DERIAL: HISTORIAS DE GUERRA (4)
Novia de Muerte. Piras funerarias.
Los pormenores del expediente “salvación
inexplicable” se quedaron enterrados en los archivos según la orden del Jefe
Supremo. Pero no resultó tan fácil enterrar algunos sucesos posteriores que
sembraron supersticiones entre los militares de la Frontera. La enfermera que
había besado al hombre misterioso cogió fiebre aquella misma tarde y por la
mañana la encontraron muerta, con la cara abotagada, un mosaico de manchas
escarlatas. Un soldado joven solía burlarse de la historia gritando debajo de
los árboles: “¿Dónde estás, Cristo? ¡Contesta! ¡Dame una señal!” Unos días más
tarde, durante una guardia, el bromista estaba tocando el acordeón para el
deleite de sus amigos. De pronto se oyó una explosión tremenda cuyo origen se
ignoraba. Disipado el humo, el chico permanecía en el mismo lugar. Con una
salvedad: ya era decapitado. Sus manos seguían tocando más de 5 minutos, llenos
de máxima tensión para los testigos. Por fin, los
brazos cayeron impotentes, el cuerpo ejecutado dio un vuelco en el polvo. Era la
única víctima. Los demás ni siquiera resultaron heridos y en los primeros
instantes no se enteraron de las causas y consecuencias de lo ocurrido. La
cabeza no se descubrió por más que la buscaran.
Alina Voronova no dejaba de evocar el
rostro inquietante del guía-fantasma. Tuvo la suerte de verle con sus propios
ojos cuando el grupo de sobrevivientes se acercaba a la zona rusa. Le vio
disolverse en los aires como si una mano invisible hubiera borrado su imagen. Un
hormigueo de éxtasis, un reconocimiento confuso, un intercambio sin palabras…
todo un vendaval de vibraciones intuitivas la arrastró hacia los confines
inexplorables del Secreto, quizá hacia el otro lado de la Luna, quizá hacia las
profundidades de volcanes extintos. Dentro de poco divisó al hombre hablando con
Sonia. Cabellera flotante, perfil griego, mañas de lince. Una especie de escama
cubría su cuerpo, miríadas de partículas luminosas y oscuras se fundían en un
vértigo increíble.
- Papá, ¿qué pasa con esta
chica?
- Ensimismamiento deplorable.
Está dialogando con el vacío. ¡Y con qué ardor! Compadezco al mariscal Zhukov.
¡Una pariente chiflada! ¡Qué vergüenza!
- ¿Vacío? Pero… - se interrumpió
al comprobar que, efectivamente, no había nadie cerca de Sonia. “El ambiente es
contagioso. Multiplica alucinaciones”. Y, sin embargo, no podía quitarse de
encima una mirada pesada que chupaba sus ojos con la fuerza de un garrapato.
- ¿Pero…?
- Nada. Dime: ¿qué misión has
encargado a Sergio?
- Has tardado bastante en
preguntármelo. Hace una semana que está ausente. Partió la misma noche cuando se
perdieron aquellos holgazanes irresponsables.
“La misma fatídica noche cuando realizó
la hazaña de mi desvirgamiento”.
Anhelaba un encuentro con Sergio a la
luz del día para ahuyentar la bruma de incertidumbre que envolvía su cita
apasionada. A su gran pesar, la bruma se volvió aún más densa. Sergio se mostró
formal, distanciado, incapaz de pronunciar aquellas frases desafiantes que la
inundaban de lujuria ancestral.
- Te pido mis disculpas, Alina.
Me vi obligado a marchar para cumplir mi deber.
- Tranquilo, la recompensa valió
la pena.
- ¿La recompensa? – su semblante
de un clásico hombre “decente” expresaba perplejidad sin límites. – Me atengo a
mis convicciones por más ridículas que… - una llamada urgente impidió finalizar
el discurso. – Bueno, ya hablaremos de ello. No cometas locuras, por favor. El
sentido común es el rey de las virtudes.
Alina se acurrucó en un rincón de su
cuarto llorando a lágrima viva, el desencanto le quemaba las mejillas más que el
ácido sulfúrico.
- Basta, amor mío, basta, - otra
vez percibía una voz entrañable, otra vez se derretía entre los brazos
reconfortantes. Era Sergio, pero distinto, transfigurado, tal como le gustaba.
