El jueves, Mario llegó un poco antes de
las 11, llevaba un saco de dormir, unas cervezas y un paquete de cigarrillos.
Ángel ya le estaba esperando, también había llevado cerveza y una manta. Se
rieron nerviosos.
Mario abrió el saco y lo extendió, se
sentaron, abrieron una cerveza cada uno, prendieron un cigarrillo y charlaron un
poco de cosas sin importancia, para romper el hielo.
Pasado un rato Mario se levantó y empezó
a desnudarse, pero Ángel le detuvo:
- ¿Te importa si lo hago yo?
- No, en absoluto. Adelante.
- y apartó las manos de su cinturón.
Ángel le quitó la camiseta descubriendo
su pecho duro y bien formado, rozándolo apenas con el dorso de sus dedos. Bajó
por su vientre plano y marcado y abrió el cinturón y los botones de sus
vaqueros, uno a uno, como si desenvolviera un regalo. Se le marcaba la polla
dura, le bajó los pantalones hasta los tobillos y sobó su vara por encima del
calzoncillo, la notó palpitar, mordisqueó la punta con los calzoncillos aún
puestos, Mario jadeó y Ángel agarró el elástico y lo deslizó por sus piernas
liberando la polla que saltó orgullosa. Mario se quitó él mismo los playeros y
pateó sus pantalones y calzoncillos, que habían quedado en sus tobillos, para
quitárselos.
-Ahora me toca a mí
desnudarte.
Desvistió a su amigo con calma y
ternura. Lo sentía estremecerse bajo su mano, al tiempo que le quitaba la ropa
le acariciaba su pecho lampiño, su cintura, su cadera, los muslos endurecidos
del ejercicio que practicaba. Su piel era muy suave al tacto. Sintió como se
endurecía su polla bajo las caricias.
Se tumbaron ya desnudos en el saco y
Mario se inclinó sobre Ángel, le besó suavemente, lamiendo sus labios. Besó sus
ojos, su nariz y su boca. Atrajo su lengua y experimentó con la suya, tanteando,
mezclando la saliva. Sus manos grandes exploraban su cuerpo. Ángel jadeó cuando
sintió su boca jugando en su pecho con sus pezones, succionando y sintió un
ardor que palpitaba en sus genitales.
Mario le contempló un instante,
deteniéndose en su pelo revuelto que le daba un aire rebelde, sus ojos dilatados
y profundos que brillaban como un fuego. La respiración y el deseo iban a la
par, sentía su corazón acelerarse y la sangre tronar en sus venas. Quería más.
Mario: Quiero follarte -
habló tan bajo que apenas le oyó.
Ángel: Pues hazlo.
Mario le miró a los ojos sorprendido, no
había duda ni vacilación en sus palabras.
Mario: ¿Tu también lo
quieres?
Ángel: Yo lo quiero todo de
ti, Mario.
Le abrazó con fuerza y empezó a repartir
caricias y besos por todo su cuerpo. Fue bajando por su vientre duro, su cadera,
sus muslos y por fin se detuvo en sus huevos que metió en su boca y su polla a
la que pasó la lengua. Los músculos de Ángel ondularon mientras se tensaba y
abrió sus piernas para facilitarle el acceso a la parte interna de sus muslos y
su culo.
Mario sintió su polla palpitando
anhelante, impaciente, mientras cambiaba de postura para colocarse entre sus
piernas y pasar la lengua por todos los lugares donde antes habían estado sus
manos. Se entretuvo en su pene, sus huevos y bajó hacia su ano. Ángel elevó un
poco sus piernas y Mario lo lamió y acaricio con la lengua y los dedos, haciendo
cada vez mas presión, preparándolo.
Ángel respiraba de forma espasmódica,
con la espalda curva y tensa, al sentir un dedo que trataba de entrar despacio,
poco a poco, moviéndose, entrando y saliendo.
- ¿te gusta lo que hago?-
respiraba acelerado y rápido.
- Si... pero métela ya...
quiero sentirte dentro. - estaba impaciente.
- ¿estas seguro? Quiero que
esto te guste y la tengo bastante grande, te va a doler.
- No me importa... métela...
fóllame Mario...
