Me iba a estudiar dos años a Estados Unidos y aquella noche
mis amigos me habían preparado una buena fiesta. Bueno, en realidad la fiesta
con todo el mundo había sido la noche anterior, pero esa noche Sergio tenía su
casa libre y habían decidido montar una juerga privada de despedida. Yo estaba
encantado de la vida ante el detallazo de mis colegas. El caso es que me citaron
en casa de Sergio a eso de las doce de la noche. Imprescindible vestir con traje
como un auténtico "gentleman". Así que de esas guisas llegué al apartamento.
Toqué al telefonillo y me abrieron. Subí al ascensor y después hasta el tercero,
en donde esperé en el rellano a que me abrieran.
Por fin se abrió la puerta y una voz cavernosa me indicó que
pasará y me sentara en el sofá para disfrutar de todo el espectáculo.
¿Espectáculo?, pensé. A saber lo que habían montado esa pandilla de cabrones.
Entré despacio y vi que todo estaba a oscuras, tan sólo había
una pequeña luz tenue proveniente de una lámpara y todo lleno de velas. La
ambientación estaba de puta madre. Curioso y con el corazón bombeando a mil por
hora me senté en el sofá y esperé un par de minutos que se me hicieron eternos.
Entonces comenzó a sonar una música muy sensual y quise que la tierra me
tragara. Seguramente apareciera por la puerta de en frente un enorme tipo con
ganas de hacerme un striptease y sacarme los colores. Los capullos de mis amigos
se habrían dejado una pasta en contratarme a un musculitos en tanga que a mí no
me ponía nada de nada. Era lo que tenía no comentarles a tus amigos
heterosexuales tus gustos y preferencias sobre los hombres. Porque a mí me molan
los hombres grandullones a lo jugador de rugby, nada de cuerpos prefabricados en
gimnasio. Aunque si he de ser honesto… Luego no le hago ascos a casi nada.
El caso es que justo cuando creí que iba a ver al tío del
striptease aparecer por la puerta, del pasillo salen mis 5 amigos, con traje,
corbata y gafas de sol. Se ponen frente a mí sonrientes, muy metidos en el
papel, y comienzan a menearse al son de la música.
Lo que más deseaba en ese momento era volatilizarme. Tomé un
cojín y me tapé la cara avergonzado. ¿Cómo se les ocurriría hacerme un
striptease? Los cabrones habían ensayado la coreografía e iban sincronizados y
todo. Zapatos, corbata, gafas, cinturón… Se fueron deshaciendo de los
complementos. Entonces, uno por uno, se fueron acercando a mí para que les
desabotonara las camisas.
El primero en acercarse fue Sergio, el dueño de la casa. Era
alto, un tipo muy normal y corriente, ni feo ni guapo. Empecé a quitarle la
camisa y a abrírsela, con lo que pude ir viendo poco a poco su pecho. Aquellas
tetillas algo gorditas con pezones bastante grandes y rosados, con un ralo vello
que cubría sus pectorales y que descendía en línea vertical hacia su ombligo, en
donde una interesante barriguita aparecía. Sergio era un osito de media melena
engominada que me pedía entre susurros que le pasara las manos por el pecho.
Yo, tímido por naturaleza, estaba muy cortado, pues él se
había sentado en mis rodillas. Divertido por mi vergüenza me cogió las manos y
las puso sobre sus tetas, obligándome a masajeárselas y sobárselas a más no
poder, pidiéndome que le pellizcara los pezones y tirara de ellos, cosa que
acabe haciendo entre cortado y nervioso. Vi como los pezones empezaron a ponerse
duros y como los demás se reían al ver esta escena tan cómica que jamás mi mente
hubiera imaginado.
-Venga, Toni, aprovéchate y toca buenos machos ibéricos antes
de irte a Estados Unidos. –me dijo. Tras estas palabras cogió de nuevo mis manos
y las paseó por su estómago, haciéndome manosear su vientre, y después las llevó
hasta su culo, pero allí me las retiró gracioso y se quitó de encima, dejando
paso al siguiente, que era Ramón. Aquellos cabrones querían calentarme.