Ojos brillantes, iluminados por antorchas del deseo.
- Tus reflexiones racionales me
matan. ¿Cómo has podido? Después de la tormenta que compartimos…
- Una broma, nada más. Un tanteo
de tu aguante, preciosa.
- ¡Menudo tanteo!
- ¿Qué te parece si nos vemos a
la hora de la puesta del sol? En un pesebre que yace en pleno abandono. Allí
habrá un tanteo mucho más acalorado.
*
- Derial, déjame regresar a casa. Es
imposible enviar cartas a Leningrado, mis familiares están inquietos.
- Debías haberte preocupado por sus
alarmas mucho más antes. ¿Dejaste una nota? Sí. Cálmate entonces.
- Necesito ver a mi madre, aunque sea
una vez. Y después volveré a la frontera, contigo. Tengo miedo de que muera de
angustia.
- ¿Y si acaba de expirar? – Derial
entornó los ojos irónicamente.
- ¡¡¡NO!!! No digas eso, me provocas
con propósito, te agrada verme desesperada. ¿Por qué odias a la que te ama más
que su alma?
- Ay, Sonechka, ¿no crees que la
felicidad auténtica reside en la discordancia? La armonía equivale al fastidio.
- Derial, me voy debilitando, estoy
mal, me mareo. Falta poco para agotarme. ¿Y si me muero antes de que vuelva a
encontrarme con mamá?
- Te prometo un encuentro con ella.
No llores, ahórrate las lágrimas para tiempos peores.
- ¿Me ayudarás?
- Lo pensaré, no me presiones. Ten
presente lo de tu posición inferior, querida.
- A veces me parece que empiezo a
odiarte.
- Nada más lejos de la realidad. Si
te dejo partir volverás corriendo para servirme.
- ¡Maldito seas! ¡Maldita sea la
noche en la que me visitaste en un sueño! ¡Maldita sea mi obsesión!
- No
maldigas los elementos que constituyen la médula de tu existencia. ¿Qué sería de
ti en Leningrado? Aprovecha mientras te lo permito.
-
¡Maldito seas! – Sonia se alejó a tropezones sin reparar en los árboles del
bosque. Su andar en zigzag traía asociaciones con la agonía de una corza
malherida.
Después de una hora de somnambulismo errante
Sonia volvió a echarle de menos. “Derial, sálvame, tómame” - reiteraba en un
estado próximo a delirium tremens. Los rescoldos grises de la hoguera todavía
guardaban algo de él. “¿Dónde estás? ¡Llámame!” Y nada. Sólo un eco de risas
sofocadas, una danza macabra de hojas otoñales, jeroglíficos del viento rizando
la superficie del lago. Los esfuerzos físicos provocaron tanto jadeo que decidió
descansar en un pesebre donde se almacenaban gavillas del heno seco, recogido
hace muchos años.
El espectáculo la dejó helada. Un festín de
carne se celebraba sin bridas ni riendas. Las vigas crujían al compás de
movimientos convulsivos. La hija del general Voronov (una proporción perfecta de
juventud y madurez, una síntesis de lo virginal y lo maternal) estaba cabalgando
a lomos de su novio que le apretaba los costados para marcar el ritmo de
caderas. Ensartada con un mástil ardiente, Alina cayó en un estupor salvaje
cuando el alma se desprendía del cuerpo para dar paso al goce más puro. Una
ninfa capturada por un mortal, una sustancia hecha latidos, un mar enganchado en
el torso masculino, una rosa triturada por las espinas de instintos. El miembro
duro de Sergio llegaba hasta lo más hondo, rozando el cuello del útero,
transmitiendo el sabor de pasión hacia la garganta de su amante. La joven se
quejaba del dolor agudo que hacía estallar las paredes vaginales y al mismo
tiempo le incitaba a cruzar todas las umbrales de posibilidades humanas. Sus
hermosos glúteos, su espalda musculosa, su cintura de avispa encendían la
hoguera multicolor en la penumbra. Sergio pagaba buen tributo al rito bacanal.
