Una excitante sorpresa
La jefa de redacción me llamó a mi celular esa mañana, cuando
yo estaba rumbo al aeropuerto de Caracas, desde donde saldría mi vuelo a Santo
Domingo, para decirme que debía traerle un reportaje de mis vacaciones, sobre un
tema cualquiera, siempre que se tratara de algo relacionado con la cultura. Era
una pequeña venganza que pretendía tomarse pero yo no estaba dispuesta a hacerle
caso. Cerré el celular sin contestarle nada. La llamada no me intranquilizó en
absoluto, recordé lo arrecha que me había sentido la tarde anterior cuando la
muy primogénita de meretriz me sugirió que cambiara la fecha de mi licencia
anual porque había mucho trabajo. Estuve a punto de hacerlo, para no buscarme
problemas, pero finalmente alguien apareció para salvarme. El gerente de
recursos humanos era un tipejo asqueroso, una rata de albañal, pero había algo
con lo que yo lo tenía agarrado.
Fue un día en plena siesta cuando afuera había una terrible
tormenta, yo estaba hurgando en el archivo de periódicos donde, al parecer, no
había nadie. Eran tantas las leyendas sobre el fantasma del antiguo dueño del
diario, que según decían se había aparecido varias veces a las archiveras,
incluso hubo una que renunció supuestamente después de un tremendo susto, que
nadie iba por el archivo sin compañía. Yo necesitaba una página de un periódico
viejo con fotos de Nat King Cole para una nota sobre el bolero, mi intención era
colocar el periódico sobre el escritorio del archivo y tomar varias fotos con mi
cámara digital, pero la luz sobre el escritorio era insuficiente. Recordé que
entre los anaqueles del fondo había una mesa más grande junto a un enorme sofá
que los guardias de seguridad usaban de dormitorio en las madrugadas. Caminé
hacia allí con el periódico y la camarita en la mano, al llegar al final de la
fila de anaqueles decidí probar el flash, disparé y ¡Oh, sorpresa! Un grito
ahogado de mujer resonó en el recinto vacío. Salí de allí poco menos que
corriendo, al llegar casi junto al escritorio escuché los pasos apresurados de
alguien que me llamó por mi nombre,
-¡Rosmary! Pero mi terror era suficientemente fuerte como
para no darme vuelta siquiera a mirar. Llegué a mi escritorio, guardé la cámara
y me quedé allí. Media hora después el gerente de recursos humanos me llamaba a
su oficina.
-Yo confío en su discreción y le aseguro que sabré
recompensarla si usted guarda silencio sobre lo que vio en el archivo- me dijo
–pero ¿por qué usó esa cámara?
-No, no… no se preocupe… fue accidental, yo… le aseguro que…
nunca, jamás yo…
-Perfecto- dijo mientras se acomodaba los anteojos –esto
queda entre usted y yo, si necesita algo, por favor, no deje de acudir a mí.
Por supuesto que acudí a él para que pusiera en su lugar a mi
jefa de redacción y preparé mis valijas con gusto, pese a lo arrecha que me
ponía la sola presencia de esa insufrible.
Recordé también cómo desde aquel día la pobre chica del
archivo me rehuía la mirada. Lástima, pensé, con esos senos regordetes me haría
el mejor masaje tailandés y yo estaba segura de que con una buena sesión de cama
la haría gozar mucho más que el asqueroso de su jefe. Apenas recordé la última
vez que hice el amor con una de las archiveras que duró muy poco tiempo en el
periódico, porque le salió la visa y se fue disparada a Nueva Cork, dioses, esa
muchacha sí que sabía usar su lengua como pasaporte al paraíso, y allí me hizo
llegar sin siquiera quitarme la tanga, solo la corrió un poquitín y tuve que
quedarme con el chocho al aire el resto de la noche, porque la tanguita se me
empapó de mis jugos y de su saliva.
