MI PRIMERA VEZ
Se que este será un relato breve e insulso. Pero no quiero
dejar de contar mi primera vez
Andaba yo por mis trece años, y desde los nueve había
empezado a experimentar con mis pajas. Ya sabía hacérmela de varias maneras
diferentes. Con la mano, con una almohada, contra el colchón.
Como era menor que mis compañeros de colegio me sentía
disminuido, porque algunos de ellos ya habían tenido su experiencia con alguna
mujer, putas en general, que cobraban bien sus favores. Y yo no tenía dinero
disponible. Mis padres eran muy severos y no me aflojaban un centavo.
Pero en mi casa trabajaba una chica como empleada doméstica.
Era un tanto mayor que yo, morochita, regordeta. Y según las mentas del pueblo
bastante complaciente.
Decidí que ella sería con quien debía debutar. Y tracé mi
estrategia. Empecé por regalarle una rosa, de los rosales que yo mismo había
plantado y cultivaba.
Procuraba espiarla para ver cuando se cambiaba la ropa. Poco
resultado tuvo mi empeño. Apenas si logré verle las piernas, apenas sobre las
rodillas.
Eso bastaba para desatar innumerables masturbaciones, a la
espera de algo mejor.
Buscaba de ponerme cerca de ella para rozarla de alguna
manera. Pero mi inexperiencia era muy torpe. Y temía que si intentaba algo más
audaz me delatara con mis padres..
Una tarde la invité a tomar un helado. Aceptó, pero se sorbió
el helado conmigo y me dejó con una erección para la historia. Se fue y tuve que
conformarme con otra paja.
Entonces se me ocurrió comprar un anillito, muy lindo, pero
una baratija al fin, aunque era dorado, y siendo nuevo parecía de oro.
Se lo mostré a Piedad, ese era su nombre, y le gustó. Me dijo
que para mis dedos era muy chico, pero que a ella le venía bien. Me pidió que se
lo regalara.
Le dije que se lo regalaba si ella me acompañaba esa tarde al
parque de las afueras del pueblo, sólo para andar por allí y caminar un poco.
Aceptó y nos encontramos en el borde del parque.
Ese parque era el precursor de los moteles por horas, que en
ese entonces no existían en mi pueblo. Allí acudían las parejas a desfogarse,
entre la espesura de un monte natural, al abrigo de miradas indiscretas.
Caminé con Piedad por los senderos. Me atreví a rodear su
cintura con mi brazo. Era una chica morena, gordita, no se le veían tetas, con
un culito grande y piernas macizas, hasta donde yo había podido mirar. Pero me
tenía muy caliente, era todo a lo que podía aspirar a mi edad. Y supuse, con
acierto, que debía tener una concha disponible para mi verguita virgen.
Pronto empezó a oscurecer, me lancé y la llevé algo más
adentro de los senderos, hacia unos montecitos de árboles muy tupidos. Ella se
dejaba llevar, no debía ser la primera vez que la guiaban hasta esos lugares, y
seguro que ya sabía mis intenciones.
En mi bolsillo llevaba un forro (condón, preservativo,
profiláctico) que me había dado un amigo mayor que yo. No me atrevía a comprarlo
en la farmacia, y no se expendían en todos lados como ahora. Tenía sólo uno, hoy
más experto hubiera llevado al menos tres.
En un claro, muy oscuro, del monte la invité a sentarse en el
suelo. Nos sentamos muy cerca la una del otro. Pasé mi brazo sobre su hombro y
se reclinó junto a mí. Ya éramos como una pareja de las que andaban por allí.
Acariciaba su espalda sin atreverme a ir algo más abajo, o
más arriba. Me maldije por no recordar lo que me habían contado mis compañeros
mayores y "expertos". Pero a puro instinte traté de acercarla a mí.
Cuando la tuve a tiro junté mi boca con la suya. Me
sorprendió invadiendo mi boca con su lengua. Yo nunca había dado ni recibido un
beso.
Me agradó esta sensación tan novedosa, le dí mi lengua para
aprender a besar en un curso acelerado.
Mi verguita se puso dura como un poste, y vaya si creció en
su tamaño. Debió llegar a los trece centímetros bien cumplidos.
Piedad la rozaba con sus manos, pero no la agarraba con
decisión.
Mis manos volaban, apretaron sus tetas, sólo apretadas se
notaba que eran tetas, de lo contrario eran dos platos de té. De tetas apenas si
tenían lo redondo.... ahh y los pezones apenas marcados.
Fui por debajo de su pollera, tenía unos muslos duritos y
carnosos. La penumbra no me permitía ver si eran bellos o no.
La boca de Piedad me estaba sorbiendo el alma. Y sus manos me
bajaban el pantalón de elástico. Empezó por acariciarme el culo. Yo le subía su
pollera hasta dejarla arrollada en su cintura.
Deliraba con sus muslos y lo que alcanzaba atocar de su culo.
Nos pusimos algo más de costado.
El culo que tocaba era grande, pero chato, plano como una
mesa. Para mí era el culo más hermoso del planeta.
El primer culo que tocaba, casi en directo, apenas con unos
grandes calzones entre él y mis manos ávidas.
