Había pasado ya más de dos semanas y Beltrán seguía
trabajando sin descanso. En los pocos ratos que se permitía un descanso, se
sentaba bajo un olivo y pensaba que tanto esfuerzo a lo mejor no merecía la
pena, ya habían pasado muchos días y nadie le había dicho que cogiera sus cosas
para trasladarse al cortijo. Pero eso eran pensamientos fugaces y en el momento
que se levantaba seguía trabajando como antes. Pocos eran tan obstinados como él
cuando una idea fija le taladraba el cerebro.
En los días que ya no tenía al Rubio de compañero, Beltrán
fue haciéndose más solitario, a excepción de sus charlas con otro de los chicos,
que al igual que él, pasaba la mayoría del tiempo sólo. A veces, después de
cenar, mientras los demás ya se iban a los barracones dispuestos a dormir,
Beltrán salía a dar un paseo por los alrededores mientras todavía había algo de
luz, y en ocasiones, se encontraba con el muchacho con el que había entablado
amistad. Ambos caminaban o se sentaban, y charlaban de sus cosas. Ese joven era
Pedro.
Pedro, que era delgado y sus músculos apenas se marcaban bajo
la camisa, era a la vez un dibujante excepcional. Desde niño garabateaba todo lo
que tenía a mano: El jarrón con flores que su madre tenía encima de la mesa de
la cocina, la fuente que presidía la plaza principal de su pequeño pueblo, o las
gallinas que correteaban por el corral de su casa.
Sus dibujos fueron mejorando con el tiempo, igualándose cada
vez más a la realidad que sus ojos percibían, aunque siempre con un toque
personal inconfundible. Con la pubertad, ya empezaba a dibujar figuras humanas,
y especialmente hombres. No sabía porqué, pero se su mano se deslizaba sobre el
papel con mayor soltura cuando eran chicos los que se reflejaban bajo su
carboncillo. Cuando ya llevaba cientos de dibujos, empezó a dibujar a los
jóvenes del pueblo desnudos. Pedro se imaginaba lo que los pantalones ocultaban
y lo plasmaba con realismo. Esto le turbaba, y escondía los dibujos en un rincón
donde sabía que su madre no los encontraría. A veces los cogía y cuando se
encontraba sólo en casa, se masturbaba mientras los miraba, luego los volvía a
esconder.
Su padre, una vez para su cumpleaños, le regaló un libro de
arte ( algo poco normal para un padre de pueblo, que su ocupación era hacer
quesos). Sabía que su hijo dibujaba muy bien y lo apoyaba en su afición, aunque
era consciente de que acabaría como el o trabajando en el campo para algunos de
los terratenientes de la comarca. Pero era pronto para decirle que ellos no
tenían dinero para pagarle la escuela de arte. Así que dejaron que disfrutara de
su ilusión, ya bastante dura era la realidad.
Pedro dibujó todas las fotografías que el libro traía. Para
enseñar a sus progenitores, copiaba los cuadros goyescos y los de las familias
reales que se exponían en algunos museos de la capital. Para su disfrute,
copiaba las figuras romanas que bordeaban el coliseo romano, hombres musculosos,
que la mayoría asían una espada en la mano, o llevaban un casco y una red.
El libro era su bien más preciado.
Pero un día se dio de bruces con la realidad y vio que su
sueño de ir a la escuela de bellas artes se rompía en mil pedazos. Siempre el
maldito dinero. Así que ni corto ni perezoso, estudió la manera de conseguirlo,
y eso no incluía quedarse en el pueblo. Había oído que a los jornaleros del
Cortijo de la Encina les pagaban más que al resto y allí fue. Su intención era
la de trabajar una temporada y con el dinero conseguido marcharse a la capital y
hacer su sueño realidad.
Ya dentro del Cortijo, pasaba los ratos libres con el papel y
el carboncillo en sus manos y plasmaba en hermosos dibujos, la vida cotidiana de
los jornaleros, y algunas otras cosas que su mente albergaba.
Durante sus charlas con Beltrán, le contaba sus sueños y de
cómo algún día llegaría a ser un pintor de renombre, pero sobre todo le
expresaba la necesidad que tenía de matar el blanco del papel. Para él, era una
necesidad vital, como el comer o el dormir. A Beltrán ya le había enseñado
algunos de sus trabajos, pero ahora que tenían más confianza, se dispuso a
enseñarle los que tenía guardados. Esos no se los podía mostrar a cualquiera.
Una tarde que habían salido como de costumbre a pasear, cogió
la carpeta donde los guardaba y se los dio a Beltrán para que echase un vistazo.
