me deseas…No seas cobarde y reconócelo, no puedes pensar en otra cosa más
que en hacerlo. Vamos, fóllame. Ábreme bien de piernas y hazlo", gritó, y me
escupió.
Fuera de mí la volteé, poniéndola de espaldas y apretándola
aún más contra la pared. Ella se reía. "Fóllame", repitió, "¿a qué esperas,
cobarde?". La agarré del pelo y llevé su cabeza hacia atrás. "¡Te odio!", grité,
llorando de rabia. Le subí la falda hasta la cintura y le quité las bragas,
arrancándoselas de un tirón. Lleve mi mano hasta su coñito, loco de deseo…empecé
a acariciarlo, a manosearlo…Marta estaba muy mojada y mis dedos se deslizaban
con facilidad entre sus labios.
"Vamos, así me gusta más", gimió. Me movía de arriba abajo,
recorriéndola entera, rozando su clítoris en cada pasada, follándola con mis
dedos, primero uno, después otro más. Ella echaba sus caderas hacia atrás,
queriendo sentirme aún más dentro. Saqué mis dedos y se los puse en la boca. Los
lamió con lujuria. La sujeté con firmeza por las caderas y me coloqué detrás
suyo. Ella se inclinó aún más hacia delante, separando cuanto pudo las piernas,
ofreciéndose. Con voz imperiosa me ordenó: "¡Fóllame ya!". Me pegué a ella,
rozando con la punta de mi polla la entrada de su coñito. Lo sentía ardiendo,
palpitante. Empujé suavemente, pero estaba tan mojada que entró casi hasta el
fondo. Marta dejó escapar un grito. ¿Era eso lo que quería o no? Pues lo iba a
tener. Comencé a follarla con fuerza, con furia, clavándosela una y otra vez.
Podía escuchar sus gemidos cada vez que sentía mi polla deslizarse dentro,
llenarla. Yo seguía moviéndome, más y más rápido, inclinado sobre ella,
apretando sus pechos entre mis manos, pellizcando sus pezones. Su respiración se
agitaba por momentos, convirtiéndose en jadeos entrecortados, diciéndome que no
parara…que iba a correrse. Ella también se movía, llevando el cuerpo hacia
atrás, haciendo que llegara más dentro. Pronto, el movimiento de sus caderas se
hizo descontrolado. Podía sentir las oleadas de placer invadiéndola, subiendo
por sus piernas y deslizándose fuera de su cuerpo. Pero yo no pensaba parar
ahora. Sin embargo, de repente, y con un movimiento felino, se giró y se colocó
frente a mí.
"No ha estado mal, nene", me dijo, "pero aún no te lo has
ganado". Me apoyé contra la pared, derrotado. ¿Qué había hecho? Pero por encima
de los remordimientos…seguía deseándola…quería terminar lo que había empezado.
Tuve que sujetarme a la pared para no caer; las piernas no me sostenían…