Ayer fue el día más feliz de nuestra vida. Fue hermosísimo.
Hasta la dulce primavera se alió con nuestra Dueña para hacerlo inolvidable.
No lo esperábamos. Aunque todos los sábados son dichosos por
estar con la Dueña, este fue especial. Como cada viernes por la noche llevamos
al niño con su abuela materna y el sábado bien temprano nos preparamos para la
semanal visita a la hacienda de la Dueña donde nos ha venido entrenando desde
hace seis meses.
No es fácil ni rápido prepararnos. Después de ducharnos
tenemos que ponernos cada uno dos enemas o tres hasta asegurarnos de que tenemos
el recto perfectamente limpio. La dueña no quiere guarros. Para asegurarnos la
limpieza, desde la comida del viernes ya no probamos nada más que agua.
Después viene el rasurado de nuestros pubis para no dejar el
más mínimo pelillo. Lo hacemos el uno al otro. Como nos rasuramos cada semana no
tenemos apenas nada de vello, pero la Dueña no quiere ver ni el bozo. La
ofrecimos hacernos una depilación láser, pero ella no quiso, ya que considera
que el rasurado de uno al otro es una práctica que reafirma la sumisión y la
ofrenda al Ama del propio cónyuge.
Después cada uno coloca las bolas en la lengua del otro. A
continuación viene lo más arduo, que es colocarle a Marion los adornos de sus
pezones. Primero las estrellas doradas que rodeando el pezón extienden sus rayos
hasta el borde de sus amplias y oscurísimas aréolas. Después colocarle las
gruesas barritas pasantes por sus perforaciones verticales remachadas por dos
bolas que retienen las estrellas.
Por último colocar las imponentes argollas en las
perforaciones horizontales que se cierran mediante un minúsculo tornillo
embutido en su extraordinario espesor. Con ese diseño las argollas no precisan
bola de cierre. Así quedará la yegua dispuesta para recibir las bridas
enganchándolas con un mosquetón.
Las cuatro enormes argollas de cada labio mayor no es preciso
colocarlas ya que las lleva permanentemente pues nuestra Señora, que es su jefa
en el trabajo, gusta de jugar con sus perforaciones haciendo diversas
combinaciones con los múltiples juegos de joyas que tiene al efecto en la
oficina. Marion también tiene el clítoris perforado por otra argolla más delgada
pero de mayor diámetro de donde pende una plaquita con la divisa del Ama: Una
fusta, una espuela y un estribo.
Para que a la Dueña le sea cómodo hacer travesuras en el
espléndido y abultado chumino de mi esposa, las argollas pasan a través de unos
remaches permanentes que refuerzan las perforaciones y facilitan el quitar y
poner juegos de argollas, cadenas, pasadores, candados o mosquetones.
A pesar del deseo de la Dueña y el de Marion, no se puede
usar la misma técnica en los pezones puesto que se notaría durante el trabajo.
Aún así, los pezones de mi, bueno … de la Marion de mi Dueña, quedan siempre
bien marcados en las blusas o camisetas por su enorme tamaño y porque siempre
está caliente al estar tan cerca del Ama. Envidio a Marion por estar siempre
disponible para el placer de la Dueña.
El tamaño de los pezones y la amplia holgura tanto de las
perforaciones verticales como de las horizontales ha sido conseguido después de
dormir estos seis meses con unos resortes que, apoyados en las aréolas, estiran
los pezones consiguiendo una elongación permanente.
Yo no necesito tanta atención con mis joyas ya que son
permanentes. Dos aros enlazados rodean la base del pene y del escroto. En el
bálano porto una gruesa argolla que sirve para fijar mi pene con un candado a
otra que se encuentra en el perineo y de la que cuelga igual plaquita que la de
Marion con la divisa de la Señora. De esa forma nuestra Dueña se asegura que yo
no monte a su yegua.
