Siguiendo la línea de la mayoría de las historias aquí
publicadas, de las cuales soy asidua lectora, y a pesar de que prefiero no dar
demasiados datos que pudieran servir para identificarme, comenzaré por
presentarme. Mi nombre es Verónica, tengo cuarenta y tres años y vivo con mi
familia en una ciudad de la costa mediterránea española. Estoy casada con
Francisco, un empresario de cuarenta y nueve que fue mi primer y único novio
digamos... "formal", y al que conocí a los diecisiete. Tenemos dos hijos ya
mayorcitos pero que todavía viven con nosotros y cuyos nombres, sexo y edades
carecen aquí de interés.
Todo muy corriente, nada original, dirán ustedes. Así es.
Toda mi vida, desde que conocí a Paco, ha sido solo eso: rutina y mediocridad.
Con mi marido nunca hubo lugar para la aventura ni las sorpresas, y mucho menos
para las locuras. Todo, cualquier cosa que nos apeteciera hacer o se presentara
como una oportunidad en nuestras vidas, ha tenido siempre que ser previamente
analizado, planeado, previsto y presupuestado, y sin opción a modificar los
planes una vez decididos.
En lo referente al sexo, puesto que es el tema que nos
interesa, Paco nunca fue, para qué andarnos con rodeos, una fiera en la cama. Ya
de novios se contentaba con la paja que solía hacerle yo en el cine o en el
portal de mi casa, sin buscar nunca nada más y sin apenas ocuparse de mí. El muy
mamón apenas me sobaba los senos sobre la ropa y me tocaba entre las piernas,
metiendo la mano por debajo de la falda y frotando mi sexo sobre la tela de las
bragas, mientras yo lo masturbaba hasta que se corría, dejándome allí con la
mano pringada de semen y la entrepierna chorreando de ganas, por lo que casi
siempre me veía obligada a "consolarme" yo misma cuando regresaba a casa para
calmar mis ansias y gozar del liberador orgasmo.
¡Qué diferente era a los chicos de mi barrio! Aquellos
vecinos y compañeros del instituto, chavales de mi pandilla. Con ellos tuve mis
primeras experiencias y di mis primeros pasos, a los trece o catorce años, en el
mundo del sexo. Primero con juegos como las prendas, la botella o la cerilla, en
los cuales los "castigos" solían consistir en darse un beso "con lengua" con
alguno de los chicos, o incluso algún tipo de tocamiento. Confieso que ya por
entonces me encantaba saborear una lengua y sentir la mía chupada y mamada por
otra boca, por lo que tras esas sesiones de juego acababa siempre con las
braguitas bastante húmedas.
Con el paso del tiempo fuimos creciendo, nuestros juegos
volviéndose más atrevidos y todos buscábamos satisfacer deseos más allá de un
simple morreo. Con aquellos chicos nunca me quedaba a medias. Ellos no solo me
sobaban las nacientes tetitas sobre la ropa, sino que insistían hasta conseguir
que me quitara la camiseta para chuparme los pezones. Tampoco se contentaban con
acariciarme sobre las bragas mientras yo les pajeaba sus tiernas y jugosas
vergas, sino que ladeaban la tela y acariciaban con sus dedos ágiles mis
empapados labios vaginales, para seguidamente hundirlos entre ellos y proceder a
un mete y saca que en pocos minutos me arrancaban gemidos de placer y aportaban
deliciosos orgasmos.
Claro está que no solo de pajas nos contentábamos, como mi
Paquito. Con aquellos chicos me inicié también, entre otras cosas, a los
placeres del sexo oral. Con ellos descubrí la particular sensación de mamar una
verga, de sentirla dura y caliente entre mis labios, llenándome la boca,
follándomela. Sensación de placer y de poder a la vez. Placer por lo morboso, lo
gozosamente puta que me he sentido siempre follando un pene con la boca,
mientras con la mano le masajeo los testículos al interesado e incluso, si es de
su agrado, le penetro el ano con un dedito. Y poder por la conmovedora
vulnerabilidad del hombre en esos momentos, cuyas fuerzas y voluntades se
anulan; poder de tener rendido al potente macho solo con el roce de mis labios y
mi lengua, y sentir esa potencia brotar furiosa, inundarme la boca y resbalar
por mi piel en la forma de su esperma.
A pesar de la relativa y lógica torpeza debida a la falta de
experiencia, aquellos chavales me hicieron gozar a veces como una loca con sus
lenguas. Durante aquellas primeras lamidas aplicadas a mi virginal sexo me
hicieron descubrir lo divino que me resulta sentir una lengua ágil y juguetona
hurgándome por el coño, chupándome y lamiéndome el clítoris, cosa que me empuja
inexorablemente a explotar en intensos orgasmos.
¡Cuantas veces he rememorado con nostalgia aquella época y
aquellas juveniles travesuras! Con frecuencia las revivo en mi mente y las
integro en mis fantasías cuando me masturbo. Muchas veces me digo que con
cualquiera de aquellos muchachos habría podido ser más feliz y gozado de los
placeres de la vida durante todos esos años de juventud perdida en compañía de
mi marido, años que tengo la sensación de haber desperdiciado, tirado a la
basura.
Pero lo hecho, hecho está, de nada sirve lamentarse del
pasado. Dicen que el amor es ciego. Yo diría incluso que, a veces, el amor es un
auténtico cabronazo. Lo cierto es que, por lo que fuera, me enamoré de Paco y
enamorada me casé con él. Para el nacimiento de nuestro primer retoño, menos de
dos años después de la boda, ya se me había terminado todo el enamoramiento.
El colmo fue cuando Paco, hijo único y un calzonazos dominado
por su madre (que en paz descanse... ¡en el infierno!) se la trajo a casa a
vivir con nosotros cuando me quedé embarazada por segunda vez. Sin darme cuenta
acabé convirtiéndome en la sirvienta de mi marido y de la vieja bruja. Además,
estando ambos afectados por una tacañería enfermiza, apenas disponía del dinero
justo para hacer la compra diaria y tenía que justificar cualquier gasto
suplementario: si me compraba algún producto de belleza, un juguete para los
niños e incluso una simple revista.
Por otra parte, mi esposo comenzó a dedicar la práctica
totalidad de su tiempo a su empresa. Una pequeña empresucha local de servicios
informáticos, de bajo nivel y sin ambiciones en la que trabajan, además de él,
sus dos socios y menos de una decena de empleados, a los que el bueno de mi
marido explota pagándoles un sueldo mísero y obligándoles a hacer (por supuesto
de manera benévola) incontables horas extras. Una empresa, como dice una popular
expresión utilizada en mi tierra, "de chicha y nabo", pero que a pesar de todo
nos permite, al menos hasta hoy, tener una situación económica más bien olgada.
