Sentada detrás de su escritorio, Sonia recordaba aquella
mañana del día anterior que había pasado con Rodrigo, esa cogida sería una que
no olvidaría jamás. Esperaba ansiosa una llamada que le confirmaría el último
paso de su plan para arruinar a Sofía, y mientras tanto se entretenía haciendo
su trabajo como para variar un poco las cosas.
Por fin sonó el teléfono, era su asistente que preguntaba si
le pasaba una llamada de Augusto Guevara, Secretario de Educación y uno de sus
mejores amigos. Esperando buenas noticias aceptó la llamada, y saludó
efusivamente a Augusto ante la seguridad de una respuesta positiva.
Sonia: ¡Augustito! ¿Me tienes buenas noticias?
Augusto: Depende de cómo veas el vaso, Sonia
Sonia: ¿A qué te refieres?—preguntó sin poder ocultar el
enfado en su voz
Augusto: Todos los maestros aceptaron, todos menos uno
Apretando con fuerza el puño, Sonia dejó escapar un ruido
gutural que solo emitía cuando estaba lo suficientemente molesta como para
gritarle a cualquiera que tuviera enfrente, fuera quien fuera.
Augusto: Este maestrito todavía no sabe en los problemas que
se puede meter, déjame le doy una leccioncita y en dos días te lo tengo
amaestrado para todo lo que quieras
Sonia: No—dijo recapacitando—Mejor dame su nombre y dónde
puedo localizarlo, yo misma lo convenceré
Augusto: De acuerdo—aceptó sabiendo que los métodos de Sonia
eran infalibles—Te diré quién es este tipo y el lugar donde puedes encontrarlo
Omar Díaz era un maestro de 34 años. De ojos azules, piel
morena clara, faz agraciada y masculina, pelo corto y negro, aire varonil que
pocos igualaban, de unos 1 85 metros de altura; y aun así las chicas no le
hacían caso, consecuencia de no saber tratarlas o hablarles, en toda su vida
solo había tenido una novia. No le daba importancia al sexo, prefería enfocarse
al arte, sus pinturas lo eran todo para él.
El dinero tampoco le importaba, le bastaba con vivir en una
vecindad de mala muerte, donde podía pagar 300 pesos de renta al mes, y el resto
de lo que le pagaban por dar clases lo invertía en sus proyectos.
Ese día, después de sus clases en la facultad, el director lo
había llamado para hablar con él, pero ante la absurda petición que le había
hecho una discusión acalorada se desató, resultando en su despido inmediato, sin
embargo, como el semestre estaba a punto de terminar continuaría dando clases
hasta finalizar el curso.
Ahora, de regreso en su casa, decidía si buscar otra escuela
donde trabajar o mejor acudir con alguien que le ayudara a exponer sus obras en
alguna galería.
Sumamente preocupado, se cambió de ropa, poniéndose un viejo
y roto pantalón de mezclilla, y una playera sport blanca pero manchada con
pintura de todos colores. Dejó sus pies sin ningún tipo de prenda, en su casa le
gustaba andar descalzo.
Fuera de la vecindad, Sonia estacionaba su auto con temor a
que los truhanes que bebían cerveza en la puerta le hicieran algo. Con
desconfianza bajó de su vehículo, dejando a los borrachines deleitarse un poco
con sus bien formadas piernas, y de inmediato comenzó a escuchar todo tipo de
frases corrientes y vulgares, típicas en la gente como ellos.
Vanidosa como era, le gustaba que la piropearan, aunque fuera
de una manera tan prosaica. Sus tacones resonaban a cada paso firme y decidido
que daba, y al saberse observada por aquellos vagos exageraba el contoneo de sus
nalgas, ceñidas perfectamente por la delgada tela de su diminuto vestido.
Asqueada por el sucio lugarejo, pasó junto a las personas
mirándolas por encima del hombro, como si valieron muchísimo menos que ella.