De todas maneras, para asegurarse que no la monte nadie más,
Marion tiene colocado en casa siempre un cinturón de castidad que solamente le
retira el Ama en la oficina o los viernes. Aunque en este último día la castidad
es asegurada con cuatro candados que cierran su vagina trabando las argollas. A
veces, las argollas son sustituidas por los candados solamente pasando por los
remaches huecos. Depende del dulce capricho del Ama.
El Ama ha estudiado y consultado la posibilidad de asegurar
la castidad de nuestros anos, pero todas las soluciones eran perniciosas para la
salud de sus dos animales.
Después de colocarle las joyas, pinto con laca roja las
pezuñas delanteras de la yegua quedando preciosas.
Terminados los preparativos nos miramos al espejo y nos
encontramos soberbios. Mi pene estira impotente de su traba intentando erguirse
cuando contemplo la espléndida belleza de la yegua. A sus 36 años su
desarrollado pecho solo cuelga lo imprescindible para satisfacer a la ley de la
gravedad. Sus ancas, extensas y elevadas, son de una suavidad extrema. Sus
muslos y patas recios, poderosos y perfectamente modelados. Su faz hermosísima
enmarcada por un pelo rojizo, muy corto y sin peinar, a gusto del Ama.
Ambos somos fuertes pues, aparte de los entrenamientos del
Ama, todos los días acudimos al gimnasio. Marion es la comidilla de todos pues
les sorprende su resistencia en la cinta y la cantidad de peso que levanta sin
fatiga alguna. Algunos amigos me dicen que Marion se está masculinizando, pero
eso no es cierto. Marion se esfuerza en ser digna del Ama haciendo de su cuerpo
una máquina perfecta para deleite de la Señora.
Solo basta vestirnos. Yo un pantalón sin entrepierna y una
gabardina. Ella unas medias negras sin portaligas y un tabardo corto, dejando
ver sus generosos muslos.
Tomamos la bolsa y al coche. Rumbo al paraíso donde veré a la
Dueña de mi entera persona.
A pocos kilómetros estacioné en un lugar solitario y entonces
Marion se quitó los discretos zapatos que llevaba puestos en prevención del
encuentro con vecinos y se calzó los de elevado tacón y plataforma. Son de
furcia, pero el Ama lo quiere así.
También nos colocamos la argolla del tabique nasal de donde
colgará nuestro cascabel cuando seamos enjaezados.
Yo soy animal de monta y Marion es animal de tiro. Según el
Ama ella es mucho más aventajada que yo y tira de la calesa durante horas sin
cansancio. Yo alegué que eso es fácil. Cargar con el divino cuerpo del Ama es
mucho más fatigoso.
Por hablar, la Dueña me castigó a no tener orgasmos, ya que
así ahorraba las proteínas del semen y sería más productivo.
Por el contrario, a Marion no le faltan los orgasmos, ya que
aparte de las relaciones cotidianas con la Dueña, ésta la presta frecuentemente
a sus amigos o clientes en la oficina para que la follen o sodomicen. La Dueña
ha ordenado a Marion que todos los días me cuente quiénes y cómo la han montado
para que me perfeccione en mi condición de sumiso y cornudo.
Con objeto de avanzar en la grata tarea de incrementar mis
cuernos, durante el viaje le pedí a Marion que me volviese a contar el día en
que folló con tres clientes de la empresa mientras la Dueña miraba.
El detallado relato me excitó enormemente a pesar de haberlo
oído ya. El pasaje en el que la Dueña le ordena tragarse el semen de un cliente
y beberse la orina del segundo mientras la taponaba el ano con un plug para que
me llevase a mi el semen del tercero depositado en su recto provocó que mis
necesitados testículos me doliesen bastante al llegar a nuestro destino: La
amplia mansión en el campo rodeada de un gran jardín estilo inglés con alta
tapia y tupido arbolado.
Tras aparcar nos dirigimos a la puerta de servicio donde nos
abrió una rolliza dominicana negra que nos despojó de nuestras gabardinas y nos
condujo a un salón.
