Diego estaba muy nervioso. Era su primer día fuera de la
academia y no sabia que había detrás de la puerta de aquel hotel, había pasado
tanto tiempo fuera de su casa que no sabia realmente si quería volver, no
después de todo lo que había pasado. La fama nacional había llegado casi de
golpe, ni con su grupo pensó en llegar a este nivel. No podía seguir llevando
esa vida tranquila en casa de sus padres, con sus viejos amigos, en su cuadra,
colonia, ciudad…
-no, no puedo seguir… -se dijo a si mismo –no puedo volver
ahora, es la oportunidad de cortar todo y empezar mi nueva vida. Mama, papa,
perdón...
Tomo el teléfono y marco a su casa.
Era de noche, Diego se encontraba tendido en su cama, había
pasado toda la tarde así después de que le dijo a sus padres su decisión de no
volver a casa, recordaba a su madre llorando, a su padre triste por la decisión.
Pero sobre todo, a su querida hermana, casi no le había dicho nada, pero noto
una enorme tristeza en sus voz. Casi se arrepintió al escucharla, pero ya no
había nada que hacer, ni siquiera el mismo diego podría cambiar esa decisión.
Había abierto la ventana y las cortinas de la habitación, solo entraba la luz de
la luna iluminando pálidamente el cuarto y el fino viento frió de la noche que
le acariciaba la cara, suavemente como las manos de Diana. Recordaba casa
segmento de la piel que alguna vez había abrazado alguna vez, el sabor de sus
labios, el olor de su pelo, sus ojos…
-Diana…
Casi sin pensarlo se desabrocho la camisa, y sus manos
pasaron sobre su pecho hasta su vientre y sobre su pantalón; mientras recordaba
el suave toque de las manos de Diana y sus labios besando los suyos mientras
pasaba sus manos por su suave rostro.
-Diana… -decía mientras su respiración se hacia entrecortada.
Hacia ya tiempo que no tenia ningún tipo de contacto sexual, a pesar de amar
demasiado a Diana, no considero nunca la posibilidad de tocar la dentro de la
academia por las políticas del programa. Ahora casi no podía verla aunque hacia
lo posible por que se diera el acercamiento.
Durante algunos minutos siguió tocándose por encima del
pantalón pensando en diana, mientras algo dentro de el empezaba a crecer.
Lentamente desabrocho su pantalón de mezclilla y bajo su zipper dejando al
descubierto una parte de su bóxer color gris. Pero como un pensamiento rápido,
otra imagen llego a su mente, una imagen involuntaria que no comprendía, pero
que no podía ignorar. Recordaba aquel día, cuando a la edad de catorce años, fue
al balneario con sus amigos, el y su gran amigo, también llamado Diego, se
habían retrasado por ir a comprar papas a la tienda y en la soledad de las
duchas se habían visto por primera vez desnudos, esa imagen pasaba por su mente
a veces y en ese momento de gran excitación, la veía mas clara que nunca. Ese
pequeño cuerpecito delgado mojado por la regadera aunado a la cara de niño que
aun hoy conservaba. Extrañamente a pesar de eso la imagen no le causaba ninguna
molestia, siguió tocándose sobre el bóxer con el pantalón a medio abrir. Pensaba
en el cuerpo desnudo de su buen amigo cuando otra imagen llego a su mente, la de
aquella vez que jugando dentro de la academia se asomo sobre las mamparas de las
regaderas y dejo caer una cubetaza de agua fría sobre su compañero Samuel. Ese
día también lo había visto completamente desnudo, recordaba ese cuerpo delgado
pero de músculos marcados y tez clara, varonil pero delicado.
Con las dos imágenes pasando por su mente, despacio, sus
manos fueron deslizándose bajo sus boxers… sus dedos juguetearon algunos
momentos con sus vellos pubicos.
-Diego… Samuel… Diana…
Se imaginaba a los cuatro en el piso de un elegante
departamento, en una orgía de sensaciones y deseos, besando apasionadamente a
Diana, mientras ella era penetrada por Diego y el por Samuel. Casi podía sentir
cada milímetro del miembro de Samuel que entraba y salía rápidamente de su
trasero, mientras con una de sus manos manoseaba los pechos de Diana y con la
otra tocaba el juvenil rostro de Diego.
Diana era penetrada por atrás por Samuel y por adelante por
el mismo Diego, mientras que su amigo Diego, puso su pene entre las caras de
Diego y Diana que le hacían sexo oral mientras compartían apasionados besos.
Diego y diana hacían un 69 mientras Samuel penetraba a diana,
por lo que al mismo tiempo diego le hacia sexo oral a Diana y a Samuel, mientras
tanto diana masturbaba al otro Diego.
Diego se masturbaba con todos esos pensamientos y gemía con
la respiración lenta y difícil, pero no por eso dejo de escuchar cuando tocaron
la puerta, rápidamente se cerró su pantalón (pero no se puso la camisa).
-voy -dijo aclarando la garganta y levantándose apresurado,
debía ser el servicio al cuarto. Abrió la puerta.
-hola…
-… ¿?... ¿que haces aquí? –era su hermana
-me escape del hotel y te vine a ver.
-¡pero mis papas se van a preocupar!
-nadamas vine de rápido, estoy cerquita
-Bueno, pásale; pero nadamas un rato
La niña de aspecto frágil y largos cabellos negros, atravesó
el cuarto y se sentó sobre la cama.
-Diego, ¿es cierto que ya no vas a volver a la casa?
-perdón peque, pero no
-¿porque?
-ya no puedo tener una vida normal, ahora soy persona publica
y no podría vivir ahí
-pero siempre hemos estado juntos, siempre me has cuidado.
-lo se hija, pero no podíamos estar juntos por siempre, algún
día tenias que crecer.
