TESTIGO DE LA HERMOSURA XVII: LA ORGÍA
Cuando bajamos a desayunar estaban cerrando el comedor.
Últimamente se repetían las prisas por pillar algún bocado urgente. Después nos
fuimos a la piscina y jugamos un rato. Los padres de Jordi tomaban el sol y se
zambullían esporádicamente, observándonos desde la distancia. Permanecían juntos
pero apenas se dirigían la palabra. En una ocasión, cansado del ritmo incesante
de los juegos juveniles, me tomé un respiro y me dirigí a la barra. Allí estaba
la madre de Oriol, ajena a lo que sucedía en el agua. Me vio y me sonrió.
-Oye, ¿no dijiste que nos darías un concierto?
-¡Es verdad!
Se me había olvidado completamente. Hacía un par de días que
no ensayábamos y me molestaba dejarlo en proyecto, puesto que Julio llegaba a su
fin y pronto nos íbamos a separar. Así que me tomé una cerveza me dirigí de
nuevo al estanque y anuncié:
-Jordi, Oriol, a la una tenemos un ensayo. Gonzalo, tú puedes
darte un baño solitario.
-¿Me estás echando de vuestro ensayo?
-¿Se nota?
-Es que habrá más sorpresas –anunció el enano a media voz,
lanzándose el cuello del guerrero.
-¿Más? –se extrañó él.
El ensayo fue un poco accidentado. Oriol estaba excitado y no
se tomaba nada en serio. Jordi le reprendía como una persona mayor. Finalmente,
las dos canciones previstas quedaron presentables. Aproveché la ocasión para
llegar a un pacto con los cachorros.
-Chicos, vamos a llegar a un acuerdo. La orgía está al caer,
pero no debemos precipitar los acontecimientos. Ya veis que Gonzalo está muy
susceptible.
-Es que se nos acaba el tiempo, Soc –manifestó lánguidamente
el más pequeño-. Quedan pocos días…
-Y mejor dos que una, ¿verdad, Jefe? –replicó mi niño. Luego
me miró a los ojos y explicó: -Si los cuatro lo pasamos bien, podemos repetirlo
tantas veces como queramos.
-Vaya par de viciosos. Siempre pensando en lo mismo.
-¿En qué, en la comida? –preguntó Oriol.
-Sí, en la comida –respondí, abrazándome a su cintura y
mordisqueando su ombligo-. Hablando en serio. Dejemos que sea Lalo quien nos
empuje a la orgía. Si no se ve forzado todo será más fácil.
-Vale, nos hacemos los suecos, pero sólo veinticuatro horas.
-Eso. Si antes de 24 horas no ha pasado nada... yo me lanzo
-remató el menor.
Serían las dos y media cuando llegamos al comedor. Las
familias ya habían comido, así que almorzamos en hermandad, y Lalo, que nos
había estado esperando, se sentó junto a Oriol y lo abrazó. Estaba de muy buen
humor. De pronto, sonó el teléfono. Identificó la llamada y salió corriendo
hacia el vestíbulo. Eso me recordó que yo tenía también pendientes algunas
comunicaciones telefónicas. Las realicé a media tarde, mientras los chavales
echaban una siesta que más bien parecía un revuelto de brazos y piernas.
-Hola, Ray. ¿Cómo va todo, guapo?
-Bien. Pasando un calor de muerte. ¿Dónde estás?
-En el Pirineo, en el hotel de mi hermana. Oye, tengo que
hacerte una pregunta.
-Vale.
-Cómo es el gimnasio al que vas? ¿Dónde está? ¿Cómo se llama?
-Joder, ¿a qué se debe tanto interés por mi gimnasio?
¿Quieres apuntarte?
-De buena gana.
Los datos que Ray me facilitó confirmaron mis sospechas.
Ahora debían darse unas circunstancias complementarias para que mi plan se
pudiera llevar a efecto.
-Ray, ¿cuándo me dijiste que debías ir a Andorra?
-La semana que viene. ¿Por qué?
-Porque podrías desviarte un poco de la ruta y llegarte hasta
Benasque, así pasamos unos días juntos.
-¿Estás perdiendo forma? No me digas que no has conseguido
ningún trofeo, este verano.
-No te pases. No me gusta que uses esa palabra. Tú también
fuiste un trofeo, entonces.
-Más o menos. Oye, ¿dónde está eso?
-En el Pirineo aragonés.
-Entonces está lejos de Andorra.
-Sí, pero no te preocupes. El Eje Pirenaico te lleva hasta la
Seu. Es una carretera repleta de curvas de las que a ti te gustan.
Quedamos que me mandaría un mensaje cuando partiera de
Madrid. Ray es el típico loco del volante. Conduce muy rápido y seguro, pero a
mí cada vez me da más miedo montar en su coche. Maniático del tunning, viaja un
par de veces al año a Andorra para adquirir piezas cuya importación resulta
especialmente cara en España.
Terminada la conversación me dediqué a observar a mis
chavales. Habían empezado jugando a las cosquillas pero terminaron dormidos,
vencidos por el cansancio acumulado en los últimos excitantes días. Oriol era el
más beneficiado, puesto que Jordi abrazaba su torso mientras que Lalo usaba su
culo como almohada, la mano depositada en los muslos del pequeño. Por una
extraña evolución de los hechos, no se habían desnudado completamente al entrar
en mi recámara. Oriol vestía unos calzoncillos Calvin Klein azul claro, Jordi su
bañador Speedo y Lalo unos shorts de camuflaje sin nada debajo. El más pequeño
marcaba una temible erección, como no podía ser de otra manera. El castaño
mostraba un paquete triste, sin vida. El mayor, ese bulto que acostumbraba, sin
indicar claramente que se tratara de una erección.
Poco antes de las seis Gonzalo se despertó. Cuando tomó
conciencia de que su almohada eran las posaderas del enano las besó suavemente y
acarició su muslo con ternura. No se percató de que yo seguía sus movimientos
sentado en el sillón, con la polla en la mano. Levantó un poco la cabeza y miró
a Jordi, que tenía su rostro bastante cercano. Alargó una mano y acarició su
pelo enmarañado. Luego resiguió la línea de sus labios con el índice, para
meterle la punta seguidamente. Mi chico tenía los labios relajados pero la
mandíbula cerrada, así que ahí se terminó el camino. Alzó la vista y se encontró
con la mía. Sonrió. Se concentró en mi entrepierna y la suya pronto respondió a
la provocación. Quiso sacar su delicioso miembro por la pernera pero no pudo. No
llevaba bragueta, así que se limitó a acariciarse. Apartando su vista de mi
zona, regresó a Oriol. Besó su espalda con chupaditas breves y frecuentes. Bajó
hasta los glúteos y tiró del elástico del slip. El delicioso culo dorado se
presentó ante la concurrencia. Lo recorrió con la mano y mordió sus nalgas.
Respiraba fuerte, intentando apropiarse del olor a ternura que el cuerpo del
niño emanaba. Sin apartarse del suculento manjar se despojó de sus pantalones.