Mario agarró sus piernas y las colocó
sobre sus hombros, con una mano se sostenía y con la otra empezó a sobar su
miembro para distraerlo del posible dolor que sentiría, al tener por primera vez
una polla en su culito. Cuando empezó a meterla, lentamente, le miraba
directamente a la cara para notar cualquier signo de dolor y detenerse hasta que
se adaptara. Los ojos de Ángel no se despegaban de los suyos, apretó los dientes
y agarró el saco con los puños. Aunque le matara no pensaba quejarse, quería
aquello más que nada. Quería ser suyo. Que fuese el primero. El único. Le
quería.
Mario hacía un esfuerzo por contenerse,
tratando de penetrar con delicadeza en él. Sabía que le estaba doliendo porque
su cara no podía evitar reflejarlo, pero no se quejaba, mantenía la mandíbula
obstinadamente apretada. Empezó a retirarse y penetrar cada vez un poco mas
profundo, sintiendo como las paredes del ano le apretaban el largo de la polla,
resistiéndose a dejarlo entrar.
Ángel sintió un agudo dolor y no pudo
contener un gemido. Mario se quedó inmóvil.
Ángel: No pares... sigue...
métela toda... ya no me duele - le mintió. No quería que parara.
Mario sabía que mentía pero Ángel movió
sus caderas contra él, conduciéndolo mas profundo y Mario se hundió hasta las
pelotas, llenando su culo completamente, soltando un duro gemido que resonó en
la fábrica.
- aaaahhggg... Dios... Ángel
que bueno... ¿te hago daño? - se notaba la tensión en su voz, preocupada y
tierna.
-No, ya se pasó. No te
pares... dale fuerte. - le urgió, empujando sus caderas hacia la lanza que le
quemaba.
El ardiente placer/dolor consumía ahora
a Ángel, viajando a través de su cuerpo que retorcía contra el grueso pene
alojado en su culo. Llevó una mano a su pene para masturbarse al mismo tiempo.
La tensión estaba alcanzando la cima. Se
retiró otra vez y penetró con el placer absoluto de enterrar toda su joven polla
en el calor del ano de su amigo. Se movieron juntos. Atrapados en un ritmo
primitivo que Mario dirigía empujando ahora mas duro, ganando velocidad,
lanzándose dentro de él, deslizándose por el sensible tejido que lo agarraba. El
cuerpo de Ángel comenzó a temblar alrededor de él mientras gritaba y bombeaba su
polla frenético, sacudiéndose con su orgasmo golpeando al mismo tiempo que Mario
perdía el control.
Ángel repetía su nombre: " Mario...
aaaggh... siii.... no aguanto mas... me corro..." mientras eyaculaba, con un
orgasmo brutal, en su mano y en su pecho.
Mario: " Si... vamos... córrete para
mi..." y le llenaba por dentro al mismo tiempo.
Durante un instante eterno, los gritos
más profundos de Mario se mezclaron en armonía con los jadeos de Ángel, mientras
ambos se estremecían convulsos, disfrutando de un placer increíble y con un
alivio exquisito cayó encima de él.
Durante un buen rato sólo se pudo oír la
respiración de ambos. No podían moverse. Se habían entregado totalmente el uno
al otro. Sin querer moverse aún después de un rato. Estaban satisfechos más allá
de su imaginación mas desbocada.
Ángel: Creo que no voy a
querer levantarme nunca.
Mario: jaja, no estuvo mal
¿he? - se inclinó para acariciarle la oreja con la boca y besarle el cuello.
Después se tendió junto a él y le pasó
un brazo por debajo, de manera que su cabeza reposara en su hombro. Ángel se
acomodó, satisfecho, totalmente relajado, podía oír el latido del corazón de
Mario en su oído, olía su aroma almizclado y disfrutaba de su cálida piel. Nunca
lo habían mimado tanto.
Ángel: ¿La próxima vez me
dejarás que te la meta yo?
Mario: Sí, me encantaría,
pero ahora tenemos que movernos, empieza a amanecer y puede venir alguien.
Se escuchaban ya los ruidos de la ciudad
despertando. Se vistieron sin dejar de prodigarse caricias y besos. Recogieron
el saco y todo lo que habían llevado y con un último beso salieron de la
fábrica.
