Sentía el cuerpo húmedo de mi padre sobre el mío. No
parábamos de morrearnos, de juguetear con nuestras lenguas. La boca de mi padre
tenía unos carnosos labios y su rala barba de un par de días me arañaba la cara,
pero a la vez me ponía tremendamente cachondo. Podía sentir su gran polla pegada
a la mía, aquel buen cacho de carne que jamás imaginé tocar.
-Estás buenísimo, hijo –me susurró lascivo mientras paseaba
sus manos por mis marcados abdominales y mis abultados pectorales. La verdad es
que sí, trabajaba mi cuerpo con constante ejercicio y se podía decir que estaba
cachas.
-Tú tampoco estás mal para tu edad, papá –le correspondí,
acariciando su abultado y delicioso culo. Mi padre estaba bien, delgado pero en
condiciones-. Y ahora te veo con mejores ojos.
-¿Por qué? ¿Por qué te he dicho que me gustan los hombres
también?
-No –sonreí-. Porque eres un cerdo salido.
-Eso no lo dudes. Lo llevo siendo toda la vida. Con tu madre
soy feliz, pero jamás podría darme lo que quiero –explicó sin dejar de frotarse
contra mí.
-¿Y qué quieres? –pregunté curioso.
-Sexo sin límite –soltó y pegó su boca a la mía. Después se
retiró un poco y me miró-. ¿Te han follado alguna vez?
-Sí –sonreí-. Unas cuantas.
-¿Quién?
-Mis novios y algún rollete.
-¿Has tenido novios ya? –preguntó sorprendido.
-Tres –contesté.
-Sólo tienes 22 añitos y ya tres novios. Aunque no me
extraña, con lo bueno que estás…
-¿Y tú con cuántos hombres has estado? –Mi padre soltó una
carcajada.
-Perdí la cuenta hace mucho. Ya te he dicho que soy un salido
y un cerdo, y no soy de montármelo sólo con uno. A mí como poco me gustan de
tres en tres.
-Joder –dije tomando mi polla y estrujándomela. Cada vez que
mi padre soltaba alguna de aquellas frases mi cipote se ponía más duro si
cabía-. ¿Entonces haces orgías?
-Sí –aceptó orgulloso-. Digamos que conozco a mucha gente.
Incluso un poco de dinero te puede solucionar una buena orgía. Puedo ahorrar un
poco sin que tu madre sospeche, y como ni bebo ni fumo ni tengo vicios, pues
sólo me lo gasto en sexo –rió.
-Entonces habrás probado de todo, ¿no? –pregunté como el
curioso alumno al profesor.
-Absolutamente de todo lo que se puede probar –respondió mi
padre, volviendo a morrearme.
Nos estuvimos sobando durante un rato en el agua caliente de
la bañera. Nos acariciábamos, pasando de la pasión a momentos de ternura en que
mi padre acariciaba mi rizada y melena y me miraba con cariño.
-Mi niño ya es todo un machote –me decía-. Te quiero como a
nadie en este mundo. Más que a tu propia madre. Y ahora que puedo compartir esto
contigo… -hizo contigo-. Quiero que experimentes todo lo que yo he sentido.
Quiero vivirlo junto a ti, mi amor.
En aquel instante sentí un fuerte calor en el pecho y me
acerqué para besar a mi padre. Le amaba. En ese momento estaba tan feliz que era
a la persona que más amaba.
-Quiero que me enseñes todo ese mundo –le pedí-. Te veo tan
macho, papá. Apuesto a que eres insaciable. –Mi padre sonrió-. Apuesto a que has
hecho mil locuras.
-Sí –asintió con la cabeza.
-Cuéntame alguna –le demandé.
-¿Ahora?
-Sí, ahora. Estoy muy caliente.
-No sé muy bien qué contarte. Puede que no te gusten algunas
cosas. Que te parezcan asquerosas.
-Si lo has hecho tú me da igual. Y si te ha gustado a ti, a
mí también me gustará.
-Vale –aceptó mi padre-. Pero quiero avisarte de que tu padre
es un cerdo sin límites.
-Eso me encanta.
-¿Por dónde empiezo? –dijo.
-Por algo que te gustara mucho.