-pero yo no quiero crecer, quiero ser tu niña siempre
-siempre lo serás, aunque me vaya seguiré contigo.
La niña lloro inconsolable, abrazo a su hermano fuertemente y
no lo soltó, diego sentía su calor y como sus lagrimas mojaban su pecho desnudo.
Se sentía tan calida y pequeña que no pudo soportar y también lloro.
-Diego, por favor, enséñame a ser una señorita y dejar de ser
niña.
-¿Qué?
-por favor, ¿quieres hacer el amor conmigo?
Diego había hablado muchas veces con su hermana de diferentes
temas, incluso se sexo. Nunca con motivos malintencionados, sino para darle
orientación en temas que eran importantes
-sobre todo, cuando tengas tu primera relación, debe ser con
una persona que ames de verdad… -eso se lo dijo en aquella ocasión.
-pero… no vez que eres mi hermanita, mi bebe…
-si, y yo te quiero demasiado, por eso te lo pido a ti,
dijiste que era la cosa mas importante en la vida de una chica, y quiero que tu
seas ese hombre especial.
Diego no sabia que decir, no sabia que pensar. Sabía que no
era correcto, sabía que no era posible. Sin embargo realmente deseaba darle a su
hermana esa felicidad. La había visto crecer y solo deseaba lo mejor para ella.
El también deseaba realmente esto.
Diego no dijo nada. Pero lenta y cariñosamente acostó a su
querida hermana en la cama y procedió a quitarle su ropa lentamente y con mucho
cuidado. En otras ocasiones había visto a su hermana desnuda, desde pequeña la
bañaba a veces, pero ahora era diferente, la veía débil, indefensa, temblando
ligeramente. Pequeña y tierna. Sin quitarle un segundo la vista, procedió a
desnudarse. Su hermana no dijo nada cuando lo vio sin ropa, solo respiraba
rápido y con dificultad.
Diego se acerco con mucho cuidado, se puso sobre ella y la
miro a los ojos.
-no tengas miedo… -le susurro suavemente, su hermana solo
cerro sus ojos y asintió con la cabeza.
No quería lastimarla, no sabía como hacerlo, su erección era
enorme, y el simple rozar de su miembro en los muslos de la niña la hacían
estremecerse. Puso su cabeza junto a la de su hermana y abrazo con un brazo el
pequeño cuerpo, la pequeña solo lo abrazo y se apretó a el. Con la mano libre,
diego dirigió su pene a la entrada de la virginal vagina y con toda la lentitud
y calma posible, lentamente lo fue introduciendo. Estaba conciente de que tal
vez estaba lastimándola ya que lo apretaba con toda la fuerza que podían sus
pequeños brazos, pero para diego eso era la gloria, era apretado húmedo y
caliente, nunca en su vida había sentido tal placer, lo hacia lentamente no solo
para no lastimar a su hermana, sino también para disfrutar cada segundo de
penetrarla. Cuando finalmente la penetro completamente, los dos soltaron un
pequeño suspiro. Diego no quería que nunca terminara.
-¿te duele?
La niña solo pudo mover la cabeza, aunque se veían dos
lagrimas correr por sus mejillas.
Los dos permanecieron inmóviles algunos momentos.
-tengo miedo –dijo la pequeña.
-te juro que no te lastimare
-no es por eso, es que no se que voy a hacer sin ti.
-eso tienes que aprenderlo tu sola.
-pero no podrías… llevarme contigo.
-lo siento, sabes que es imposible, no podríamos estar
juntos, estaría ocupado todo el día.
-pero eso no me importaría a mi…
-Además, tienes que cuidar a mis papas –le dijo con una
sonrisa picara que le correspondió.
-¿lista?
-si…
Con mucho cuidado, diego empezó a moverse fuera y dentro de
la niña, primero lo hizo lento para no dañarla, pero conforme fue sintiendo
menos presión aumento la velocidad, nunca dejo de abrazarla. De vez en cuando
soltaba algún leve quejido y jadeaba mientras estaba bañado en sudor que caía a
gotas sobre su hermana que también sudaba profundamente, además de suspirar y
jadear también. Conforme su excitación iba en aumento, Diego aumentaba la
velocidad de sus embestidas, pero siempre con el cuidado de que no fueran muy
violentas para no lastimarla. Se incorporo, y subió los pies de la niña a la
altura de sus hombros, mientras seguía penetrándola, quería cerrar sus ojos,
pero no podía dejar de ver ese pequeño cuerpo agitándose y bañado en sudor. Era
la visión más hermosa de su corta vida. Diego sintió algo que recorría muy
dentro de el, sabia lo que significaba y abrazo fuertemente a su hermana
mientras se venia con fuertes y potentes chorros dentro de la humanidad de la
pequeña. Apretaba fuertemente a su hermana mientras le decía "te amo"
repetidamente al oído sacudiéndose con cada chorro de esperma que salía hasta
que quedo completamente vació y exhausto. Aun sin sacar su miembro de la niña,
le decía cuanto la quería al oído y abrazándola, como para nunca dejarla ir,
mientras ella solo acariciaba su espalda con una de sus manitas.
-por favor, nunca cambies. Pase lo que pase, sigue siendo esa
pequeña niña dulce que tanto quiero.
Ella no dijo nada, lentamente se incorporo, tomo su ropa se
vistió y entre sollozos, salio de la habitación. Diego permaneció en la cama,
desnudo, bocabajo, y empapado entre su propio sudor, el de su hermana, la sangre
de la virginidad perdida y su semen. Repentinamente, empezó a llorar muy bajito,
casi como un gemido imperceptible.
-perdóname, no puedo, ya no
Ahora más que nunca, nunca volvería a casa, lo sabía y lo
comprendía.