La Magia del Amor en un Universo Imposible
Somos conciencia y la conciencia
es todo lo que existe.
Z. R.
Lo esencial es invisible para el ojo.
de Saint-Exupéry
Me encuentro sola en mi habitación, es de noche, la luna está
casi llena; en silencio, bastante extasiada, la contemplo fijamente a través de
la ventana. La estancia se encuentra bañada con la suave y delicada luz de la
Diosa de plata. El jardín interior de la casa, hacia el cual da mi habitación,
se encuentra también cubierto por aquella mágica luminiscencia, parece un jardín
encantado, hasta creo ver algunas hadas y duendecillos jugueteando entre las
flores. La irrealidad de aquella escena me ha hecho sentir tan embelesada, que
por algunos momentos he perdido la noción del tiempo. Después de algunos
minutos, no sé cuántos exactamente, mi mente ha recordado que debo continuar con
los preparativos de mi viaje para mañana con Marcela a la cabaña de montaña de
mis padres. Este es un paseo que mi amiga y yo realizamos todos los años en el
mes de diciembre, desde que ella y yo estudiábamos el último año de bachillerato
en el liceo antes de ingresar a la universidad. Al principio íbamos con mis
padres, pero conforme el tiempo fue pasando y Marcela y yo nos graduamos —hace
dos años— ellos ya no vienen con nosotras; y el viaje lo hacemos solas.
¿Cómo nos hicimos amigas Marcela y yo?… bueno…fuimos
compañeras en el liceo pero realmente no lo recuerdo, no recuerdo exactamente
cómo comenzó nuestra amistad, pero sí debo decir que fue un afecto que poco a
poco fue creciendo, cada vez más y más hasta que llegó a convertirse en un
sentimiento muy profundo, y con el tiempo todavía más… mucho más…
Pero… ¿cómo empezó todo lo demás…? Aah… sí, ahora lo
recuerdo, las reminiscencias vienen tan claras a mi mente; es como si estuviera
viviendo todo de nuevo…
La primera vez que fuimos a la cabaña recién terminábamos
nuestros estudios en el liceo, nunca antes había llevado a ninguna compañera a
mi paseo anual. Recuerdo que pasamos diez días muy alegres en compañía de mis
padres y también paseando nosotras solas por los bosques de los alrededores de
la cabaña. Pero hay algo que nunca podré olvidar. La tercera vez que fuimos de
vacaciones, fue para mí un despertar, algo maravilloso. Recuerdo aquella mañana
en que Marcela y yo salimos a caminar por el bosque, entre los pinos y que, sin
proponérnoslo, nos tomamos de la mano y continuamos así nuestra caminata,
llegamos hasta un monte con bastantes pinos y decidimos subirlo; cuando por fin
alcanzamos la cima, con bastante esfuerzo, nos encontramos con un pequeño claro
y, puesto que nos sentíamos bastante cansadas por el ejercicio de la subida, nos
acostamos sobre el pasto para poder descansar un poco y saborear el aire de la
montaña. Marcela se encontraba junto a mí, acostada sobre su espalda y con uno
de sus brazos colocado sobre sus ojos como protegiéndolos del sol. De pronto se
dio vuelta quedando boca abajo, y recostó la frente sobre sus brazos
entrelazados sobre el pasto; de esa manera continuamos conversando durante
breves momentos, hasta que de repente se incorporó un poco, apoyándose sobre sus
manos, y luego acercó su cara a la mía y me dijo:
—Perdóname, Beatriz por lo que voy a hacer.
— ¿Qué es lo q…?
Marcela no me dejó terminar la pregunta, pues posó sus labios
sobre los míos impidiéndome hacer cualquier cosa. Aunque… a decir verdad no
deseaba hacer nada, si bien es cierto que me sentía sorprendida, realmente muy
sorprendida; el beso de Marcela fue algo que supo a cielo, bueno… no sé como
será el cielo, tampoco sé si existe; pero aquel beso, el primer beso que me
diera Marcela realmente me transportó al mundo de la felicidad. Me agradaba,
quería abrazarla para que no se retirara, mas sin embargo algo me lo impedía,
algo me hacía creer que no estaba bien que ella me besara, y mucho menos que yo
la abrazara con el objetivo de que aquella situación placentera se prolongara. A
pesar de todo no pude más, mi resistencia interna cesó y, aun cuando no la
abracé me lancé, cerrando mis ojos, al encuentro de aquel placer inmenso e
indescriptible para mí en aquel momento. Mi cuerpo no se movió, me quedé quieta,
simplemente sintiendo aquella delicia con cada fracción de mi ser. De pronto la
boca de Marcela se entreabrió y la mía, como en un acto reflejo hizo exactamente
lo mismo. Sentí su calido aliento, su lengua penetrando despacio buscando la mía
que, casi involuntariamente, tímidamente salió al encuentro de la de ella. ¿Qué
ocurrió después?... Sentí…un… un… estremecimiento en todo mi cuerpo y luego me
sumergí en un océano de placer… después… calma… tranquilidad. No he podido
olvidar ese momento, ni creo poder hacerlo alguna vez.