Ramón era el más guapo de todos mis amigos. Perfectamente
heterosexual y con novia desde hacía un año y medio. Hacía natación e iba al
gimnasio, así que imaginaos a un hombretón de metro noventa y algo, con unos
pectorales fibrados y un vientre liso. Su perilla y bigote me extasiaban, y
mientras le desabrochaba la camisa me miraba a los ojos con fingida lujuria que
me provocaba espontáneas carcajadas. Lo peor fue cuando se recostó hacia delante
y yo, que creía que me iba a decir algo al oído, sentí como me mordisqueaba la
oreja y me introducía la lengua. Los demás se descojonaron al ver esto, pues yo
gemí y alcé mi cuello debido al placer que me había provocado esto.
-¿Te gusta lo que te hemos preparado? –preguntó Ramón con una
sonrisa de oreja a oreja. Yo asentí-. Pues aún no has visto nada, vas a ser el
gay más feliz de todo el planeta…
El siguiente en pasar por mis rodillas para que le retirase
la camisa fue Carlos, aunque me lo puso fácil pues ya iba bastante despechugado.
Carlos era delgado y le crecía un poco de pelo muy oscuro en su pecho y le caía
hasta el ombligo. Como ya conocía la jugada toqué sin ningún miedo, entre gestos
de broma y los suyos de falsa excitación. La verdad, me estaba poniendo las
botas tocándoles, pero todo me lo tomaba de forma muy cómica. Carlos era de pelo
negro y de piel blanca, alto y de cara no muy guapo, pero a mí, quizás por su
simpatía, me había ganado. El muy cachondo me quitó la corbata y me desabotonó
la camisa, dejando también mi pecho al descubierto. Pasó una mano rápida sobre
mis pectorales y me guiñó un ojo para después quitarse de encima y dar paso al
cuarto de los bailarines.
Éste era Ángel, que ya se había quitado la camisa y se
meneaba delante de mí. Su cuerpo era normal, lampiño y castaño con un poco de
tupé. Tenía barba y bigote y era el mayor de todos pues tenía 31 años, mientras
que los demás no llegábamos a los 25 el que más. Ángel era el más lanzado y
bromista de todos, así que se me tiró al pecho y me arreó un mordisco en el
pezón que me hizo soltar un grito agudo.
-¡Joder, Ángel! –exclamé, contrariado pero excitado.
-¿Te ha gustado? –preguntó travieso.
-Me has hecho mucho daños, tío –me quejé.
-¿Sí? ¿Y esto? –me agarró el paquete, que lo tenía como una
locomotora.
-Esto es lo que habéis conseguido con vuestros bailes.
-Pues aún te queda más, que no hemos acabado –sonrió, y dejó
paso al último bailarín.
Polo se acercó a mí. Polo era el más fibrado de todos, muy
blanco de piel y rubio. Estaba marcado en todos sus músculos y tenía unos
pezoncillos deliciosos enmarcados en unos pectorales un poco abultados.
-Mi turno, tronco -me dijo el que era uno de mis mejores
amigos. -Le quité la camisa con toda la confianza del mundo y él me llevó las
manos a su culo delgadito y apretable. ¡Menudo culazo tenía el cabrón de Polo!
Él sonrió-. Toca, toca, que es gratis. Ojalá yo pudiera vivir algo así con tías
buenorras, así que aprovéchate de nosotros que esta noche nos hemos lanzado para
darte una buena despedida.
-Me molaría grabar esto en vídeo para que luego os vierais
mover el culo –reí.
-Ya. Y para masturbarte también… -me guiñó un ojo-. Mira ahí
–señaló al pasillo.
Mi sorpresa fue grande al ver como Jose, el hermano de otro
amigo que no había podido venir, grababa con la videocámara desde la puerta de
la cocina.
-Joder, Jose, no te había visto –le saludé.
-Claro, no queríamos condicionar tu reacción –dijo. Entonces,
dejó la cámara estratégicamente colocada sobre la mesa y se acercó. Él no
llevaba traje, sino unos vaqueros y una camiseta.
Se acercó a mí, me dijo hola y se quitó la camiseta,
sentándose sobre mis rodillas. Era el más delgado y tenía una tupida capa de
vello por todo el pecho y el vientre, y su melena larga y negra me volvía loco.
Al tacto era suave y se me enredaban los dedos en sus ensortijados vellos. Me
deleité un poco puesto que José me daba crédito sin ningún pudor. El ambiente se
calentaba y los demás coreaban cada movimiento que hacía.
José se acabó por quitar de encima y se alineó con los demás.