El aeropuerto Maiquetía era el maremagnum de todos los días,
compré un paquete de chocolates en una de las tiendas, un par de pañuelos de
seda que me gustaron, y me dirigí al control migratorio. Sólo cuando estuve en
mi asiento y el avión de Aeropostal levantó vuelo me sentí del todo tranquila.
Debo de haberme adormilado un poco, porque cuando desperté vi el mar Caribe y
descubrí que estaba sola en mi asiento. Tras el largo y tedioso proceso de
control de equipajes salí a buscar un taxi que me llevaría al hotel Albatros, en
Juan Dolio. Sabía que la tarifa era en dólares, pero yo venía preparada, había
hecho un largo año de ahorros para mimarme por quince días y olvidarme de todo.
Además, una vez en el hotel, que era todo incluido, ya no tendría demasiados
gastos. El lugar paradisíaco estaba situado junto al mar. Llegamos después de un
viaje que me pareció larguísimo y aunque estuve algo antipática con el taxista,
solo contesté con monosílabos a sus preguntas, porque lo único que me interesaba
era ver el paisaje. El mar se parecía un poco otras playas que había conocido
antes, pero esta vez lo sentía hondamente mío, era la primera vez que me tomaba
unas vacaciones y que dispondría de un tiempo exclusivamente para mí, escribiría
un cuento, leería una novela de José Saramago y me olvidaría de las
computadoras, del Messenger y de mis cibernoviazgos, precisamente una de mis
cibernovias era una supuesta dominicana que vivía en Santo Domingo, pero nunca
le creí, las lesbianas de Internet son generalmente tipos que se hacen pasar por
mujeres. Le dije que me iba de vacaciones a España, a un pueblito de montaña
donde no había Internet ni celulares, y eso la descorazonó un poco, pero le
prometí seguir siendo su novia por la red cuando regresara. Ambas nos dimos
permiso de hacer lo que quisiéramos en esos quince días.
El hotel estaba lleno de cabezas rubias y de gente que
hablaba alemán, francés, y también italiano. Un botones con uniforme azul y
botones dorados recogió mi equipaje y me llevó a mi habitación. Por la ventana
vi el mar que acariciaba la playa, una larga línea de cocoteros bordeaba un
sendero de piedras que llegaba hasta una arena blanca sobre la que el agua se
veía de color verde. Me di una ducha tibia, bajé al comedor y después de un
almuerzo en que no me preocupó en absoluto la dieta que había llevado en los
últimos seis meses, dormí una siesta y antes de las tres de la tarde salí con mi
bolso, una toalla y mis cremas rumbo al agua. Di unas cuantas brazadas, apartada
de los grupos de niños que jugaban con sus delfines inflables y de los turistas
que se lucían junto a sus esposas y me alejé también de los viejos que se
bañaban junto a sus prostitutas alquiladas y fui feliz con mi soledad y con mi
propia paz en medio de una tarde espléndida. Busqué después de una hora una
silleta, que los dominicanos llaman chelones (del francés chaise longe) y me
tendí bajo la sombra de los cocoteros, puse la mejor selección de mi iPod y me
adormilé con canciones de Rocío Jurado y de Julieta Venegas. Mientras la brisa
me acariciaba la piel salada recordé que hacía varios meses que no hacía el amor
y aunque mi última relación había finalizado en buenos términos resolví que no
iría a la cama con una chica a menos que hubiera algo más que sexo, al menos un
poco de emoción que se prolongara después de los orgasmos. Esa noche cené una
ensalada y cuando quise leer se me cayó el libro sobre la cara y me quedé
dormida.