Tiró de ellos con paciencia, intentando moverse lo mínimo, y se le quedaron en
los tobillos. Colocado un poco de perfil, ante mí aparecía su polla esbelta y
parte de su culo. Una ligera sombra dibujaba la posición de su agujerillo. Me
miró de nuevo y sonrió, al mismo tiempo que comenzaba a toquetearse. No parecía
que quisiera masturbarse, sino más bien acariciarse de forma pacífica y
relajada. Volvió a deslizar los labios por las nalgas del pequeño y comenzó otra
incursión, esta vez al terreno de Jordi. Desabrochó el cordón con dos dedos y
tiró del elástico. La polla del nadador quedó al descubierto, bastante apagada,
pero cuando la quiso agarrar la goma se soltó. Un sonido que delataba su
procedencia resonó en la calma de la habitación. Jordi se desperezó y se movió
un poco. Notó la mano sin ver a quién correspondía y decidió facilitarle el
trabajo. Con la misma suavidad que su amigo, el chico se bajó la prenda hasta
los tobillos, apartando ligeramente a Oriol que le aplastaba un muslo. Luego
buscó una mirada y se encontró con la de Lalo. Humedeció sus labios y alargó el
cuello por encima del enano. Las atentas bocas se encontraron, y las manos las
siguieron. Los sexos festejaban el encuentro. Como si se tratara de una
competición, Lalo mordisqueó nuevamente la nalga de Oriol, y Jordi lo imitó. Los
dos se disputaban amistosamente ese pedazo de carne fornida y sensible. El
menor, más atrevido, metió la cara en la raja y lamió el centro. El madrileño
aprovechó para sorber el pescuezo del catalán, intentando dejar su marca. Un
cerco morado apareció al cabo de un rato. Seguían acariciándose tranquilos, sin
apremio. Y el enano no daba señales de vida.
De pronto Lalo se metió un dedo en la boca y lo sacó húmedo
de saliva. Sin apartar la vista de los ojos de su amigo, que reían
inquisidoramente, alcanzó la boca de Jordi y se lo metió. El chaval lamía y
relamía como si se tratase de un elixir sagrado, creo que no entendiendo muy
bien el sentido de esa liturgia improvisada. Pero pronto se aclaró. Sin romper
el contacto visual, el madrileño metió el dedo absolutamente mojado en el ano
del rubito, que no se inmutó. Yo me divertía, aunque no me faltaban ganas de
alzarme e incorporarme a su juego. No lo hice. Pudo más la curiosidad. Retomé un
pensamiento que me había abordado las últimas horas: ¿Qué entendían los chicos
por una orgía? Es decir: cuando llegara, ¿sería una relación absolutamente
espontánea, sin un orden preestablecido, o más bien una situación planificada,
donde cada cual tendría la oportunidad de experimentar graves sensaciones con
todos y cada uno de los contendientes? ¿Sería un caos de cuerpos y miembros, un
concierto desconcertante, o una ceremonia solemne con sus momentos calculados,
como el orden de una misa sensual? No sabía a qué conclusión llegar, pero una
cosa tenía clara: Jordi y Oriol se apuntarían a cualquier idea, por descabellada
que pareciera; Lalo, en cambio, quizá dudaría si nos proponíamos algún ejercicio
de lo que él llamaba "circo".
Abandoné mis cavilaciones porque tal vez la orgía hubiera ya
comenzado. Mi niño imitó a su amigo y ya disputaba la propiedad del tierno
agujerillo del más pequeño con todo su índice en el interior. Ambos dedos se
enlazaban ritualmente y se retiraban al cabo de unos segundos, separando la
abertura que se mostraba absolutamente maleable. ¡Y su dueño no reaccionaba!
Decidieron mostrar más atrevimiento, y pronto otros dedos cruzaron el umbral en
apoyo de los anteriores. Cuatro en total. Alargué el brazo para tomar el tubo de
crema y se lo lancé. Pero justo en el momento en que comenzaba su viaje a través
del aire los muchachos, que no habían visto mi gesto, se acomodaron para acercar
sus labios y mostrarse todo el cariño mediante un tierno beso. El tubo cayó en
la espalda de Jordi, que no abandonó su presa, y resbaló hacia el rostro del
enano. Éste abrió un ojo y lo cerró de nuevo. Pensé que iba a dormirse otra vez,
pero pareció tomar conciencia de la situación y lanzó una exclamación, algo
parecido a un "¡qué bien!" y alzó el culo para favorecer la intrusión. Si no me
equivocaba en mis previsiones, estaba a punto de quebrarse la magia y la
serenidad del momento. No me equivoqué.
-¡Sois unos putos! –gritó Oriol, desenfrenado-. ¡Me estáis
follando mientras duermo!
-¿A eso le llamas tú follar? –cortó Lalo, pegándole una
colleja-. Relájate y disfruta.
Y sorprendentemente hizo caso. Se relajó y abrió aún más su
trasero. A dos manos, los muchachos destaparon el frasco de crema y se untaron
los dedos. Ahora media mano de cada uno se deslizaba con facilidad por la cálida
abertura, y el rubito jadeaba.
-A ver si adivinas de quién son estos dedos –retó Jordi.
-¿Te crees que soy tonto? Son de los dos.
-Pues entonces adivina cuántos tienes dentro.
-Joder, eso es más difícil... Yo creo que... cuatro.
Mi chaval aprovechó el momento de duda para meterle los
cuatro dedos bien apretados y profundizar con la mano cerrada. Oriol lanzó una
exclamación de gozo.
-¡Joder! ¿Es que buscas petróleo?
Nadie respondió. El guerrero intentó imitar a su colega pero
en el castigado habitáculo no cabía nada más, de momento. Así que iniciaron un
movimiento de vaivén entrando y saliendo de ese puerto franco. El pequeño
aguantaba sin soltar ninguna inconveniencia. Parecía que se estaba reformando.
Sin embargo, no resistió mucho tiempo. Dio un bote y se plantó cara a cara con
sus amigos, mirándolos juguetonamente ahora a uno ahora a otro. Sonreía como si
se le hubiera ocurrido una idea genial.
-Eh –intervino al fin-, folladme los dos a la vez.
Había sonado como una orden, más que como una súplica. Los
otros dos chicos se miraron y coincidieron asintiendo. Juraría que ya se les
había pasado por la cabeza semejante idea. Oriol ya se estaba acomodando cuando
de repente me vio, con el rabo en la mano, orgulloso mi glande mostrando sus
propios jugos. Me miró dubitativo y soltó:
-Sóc, ¿tres... sería posible?
-Eres un salvaje. ¿Quieres petarte el culo? Además, ¿cómo se
hace para juntar tres pollas?
-Tiene que haber alguna manera –dijo sin rendirse.
Me acerqué al grupo. Jordi me recibió comiéndose todo el
glande y dejándolo absolutamente seco. Lalo se abrazó a mi muslo y me acariciaba
la cara interna. El pequeño estaba medio incorporado y reflexionando gravemente.
-Vamos a ver , chavales, sentaos los dos juntos.
Los agarré por el hombro para dirigir un poco las
operaciones. Se quedaron sentados con las piernas cruzadas, sus miembros
paralelos, apuntando hacia las estrellas. El pequeño dejó inmediatamente sus
cavilaciones y se sentó, clavándose las dos astillas de golpe.
-¡Dios, esto es para morirse!