Con el mando cambiaron de canción y comenzaron a desabrocharse los pantalones
para quedarse en calzoncillos. Así lo hicieron, tiraron todos a la vez de sus
pantalones y aparecieron coloridos calzoncillos de varios tipos. Ángel y Polo
llevaban boxers, el primero sueltos y el segundo ajustados. Y el resto usaba
slips, que me ponían terriblemente cachondo. Sus buenos paquetes se marcaban en
aquellos calzoncillos estrechos de colores y formas geométricas.
Echaron todos los pantalones a un lado y se quedaron solo con
los calzoncillos y los calcetines. Yo estaba a la espera, anonadado, con los
ojos como platos. El primero en hablar fue Ramón.
-Bueno. Creo que vamos por el buen de camino de cumplir una
de tus fantasías, el tener delante a 6 tíos casi en pelotas. Ahora tú elijes si
seguimos o no.
-¿Queréis quitaros toda la ropa? –pregunté boquiabierto.
-Nunca nos has visto desnudo. Y pensamos que se debía a…
bueno, a que nos da más corte por tu orientación sexual.
-Entonces… -dije excitado-, adelante.
Ellos sonrieron e intercambiaron miradas.
-Para que lo disfrutes más lo haremos de uno en uno. Nos
acercaremos a ti y nos quitaremos los calzoncillos como nos digas. Tienes que
darnos instrucciones.
-¿De uno en uno? –dudé-. Mejor de dos en dos, ¿no creéis?
–Todos soltaron una carcajada.
-Ya te hemos dicho que tú mandas. Aprovéchate, que antes de
que llegaras nos hemos tomado unas cuantas copas y vamos algo lanzados –me
informó Sergio, acercándose lentamente, seguido de Ramón. Caminaba tocándose el
paquete dentro de sus slips blancos y con motivos geométricos, supongo que para
que se le endureciera un poco-. Querrás vernos las pollas en toda su potencia,
¿no?
-Sí –susurré extasiado-. Empalmado –dije.
-Bien –asintió Sergio, que ya estaba a mi altura. Los demás
se sentaron en las sillas y en el otro sofá para ver lo que hacían sus dos
amigos conmigo. El osete y el cachas con el pequeño Toni.
Ramón también se acariciaba la polla mirándome, con una
enigmática sonrisa en la cara. Observaba sus cuerpos. El cuerpo imperfecto de
Sergio, con sus kilos de más, con esa barriga peluda y sus tetas coronadas de
rosados y grandes pezones. Y Ramón, con un brazo apoyado en el hombro de Sergio,
ambos acariciándose la polla y los huevos por encima de la tela del calzoncillo.
Unos calzoncillos muy ajustados que les hacían marcar unos buenos bultos y unos
culos infartantes.
-Ramón –llamé a mi amigo. Me miró obediente, mostrándose
dispuesto a acceder a lo que le propusiera. Tan lindo, tan masculino, con su
cuadrada mandíbula, sus masculinas facciones y aquella linda perilla-. Dale la
vuelta a Sergio y enséñame su culo. –Ramón sonrió y Sergio también lo hizo.
-A tus órdenes –dijo el macizo de mi amigo.
Tomó a Sergio por los hombros y le hizo girar. El culo de
Sergio, apretadito por sus slips, quedó frente a mi cara. Era grande, no había
que eludir que Sergio tenía un par de kilos de más, pero menudo culo. Era
fabuloso. Ancho, grandote, abultado, redondito… ¿Lo tendría peludo como su pecho
y vientre o sería imberbe? ¿Sería morenito o de piel blanca como la leche?
-¡Qué culazo tiene el cabrón, eh! –exclamó Ramón entre
excitado y provocador. Entonces soltó un sonoro azote en el culo de Sergio, que
dio un respingo y gimió.
-Ah, cabrón –se quejó éste.
-Calla, que seguro que te ha molado –le recriminó Ramón.
-Venga, bájale el calzoncillo y enséñame su culo –le pedí.
Ramón me sonrió y obedeció. Tomó la goma del slip de Sergio y fue deslizando la
tela hacia abajo, muy lentamente. Mientras, sentía como mi rabo se ponía duro, a
la par que aparecía el trasero de mi amigo, blanquito y con una cantidad normal
de vello. Menos de lo que me esperaba quizás.
