Tu amo te ha ordenado ir de compras al sex-shop. Para cumplir
su encargo te vistes esa mañana con un vestido corto, de tirantes de un suave
color gris perla, que se arrima a tu piel y marca tus formas. De abajo del
vestido, tal y como desea tu amo, vas desnuda.
Atraviesas la ciudad hasta llegar al sex-shop y cruzas la
puerta de entrada. Lo haces rápidamente temiendo que alguien conocido te pueda
ver entrar. Una vez dentro te recibe una calida luz y una música acogedora que
te sosiegan.
Te diriges hacia el expositor donde cuelgan todos los
instrumentos de dominación. Con aire dubitativo y tímido te mueves ante ellos
sin atreverte acercarte demasiado a ninguno de ellos. Los observas sin tocarlos
e intentas buscar los que cumplan las condiciones que te impuso tu amo.
Primero fijas tu atención en las muñequeras y tobilleras.
Escoges unas negras, ranuradas en estrías y con un poderoso candado colgando de
una anilla en su extremo. Coges cuatro y los echas en tu cesta de la compra.
Continúas tu búsqueda por los estantes y ahora te diriges al
que tiene los gags. Los observas con detenimiento y escoges uno de finas tiras
de cuero negro y una brillante bola roja. Al cogerlo en tus manos no puedes
reprimir el deseo de sentirlo en tu boca. Miras a tu alrededor, no ves a nadie
que te observe, y sintiéndote impune llevas la bola a tu boca, cierras los ojos
y se te hace presente la voz de tu amo. Durante un instante la mueres en tu boca
antes de devolverla a la cesta de la compra.
Luego son los mosquetones los que atraen tu atención. Escoges
unos de tamaño medio y los añades a tu compra.
Por ultimo te acercas a la barra de la que cuelgan las
cuerdas enrolladas en carretes. Tomas en tu mano una lisa, como de un centímetro
de gruesa, de un color rojo oscuro, casi granate, y las estiras hasta la otra
mano. Luego enroscas tus manos en ella y tiras. La sientes fuerte, poderosa y a
la vez confortable. Llamas al dependiente y le pides que te corte diez metros.
Mientras el la mide tu imaginas que sus manos son las de tu amo tomando la
cuerda para atarte. Y te sientes húmeda. Y te sientes dispuesta y deseando
llegue el instante de que tu amo haga uso de tus compras. Cuando acaba de
medirlas, te alarga las cuerdas y vuelve a su mostrador. Tú sigues dando una
vuelta por la tienda intentando encontrar los últimos encargos antes de irte.
Ahora son los consoladores los que atraen tu atención. Te
acercas a ellos y paseas tu mirada por el amplio estante que los contiene. Un
arco iris de colores y formas se abre ante ti. Intentas concentrarte en las
ordenes de tu amo:"Compra dos consoladores. Uno para tu culo y otro para tu
coñito. Piensa en ello mientras los escoges". Y eso haces. Después de mirarlos
todos te acercas y cojes uno negro, de látex brillante que al tocarlo produce
una sensación de calidez que te conforta. Su tamaño es lo que te hace dudar. Lo
encuentras demasiado grande para tu culo y temes que tu amo decida
introducírtelo allí. Sientes que te excitas mientras lo piensas y lo dejas caer
en la cesta.
Ahora diriges tu mano hacia un delicioso plug anal de cristal
acrílico, transparente, de pequeño tamaño, suave y tan liso que parece
deslizarse por tus manos camino de tu cueva. Te imaginas tumbada boca abajo
sobre el sofá. Las manos de tu amo acarician tus nalgas y van llenándolas de
azotes mientras el plug comienza a insinuarse a las puestas de tu ano. Comienza
a empujarlo suavemente y sientes como se abre paso dentro de tu culo mientras su
mano continua azotando tus nalgas.
"Búscalo" te ordena tu amo y tu lo haces moviendo tus caderas
y haciendo que el consolador se pierda definitivamente en el interior de tu
culo.
Te despiertas de tu ensoñación con el consolador aún en la
mano. Lo echas a tu cesta y ya por ultimo buscas el último encargo de tu amo.
Unas bolas chinas.
Las encuentras con facilidad. Escoges unas doradas que
tintinean en tus manos al cogerlas. Sientes moverse la bola interior mientras
las llevas en tu mano hacia la caja e imaginas el efecto que harán en tu
interior cuando las lleves puestas.
"Deberás salir de la tienda con ellas colocadas" te ordenó tu
amo y tú te ruborizas tan solo de pensarlo. Llegas al mostrador, colocas tus
compras sobre la tarima y esperas a que el dependiente las valla tikando y
metiendo en una discreta bolsa roja sin distintivo alguno. Eso te tranquiliza.
No deseas que nadie sospeche de donde vienes de compras. Cuando el dependiente
termina de guardar lo que iba en la cesta, le alargas las bolas que llevas en tu
mano y antes de que las introduzca en la bolsa le dices: "Esas no las guardes.
Me las llevaré puestas" "¿El servicio, por favor?"
Perplejo y sorprendido, el dependiente apenas atina a esbozar
un pequeño gesto indicándote la dirección. Tú te giras en el acto y te diriges
hacia allí sin mirar atrás. Si lo hicieras el dependiente podría descubrir que
vas roja como un tomate. El color arrebolado de tu cara delataría tu vergüenza.
Pero tu amo así te lo ordenó y debes cumplir sus órdenes.
Entras en los baños. Al hacerlo te cruzas con un hombre que
te mira. Una mujer que se atreve a pasear por un sex-shop siempre es objeto de
miradas por parte de los hombres.
Y tú no eres menos.
Cierras la puerta tras de ti, abres el envase que las
contiene y extraes las bolas. Tienen un agradable y suave tacto que te excita.
Las sientes tintinear en tu mano mientras las acercas a tu boca para
humedecerlas con tu saliva. Cuando están bien lubricadas levantas tu vestido y
acercas las bolas a tu coño. Al rozarlo sientes un respingo. Te das cuenta de
que las bolas no hubiesen necesitado ser ensalivadas. Tu coñito está mojado y su
humedad llega hasta tus muslos.
Separas las piernas y empujas la primera bola que se desliza
en tu interior provocándote un quejido apenas ahogado por el temor a ser
descubierta. Sin darte tregua empujas la segunda bola y desaparece en tu
interior provocando tu excitación. Tus dedos recorren tu sexo asegurándose de
que las bolas están bien metidas. Al rozarte tu excitación aumenta y sientas la
tentación de seguir en ese roce. Pero sabes que tu amo es estricto en sus
órdenes y no perdonaría que su esclava se tocase sin su permiso. Tientas las
bolas dando un pequeño tirón del cordón que cuelga entre tus piernas y te
tranquilizas al ver que no se salen las bolas. Colocas tu vestido y sales de
nuevo a la tienda. Te diriges rápidamente hacia el mostrador, recoges tu bolsa
con el resto de las compras y con un escueto "Gracias", te despides y sales a la
calle.
El aire fresco de la mañana choca con el calor que despide tu
cuerpo. Estás sudando por esa mezcla de excitación y temor que tanto le gusta a
tu amo provocar en ti. Caminas rápido por la acera y sientes que las bolas están
comenzando a realizar su trabajo inundando tus muslos de humedades.
Cuando metes la llave en la cerradura del portal sientes como
un alivio. Alargar mucho más el paseo te hubiese resultado problemático sin
tener que desobedecer las ordenes de tu amo. Estás entrando en tu casa cuando
suena el teléfono.
Es tu amo y es hora de que le rindas cuentas de tus
actividades durante esta mañana.