¿Sergio? Qué va, un aguafiestas enfrascado en la rutina militar no tenía nada
que ver. Era Derial en guisa de Sergio, un ladrón que se apoderó del tesoro
ajeno. La presencia discreta de Sonia no representaba ningún secreto para él. Su
mirada de ave rapaz ordenaba “Vete” mientras alzaba la cabeza para mordisquear
ferozmente los pezones erectos de Alina.
El núcleo más esencial se desmoronó dentro de
la pobre soñadora de Leningrado. ¿Sería posible rivalizar con una mujer tan
carismática? Parecía obvio que esta vez Derial disfrutaba del sexo como un
humano. En el caso de Sonia utilizaba el acto “aburrido” como uno de los métodos
de absorber la energía. ¿Por qué? Tal vez el potencial de Alina se restablecía
en seguida e incluso se reforzaba lo que permitía iniciar un recorrido por un
círculo de eterna acumulación. Un intercambio en el sentido literal de la
palabra. Dos guantes que formaban una mano en un apretón interminable. Ahí
estaba la clave.
“Yo también soy capaz de traicionarte,
Derial, no lo dudes”. Presa de una risa histérica, se dirigió al cuartel. Al
captar los sonidos de una pequeña juerga se presentó allí, frente a tres
soldados, hinchados por olores repugnantes y pensamientos estúpidos. El lugar no
se distinguía de una pocilga, pero no le importó. “Chicos, ¿os apetece una buena
diversión?” – preguntó imitanto las entonaciones de putas profesionales, pasando
la lengua por los labios. Se miraron incrédulos antes de aceptar. Una chica
bella y medio loca les servía su cuerpo en una bandeja. Sonia se acordó de su
asco en los brazos del borracho asesinado por Derial. Resulta que la salvó para
arrojar en las garras de otros. De un solo trago bebió un vaso de vodka y pidió
más hasta apurar toda la botella. Despúes se arrellanó en el sofá y levantó la
falda sin parar de reir. Los soldados la asaltaron reventándose de bromas y
comentarios: “Vamos a prestar una ayuda humanitaria a una niña hambrienta”.
“Nunca lo he hecho con una que tiene trastornos mentales” “Aparte de trastornos,
tiene algo más” Sonia no prestó atención a las lenguas que lamían su cuello, ni
a las bocas que succionaban sus suaves pechos, ni a los dedos que atormentaban
su tierno clítoris y hurgaban entre los pliegues más íntimos, ni a las pollas
violentas que forzaban la entrada en su interior. Se sentía como una muñeca de
trapo olvidada en un desván cubierto de telarañas. O como una caja llena de
insectos. A pesar de que los insectos correteaban por el fondo, frotaban las
paredes, rasgaban el papel, no podían molestar el recipiente – frío, oscuro y
muerto. La única cosa que la molestaba era la mugre de varios días, acumulada en
las uñas de los participantes.
De pronto notó que alguien se pegaba a los
cristales de la ventana. Un hilo cargado de electricidad se tendió entre ella y
Derial que observaba la escena desde fuera. ¿Para qué? Seguramente para engullir
las últimas pizcas de vitalidad. Celos, furia, desesperación, orgía absurda …
meros alicientes que aceleraban el proceso de consumo. Sonia lo entendía todo y,
no obstante, se felicitaba por saber atraerle a su lado. Se humedecía, se
contraía, se corría contemplando a una silueta tenebrosa detrás de los cristales
empañados. Los soldados la manejaban y ultrajaban a su antojo – penetraban
alternativamente, obligaban a mamarles las vergas, rompían su culo virgen,
abrían los grifos de leche tibia que salía a borbotones. Le daba igual. El amor
de Sonia abarcaba lo infinito del firmamento y la transportaba fuera de su
alcance. Lo que se quedó abajo no era ella.
Mucho más tarde, terminada la “diversión”, se
encontró en su cuarto y llamó a Derial con el mayor ahínco posible. Esta vez
acudió, descendió hacia el cuerpo maltrecho de Sonia como una nube de alacranes
y la colmó de caricias punzantes durante las horas de despedida.
*
Los primeros rayos teñían de rojo las
mantas de lana debajo de las cuales apenas se delineaban delicados contornos
femininos. Su rostro pálido, una flor marchita de loto, desbordaba angustia. El
resplandor, tan propio de ella, se extinguió por completo.
- ¡Sonechka!