Como un potro salvaje, había pasado del trote al galope en
segundos. La penetración no era muy profunda, pero el roce de tanta carne en su
interior le proporcionaba un placer monumental. Los dos jinetes se reían, más
atentos a la complicidad del ritmo que a las sugerencias de los sentidos. El
nadador alargó la mano y me agarró el miembro para llevárselo a la boca. Tantas
veces lo sintiera, tantas veces me sorprendería el tacto amable y fresco de la
boca de mi amado. El guerrero alargó la mano y se divirtió sospesándome los
huevos. Después se inclinó hacia adelante y consiguió llegar a la boca del
menor, que se hallaba abierta y jadeante. En un respiro, Oriol giró el torso
para ver qué hacíamos a su espalda, me tomó por la rodilla y tiró de mi.
-Tres, quiero tres –fue su única explicación.
Por lo visto se había propuesto fulminar cualquier récord
anterior. Se tragaba mi polla con un apetito salvaje, procurando contener tanta
carne como fuera posible, engullendo un milímetro más cada embestida. Yo sentía
que su úvula me rozaba el glande, y notaba cómo el chaval se esforzaba por
superar las náuseas que, inevitablemente, le sobrevenían cada vez que tragaba en
exceso. Pero no se rendía, así que me decidí a ayudarlo. Comencé a follar su
garganta con suavidad y respeto, agarrando su testa por la base de la nuca. Sus
ojos azules resplandecían de reflejos marinos cunado intentaba alzar la vista,
generalmente cuando se hallaba en la parte alta del galope. Notaba su esfuerzo
por contener más y más, sus labios ensanchados, su lengua laxa, sus dientes
ligeramente presentes sin llegar a ofender.
Desde hacía casi un mes estaba acostumbrado a ser testigo de
una hermosura incuestionable, de una belleza completa fuera cual fuera el punto
de vista, de un protagonismo casi humillante de la perfección de los cuerpos de
esos muchachos que me alegraban la existencia. Cualquier ángulo de Lalo o de
Jordi me ofrecía estímulos excitantes, cualquier rincón del cuerpo de Oriol se
mostraba admirable y seductor. En estos momentos mi posición proporcionaba
nuevas perspectivas, excitantes a la par que revolucionarias. El bello rostro
del pequeño tragando con delirio y manteniendo esa mirada obstinada hacia mi
cara. Su sexo infantil absolutamente levantado zarandeándose elásticamente al
ritmo del trote. Los anchos hombros de Lalo, vistos ahora desde un plano
superior, con las clavículas marcadas y su cuello orgullosamente pertinaz. Parte
de sus muslos atléticos aparecía bajo el peso del amante. Sus labios, que ahora
buscaban cruzarse por detrás del pequeño para encontrar a los de Jordi. Mi
chico, desgreñado, bello en su abandono, fuertes los hombros, ligeramente
recortados sus pezones, aún infantiles. Su mano, que buscaba mi agujero para
completar el festín. Otra mano, otros dedos que tomaban la misma senda y se
sumaban a la romería...
Intenté establecer quién gozaba más. Todos disfrutaban del
momento con arrojo y empeño. Quizá yo, porque la experiencia me había dado más
elementos de juicio. Quizá yo, porque la conciencia de la gravedad del momento
empujaba ya mis líquidos. No lo veía, pero imaginaba el tierno ojal de Oriol,
elásticamente rendido, conteniendo la carne sagrada de dos dioses absolutamente
dignos de ser adorados. Imaginaba el placer que ese roce constante debía
proporcionar en un contenedor no menos genial, anhelante a la vez que cándido. Y
así, sintiéndolo que cruzaba con soltura los confines de la garganta exquisita
del rubio, chocando a cada empuje mis huevos contra su barbilla, jugando a
imaginar los avatares que sacuden un cuerpo jovencísimo que se abre al disfrute,
me vine sin contemplaciones en el esófago del vampiro. No alteró su ritmo, ni
sus sorbos perdieron potencia, ni su trote profundidad. Tan solo su mirada
pareció más viva unos instantes, y su arma siempre enhiesta arrojó también su
bienestar.
Di dos pasos hacia atrás, dejándome caer en la cama. Mi
cansancio contrastaba con el frescor de los cachorros, que se habían echado una
buena siesta. Oriol se había alzado y tiraba de Lalo para colocarlo a cuatro
patas. El chaval se dejaba guiar, un poco desganado, agarrado al torso del
nadador.
-Ahora vas a ver –mascullaba el rubito-. Hace días que me
debes una.
El madrileño no respondía y se mostraba falsamente sumiso. Se
plantó tal como lo dejó el pequeño, de rodillas, con el culo en pompa. El otro,
que se sabía ya gran follador, había dispuesto los cojines del sillón para
cubrir el objetivo por la vía directa. Graduaron las alturas y se acoplaron con
naturalidad.
-¡Toma! –gritaba sacudiendo el pubis-. Te vas a enterar.
-Pues no me entero –bromeaba el guerrero-; ¡deja de meterme
el dedo y méteme ya la polla!
-¡Serás cabrón! A lo mejor la tengo pequeña, pero está mucho
más dura que la tuya.
Y envestía si cabe con más fuerza. Yo volvía a encontrarme
solo; mis chicos se bastaban entre los tres. Bueno, primero eran dos, pero ahora
Lalo había obligado a Jordi a situarse debajo de él, entre sus cuatro patas, y
rozaba con su recortado capullo la avenida que lleva al templo del jovencito.
Éste, con ese talante casi felino que mostraba a veces, se contorneaba y
refregaba entre los muslos de su oponente, hasta que los fuertes brazos del
jinete que se había convertido en montura lo asieron por las caderas y lo
obligaron a alzar el trasero para mudarlo en un nido cómodo y placentero. El
rubio se mordía el labio mientras empujaba, casi saciado por el hecho de
penetrar a su dios. Para no afianzar mi marginación, me levanté y rodeé al
grupo. Jordi ni siquiera me vio, puesto que estaba abajo, como si fuera el
pedestal del monumento. Lalo alargó su brazo y me tomó, buscando el roce. Me
arrodillé a su lado, de manera que mi polla rozaba casi su axila. Capturé todo
el dulzor y la suavidad de su piel a través de la sensibilidad de mi glande. Vi
su mano bajar hasta el suelo, donde mi querido niño ejercía de cuadrúpedo, y
tomar la suya para conducirla hasta mi palo. Encantado, doblando el cuello hasta
casi quebrarlo, Jordi me miraba dulcemente mientras me masturbaba. Y el
madrileño, que había actuado como guía turístico, restregó su rostro por mi
pecho y levantó su deliciosa testa hasta que el pelo tan corto rozó mi mejilla.
Después perdí la visión, porque sus labios me abrazaron la boca y nuestras
gargantas compartieron un mismo objetivo. No sé cómo lo había conseguido, pero
ahora notaba una humedad en mi polla que tenía que ser la boca amable del
nadador. Me absorbía y me escupía, y mi asta se revolvía entre sus fauces,
siempre desconcertada, sin saber qué sucedería en el instante posterior. Cerré
los ojos y ordené que el tiempo se detuviera. Sólo existía el rozamiento de
lenguas y sexos. Ante la enorme gama de posibilidades que una relación entre
cuatro ofrece, me había quedado en los rudimentos. Me conformé sin pizca de
ambición. Me bastaba la exquisitez de la mamada de mi chico y la excelencia de
la garganta del madrileño para sentirme arrojado a un nuevo orgasmo, que retuve
y retrasé, como si quisiera congelar el momento del delirio. Tan ensamblados y
entrelazados estábamos, que pude captar en los demás el mismo instante previo, y
una voz varonil que salía de la nada para ordenarnos:
-Eh, chicos, que nadie se corra. Vamos a reservarnos.