Nuestra vida sexual era (y lo sigue siendo) bastante
patética. Un coito rápido el sábado por la noche cada dos o tres semanas,
rutinario, sin pasión ni fantasía y durante los cuales muy rara vez llegaba yo
al orgasmo. Los únicos orgasmos de los que gozaba entonces eran los que obtenía
durante mis sesiones de masturbación, a las que recurría varias veces por
semana. Solía hacerlo aplicando el chorro de agua caliente contra mi sexo,
durante el baño, o en la cama, por la mañana al despertar sola una vez que Paco
se había marchado a la oficina, y donde me proporcionaba placer simplemente con
los dedos o introduciéndome en la vagina o en el ano un tubo vacío de pastillas
efervescentes que guardaba en mi mesita de noche solo para esos menesteres.
Con todo ello me sentía frustrada y anulada, como mujer y
como ser humano. Tenía la sensación de estar presa, cumpliendo una condena a
cadena perpetua que no conseguía explicarme como había podido merecer.
Comenzaron las depresiones e incluso llegué a cometer un par de tentativas de
suicidio.
Todo continuó igual hasta hace ahora aproximadamente dos
años, cuando un buen día me sorprendió Paco al presentarse en casa con unas
películas pornográficas. Reprochándome falta de pasión y deseo -"¡esta sí que es
buena!", pensé indignada- afirmó haber pensado que sería un aliciente para ambos
verlas juntos y que esperaba que me estimularían y añadirían un poco de
"picante" a nuestras relaciones. Me ofendió y asqueó que se justificara alegando
verse prácticamente obligado, por mi culpa, a ver ese tipo de películas.
Pero, como de costumbre, me callé y acaté sus deseos, y esa
misma noche, nada más acostarnos, puso una de las cintas en el vídeo de la
habitación. Yo al principio la miraba solo de reojo y con total indiferencia,
puesto que seguía bastante cabreada. Permanecí pasiva hasta que mi marido,
excitado por las imágenes, se me arrimó y comenzó a tocarme los pechos y a
acariciarme por todas partes. Fue entonces cuando con la intención de
facilitarle la tarea (aunque solo para que acabara lo antes posible y me dejara
en paz) me quité el camisón y las bragas, me abrí de piernas y comencé a prestar
atención a la película. Me sorprendió ver hasta que punto comenzó a afectarme y
estimularme.
Me excitaba enormemente ver esos hombres apuestos y viriles,
tan potentes y bien dotados. Envidiaba a las chicas que gozosas eran folladas
por ellos de todas las maneras posibles y durante largo rato. Incluso me
sorprendí a mi misma al descubrir como me excitaba el vocabulario crudo y vulgar
que utilizaban los protagonistas y al experimentar el deseo de ser tratada como
esa mujeres, con esa chulería machista que se veía en la película, siendo
utilizadas como objetos sexuales, penetradas una y otra vez por todas partes por
los machos, regadas por abundantes lanzadas de esperma caliente.
Me percaté que mi esposo estaba excepcionalmente excitado.
Por una vez su pene, el cual me arrimaba y restregaba contra el culo, se
mostraba bien erecto y duro. Yo también deseaba ser penetrada, follada, sentir
una buena verga machacarme y hacerme gritar de placer, como lo hacían las chicas
de la película. Al no tener otra opción que hacerlo con mi marido, adopté la
estrategia de colocarme encima de él, sentándome sobre su pija, abrazándole la
cabeza y colocando mis voluminosos pechos sobre su cara, para así evitar sus
asquerosos besos babosos y al mismo tiempo poder seguir viendo la película
mientras lo cabalgaba, imaginando ser poseída hasta el agotamiento por las
vigorosas trancas de los potentes sementales que fornicaban en la pantalla.
Fue un polvo muy satisfactorio para ambos. Por primera vez en
muchos años tuve un orgasmo intenso y realmente placentero con mi marido, a
pesar de que el origen y la intensidad de mis ansias y placeres se debían a la
película y en absoluto a él. Paco quedó jadeante y agotado, con una expresión
incrédula y bobalicona en su flácido rostro bovino.
-Joder cariño, has estado irreconocible, increíble, vaya
leona mi Vero, ¡quién te ha visto y quién te ve!
Tardó bastante rato en recuperar. Finalmente se levantó para
extraer la cinta del lector de vídeo y apagar la televisión. Recuerdo que al
verlo desnudo andando por la habitación en ese momento, me dije a mí misma...
"-Pero... ¿este hombre siempre ha sido así de fofo y barrigón? ¿Siempre tuvo esa
ridícula calva y esa cara de borrego gilipollas? Joder Paquito, ¡hay que ver el
asco que das!"
Pero aquella sesión de porno y sexo desencadenó algo dentro
de mí. Algo que dormía en mi interior se despertó esa noche, tras haber vuelto a
experimentar ese placer sexual intenso y salvaje, de cuya existencia ya ni me
acordaba, y todo gracias al morbo y al deseo que las pornográficas imágenes, el
ver a toda esa gente de la película gozando del sexo como bestias, me
provocaron.
Desde ese día con frecuencia, por la mañana, sola en mi cama,
vuelvo a poner alguna de las películas y me masturbo una y otra vez. Comienzo
colocándome la almohada entre las piernas, frotándola contra mi sexo, cada vez
más intensamente conforme va creciendo la excitación hasta hacerlo de manera
rabiosa y explotar en un delicioso primer orgasmo. Después sigo mirando la
película y me acaricio y dedeo el coño y el ano con suavidad. Como pronto vuelvo
a excitarme, continuo penetrándome con alguno de los vibradores de mi colección
(con el paso del tiempo el tubo vacío de pastillas resultó ser más que
insuficiente) o aplico alguna variante, como por ejemplo hacerlo con un pepino o
una zanahoria gorda que voy a buscar a la cocina y que recubro con un
preservativo lubricado.
Con todo ello vivo unos orgasmos sensacionales. Y mientras lo
hago sigo atenta a las imágenes e imagino ser una de esas mujeres y vivir
experiencias similares, como gozar de varios hombres a la vez, ser lamida y
tocada con vicio por ellos, postrarme a cuatro patas y ser penetrada por esas
vergas imponentes e infatigables para después acogerlas en mi boca, mamarlas y
sentirlas hundirse enteras en ella, acoger esas abundantes eyaculaciones,
saborearlas, sentirlas derramarse sobre mi piel y resbalar por ella.
Otra consecuencia de aquella primera sesión fue que aumentara
la frecuencia de las relaciones sexuales con mi marido. Animado por la
satisfactoria follada ante el televisor, se presentaba una o dos veces por
semana con alguna película nueva y la ponía por la noche cuando nos íbamos a la
cama. A pesar de que estimulado por las imágenes se animaba a lamerme un poco el
coño y dedicar algo de tiempo a los juegos previos a la penetración, cosas que
nunca antes había hecho, la calidad de sus "prestaciones" siguió, y sigue
siendo, bastante mediocre, por lo que yo continuaba obteniendo el placer y los
orgasmos gracias al estímulo visual de las películas y al de mi imaginación.
