Bailamos uno junto al otro. Eres mi hermano y no lo niego.
Siento tu mano acariciándome las nalgas, perdiéndose en la
raya de mi culo y presionándome hacia ti para hacerme sentir tu frontispicio
erecto y de buenas dimensiones, pero estás conmigo y no con otra. ¿Cómo
decírtelo? Tus dedos me aprisionan contra tu cuerpo y en mi ingle se calca tu
ardorosa y endurecida antorcha.
Mis pezones se hinchan y mis pechos se engloban, mientras
miras para arriba o tarareas la canción que danzamos.
Mis manos cuelgan mi cuerpo de tu cuello y con ello busco que
mi sexo haga impacto directo con el tuyo, ya que me emociona el calor de tu
instrumento casi en mi vientre, —"es hermoso" —; en tanto las tuyas se asientan
en mis posaderas presionándome hacia ti para hacerme sentir el fuego y la dureza
de tu estandarte, que es lo que más te importa.
En cambio mis tetas, incrustadas en tu pecho, al contacto con
tus pectorales, me entregan a ti, y siento, aún cuando sea mínimo, el ligero
henchirse de tus tetillas, rebosarse que hace que las mías se abran al
desconcierto de los momentos por venir.
Tu pantalón ajustado exalta tu pene y transmite el calor que
atraviesa mi pollera y mi tanga hasta incendiar mi piel.
La minifalda que me cubre te ofrece mis torneadas piernas que
hacia arriba se deshacen en ambos glúteos que ahora tus palmas acarician.
Me dices que me amas, te pongo el dedo entre los labios en
señal de silencio, y me aprieto más a tu cuerpo.
Más tarde, sentados en el sillón de la discoteca que nos tocó
por suerte, tu mano se coló entre mis piernas y allí estuvo todo dicho. Me
amaste como nunca habías amado a nadie, aún en las entresombras del boliche,
hasta que estallaste en varios espasmos, llenando mi cálida intimidad.
Y te amé tanto como tú me amaste.