La orden de Lalo se cumplió a rajatabla. La hambrienta boca
que me contenía el sexo dejó de chupar y se limitó a algunas lamidas incitantes.
Oriol que resoplaba y embestía como un toro se quedó quieto, con la mirada
perdida. El guerrero se dejó caer sobre mi chico que, cono si le hubieran
accionado un resorte, levantó la cabeza al tiempo que echaba la espalda hacia
atrás. Vi sus dientes perfectos y toda la naturaleza desatada en sus ojos y me
arrojé a besarlo. Lalo se echó a un lado, provocando deliberadamente el
desequilibro del pequeño, que cayó sobre él. Lo envolvió y lo besó con una
cordialidad digna de envidia.
Nos quedamos un rato abrazados. El sexo descansaba para dar
paso a la ternura. Oriol estaba como en un trance. Iba de la boca suculenta del
madrileño a besar delicadamente sus clavículas, sus pezones, sus axilas, sus
brazos. Lamía regaladamente el sudor que esas partes desprendían. Buscaba
anheladamente el roce directo, el contacto vivificante de las pieles, la
consciencia del otro a través de las extremidades. Jordi y yo frecuentábamos un
ceremonial de besos cortos y sueltos, de caricias que vagabundeaban por los
dorsos, de manos que buscaban otras manos. Y de vez en cuando una de esas manos
se aventuraba por caminos solitarios y reseguía la espalda fuerte y recta hasta
sus confines, sorprendiéndose de goce cuando esos pequeños montículos de la
carne más dulce quebrantaban la monotonía de la llanura. Y más tarde, de manera
totalmente espontánea, se desligaron las parejas para dar paso a la camaradería.
Cuatro caballeros sentados a la misma mesa, redonda, por supuesto.
Me repetí la pregunta: "¿Qué entendían esos chicos por una
orgía?" No había en el ambiente ninguna prisa por abalanzarse a los senderos
directos y prosaicos del desenfreno. Yo veía sólo una comunión de afecto y
ternura, una manifestación de agrado y devoción.
Cuando nos despertamos del letargo, nuestras miradas cargadas
de serenidad endulzaron la escena. El calor era sofocante y nuestros cuerpos
transpiraban abundantemente. Me apetecía tomar una ducha, pero temía que si la
proponía Oriol la pudiera convertir en una travesura de meadas variopintas.
Además, una ducha puede entenderse como el final de un proceso, y era evidente
que el final aún no había llegado. Lalo me observaba como si estuviera
adivinando mis pensamientos. Jugué a lo mismo, y pronto se le escapó una sonrisa
de complicidad.
-¿Nos duchamos todos juntos? –propuso sin dejar de castigar
mis pupilas con el fulgor de las suyas.
-Vale.
El agua tibia nos retornó vivacidad. Se sucedieron caricias y
bromas. Fue el reino de la espontaneidad, de la familiaridad, de la confianza.
Cualquier parte del cuerpo del otro era motivo de homenaje. Formábamos un todo
indivisible, donde cada uno se sentía aceptado y afianzado por los demás. Cuando
el enano iniciaba alguna de sus hazañas demasiado explícitas, los demás
bromeábamos y lo duchábamos con agua muy fría, hasta que la erección cedía. No
era más que un juego, ya que todos estábamos erectos, pero el chaval insistía e
insistía, incluso una ocasión fingió enfadarse.
-Me vais a hacer creer que soy un puto –lloriqueaba-. ¡Yo
quiero correrme!¿Acaso a vosotros no os apetece hacer alguna guarrada?
-No –respondíamos los tres a la vez. Y lo regábamos con agua
fría.
-Vale, vale. Pues vamos a ver si nos podemos besar los cuatro
a la vez.
El juego fue interesante. Acercamos nuestros labios a un
punto común, intentando rozar los de todos los demás, algo que se mostró
enseguida imposible. Pero las lenguas sí podían enlazarse sin pudor, y a los
cuatro nos gustó esa sensación novedosa de intercambiar humedades y frotamientos
colectivamente. Sin embargo, un chorro inesperado de agua fría nos sorprendió
desde abajo, y la inconfundible carcajada del enano rasgó la magia del momento.
Lalo y yo nos lanzamos sobre él, pero Jordi se quedó mirando, sonriente,
incitador, provocativo. Su miembro denotaba orgullo y autoestima. El madrileño y
yo nos fijamos en eso, pero el chico fue más rápido.
-Vamos, Jordi, di lo que se te está ocurriendo.
Su sonrisa alumbraba todo el Pirineo. Iba a hablar, pero se
interrumpió, buscando hacerse el interesante.
-Vamos, propón algo –insistió el guerrero-. ¿Cuál es tu
fantasía?
-Como a Oriol, también me gustaría teneros a los tres a la
vez dentro de mí, pero... Bueno... Fóllame tú, Lalo, que te tengo menos visto. Y
los demás ya os iréis acoplando...
Salimos a la recámara sin secarnos. El catalán se tendió
sobre la cama boca arriba. El madrileño iba a tomar posición, pero su amante
tiró de él y se pasó largo rato devorándole el miembro ejecutivo. Yo, siempre
altruista, me ofrecí para comerle el agujero. El enano se zampó su polla fina
pero no delgada, recta, apetecible. Todos adorábamos a ese dios de belleza
exótica y resplandeciente. Y cuando la polla de Lalo había obtenido su máximo
esplendor, la vi venir hacia mi rostro y le di la última lamida antes de entrar
en la cueva del placer generoso.
Se hizo el silencio. La gravedad del momento lo merecía.
Oriol observaba atentamente cómo longitud y grosor del arma del guerrero
desaparecían en el interior del castaño. Con la mano acariciaba la nalga
izquierda del madrileño, que estaba concentrado en su cometido halagador. De
pronto, el enano abandonó el costado del homenajeado para postrarse boca abajo
entre las piernas de Lalo. Con la lengua iba rozando el cálido hoyo en sus idas
i venidas. Pero pronto se dio cuenta de que la posición era tremendamente
cansada y se alzó, inquieto, alcanzó mi almohada, la dobló y se la colocó bajo
el pescuezo, otra vez entre las piernas de su amigo, quien tuvo que alzar un
poco el tronco para dar capacidad a la linda cabecita del niño. Parecía
increíble que la lengua del cachorro fuera tan larga, ahora que se esforzaba en
lamer todo el terreno sito entre las dos nalgas. El mayor la notaba y deseaba
notarla aún más, puesto que retrasó su posición para facilitar el trabajo,
llevándose consigo al penetrado, que ofrecía una de las estampas más preciosas
de los jóvenes machos: culo y espalda retrasados; el primero, abierto a los
cuatro vientos, la segunda, recta y maciza, destacando su envergadura.
De nuevo me estaba quedando al margen. No era un marginado,
eso estaba claro. Era simplemente que mi afición a concebirlo todo visualmente,
esa tendencia a gravarme mentalmente las escenas de una película que transcurría
ante mis ojos permitía que los otros me tomaran la delantera. Reconozco que la
mayoría de las veces que he estado con varios chicos a la vez me he sentido más
excitado por verlos amarse envueltos por esa pasión incontenible de la juventud
que participando activamente.