Yo lo que realmente deseaba, y cada día con mayor intensidad,
era gozar de otros machos, de otras vergas, de hombres deseables y viriles que
fueran capaces de hacerme gritar de placer por si mismos, sin necesitar poner
una película porno para encender mi deseo y darme satisfacción. Y también, para
que negarlo, ponerle unos buenos cuernos al pollablanda de mi marido, para con
ello tener la satisfacción de saberlo cornudo y humillado, y hacerle pagar así a
ese imbécil egoísta todos esos años de juventud perdida en su soporífera
compañía.
Comencé a vestir, cuando salía sola para hacer la compra o al
ir de tiendas al centro, de manera mucho más provocativa, con vestidos
ajustados, faldas cortas y escotes generosos que realzan mis opulentos senos.
Considero que me conservo muy bien para mi edad y me encanta (y excita) notar
las miradas que muchos hombres me dedican, cargadas de deseo y de vicio. Las
noto recorrer mi cuerpo entero de arriba abajo y me digo que bastaría con un
simple gesto de mi parte para poseerlos, para atraerlos y obtener de ellos todos
esos placeres que tanto anhelo.
Tampoco puedo evitar devolver algunas de esas miradas con
coquetería y simulada timidez. Sobre todo cuando se trata de chicos jóvenes y
musculosos, por el fuego y el vigor que adivino almacenan en su interior, o de
maduros elegantes y de aspecto cuidado, los cuales suelen dedicarme las miradas
más intensas y viciosas. Siento un deseo puramente sexual por ellos y admiro con
morbo los apetecibles bultos que sus paquetes marcan entre sus piernas.
Mi imaginación se dispara y me veo empujar a alguno de ellos
al interior de un portal y arrodillarme ante él, como una furcia. Abrir su
bragueta y tomar en mi mano la cálida y delicada masa de carne de su polla y sus
huevos, palparlos, pajear esa verga, tirar de su piel hacia atrás hasta
descapullar por completo su rosado glande y lamerlo, chuparlo, mamarlo,
sintiendo como va creciendo esa pija dentro de mi boca, como endurece y comienza
a follarme, oyendo a la vez las obscenas palabras y los gruñidos de gozo de su
propietario, y sintiendo su mano agarrarme la cabeza para acompañar el
movimiento de mi mamada hasta eyacular derramando chorros de esperma caliente
sobre mi rostro y mis labios... ¡me siento tan morbosamente puta cuando fantaseo
así! Una fantasía que he vivido a veces tan intensamente durante mis paseos que
incluso he tenido que entrar en los aseos de algún comercio para masturbarme.
Pero, por desgracia, nunca ningún hombre se decidió a
abordarme y hacerme una proposición directa. Creo que si alguno de ellos me
hubiera hablado, me hubiera manifestado su deseo por mi y propuesto educadamente
acompañarlo a alguno de los hoteles de la zona, habría aceptado con gran placer.
Pero eso, como digo, nunca sucedía.
Una tarde coincidí en un centro comercial, por casualidad,
con mi prima Carmen, a la cual hacía tiempo que no veía ya que vive en un pueblo
de otra provincia, colindante con la mía. Carmen es, para hablar claro, lo que
se suele calificar como una zorra. Algunos en la familia sabemos que a pesar de
ese aspecto de chica buena y decente, de tener esa carita de no haber roto un
plato en toda su vida, hace años que le pone los cuernos a su marido con el
primero que pilla. Incluso tuvo que abandonar una empresa textil en la que
trabajaba por culpa de los líos que montó en ella al acostarse con varios de los
dirigentes de la misma.
Nos sentamos en una cafetería, pedimos unos refrescos y
comenzamos a charlar. Nos interrogamos mutuamente sobre nuestras vidas y
nuestras familias. Reímos mucho cuando al abordar el tema de nuestros maridos
coincidimos ambas en calificarlos de aburridos insoportables y de decepcionantes
reemplazantes de nuestros vibradores. Con buen humor y envueltas en un halo de
secreto y complicidad, comenzamos a hablar de hombres y de sexo. Tras comentar
divertidas lo deseables que se veían tal o cual chico de los que por allí
pasaban, me atreví a confesarle que si la ocasión se presentaba no tendría
ningún inconveniente en dejarme follar por un buen macho y ponerle unos buenos
cuernos al pánfilo de Paco, pero que por desgracia, hasta ese momento, no se me
había presentado la oportunidad de vivir una aventura.
Carmen me animó a no reprimirme y liberarme, a realizar esas
fantasías y gozar de los placeres prohibidos los cuales, según afirmó, son los
más excitantes y satisfactorios. Me contó algunas de sus aventuras y me habló en
particular de uno de sus amantes, un hombre casado y muy vicioso de su pueblo
que había conocido, como a tantos otros, chateando por Internet.
Quedó muy sorprendida cuando le dije que yo no solo no
chateaba, sino que ni siquiera tenía ni idea de como funciona Internet. Me
propuso su ayuda y convenimos que una tarde de la semana siguiente vendría a mi
casa y me explicaría el funcionamiento e iniciaría en el mundo de Internet.
Utilizando uno de los ordenadores de casa, uno viejo que mi
marido había traído de su empresa pero que nadie solía tocar, Carmen consiguió
establecer una conexión y acceder a los canales de chat. También descargó e
instaló varios programas de seguridad y el famoso "msn". Me tomó algunas fotos
con su teléfono móvil, en posturas un tanto sugerentes pero disimulando mi
rostro, destinadas a ser enviadas a mis futuros amigos cibernéticos y para
colocarlas en mi perfil de usuario. Estuvimos liadas toda la tarde con el PC.
Apunté todas las manipulaciones que debía efectuar para poder hacer todo eso yo
sola. Pocos días después, gracias a esas notas y a algunas consultas telefónicas
con Carmen para aclarar dudas, era capaz de navegar por la red con relativa
soltura. Rápidamente me volví completamente adicta a ese nuevo universo que
acababa de descubrir.
Desde entonces me conecto cada vez que estoy sola y mis
tareas domésticas me dejan un minuto libre, en general por la mañana, antes de
preparar la comida, o temprano por la tarde. Visito páginas de sexo, en especial
las de contactos y aquellas, como ésta, dedicadas a los relatos eróticos, pero
sobre todo me encanta chatear y practicar cibersexo. A pesar de ser un mundo en
el que hay mucho imbécil suelto, pronto intimé con varios hombres en los canales
de chat, la mayoría de ellos, estudiantes de la universidad u oficinistas que se
pasan el día chateando desde el trabajo. Evidentemente, las conversaciones que
mantenemos son en general bastante "calientes", la mayoría de las cuales,
enardecidas por el morbo de lo prohibido y desinhibidas por el anonimato, me
excitan tanto que no puedo evitar masturbarme mientras las mantengo.
Tanto es así que ya me preparo para ello antes de conectarme.