En el salón había tres parejas además de la dueña. Marion y
yo quedamos algo desconcertados al encontrarnos desnudos ante aquella gente pues
el Ama nunca nos había exhibido. Marion fue espabilada y reaccionó de inmediato
colocándose en posición de exhibición. Yo recibí una mirada algo amenazadora
antes de ver a mi esposa y componer la debida postura.
- Queridos amigos, estos son mis dos animales. ¿No os parecen
buenos ejemplares?. La yegua es Marion y el caballo es Alex.
Los amigos de la Señora nos rodearon alabando nuestra
estampa. Por supuesto los caballeros se interesaron más por la yegua y las damas
por mí sumisa persona cornuda.
Pero yo solo tenía ojos para nuestra Ama: Madura de unos 50
años, alta, elegante, porte aristocrático, actitud dominante con afabilidad,
esbelta, rubia, cara de belleza clásica. Cuando se viste de amazona para
cabalgar, su cuerpo es un monumento. Ni representa por asomo su edad. La adoro.
Tras un cuarto de hora de examen en que fuimos palpados con
extrema minuciosidad por todos, incluyendo el interior de nuestros indignos
agujeros, aquellas distinguidas personas decidieron proseguir nuestra evaluación
en el campo de prácticas, una extensa pradera situada ante la fachada sur de la
mansión. Previamente la Dueña libró a Marion de los candados de su vagina.
Las honorables damas me enjaezaron a mí y los caballeros a la
yegua. Se notaba que eran inexpertos, pero las indicaciones de mi excelsa señora
condujeron a la correcta colocación de los aparejos. Así ámbos recibimos el
bocado ceñido por el bridón de la testuz donde además se erguía el penacho de
plumas. Mientras que Marion recibía sin problemas su aparejo para el arrastre de
la calesa, la colocación de mi silla de montar dio lugar a equívocos y risas
entre las damas. Eran algo torpes, porque tampoco entendieron que las bridas de
Marion fueran a las argollas de sus pezones y las mías al bocado. Tampoco
entendieron que Marion debiese llevar una correa de freno enganchada a la
argolla de su clítoris. No distinguían entre enjaezar a un animal para la monta
o el tiro.
Se tardó en enjaezarnos tres veces más de tiempo que el que
utilizaba la Señora. Pero lo importante, que era su diversión, fue logrado y los
invitados del Ama rieron con gran satisfacción de Marion y mía.
El cascabel en nuestra argolla del tabique nasal y la cola
insertada mediante un plug en nuestro ano fue lo que menos problemas les produjo
pero más les divirtió. Admiraron la confección de nuestro calzado con forma de
casco equino como es menester.
Primero fue exhibida Marion tirando de la calesa con uno de
los caballeros a bordo. Si no fuera por la envidia que me provocaba su esbelta
estampa y su elegante trote, obedeciendo las riendas al menor tirón, me hubiera
sentido tan orgulloso de ella como ella de sí misma. Bastaba ver su cara para
percibir la jactancia ante la demostración que hacía de la excelente doma
recibida de la Dueña.
Nunca sería posible que yo, un caballo de monta, pudiera
trotar tan erguido y digno como lo hacía mi esposa, con la cabeza bien alta,
encauzada por su ancho collar postural de cuero con tachuelas doradas. Esa vez
su trote fue con manos libres para sujetar las varas de la calesa y sin lastre
alguno. Excelente comportamiento el de la yegua.
Seguí yo con una de las damas, de escaso peso, a mis lomos.
Salí airoso de la muestra y además la buena señora no hizo uso de sus espuelas.
En la segunda ronda de Marion, con otro caballero a bordo, la
yegua fue aparejada con una barriguera metálica y una sufra para las varas de la
calesa. Los cascos de las manos trabadas a ella, con lo que el peso de las varas
recayó en sus caderas.
También salió airosa mi esposa del trance y percibí el
semblante de satisfacción del Ama.