En el camino, Mario sacó su navaja del
bolsillo trasero de su pantalón y se la tendió a Ángel.
- Toma - le dijo - quiero
que la tengas tú.
Ángel: ¿Vas a regalarme tu
navaja? - estaba atónito, sabía la historia de esa navaja y cuanto la
apreciaba.
Mario: Sí, y te enseñaré a
utilizarla, ya es hora de que aprendas a defenderte. Aún me sorprende que hayas
sobrevivido tanto tiempo en un barrio como éste.
Ángel: Pero ... tu navaja
... no se que decir ... Gracias. - para él significó tanto como si le hubiera
dado su sangre. Como si sellaran un compromiso.
Mario le miró un instante a los ojos,
asintió y cada uno siguió su camino.
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Nada más entrar por la puerta, Mario
supo que estaba en problemas. Su padre estaba despierto, borracho, posiblemente
drogado, y cabreado. Seguro que había perdido todo lo que llevaba encima en una
partida de cartas y ahora iba a pagarlo con él.
Hizo una mueca y trato de evitarlo
pasando por su lado, pero Rafael (nombre de su padre) le detuvo bruscamente.
Rafa: ¿Donde mierda has
estado toda la puta noche?
Mario: Por ahí.- murmuró.
Rafa: Jodido hijo de puta,
no tienes ningún respeto.
Estaba claro que buscaba pelea, casi
podía verle escupir espuma por su boca, no habría forma de evitarlo.
Mario: ¿Miguel no esta? - ya
sabía la respuesta, si hubiera estado su hermano su padre no estaría metiéndose
con él, sabía que en una pelea, aún estando sobrio, Miguel lo tumbaría sin
dificultad.
Rafa: ¿Buscas a tu defensor?
¿que eres? ¿una débil mujercita? - con cada palabra iba acercándose a Mario que
retrocedía, vio algo en su cara que le dio tanto miedo que buscó su navaja en el
bolsillo trasero del pantalón, pero no estaba allí. Trató de correr, pero no fue
lo suficientemente rápido.
Su padre le atrapó en la puerta de la
cocina, lo metió dentro y le retorció un brazo hacia atrás hasta casi
rompérselo, obligándole a inclinarse sobre la mesa mientras escupía:
- Si vas a comportarte como
una puta mujercita, yo te puedo enseñar lo que se siente cuando te folla un
macho. - estaba fuera de sí.
Mario forcejeaba frenético. Nunca lo
había visto así, ni en los peores momentos había vislumbrado en su cara ese odio
y resentimiento mezclados con lujuria pura.
Su padre le desabrochó los pantalones y
se los bajó junto con los calzoncillos mientras la desesperación se apoderaba de
él.
- No, por favor, eso no. -
gritaba, forcejeaba y rogaba Mario - Cualquier cosa menos eso. - las lágrimas le
rodaban por las mejillas y suplicaba a pesar de que sabía que sería inútil.
Le dio una palmada fuerte en el trasero
que le dejó los dedos marcados mientras le gritaba que le molería a palos si no
se estaba quieto. Pero no podía, era imposible, le iba a violar y no había
nadie para ayudarlo.
Su padre desabrochó sus propios
pantalones con la mano que tenía libre, mientras con la otra estaba a un paso de
romperle un brazo a su hijo en su empeño de mantenerlo quieto e inclinado sobre
la mesa de la cocina.
Cogió su polla dura como un palo y la
metió en el culo de Mario empujando con todas sus fuerzas, solo consiguió meter
la cabeza, pero Mario sintió un ardiente dolor al desgarrarle la entrada del ano
y lanzó un grito que le salió del alma y de la impotencia, y que se oyó en todo
el edificio. Su padre le agarro el pelo y tiró de su cabeza para atrás, al
tiempo que volvía a empujar su polla con todas sus fuerzas en ese ano que un
minuto antes era virgen.