Al día siguiente bajé a desayunar y tuve que ahuyentar a un
par de europeos que se acercaron a mi mesa con evidentes intenciones de
relacionarse, pero yo no tenía intención de relacionarme con nadie. Comí algo,
bebí café y busqué un lugar junto a la piscina para leer un rato. Recorrí
después los amplios jardines, vi un estanque lleno de peces coloridos, tortugas
y langostas, y cuando mis sandalias se llenaron de arena me encaminé al comedor
cerca de la piscina. Tenía ganas de comer carne y beber una cerveza helada, que
al final fueron dos, por la tarde volví a la playa, en la noche regresé a mi
habitación y contemplé largamente la luna sobre el mar y una extraña nostalgia
de amores perdidos, de sueños olvidados, de recuerdos luminosos, me fue
inundando el alma. Puse un CD de melodías antiguas en mi laptop, me desnudé
totalmente y me tiré sobre la cama hasta quedarme dormida. En la mañana fui al
salón de conferencias y me conecté a Internet. Escribí correos a mi madre que
estaba en Maracaibo, seguramente sorprendida de que yo hubiera elegido pasar mis
vacaciones tan lejos y para qué, si en Maracaibo las playas son las mejores de
todo el Caribe.
Finalmente me conecté al Messenger.
En pocos minutos apareció el nick de mi cibernovia.
-¿Dónde estás? ¿No era que en la montaña no había Internet?
-Muchacha, en este pueblo sí, no estamos en tu República
Dominicana, estoy en Europa ¿recuerdas?
-¿Y ya me pegaste cachos?
-¿Dices si te pegué cuernos? Pues claro, una viene de
vacaciones a darse los gustos ¿No?
La charla siguió por esos carriles hasta que, llegado el
momento del almuerzo, me fui al comedor.
Apenas me hube sentado con mi bandeja cuando una morena se
acercó a mi mesa.
-Disculpa ¿puedo sentarme contigo?
-Claro, adelante.
-Mira, excúsame, pero, es que si me siento a comer sola se me
acercan esos alemanes a… ya tú sabes… ¡Uy Dios! ¡Son de pesados!
Sonreí. Había oído algo sobre que los alemanes y los europeos
se desesperan por las negras caribeñas y hasta piensan que todas son
prostitutas, pero no imaginaba que esto llegara al punto de que una negra tan
bonita viniera a requerir mi ayuda.
-Discúlpame, mi nombre es Susana, pero me llaman Suni- dijo
al tiempo que me extendía la mano.
-Rosmary- dije mientras la observaba. Vestía una falda
acampanada violeta, una blusa celeste de algodón, sandalias de tiritas también
violetas y llevaba una mochila verde agua reluciente, evidentemente comprada
unos días antes. Tenía el pelo cortito, pero muy bien cuidado, labios carnosos y
una naricita que hacía encantador el conjunto de su carita redonda, sus ojos
eran vivaces, negros, enormes, al sonreír se le hacían hoyuelos en las mejillas,
era muy hermosa en realidad. Comimos con mucho apetito mientras, sin que ninguna
de las dos se diera cuenta, nos fuimos embarcando en una charla que nos
entusiasmó a ambas. Sus manos eran finas, de dedos alargados y sus gestos
medidos.
Cuando terminamos de comer me preguntó en qué habitación me
hospedaba, se lo dije, ella me dio el número de la suya, no coincidíamos para
nada, yo estaba en la cuarta planta y ella en la segunda, pero en alas
diferentes.
El vino tinto que acompañó mi almuerzo de carnes rojas y
postres de plátanos maduros dio una modorra que hizo que, tras despedirme de mi
circunstancial compañera, me tirara a dormir una larga siesta, tan larga que
desperté casi a las cinco de la tarde. El aire acondicionado estaba tan
agradable y las mantas me brindaban un calorcito tan rico que me dediqué a ver
películas y caricaturas toda la tarde. Solo al llegar las once de la noche
encontré un par de películas eróticas que me excitaron un poco, en fin, nada que
mis deditos no pudieran solucionar.
Al día siguiente me dediqué a hacer un poco de ejercicio en
un gimnasio dentro del complejo, una rutina liviana, un poquito de aparatos,
nada demasiado pesado.