Mi segunda monta la hice portando a una dama algo pasada de
peso. Dirigía las bridas desmañadamente –parecía disléxica- y, no sé si por
nervios, me sometía demasiado a las espuelas sin necesidad alguna. Terminé la
exhibición algo confuso por el extraño recorrido de beodos, cansado y con los
ijares llenos de hilillos de sangre.
Marion fue lastrada en el tercer tiro. Muy lastrada. Sería su
gran prueba. Estaba nerviosa porque nunca la Dueña la había sometido a tales
extremos: Recibió dos pesadas bolas del tamaño de una pelota de tenis en su
vagina, la cual fue cerrada con los candados para evitar fugas.
Además fue lastrada con dos plomadas en cada una de las
argollas de los pezones, lo que significa que la caballería tiene menos
percepción de la dirección que el conductor de la calesa quiere tomar mediante
los tirones de las bridas.
La nueva carrera de Marion, pese a su lastre, se desarrollaba
satisfactoriamente hasta que el neófito conductor manejó las riendas a destiempo
y mi esposa no pudo eludir un bache que condujo al vuelco de la calesa.
Milagrosamente no sufrió daños el cochero –que era lo
importante- ni tampoco la yegua. Me temí que sus pezones o el clítoris hubieran
resultado rasgados teniendo en cuenta las largas ligaduras que soportaban, pero
no hubo daño para la bestia.
Tras atender al distinguido invitado, la Dueña se propuso
castigar a la yegua con la fusta, pero el caballero, haciendo honor a su
dignidad, intercedió por ella reconociendo como propia la torpeza que provocó el
accidente.
Tras ello, la tercera dama que me montó no quiso aventuras y
mi prueba resultó liviana. Menos mal porque realmente me encontraba fatigado,
hecho que no escapó a la aguda percepción del Ama.
Ya era hora de comer. Los invitados nos libraron de los
aparejos, nos lavaron el sudor con mangueras de agua fría y nuestra Señora nos
colocó el bozal llevándonos a la cuadra. Para impedir que retozáramos sin
control, a mí me trabaron los cuatro remos conjuntamente mediante unas correas
de cuero unidas por una cadena y a Marion, como de costumbre, la Dueña le
insertó un grueso gancho metálico en el ano y tiró de él desde una cadena pasada
por una garrucha anclada en el techo, de forma tal que la yegua quedó suspendida
de su sucio agujero con el único apoyo de sus punteras en el suelo.
Pasadas dos horas, nuestra divina Ama y sus invitados
vinieron a buscarnos y nos condujeron al amplio salón donde nos introdujo la
criada negra al llegar. Previamente la criada introdujo dos dedos en nuestros
anos para comprobar que nuestro recto siguiera limpio. El mío no pasó la prueba
y la negra me administró un enema ante los alborozados comentarios de los
distinguidos invitados. En el salón, la Dueña tuvo la deferencia de dirigirse a
nosotras, sus bestias equinas:
- Bestias mías. Mis distinguidos invitados son favorables a
que os admita en propiedad y eso haré en honor a su imparcial opinión. En
consecuencia firmaréis los documentos pertinentes, seréis marcados con mi divisa
y os comunicaré más adelante otras decisiones. Entretanto mis amigos y yo vamos
a disfrutar de vuestros indignos cuerpos.
Marion y yo nos miramos con júbilo. Por fin habíamos aprobado
el entrenamiento y la Dueña nos consideraba dignos de ser sus esclavos. A Marion
se le escapaban lágrimas de gozo y me contagió. La Dueña lo apreció:
- Vamos, vamos, mis jamelgos, espero que agradezcáis
debidamente la acogida en mi cuadra consiguiéndome premios en las competiciones.
Ahora satisfaced a mis invitados.
Nuestra Dueña ordenó a la negra liberarnos de las
restricciones de nuestros sexos y, mientras se acomodaba en una butaca para
presenciar nuestro uso, los caballeros se aproximaron a Marion para hacer uso de
ella y las damas a mi con igual intención.