Pero notaba un cosquilleo y debías satisfacerlo. Tenía muy
cerca la polla de Oriol, de hecho era la única que estaba a mi alcance. Pero no
podía perderme el espectáculo. Ladeé un poco su cuerpo sin que abandonara el
manjar que gozaba y le chupé un rato su miembro pequeño pero durísimo. La
suavidad de ese glande tan terso, de su frenillo minúsculo, del prepucio
encogido añadía valor a su belleza. Y por fin me senté. Veía a Lalo clavarse de
perfil en las entrañas de mi chico, lo veía a él revolverse de placer mientras
acariciaba con una mano las pelotas del amante. Veía los brazos del madrileño
recorrer tórax i abdomen del castaño, incapaz de resistirse a una caricia tan
sincera. Observaba cómo el guerrero abandonaba de vez en cuando las caricias
para separarse las nalgas con las dos manos y facilitarle la entrada al pequeño,
que estaba extrañamente silencioso. Sentía cómo mi recto se felicitaba del
acceso intrépido del miembro del jefe, que se había acomodado y culeaba en el
aire, rozando mis entrañas adaptadas a su tamaño con suma delicadeza.
Alargué la mano buscando el sexo de Jordi. Intuía que se iba
a correr, puesto que jadeaba y mascullaba. Estaba tremendamente caliente,
enrojecido por los roces. Como si me hubiera adivinado el pensamiento, ladeó la
cabeza y me miró. Tomó conciencia de que el pequeño me ensartaba y sonrió como
si de pronto hubiera comprendido el porqué de tanto silencio a sus espaldas.
Cerró los ojos y retornó la mirada al frente. Pero al cabo de un minuto, su voz
rasgó el momento de trance colectivo.
-Oriol, cariño, ponte al revés.
-¿Cómo? –sonó su voz desde las profundidades del culo de
Lalo.
-Igual, pero al revés. ¡Que te metas entre nuestras piernas!
-¡Ya lo entiendo!
Me alcé para facilitar los movimientos. El pequeño se
arrodilló frente a Jordi y buscó su garganta. Después de acurrucó y metió la
cabeza bajo las piernas del nadador.
-¡Esto sí que es guapo! ¡Veo la película desde un primer
plano!
Se reía sin dejar de admirar la escena. Sacó la lengua y
lamió los testículos de Lalo, que pasaban ante su boca hambrienta en una ruta de
avances y retrocesos. Exclamó un "¡mmmmm!" de gourmet en plena cata y recuperó
al poco los cojines, que se colocó bajo el pescuezo para alcanzar mejor su
objetivo, que era el mismo de antes. Pronto entendí que Jordi estaba tan
extasiado que deseaba correrse. Y me lancé a abrazarlo por si podía compartir el
momento. Me arrodillé con las piernas separadas alrededor del tronco del rubito.
Alcancé la boca de mi amado y la poseí, o quizá ella me poseyó a mi. El sabor
multicolor de su lengua me atrajo hasta la rendición. Y me senté de nuevo sobre
la preciosa polla del enano. La sentí balancearse bajo mis carnes al tiempo que
entregaba las caricias de mi garganta al nadador, que respiraba con dificultad.
Deslicé la mano hacia su sexo a punto de explotar. Lo abracé cariñosamente. Bajé
hasta los huevos y me encontré que ya tenían dueño: la boca de Oriol los
contenía. Entendí el porqué de un movimiento brusco el chavalillo que casi me
aparta de su espada. Entonces supuse que el culo del madrileño entraría
abandonado y dirigí mi mano derecha hacia allí. Pero no, ahí estaban los dedos
del enano que jugueteaban por su hoyo. Mi índice les hizo compañía unos
centímetros adentro. Usé el brazo izquierdo para estrechar el abrazo, no solo
con mi niño, sino también con el guerrero, que mientras notaba mi mano por su
tierna espalda advirtió de nuevo:
-No os vayáis a correr. ¡Resistid!
-Yo no, Lalo –respondió Jordi, apartando su boca por unos
instantes de la mía-. Yo, si no me corro me muero. Estoy a punto de explotar.
-Bueno, tú puedes correrte porque es tu fantasía –autorizó
gravemente, con un autocontrol que me sorprendió.
Oriol, el único que podía haber protestado, no decía nada.
Por lo visto los huevecillos del nadador, que cabían justos en su boca, lo
tenían extasiado. Y mi culo, que recibía sus empujes rítmicamente.
Continuamos así un rato, no mucho, que yo dediqué a observar
la fuerza viril de Lalo clavándose en Jordi reflejada en su rostro. Cerraba los
ojos y sentía a mi amado, su paladar, sus encías, su saliva sabrosa. Los abría y
veía al madrileño, sudoroso, concentrado en la más noble empresa. Su rostro
perfecto me cautivaba, pero cerraba los ojos y regresaba enseguida a la boca del
niño, que me acunaba vigorosamente. Las manos de Jordi ya no necesitaban
apoyarse en el suelo, puesto que yo le proporcionaba el equilibrio necesario
para resistir los embates del guerrero. Sueltas, buscaron mi espalda y me
estrecharon con tanta fuerza que comprendí que iba a venirse y me concentré en
comunicar, mediante el roce que todas las partes de mi cuerpo pueden
proporcionar mi más sincero cariño. Tomé su polla suavemente y me dispuse a
recoger todos sus frutos. Cuando noté el primer espasmo cerré los ojos pero
mantuve congelada la fotografía de Lalo besándole el cuello y jugueteando con la
lengua en la oreja. Soltó unos cuantos chorros que regaron mi mano y el pecho de
Oriol. Después se quedó quieto, desmayado, como muerto. Quise separarme,
extrañado, para mirarlo a la cara. No me lo permitió. Seguía su lengua adosada a
la mía. Sin movimiento, pero adosada. Sentía sus jadeos respirando por la nariz.
Estaba esperando que su alma, que con tanto goce se había emancipado, regresara
a su cuerpo. Y eso sucedió lentamente, mientras Lalo seguía empujando en su
recto con un ritmo muchos más pausado, mientras el pequeño seguía absorbiendo
sus huevos con gula, mientras mi mano conservaba sus humedades más ricas para
saborearlas más tarde.
-He intentado correrme y no he podido –explicó al cabo de un
rato el enano, abandonando el manjar que engullía-. ¿Eso es malo?
Nadie respondió. Lalo besaba tiernamente el cuello del
catalán y embrollaba aún más su pelo revuelto. Yo sentía todavía algún empujón
bajo mis piernas. Visto que nadie contestaba, el chavalillo se incorporó y yo
sentí un vacío triste. Descubrió el semen en su pecho y se entretuvo en lamerlo
delicadamente. Vio mi mano repleta y la devoró. Luego se dedicó a limpiar la
polla de su amigo, húmeda y manchada, provocando los últimos resquicios de
placer. Después se levantó y comenzó a incordiar.
-Di, Sóc, ¿es malo que no me haya podido correr?
Los demás seguíamos abrazados, incapaces de renunciar al
contacto, valorando quizá que nos quedaban pocos días de estar juntos. El niño
me zarandeaba, agarrándome del brazo que acariciaba el torso de Lalo.
-Yo me moría de ganas, pero no he podido –insistía.
-Tranquilo –respondió Gonzalo, al fin-, descansa un poco y
volverás a tener leche.
-Y toma vitaminas –añadí.