¡No justifiques tu nombre! ¡Deja los sueños! Ha llegado la hora de enfrentar la
realidad.
Abrió los ojos en seguida, a la espera
de sus órdenes.
- ¿Qué debo hacer?
- Vístete
de prisa. Nos vamos a Leningrado. Ahora mismo.
- ¿De verdad?
- Levántate
y lo verás.
- ¿Iremos
por el camino de Ladoga?
- No,
aquel recorrido me hacía falta para que tú no solamente te enamoraras de mí,
sino fueras fulminada por una pasión demoledora e incurable. La intensidad de
sentimientos se refleja tanto en la cantidad, como en la calidad de la energía
recibida. A esas alturas trucos y rodeos son irrelevantes, por lo cual
utilizaremos mi transporte personal, más cómodo y veloz, como debes de recordar.
Hablaba en un tono cariñoso que sembró
en ella una ilusión de que el final aún no había llegado. A lo mejor alcanzaría
la dicha de acompañarle a lo largo de unas semanas, unos meses o incluso unos
años. En cuanto viera a su madre y la tranquilizara en lo relativo a su destino,
los remordimientos se evaporarían y podría dedicar toda su atención a Derial.
Sonia se olvidó de la debilidad de su organismo, sus mareos, sus piernas de
algodón. Se olvidó de Alina Voronova. Se vistió en un humor solemne, apropiado
para una boda que se celebraba en una mortaja.
Derial la aguardaba cerca de la cabaña donde
ella había perdido la virginidad. Listo para emprender un vuelo, las alas
desplegadas. Sonia se sentía incómoda cada vez que le veía así.
- Revela
un secreto: ¿tus alas son las de un pájaro o las de un murciélago? – preguntó
para aparentar naturalidad.
Ya se disponía a realizar un análisis de
prueba sin obtener el permiso. Derial no la apartó, sólo se tensó un poco.
Cuando la joven se puso a palpar las alas, descubrió que sus manos caían en un
hueco.
- No
toques el objeto cuyo uso ignoras.
Derial se acomodó en un tronco tumbado,
hizo sentarse a Sonia sobre sus rodillas y la rodeó con los brazos a nivel de la
cintura. “¡Adelante!”
La ciudad de Leningrado les acogió con
poco cariño. Todos los elementos, incluyendo los adoquines del pavimento,
estaban impregnados de miedo. A pesar de que el bloqueo ya no tenía el carácter
absoluto, el cuadro general producía una impresión abrumadora. Humo y ruinas.
Una ilustración apocalíptica.
- Derial,
¿por qué no me has llevado hasta mi casa? ¡Estamos muy lejos!
- Tu casa
no existe. Anoche el edificio fue demolido por una bomba.
- ¡¿Qué?!
– se lanzó disparada hacia él y asestó unos
puñetazos contra su pecho, más duro que un monumento de bronce. - ¡Mentiroso!
¡Me has prometido! ¡Me has prometido un encuentro con ella!
El rostro de Derial se oscureció, se
quedó ahumado por dentro.
- Sé
cumplir mis promesas. Dobla la esquina.
Desconfiada, permanecía con la vista
clavada en él, sus pupilas dilatadas e inmóviles.
- Dobla
la esquina. Allí encontrarás a tu madre.
Desde la esquina se abría un panorama extenso
de la plaza. De todas partes venía la gente arrastrando los cadáveres,
apilándolos al lado de la catedral Isakievsky para quemar en una hoguera común.
El proceso avanzaba de una manera sumamente trivial. Un ajetreo cotidiano no
encajaba con la atmósfera sobrenatural. Un contraste espeluznante.
Sonia registró cada centímetro en una
búsqueda frenética. Se detuvo cerca de un cuerpo que llamó su atención. Aparecía
desfigurado hasta el grado que no se podía reconocer ningún rasgo humano, pero
ella dio con tres pistas importantes: largas trenzas castañas; un vestido
preferido; un anillo de boda, hecho en una forma especial.
-
Perdóname, mamá. He llegado tarde. La falta de puntualidad es mi punto flaco, lo
sabes. Perdóname, por favor.
-
Permiso, señorita, - se oyó la voz de un organizador de aquel festín de piras
funerarias. Tenía preparado un par de ganchos enormes para arrastrar el cuerpo a
una de las pilas.