La mayoría de ellos eran de chicos desnudos y en poses eróticas. Beltrán abría
los ojos y se asombraba del realismo. Los miraba uno a uno con detenimiento,
deleitándose con la sensualidad de las figuras humanas, e incluso sonrojándose,
por lo explicito de algunos de los actos que en el papel se reflejaban. Cuando
había pasado varios de los dibujos, se detuvo en uno que le llamó especialmente
la atención. Pedro que se percató de ello, le narró:
-Este lo hice la semana pasada. No podía dormir y me levanté
para dar una vuelta. -Pedro le contaba los pormenores, su vena de artista se
extendía también a la narración-
la luna estaba llena y no había nada de nubes, así que la
noche estaba abierta y se veía con total claridad. Caminé hasta cerca del río
con la intención de que si no cogía el sueño, darme un baño y nadar un rato.
También el calor era sofocante y eso que ya era medianoche. Llegué a la orilla y
me desnudé con la idea de meterme en el agua. El agua estaba fría para mi
sorpresa.-Beltrán escuchaba con atención- Nadé unos metros y me salí. No muy
lejos de mí, escuche unas risotadas que resonaban con fuerza. Me escondí detrás
de un árbol, porque estaba desnudo y no tenía a la vista el lugar donde había
dejado la ropa. Eran tres los que se acercaban al lugar donde yo me encontraba.
No entendía lo que decían pero se reían con ganas. Se ve que ellos, al igual que
yo, habían decidido darse un baño. Ya desnudos y en el agua, los tres empezaron
a jugar, a subirse unos encima de los otros y a tratar de darse ahogadillas.
Cuando se cansaron, se quedaron parados charlando. El agua les llegaba por la
cintura, y aunque era de noche se veían perfectamente sus torsos desnudos, sus
marcados pechos y sus bíceps fuertes. Yo esperaba el momento de que salieran
para coger mi ropa y largarme. No se si era mi imaginación, aunque más tarde me
di cuenta de que no era así, pero a uno de los chicos se le veía el brazo medio
sumergido en dirección a la polla del otro. El brazo se movía. No había duda de
que se la estaba tocando. El que estaba siendo tanteado, cogió de la cintura al
tercero y empezó a besarlo. No podía creer lo que estaba viendo, o al menos no
en otro día que no fuese el de la víspera.!.Yo me estaba empezando a poner
cachondo y eso que no veía nada más que de cintura para arriba.
Beltrán también se estaba poniendo cachondo con el relato de
Pedro.<<¡que bien habla el cabrón!!>>pensaba.-
-pasaron varios minutos-continuó- y salieron hacia la orilla.
Se sentaron muy cerca de mi, así que procuré el moverme lo menos posible.
Continuaban con los tocamientos, y uno de ellos cambió de posición para tener
cerca de su boca la polla del que estaba más alejado de mi. Mientras chupaba la
verga con ganas el que se había quedado desparejado comenzó a comerle el culo.
El único que no se movía era al que se la estaban comiendo. Este permanecía
tumbado con las manos tras de la nuca, acomodándose la cabeza. El que estaba
comiéndose el culo, separaba las nalgas con sus manos y alternaba los lametones
en el ano, con las chupadas en las posaderas. Yo creía que me iba a dar algo y
se me arrepentía de no haber traído la carpeta con el material para dibujar.
Absorbía las imágenes que estaba presenciando para poder traspasarlas al papel.
El que la mamaba, tenía una garganta sin fondo, ya que no se veía la polla del
que estaba tumbado. Su boca y nariz estaban enterradas en los rizos púbicos de
éste.
El culero dejó de lamer el agujero y se separó unos
centímetros. Abrió los dedos de la palma de la mano y empezó a darle cachetadas
en las nalgas. Estas resonaban como aplausos. El que estaba siendo azotado por
la mano ejecutora, sacaba la polla que tenía metida en la boca para pedir que le
diera más fuerte. Y el otro le complacía. Su mano se estrellaba cada vez con más
fuerza contra el culo, ya de un color rojizo. El que estaba tumbado y el que
pegaba se intercambiaron dejando al del centro en la misma posición. El que
hasta ahora no se había movido, no lo hizo mucho más, se limitó a follarle el
culo después de habérsela metido sin preámbulos, aunque al que estaba siendo
taladrado no le importó. Se veía que le iba el rollo duro. Finalmente, la sacó
del culo caliente y se corrió en la espada del que la mamaba, que no tardó en
hacer que el que ahora estaba tumbado, se corriera en su boca.
Terminaron metiendose de nuevo en el agua. ¡Yo estaba que me
hubiese follado a cualquiera que se me hubiese cruzado!. Esperé a que marcharan
y me dirigí al barracón a coger los lápices y el papel. Empecé a dibujar como un
loco, mientras la calentura me duraba, para poder reflejar lo mejor posible las
escenas que habían quedado grabadas en mi mente. Luego, por supuesto, no tuve
más remedio que hacerme una paja.-concluyó Pedro, que vio que Beltrán había
seguido con interés todo lo que le contó.
