Deseosa, bella y sonriente me miraba atrapándome con su
encanto felino. Deliciosa y sobrecogedoramente mía. Ni podía apartar mi vista de
ella.
¿Qué podría llegar a contar de lo que era su cuerpo? Pura
atracción sobrenatural entintada en el cruel y frío marco de su mirada. La veía
más como un concepto abstracto de feminidad que como el verdadero ser yaciente
desnudo a mi vera. Agitada por la excitación, algunas gotas de sudor recorrían
su torso descendiendo zigzagueantes por su piel. Su boca entreabierta y jadeante
sólo dejaba atisbar el brillo de sus colmillos, prometiendo que cada beso sería
una descarga de oscuridad. Su pelo quedó revuelto, silencioso testigo de la
lasciva noche que estábamos pasando ¿Qué no era de noche? Da igual, puedo fingir
que lo era. Descubría en esa estancia una nueva forma de vivir mi anhelo por
ella, definitiva sensualidad tornada en el confuso y deleitable sentimiento que
llamamos amor.
Acercó su mano a mi rostro y apenas si deslizó sus dedos por
mi mejilla, comprobando el tacto que tenía sin afeitar. Luego agarró mi cuello,
atrayéndome para darme un simple roce de sus labios, un pico lo llaman
comúnmente, yo lo llamo simplemente locura. Se pego a mí, y, mientras su otra
mano se procuraba sus propias atenciones aumentando su excitación, recorrió mi
torso con sus dedos hasta aferrar mi sexo, ya más que deseoso de sus caricias.
Su mano era firme y cálida, con un dulce y seductor contacto, tanto que su labor
a punto estuvo de costarme un disgusto. Conseguí a duras penas contenerme y ella
sonrió cuando me arrancó un grave gemido, le satisfacía jugar conmigo de tal
forma, parecía encantada con mi vulnerabilidad.
-Parece que esto te gusta.-sólo pude asentir y recostarme un
poco, conteniéndome de nuevo.- Eres todo un canalla, me has dado un orgasmo
antes de dejar que siquiera te tocase.-no pude evitar reírme, y eso no pareció
gustarle.- Pues ahora…
No llegó a terminar la frase, primero me besó en el mentón y
detuvo su vaivén en mi sexo para empujarme sobre la cama. Intenté fingir que me
resistía pero no pude, era más fuerte y yo no estaba del todo lúcido. Luego se
inclinó sobre mí y me mortificó, besándome repetidamente en la ingle, haciéndome
notar como mi carne erecta se rozaba con la piel de su mejilla.
Se irguió ligeramente y sostuvo con la mano el objetivo de
sus atenciones. No pude menos que soltar un gruñido y jadear cuando sus labios
descendieron. Sus dientes no parecían dificultarle en absoluto en esa labor y su
lengua procuró, con su serpenteante recorrido, obligarme a morderme el labio
inferior y a aferrarme a las sábanas con fuerza. Arqueé la espalda y traté de
contenerme, lancé mi mente a divagar por todo cuanto había en mi cerebro pero
ningún recuerdo me alejaba de aquella sensación. La miré y mi excitación no hizo
más que dispararse. Ahí estaba, propiciándome con su boca un placer
indescriptible y así mismo cuidando de la fricción en su propia intimidad con
una mano que se perdía en las sombras de su entrepierna.
Sólo pude avisarla pocos segundos antes de que me
sobreviniera el primer estremecimiento. Ella, con tranquilidad, usó un pañuelo
para proteger su mano de los espasmos blanquecinos que expulsé en abundancia y
los limpió concienzudamente de mi torso y de su propia pierna, donde algunos
habían caído. Se levantó sonriendo con picardía mientras me reponía del éxtasis.
Caminó desnuda hasta un rincón de la habitación y tiró la prenda manchada a un
recipiente de cerámica en la que parecía depositar su ropa para lavarla. Admiré
su esbeltez en cada uno de sus pasos mientras regresaba al lecho con aires de
triunfo.
Se acomodó de nuevo entre las sábanas, acurrucándose contra
mí en sugerente y protectora postura, con un brazo flácido sobre mi pecho y una
pierna semiflexionada en torno a mi cintura. Era deliciosamente provocativa.
Habló aleteando sus labios a unos centímetros de mi oído.
-Eres un encanto-noté una curiosa inflexión en su voz, quizás
un tono frustrado debido a la excitación. Se humedeció los labios antes de
continuar.- No se a qué estamos esperando.
Giré mi rostro con toda la tranquilidad que pude, la miré
fijamente, acariciando su costado desde el hombro hasta la cadera. Nos
recostamos en el lecho, haciendo eterno el roce de nuestros cuerpos. Hubiera
estado una eternidad ahí, disfrutando de su sola compañía tan cercana y
libidinosa.