Subió las escaleras entre los cuchicheos de los vecinos, cuidando no mancharse
con el barandal de piedra que había quedado negro por la mugre, y una vez en el
piso superior buscó el cuarto de Omar.
Un toquido en la puerta bastó para que Omar abriera, y al ver
a la mujer que se presentaba ante él se quedó paralizado por su belleza, nunca
antes había visto a alguien tan hermosa como ella, ni las jovencitas a las que
les daba clase le llegaban a los talones.
Sonia: ¿Tú eres Omar Díaz?
Omar respondió a la pregunta asintiendo con la cabeza, el
estupor no le permitía articular palabra alguna en ese momento por más que
trataba.
Sonia: ¿Puedo pasar?
Quitándose de la puerta indicó a Sonia que sí podía, y al
cerrarla pudo observar con más detenimiento el estético cuerpo de la mujer.
Omar: ¿En qué puedo ayudarla?-por fin se atrevió a decir
Sonia: Verás, soy mamá de Sofía Burgos, es alumna tuya
Omar: Es un placer conocerla, señora, su hija es una buena
estudiante
Sonia: Lo sé, es por eso que estoy aquí. Me enteré que el
director Valle te pidió que reprobaras a Sofía
Omar: Sí señora, pero de ninguna manera accedí a tan tonta
petición, aunque fuera el mismo director quien me lo pedía
Sonia: ¿Eres un hombre de escrúpulos, o me equivoco?—preguntó
entrecerrando los ojos, viéndolo como si lo estuviera examinando—Entonces dime,
¿Cuánto cuesta tu ética?
Extrañado, Omar dio un paso hacia atrás mientras fruncía el
ceño, ¿Sería que había escuchado mal?
Sonia: ¡Vamos! ¡Di una cifra!—gritó impaciente
Omar: ¿Me está pidiendo que repruebe a su hija?
Sonia: Es algo que no entenderías, Sofía anda muy creidita
últimamente, lo único que quiero es darle una lección
Omar: Lo siento mucho, señora, pero no voy a ponerle un cero
a su hija
Sonia: Entiendo, sé lo que quieres, y si es la única forma…
Con rápidos movimientos, Sonia desató los tirantes de su
vestido, que eran lo único que lo sostenía. La prenda color púrpura cayó sobre
las losas, dejando a su portadora semidesnuda, apenas cubierta con una pequeña
tanga cuyo hilo le desaparecía entre las voluminosas nalgas y un sujetador que
contenía sus enormes pechos.
Siguió desnudándose delante de Omar que, boquiabierto,
contemplaba las curvas de la mujer, no podía negar que estaba buenísima, aunque
se encontraba un poco intimidado, pues todas las mujeres con las que había
tenido sexo eran prostitutas, y nunca nadie como Sonia.
Completamente desnuda, Sonia se acercó al hombre moviendo las
caderas de un lado a otro. Al estar frente a él le dio un beso apasionado en los
labios, y al no sentir la masculina lengua inmiscuyéndose entre sus labios
buscando dominarla como sus anteriores amantes supo que era un hombre tímido,
estaba segura de poder manejarlo a su antojo.
Apretó sus senos contra el pecho de Omar, alcanzando a la
parte inferior de sus pectorales debido a su mayor estatura, y comenzó a sobarle
la verga con movimientos lentos pero duros por encima del pantalón, logrando que
se pusiera bien dura.
Con cuidado bajó el cierre del pantalón, metió la mano para
tomar el miembro duro y caliente y poder sacarlo para contemplarlo en todo su
esplendor. A pesar de no ser tan grande como el de Rodrigo había algo que lo
hacía apetecible ante sus ojos, su oscuro color y la cantidad de venas que
recorrían el trozo de carne.
Moviendo su muñeca le sacaba leves jadeos a Omar, que poco a
poco fueron creciendo hasta convertirse en un constante gemido. Tomó la mano del
pintor y la deslizó por su vientre, suave y terso como ningún otro que hubiera
tocado jamás. Lentamente guió los dedos grandes y gruesos por encima de su
concha.