Uno de los caballeros se sentó en un sofá y le ordenó a
Marion empalarse por la vagina en su lustroso pene, cosa que efectuó sin el
menor inconveniente ya que la yegua empezaba a humedecer su sexo en cuanto se
mencionaba la intención de ser ayuntada, fuera quien fuera el semental.
El segundo caballero taponó seguidamente su agujero trasero
tras lubricarlo esmeradamente y dedicar cinco minutos de su preciado tiempo a
dilatar el esfínter de mi esposa con la introducción y faena lenta y experta de
hasta cuatro dedos. Antes de albergar su distinguido pene en el ano de mi esposa
pude contemplar la dilatación del mismo y quedarme aliviado con la seguridad de
que Marion atendería en su recto sin ninguna molestia cualquier práctica de
penetración.
El tercer caballero, en pié sobre el sofá, se apoderó de la
corta cabellera de mi esposa sobre sus orejas y supongo que procedió a ejercer
su derecho a envainar su estimado falo en su boca.
Digo supongo porque en ese momento mi visión fue impedida
cuando la tercera dama me hizo el honor de sentarse sobre mi cara para
concederme el honor de saborear los elixires de su vagina. Me habían colocado
boca arriba en el suelo y otra dama se había empalado en mi humilde pollita y la
tercera jugaba con un tapón anal en mi indigno culo.
Durante el tiempo que las señoras me utilizaron en diversos
juegos muy imaginativos pude observar que Marion complacía esmeradamente a los
caballeros. Se alternaban sus agujeros o bien los ocupaban con dos penes
simultáneamente. La ayuntaban con los anillos de los pezones o los labios
lastrados con pesas que basculaban violentamente bajo sus acometidas. Le
dirigían el uso del morro con una cadenilla enganchada a su anilla de la nariz.
Pude, incluso, ver fugazmente cómo su vagina y su ano eran invadidos por los
puños de los caballeros.
Durante una fracción de segundo las miradas de Marion y las
mías se cruzaron. En sus ojos me pareció percibir un destello de orgullo
triunfal y entonces atendí a los elogios que los caballeros dirigían a nuestra
contemplativa Dueña sobre la calidad de la yegua que estaban montando.
Me sobrevino un ataque de celos porque Marion estaba
adquiriendo más méritos que yo ante el Ama y descuidé el control sobre el
orgasmo, eyaculando en la cara de la dama que en ese momento jugueteaba con mi
humilde polla.
Con toda razón, la afrentada señora se dirigió al Ama:
- Pero bueno, Delia ¿Cómo has entrenado a este animal?. ¡Mira
mi cara! Me ha soltado su sucio semen de improviso. Es un bicho desahogado que
más vale lo disciplines debidamente.
Mientras el Ama pedía disculpas por mi comportamiento escuché
a uno de los caballeros que hacían el coito con la yegua exclamar:
- ¡Ahhhh me corro … me corro como nunca …. qué placer …. qué
yegua … ……… ffffff ……….¡Oh, Delia! ¡Qué maravilla!. ¡Qué animal!. ….. y eso que
compartida. Si estoy solo con ella me mata sorbiendo mis testículos hasta el
escroto. Enhorabuena por la adquisición de esta bestia.
Era evidente que Marion me ganaba en méritos ante nuestra
Dueña. Un relámpago de odio a mi esposa recorrió mi cerebro. Pasada la nube
escuché:
- … y por tanto os acojo a los dos como caballerías de mi
cuadra. Firmad los contratos y seguidamente seréis marcados con hierro candente
como reses que aceptáis ser.
Mientras firmábamos sin leer varias hojas que estipulaban
nuestra entrega a la Dueña, yo pensaba en el dolor que iba a sufrir. Miré a
Marion de reojo y observé que su cara ofrecía una plácida sonrisa.
La criada negra trajo un hierro de marcar y un soplete de gas
con el que empezó a calentarlo. Cuando estuvo al rojo vivo, lo tomó el Ama:
- Disponte, caballo.