Coloco una toalla en el asiento de la silla y me instalo en ella desnuda de
cintura para abajo. En general las bolas chinas vibran ya metidas en mi vagina y
uno de mis vibradores espera paciente, junto al teclado, a que cuando la
excitación se apodere de mí lo coja y me frote con él el clítoris para que
después, echando hacia adelante el coño y abriéndome de piernas, comience a
follarme con él mientras mi otra mano teclea torpemente, indicando a mi
interlocutor (o interlocutores) lo que estoy haciendo y les pide decirme las
peores guarradas para ayudarme a llegar al orgasmo.
Obviamente, la mayor parte de esos hombres siempre me
propusieron encuentros para realizar juntos las fantasías de nuestras
conversaciones virtuales. La tentación era muy grande, pero el sentirme
relativamente satisfecha tras los dos o tres orgasmos conseguidos durante el
chateo y el temor, pese a todo, a que mi marido pudiera descubrir mi traición,
me frenaban siempre e impedían aceptar esas citas. Bueno, siempre sucedió así,
hasta que fue Roberto el que me lo propuso.
Roberto era un estudiante de la universidad de mi ciudad, un
muchacho muy atractivo de veintitrés años que desde la primera vez que hablamos
me hizo gozar con sus proposiciones morbosas y sus palabras cargadas de deseo
por mí. Miembro del equipo de hockey de la universidad, vivía en un piso
compartido con otros tres compañeros de carrera y que también jugaban en el
mismo equipo. No tardé en confesarle que una de mis mayores fantasías era gozar
de varios hombres a la vez y él me sugirió un encuentro en su piso, junto con
sus compañeros, todos ellos como él, según afirmó, educados y respetuosos, pero
también muy aficionados al sexo.
Me comentó que eran todos muy activos en ese aspecto y que ya
habían montado los cuatro juntos orgías en varias ocasiones, tanto con una como
con varias mujeres. Me explicó que en general se trataba de chicas de su edad,
compañeras de la universidad, pero que también en una ocasión se lo hicieron con
una profesora de la misma, casi cincuentona, la cual gozó de todos ellos, como
también lo hicieron algunas otras mujeres maduras, conocidas en locales
nocturnos o por Internet. Para provocarme más si cabe y ayudarme a decidirme me
hizo llegar algunas fotos tomadas durante esas fiestecitas.
Confieso que ver a esos cuatro jóvenes y musculosos atletas
desnudos, con los sexos en erección y fornicando con mujeres que a las que se
adivinaba hacían gozar como locas, despertó de inmediato en mí el deseo de
entregarme a ellos. Por guardar un poco las formas, pero sin ocultarle mi
interés, le dejé insistir un poco para "convencerme" del todo. Tras varias
sesiones de charla y masturbación, tanto por el chat como por teléfono, decidí
una mañana aceptar su invitación y convenimos un encuentro para ese mismo día, a
las cuatro de la tarde en su piso.
Llegué a la hora convenida, loca de excitación pero también
muerta de miedo. No les negaré que dar ese primer paso, para por fin satisfacer
mis más íntimos deseos y hacer cornudo a Paco, me resultó difícil y durante todo
el trayecto en mi cabeza surgían toda clase de dudas, temores y preguntas. Casi
no podía creerlo, me disponía a entregarme no solo a uno, sino ¡a cuatro
hombres! Cuatro jovenzuelos desconocidos, cuyas madres podían ser mujeres de mi
misma edad. Corría hacia ellos excitada, atraída por el olor de sus vergas como
una perra en celo. Era yo la que vestida como una puta, solo con un ligero
vestido, sandalias de tacón y un minúsculo tanga, iba a su casa para ofrecerme a
ellos, para ser follada como una cualquiera.
Fue Roberto el que me abrió la puerta. Me encantó verlo por
fin en persona, tan guapo, sonriente y amable, ese chico al que nunca antes
había visto pero con el que ya había compartido bastantes orgasmos. Nos dimos
dos besitos en las mejillas y me invitó a entrar, acompañándome al salón del
pequeño piso, donde se encontraban sus compañeros. Me los presentó: Luis, Marcos
y Nacho. A pesar de que ya los había visto en foto me costaba creer lo que veía,
¡parecían todos top-models! Roberto me invitó a tomar asiento en el sofá y fue a
buscar a la cocina unos vasos y una botella grande de Coca-Cola.
Por fortuna, enseguida se disiparon mis temores y me sentí a
gusto y en confianza con ellos. ¿Como iba a ser de otra manera? Estaba en
compañía de cuatro magníficos chicarrones, muy bien educados y tan deseables o
más que los actores de las películas con los que tanto había fantaseado, y todos
estaban allí, sonrientes y mirándome con evidente deseo, dispuestos a hacerme
gozar y a gozar ellos a su vez poseyendo mi cuerpo. Solo el ser consciente de
estar en tal situación provocaba que notara mi sexo humedecer, ¡me sentía en el
paraíso!
Estaba sentada en el centro del sofá. Roberto y Marcos, que
parecían ser los más extrovertidos, vinieron a sentarse junto a mí, uno a cada
lado. Luis se encontraba en un sillón y Nacho se sentó en el suelo, junto a la
mesita del centro. Teníamos cada uno un vaso de cola en la mano y comenzamos a
charlar. Queriendo relajar la situación y guardar un poco de protagonismo, les
hice algunas preguntas banales sobre sus estudios. Me contaron como les iban y
como se las arreglaban para compaginarlos con el deporte y los trabajos
temporales que iban encontrando.
Al cabo de unos minutos, mientras Roberto me contaba su
experiencia como camarero en un club de parejas, noté como Marcos se me arrimaba
y colocaba una de sus grandes manos sobre mi pierna, un poco más arriba de la
rodilla. Al sentarme el corto vestido había remontado y mis piernas estaban
desnudas de medio muslo para abajo. Sentir el contacto y el calor de esa potente
mano en mi pierna me provocó un involuntario "¡Oh!", mezcla de sorpresa y
placer. Roberto se percató y sin dejar de hablar colocó a su vez una de sus
manos sobre mi otro muslo, aún más arriba, tocando la fina tela del vestido.
Sentí como mis pezones endurecían y al mirarme la parte delantera del vestido vi
como apuntaban ya rabiosos y descarados contra la tela del mismo, pidiendo a
gritos ser desnudados, pellizcados, chupados y mamados por alguna de las bocas
masculinas.
Los chicos se estaban excitando también. Obscenos y
tentadores bultos comenzaban a marcarse en todas las entrepiernas, bien visibles
gracias a la elástica tela de los chándales que vestían. Luis, que seguía
repantigado en el sillón y que todavía no había abierto la boca, se quitó sin
más el pantalón y me ofreció el increíble espectáculo de su monolítica e
impresionante pija erecta, la cual se agarró con una mano y comenzó a pajear
despacio, con una sonrisa burlona y viciosa en el rostro.