-Claro, para tener leche debo beber leche, ¿no?... Me voy a
la cafetería.
Hizo ademán de vestirse, pero regresó con los eslips puestos.
-¿Y no sería mejor tomar vuestra leche? Vamos, Lalo, ¡dame tu
leche!
-Para nada. Descansa un rato. Eso te pasa por saltarte las
normas.
-¿Qué normas? ¡Las orgías no tienen normas!
-Ah, ¿es que esto es una orgía? –preguntó burlonamente el
madrileño.
-Habíamos quedado en no corrernos- explicó Jordi.
-Entonces, ¿qué te ha pasado a ti? –protestó-. ¿Te has meado?
-Alguien tendría que contárselo –dijo Gonzalo, mirándome
sonriente.
-Ven aquí.
Lo abracé. Su cara mostraba desconcierto, y así estaba quizá
más bello todavía. En los calzoncillos que llevaba puestos se notaba un bulto
que demostraba que aún no se rendía. Nos sentamos todos juntos en la cama, bien
pegados.
-Mira, si te corres muchas veces seguidas no se siente tanto
placer, y cada vez cuesta más. Ahora debes descansar un rato hasta que hayas
producido más semen.
-Por eso Lalo ha propuesto que no nos corriéramos y nos
reserváramos, para esperar el mejor momento –añadió Jordi, con su voz suave y
conciliadora.
-Fíjate que estamos muy a gusto juntos y no hace falta
correrse cada hora –concluyó Lalo-. Sólo se puede correr el que está viviendo
sus fantasías.
-No entiendo nada, pero bueno. Sin correrme también disfruto.
-Haces bien en conformarte –aseveré-. Es la crisis del
supermacho.
Todos me miraron extrañados. Tuve que explicarme.
-Mira, Jefe, tú eres un fenómeno de la naturaleza. Hay muy
pocos chicos que se corren a tu edad, así que es normal que si abusas, pierdas
potencia-. Miré hacia su paquete y tuve que corregir-. Creo que potencia no
pierdes, estás siempre a punto. Pero la capacidad de correrse no es infinita.
Eres muy joven y aún no estás desarrollado del todo.
-Tengo hambre. Debo reponerme –fue toda su respuesta.
-¡Joder, otra vez nos han cerrado el comedor!
Tomé el teléfono y hablé con dirección. Mi hermana, siempre
tan comprensiva, me dijo que no me preocupara. En la cocina quedaban tres
personas que amablemente nos iban a subir algo del buffet de la cena.
-Chavales, llamad a los respectivos padres y justificaros. No
os han visto desde la mañana.
-¿Qué decimos? Vamos a ponernos de acuerdo.
-Decimos que estamos jugando una partida interminable al
Monopoly y que nos traen la cena a la habitación –sugirió Lalo.
-¿Eso es creíble? Pues vale.
La cena fue también muy divertida. Trajeron comida abundante
entre la que no faltaba pizza ni patatas fritas. Lalo y Oriol jugaron un buen
rato a comerse la misma parata frita, hasta que sus bocas se encontraban y se
abrazaban. Bebimos bastante, refrescos y zumos. Había casualmente zumo de
tomate, y lo tomamos gustosos cuando les comenté que había leído que mejora el
sabor del semen. Lalo había bebido mucho y quería ir al baño, así que a Oriol se
le ocurrió un juego: todos debíamos mear delante de nuestros compañeros. La idea
gustó, así que el guerrero fue el primero en inaugurar una nueva expresión
cultural. Fue divertido e ilustrativo: cada uno tenía su estilo, su presión, su
ritmo. Oriol tuvo algún problema porque lucía su erección permanente y el chorro
le salía muy elevado. Dejó el baño perdido hasta que le obligué a mear en la
bañera. Fue él de nuevo quien tuvo una idea para continuar la velada.
-Sóc, en el portátil, ¿tienes más películas que las del
negro?
-Claro.
Estuvimos visionando clips de todo tipo. Los comentarios
fueron jugosos e ingeniosos, así que nos reímos mucho. La distancia entre
nosotros era mínima, íntima. El calor, como siempre, sofocante, pero no nos
atrevimos a abrir la ventana porque daba a una zona muy tranquila donde se podía
escuchar todo lo que decíamos.
El clip que más gustó fue uno antiguo, de los años ochenta,
que bajé de Internet. Búster es un chico bellísimo, rubio y caliente, que limpia
una piscina de chalet. El dueño es otro joven también muy guapo, encarnado por
Steve York, y pronto se enrollan. The great surprise, se llama. La gran
sorpresa es el tamaño de los miembros de los dos protagonistas. Quisieron verlo
tres veces, a pesar de su duración (unos 12 minutos) y durante la tercera
proyección muestras pollas ya estaban preparadas de nuevo para la lucha.
Estábamos los cuatro de lado, pero cada uno manoseaba la polla de un compañero.
Lalo tomó otra vez la iniciativa y nadie discutió.
-Sóc, creo que es la hora de tus fantasías.
Mi deformación pedagógica me animó a intentar justificar mis
deseos, y comencé a hacerlo, pero el mismo madrileño me cortó amablemente con un
beso.
-No nos sueltes un rollo. Simplemente di lo que deseas y lo
cumpliremos.
-Bien, primera parte. Os colocáis...
-¿Cuántas partes hay? –interrumpió Oriol.
-De momento dos. Pretendo aperitivo y plato fuerte a la vez.
Os colocáis los tres con el culo en pompa, pero uno encima del otro.
El orden se decidió espontáneamente, siguiendo una lógica
implícita. Lalo se colocó de rodillas en el suelo, con el tórax apoyado en la
cama. Jordi no sabía muy bien cómo colocarse, y lo ayudé para que no se
confundiera. De pie, con las piernas ligeramente flexionadas, procurando que su
pecho reposara sobre la espalda del mayor. Luego venía Oriol, que se apoyó sobre
la cama y echó el culo hacia atrás, de manera que pronto entendió qué parte
debía ofrecerme.
Me pasé diez minutos chupando el cálido agujero de Lalo, que
disfrutaba en silencio. Los otros chavales movían su trasero para recordarme que
ellos también existían, y a menudo pasaban sus sexos a la parte posterior para
demostrarme que estaban calientes. Pronto me dispuse a ensartar al guerrero, y
la tensión se notó en el ambiente. La posición no era cómoda, pero había
expectativas de pasarlo bien. Además, las bocas quedaban libres –de momento- y
los comentarios que se sucedían servían para relativizar la trascendencia del
momento.