-Bien… -comenzó. Yo me agarré la polla y él se acomodó sobre
mí, mirándonos a la cara, hablándome al oído entre susurros-. Ya te he dicho que
me gustan las orgías y que, por suerte, he conocido a mucha gente a través de
Internet y de otros conocidos. Me gusta divertirme con grupos heterogéneos y si
repito con un mismo grupo suele ser cuando han pasado varios meses y me proponen
algo innovador. Sabes que muchos fines de semana digo que me voy de caza o de
pesca… En parte no es cierto del todo. Voy al campo, sí. Cazo o pesco algo, sí.
Pero casi todo el fin de semana lo paso encerrado en una casita en plena
naturaleza, rodeado de machos tan pervertidos como yo.
Hará un año más o menos me ocurrió algo muy excitante. En una
orgía conocí a un tipo. Se llamaba Saul y tenía 36 años. Tenía una melena negra
y ondulada bastante larga y algo descuidada. Cuando nos despedíamos a la salida
de la orgía me di cuenta de que era uno de esos rockeros o heavys de la vieja
escuela. Aros en las orejas, la melena larga que le caía hasta media espalda y
un cuerpo que para su edad y no hacer mucho ejercicio se mantenía bien. Tenía
unas buenas tetas y su vientre se curvaba hacia fuera sin demasiad exageración.
Tenía el pecho cubierto de vello moreno y con bastantes canas, una polla corta y
tremendamente gorda y venosa, y unos cojones de infarto. Eran cada uno como una
manzana, con unos pelos largos y puntiagudos. El tío follaba como una bestia y
también sudaba como tal.
El caso es que a la salida se me acercó e intercambiamos
números de teléfono pues él y sus amigos estaban interesados en encontrar un tío
sin prejuicios al que le fuera el sexo guarro. Me comentó que todos sus amigos
estaban entre los treinta y cinco o cuarenta y cinco, y que tenían un aspecto
parecido al de él. El día que quedamos fui a parar a una especie de garaje.
Cuando abrieron la puerta me encontré a nueve hombres con apariencia parecida.
Todos con melena, mayores, barbas de unos cuantos días, pendientes en las
orejas. Los había delgados, cachas, normales como Saul o incluso un par que
estaban entrados en carnes. Me gustó ver aquello.
Me presenté, les saludé y Saul me dijo de empezar. Les
pregunté que por dónde querían comenzar y ellos parecían tener un guión bien
escrito de antemano. Todos bebían cerveza y me miraban sonrientes. Saul me dijo
que me pusiera de rodillas en el colchón que había en el centro. Lo hice.
Entonces me ordenó que abriera la boca y que me comiera hasta el último de sus
lapos. Imagínate, hijo. Nueve hombre me iban a escupir en la boca hasta quedarse
secos.
-¿Y qué hiciste? –pregunté, imaginándome a mi padre dispuesto
a comerse los gargajos de aquellos tipos.
-Pues disfrutar de lo lindo. Los tíos me cogían de la nuca y
me echaban buenos escupitajos que hasta me chorreaban por la barbilla. Primero
eran sólo salivazos, pero poco a poco se fueron haciendo más densos. Me llenaban
la boca hasta que me rebosaba por las comisuras de los labios y después me lo
tragaba lentamente, con la boca abierta para que vieran como aquello se escurría
poco a poco por mi garganta.
-¿Te gustaba, papá? ¿Te ponía cachondo?
-Claro. A los diez minutos ya sólo tenía puestos los slips.
Me había quitado toda la ropa de lo caliente que estaba –me respondió. Yo me
masturbé fuerte al oír esto.
-¿No te daba nada de asco?
-Pensé que me lo iba a dar, pero me ponía más caliente
conforme más me escupían. Había veces que rascaban sus gargantas y me lanzaban
escupitajos verdosos que me pedían que masticase. Una vez masticados venía algún
otro y me morreaba, lo compartíamos y nos lo tragábamos. Mientras tanto,
recuerdo que Saul no dejaba de sobarme y besarme el cuello, pidiéndome que me
comiera hasta la última gota de sus lapos. Él se había desnudado, bueno, la
mayoría ya estaban en pelotas y con las pollas duras dentro de los calzoncillos.