Los demás no tardaron en imitarlo y sin demora comenzaron a
desnudarse. Nunca hasta ese momento había sentido un deseo tan intenso, unas
ansias de sexo más salvajes. El ver esos cuerpos, esos cuatro magníficos hombres
desnudos a mi alrededor, tan cerca que podía sentir el olor de cada uno de
ellos, excitados también como animales, con esas imponentes vergas erectas y
dispuestos a entregarme su virilidad, me electrizaba el cuerpo entero y en una
décima de segundo decidí olvidar el resto del mundo y entregarme, no poner
ninguna traba, abandonarme por completo y gozar lo más que pudiera de aquella
tan deseada e inusual situación.
Marcos y Roberto volvieron a sentarse a mi lado, ahora
desnudos, y casi sin darme cuenta me encontré pajeándoles las pollas, con una en
cada mano, al tiempo que me besaba con Roberto, saboreando su lengua y
metiéndole la mía entera dentro de la boca. Marcos hizo deslizar por mis hombros
los finos tirantes del vestido, tiró de él hacia abajo y liberó mis senos. Tomó
el izquierdo en su mano, lo palpó unos segundos, como evaluando su consistencia,
y comenzó a pellizcar y a hacer rodar entre las yemas de los dedos el hinchado y
sensible pezón. Me provocó los primeros gemidos, un tanto tímidos, de sincero
placer, y animado por ellos se lo introdujo en la boca y comenzó a chuparlo y
mamarlo.
Nacho vino gateando hasta mí, separó mis rodillas, se instaló
entre ellas y comenzó a subirme la falda del vestido, tarea que le facilité
levantando un poco el trasero. Una vez que me lo había dejado enrollado en la
barriga como si fuera un cinturón, deslizó sus manos por los costados de mis
muslos y tras unas breves caricias sobre ellos y mis nalgas, agarró las finas
bandas de tela del tanga y comenzó a sacármelo.
Cuando me hubo quitado las bragas, volvió a deslizar las
manos como antes y agarrándome del culo me empujó firmemente hacia adelante.
Como seguía colocado entre mis piernas, estas se abrían más cuanto más me
deslizada hacia él. Se agachó sobre ellas y comenzó a besarme y lamerme los
muslos. Su cabeza iba subiendo por ellos y cuando ya podía sentir su cabello
rozarme la parte baja del vientre, llevó una de sus manos a mi sexo y comenzó a
acariciármelo, deslizando dos dedos por entre los labios arriba y abajo y
presionando sobre mi clítoris. Yo ya no podía hacer nada por reprimir mis
gemidos de placer.
-Vaya, no cabe duda de que quiere rabo la señora. Joder,
¡está chorreando! -Informó a los demás.
Entonces acabó de hundir su cabeza entre mis muslos y comenzó
a aplicarme intensos lengüetazos por toda la vulva. En solo unos pocos segundos
me hizo gozar del primer orgasmo de la tarde. Intenso y puro, placer animal.
Fue el primero de una larga serie. Les aseguro que la orgía
fue absolutamente increíble. Duró más de dos horas y durante todo ese tiempo yo
permanecí activa. Cuando alguno de los chicos se corría solía tomarse unos
minutos de descanso para recuperar, pero yo era solicitada permanentemente (¡y
bien contenta que estaba de serlo!) por alguno de los hombres. Siempre había
alguno con la polla tiesa del que ocuparse. Fui lamida y penetrada por todas
partes, en todas las posiciones, mamé todas las pollas y de las cuatro bebí
semen. Detallar todo lo sucedido sería demasiado largo, aunque sí que recuerdo
con especial emoción uno de los episodios. Digamos que fue el momento culminante
de la orgía.
Luis se había tumbado en el sofá y su verga, que había mamado
yo hasta ordeñarla minutos antes, comenzaba a recobrar vigor. Miraba como Marcos
me sodomizaba, tirado en el suelo y estando yo sentada sobre su pija, la cual me
clavaba entera en el culo al tiempo que, con los muslos abiertos, me dedeaba y
acariciaba el clítoris. Pronto el chico comenzó a gemir y tensando el cuerpo,
dando compulsivos empujones hacia arriba contra mi culo, eyaculó dentro.
-Ven aquí zorra, siéntate encima de esta polla, vamos,
fóllame a mí ahora. -Me ordenó entonces Luis.
Obedecí de inmediato, ya que cuando Marcos me había llenado
el culo de leche y su pene comenzado a reblandecer, yo sentía que estaba a punto
de tener un nuevo orgasmo. Pasé una pierna por encima del cuerpo del grandote de
Luis, le agarré la polla, me la coloqué en la entrada del coño y comencé a
empalarme en ella. Me la hundí en la vagina y comencé a moverme despacio,
mientras él me pedía que me agachara y le colocara las tetas sobre la boca, las
cuales agarró fuerte con sus manazas y masajeó, chupando, babeando y mordiendo
los pezones para precipitarme así al enésimo orgasmo de la tarde.
-Ostias Marquitos, ¡como le has ensanchado el culo! -Exclamó
divertido Nacho desde detrás de mí- Y bien encharcado que lo has dejado, ¿eh?
Mira, mira como le sale la leche a borbotones por detrás con las metidas que le
está cascando Luisito.
Al oír esas palabras y las risas que siguieron, volteé rápida
la cabeza y le miré directamente a los ojos.
-Deja de hablar y mete la polla ahí, mamón. Vamos nene,
fóllame el culo si eres un hombre. -Le reté.
Tras unos segundos de duda y quizás también de enojo por mis
supongo que inesperadas palabras, vino a colocarse detrás de mí, me agarró de
los riñones y sin miramientos me introdujo el pene en el ano, aún dilatado y
bien lubricado por el esperma de Marcos. Roberto, que volvía del baño en ese
momento, exclamó incrédulo al descubrir la escena:
-Joder con Verónica, ¡esta tía es insaciable, sí que tenías
hambre de pija, pedazo de putón!
Vino a colocarse cerca, nos miró follar durante unos minutos
al tiempo que se meneaba la polla. Finalmente, se arrodilló en el extremo del
sofá.
-Toma cariño, ocúpate de esta también... -Me dijo agarrándome
sin violencia de la cabeza y guiando su pene hacia mi boca.
A pesar de que necesitaba casi gritar por el tremendo placer
que sentía al encadenar orgasmo tras orgasmo con esas dos pollas taladrándome,
tomé la suya también y me la metí entera en la boca, hundiéndola en mi garganta.
Por primera vez en mi vida, estaba gozando de tres pijas a la vez. Me entregaba
a tres machos, tres maravillosas vergas me estaban follando simultáneamente. Y
las tres permanecieron en mí hasta llenarme culo, coño y boca de espeso y
caliente semen, algo que solo en mis más locas fantasías me había atrevido a
soñar en alguna ocasión.