Me senté en el borde de la cama, de nuevo en función de mi
sexualidad, ella se colocó dándome la espalda, descendiendo lenta y suavemente
hacia mí. El tórrido contacto de nuestra anatomía culminó ayudado por sus manos,
que dirigieron mi órgano con firmeza. Fue ella misma quien comenzó a moverse
sobre mí: primero con un ligero trote y; al poco, cuando pude acompasar mis
movimientos con los suyos, con furiosas arremetidas. Mis manos no resistieron el
impulso de ayudarla en su placer, mimando su carne en las zonas erógenas que
quedaban a mi alcance. Rocé con cuidado la gema que habitaba entre sus labios,
igualando la cadencia de nuestros movimientos con mis caricias; y ala vez
aprisioné su seno izquierdo con mi otra mano.
Su melena se sacudía espléndidamente, confundiéndose sus
destellos cobrizos con chispazos a la tenue luz de aquella estancia. Besé su
cuello, dando pequeños mordiscos también en su hombro. Me era difícil
concentrarme en cada parte de su cuerpo que me ofrecía.
Se recostó gradualmente sobre mí, mientras que su semblante,
encendido, se iba dirigiendo hacia el techo. Nuestras exhalaciones se
acompasaron a nuestra íntima danza, acelerándose con el anuncio certero del
próximo apogeo. Notaba el calor de su carne rozarme en toda mi extensión,
llamando mi éxtasis mil veces más potente que el que ya había tenido.
Su cuerpo perdió la pauta durante el orgasmo, destruyendo el
ritmo de nuestros movimientos pero lanzándonos a una cota superior. Gimió con
frenesí, agitando sus caderas en aleatorios vaivenes que finalmente sacudieron
la fibra de mi propia convulsión. A pesar de haberme provocado un clímax hacía
tan poco, tuve que contenerme para no eyacular rápidamente. Conseguí dirigir de
nuevo mi propia oscilación para mantener un tiempo más nuestra unión. Tardó poco
en caer de nuevo en el arrobamiento del placer y ésta vez yo la acompañé,
clamando entre dientes su nombre.
Y entonces me sorprendió con una súbita enajenación que no
tuvo mayor aviso que el propio orgasmo. Rompió la unión y se giró con fiereza
hacia mí, penetrándose de nuevo con mi miembro, el cual ya había perdido parte
de su solidez. Continuó con el coito en ésta nueva postura mientras se abrazaba
a mí. Imposiblemente recuperé mi deseo aún sin haberlo perdido completamente. El
cansancio de mis dos eyaculaciones previas me agobiaba pero no me impidió
tomarla de las nalgas y guiar de nuevo aquella monta. Esta vez la marcha fue
rápida y apasionada, tanto que ella casi al instante satisfizo una vez más su
ardor. Con fogosidad, nos colgamos de la espalda del placer, arrastrándonos
finalmente al agotamiento que acompañó nuestra última embestida.
Caímos al lecho, jadeantes y exhaustos pero infinitamente
plenos de puro deleite, esa extraña paz gozosa que sólo se obtiene tras una
relación particularmente satisfactoria.
Aproximamos nuestros cuerpos consumidos con esfuerzo y nos
abrazamos. Sonreía en mis brazos, tan cansada que ni siquiera se molestó en
mirarme con esos prodigiosos ojos ámbar antes de dormirse. Me mantuve despierto
unos minutos más, demasiado cautivado por la tranquila respiración de su pecho
como para adormecerme. Finalmente me dejé caer en el sueño, no sin antes
cubrirnos a ambos con la manta, la única prenda de la cama que no había quedado
empapada.
Era dolorosamente mía.
La luz se había apagado cuando desperté. Si fue ella quien se
ocupó mientras yo dormía no me percaté. Pude sentir que su peso aún desplazaba
el colchón junto a mí. De nuevo di el contacto de mi reloj que activaba la luz,
eran más de las ocho de la tarde, ya estaría anocheciendo en el exterior. Aún
habiendo dormido tanto, me encontraba desfallecido y recordé que apenas había
probado bocado desde hacía dos días. Pasé una mano por mi frente, comenzaba a
dolerme la cabeza con intensas palpitaciones detrás de los ojos.
-Ha sido intenso ¿verdad?- Rayne me sobresaltó con su
comentario, no sabía que estaba despierta.- Me encuentro de maravilla.
Se sentó sin molestarse por cubrir sus senos y alzó los
brazos, desperezándose con un quejido.- Hacía tiempo que no... Bueno, casi ni me
acuerdo.
También me senté, mirándola detenidamente. Estaba realmente
radiante, parecía haberse relajado mucho con nuestro encuentro. Yo, por el
contrario, me encontraba hecho polvo, sentía que aún deseaba dormir y la migraña
amenazaba con convertirse en un dolor realmente molesto.
-¿Has dormido bien?- la pregunta, tan habitual en esos
despertares, me pareció fuera de lugar.