No estoy segura cuántas veces en esa vacación tuvimos la
oportunidad de darnos placer la una a la otra pero sí sé que fueron varias
veces. Era un placer tan especial, no recuerdo haber disfrutado algo parecido
nunca con nadie. Un amor, un sentimiento tan dulce, tan tierno, no hubiera sido
posible con ninguno de los novios que tuve.
Alguien tal vez pudiera preguntarse porqué es que vamos todos
los años de paseo a esa cabaña que queda en las montañas; y pienso que estaría
en lo cierto si piensa que es para poder estar juntas y solas Marcela y yo; pero
esto, aun cuando es la razón principal de nuestro viaje anual, no es exactamente
el motivo completo, hay mucho más que agregar, cosas que quizás no convenga que
sean alguna vez contadas.
Un año después de aquel beso, que yo llamo iniciatico, pues
me inició en placeres tan dulces y especiales que ahora yo no cambiaría por
nada; ocurrió un día por la mañana que nos internamos en una parte del bosque
por la cual nunca antes había caminado; ciertamente que Marcela y yo estábamos
buscando un lugar en el cual pudiéramos sentirnos aisladas para poder dar rienda
suelta a nuestros sentimientos. Y así de esa manera, caminando un poco sin rumbo
pero teniendo el cuidado de no desorientarnos, llegamos a un pequeño claro del
bosque, nos detuvimos un momento para decidir por dónde continuar pero, mientras
esto hacíamos, una señora bastante joven salió prácticamente a nuestro
encuentro; a nosotras nos extrañó bastante pues nunca nos habíamos encontrado
con nadie en nuestras caminatas.
—Buenos días —dijo la extraña señora de forma afable y
continuó— ¿disfrutáis del fresco de la mañana?
—Sssi, ciertamente —respondió Marcela un tanto insegura.
—Veo que os agrada la naturaleza
—Eeh, bueno… sí, ¿por qué lo dice?—me atreví a responder un
tanto temerosa.
—Verán, eso es fácil de adivinar, dos chicas como vosotras en
medio de la naturaleza en esta época del año no es algo común, pues la mayoría
prefieren estar en la ciudad visitando centros comerciales y almacenes de
departamentos, escogiendo lo qué quisieran que sus padres, parientes o sus
novios les regalasen para navidad. Pero vosotras estáis aquí y, por lo que veo,
muy contentas.
Un cierto estremecimiento recorrió mi columna vertebral,
«esta señora seguramente nos ha visto alguna vez cuando estamos juntas en el
bosque con Marcela haciéndonos cariño» pensé; y luego sentí temor de que fuera a
amenazarnos con decirles algo a mis padres pero no, no nos amenazó de ninguna
forma. Mas bien la charla continuó de una forma fluida, aquella señora emanaba
cierta calma y amenidad al conversar.
— ¿Cómo os llamáis?
—Mi nombre es Beatriz—contesté yo primero, ahora sin ningún
temor.
—¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
—Marcela.
—Es interesante—dijo la extraña señora.
—¿Qué?—quiso saber Marcela.
—Tu nombre significa: "la que está unida al cielo y al mar" y
el tuyo, Beatriz, significa: "bienaventurada". De manera que pudiera decirse que
tú, Beatriz, eres bienaventurada por estar unida al cielo y al mar. Ambas, por
vuestros nombres, sois compatibles con los signos astrológicos de Aries y
Sagitario. Tú, Marcela, eres el sentimiento y la emotividad; en tanto tú,
Beatriz, eres la creatividad, la expresión y la seducción. Ambas os
complementáis muy bien. Y ambas habéis escogido la montaña, la calma del cielo.