Aquella aventura, por haber sido mi primera infidelidad pero
también una de las que más he gozado, es de las más entrañables e inolvidables
que he vivido. Incluso ahora he tenido que dejar de escribir un momento para
masturbarme, tan excitada estaba rememorando aquella tarde. Por desgracia, nunca
volvimos a repetirlo. Roberto y yo sí que seguimos viéndonos durante unos meses,
en general una vez por semana, hasta que terminó sus estudios y regresó a su
ciudad. Como acabé por conocerlo bien y confiaba en su total discreción, le
invitaba a venir a mi casa. Me encantaba ser follada por él en mi lecho
conyugal.
Luego por la noche, cuando Paco roncaba como un puerco tirado
a mi lado, me masturbaba recordando cómo pocas horas antes y en ese mismo lugar
en que se encontraba, le había vuelto a hacer cornudo mamando a Roberto su
pétrea y vigorosa tranca; como él, después de haberme comido el coño
deliciosamente, me había volteado sin miramientos y postrado a cuatro patas, con
la cabeza hundida en la almohada, y tras darme unos azotes en las nalgas me
había penetrado la vagina y el ano, agarrándome de los riñones y follándome con
esa furia, ese vigor que le caracterizaba, diciéndome esas cosas que sabía que
me hacían perder el control ("...toma polla, puta infiel y degenerada, goza como
una perra... te voy a inundar el coño con mi leche, cerda, luego pedirás al
cabrón de tu marido que te meta la lengua ahí y se coma los restos...")
haciéndome gritar de placer como una posesa y acabando por efectivamente
inundarme ambas cavidades con su esperma.
Confieso que hasta me encariñé un poco con Roberto. Espero
que hoy en día sea un hombre feliz y bien situado. Quién sabe, quizás lea este
relato, le guste y excite reconocerse e incluso puede que le anime a ponerse de
nuevo en contacto conmigo...
Pero han habido muchas otras aventuras, otros encuentros con
muchos otros hombres. Unas veces con uno solo, otras (pocas) con varios a la
vez, o dos aventuras el mismo día, una por la mañana y la otra por la tarde, con
hombres diferentes. Detallar aquí todas esas experiencias sería imposible. Los
resultados no siempre correspondieron, ni mucho menos, a lo que cabía esperar
tras la previa relación virtual. Algunos de ellos resultaron decepcionantes,
aunque muchos otros satisfactorios en mayor o menor grado, pero todos tienen al
menos un denominador común: la excitación, el morbo y el placer de saber que con
esos encuentros, cuando le chupo la polla a uno o varios hombres y
posteriormente soy follada por él o por ellos, cuando me corro gimiendo y
temblando de placer, todo esto mientras el mameluco de mi marido está pringando
en su miserable oficina, contribuyo a que el tamaño de sus cuernos se incremente
en varios centímetros.
Desde hace unas semanas me he calmado un poco, intento ser
menos promiscua y casi solo me veo con Federico. Fede, de treinta y seis años,
casado y padre de cuatro hijos, regenta un pequeño comercio de calzado en el
centro de la ciudad. Como la actividad en su negocio no es muy intensa, dispone
de tiempo libre y buena parte de este lo dedica a chatear y buscar contactos y
aventuras por Internet, ya que es, según se define él mismo sin pudor, un obseso
sexual.
Desde el principio me gustó Federico. No solo por su
imponente físico (apreciable en las más que osadas fotos que me envió por
email), sino también por su franqueza y lenguaje directo. No es de los que te
cuentan historias hipócritas de esposas amargadas y frígidas, cuyos cuerpos,
tras años de dejadez y varios partos, han inflado hasta volverse gordos,
flácidos y poco o nada deseables, pero que permanecen con ellas por pena y por
los hijos... ¡pobrecitos míos, mis nenes! Todo ello con el único fin de intentar
crear un sentimiento de solidaridad entre casados infelices, una sensación de
complicidad y la ilusión de que aquello puede ser el principio de una larga y
apasionada historia entre sacrificados seres incomprendidos, simplemente para
conseguir acabar follándote en cualquier hotelucho barato una tarde al salir de
la oficina.
No, Fede advierte desde el principio estar muy satisfecho con
su vida, no querer cambiar nada de ella y ni tan siquiera hablar del tema, no
hacer ni que le hagan preguntas. Solo busca sexo, puro y duro. Follar y punto.
Sus maneras son un tanto rudas y su lenguaje poco refinado.
Con su voz cavernosa, sus ocurrencias y sus proposiciones de lo más viciosas,
siempre conseguía que me masturbara con ganas y me corriera en pocos minutos. No
tardó en convencerme de ir a visitarlo a su tienda, donde trabaja solo. Un día,
tras una charla telefónica durante la cual nos habíamos masturbado ambos, me
propuso que acudiera al día siguiente, por la mañana sobre las nueve, a su
comercio.
Cuando llegué y entré tímidamente en la zapatería no había
ningún cliente y Fede estaba detrás del mostrador revisando unas facturas. Me
miró de arriba abajo durante unos segundos y sin decir nada, solo dedicándome
una sonrisa viciosa, fue a la puerta y la bloqueó con el pestillo interior,
colocó el cartelito de "CERRADO" y bajó una pequeña persiana para tapar la parte
acristalada. No hubieron grandes preámbulos. Volvió hacia mí y me fue empujando
con su imponente cuerpo, despacio, hasta arrinconarme contra el mostrador.
-Ya tenía ganas de tenerte aquí, zorra, me tienes loco de
ganas desde hace días, anoche hasta me jodí a la foca de mi esposa imaginando
que eras tú...
Mientras decía esto se quitaba la camisa, metía una mano por
dentro de mi falda, comenzaba a acariciarme el sexo con los dedos por encima de
las bragas y nos fundíamos en un desenfrenado beso salvaje. Estuvimos
comiéndonos las lenguas un buen rato, mientras nos quitábamos la ropa mutuamente
y nos masturbábamos el uno al otro, gruñendo y jadeando de placer y de vicio.
Me agarró de las axilas y sin aparente esfuerzo me levantó de
golpe con sus potentes brazos, para dejarme sentada sobre el rústico y sólido
mostrador de madera. Me empujó hacia atrás, hasta que quedé tumbada sobre el
tablón, agarró con ambas manos mis bragas y de un fuerte tirón, acompañado de un
gruñido, las desgarró y me las arrancó. Me agarró una rodilla con cada mano,
levantó y separó mis piernas y se precipitó como un loco entre ellas para
comenzar a comerme el coño con maestría.
Con su lengua grande, húmeda y caliente, me lamía entera la
raja del culo y el coño. Me succionaba el clítoris y me lo trabajaba
intensamente con la lengua. Después me mantenía abiertos los labios del coño con
los dedos y me lo follaba con la lengua. No paró hasta conseguir que me corriera
dos veces.
