No Fui a trabajar
Yo creía que no iba a poder disimular, ante ella, lo que me
había pasado y tuve razón. Apenas llegó, me empezó a hacer preguntas.
- ¿Qué hiciste, mi amor, estos días?
- Nada, me quedé en casa, casi no salí, mas que para hacer
alguna compra, no vi a nadie.
- ¿Por qué? ¿Me extrañabas?
- No, si… Estaba sin ganas de nada. Me llamaron para ir a
cenar a lo de Carlos y Mariana, pero me excusé, estaba con fiaca.
Me miraba a los ojos y yo no podía sostenerle la mirada. Ella
caminaba por la casa y yo la seguía, creía que podía encontrar algún indicio,
alguna pista que le permitieran descubrir mi encuentro con Antonio, mis deseos
de vestirme como mujer o ambas cosas. Todo lo que hacía me hacía sentir
sospechoso y por más que quería disimular, hacía todo lo contrario.
- Estás algo nervioso… ¿Te pasa algo?
Mi esposa me hizo varios interrogatorios, unos más sutiles,
otros más insicivos, que yo resistí como pude y creí que no se había dado cuenta
de nada.
Pasaron los días y me contó algo que me hizo poner los pelos
de punta.
- Hace unos días que siento como que alguien está mirándome
del edificio de en frente… Traté de mirar un par de veces pero no encontré a
nadie mirando.
Traté de quitarle importancia, hasta le adjudiqué una
paranoia incipiente. Yo evitaba las ventanas y ya que no quería saber que
Antonio podría estar allí mirándome y no sabría como reaccionar y menos si
Sheila estaba en la casa.
Me sentía arrepentido de lo que había pasado el fin de semana
y quería borrarlo de mi vida. Hice varias veces el amor con ella y fue muy lindo
y placentero.
Dos semanas más tarde, de la llegada de mi esposa, creí ver
en la ventana a mi vecino y trataba de llamarme la atención, seguro que sabía
que Sheila no estaba en casa. Me hice el distraído. Por suerte, al rato se metió
dentro y desapareció de la ventana. Como una hora más tarde, salí a comprar unas
cosas que mi esposa me había encargado. Estaba yo pensando en cualquier cosa
cuando doblé en la esquina y escucho.
- Sole, Sole. – y escucho sus pasos corriendo hacia mí.
- ¿Qué te pasa? ¿Estás loco?
- Hace diez días que trato de habñllar con vos y no me das
bola.
- ¿Qué querés? ¿Qué mi esposa me mate?
- Te extraño. Me dijo con vos de enamorado.
- Bueno, lo lamento, pero no puedo.
- Me muero de ganas de estar con vos.
- Eso ya fue, pasó. Tenés que olvidarme.
- Lo intento, pero no puedo, me gustás mucho.
- Lo siento, me tengo que ir, estoy ocupado.
- Una vez más, solo para despedirnos. Te lo juro.
- No seas tonto.
- Una despedida…. ¿No tenés un día, una tarde, una noche para
despedirte de mí?
- ¿Cómo querés que haga?
- Venite a casa A cualquier hora, cuando quieras y puedas.
Charlamos un rato y si nos da la gana… que pase, lo que pase. Te pido tres o
cuatro hora, nada más.
- ¿Nada más? ¿Te parece poco?
- Creo que lo merezco
- Está bien. Por única vez. El viernes a eso de las siete de
la tarde.
Así quedamos. Toda la semana estuve recolectando ropa para el
viernes, en un bolso que suelo usar y que pasaría desapercibido.
Aproveche una llamada equivocada, para decir que había venido
a la ciudad un amigo que hacía muchos años que no venía y que habíamos quedado
en encontrarnos a tomar algo el viernes, así tenía el tiempo necesario para ir a
lo del vecino.
Salí de casa y con sigilo, crucé la calle y encaré la puerta
del edificio de Antonio. Entré de forma ligera, con el bolso colgando de mi
hombro. Estaba muy nerviosa.
- Hola, Pasá… Allí está el cuarto, donde te podés cambiar y
la puerta de al lado es el baño, yo te espero en la cocina. Pasé sin mirarlo y
entré en el cuarto. Sobre la cama había un par de bolsas de papel, de la más
grande colgaba un papel que decía "Esto es para vos, te quiero. Antonio". No
pude evitar zambullirme y abrir cada uno de los paquetes.
Una minifalda roja muy corta.
Una camisa blanca muy fina.
Un par de medias de red negras
Unas sandalias plateadas de taco aguja de diez centímetros
con tiras para anudarlas al tobillo. Se había gastado mucha plata, ya que todo
era de primera calidad.
Saqué de mi bolso el conjunto de tanga y sostén que me había
traído yo y el maquillaje y me fui vistiendo. Todo me quedaba perfecto. Estaba
excitadísima, era raro estar estrenando ropa y encontrarme en un lugar extraño.