Me quedé parado de terror. Pasados treinta segundos escuché:
- Sujetadlo
Los tres caballeros me inmovilizaron sobre una mesa y
segundos después no pude menos que relinchar y bramar ante el dolor en mi nalga
izquierda. Sudando y soltando lágrimas pude presenciar el resto de la ceremonia:
- Disponte, yegua.
- Ama, ¿me permite hablar?
- Relinchar, quieres decir.
- Si, perdón.
- Relincha.
- Quiero agradecerle profundamente que me acoja en su cuadra
de bestias y que tal decisión la tome ante estos distinguidos testigos ante los
cuales proclamo que toda mi inmunda carne animal y el aliento que la hace vivir,
ya que no tiene la dignidad de alma, serán siempre de su propiedad haga lo que
haga conmigo, hasta venderme o matarme.
- Bonito discurso, yegua, emotivo para ti, pero me trae al
fresco. Disponte.
Marion me miró otra vez con su sonrisa triunfante y
repentinamente se dirigió a una mesa, tomo una cadena con mosquetón en el
extremo, se lo trabó en la gruesa argolla de la nariz y entregó el otro extremo
a la negra, diciendo:
- Quiero Ama, manifestar con este gesto, que no solamente me
entrego incondicionalmente a su amada persona sino también a toda aquella otra
persona o animal que usted disponga, según su libérrima voluntad, que deban
disfrutar de mi innoble carne.
- También bonito, sucia bestia, pero eso ya lo habías
aceptado al firmar. Disponte de una puta vez o te meto el hierro por el ano.
Marion me miró otra vez con la misma sonrisa de superioridad
que ya me estaba irritando. Inclinó la espalda manteniéndola rígida con lo que
forzó sus nalgas a sobresalir hacia el Ama. Giró su cabeza hacia ella y dijo:
- Ama. Toda yo soy suya.
Sin respuesta o gesto, impasible, la Dueña apretó el hierro
candente sobre la nalga de la yegua. Igualmente, sin el menor atisbo de rechazo
ni gemido, Marion soportó el tormento mirando sumisamente a su Dueña. Terminado
su marcaje, tan altiva como se había inclinado para ofrecerse al estampado de la
señal de la cuadra, se irguió. Me miró una vez más con su asquerosa sonrisa
prepotente y se giró arrodillándose a los pies del Ama para besarlos y darle las
gracias.
La negra nos untó con crema las quemaduras y nos colocó unos
apósitos mientras los distinguidos invitados comentaban la ceremonia de marcado
con el Ama, comparando mi bochornosa conducta con el decoro y apostura mostrados
por mi esposa. Además, y por si fuera poco, el olor a carne quemada provocó mi
vómito sobre los piés de uno de los caballeros.
Aquello colmó la paciencia de la Dueña y decidió castigar:
Por mi eyaculación prohibida fui azotado con la fusta cinco
veces en los testículos. Por mi vomitona recibí un enema que se retuvo con un
enorme tapón anal hasta que casi reviento de dolor.
Por su parte Marion recibió doce fustazos en los anillados
pezones por el vuelco del carro que remolcó. Tras ello la Dueña ordenó a la
negra aparejarnos con nuestras respectivas restricciones salvo en el caso de
Marion ya que su marca en la nalga impedía colocarle su habitual cinturón de
castidad. En su lugar se le colocó un cinturón metálico sobre las caderas, se le
insertaron tres enormes bolas chinas en la vagina y un rosario de nueve en el
recto. El conjunto de elementos albergados en sus cavidades fue asegurado con
sendos tapones anales de extremado grosor en su parte ancha y con argollas en su
base. Por las argollas se pasó una cadena que fue unida al cinturón metálico
mediante candados. Una vez así preparados para la vuelta al hogar, la Dueña
Amazona nos informó sobre el futuro:
- El lunes la yegua acudirá al ginecólogo para que la retire
el dispositivo anticonceptivo. Desde el primero del mes que viene el caballo la
recogerá a la salida del trabajo los martes y viernes para llevarla a la
dirección que os daré para someterla al proceso de preñado por un semental
negro.
