Sergio despertó pronto, o al meno para las horas en las que
solía hacerlo.
La noche anterior había discutido con Sara y se había
acostado a las 10, razón por la que no tenía demasiado sueño.
Se levantó y se acercó al espejo. Aunque tenía 20 años y
dentro de pocas semanas cumpliría uno más, su apariencia no era la de la mayoría
de los jóvenes.
Muchas chicas decían que era "mono", porque la verdad no era
feo, tampoco una belleza. Con el pelo negro rozando sus hombros, los ojos verdes
y bastante musculado. Pero su altura extremadamente baja para su edad, 1’57, y
su carita de niño, no favorecían a la hora de cosas serías, porque ya todos sus
conocidos opinaban que aunque era grande, para muchos era imposible pensar de él
sin evitar el tratarlo como a un chiquillo.
Sara, o Tara para muchos, era su novia, o eso intentaban.
Ella era hermanastra del peor enemigo de Sergio, aunque no interfería en su
relación. Tenía la misma estatura que él y 2 años menos, el pelo negro y rizado,
que le llegaba por debajo de los hombros, no mucho más y siempre solía decir que
como siguiese así, él tendría el pelo más largo; ojos negros y un cuerpo
precioso, de ahí venía el que fuera modelo.
Sergio siempre le preguntaba como podía haberse fijado en él
y siempre contestaba que era porque ella sabía como era en realidad, mas Sergio
no pensaba que ella lo supiese.
Se vistió y salió a la calle, aún pensando en la discusión.
No recordaba como había empezado, tan sólo sabía que discutían por celos. Sergio
no era una persona celosa en absoluto, pero Sara era muy liberal y demasiado
conocida por coquetear con todos, nunca llegaba a nada más.
Sara había quedado en ir esa tarde al apartamento de él,
aunque ya no tenía claro que ella fuese a ir. Aún así, necesitaba en algo para
arreglar las cosas y sabía perfectamente el qué, aunque tendría que pensar en el
cómo…
Sonó el timbre. Que raro, era demasiado pronto para que
llegara Sara, seguramente no era ella. Abrió la puerta y con una sorpresa que no
pudo esconder, comprobó que sí era la persona que esperaba.
¿Qué pasa?¿Ya pensabas que no iba venir? – dijo Sara, con
una sonrisa de oreja a oreja.
No…no, no pensaba eso… - Sergio mentía verdaderamente
mal, y mucho peor si tartamudeaba.
Ja, ja…Ya sabemos que a mí no me mientes, bueno, ni a mí
ni a nadie. Pero cuéntame, ¿Qué haces?
Esperaba que vinieras, yo no puedo olvidar las cosas.
¿Lo dices por lo de ayer? Me parece una tontería tener
que discutir de nuevo, ya sé que soy demasiado coqueta, pero no hago ningún
mal ni tengo intención alguna de dejarte.
Ya, claro. Lo que pasa es que no eres demasiado coqueta,
sino demasiado arrimada.
¿Qué quieres decir?¿Que me voy con el primero que me
encuentro? Eso no te voy a permitir que me lo digas, porque…
Pero Sara no terminó la frase. Sergio la empujó contra la
pared, poniendo los brazos por ambos lados de la cabeza de ella y la miró
seriamente.
No quiero pelear otra vez, solamente quiero arreglar las
cosas. No pido tanto
No se trata de pedir, se trata de…
Otra vez más, Sara se quedo con las palabras en la boca, esta
vez tapada por un beso de Sergio. Sin saber porqué, Sara sintió que ese beso
había sido el más largo del mundo.
Sergio le acarició el brazo derecho a Sara y le comenzó a
besar el cuello.
Quiero arreglar las cosas, no tenemos que pelearnos por
eso.
Ya…pero, pero digo que tampoco tenemos que arreglar las
cosas. No, no pasa nada. – dijo Sara, intentando zafarse de los brazos de
Sergio, sin conseguir nada.
¿Tienes miedo?