Omar se deleitaba con lo que Sonia le obligaba a hacer. Le
asombraba que estuviera dispuesta a hacer lo que fuera con tal de ver a su hija
reprobada en su materia. Entró en un dilema, aceptar el peculiar soborno o
contenerse y seguir sus principios. Pero al sentir los rizados vellos púbicos de
Sonia, cortados cuidadosamente para darle forma a esa selva amarilla, todo
precepto moral quedó olvidado.
La lasciva boca buscó la suya nuevamente, y esta vez no temió
hacer todo lo que sabía. Posó su mano libre en la cadera de Sonia mientras la
otra acariciaba su monte Venus, friccionando sus gruesos labios vaginales para
que el coñito se abriera y le diera libre acceso a su caliente intimidad.
Su sangre hervía por las caricias que Sonia continuaba
dándole a su verga, también por la cálida sensación de aquella pepa que
comenzaba a babear en su mano y la exploración que hacía a su boca, enredando su
lengua cada vez que la encontraba.
Desesperado, dejó de tocar a la mujer, alejándose un poco de
ella, para desnudarse; primero cayó la camisa sport, luego su pantalón y el
bóxer, quedando tendidos junto a la ropa de ella. Miró con cuidado los redondos
y firmes senos al quitarse la mujer el bra y las bragas, los pezones se habían
hinchado ante él como invitándolo a morderlos.
Al ver la lujuria en los ojos de Omar, Sonia supo que lo
tenía rendido a sus pies, estaba segura que ya no encontraría más resistencia
por parte del hombre; la última fase de su venganza estaba completada.
Puso atención al astroso lugar, tuvo el impulso de salir de
ahí, en verdad le repugnaba tener que estar en una vecindad como esa, y mucho
más asco le daban las paredes que en algún tiempo fueron blancas pero ahora
estaban cubiertas por la negra mugre de los años, al igual que las grises losas
del suelo. Se preguntó si valía que alguien como ella, acostumbrada al glamour,
a los lujos y comodidades propios de la gente bien como ella, tuviera que coger
en un cuartucho de mala muerte; mas al recordar a su adorable hijita sacó
fuerzas para quedarse y completar su objetivo.
Lamió sus labios al regresar a la realidad y ver el cuerpo de
Omar, no estaba nada mal para ser maestro. Claro, no se comparaba con Rodrigo,
pero de perdido no sería tan repugnante tener sexo con él como con el
gobernador, de solo recordar el rancio aroma de su viejo pene se estremeció.
Sonia: Ven—movió un dedo para atraer a Omar al ver que ni
siquiera se movía—No seas tímido
Volteó en todas direcciones para descubrir un lugar que
estuviera medianamente limpio, y sorpresivamente el único que encontró no fue el
catre que Omar tenía pegado a una pared, sino una vieja mesa de madera cubierta
con un mantel verde, igual de corriente que la vecindad donde se encontraba.
Tiró los platos sucios que habían sobre la mesa sin
importarle que se rompieran, se montó sobre ella y se tendió con las piernas
abiertas, sobándose las tetas y hundiendo un dedo entre sus labios vaginales,
que ya se habían abierto para darle una visión perfecta al maestro de su hija.
Sonia: Hora de comer
Dijo ella con una sonrisa cargada de toda la lujuria que le
era posible. Dejó de tocarse la pepa, y se llevó el dedo con el que se complacía
a la boca, chupándolo lentamente y metiéndoselo una y otra vez entre los labios.
Hipnotizado por la lasciva musa que se le ofrecía cuan
prostituta al cliente, Omar caminó hacia ella dándose su tiempo, encaramándose
sobre la mesa para apretarle los pechos como si quisiera exprimírselos. Hundió
la cabeza entre las carnosas montañas, oliendo el delicioso aroma que Sonia
guardaba en su piel.