Tenía muchas ganas de estar con él, cosa que no me había pasado hasta ese
momento. Fui al baño en busca de un espejo para mirarme, pero apenas me alcanzó
para maquillarme. Sin embargo me supe muy linda.
Los tacos anunciaban mi llegada. Me paré en la puerta de la
cocina y lo dejé que me admirara.
- Sole estás hermosa, más linda que nunca.
- Gracias. - le dije, y me dio vergüenza. Luego le agradecí
sus regalos.
- Te queda genial. – Recién allí se acercó y nos dimos un
beso largo y sinuoso.
- Podrías cerrar la persiana… No quisiera que nos vieran así.
– bajó la persiana y todo quedó en penumbras… Encendió un encendedor y fue
prendiendo algunas velas que tenía puestas en la habitación de forma
estratégica, creando una atmósfera muy romántica. Nos tiramos en el sillón y nos
empezamos a besar como locos.
Sus manos recorrían mi cuerpo y los dos gozábamos de esto.
Abrí su camisa y besé su pecho, el olor de hombre me enloqueció aún más. Con
apuro desabroché el pantalón y en instantes le estaba haciendo una hermosa
mamada, mientras él seguía acariciándome por todos lados.
Sin dejar de lamer su pene, me fue acomodando como para poder
jugar con su lengua, con sus dedos, mi cola. Sabía que estaba por eyacular, ya
que su verga estaba por reventar pero no dejaba de dilatar mi ano con maestría.
Lo hice acabar en mi boca, pero los siguientes chorros, brotaron en mi cara.
Estaba toda embadurnada del néctar que sale de su verga… Entonces el dejó de
lamerme el culo, para lamerme cara y perderse en mil besos, por todos lados,
hasta terminar en mi boca.
Pese a sus lamidas tuve que ir al baño para limpiarme y
arreglarme un poco, para estar linda para él.
Me saqué la camisa y la mini y quedé en tanga y sostén, con
las medias de red que me llegaba hasta el muslo y se sostenía con una liga de
siliconas. Las sandalias me hacían que mi culo pareciera el de una modelo.
Antonio aprovecho el descanso y sirvió dos, bellas copas con
champagne helado. Brindamos por nosotros y nos besamos, Descaradamente dejó caer
un poco de champaña en mi pecho y lo fue lamiendo hasta llegar a mis pechos,
corrió la tela del corpiño y mordisqueó, besó, lamió, mis tetas, haciéndome
creer que eran de talle noventa. Luego botó un poco sobre la raya de mi cola y
fue lamiéndolo hasta llegar a mi ano. Yo mojé su verga en mi copa y la lamí,
logré que nuevamente se ponga firme.
- Metémela. Haceme tuya.
Antonio se puso un profiláctico. Se acomodó, puso la pija en
el ojo de mi culo y empezó la difícil tarea de la penetración… Creo que me dolió
como si fuera la primera vez. Iba entrando y me iba partiendo en dos. Casi
estuve a punto de pedirle que la saque cuando se detuvo, eso me dio un poco de
aire, como para acostumbrarme. Pero todo lo bueno dura poco y volvió a
introducirlo un poco más. La verdad es que ese segundo intento dolió un poco
menos. En un tercer esfuerzo, logró meterla entera. Estuvimos sin movernos
algunos segundos y así me fue haciendo entrar y salir su polla.
Sentía como con cada penetración su verga iba tomando grosor
y me hacía sentir, cada vez más. Con violencia se agitaba sobre mí y me apretaba
mis pequeñas tetas, estrujándolas sin medir sus fuerzas. Antonio estaba como un
animal, sin control penetrándome como una máquina y haciéndome aullar de placer.
Acabó con ganas, pese al condón, sentí como descargaba litros de leche. Me
hubiera gustado que me lo hubiera dejado en mí adentro, pero no era prudente y
los dos los sabíamos.
Mi culo ardía, ni el bidet, podía suavizar el dolor y el
ardor que me había provocado esa cogida.
Después de unos besos y unas últimas caricias, me fui al
cuarto a vestirme, eran las once de la noche, era hora de volver a casa. Estaba
destruido.
Dejé la ropa que me había regalado dentro de una de las
bolsas, sobre su cama.
- Fue hermoso.
- Si lo que lo fue.
- ¿Lo haremos otra vez?
- No lo sé.
Cinco minutos más tarde estaba en casa. Sheila estaba en la
cama, mirando televisión. Antes de ir a verla, me fui al baño, me miré en el
espejo para borrar la última huella que me haya quedado en mi piel. Estaba
estropeado, trataría de acostarme y dormir sin dar muchas explicaciones.
Me acosté, le di un beso a mi esposa.
- ¿Te fue bien?
- Si, mas o menos. Estoy muy cansado. - y me di vuelta.
- ¿Te molesta que termine de ver la película?
- No, para nada.
Yo creí que todo terminaba allí, pero no saben lo equivocado
que estaba…