Transpiré un poco, caminé por los jardines y regresé a mi
habitación poco antes del almuerzo, volví después con mi laptop a la sala de
comunicaciones, y me puse a vaciar mi correo electrónico, leí los periódicos de
Venezuela, y finalmente entré al Chat a visitar a mi novia.
¿Estás en tu trabajo?
No, mi amor, estoy en otro lugar, decidí que yo también
necesito un descanso…
-¿Dónde estás?
-En un hotel muy apartado de la montaña, con una morenita
bien pechugona que me da calorcito mientras tú te regustas por allá con alguna
españolita de ojos verdes…
-Hace frío en estas montañas españolas, imagínate que…
-¿Qué?
-Que sin una españolita que me abrigue y me caliente no
podría…
-Mira, que me pones celosita ¿oíte?
-¿Y cómo yo no me pongo celosa mientras le das tu cosita a
esa morenota tetuda que dices que está contigo…
-Pues… si tú vinieras ahorita mismo… yo la boto y me quedo
contigo
-Espérate un momentito
-¿Qué? ¿La españolita te está desnudando?
-No mi vida… que me voy a quitar los guantes, tú sabes, con
la nieve que hay si una no los usa se congelan los dedos…
-Yo tengo algo para calentártelos…
La situación me estaba resultando divertida. Seguí un rato
más con el magreo hasta que, cuando miré hacia un costado, vi a la morena que se
había sentado a comer conmigo el día anterior. También ella estaba conectada a
Internet, y tecleaba con mucho entusiasmo. La saludé con la mano y ella me
respondió con una sonrisa que me pareció más que encantadora… cuídate, morenota,
que con la calentura que me está dando mi cibernovia no estaría mal quitármela
contigo… fantaseé un momento… y me reí de mí misma. Súbitamente el nick de mi
novia apareció desconectado. Cerré la laptop justo cuando la morena se acercaba
a saludarme. Alcancé a ponerme de pie y ella me dio un beso en la mejilla. Esos
labios suaves y tibios me acariciaron la cara.
-¿Qué haces?- pregunté.
-Oh, sin Internet es como que no existo ¿sabes?, aunque me
había propuesto descansar y olvidarme de las computadoras por unos días, pero
parece que no se puede.
-Claro que no se puede… somos hijas de la tecnología-
justifiqué.
Hablamos entonces de nuestros trabajos, me contó que es
abogada y que trabaja en un bufete de Santo Domingo, que eran sus primeras
vacaciones en dos años, y que estaba cursando una maestría en ciencias políticas
y diplomacia. Otra vez la charla se extendió sin que nos diéramos cuenta, algo
que me sucede solamente cuando la persona con la que hablo me hace sentir muy
cómoda.
Suni, de pronto recordé su nombre, dijo entonces que había
otro comedor cerca de la playa, desde donde se podía comer frente al mar, y me
invitó. Comimos y finalmente decidimos ir a la playa. Aunque Suni era muy
bonita, a mí no se me despertaba ninguna clase de atracción, era como si mi
sensor lésbico estuviera desactivado. Me di una ducha y, mientras elegía mi
mejor traje de baño enterizo, sonó el teléfono.
-¿Sí?
-Soy yo, te espero en el hall de atrás ¿oíte?
No quise ponerme un bikini porque… pues porque no quería
crearme expectativas con esa niña, porque se me estaban saliendo todas las
prevenciones que tengo cuando conozco a una chica que me cae bien, y porque…
pues porque no me daba la gana. Cuando llegué abajo Suni estaba vestida con una
enorme camiseta de algodón que tenía un retrato de Taz. Le quedaba preciosa.
Pero cuando nos metimos al agua se la quitó y quedó en un traje de short y
brassier amarillo que le sentaba perfecto. Estaba monísima. Nadamos un buen
rato, tomamos jugo de naranja, una piña colada y volvimos al hotel. Dos alemanes
se cruzaron en nuestro camino y la miraron con lascivia, pero Suni ni siquiera
se dio cuenta, era como si… dioses… pensé… yo conocía esa indiferencia de
algunas mujeres hacia los hombres, no era un simple fingimiento de hago de
cuenta que no me interesan, era como si no existieran…
Quedamos en encontrarnos para la cena.