Finalmente, Ramón retiró el calzoncillo hasta quedar arrugado
por debajo de los cachetes de Sergio. Entonces, mi amigo cachas, se permitió
tomar ambos carrillos y separarlos para mostrarme un rosado y cerrado agujerito.
-Mira que agujero –me guiñó Ramón el ojo.
-¡Qué bueno! –exclamé mientras me apretaba el paquete y mi
nabo se ponía más enhiesto si cabía. Me ponía a mil lo que estaba viendo. Pero
no sólo eso, sino la actitud desinhiba de Ramón y la de los demás, que miraban
expectantes lo que ocurría.
-¿Te mola mi culo? –me preguntó Sergio.
-Mazo, tío. Tienes un culazo impresionante. Y vaya ojete más
rico.
-¿Os podéis creer que la tengo super dura? –informó Sergio a
los demás, que continuaban sentados en las sillas y en los sofás, disfrutando
del espectáculo con media sonrisa pícara en la cara.
-Sí. Y alguien más está empalmado –habló Polo, que se
levantó, se acercó a donde estábamos y cerró su mano sobre el henchido paquete
de Ramón-. Que el cabrón de Ramón la tiene toda gorda.
-Normal –se excusó éste-. Tanto enseñar carne y tanto tocar…
Uno no es de piedra. Que le estoy sobando el culo a este cabrón. Menudo culazo
que tiene. Está potente. Es la primera vez que toco el culo a otro tío –dijo,
liberando de sus manos a Sergio, que se giró y me miró de frente, orgulloso de
los sentimientos que su culo me había despertado.
Me fijé en ambos paquetes y marcaban unos gordos huevos y
unos cipotes de buen calibre allí dentro.
-Mira –dijo Sergio, y se retiró el calzoncillo. Su polla dura
saltó como un muelle y desafió con rudeza la ley de la gravedad. Tenía una polla
normalita. Gorda en la base e iba disminuyendo en grosor hacia la punta. Le
mediría 15 cm y tenía un bonito capullo, rosadito, húmedo de precum y
redondeado. Yo diría incluso que un poquito gordo. Estaba cubierto por el
prepucio hasta la mitad y pude observar un redondo y grande agujero en el centro
de tal capullazo.
Por instinto estiré mi mano y se la cogí. Sergio aprobó mi
acción estirando el cuello hacia detrás y cerrando los ojos. Le había molado que
se la cogiera. Él se palpó los huevazos con las manos. En la vida debía de
haberse cortado el vello púbico pues tenía una maraña negra y larga allí, y en
los cojones, no digamos. Estaba salvaje todo por allí abajo.
Ramón, al ver lo que hacía Sergio, hizo lo propio. Se quitó
el slip y me mostró su polla. Aunque yo preferiría decir cipote. Me gustaba usar
el término "cipote" para esas pollas gordas y gruesas, de capullos imposibles y
amoratados. Decidí usar esa etimología el día que empecé a distinguir entre una
polla grande y una normal. A los 15 años mi polla era normal, y el día que vi el
rabo de mi padre en un estado de semierección me dije que aquello que tenía mi
progenitor no era una polla normal, sino un buen cipotón. Desde entonces hacía
la diferencia. Quizás infantil, quizás estúpida y excesivamente personal.
El caso es que Ramón tenía un cipote de unos 17 cm de largura
y de buen calibre en cuanto a grosor. Tenía el capullo cubierto por el pellejo,
que era bien largo y grueso para cubrir aquella gorda cabeza. Orgulloso se la
meneó, y Polo, detrás de él, se puso de puntillas para verla con más detalle.
-Menudo animal estás hecho, Ramón –dijo Ángel desde el sofá,
comenzando a acariciarse también la polla por encima de sus boxers.
Al igual que con Sergio, estiré mi mano y alcancé el cipote
de Ramón. Tiré con cariño de su pellejo, poniéndolo en tensión. Lentamente y con
cuidado le pelé el capullo hasta dejárselo todo a la luz. Sentía mi calzoncillo
encharcado de líquido preseminal. Sólo de la excitación de estar viviendo
aquello estaba a punto de eyacular.
-¿Qué vas a hacer ahora con esas dos pollas? –preguntó Ángel
con mirada traviesa.
-Quiero comérmelas –les supliqué a Ramón y a Sergio
mirándoles a la cara en gesto de ruego.