Esta pregunta le sentó a Sara como un jarro de agua fría. Se
quedó meditando mudamente, sin saber que responder. Quería echar a correr lejos
de esa situación instintivamente, pero no sabía por qué era…
No lo sé – respondió finalmente.
Yo creo que es hora de saberlo.
Aquella situación la había ensayado ochenta veces, sin
conseguir un buen resultado. Ahora se enfrentaba a ella de una manera fácil, sin
haber planeado nada.
Besó en la boca de nuevo a Sara y la agarró lentamente por la
cintura. Esta vez Sara no se opuso, aunque tampoco se entregó por completo.
Sergio la acercó hacia sí, la abrazó y le besó el cuello.
Lentamente, Sara apoyó su mano en el hombro de él. Para cuando quiso darse
cuenta de que ese movimiento era una invitación, ya no pudo dar marcha atrás.
En un instante, ella estaba recostada sobre la cama, que en
aquellos momentos era bendecida por Sergio, que se alegraba de que su piso fuese
tan pequeño que la entrada estaba muy cerca de la cama. Sergio se acercó
sigiloso a ella y posó su mano en la barriga de Sara, mano que lentamente fue
subiendo por debajo de la blusa hasta dejarla muy arriba. Pero no se la quitó,
tal y como pensaba Sara, simplemente se limitó a besarle la barriga, por cada
lado, cada centímetro de su piel, hasta conseguir que a Sara se le pusiera la
carne de gallina.
Sara se dejaba hacer, estaba inmóvil, sin poder reaccionar.
Hasta que Sergio hizo amago de quitarle la blusa, entonces ella se levanto lo
justo para que Sergio se la quitara, aprovechando también para quitarle el
sujetador.
Ante Sergio se encontraba algo que nunca había visto a dos
palmos de él. Los pechos de Sara no eran enormes, ni pequeños. Estaban a su
justa medida y tenían una forma verdaderamente apetecible. Sergio le acarició el
seno derecho, cosa que estremeció a Sara. Acercó su boca al pezón y lo besó con
verdaderas ganas, como si se le fuera la vida en ello. Mientras su boca se
encargaba de un pecho de ella, una mano se encargaba de el otro. Sara le agarró
el pelo con fuerza a Sergio, por detrás de su cabeza y apretándolo hacia ella,
otro movimiento de invitación, que esta vez Sara no tenía ni tendría ganas de
corregir.
La mano que l e sobraba a Sergio, se dirigió pícaramente
hacia la cremallera del pirata de Sara. Desabrochó el botón y bajó la cremallera
con gran maestría, a pesar de ser con una mano. Se alejó de los pechos de ella y
bajó hasta el ombligo, dando besos en cada lado. Le bajó los pantalones con
delicadeza, que cedieron sin oponer resistencia. Ante él se encontraba con un
tanga de color azul. Tampoco se fijó en más detalles de él, porque enseguida
desapareció del campo visual, quitándolo con más brusquedad que con el pantalón.
Sara se dio cuenta entonces de que ella estaba a merced de
él, completamente desnuda y que Sergio, al contrario, no se había quitado la
camisa. Pero al parecer él había decidido que aquella tarde tenía que ser para
disfrute de ella, exclusivamente, y sujetándola por los hombros, le impidió
alzarse.
Ella hizo amago de zafarse de Sergio, pero aunque fuese "un
niño", como muchos decían, tenía una fuerza considerable y Sara no podía hacer
nada por escaparse de aquella situación. Cuando Sara desistió en sus intentos,
Sergio volvió a sus tareas de antes.
Sergio observó como un detective en busca de pruebas
concluyentes cada parte de lo que se presentaba ante él. Para él y seguramente
para cualquiera, era perfecto. Rasurado considerablemente, pero sin estarlo
completamente. Las piernas cruzadas de Sara en un intento de nuevo vano por
evitar lo que en realidad quería, impedían a Sergio explorar los nuevos
horizontes. No le costó mucho separarle las piernas a Sara y observar con más
detenimiento.