-Joder! Me has puesto la polla dura!- desde luego, Beltrán no
tenía el don de palabra de Pedro.
Beltrán miró una vez más el dibujo y dio con el detalle que
le había llamado la atención: sin duda los tres chicos del dibujo tenían un
parecido extraordinario con los tres que llegaron el mismo día que El Rubio,
Tomé y él mismo. Si no recordaba mal, los tres eran del mismo pueblo. No se lo
dijo a Pedro.
Esa noche Pedro calmó el fuego que ardía dentro de los
pantalones de Beltrán.
Al día siguiente, que se había levantado con unas nubes
negras cubriendo el cielo, las primeras nubes de ese color que se veían en
muchos meses, Pedro salió con la carpeta para dibujarlas. Ya fuera, tropezó y la
carpeta se estampó contra el suelo, regando todos los dibujos alrededor. Se
agachó para recogerlos. No se dio cuenta de que José el Capataz se encontraba
detrás suyo y había cogido del suelo el de los tres chicos.
¿Son tuyos todos esos dibujos?-le preguntó.
En el cortijo, tanto Tomé como el Rubio ya se habían hecho
con sus nuevos trabajos. Bartolomé trabajaba en el prensado de la aceituna y El
Rubio en la Bodega donde estaban los toneles del vino.
Desde la noche que pasaron juntos, aprovechaban cualquier
situación para verse. De vez en cuando Tomé se escapaba para la bodega con
alguna excusa para ver al Rubio. A veces se quedaba en el portón apoyado
mirándole como trabajaba, y observaba lo bien que le quedaban los vaqueros,
marcándole el bulto que le había hecho perder la cabeza.
Por las noches, de vez en cuando, aprovechaba cuando Alfredo
se dormía para escaparse al dormitorio de El Rubio. Hacían el amor unas veces y
otras follaban como desesperados. Descubrió en él algo más que un amigo y lo
mismo le sucedía al Rubio.
A veces hablaban de sus familias, de cómo Tomé perdió a sus
padres quedándose solo con Alfredo y dándole a conocer el porqué su afán por
encontrarle. El Rubio le hablaba de sus padres y de su hermana, y de la tienda
de ultramarinos que tenían los viejos en el pueblo. También de lo poco que le
gustaba el trabajo en la tienda y de Luisa, una chica del pueblo a la que sus
padres veían como su futura nuera. Aunque El Rubio le decía que eso nunca
pasaría.
No hablaban de lo mucho que se querían, pero para los dos
muchachos, el pasar el máximo tiempo posible juntos, era más que suficiente.
Alfredo enseñaba a los nuevos, incluso a su hermano, las
técnicas para complacer a los finos: que es lo que le gustaba a Ramón el
bodeguero, como a Javier el arquitecto le gustaba que le insultasen, y al
capellán del pueblo, el mismo que iba a dar los sermones al olivar, como ponía
el culo nada más llegar para ser follado. Menos mal que todavía quedaban algunos
eclesiásticos sin corromper.
Hasta ese día, ni Tomé ni el Rubio habían tenido que codearse
con ninguno de los finos, y eso era por una razón , y es que Alfredo quería
retrasar ese momento, escudándose ante José en que todavía no estaban
preparados, aunque les faltaba poco.
Para Alfredo no habían pasado desapercibidas las escapadas
nocturnas de Tomé, aunque este pensase que dormía. Y no había que ser un lince
para darse cuenta de lo que pasaba. Alfredo quería que su hermano disfrutase el
máximo tiempo posible con el Rubio, aún sabiendo que más tarde o temprano
tendrían que pasar alguna tarde en los salones de la casona.
El día estaba encapotado y amenazaba lluvia, pero después de
todos los meses de sequía, todos lo creían poco probable. El Rubio había
terminado por hoy en la bodega y se fue para su habitación a esperar que también
Tomé terminase. Al llegar a la habitación vio una bolsa encima de la cama que
hasta ahora había permanecido desocupada. El ruido de la ducha le indicó que
tenía un nuevo compañero. Esperó a que terminase de ducharse porque tenía
curiosidad por saber quien era.
Tras unos minutos, Pedro salió de la ducha con la toalla
cubriéndole. El Rubio se llevó una tremenda sorpresa.
-¿qué coño haces tu aquí?-era una manera de decirle que se
alegraba de verle.
Pedro le explicó que José el Capataz había visto por
accidente uno de sus dibujos y que le había gustado. Y ya que pensaban pintar
unos frescos en las paredes de la capilla del cortijo, y que no habían
encontrado a nadie que lo pudiera hacerlo, le habían dado la oportunidad a él de
intentarlo.
El Rubio se alegró por Pedro.