Mis pantalones ya estaban en mis rodillas, y Piedad me
acariciaba la verguita, con suaves movimientos de sus manos intentaba hacerme
una paja. Pero yo no estaba para más pajas. Ya me había hecho demasiadas
pensando en ella.
Con verdadero trabajo fui bajando sus calzones. Debía
bajarlos al menos hasta sus tobillos, para que pudiera abrir las piernas. (Había
asimilado las lecciones de mis compañeros mayores y conocedores del tema).
Pero antes de que los hubiera llevado a su rodillas me detuve
en su concha. Era gordita y peluda. Estaba muy húmeda.
Mi brazo izquierdo estaba en el cuello de Piedad, acercando
su cabeza a la mía para poder besarnos muy apretados.
Mi mano derecha, enloquecida por las novedades, iba de los
muslos al culo, de allí a la concha, y volvía a empezar.
Las manos de Piedad se regodeaban con mi culo y mi verguita.
Hasta hoy no se cómo hice para no eyacular en esos momentos. Era tanta mi
calentura, tenía el pene tan duro y caliente, y los huevos tan llenos de leche.
Comprendí que debía seguir los consejos recibidos. Bajé sus
calzonazos hasta los piés. Ella misma me ayudó a sacarlos del todo. Mis
pantalones ya no estaban en mí. Piedad los había colocado debajo de su culo para
endulzar la pura tierra.
Subí su blusa, no llevaba nada debajo. Apenas sus amagos de
tetas, dos platos redondos. Pero sus pezones erectos y duros me deleitaban al
chuparlos.
Noté que le gustaba que le chupara los pezones, se estremecía
y emitía unos sonidos que me calentaban más aún, se parecían a gemidos.
El culo de Piedad, plano pero muy duro, era arcilla entre mis
manos ansiosas. Todavía lo recuerdo como el más bello que he tocado, era el
primero y desnudo. No tenía ni forma, pero para mí era de lo mejor, no tenía con
qué compararlo.
Tuve que pedirle que se levantara un tanto para llegar al
bolsillo de mi pantalón, allí estaba el imprescindible forro (condón). Estaba yo
muy concientizado sobre las enfermedades venéreas y los embarazos no deseados.
Mis acrobacias para poner una pierna entre las piernas de
Piedad. Y a la vez recordar y poner en práctica las instrucciones de mis
compañeros sobre cómo colocar un forro en mi verguita, eran dignas del Circo de
Moscú.
Pero lo que se quiere con ganas, se logra al fin. Ya estaba
el forro puesto, y mi pierna derecha entre las piernas de ella.
Otra vez a recordar las sabias lecciones, para no aparecer
como un inexperto. No me daba cuenta de que ella sabía todo y algo más.
Levantó las rodillas y separó sus piernas. (Hoy se que es la
posición del misionero, pero esa vez me pareció la entrega total. Me sentí como
el súper macho de las américas).
Me coloqué entre sus piernas con mi verguita cubierta de
látex. Intenté acercarla a su concha. Pero no acertaba a ponerla en su sitio
natural. Piedad tuvo que guiarme.
Cuando, a través del látex, sentí el calor de su concha me
imaginé en la gloria. Le metí todo de un solo envión.
Era una concha enorme, pero la sentía como la más estrecha
del mundo. Estaba muy caliente, (la concha y yo estábamos muy calientes).
La cogía con ganas, le amasaba las carnes sueltas de sus
muslos y de su culo informe. Bombeaba como un loco sediento.
No creo haber durado más de un minuto, sentí algo que se me
venía desde los talones y de la nuca al mismo tiempo. Y llegaba hasta allí,
justo a la punta de mi verguita. Y de allí se derramaba dentro del forro.
Sentí hectolitros de leche saliendo por la punta de mi
miembro. Tal vez no fueron más de 3 centímetros cúbicos. Pero dejen que recuerde
cien litros.
Ya no era más virgen, había cogido con una mujer. Y gratis,
no había pagado una puta como algunos de mis compañeros expertos.
Con el tiempo supe que hay putas que cobran y putas que no
cobran.
Y que ningunas de ella son putas.
Unas son necesitadas, acuciadas por su situación, y no son
culpables ni perversas por eso. Otras, las que no cobran, son mujeres que
necesitan más sexo que las demás, y lo buscan hasta encontrarlo.
Con Piedad eyaculé y gocé. No se hasta hoy si ella gozó. A
mis trece años era mucho más egoísta que hoy.
Mi carrera en el sexo sigue, y seguirá mientras mi verga se
pare.
Pero ahora ya no busco tanto mi goce. Me hace gozar más el
placer de mi pareja. El orgasmo de mi partenaire, permanente u ocasional, es mi
mayor goce.
Me enloquecen los sonidos de un orgasmo femenino y provocado
por mí. Me enloquecen tanto que cuando los siento eyaculo y gozo.
Quise relatar esa primera vez que tod@s hemos tenido. Y
quizás este sea el más real y verdadero de todos mis relatos. No he cambiado
ninguna circunstancia, ningún nombre. Porque Piedad es el nombre indicado para
esa mujer que tuvo piedad de mi estado virgen.
Piedad, donde estés, si llegas a leer este relato ponete en
contacto conmigo. Quiero retrubuirte de alguna forma tu piedad.
Sergio.
glupglup71@yahoo.com
P. D. alegres dispensadores de TERRIBLES por favor
abstenerse.