Me quedé extrañada, lo que aquella señora acababa de decir me
daba a entender que algo sabía de nuestra relación con Marcela; pero también mi
curiosidad aumentó por saber quién era ella; era alguien que parecía saber de
cosas ocultas. Quizás, pensé sonriendo internamente, igual que en los cuentos de
hadas, era la bruja que quería llevarnos secuestradas a su choza del bosque.
Pero no, su aspecto no tenía nada de bruja, era una señora muy elegante y
bastante culta, pero… nunca se sabe…
—¿Anda usted también de paseo por aquí? —me atreví a
preguntarle.
Pero su respuesta me dejó aun más desconcertada.
—Siempre que deseéis encontrarme en la naturaleza, me
encontrareis. Siempre que admiréis la naturaleza estaré cerca de vosotras.
No supe qué pensar, por un momento comencé a creer que ella
no estaba cuerda. Sin embargo la conversación continuó por un momento más; y
como si hubiese adivinado lo que había estaba pensando de ella, dijo en un tono
suave:
—¿Pensáis acaso que perdéis el tiempo conversando conmigo?
—No, de ninguna manera—se apresuró a responder Marcela.
—Bien jovencitas—dijo la señora después de acompañarnos unos
minutos— creo que os acompañaré hasta aquí; estoy segura que encontraréis
fácilmente el camino de regreso a vuestra cabaña.
«¿Cabaña?» pensé, «¿Cómo sabe que vivimos en una cabaña?»
La señora se despidió de nosotras con una sonrisa y luego se
internó entre los pinos del bosque; pero de pronto pareció evaporarse. Marcela y
yo sentimos curiosidad de saber por donde se había ido y corrimos hacia donde la
habíamos visto desaparecer. Pero nada, no logramos localizarla, prácticamente se
había esfumado. Literalmente se había desvanecido en medio del bosque.
Regresamos sobre nuestros pasos, buscamos un lugar en donde descansar un
momento, encontramos un lugar que nos pareció bien y nos sentamos sobre el
pasto. Por un momento estuvimos lucubrando sobre quién podría ser esa señora;
sin embargo, ese pensamiento se fue alejando poco a poco de nuestras mentes y
comenzamos a ser conscientes de que ambas nos sentíamos muy alegres sin causa
alguna aparente. Y, como se han de imaginar, nos pusimos a juguetear un poco,
nos besamos apasionadamente y nos hicimos algunas caricias. Pero no podíamos
alejar de nuestra mente la idea de que alguien pudiera estar observándonos.
Durante la cena, por la noche, pregunté algunas cosas a mi
padre.
—Papá…
—¿Sí?
—¿Hay otras personas que vivan o que tengan cabañas para
pasar vacaciones cerca de la nuestra?
—No, realmente no, nuestros vecinos más cercanos, por decirlo
de esa manera, están a unos 15 o 20 kilómetros de aquí, siguiendo la carretera
principal.
—Mmmm, eso está bastante lejos—comenté.
—Sí, bastante lejos—agregó mi padre.
—¿Porqué haces esa pregunta?—Quiso saber mi madre.
—Bueno, es que…
—Es que… hoy por la mañana nos hemos encontrado con una
señora que se ha quedado conversando con nosotras y acompañándonos durante casi
una hora—intervino Marcela.
—¿Cómo era esa señora?—quiso saber mi padre.
—Joven, agradable, de buenos modales…
—Y bastante bonita—agregó Marcela.
—Mmm, nunca he sabido de una señora que ande caminando sola
por estos bosques. Me parece bastante extraño, pero a lo mejor tenemos nuevos
vecinos en algún lugar que se encuentre cerca de nuestra cabaña y yo no me he
enterado. Pero… no estoy realmente seguro. Como quiera que sea, chicas, tened
cuidado, no os confiéis demasiado.
A nosotras nos parecía también extraño, pues conocíamos
bastante bien aquellos bosques y nunca habíamos visto señales de que alguien
viviera cerca. Pero bien, por lo pronto decidimos olvidarnos de aquel extraño
suceso y continuar disfrutando de nuestro paseo, pues queríamos aprovechar cada
momento que estábamos solas para… bueno…disfrutarlo al máximo, yo de Marcela y
Marcela de mí; lo cual tenía que ser en el bosque, pues en la cabaña estábamos
prácticamente bajo la vigilancia de mis padres. Aún cuando nosotras continuamos
con nuestras frecuentes visitas al bosque, no volvimos a ver a aquella extraña
señora sino hasta tres días antes de que regresáramos a la ciudad.