Saul llevaba unos slips ajustados que le hacía un culazo de morirse, gordito
pero potente, lo tenía hasta un poco duro.
-Joder –dije-, me lo estoy imaginando. Seguro que estaba todo
bueno, con pinta de bruto.
-Sí. Era un bestia, hijo. ¿Sabes que hizo mientras sus amigos
me llenaban la boca de escupitajos? Se puso en mi espalda, me rodeó con sus
brazos desde atrás, pegó su polla a mi culo y, sin quitarse el calzoncillo,
comenzó a mearse.
-¿En serio? –aluciné.
-Sí. Me puso el culo lleno de meado. Una meada amarilla,
larga y caliente, que hizo que se me pusiera aún más dura.
-¡Madre mía! –exclamé. Tuve que dejar de tocarme la polla
porque me iba a correr. Mi padre dejó de contarme al ver lo que me ocurría y me
besó en toda la boca-. Eres un cabrón, papá –le dije-. Seguro que luego te
mearon todos en la boca y hasta te lo tragaste. –Mi padre sonrió.
-¿Me imaginas haciendo eso? –me interrogó.
-Claro que sí –respondí.
-Lo hice. Y reconozco que me encanta –explicó.
-Joder –volví decir. No podía articular alguna otra palabra
que no fuera aquella-. Me encantaría verte hacer eso.
-¿De veras? –preguntó.
Ni corto ni perezoso se retiró de mí, se sentó en el otro
extremo de la bañera y me miró. Me incorporé. Boca arriba, tumbado, curvó un
poco su espalda y sacó hacia fuera su polla, bien tiesa, con las venas
marcándose y en ese momento sin descapullar del todo. Se retiró todo el pellejo
y observé aquel gordo y rojizo glande. Mi padre tenía un capullo inmenso.
Vi su cuerpo húmedo, su cabeza casi rasurada, en aquella
posición se le marcaban abdominales en el vientre. Entonces levantó las piernas
y mostró su culo y sus cojones, con el cipote apuntando al techo. Echó su cuello
hacia atrás como concentrándose y luego abrió los ojos para mirarme. Abrió su
boca e intentó susurrarme algo.
-Me voy a mear –dijo como en un éxtasis de placer. Yo tenía
los ojos como platos y la boca abierta. Entonces, un potente y tímido chorró de
meado nació del gordo agujero de su capullo, regando todos sus abdominales y
escalando lentamente hasta su pecho.
Sus rosados y grandes pezones rodeados de largos pelos se
humedecían con el caliente pis y esto parecía excitarle.
-Sí, ¡Qué rico, hijo! ¡Qué caliente! Mira la meada que estoy
echando. ¿Te gusta?
-Sí –dije excitado, masturbándome con ansia.
-Ven, acércate y acaríciame mientras meo –me pidió.
No lo dudé. Me recosté un poco mientras el grueso chorro
seguía fluyendo fuera y comencé a tocar el pecho y el vientre de mi padre.
-Tócame la polla –me pidió, y al instante ya apretujaba
aquella gruesa manguera de carne que soltaba una meada de caballo. Me excitó
sentir algo tan caliente, aquel olor peculiar... Su vejiga ya estaba vacía.
-Eres un cabrón, papá. Me encantaría verte en acción –medio
propuse.
-¿Me acompañarías a una de mis orgías?
-Sí. Aunque si te digo la verdad a mí también se me está
ocurriendo otra fantasía…
-Ah, ¿sí? ¿Y de qué se trata?
-Pues se trata de una orgía de las que tanto te gustan, pero
con otra gente que yo conozco. –Mi padre frunció el ceño-. Sí. Gente tan
insaciable como tú que te destrozarían entero. Te follarían el culo hasta
rompértelo.
-Calla y come, anda –me cortó. Se levantó, se puso frente a
mi cara y empujó su polla dentro de mi boca, la cual acogí con ganas. Empecé así
una mamada de órdago a aquel cipotón venoso, grueso y alargado de mi papá-.
Vamos, hijo. Chúpasela a papá. ¿Te gusta mi biberón?