El hoyo de Lalo estaba cremoso y dulce. Noté que se
estremecía cuando llegué a fondo y comencé a empujar. Frente a mí se mostraba un
paisaje divino: dos traseros magníficos en todo su esplendor que esperaban su
turno. Pero su turno ya había llegado. Con los brazos acariciaba los costados de
Lalo, que ya suspiraba al mismo ritmo que mis arremetidas. Con la boca busqué el
sabor tierno y esponjoso del agujero de Oriol, que se me ofrecía al alcance de
la lengua. Iba entrando y saliendo del horno exquisito de Lalo mientras
saboreaba la golosina de Oriol. La suma de los placeres era casi inhumana, me
sentía arrojado al abismo sin posibilidades de supervivencia. Pero de pronto
abandoné el campo abierto del pequeño para adorar el trasero de mi chaval. Lo
había visto forzar la cabeza para observar lo que sucedía a sus espaldas y me
había sonreído, consciente de que pronto le llegaría el turno. Pero me había
mostrado su impaciencia elevando su culo para hacerse más próximo a mi boca. No
lo decepcioné. Abandoné pues a Oriol y tomé posesión de otro dominio, más
exquisito si cabe. El chico se ayudaba con las manos para ofrecerme un agujero
cada vez más elástico y entregado. Yo jadeaba visiblemente, sonoramente, puesto
que no había parado de bombear y tenía casi siempre la boca ocupada, con lo que
la respiración debía hacerla por las fosas nasales, que no siempre estaban
libres dada la proximidad de las carnes deliciosas de Jordi. Respiraba su olor a
ternura al mismo tiempo que saboreaba su aroma. Y el tacto, ese sentido que
tiene una de sus principales vías de comunicación en el glande, me hacía
enloquecer por la suavidad que captaba unida al roce continuado y a la estrechez
de la vereda.
El culo de Oriol se movía anhelante, así que sin abandonar
ninguno de mis quehaceres anteriores, lo mantuve a raya con dos dedos que fueron
bien recibidos cuando comenzaron un ligero y grácil masaje. Con la otra mano
busqué el sexo del madrileño, y lo encontré radiante, monumental, potente, con
su cabeza punzante bien húmeda. Jugué un rato con él. Me llevé a la boca el
sabor de sus efluvios tempranos y alcé la voz, para que nadie se durmiera:
-Vamos, chicos, cambio de tercio.
Instantáneamente clavé mi asta en el culo dispuesto de Jordi,
que me recibió como si no me hubiera visto en diez años. Repetía esos gestos tan
felinos que me habían enamorado hacía casi un mes. Como una gata en celo,
levantaba su nido para acogerme encantado y sus suspiros resonaban mientras que
su aliento empañaba los cristales de la ventana. Recuperé el contacto lingual
con el hoyo del enano, que también suspiró de agradecimiento y me recompensó
abriéndose mucho más. Con la mano izquierda agarré una nalga de Lalo y lo empujé
levemente para que comprendiera qué debía hacer. Salió de debajo de Jordi, se
apartó un momento para observar la escena y se colocó encima de Oriol, que se
mostró sorprendido agradablemente y elevó la cabeza buscando los labios del
mayor. El nadador había descendido para apoyar su vientre en la cama, así que
toda la escultura se había transformado. Cuando observé que Lalo se había
acomodado, substituí de nuevo mi lengua por los dedos en el culo del rubito, y
mi boca ascendió para homenajear a la belleza suprema del culo que poco antes me
había contenido entero. Jordi ya no suspiraba, ahora resoplaba a cada impulso,
además de echar la mano hacia atrás, buscando no sé qué. Finalmente noté que
cosquilleaba mis huevos, y el placer ya inconmensurable de poseer su entrada
exquisita, de lamer la rendija dilatada de Lalo y al mismo tiempo palpar las
exquisiteces de las paredes internas del más pequeño se acrecentó un grado. Era
la locura, mis sentidos secuestrados por unos roces sensuales que se
entremezclaban y que me hacían estremecer hasta perder el juicio.
Me hubiera quedado así toda mi vida. Pero se imponía un nuevo
cambio, y el pequeño lo pedía a gritos. Fue el mismo Jordi quien me indicó que,
si me apetecía, podíamos cambiar. Y esta vez el cambio fue tranquilo y pausado.
Al retirarse el nadador, el pequeño se deslizó suavemente y se apoyó contra el
lecho. Las piernas fuertes de Lalo, que abrazaba y admiraba, se quedaron rígidas
para no caerse encima del enano, y cuando éste se hubo ajustado, las flexionó
levemente para quedarse a una altura asequible. Jordi se montó encima de su
lomo, lo abrazó dulcemente y le dijo algo al oído. Pero yo ya estaba a punto de
repetir la liturgia: entraba y salía de las paredes posesivas del niño, mientras
disfrutaba de las sabrosas fibras alimenticias que se ofrecían voluntarias,
ahora las de uno, ahora las del otro. Sorprendido de no haber perdido el
conocimiento con tanto placer, reflexioné si repetir la figura. Me apetecía
mucho correrme, aunque prefería hacerlo dentro de Lalo, que añadía un cierto
valor simbólico por haber sido el que más me había toreado. Pensé si pasar ya a
la conclusión, pero viendo que aún tenía ganas y consciente de que mi
inteligencia podía procesar tanto goce y tanta belleza, ordené la repetición del
cambio. Lalo bajó y me encontré de nuevo con la cueva de los prodigios. Jordi y
Oriol se reían y se abrazaban mientras tomaban posición. Se quedaron muy juntos,
haciéndose propuestas en voz muy baya. Fui lamiéndolos alternativamente mientras
el culo de Lalo florecía a mi alrededor. Quise dejar de pensar, simplemente
disfrutar del momento, pero no me fue posible. Adoraba a los tres chavales,
aunque fueran muy distintos. En un breve espacio de tiempo había podido
compararlos y captar sus características determinantes. Así que se me ocurrió
intentar describir las diferencias entre sus tres gratos nidos.
El culo de Lalo era evidentemente exquisito, pero algo serio,
como si se tratara de un culo maduro, experto. Respondía a las provocaciones y
mostraba encanto, pero era simultáneamente contenido y solidario. Se complacía,
pero su complacencia era serena y equilibrada. Estar dentro de él era como tomar
posesión de una cátedra, algo delicado y ostentoso a la vez. Además, a pesar de
su juventud el chaval estaba muy desarrollado, y su exhuberancia y corpulencia
musculosa se transmitían a su hoyo, disciplinado y arrogante al mismo tiempo.
El trasero de Jordi era, naturalmente, otra cosa. Era el más
hospitalario y cordial. Firme, entregado, apasionado, amable pero exigente.
Cómodo, comodísimo, casi ergonómico. A veces se mostraba indolente, relajado,
tolerante. Pero luego te sorprendía con un trato riguroso, con un talante
estricto, con una consagración inexorable. Se sabía valorar en su justa medida,
pero el mismo tiempo comprendía que debía ofrecerse generoso para ser valorado
por los demás. Sofisticado a pesar de su sencillez. Orgulloso a pesar de su
humildad..
El hoyo de Oriol tenía también una personalidad definida.
Lejos de ser simplemente el culo de un niño, mostraba sutilezas y matices
complejos. Juguetón y consentido, buscaba siempre el goce directo y práctico,
pero era consciente de la estupidez de lo efímero, y en su relajación mostraba
también su reivindicación. Quizá era el más conservador, se entregaba porque
había descubierto la bondad de recibir, y entonces se mostraba magnánimo y
solemne. En definitiva, se hacía valorar y se disfrazaba de inocencia para
ocultar su trascendencia.
Me distrajo de mis cavilaciones la actitud del enano. No se
contentaba con disponer de mi lengua entrelazándose con sus carnes. Se echaba
hacia atrás y buscaba con su asta la caverna de Jordi. No cabe duda de que la
halló, y sus fantasías se unieron a las mías. Chupar un culo en movimiento no
resulta fácil, y más si el vaivén púbico lo acompaña. Pero la vista también se
regala, y así transcurrieron los minutos dedicados a esa configuración.