Marcela y yo, demás está decirlo, nos encontrábamos en el
bosque, recuerdo que yo estaba sentada con mi espalda apoyada en el tronco de un
árbol, en tanto Marcela, acostada en el suelo, había colocado su cabeza sobre mi
regazo. De pronto, como surgiendo de la nada, vimos de nuevo a la señora frente
a nosotras; creo que las dos, Marcela y yo nos asustamos un poco al verla allí,
ante nosotras, sin saber de donde había aparecido.
—Disculpadme si os he asustado, no era esa mi intención. Más
bien quisiera pediros algo.
Nosotras no salíamos de nuestro asombro y mucho menos
entendíamos que aquella extraña mujer quisiera pedirnos algo. Mientras tanto
ella se había sentado sobre una piedra bastante grande casi frente a nosotras.
Marcela, por su parte, se incorporó lentamente y se sentó junto a mí.
—No sé…—continuó la señora con tono pausado y casi
melodioso—si vosotras habéis oído alguna vez mencionar la rueda del año, las
fiestas del sol o sabats y las celebraciones de la luna llena o esbats. Todas
estas celebraciones se realizaban antiguamente, pues se seguían los ritmos de la
naturaleza, y la gente veneraba a la tierra que le daba su sustento y a las
grandes luminarias, el sol y la luna, que les indicaban los ciclos de siembra y
cosecha. Ahora todo eso está prácticamente olvidado, y ya no se rinde culto a
las representaciones naturales del Dios y la Diosa; pues la religión oficial en
su gran egoísmo y engreimiento eliminó de forma violenta estos sagrados cultos,
que incluían lo sagrado femenino; y el mundo va hacia su destrucción debido a
que se encuentra en desequilibrio, regido únicamente por la energía masculina
que lo vuelve cada vez más cruel e intolerante. Es necesario que la tierra
reciba cultos de energía femenina. Es necesario restablecer el equilibrio
original. Cada vez que vosotras os unís en medio de la naturaleza ofreced esa
energía del amor femenino, para que en el mundo se equilibren los principios
femenino y masculino y cese tanta violencia.
Nosotras nos sentíamos como tontas, no acertábamos a decir
nada, únicamente estábamos concentradas en lo que aquella señora nos estaba
diciendo.
—Eso es lo que quiero pediros—continuó— y también, cuando os
sea posible, celebrad algún esbat, quiero decir que celebréis la festividad de
la luna llena pero, si os es más conveniente, podéis cambiar y celebrar la luna
creciente. No os olvidéis del Yule o solsticio de invierno, pues es cuando el
sol comienza a tomar fuerza para iniciar el nuevo ciclo de la vida sobre la
tierra. Si pudieseis hacer las celebraciones en el bosque, fuera de la casa,
sería preferible pues estaríais en contacto con la naturaleza, pero si no,
quedaos en vuestra casa y haced allí vuestras celebraciones.
Lo que continuó sería muy largo de relatar aquí; la señora
nos enseñó cómo debíamos hacer los rituales de las celebraciones, nos indicó
cómo debíamos trazar nuestro círculo mágico, qué herramientas utilizar, qué
hacer cuando no contáramos con herramientas, en fin, todas las cosas que según
la señora necesitábamos saber para hacer los rituales de las celebraciones, con
el fin de enviar energía al universo para ayudar a comprender a la humanidad que
todos somos Uno. Al final de las indicaciones nos dio el mayor obsequio que
alguien nos hubiese podido dar, un lugar especial para ofrendar a la naturaleza
la energía liberada en nuestras relaciones íntimas.
—Hay—dijo la señora— dispersos, a lo largo y ancho de la
tierra, desde el norte hasta el sur y desde el oriente hasta el occidente,
ciertos parajes mágicos que los seres humanos comunes no pueden ver ni
localizar, porque sus mentes racionales no se los permite, yo os voy a obsequiar
la forma en que podáis entrar en uno de esos parajes cada vez que lo deseéis y
estéis aquí en estos bosques. Esto es algo que vosotras y sólo vosotras podréis
hacer siempre y en tanto os améis pues sólo en el amor podréis experimentar la
totalidad, la unidad, de manera que el día en que el amor entre vosotras se
disipe no podréis volver a localizarlo. Ya que cuando el amor desaparece la
felicidad termina y las entidades se separan. Creo que ahora talvez entendéis
por qué se terminó el paraíso terrenal, ciertamente que la causa del problema no
fue el comer un fruto prohibido.