- Ama, …
- Calla, caballo cornudo, inútil.
- Sigo: El caballo cornudo velará porque su yegua sea
debidamente fecundada por el semental negro. El semental podrá utilizar a la
yegua de la forma que desee para que excite la mayor producción posible de
semen, pero en todo caso, el caballo cornudo cuidará de que la eyaculación se
produzca en el interior y lo más profundo de la vagina de la yegua. La yegua
deberá denunciar a su cornudo esposo si él no pusiese la debida diligencia en su
función de mamporrero.
- Ama, con el debido respeto: ¿Puedo preguntar?.
- No he terminado, cornudo. No dejarás de ser idiota. Te
aclaro lo que vas a preguntar: Me importa un comino lo que vuestra familia y los
amigos opinen sobre parir hijos mulatos. Asumirás ante ellos que tu esposa te
fue infiel y que aceptas humildemente tus cuernos. Criarás a los bastardos como
propios dejando su educación a mis directrices y a la disciplina que aplique la
yegua, quien deberá tenerlos dispuestos para ser subastados como caballerías u
otra bestia cualquiera a los 16 o 17 años para procurarme una adecuada suma
adicional a mi pensión.
- Pero …. ees que.
- ¡Te calles, percherón!
- Prosigo: Os hablo de bastardos mulatos en plural porque el
semental negro no ha dejado a ninguna hembra preñada de menos de dos crías. Y
van doce entre perras, yeguas, vacas y cerdas. Yo apuesto a que la yegua Marion
parirá tres mulatas. Después haremos una porra entre mis invitados.
- Ama, ¿me permite relinchar?
- Relincha yegua. ¿Ves percherón, la diferencia de conducta
entre tu yegua y tu?.
- Mi Dueña, mi Ama. Agradezco infinitamente que me designe
para engendrar potrillos que faciliten recursos económicos en su ancianidad,
aunque nunca le faltará todo lo que yo pueda entregarle. Solo quisiera implorar
que durante el período de fecundación con el semental me permitiese tener al
menos un orgasmo.
- Podrás tener todos los que quieras. Quiero que los
potrillos nazcan sin estrés de la yegua.
- Millones de gracias Ama.
- En cuanto al percherón. Ha mostrado que no resulta eficaz
para monta por falta de vigor, así que creo necesario castrarlo para que las
escasas fuerzas que posee las emplee en el servicio que debe a su dueña. Te
indicaré la clínica donde te presentarás para la intervención quirúrgica.
- Gracias Ama, por procurar que sea una bestia de monta más
perfecta.
- Bien, podéis regresar a vuestro hogar. Yegua, recuerda que
el lunes, tras el trabajo en la oficina debes acudir al despacho del Sr. Medel
para hacerle un servicio como prostituta. Está emperrado contigo el hombre. Dice
que cuando tengas el bombo te arrendará dos días por semana. Le encantan las
preñadas. Desde luego paga generosamente.
- Ama, si me retiran el diu y me sigue prostituyendo o
cediendo a caballeros, ¿Cómo asegurarse de que mis potrillos serán del semental
negro?
- El mismo lunes te colocaré los candados en los labios
vaginales permanentemente y solo serás usada ana u oralmente hasta que se
confirme tu fecundación.
- Gracias, mi inteligente Ama. Temí no poder cumplir con su
encargo de proporcionarle potrillas mulatas.
- Id con dios.
Tras parar en una gasolinera para retirarnos las argollas de
la nariz y de los pezones de Marion y comer algo, ya que estábamos
desfallecidos. Durante el refrigerio comentamos con alegría la nueva situación.
Marion estaba exultante ante la idea de darle potros a la Dueña y yo contento de
que me encauzase por el camino de la perfección en su servicio. Pero lo mejor
era notar el dolor de nuestras marcas recordándonos el inapreciable favor de
habernos acogido formalmente como esclavos.
Hasta mi suegra se dio cuenta de la radiante sonrisa de su
hija cuando pasamos a recoger al niño.
FIN