-Sí –le respondía sacándomela unos instantes-. Es super
gorda, papá. Ahora mismo me comería unas cuantas como la tuya.
-Pues eso tiene solución –resolvió como si se le hubiera
iluminado una bombilla. Como si tal cosa, me la sacó de la boca, se giró y me
dijo que le siguiera.
Chorreando agua salimos de la bañera sin siquiera tomar una
toalla. Fuera, en el pasillo, hacía fresco. Seguí el hipnótico culo de mi padre
hasta el comedor, en donde cogió su móvil y buscó un número al que llamar.
Mientras esperaba a recibir respuesta me ordenó que me acercara a él, puse mi
cuerpo contra el suyo y le besé. Le acariciaba los muslos, sus blancas y poco
peludas nalgas, sus gruesos cojones que colgaban bastante, rodeados de vello.
-Sí, soy yo –dijo-. No te lo vas a creer, pero acabo de
descubrir que a mi chaval le gustan las pollas. Aquí le tengo, en bolas, en la
bañera. Búscate a alguien que esta noche montamos una buena. Vente para acá en
cuanto puedas, que mi mujer está fuera y nadie nos molesta… Hasta ahora.
Colgó el teléfono y me miró. Empezamos a enrollarnos, allí de
pie, en medio del salón, chorreando. Le pasé mis brazos por el cuello y él me
cogía de la cintura. Nos besábamos como dos novios, calientes, deseosos el uno
del otro. Me acariciaba mi duro culo. Entonces me llevó hasta un sofá, me sentó
y me hizo abrirme de piernas. Se escupió en la mano y me ensalivó bien el ojete.
Yo hice lo mismo, me llene de babas los dedos y me embadurné el agujero con
ella, introduciéndome dos dedos de golpe y gimoteando a causa de ello.
-¿Me vas a follar, papá? –pregunté tímido.
-Te voy a follar el culo, hijo –respondió con una sonrisa
tierna.
-Estoy deseando que me la claves –dije lascivo, acariciando
su duro palo.
-Te la voy a hundir hasta los cojones. La vas a notar toda
dentro de los intestinos.
-Va a ser la polla más gorda que me han metido nunca.
-Pues hoy no va a ser la última. –Cuando dijo eso ya tenía su
cipote bien lubricado. Apoyo su capullo en la entrada de mi culo y apretó. Yo
temblé de excitación y nerviosismo.
Pronto sentí una ardiente presión en mi culo, algo
insoportable cuando el capullazo de aquel nabo venoso ya estaba casi dentro.
Apreté los dientes y chillé.
-¡Para! ¡Para! –supliqué golpeando el pecho de mi padre-.
¡Para, papá, que me desgarras!
-Vamos, aguanta –me dijo sin detener la penetración-. Te voy
a destrozar ese culito de niño bueno que tienes, cabrón.
-¡Para, hijo de puta! –grité- ¡Para, por Dios!
-No. Venga, pídeme que te destroce entero. Dime que quieres
sentir todo mi cipote en tu interior.
-Papá, no… -gimoteé a punto de reventar.
-Vamos, hijo. Dime que quieres todo mi nabo en tus entrañas.
Dime que te gusta que te folle como una bestia.
-Ahhhhh… papá… -la rabia y la impotencia empezaron a
provocarme el llanto. Yo, un chico de 22 años, no estaba acostumbrado a ese tipo
de cosas.
-Venga, di que te gusta sentirme. –Entonces lo hice...
-Sí, me gusta, papá. Vamos, quiero sentirte –supliqué.
-Ya está casi toda dentro.
-Ahhhhh, papá… No me lo puedo creer. La noto el doble de
gorda que antes. Menudo trabuco que tienes, papá.
Entonces mi padre se detuvo y se quedo quieto. Sentí aquella
barra de carne incrustada en mi culo. Estaba rojo y sofocado, lo mismo que mi
padre, que permanecía inmóvil.
-Eres un buen chico –dijo, acariciándome y tomándome de la
barbilla para que le besara.
-Joder, papá. Me tienes ensartado –gemí sudoroso.
-Y ahora te voy a reventar con una buena follada.
-Sí, venga, papi. Hazme el amor. Fóllame.