Desbocado de deseo como un cabrito, trepó también sobre el
mostrador y se colocó entre mis piernas, las cuales puso levantadas y abiertas
apoyadas contra su pecho ancho, duro y bronceado. Procedió a moverse lentamente
contra mí, adelante y atrás, frotando así su pija tiesa y dura contra mi
entregado y abierto coño. Mientras, me amasaba los pechos, me trabajaba los
pezones con los dedos y me decía obscenas palabras con su voz profunda ahogada
por la lujuria:
-Eres una jodida puta, pero ¡qué buena que estás, cabrona!
Imagina si te viera tu marido ahora, aquí tirada, encima de un mostrador y
abierta de piernas como una cerda, con mi polla restregándote el chocho... eso
te excita, ¿verdad? Sí, ya sé que sí, me lo has dicho muchas veces, que ese
hijoputa es un jodido cornudo y te creo, ya veo lo furcia que eres...
De vez en cuando se oía alguien que intentaba entrar en la
tienda y se encontraba con la puerta cerrada, lo cual añadía morbo a la
situación por el hecho de estar siendo follada y gozando a tan pocos metros de
por donde en ese momento deambulaban decenas de personas. Fede seguía
refregándome la verga por mi ya más que encharcada vulva. Me tenía loca.
-Fóllame, Fede, cabrón, fóllame ya, ¡por favor! -Le
supliqué.- Venga cariño, fóllame de una vez, clávame la polla, joder, que no
aguanto más...
Y así lo hizo, ¡vaya si lo hizo!Durante más de media hora me
estuvo machacando el coño, incansable, dejando solo de hablarme, de decirme
obscenidades, cuando se dejaba caer sobre mí para comerme las tetas, darme la
lengua y lamerme toda la cara y el cuello. Ignoro cuantas veces me llevó al
orgasmo, pero fueron varias.
Cuando sintió que iba a correrse, vino apresurado a meterme
la polla en la boca. No había hecho yo más que agarrarle los huevos de un puñado
con una de mis manos y comenzar a succionarle el glande, que entre gruñidos
comenzó a eyacular intensas lanzadas de esperma dentro de mi boca, tan
abundantes que a pesar de que tragué tanto como pude mientras seguía
chupándosela, por entre mis labios rebosaba buena parte de ese semen y
resbalando por mi barbilla caía goteando sobre la oscura madera del mostrador.
Una vez satisfecho, cuando los latidos rabiosos de su verga
se calmaron y tras habérsela dejado yo bien limpita con la boca, se retiró y
vistiéndose me indicó una puerta pequeña a su derecha. Me dijo que era un cuarto
de aseo y que podía entrar ahí para lavarme un poco y arreglarme. Cuando salí
del exiguo baño, Federico ya había abierto al público el comercio y llevándome
hacia la salida, me dijo a modo de despedida:
-No ha estado mal, tenemos que repetirlo. Ya te llamaré
cuando tenga tiempo y te diré cuando puedes volver.
De manera similar se desarrollaron el resto de nuestros
encuentros, que se producen al menos dos veces por semana. Todos... menos el
último, el cual tuvo lugar ayer por la tarde.
Me llamó a las tres, hora en que regresa de comer y abre la
tienda. Me dijo que tenía una buena sorpresa para mí y me pidió ir a verlo
enseguida. Yo tenía muchas cosas que hacer pero no dudé en dejarlo todo y acudir
rauda y excitada como una ninfómana a la llamada de Federico, como hago cada vez
que me requiere, ya que ese hombre, ese macho, me hace gozar de una manera
particularmente intensa.
Cuando llegué volvió a repetir el ritual del cierre de la
puerta, todo parecía normal, salvo un olor un tanto desagradable que me pareció
percibir al entrar. Me besó en la boca y me sobó con vicio las tetas sobre el
vestido. Entonces me llevó de la mano a la trastienda, corrió la cortina que la
separa del local y me pidió pasar.
-¿Hoy no me vas a follar en el mostrad... -Comencé a
preguntarle divertida y excitada, hasta que lo que vi allí me cortó en seco la
palabra: sentados sobre unas cajas, se encontraban dos hombres. Dos magrebíes de
entre veinticinco y treinta años, que me miraban fijamente con sus pequeños ojos
oscuros y brillantes.
-Bueno, aquí la tenéis, ¿qué os parece, no os engañé, verdad?
-Comenzó a decir Federico a los chicos.- Buena hembra y buena puta, como os
dije. Pero no seáis tímidos, venid, venid que os la presente.
Los moros se acercaron y al decir Federico sus nombres (Momo
y Rachid, creo recordar) me dieron la mano. En ese momento comprendí cual era el
origen del extraño olor que había notado al llegar: esos tipejos apestaban como
marranos. Olían a cuerpo sudado y resudado, sus ropas lucían numerosas manchas y
desprendían un olor agrio e intenso, calzaban zapatillas deportivas que algún
día habían sido blancas, pero que ahora lucían varias capas de negra mugre.
Volviendo la cabeza y hablando a Federico casi al oído, le susurré:
-Joder, Fede, esto no va en serio, ¿verdad? ¡No pretenderás
entregarme a estos dos putos moros!
Me agarró del pelo de un puñado y sin miramientos me tiró
contra una caja grande que había en el centro de la sala. Tras ponerme bocabajo
sobre ella, quedando con el culo en pompa, dijo en voz alta y rabiosa al tiempo
que me subía la falda con la otra mano:
-Estos señores son hijos de un buen amigo mío de Argel, con
el que hago negocios desde hace mucho tiempo, así que sé buena chica y
compórtate con educación y respeto. No me hagas quedar mal con ellos, no me
dejes en ridículo con tus tonterías o vas a hacer que me cabree.
Me acabó de remangar la falda bien arriba y le dijo a uno de
los chicos:
-Venga Momo, deja ya de mirarle el culo así, joder, ¡que te
vas a quedar bizco! -Hubieron risas.- A ver, ¿a qué estás esperando? Quítale ya
las bragas y fóllatela, hombre.
Por los sonidos adiviné que los jóvenes se desnudaban. Uno de
ellos comenzó a tirar de mi delicado tanga blanco hacia abajo y continuó hasta
que consiguió quitármelo. Yo me sentía mal pero, de manera un tanto
incomprensible, comenzaba también a excitarme. De repente noté como unas manos
me agarraban y separaban las nalgas, una cara se hundía entre ellas y comenzaba
a lamerme el culo. No pude evitar dejar escapar un gemido de placer. Minutos
después noté como me arrimaban una polla contra los labios del coño y comenzaban
a empujar torpemente: estaban intentando follarme.
-Fede, por favor, por lo menos que se pongan un condón,
-supliqué- que no me follen a pelo, que me da no sé qué...
-Deja de decir idioteces y cómeme la polla, zorra. -Obtuve
como respuesta, mientras Federico, que se había sentado en un taburete delante
de mí, se sacaba la pija por la bragueta abierta del pantalón y sin miramientos
me obligaba a chupársela, agarrándome la cabeza.