En una ocasión que no se podía desperdiciar, mientras Sara
cerró los ojos instantáneamente, Sergio colocó su dedo índice en el clítoris de
Sara y lo presionó levemente. La reacción de Sara no fue otra que abrir los ojos
desmesuradamente y apartar la mano de él de un manotazo. Sergio entonces se
recostó sobre ella y la besó de nuevo, calmándole el temperamento y aprovechando
para volver a presionar con el dedo. Esta vez Sara no pudo hacer nada, ya que
Sergio se las había ingeniado para que no se pudiese mover con él encima.
Teniendo el campo libre, presionó con más fuerza y a trazar
círculos con el dedo alrededor del clítoris. La tarea se le hacía extremadamente
fácil al poder deslizar el dedo perfectamente debido a la humedad que la
excitación de Sara no podía controlar y, que a pesar de su comportamiento,
reiteraba una vez más que estaba deseoso de eso…y de más. Siguió un rato más con
esa tarea, mientras ella callaba los gemidos que eso le provocaba y después
Sergio introdujo en dedo por la vagina de Sara, pero muy despacio ya que al ser
su primera experiencia, no sería muy fácil meter algo ahí. Sara soltó un quejido
a medida que Sergio introducía más el dedo. Pero cuando estuvo dentro del todo,
y empezó a moverlo suavemente, ese quejido se convirtió en un gemido de placer,
que fue aumentando su intensidad.
Sara cerró los ojos y se mordió el labio, dejándose llevar
por las nuevas sensaciones que estaba sintiendo. Aprovechando eso, Sergio se
despojó del pantalón y del bóxer sin sacar el dedo de Sara, para que no se le
ocurriese abrir los ojos. Una vez hecho eso, penetró rápidamente en ella. Sara
se quejó dolorosamente, y Sergio sintió profundamente haber hecho eso, mas era
su única opción. Sergio se movió despacio dentro de ella, intentando causarle el
menor dolor posible. La besó y le lamió el cuello, mientras seguía moviéndose
lentamente. Sara se dejó hacer y no se volvió a quejar, dando a entender que ya
mucho no le dolía. Colocó una mano en la espalda de Sergio y la otra agarrándole
con firmeza el pelo, pero sin hacerle daño tampoco.
Sergio empezó a moverse con más soltura y fuerza,
arrancándole a Sara gemidos que ya era incapaz de contener. A partir de ese
momento, los dos se dedicaron a disfrutar, sin preocuparse por nada ni nadie,
solo ellos en ese momento imprevisible. Sergio no podía contener gemidos que
Sara había convertido ya en pequeños gritos. Ella le quitó la camisa a Sergio,
que para no desperdiciar la ocasión, había optado por no perder tiempo en
quitársela. Le mordió cariñosamente una oreja y llegó hasta su punto final, ya
no podía más, su orgasmo fue continuado por Sergio, que había llegado al mismo
punto que ella segundos más tarde.
Se mantuvieron así unos minutos, asimilando sus acciones y
entendiendo lo que acababa de ocurrir.
¿Tienes miedo? – volvió a preguntar Sergio.
Ya no, ahora que estoy contigo. Siento mucho lo que paso,
sé que a veces te trataba como un niño, acostumbrada a que todo el mundo lo
hacía y que era la mejor opción y la más fácil. Pero creo que has demostrado
no serlo, digo yo.
Todo el mundo seguirá tratándome igual.
Creo que lo más importante es que ya le has demostrado a
una persona como eres en realidad. Pero oye, ni se te ocurra demostrárselo
de la misma manera a los demás.
Los dos sonrieron, demostrándose el amor que se profesaban
mutuamente. No más mentiras ni enfados, era la promesa que se habían jurado sin
decir una palabra. En un momento que aunque Sergio intentó ensayar, no pudo, y
que sólo cuando lo deseó con todas sus ganas se vio capaz de hacer eso y
cualquier cosa. Se abrazaron fuertemente, sin querer separarse.
Sara se colocó encima de Sergio, dando a entender que creía
que él también tenía que disfrutar. Pero eso, ya es otra historia…