Luego la señora nos dio la clave, por decirlo de alguna
manera, para poder entrar en ese paraje maravilloso; y después se despidió de
nosotras.
—Beatriz, la bienaventurada; Marcela, la que unes el cielo
con el mar, fuente de la vida; sé que hemos de volver a vernos, mas por ahora,
disfrutad de vuestro amor y ofrendad esa energía a la madre naturaleza.
Después, la señora comenzó a desvanecerse mientras se alejaba
como flotando, y su ropa se fue transformando en una especie de lienzo que
apenas sí cubría algunas partes de su cuerpo; parecía una imagen de esas
pinturas del renacimiento en las que se muestran cuerpos desnudos o apenas
cubiertos por una especie de tela semitransparente.
De pronto, antes que la imagen de la señora desapareciera del
todo, Marcela, sin un atisbo de temor, casi gritando dijo:
—Señora, por favor, no se vaya sin decirnos quién es…
Fue apenas un susurro, pero las dos alcanzamos a escuchar:
"Soy Diana, soy Venus, soy Isis, soy Gea, soy Guinevere; nombradme como queráis,
soy… la Diosa"
Unos días después estábamos de vuelta en nuestras casas, en
la ciudad, con el propósito y un gran entusiasmo por comenzar nuestra
preparación interior cuanto antes, de acuerdo a lo manifestado por la Diosa,
aunque sabíamos que esto nos iba a llevar varios meses de arduo trabajo de
crecimiento espiritual, interno; a través de meditación y otras cosas. Sin
embargo, escribir aquí todo lo que hicimos durante casi 10 meses sería realmente
largo y probablemente aburrido para la mayoría. Sólo puedo decir que después del
tiempo antes mencionado, Marcela y yo nos sentíamos preparadas como para llevar
a cabo lo que yo todavía llamo el primer experimento.
Nuevamente cuando llegó el mes de diciembre volvimos a la
montaña todavía en compañía de mis padres. Después de cuatro días de estar en
contacto con la naturaleza, nos decidimos a poner a prueba lo que la Diosa nos
había dicho el año anterior. Queríamos averiguar si era cierto que podíamos
acceder a ese mundo o paraje mágico del cual ella nos había hablado, nos
sentíamos nerviosas, no sabíamos qué iba a ocurrir; o si no iba a ocurrir nada.
Buscamos un lugar del bosque un tanto escondido e hicimos lo que la Diosa nos
había dicho y pronunciamos las palabras necesarias, algo así como una clave de
acceso.
De pronto nos encontramos en un lugar extraño pero bellísimo,
indescriptible. Era algo así como otra dimensión, donde las leyes de la física
perdían su validez era, por así decirlo, un mundo imposible donde todo se podía
satisfacer desde la mente, con el pensamiento. Si quería trasladarme a algún
lugar sólo tenía que desearlo realmente e inmediatamente me trasladaba allí.
Luego, en un momento determinado tomé de la mano a Marcela y pude sentir un
placer inmenso, únicamente por el simple contacto con su mano; entonces nos
dimos cuenta que nuestros sentidos se habían agudizado grandemente. Luego ambas
coincidimos en pensar en el amor que nos profesábamos y fue una experiencia
impronunciable, no existen palabras para explicar esa vivencia; lo más cercano
que podría expresarlo en palabras… sería diciendo que nos fundimos una en la
otra liberando quien sabe cuánta energía. Luego deseamos hacer el amor y nos
dimos cuenta que estábamos desnudas, que no necesitábamos quitarnos la ropa
porque ya no la teníamos puesta, probablemente, al mismo tiempo que deseamos
hacer el amor, de alguna manera nuestra conciencia envió alguna orden para que
nuestra ropa desapareciera. Nos vimos a los ojos tratando de mantener a un bajo
nivel nuestra pasión hasta donde fuéramos capaces. Nos abrazamos, nos besamos
apasionadamente en la boca, pero ya no podíamos más, sentíamos una felicidad tan
inmensa que el deseo de fundirnos una con la otra nos dominaba. Nos acostamos
sobre el pasto y, mientras lo hacíamos, apenas tuve conciencia de que el pasto
tomaba la textura y la suavidad que yo deseaba dentro de mi mente, comprendí
entonces que era la conciencia de uno la que creaba el exterior. Comencé a besar
a Marcela en la boca, luego descendí hasta sus senos sin olvidarme de ninguna
parte, después besé sus piernas y por último, cuando mi resistencia se agotaba
besé su sexo, aquella fuente, aquel manantial divino capaz de generar vida,
entonces surgió súbitamente de algún lado, una luz cegadora de un blanco
brillante intenso que luego se descompuso en varios rayos de luz con los colores
del arco iris; en ese instante tuve aún conciencia de encauzar aquella energía
de acuerdo a la petición de la Diosa; y luego, en el instante siguiente, ya no
éramos Marcela y Beatriz, éramos una, éramos parte de la conciencia del Dios y
de la Diosa; todo era amor, no había otra cosa.