Su lengua escaló esas preciosas cumbres, suaves y blancas
como el resto de la piel, y al llegar a la punta rodearon la sonrosada aureola
infinidad de veces, hasta que se atrevió a chupar el pezón erecto, succionando
con fuerza como si quisiera beber de él. Pero sus manos no se podían estar
quietas, y mientras una bajaba nuevamente a la ardiente chocha, la otra apretaba
con fuerza la teta libre.
Aunque ya había sentido todas esas caricias, Sonia las
disfrutaba como si fuera la primera vez. Había algo en Omar que le hacía
disfrutar el momento por más monótono que fuera, también se sorprendió por no
haber escuchado todavía en los labios del hombre un "Chúpamela" característico
en todos sus amantes si hasta entonces no había acercado los labios a sus
miembros.
En ningún momento sintió que Omar tratara de dedearla, aunque
era lo que ella más deseaba, solo acariciaba la entrada a su sexual agujero,
pero se abstuvo de invadirlo, tal vez prefería dejarle ese honor a su palo.
Arqueó la espalda al sentir que finalmente le metía la verga
en el coño, separando sus paredes vaginales. Bajó la mirada jadeando, no se
explicaba como podía gozar tanto con un pene tan promedio como el suyo. Buscó
los ojos de Omar, pero éste miraba la entrada de su miembro como si lo
supervisara.
Inició el vaivén, y a la segunda metida Sonia sintió que todo
su interior se estremecía, fue entonces cuando se dio cuenta que Omar bombeaba
dentro de ella moviendo circularmente la cadera, cosa que pocos hombres hacían,
ya fuera por egoísmo o por ignorancia.
Sus senos vibraban con cada potente metida del maestro,
parecían un par de débiles edificios en medio de un terremoto, y era
precisamente eso lo que sentía ella, un jodido terremoto en su interior
sacudiéndole las entrañas, pero cómo lo disfrutaba.
Los labios de Omar besaban tiernamente su cuello mientras con
violencia la penetraba, haciéndola suya de una manera que, a pesar de no ser la
mejor de las cogidas, disfrutaba mucho.
Abrazó la espalda del hombre, fuerte como debía ser, y enredó
las piernas en las de él, sintiendo las cosquillas que producían los vellos.
Desde esa posición observaba el techo mugriento, pero para entonces poco le
importaba el lugar en el que se encontraba.
Sintió que el orgasmo venía pronto, y se aferró fuertemente
al cuerpo de Omar. Abrió los ojos asombrada al escucharse gritando, por primera
vez ella había terminado antes que él.
Jadeando, se quedó sin fuerza, sintiendo todavía las
embestidas de Omar, y un par de minutos después su coño fue inundado por la
caliente y espesa leche del pintor, que con fuertes descargas alcanzó el
orgasmo.
Pasaron algunos minutos más hasta que ambos recuperaron las
fuerzas. Sonia fue la primera en levantarse, y con la sensación de tener aun el
coño relleno con la verga de Omar se vistió nuevamente.
Sonia: Entonces—dijo al acomodarse las tetas en el brassier,
ponerse las bragas y colocarse el vestido nuevamente sobre su curvilínea
figura—¿Cuento con el cero de Sofía?
Omar: Sí, tu hija no aprobará mi materia
Sin decir nada más, Sonia salió del departamentucho, bajando
los escalones ante la mirada reprobatoria de los presentes, seguramente habían
escuchado los gritos de placer como buena gente chismosa que eran, pero poco le
importaba lo que esas lacras de la sociedad pensaran de ella.
Pasó nuevamente junto a los parias, volviendo a escuchar los
vulgares comentarios hacia su persona, y sin darle mayor importancia subió a su
auto para alejarse lo más rápido posible.
Sonia: (Ahora sí, hijita mía, vas a saber quién es Sonia
Burgos en realidad)
Dijo para sus adentros mientras pisaba el acelerador hasta el
fondo, emocionada por saber que el fin de su hija estaba cerca.