El moro que tenía detrás consiguió por fin meterme la polla y
comenzó a bombearme, mientras sus manos venían bajo mi cuerpo buscando mis tetas
para apretujármelas. El chaval no lo hacía tan mal y se le notaba una buena
pija, dura como un palo. Fue incrementando poco a poco el ritmo del mete y saca
hasta que este se hizo casi frenético, y en cada una de sus embestidas me la
clavaba entera y provocaba un sonoro choque de nuestros cuerpos, haciendo que a
pesar de tener la boca llena de verga, la de Fede, que mamaba mientras le metía
un dedo por el culo, como sé que le gusta, mis gemidos se hicieran sonoros y
continuos.
-Ostias chaval, ¡menuda tranca luces, cabronazo! Ven, ven y
ponte aquí que la vea la señora. -Oí decir admirativo a Federico, supuse que al
chico que esperaba su turno para follarme.
Percibí una sombra pasando por mi lado y finalmente pude ver
(¡y oler!) al hombre venir a colocarse junto a Fede. La tranca, que vigorosa
apuntaba al techo desde su base en la peluda y maloliente entrepierna del moro,
era realmente impresionante. Una columna de carne oscura de al menos treinta
centímetros de larga y de imponente grosor. Primero temí ser obligada a
chupársela, el hedor que desprendía me repugnaba y estaba segura de que
vomitaría si tenía que comerme esa polla. Seguidamente temblé ante la idea de
que ese cabrón tuviera la intención de metérmela por el culo, ¡me iba a reventar
si lo hacía!
Por fortuna, no fue así. Cuando su amigo, o hermano, se
corrió resoplando como un buey, el polludo corrió a ocupar su lugar y me metió
esa tremenda pija en el coño con unos cuantos empujones. Era maravilloso
sentirse follada y repleta con semejante tranca. El primer orgasmo que me
provocó fue tan violento que grité como una gorrina. El aguantó bastante y tardó
en correrse. Cuando lo hizo y finalmente se decidió a sacar de mi inundada
vagina su gorda morcilla húmeda, el primero volvió a recuperar la posición y
tras untarme el ano con la vaselina que le había proporcionado Federico, me
sodomizó.
Así siguieron, follándome a su antojo hasta cansarse. El de
la polla gigante lo hizo dos veces, haciéndome sentir el coño repleto de carne
como nunca antes lo había sentido, jugando mientras lo hacía a meterme dos dedos
untados de vaselina en el ano. El otro lo hizo tres, una en el coño y las dos
siguientes por el culo. Yo no cambié de postura en todo el rato, ya que Fede me
mantenía firme y obligaba a mamarle la pija, mientras miraba como me follaban
los otros y tomaba fotos con una pequeña cámara digital. Se corrió dos veces en
mi boca; yo perdí la cuenta de los orgasmos que tuve.
Cuando los chavales se acabaron de vestir y se disponían a
marcharse, Federico me ordenó no moverme hasta que volviera. Se guardó la polla,
se levantó y los acompañó a la puerta trasera del comercio, la de la entrada de
mercancías. Yo, además de gozosa, me sentía un poco incómoda, por la prolongada
y nada confortable postura pero también al suponer que los hombres podían verme
en esa posición realmente humillante, tirada sobre esa caja, con el culo desnudo
y levantado y las bragas enrolladas en los tobillos. Ladee la cabeza para
comprobar si me miraban y vi entonces como cada morito le entregaba un billete
de veinte euros a Federico y se despedían, entre risas y dándose vigorosamente
la mano. Me quedé pasmada, me costaba creer lo que acababa de ver.
-Fede, dime, ¿me has vendido a esos apestosos? -Le pregunté a
su regreso, todavía incrédula. ¿Como una vulgar ramera callejera, y por sólo
veinte euros cada uno?
-Veinte euros es mucho dinero para ellos, de todas formas, tú
no vales más. Y no te quejes, furcia, que bien que has gozado, como buena puta
que eres, ¿o no? -Me contestó tranquilo y sin ni siquiera mirarme, dirigiéndose
hacia la puerta de la tienda para abrirla.- Venga, ahora lárgate. Te subes las
bragas, te arreglas la ropa y aire, que tengo que abrir el negocio. Ya he
perdido bastante tiempo con tonterías por hoy.
Salí a la calle y tomé el camino de vuelta a casa. Iba
andando por las aceras sintiéndome una auténtica guarra. Había sido utilizada y
vendida como un vulgar puta, y como tal me sentía. Notaba como me mojaba el
semen que salía de mi vagina y de mi ano, tan abundante que mis pequeñas bragas
eran incapaces de retenerlo y caía chorreando por mis muslos. Marchaba gozosa,
con las piernas aún temblorosas de placer. Solo me preocupaba una cosa: me había
marchado sin rogar a Federico que no tarde mucho en volver a llamarme.
Nada más llegar a casa llené la bañera y me metí dentro.
Frotando mi piel despacio con la esponja, lavándome con los ojos cerrados y
rememorando la loca experiencia que acaba de vivir aquella tarde, me excité de
tal manera que no tuve más remedio que aplicar el chorro de agua caliente contra
mi coño y masturbarme como una ninfómana, obteniendo dos nuevos orgasmos casi
seguidos y quedando definitivamente rendida, agotada y satisfecha. Cuando
regresó Paco del trabajo, todavía estaba metida en el agua, y los platos de la
comida de medio día, aún sobre la mesa y sin lavar.
Ignoro si la lectura de esta confesión empujará al lector a
emitir un juicio sobre mi persona. Quizás piensen que me he convertido en una
zorra de la peor especie, como me calificó un tipejo hace unos días, despechado
cuando le comuniqué que nuestro encuentro había resultado decepcionante y que no
tenía la intención de volver a verlo nunca más. No es algo que me preocupe, en
absoluto. Tenía, y sigo teniendo, mucho tiempo perdido que recuperar; y hombres
dispuestos a satisfacer (y buscando activamente poder hacerlo) los deseos de una
mujer como yo, los hay a miles, a millones. La inmensa mayoría, casados o con
pareja. ¿Qué calificativo les merecen ellos?
Como decía en la introducción, no me remuerde la conciencia
ponerle a Paco esos cuernos que tanto merece, aunque sí que me pregunto a veces
si no estaré perdiendo un poco el control, hasta donde seré capaz de llegar y si
no debería quizás poner un límite e incluso evitar ciertas prácticas. A pesar de
todo, si tengo que elegir entre volver a ser un ama de casa modelo, dedicada en
exclusiva a servir a su marido y a sus hijos, frustrada e insatisfecha, y
sentirme viva y deseada, excitada todo el día ante la perspectiva de vivir
nuevas experiencias, cada una más loca y satisfactoria que la anterior, sentirme
toda una señora puta y gozar plenamente del sexo como tal, mi elección es, sin
duda alguna, la segunda opción.
Gracias por haber leído mi anónima confesión.
Verónica.