Suni se había puesto un vestido blanco con flores estampadas,
de falda muy corta, sandalias blancas y una chalina transparente de color verde
agua que le cubría el pronunciado escote del vestido. Yo elegí uno de mi
infaltables capris, negro, con blusa negra, mocasines negros y un chalequito de
lamé de tono gris oscuro que se adaptaba perfectamente a mi torso.
-Estás preciosa- me dijo ella y agradecí su cumplido.
-Tú te ves muy bella- dije y ella sonrió de una manera muy
especial, arrugando un poquito la nariz, en un mohín graciosísimo. Decidimos
caminar por la parte iluminada de la playa después de comer. Charlar con Suni
era un placer, me encantaba el sonido de su vocecita etérea, cálida y sugerente
por momentos. La brisa en la playa daba un poco de frío, un guardia de seguridad
nos advirtió que no nos alejáramos de la zona iluminada y que era mejor no
entrar al mar durante la noche, ambas reímos, con el frío que hacía había que
estar loco para querer meterse al agua. Llegamos casi al final de la zona
iluminada pero no regresamos por el mismo camino, fuimos directamente hacia el
hotel por el sendero de cocoteros que desembocaba en los jardines. De pronto la
punta de una sandalia de Suni se incrustó, extrañamente, en un intersticio entre
dos piedras del sendero, y ella tropezó y tuve que sostenerla para que no cayera
y al mismo tiempo evitar que se diera un golpe contra uno de los bancos de
cemento. Suni alcanzó a ahogar un grito y, en la semipenumbra, alcancé a ver su
expresión de susto.
-Tranquila, muchacha- dije con voz queda mientras la sostenía
de la cintura –ya pasó…
Me dio las gracias con la respiración entrecortada. Caminamos
hasta otro banquito de cemento y nos sentamos un momento.
-Tus manos son suaves- dijo casi en secreto y me las tomó
entre las suyas y luego se las pasó por las mejillas. La dejé hacer.
-¿No te molesta verdad? Quiero decir…
-Mejor no lo digas- sugerí mientras acercaba mi cara a la
suya. Ambas miramos a todos lados antes de darnos un largo, larguísimo beso.
Caminamos en silencio hasta el hotel y sólo al llegar a la
zona iluminada nos soltamos la mano. En ese momento pensé en mi cibernovia. Sí.
Le estaba pegando cuernos esta vez, pero con una mujer que en nada se parecía a
una española de ojos verdes como ella creía.
Suni subió conmigo a mi habitación. Cerré la puerta con llave
y, al darme vuelta, la vi de espaldas, viendo un cuadro que estaba colgado de la
pared. Me acerqué y la abracé por detrás y empecé a besarle la nuca. Ella se
inclinó levemente hacia delante, se quitó la chalina, mis labios bajaron por su
espalda mientras descorría el cierre de su vestido con toda la lentitud que me
era posible. Vi el elástico de una tanga tan blanca, suave, de un algodón que
parecía tejido especialmente para ella, el vestido cayó al suelo con suavidad y
ese cuerpo moreno, ese culito redondo, como torneado por las manos de un
escultor, parecía una joyita guardada en el delicioso envoltorio de una tanguita
que fui corriendo despacio, temerosa de que mis uñas pudieran rasgar esa piel de
terciopelo del color de la noche, sólo entonces me di cuenta de que Suni no
tenía brassier, se dio vuelta y, desnuda como estaba, se apretó contra mi cuerpo
y me dio un beso con la boca completamente abierta, su lengua exploró cada
rincón de mi boca sedienta de su piel… sus manos comenzaron a desnudarme, la
ayudé con el broche del capri mientras vi caer mi chaleco, mi blusa y mi bra
junto a su vestido, entonces sentí su boca apoderándose de mis pezones, sus
manos suavísimas anduvieron entre mis glúteos y comenzaron a quitarme el capri