Sin imaginar nada, Sofía acudió a las oficinas de la facultad
a por su boleta en compañía de sus amigas. Orgullosa por sus seguras altas
calificaciones, se contoneaba como un elegante pavo real pasando entre todos
como si fuera superior a ellos, esa actitud le chocaba a la mayoría de los
estudiantes, que a pesar de no conocerla sabían de sobra que era una chica
presumida.
La cara que puso al ver las calificaciones en su boleta valía
más que cualquier premio para el resto de los presentes.
Eugenia: ¿Qué te pasa Sofi?
Sofía: Esto…esto no puede ser, debe haber un error
Caminó hasta la secretaria, y exigió hablar con el director,
pero le fue negado tal privilegio. La secretaria en turno, Lupita Muñoz, era una
de las muchas personas que no toleraban a Sofía y su actitud pedante, así que le
dio mucho placer explicarle su situación.
Lupita: No sé que problemas tienes con tus maestros—tratando
de contener la sonrisa que instintivamente se mostraba en su boca—Pero todos
vinieron ayer para rectificar tus calificaciones, supongo que por fin se dieron
cuenta de la clase de arpía que eres
Sofía: ¡¿Cómo te atreves?! ¡¿Sabes quién soy yo?!
Rodrigo: Una zorra barata que se acuesta con el primero que
se le ponga enfrente
Todos se quedaron estupefactos al escuchar la voz de Rodrigo,
el novio de Sofía, diciendo esas palabras.
Sofía sintió que el corazón se le salía del pecho, no sabía
si por la vergüenza de sus calificaciones o por las palabras de su novio.
Molesta, se dio vuelta y caminó rápidamente hacia Rodrigo para tratar de darle
una cachetada, pero fue ella quien recibió una por parte de Eugenia, su supuesta
mejor amiga.
Sofía: ¡Eugenia!
Eugenia: Ahora sabemos la clase de perra que eres, maldita,
mira que engañar al pobre de Rodri
Por muchos años Eugenia había contenido el amor que le tenía
a Rodrigo. Verlo a cada momento con Sofía le molestaba, teniendo que soportar
que su amiga le restregara a su perfecto novio en la cara. Y ese día, al
escuchar a Rodrigo acerca de lo zorra que era Sofía mientras ponía en la pizarra
de avisos las fotos que Sonia le había tomado, vio la mejor oportunidad para
arrebatárselo como siempre había querido
Sofía: ¡No sé de qué diablos están hablando!
Eugenia: ¿Ah no? ¿Qué tal si vas a la pizarra de anuncios
para que veas de lo que hablamos?
Todos siguieron a Sofía, interesados en verla caer desde su
pedestal, y al llegar a la susodicha pizarra vieron las fotos que Sonia le había
tomado en complicidad con Gabriel, estaban pegadas como si fuera un cómic
erótico.
Los estudiantes voltearon a ver a Sofía, y de inmediato la
reconocieron. Las reacciones no se hicieron esperar, y todos comenzaron a corear
"puta, puta, puta" al tiempo que ella arrancaba las fotos para romperlas.
Corrió al estacionamiento, y notó que en todos los autos
estaban las mismas fotos sujetas a los limpiaparabrisas, era una pesadilla,
todos pensaban que era una golfa, incluso Eugenia le había dado la espalda, lo
malo era que ni siquiera se acordaba del chavo de las fotos.
Antes de subir a su auto se topó con el director Victor
Valle, un tipo alto, de unos 50 años, de complexión gruesa y bigote espeso.
Victor: Vaya vaya vaya, si es nuestra alumna modelo, Sofía
Burgos
Sofía: Hola, director
Victor: Me enteré de lo mal que te fue este semestre, Sofía,
reprobaste todas tus materias
Sofía: Director, no sé qué pasó, le juro que hubo un error al
momento de computar las calificaciones
Victor: De ninguna manera hubo un error, jovencita, el único
error que tuvimos fue aceptarte en esta facultad
Sofía: ¡Pero!