Le soltó el pelo para apoyar la mano en
su cadera, y le daba brutales azotes en el trasero al tiempo que empujaba sin
compasión. Con la fuerza de los empellones hacía que la cabeza de Mario golpease
contra la mesa. Rafa tenía la mente demasiado velada por las drogas y el
alcohol para oír sus gritos y sus gemidos. Mario estaba entumecido y dispuesto a
morir, deseaba morir. Perdió la noción del tiempo. Como de muy lejos, oyó los
gruñidos de placer de su padre, que luego se separó y retrocedió hasta quedar
apoyado en la pared, subiéndose la ropa y soltando el brazo de Mario que quedó
sobre la mesa con un hilo de sangre y semen corriendo entre sus piernas.
Rafa: Si le cuentas algo de
esto a Miguel,- dijo, jadeante y empapado de sudor.- puedes estar seguro que te
mataré.
Mario giró la cabeza y le miró con la
mente llena de las imágenes de todo lo que le había hecho. Inspiró profundamente
y sintió una punzada en los pulmones y la sequedad de la garganta, producto de
los gritos.
Le miró a los ojos, y en aquel momento
supo que sería capaz de matar a su propio padre.
Rafa: ¿porque me miras así?
no ha sido para tanto, apuesto a que lo disfrutaste.
Mario le miró con todo el odio de su
alma y le dijo:
- Que te jodan.
Su padre reaccionó con un furor que ni
siquiera Mario podría haber imaginado. Se lanzó sobre él de un salto, le tiró al
suelo y empezó a distribuir puñetazos. Se olvidó de todo, su furia estaba
totalmente desatada y nada podía contenerla.
Sus puñetazos golpeaban fuertes y
repetidos, aplastando hueso y partiendo piel. Al cabo de unos minutos no había
ni una sola parte del cuerpo de Mario que no estuviese magullada, sangrando o
rota. Cuando se cansó de asestar puñetazos y patadas, le agarró del pelo y le
estampó la cara contra el suelo.
- Mira lo que me has hecho
hacer - gritó - Es todo culpa tuya jodido cabrón.
Pero nadie oía sus palabras, la mente de
Mario había dejado de funcionar y su corazón se había parado.
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A Miguel le sobrevino un mal
presentimiento en cuanto traspasó la puerta del portal, según subía las
escaleras se hacía más apremiante, hasta casi hacerle correr el último tramo.
Se quedó inmóvil en la puerta de la
cocina durante lo que parecieron horas, pero que no pasó de diez segundos.
El cadáver de Mario yacía en el suelo,
en un ángulo imposible, cubierto de sangre, sudor, piel desgarrada y moretones.
Parecía que le hubiera atacado un animal salvaje. Aún tenía los pantalones y los
calzoncillos en las rodillas.
Cerró los ojos tratando de parar las
arcadas y se dejo caer al suelo, cogió en sus brazos la cabeza de su hermano
muerto y la acunó en su regazo. No sabía cuanto tiempo había pasado cuando se
levantó, arregló la ropa de su hermano (no quería que nadie lo viera así) y, por
primer vez en su vida, llamó a la policía.
No lloró a su hermano, ni entonces, ni
en el funeral, ni en el cementerio.
Dos días después encontró a su padre, a
las 2 de la madrugada, en un bar donde se jugaba una timba de poker, se dirigió
hacia él sin bacilar y delante de multitud de testigos, que horas después
jurarían no haber visto nada, le apuntó con un arma a la cabeza. Su padre
levantó la mirada de sus cartas y comprendió que iba a morir. La bala le dio en
la frente y la parte posterior de su cerebro se esparció por la pared donde se
apoyaba su silla, mientras las cartas caían sobre la mesa.
Después se dio media vuelta y salió del
bar sin mirar atrás.
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Ángel no podía creerlo, no quería
creerlo. Sintió arder la ira en su interior. Cayó al suelo sobre las manos y las
rodillas. Las lágrimas le cegaban, maldecía y sentía enormes deseos de gritar.
Cerró la boca y los ojos e inspiró con fuerza por la nariz reprimiendo una
violenta náusea. Ese día, él también murió un poco.
Tras el funeral, cogió una mochila que
tenía preparada y se marchó, dejando atrás el barrio que le vio nacer.
Murió a los 62 años en un accidente de
tráfico. Llevaba en el bolsillo trasero de sus pantalones una navaja con una
cruz de azabache en el mango. Y nunca olvidó a aquel muchacho que le enseñó a
querer en una fábrica abandonada.
FIN
Gracias por leerlo y espero sus
comentarios.