-Pues todas para ti –contestó Sergio, que poniéndome una mano
en la nuca me empujó para metérmela en la boca. Abrí los labios y preparé mi
lengua para recibir aquel nabo. Tenía ganas de tener en mi boca sabor a polla,
de degustar aquella mezcla de líquido preseminal y orina, de ensalivar sólo de
pensarlo.
Con los ojos cerrados, apreté entre mis labios la herramienta
de Sergio, metiéndomela hasta el fondo de la garganta sin excesivos problemas.
Después la sacaba y me comía la de Ramón, con alguna dificultad añadida por su
calibre. Pero que buenas que estaban. Se les ponían más tiesas si cabían y
salían bañadas por mis babas, relucientes de densos hilajos que por momentos
colgaban y se precipitaban hasta sus pies.
Polo permanecía de pie junto a los otros dos, mirándonos y
con una buena tienda de campaña dentro de sus boxers amarillos. Ramón no lo
dudó. Le pasó un brazo por encima del hombro y con la otra mano le sacó la
polla. Polo era muy blanco de piel, lo mismo que su polla. Era blanquita, larga
y delgada, y muy curvada hacia arriba, coronada por un pequeño glande rosa y
puntiagudo. Me recordaba a un chico de la Europa del Este. Tan delgado, tan
blanco, tan rubio. Su maraña de pelo púbico era rubia y castaña, cosa que me
llamó la atención, y sus cojones carecían casi de vello. Esto contrastaba en
gran manera con el pelo púbico de Ramón, con sus muslos llenos de pelo duro y
negro, y con el de Sergio, negro, largo y poco rizado.
También había diferencias en sus huevos. Los de Sergio eran
compactos y redondos, los de Ramón parecían los de un toro semental, gordos y
morenos, y los de Polo no tenían casi vello y colgaban bastante hacia abajo.
No me di cuenta de que Ángel se había venido a mi lado. Se me
acercó y me dijo que me comiera los huevos de los tres. Uno por uno fui
haciéndolo. Metía mi cara en sus cojones, me los restregaba bien por todo el
rostro y después los introducía en mi boca. A poder ser los dos. En esta labor
me ayudaba Ángel, que sin ningún pudor los sujetaba y me los daba a chupar.
Sergio, Ramón y Polo gimoteaban, y Ángel les interrogaba acerca de si les
gustaba. La respuesta que recibía siempre era positiva. Más positiva y
sorprendente fue cuando Ángel, el mayor de todos y con sus 31 añitos ya
cumplidos (aunque aparentaba veintipocos), ni corto ni perezoso me llevo a los
cojones de Ramón mientras él tomaba los de Sergio y se los metía en la boca,
abriendo mucho los labios y succionando para que le entraran bien.
Yo estaba alucinado y no pude evitar regar el interior de mis
calzoncillos con un buen chorro de líquido preseminal cuando vi como se
congestionaba su cara, se enrojecía y succionaba aquellas dos gordas pelotas que
Sergio le entregaba entre jadeos.
-Sí, tío, Ángel. Sí. Tío, como me mola que me comas tú las
pelotas. ¡Qué bueno! Vamos, cómete mis cojones, Ángel –comenzó a gritar Sergio
como un loco.
En ese momento, Ángel, se sacó la polla de su calzoncillo y
empezó a masturbarse con fruición. ¡Qué cipote ostentaba el cabrón! Y digo
cipote porque su grosor, forma y largura superaba con creces el de Ramón y aquel
que a mis 15 años me había obnubilado por primera vez, el de mi grandioso padre,
con su grueso capullo y sus marcadas venas.
-Vamos, tío, cómeme todos los huevos –le gritaba Sergio, que
le sujetaba de la nuca. Entonces, le sacó los cojones de la boca, Ángel le miró
expectante y con la boca todavía abierta y Sergio, embrutecido, se sujetó la
polla por la base y se la clavó en la garganta a Ángel de un solo golpe,
haciéndole emitir un violento y gutural sonido. Después, Sergio le tomó con las
dos manos por la nuca y le apretó con todas sus fuerzas. Todos pensamos que
Ángel se iba a ahogar, pero nada más lejos.
Al momento se sacó la polla de Sergio como si nada.
-¡Eres un marica, tío! –le increpó Sergio sobre excitado-. Me
encanta. Me has puesto a 100.