Victor: ¡Pero nada! ¡Y si en verdad fueras una buena alumna
sabrías que solo tienes derecho a presentar tres extraordinarios al semestre,
así que tendremos que darte de baja hasta que pases todos tus exámenes!
Hasta ese momento, Sofía había contenido el llanto por
orgullo, pero eso fue el vaso que derramó el vaso. En unos pocos minutos había
perdido todo: su novio, sus amigas, su prestigio como buena estudiante, y ahora
no podría seguir estudiando al menos por dos semestres.
Tapó su cara con las manos, solo se escuchaban sus sollozos,
pero ni así sintió pena alguna por ella Victor, que pasó a su lado sin decirle
nada.
Continuó llorando un rato más, hasta que escuchó el bullicio
de la gente que se acercaba a sus espaldas, gritando zorra y riéndose de su
desgracia. Sintió una bola de papel golpearle la cabeza, y al voltear a ver
todos comenzaron a tirarle objetos, siendo Eugenia y Rodrigo los que
soliviantaban a los demás para atacarla física y verbalmente.
Abordó su auto al momento que su llanto se incrementaba, y
antes que saliera del estacionamiento alcanzaron a romperle una de las
ventanillas. Las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos, y al llegar a su
casa vio a su mamá en la sala tomando tranquilamente una taza de café.
Sofía: ¿Qué haces aquí?
Sonia: Esperándote, ¿Por qué lloras?
Sofía: ¡Ay mamá!
Gritó al tirarse a las piernas de su madre, abrazándola
mientras le contaba todo lo que había pasado. Esperó encontrar consuelo con
Sonia, palabras de aliento que le dieran fuerzas para seguir adelante, pero…
Sonia: Hijita, eso te pasa por querer pelearte a manotazos
con un gigante
Sofía: ¿Qué?—preguntó extrañada, no comprendía a qué se
refería
Sonia: Pues—asentando la taza vacía en la mesita de madera
que estaba frente al sofá—Tú quisiste vengarte de mí cogiendo con Pedro,
¿Recuerdas?
Sofía: ¡No me digas que…tú lo planeaste todo! ¡Tú hiciste
todo esto!
Sonia: Claro que sí Sofi, tenía que demostrarte quien manda
en esta casa, no podía permitir que hicieras lo que quisieras pasando por encima
de mí
Sofía: ¡Mentira! ¡Todo esto lo hiciste porque te da coraje
que los hombres ya no te hagan tanto caso como a mí! ¡Eres una zorra inmunda!
Sonia ya no pudo más, por mucho tiempo evitó golpear a Sofía
desde la última vez que lo había intentado, pero era suficiente, no permitiría
una insubordinación más de su hija. Furiosa contra ella, descargó todo el rencor
que le guardaba a golpes, primero a bofetadas, y luego con el puño cerrado,
utilizando las manos como si fueran martillos tratando de destruirle la cabeza.
Los gritos de su hija no le importaban, y teniéndola en el
piso aprovechó para patearla sin parar con sus zapatos puntiagudos.
Sonia: ¡Por tu culpa perdí mi juventud, por tu culpa perdí
noches de diversión y de placer, y ahora también por tu culpa los hombres no me
toman en cuenta cuando estoy junto a ti! ¡De haber sabido que me traerías tantos
problemas hubiera cerrado las piernas para que no nacieras!
Gradualmente, la ira abandonó a Sonia, pero aun así
continuaba pateando a su hija en el vientre, claro, no con la misma fuerza. Por
fin se cansó de golpearla, y recobrando la compostura salió de la casa.
Sofía se incorporó más tarde, adolorida y llorando, no sabía
si por lo que su madre le había hecho o por el dolor físico. Ni siquiera Artemia
la ayudó a llegar a su cuarto, la vieja maldita incluso barrió junto a ella y ni
por pena la levantó.
Tendió su adolorido cuerpo en la suave cama, conciliando de
inmediato el sueño por el cansancio y el dolor. Cuando despertó se sintió un
poco mejor, y decidió que eso no se podía quedar así.