Al ir a coger una muda limpia para ponerse, Pedro se dio
cuenta que había cogido por error la bolsa del chico que también había venido
con él.
-Voy un momento al cuarto de al lado a por mi bolsa y a
devolverle esta a Beltrán-Estas palabras causaron una enorme alegría a El Rubio,
por fin estarían los tres juntos de nuevo.
Corrió hasta la otra habitación y el Rubio se lanzó a Beltrán
abrazándolo. Beltrán también le devolvió el abrazo con fuerza. Todo lo que había
trabajado había dado sus frutos.
Un trueno sonó a lo lejos y en ese mismo instante cruzó la
puerta del dormitorio Tomé. Se emocionó al ver a Beltrán de nuevo y se unió al
abrazo. Desde la puerta Pedro les miraba con una sonrisa.
Tomé había entrado al dormitorio corriendo, no porque supiese
que Beltrán se encontrara allí, sino para decirle a los que estuvieran dentro
que saliesen fuera rápido porque estaba lloviendo.
Cuando terminaron de saludarse, los cuatro muchachos se
disponían a salir al exterior a ver llover. Al pasar por la cocina, Fernando el
segundo retuvo unos minutos a El Rubio porque quería comentarle un asunto. Los
demás salieron.
Estaba lloviendo cada vez con más energía, y la lluvia estaba
formando charcos. Todos estaban muy contentos. Tomé fue el primero en ponerse
debajo del agua a dar saltos de alegría sobre los charcos, contento de que fuera
el principio del fin de la sequía. Los demás le siguieron, el agua chapoteaba
manchando los bajos de los pantalones de barro. No importaba. Cada uno pensaba
en su pueblo y que la comarca recuperaría el esplendor que hacía casi tres años
que no tenía.
La alegría se transmitió por todo el cortijo, y en los
barracones de los olivares, donde a los jornaleros les había pillado la lluvia
mientras se duchaban, dejaban el jabón y la esponja y corrían desnudos a ver el
mejor espectáculo de los últimos años. Todos se abrazaban y soñaban con volver a
trabajar en sus pueblos. Esa noche en los olivares fue noche de víspera, aunque
sólo era martes!
Mojado completamente y con la camisa pegada al cuerpo, Tomé
brincaba. Al mirar para la puerta del personal, El Rubio salía acompañado de
Fernando el segundo. Tomé paró en seco. El Rubio llevaba su bolsa y una cara que
decía que las cosas no iban bien.
Bartolomé corrió hacia el Rubio.
-¿qué ha pasado?- preguntó preocupado.
-Mi padre falleció anoche, mi hermana mandó un telegrama y
tengo que volver para el entierro y a hacerme cargo de la tienda.-dijo El Rubio
nada contento, dolido por la muerte de su padre y roto por la idea de tenerse
que separar de Tomé.
-pero,.....pero...-no sabía que decirle, su corazón había
estallado en mil trozos y su garganta quedó estrangulada.
La cacharra que les había transportado por el Cortijo, se
paró delante de ellos conducida por José el Capataz, que sería el que le llevase
al pueblo.
-Vamos, deberías marchar lo antes posible, ya mismo
oscurecerá- le dijo Fernando con suavidad.
Tomé quería abrazarse a el y consolarlo. Darle mil besos para
que calmaran su dolor. Pero Esas cosas se hacían a escondidas y no delante de
todos los trabajadores del cortijo.¡vaya mierda!!!pensó.
Se acercó a él y lo abrazó como un compañero dolido. Cuando
los cuerpos se juntaron una corriente eléctrica recorrió sus cuerpos
pretendiendo unirlos. Los dos hubiesen permanecido así para el resto de la
eternidad, pero no pudo ser.
El Rubio montó en la cacharra y empezaron el camino. El
muchacho miró por el cristal trasero y vio al grupo con el que había compartido
las últimas semanas: a Alfredo, Pedro, Fernando y a su mejor amigo Beltrán.
Se culpó por no haberle dicho a Tomé cuando tuvo oportunidad,
de que le quería y que era mucho más que su mejor amigo. Lloró escondiendo la
cara. José pensaba que era normal que sucediera esto, cuando fallecía tu padre.
El Rubio lloraba por Tomé.
Presidiendo el grupo se encontraba Bartolomé junto a Alfredo,
que le rodeaba el hombro con el brazo consciente de lo que pasaba. Se tragaba
las ganas de llorar y miraba hacia la furgoneta. Por su mente pasaba la imagen
de la primera noche que quedaron unidos, sintiendo al Rubio dentro de él, pero a
la vez supo, que se volverían a ver. Y cuando Tomé sabía algo, lo sabía.
La cacharra salió del cortijo dejando al fondo la casona y la
alameda que un día le dio la bienvenida.
FIN