Recostada en un sillón una joven negra de ventidos años se
aburría dulcemente. Hacía mucho calor y vestía únicamente un tanta de color
amarillo. Era la hija del amo.
Sus pies descalzos reposaban sobre un muchacho blanco de unos
quince años. Estaba tumbado desnudo y las planta de los pies de su ama estaban
apoyados en sus nalgas.
De vez en cuando le hacia dar la vuelta y apoyaba sus pies en
sus testículos o pene jugueteando y provocando la erección del miembro del
jovencísimo esclavo. Ello le divertía y provocaba una perversa sonrisa.
A un lado la prima no paraba de mover un gigantesco abanico
que producía una enorme corriente de aire. De vez en cuando la negra con un
enorme látigo se encargaba de que su particular aire acondicionado funcionara a
tope. Vamos perra blanca no pares! Un par de latigazos y la temperatura
descendía. Todo negro tenía una blanca que lo abanique.
Recogida las cosechas los blancos eran dedicados a otras
tareas. Era un buen momento para dedicarlos a criar.
Esa labor era competencia de la negra de la que hablamos.
Desde muy jovencita le encantaba juguetear con los esclavos blancos. Tenía
apenas doce años y asombraba por su sadismo y sexualidad. Acariciaba sin ningún
pudor los penes de los esclavos y utilizaba la lengua de las esclavas para
calmar su incipiente deseo sexual.
Cuando cumplió dieciocho años viajó en un blanquero. Había
que verla con que soltura palpaba a los esclavos capturados. Como cogía el pene
lo acariciaba , lo chupaba y lo ponía firme. Como comprobaba su musculatura, su
dentadura.
Bajo un sol abrasador ordenó a los esclavos látigo en mano a
toda serie de ejercicios.
Les obligó a correr, a saltar hacia arriba y hacia abajo, a
saltar en cuclillas a hacer flexiones a cargar pesadas piedras y ello a
latigazos. Los negros y ella se divertían y reían a carcajadas. Los blancos
estaban agotados sudaban y tenían heridas sangrantes por todo el cuerpo
especialmente en la espaldas culos y piernas.
Había que tener cuidado con la selección del ganado humano,
solamente los más fuertes y jóvenes garantizaban la rentabilidad. En el viaje de
regreso le encantaba contemplar a los blancos desnudos y encadenados por los
tobillos manos y cuello bailar en la bodega.
Con una mano se tocaba el coño y con la otra sujetaba el
látigo: bailad malditos blancos!
También bajaba a la bodega y se entretenía mirando a aquellos
desgraciados tumbados, centenares de planta de pies asomaban en los cuatro pisos
que de vez en cuando se movían todo lo que podía hacerlo con sus tobillos
encadenados. Si alguno estaba muy quieto le cruzaba la planta del pie con un
latigazo. Un grito le advertía de que el esclavo o esclava seguía con vida.
Pero otra forma de obtener nuevos animales humanos era
criarlos en lugar de capturarlos. Y a esto de dedicaba la joven estos dos
últimos años.
Reunió a varias docenas de jóvenes esclavos entre 18 y 35
años. Muchas hembras eran ya madres de varios hijos, había una de 34 que tenía
16 crías.
Una de las más jóvenes con 18 recién cumplidos llevaba una
cadena en el pie en cuyo extremo se encontraba una enorme bola de hierro. Hacía
un par de meses se escapó de la plantación. Fue inútil los perros de presa
dieron con ella . Llevaron a los perros a oler el sitio donde dormía. La
cazaron. La trajeron encadenada de pie a un caballo a la vez que otro hombre
también a caballo la azotaba la espalda. Una vez en la propiedad la azotaron
hasta que perdió el conocimiento.
La prima fue emparejada con un tipo bastante fuerte y
repugnante. No era precisamente su tipo. A la vista de todos y sin ninguna
intimidad fueron obligados a realizar el acto sexual. Sin ningún preámbulo. Sin
romanticismo el bruto se puso encima de mi prima. Esta con cara de repugnancia
pero el macho si se lo pasaba en grande. En pocos minutos 3 o 4 se corrió
dentro. Varios negros esperaban con cubos de aguas. Cuando comprobaron que el
monstruo dejó de moverse arrojaron el agua sobre su
espalda, el macho se apartó y parte del agua helada cayó
sobre la prima tumbada boca arriba. Lanzó un grito y se movía de un lado a otro
se revolcaba hacia arriba y hacia abajo llorando y llevandose las manos a su
parte íntima. La negra sonrío satisfecha.