La sed de venganza le daba fuerzas, a pesar de que todo había
empezado por ese mismo deseo continuó buscando un teléfono en el directorio. Al
encontrar lo que tanto buscaba tomó su celular y marcó.
Sofía: ¿Bueno, habla Lucía Baquedano?
Lucia: Sí, ¿Quién habla?
Sofía: No puedo decirle mi nombre, sin embargo soy una amiga
que quiere ponerla sobre aviso. Su esposo, el gobernador Morales, la engaña
Lucía: ¡¿Qué?! ¡¿Cómo se atreve?!
Sofía: Si no me cree acuda hoy a eso de las diez de la noche
al Hotel San Jerónimo, todos los miércoles se reúne ahí con su amante
Y sin más, colgó, le hubiera gustado estar presente cuando su
madre fuera descubierta en pleno acto sexual con el gobernador, pero eso no
podía ser, se conformaba con llamarle a los medios de comunicación para
informarles de la situación y ver a Sonia en la televisión, siendo proclamada la
más grande de las rameras.
Un miercoles más, Sonia acudía a la cita que tenía con
Gerardo, su amante, gobernador, y quien le había dado el puesto que ocupaba
actualmente. Mientras subía por el ascensor respiraba profundo para calmar las
ansias que tenía de salir corriendo de ahí y mandarlo todo al cuerno, pero el
dinero que ganaba valía la pena.
Llegó a la habitación de siempre, sabiendo que adentro la
esperaba Gerardo. Abrió la puerta con la tarjeta que le habían dado en recepción
por orden del propio gobernador, y cuando entró lo vio tirado en la cama,
esperándola con la verga parada y las regordetas piernas abiertas.
Cerró la puerta a sus espaldas, se desnudó rápidamente, pues
al mal paso darle prisa, y acompañó al gobernador en la cama, metiéndose la
verga en la boca y aguantando la respiración para no tener que percibir el hedor
que despedía.
Gerardo: Chúpala toda
El gobernador era un tipo regordete, con cara de bonachón que
ocultaba su perversidad en cuanto al sexo. Acarició el pelo corto de Sonia, la
sensación de suavidad le complacía mucho.
De pronto, la puerta se abrió de golpe, y delante de ellos
estaba Lucía, su esposa, con un escuadrón de fotógrafos que entró de inmediato a
capturar ese vergonzoso momento.
Lucía: ¡Gerardo! ¡Así que era cierto!
La abochornada Sonia cubrió su desnudez con las sábanas,
deslumbrándose con los flashes de las cámaras cuando disparaban. Se sabía
descubierta, todo había terminado para ella, seguramente la despedirían o la
obligarían a renunciar. Las lágrimas recorrieron sus mejillas, formando salados
ríos de derrota, lo que más le dolía era que su reputación delante del pueblo
como una mujer fuerte, dura y que podría levantarse a pesar de lo alto que fuera
la caída se había resquebrajado como la más delgada hoja. El mismo orgullo que
la había llevado a destruir la vida e ilusiones de su hija estaba totalmente
hecho añicos
Al día siguiente, en primera plana, el escándalo sexual del
gobernador estremeció a la ciudad, aunque a él no le harían nada, era evidente
que la cabeza de Sonia sería cortada, pues no importaba que Gerardo la hubiera
seducido, ella siempre sería culpable.
En su habitación, con el cuerpo vendado por ella misma, Sofía
leía cada frase, cada palabra, cada letra del artículo con satisfacción y
placer.
No sabía a ciencia cierta lo que el futuro le deparaba, ni si
seguiría viviendo con su madre después de lo que había pasado, lo único que
sabía era que, por el momento, la venganza había sido suya.
De pronto dejó de sonreír, se dio cuenta que lo había perdido
todo por culpa de su sed de revancha, y entonces lloró por haber sido lo
suficientemente estúpida como para dejar que ese maldito deseo la llevara a
perderlo todo. Su mundo se había derrumbado, y no creía tener fuerzas para
construirlo de nuevo.