Cuando volvimos a ser nuevamente Beatriz y Marcela estábamos
juntas acostadas sobre aquel pasto que nuestras mentes habían creado.
Despertamos, digo despertamos porque no encuentro otra palabra más apropiada,
nos levantamos, y otra vez hicimos y dijimos lo que la Diosa nos había dicho que
teníamos que hacer y decir para salir de aquella especie de paraíso. Acto
seguido nos encontramos en el mundo "real" en nuestro viejo y conocido bosque,
deseando regresar a aquel paraíso donde el placer y el amor se maximizan; y hace
que las experiencias del mundo "real" se conviertan en algo insignificante; pero
en ese instante, fuera ya de aquel edén, retornaron las preocupaciones a nuestra
vida, y la primera que hizo su aparición fue la de no saber cuánto tiempo
habíamos estado fuera; talvez días, talvez semanas, realmente habíamos perdido
la noción del tiempo. Nos preocupamos bastante y comenzamos a correr para llegar
a la cabaña. Cuando llegamos, encontramos a mi padre y a mi madre sentados en
las gradas de la puerta de la entrada, esperaba verlos preocupados pero no, no
fue así.
—Hija, Marcelita, ¿por qué habéis regresado tan pronto?
¿Acaso ya estáis aburridas de estar acá?—preguntó mi padre.
Marcela y yo nos volvimos a ver desconcertadas, entonces
comprendimos que el tiempo que habíamos estado en aquel paraíso era un tiempo
sin tiempo. Por fin comprendimos ciertas cosas referentes al tiempo y al
espacio, que mencionan algunos libros de física quántica y que se encuentran
bastante vinculadas con otras dimensiones. Y allí, con una simple mirada, nos
prometimos vivir aquella experiencia cuantas veces nos fuera posible y, por
supuesto, amarnos cada vez más.
—No papá, no nos hemos aburrido, es solamente que queríamos
saber cuanto tiempo nos tomaba regresar a la cabaña desde donde estábamos.
Ahora que hemos vivido varias veces esa experiencia sagrada,
recuerdo algo que leí una vez: "Cuando uno se enamora cuerpo, mente, corazón y
alma simplemente no existen", pues es cuando nos situamos en unidad con La
Conciencia. Sin embargo, tiene que haber amor, pues cuando hay sexo tiene que
existir amor, puesto que el sexo sin amor es desdichado, genera la energía
negativa que ahora deteriora al mundo.
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«¡Dios mío!... me puse a escribir mis recuerdos y creo que
perdí la noción del tiempo y aún tengo que empacar algunas cosas que voy a
llevar mañana a nuestro paseo de fin de año con Marcela».
—Beatriz, Beatriz—gritó mi padre al otro lado de la puerta de
mi habitación.
—¿Qué pasa papá? —dije al mismo tiempo que habría la puerta.
—Eeh… nada, que has dejado tu móvil en la sala y Marcela te
está llamando para saber a qué hora puede pasar mañana por ti para que os vayáis
a la cabaña.
Mi padre me entregó el móvil y se fue de regreso a continuar
viendo la televisión; yo cerré la puerta de mi habitación y respondí a la
llamada.
—Hola Marcela, mi amor… sí, me parece bien a las nueve… bien,
hasta mañana. Te amo.
Junio de 2006,
A 20 días de la próxima festividad de Litha.