- ¡Fuera
de aquí! ¡Es mi madre! ¡No es basura!
- Lo
siento, las autoridades nos han dado la orden de eliminar los restos mortales
para prevenir la peste y otras infecciones.
- ¡Déjame
despedirme de ella!
Intentó besar la mejilla ennegrecida e
inmediatamente se hizo atrás por el olor de descomposición incipiente.
- Aquí
tienes el encuentro prometido, - constató Derial. - ¡Viva la reunión familiar!
- ¡Maldito seas!
- Qué
recurrente te manifiestas.
¿No me quieres más? ¿No me deseas? Lo siento, tu deseo no es correspondido,
puesto que ya no tienes nada que ofrecerme. ¿Por qué estás temblando? ¿Acaso no
dijiste que te gustaba el fuego? – la obligó a plantarse frente a la pila de
cadáveres ardiendo. – Fíjate bien. ¡En ninguna novela de terror inventarían un
detalle semejante!
Al principio Sonia no se enteró de lo
que pretendía, simplemente concentró la mirada en pedazos disformes que habían
perdido toda semejanza con su aspecto reciente. El círculo de metamorfosis
aclaró las insinuaciones de Derial. Cuando las chispas se ponían en contacto con
la carne muerta, los cadáveres se levantaban intentando dar un paso adelante,
pero en una fracción de segundo se encogían y antes de reducirse definitivamente
a cenizas adoptaban la postura de un embrión. El corazón de Sonia se oprimió,
apretado por una herradura invisible, demasiado estrecha para permitirle latir.
Al acordarse de su madre, giró sobre los talones… para comprobar que el hombre
ya llevaba los despojos. La figura dolorosamente conocida, que la había empujado
a la vida, se encendió y en instantes contados se convirtió en lo mismo que los
demás. El viento gélido del Golfo Finlandés recogía puñados de cenizas, los
esparcía por las calles mezclando con la nieve.
- Polvo a
polvo, dice la sabiduría popular.
Adiós, mi niña, - la voz de Derial no expresaba compasión, sino recalcaba cada
palabra con sarcasmo. – Has cumplido dignamente tu función. Lo que pasa es que
se ha producido un cortocircuito que bloquea los suministros posteriores. He de
rescindir nuestro contrato. Te avisé que intentaras aumentar tu aguante.
¿Recuerdas? Pero eres un ancla oxidado, una víctima innata, incapaz de
alimentarme por mucho tiempo. Careces de carácter, de
voluntad. Sólo sueños, un naufragio de sueños. Y yo
ni siquiera puedo darte un pañuelo y una lágrima
sentimental. Has derrochado todo tu potencial y no podrás consolarte. ¿Qué harás
si te abandono para siempre? Te suicidarás por tu propia iniciativa, ¿verdad?
Por eso hay que adelantar los acontecimientos. No me cuesta nada facilitarte la
tarea porque tu existencia actual no es más que una
ficción. Una cáscara, una piel de serpiente que no me sirve. Adiós, novia de
Muerte.
La hizo tumbarse en la acera aplastando
su pecho con un tacón. Sonia no resistía, desde los primeros minutos del
encuentro con Derial sabía que él y sólo él interpretaría el papel de su
verdugo. Parecía una paloma atropellada por un coche. Los últimos sonidos,
captados por ella, eran un leve chirrido, una vibración precedente al despegue y
un adiós siseante. Un ala azotó su pómulo con el efecto de un disco de hierro
que dejó fracturados los huesos temporales. Ya no oía nada.
El organizador del festín infernal se inclinó
sobre la joven fallecida.
- ¡Оh! ¡Una más! Qué raro, hace un
rato estaba viva. ¿Será de pena? Bueno, duerme en paz, hija, – cerró los ojos de
Sonia e, impulsado por un entusiasmo tétrico, la arrastró hacia la misma pila de
cuepos en la que acabaron de quemar a su madre.
Lo de “piras funerarias” no es ficción.
Durante el bloqueo de Leningrado no hubo otra manera de eliminar los cadáveres
que sí adoptaban la postura de embrión un segundo antes de reducirse a cenizas.
La información fue concedida por la abuela de mi amiga rusa, ya mencionada en
otros capítulos.