-Sigo un poco cansado-respondí evasivamente.
-Bueno, me toca salir a montar un poco de jaleo.-Sus ojos
chispearon, mostrando su evidente ansia.- Pasaremos por tu casa para dejarte, no
quiero meterte en problemas.
Me di cuenta entonces de que yo apenas sabía nada de ella. Su
condición de mestiza la había conocido ése mismo día y tampoco era un dato muy
revelante. Era totalmente ajeno a aquello a lo que se dedicaba para hallarse en
la situación en la que la encontré, o para llevar aquel armamento.
-¿Hay algo que pueda saber? Quiero decir… Sobre lo que haces
cuando llevas esa ropa y…
-No te voy a decir que estarías más seguro si no lo
supieras-me interrumpió.- pero te diré que yo tendría problemas si me voy de la
lengua. Créeme, te contaré cuanto pueda tan pronto como me sea posible.
-Pero tengo que saber algo. No puedo…
-Escucha, sólo te diré una palabra sobre esto: Brimstone. Si
quieres saber más, es asunto tuyo.
Me quedé callado. Por algún motivo supe que había hecho un
considerable voto de confianza en mí al decirme ese nombre. Brimstone. Lo
registré mentalmente y empecé inmediatamente a impacientarme por conseguir más
información.
Luego nos duchamos, noté algo extraño en el agua que caía
sobre nosotros y se lo hice saber.
-Es agua destilada y esterilizada, el agua natural no me
sienta bien.
No pregunté nada acerca de ellos pero cavilé sobre el tema
durante unos minutos incluso cuando ya habíamos terminado.
-Deja de pensar en eso y ayúdame a vestirme. Así tardaremos
menos.
El ceñido traje de cuero y fibra estaba cuidadosamente
colgado en sus diferentes partes en un armario, junto a dos pares de aquellas
curiosas armas. Sentí la tentación de colocarme una en el brazo pero la rechacé
rápidamente. Esperé a que ella se pusiera una nueva muda de ropa interior (de
nuevo negra, como no) y deslicé por su piel el suave tejido, que se ajustaba
como un guante a su cuerpo. Primero coloqué sus pantalones y botas, luego la
ayudé con el chaleco, el cual tuve que abrochar; y por último le puse las dos
mangas, sobre las que ella misma se instaló sendas cuchillas. Remató su estampa
con un accesorio que yo no le había visto: dos anillas metálicas de medio palmo
de diámetro que situó en su pelo, una a cada lado. De cada pieza colgaba una
cinta negra de unos sesenta centímetros de longitud, en cuyo extremo había
pintado un símbolo rojo en forma de dos círculos horizontalmente tangentes,
entre los cuales se proyectaba una línea vertical, atravesada en su parte
superior por otras dos rectas más pequeñas.
Con su traje de combate completamente puesto parecía la misma
sombra de la muerte. Adiviné el propósito de tal atuendo: además de ser cómodo,
inspiraría pánico a aquellos que eligiese como víctimas. Yo mismo, aún en
conocimiento de sus intenciones, no pude menos que suspirar de impresión al
contemplarla así preparada. Ocultó su aspecto con una gabardina oscura y nos
marchamos.
Dimos bastantes vueltas por el edificio antes de llegar a la
salida, no hallamos a nadie en el interior y finalmente nos encontramos en un
sereno callejón. Ella conocía de forma detallada la zona y no tardó demasiado en
llevarme hasta mi piso, pude reconocer varias calles antes de llegar pero me di
cuenta de que habíamos dado un rodeo y me molesté con ella. Era evidente que
quería asegurarse de que no podía desandar mis pasos y llegar a su edificio.
-Bien- dijo cuando llegamos.- Creo que ésta es tu casa.
Procuraré verte de vez en cuando pero no hagas demasiadas locuras como la de
ayer.-Iba a replicar algo pero me mordí la lengua.
-Por favor.-el momento de la despedida me enterneció
irremediablemente, quise gritarle que la quería, que no podía soportar ésta
forma tan retorcida de relacionarme con ella. Pero, como era de esperar, no tuve
tanto valor.- Cuídate.
Supe que había adivinado todos mis pensamientos y emociones
por la forma en que me miró.- No te preocupes.
Me dio un beso en la mejilla antes de marcharse. Subí
alicaído las escaleras hasta mi piso y me hallé desoladoramente sólo. Incluso la
dudosamente alegre compañía de mi compañero me hubiera resultado agradable, pero
se había marchado un par de semanas. Me procuré una cena escueta y me tendí un
rato ante el televisor, retrasando conscientemente el momento que ansiaba.
Cuando hube recogido todo me encaminé al ordenador y no tardé en ponerme al
asunto.
La pantalla resplandecía ante mí. Y una sola palabra estaba
escrita sobre la pestaña seleccionada: Brimstone.