con tanga y todo, Suni me besó en el cuello mientras sus dedos exploraban mi
velloncito y se mojaban en el nacimiento de mi chuchi humedecida… quise andar
hacia la cama pero sus manos me sostuvieron por la cintura mientras su boca
dibujaba en mi espalda senderos de caricias cálidas como el viento del norte. Me
incliné un poquitín y sentí sus dientes mordiéndome el huesito dulce, dioses, a
esa altura mi almejita ardía, totalmente mojada, entonces Suni se tendió sobre
la alfombra y comencé a moverme sobre su boca mientras sus manos en mis pezones
encendían tempestades y su lengua se deleitaba en mi almejita hambrienta, me
moví despacio, porque quería que cada lengüetazo durara una eternidad, pero sus
manos comenzaron a abrir y a cerrar mis glúteos, sentía como si una corriente
eléctrica se montara en la brisita que me acariciaba la cuevita negra cada vez
que sus dedos pasaban por esa entradita, y esa lengua que me hacía sentir una
ebriedad de música en el vientre mientras mi chuchi supermojada parecía
ablandarse y diluirse de placer, hasta que sus labios carnosos me aprisionaron
el botoncito y su lengua le dio, con toda la suavidad del mundo, un sinfín de
estocadas que me enloquecieron por completo, sentí que cabalgaba sobre el viento
y que en mi vientre habitaban violines y gorriones, un dedo se me incrustó
lentamente en el ano y ya no pude más, respiré hondo, gemí, suspiré, grité y me
sentí elevar por encima del mar y solo después de una eternidad recuperé el
aliento.
Ni siquiera hablamos, vi la sonrisa cómplice de Suni y
comencé a explorar la geografía oscura de su piel caliente, mordí sus pezones
con suavidad mientras me deleitaba sentir cómo se endurecían, froté sobre su
vientre mi conchita mojada, acaricié con mi lengua la parte baja de sus senos
redondos y perfectos, mientras mis dedos abrían esos labios calientes y mojados
como una invitación a aplacar la sed animal del deseo, le hice recoger las
piernas para ver bien abierta esa gruta de vulvas carnosas y dejé que mi lengua
se paseara en los bordes mientras mis dedos sentían la piel de gallina de sus
nalgas, mi lengua entraba y salía de ese manantial salobre con un deleite
parecido a la música y cuando ese culito comenzó a latir le pasé la yema del
pulgar por la entradita, los latidos aumentaron y dejé entonces que mi lengua se
hundiera en ese chocho completamente empapado y ardiente hasta que Suni tuvo
algo parecido a una silenciosa convulsión, gimió como un violoncello en la
última nota de un concierto y sus manos apartaron mi boca de su cuevita suave y
tibia y rica y mojadita.
-Abrázame- pidió con un hilo de voz y yo me recosté sobre
ella y nuestros senos se tocaron un momento.
Anduvimos abrazadas hasta la cama y nos tapamos con un
edredón porque el aire estaba frío, pero bastó que Suni me acariciara los
pezones y me rozara las nalgas con el vellón de su chochito calentito para que
me encendiera de vuelta, me estiré hacia el otro extremo de la cama, pasé una
pierna debajo de sus nalgas y seguimos después con una tribada, sentí su
conchita en la mía como una caricia danzarina que me volvía completamente loca,
traté de contenerme pero enseguida vi que Suni estaba acabando en otra
convulsión silenciosa y entonces sentí que por mi chuchi corrían hormiguitas que
me hacían cosquillas en el vientre, creí que me estallarían los pezones, volví a
gritar sin ninguna clase de inhibición y, apenas recuperé el aliento, sentí que
me quedaba dormida.
Me despertó una tempestad de besos a las dos de la mañana.
-Será mejor que me vaya a mi habitación- dijo Suni.
-¿No quieres quedarte?