Al siguiente cambio Lalo volvía arriba y el culo de Jordi
debía ser para mi polla, así que el enano me lo entregó calentito. El madrileño
forzó al pequeño a darse la vuelta. Se quedó de espaldas contra el dorso del
nadador. De esta manera Lalo montó encima de él y lo abrazó fuertemente,
evitando que todo su peso recayera en el lomo de mi chico. Casi lo sostenía en
el aire. Yo ya disfrutaba del placer de lamer su cavidad esponjosa cuando el
culo de Oriol despareció de mi vista. Quería obtener el agasajo de Lalo. Pero el
madrileño no podía colocarse bien a la entrada porque no disponía de sus manos
para guiar el dardo a la diana. Asumí esa entrañable empresa. Me chupé bien los
dedos, jugué unos instantes a la puerta del hogar del pequeño y luego conduje la
lanza peligrosa del guerrero hasta su funda. Yo había perdido a Oriol, pero
escuchaba sus aseveraciones hiperbólicas. Evidentemente, su moderación reciente
había sido pasajera.
Cuando Lalo me cedió a su presa no sabía si podría resistir
mucho rato. Estar donde poco antes había estado mi amigo era sumamente
excitante, y mi polla se deslizaba feliz por los mimos espacios que habían
contenido poco atrás el miembro delicioso del guerrero. Éste, como si previera
que se acercaba el final, acompañó a Jordi para se situara boca arriba sobre
Oriol y lo clavó, ocupando mis recientes posesiones. Ese intercambio imprevisto
me encendió aún más y pensé que ya llegaba al final que tanto rato estaba
retrasando, pero pude contenerme aún un tiempo y disfrutar de la ternura casi
infantil a la vez que del cálido esfínter que no paraba quieto. Tenía a Lalo y
eso era la gloria, tenía a Oriol y eso era el cielo, pero no tenía a Jordi; no
podía correrme.
Notaba cierta ansiedad en el ambiente. La excitación era tan
grande que me pareció que todos deseaban correrse. Ante tal eventualidad,
propuse un cambio de posición que todos entendieron que era la final. Gonzalo se
acostó en la cama boca arriba, con las piernas levantadas. Senté a Oriol sobre
su polla, y se clavó sin mediar palabra. Obligué al pequeño a tenderse sobre el
pecho del mayor, boca abajo, e inmediatamente las bocas de los dos muchachos se
encontraron. Jordi se debía echar sobre el pequeño, también boca abajo, y
ganarse un espacio en el elástico esfínter del menor. No fue fácil, pero a todos
les pareció la posición suprema. El enano estaba encantado y no cesaba de
repetirlo:
-¡Me muero de gusto, me muero de gusto!
Escupí en el culo de Lalo más por liturgia que por necesidad.
Me hundí en su intestino sin esfuerzo y con gratitud. Luego busqué el ano de mi
amado y sumergí mi lengua en él. Cerré los ojos. Escuchaba los sonidos labiales
y guturales de los tres menores. Notaba el movimiento, suave y acompasado de los
dos sexos excelsos clavados dentro del tierno envoltorio. Busqué un espacio
difícil, una vanguardia compleja. Mi dedo índice se frotaba contra la polla de
Lalo que avanzaba y retrocedía rítmicamente. Noté luego la de Jordi, igual de
dura, pero más humilde. Quizá por eso se deslizaba un poco más. Y entre las dos,
en un minúsculo punto de frote, introduje mi dedo hasta los nudillos. Adopté mi
propio ritmo, de modo que podía notar la fricción contra cada uno de los dos
miembros y al mismo tiempo las suaves paredes del recto del pequeño. Jamás había
experimentado nada igual. Por un momento creo que ignoré el tacto en mi sexo y
me detuve. Me calmé y volví a la caballería. Me concentré para buscar la
explosión. Pero Lalo interrumpió esa concentración:
-¡Vamos, chicos, vamos a corrernos todos! ¡Ésta es también mi
fantasía! ¡Nos queremos y vamos a corrernos todos juntos!
Casi me desmayo. Esta novedad inesperada arrojó más
excitación a mi torturado entendimiento. Remé y remé buscando la orilla. Los
cuatro remamos para alcanzar juntos la meta.
Abrazado al muslo poderoso de Gonzalo, hundido en su hoyo
ambicioso hasta los huevos, amorrado al agujero sagrado de Jordi mientras notaba
sus nalgas en las mejillas, afianzado en el terreno más impresionante, con tres
sensaciones distintas envolviendo mi tacto dactilar, repleto de imágenes
mentales que no sé si me confundían o aclaraban mis ideas, me corrí. Lalo acogió
la prueba de la intensidad de mis sentimientos mientras él encontraba otro
testigo para su felicidad, mientras Jordi se abría para que la intromisión fuera
insuperable y su expulsión indomable, mientras Oriol se alimentaba de una doble
humedad que sacudía sus entrañas y motivaba la reaparición de sus flujos sobre
los tempranos abdominales del guerrero, mientras todas las guerras se terminaban
y los contendientes firmaban la paz, mientras se calmaba el hambre del mundo,
mientras reinaba entre todos el amor universal.
Arrojé por la borda todos mis sentidos y me abandoné. No
escuchaba nada, no veía nada, no olía nada. Sólo saboreaba y disfrutaba del
tacto. Creí haber muerto, pero la muerte no puede ser tan bella. De hecho sí
murió parte de mí. Murió mi sentido común, murió la poca prudencia que me
quedaba. Murió mi sensatez, murieron mis dudas. Durante un rato que hubiera
querido confundir con la eternidad, no me encontraba a mí mismo. Ya no era una
persona, sino un ente etéreo que deambulaba entre los cuerpos perfectos de mis
amantes para alimentarme de su belleza y de su juventud.
Unas risas y un claxon en el aparcamiento del hotel nos
retornaron a la realidad. Me sobrepuse poco a poco, sin dejar de pensar en el
desenlace imprevisto de nuestra primera orgía. Tener la misma fantasía sexual
que Lalo me enorgullecía, pero aún me llenaba más el hecho de que él había
deseado llegar al clímax con mi miembro inundando sus entrañas. Ese fue, para
mí, un orgasmo inolvidable. ¿Lo sería también para él, puesto que había elegido
el momento?
Lentamente, todos íbamos regresando a casa. Aparecieron las
paredes del dormitorio, ese escenario que debería convertirse en museo.
Aparecieron nuestros cuerpos aún enlazados, nuestras sonrisas, nuestros guiños.
Jordi, al que sólo veía la cara posterior, comentó jocosamente:
-¡Lástima!
Todos nos sorprendimos. ¿Podía haber alguna sombra en el
resplandor inequívoco de nuestra amistad?
Supuse que el chaval se refería a los días contados que nos
quedaban para estar juntos, pero el tono era demasiado chistoso. Me aparté un
poco sin salir de la estancia que me acogía, para ver su rostro.
-¿Lástima de qué? –inquirió Lalo, completamente serio.
-Lástima que no hemos podido probar si realmente el zumo de
tomate mejora el sabor.
-¿Cómo que no? –exclamó el pequeño, pasando la mano por la
barriga del madrileño-. Tomad, tomad, probadlo. Hay para todos.
Nos reímos y nos abrazamos de nuevo, ignorantes durante un
momento que el tiempo, implacable e inexorable, se abalanzaba sobre nosotros
para anunciarnos un inevitable final.