-No puedo arriesgarme, soy dominicana, el gerente de este
hotel es amigo de mis empleadores.
La vi vestirse rápidamente y salió de mi habitación.
Al otro día la llamé bien temprano.
-¿Aló? ¿Suni? ¿Estás bien?
-Claro mi amor, te espero en el desayuno, pero antes tengo
que mandar un mail.
Me di una ducha y decidí que yo también mandaría un mail,
ahora tenía cosas reales para contarle a mi cibernovia.
Al bajar a la sala vi a Suni enfrascada en su laptop y me
senté en el otro extremo, ella pareció no verme y eso me inquietó.
Me conecté al Messenger para ver si tenía correo, y resultó
que el único mensaje era de mi cibernovia. Antes de que pudiera abrirlo vi su
nick en el Chat.
¿Mi vida? ¿Estás ahí?
Claro, estoy aquí, sí
¿Con tu españolita?
No… estoy sola
Pues… tengo para decirte que sí te puse cuernos anoche…
Cuéntame, le pedí mientras rememoraba mi noche con Suni.
Pues, es con una niña muy…
Muy qué…
Muy bonita, pero que tiene un chocho precioso, depiladito,
con un velloncito pequeño, tiene dos lunares muy bonitos en la entrepierna y un
botoncito hermosísimo…
Morbosa… eso es lo que eres… respondí… pues yo también te
puse cuernos, hice el amor hasta las dos de la mañana y… sólo entonces me di
cuenta de que la descripción de ese sexo tenía mucha, pero mucha similitud con…
con mi almejita… ¡Dioses!
Me levanté de mi asiento y caminé los diez pasos que me
separaban de Suni y la llamé por su nick. La vi dar un respingo, se puso de pie
de un salto…
-¿Cómo es que conoces ese nick?- preguntó y su voz retumbó en
la sala desierta. En ese momento entraban otras personas, una mujer rubia y
regordeta se dirigió a una de las cabinas telefónicas.
-Ven a ver- dije y Suni se me acercó…
-Yo… no te vi entrar… excúsame…
Le mostré toda la conversación que estaba aún en la pantalla
y, pese a que su piel es negra, la vi enrojecer mientras yo misma tomaba aire
para respirar porque esa sorpresa me había dejado sin aliento, las piernas se me
aflojaban, me sostuve de Suni para no caerme…
Cerramos las laptops y fuimos a desayunar. De la sorpresa
pasamos a la excitación, me sentía como si estuviera viviendo un sueño.
Apenas sí tomamos un café y comimos unos panecillos. Suni me
invitó a su habitación y la seguí, sumisa y obediente.
-Debemos hablar ¿verdad?
-Seguro…
-Esto tiene que tener una explicación- dijo ella
-¿A qué te refieres con "esto"? Pues mira, la explicación es
muy sencilla, dije mientras la abrazaba y le estampaba un beso y le desprendía
la blusa.
-La explicación- continué –es que estás hermosísima y las dos
estamos muy…
-Pues… tal vez sea eso- dijo lentamente y se quitó la blusa y
avanzó hacia mí, con esas tetas hermosísimas, apetecibles, vi en sus pezones las
letras invisibles de un mensaje que decía pruébame… y obedecí… mientras nos
desnudábamos y nos comíamos a besos, mientras sentía su lengua en mis pezones y
sus dedos hábiles entrando en mi chocho calentito pensé que todas las cosas
tienen una explicación, que ya tendríamos tiempo de explicar todo cuanto se
pudiera explicar, y cuando mi lengua fue explorando esa almejita mojada y tibia
lo seguí pensando, sólo dejé de pensar cuando nos trenzamos en un sesenta y
nueve encantador y voluptuoso, y sentí el deleite del orgasmo que me hacía
temblar y entonces supe que en verdad no hacía falta, mientras los senos de Suni
se apretaban contra mis senos, entendí que ya no hacía falta explicar nada, que
todo estaba explicado.