(Nota del autor: Este relato no está recomendado para
aquellos en los que el sexo guarro no esté entre sus fantasías. Hay ciertos
pasajes que pueden no resultar de su total agrado. El autor busca crear morbo,
por lo que intenta formar una borrosa frontera entre ficción y realidad. En
ningún momento se intenta engañar a nadie. Gracias)
He de reconocer que desde siempre he sido muy puta y que me
encanta el sexo. Siempre que puedo me dejo llevar por mis instintos más bajos y
suelo insinuarme a los más diversos hombres, con los que acabo follando en los
lugares más insospechados. Durante una época incluso solía follar cada dos días
con tipos diferentes a los que no volvía a ver. Cualquier situación era buena si
se me ponía algún tío a tiro, siempre y cuando le viese cara de buen follador y
de que me diera lo que necesitaba.
Cuando empecé con José, mi novio, pensé que todo eso
cambiaría, pero no, muy al contrario. Un día le confesé a mi chico lo que hacía
antes de conocerle y deberíais ver lo dura que se le puso sólo de pensarlo, así
que era él mismo el que comenzó a buscarme hombres para que me los follase, con
él mirando o también participando. Encima José no se conformaba con que me
follara a uno. Casi siempre me la liaba y acababa follando con grupos enteros de
tíos, bien llena de lefa por todos los agujeros pero encantada de la vida. Mi
coñito siempre estaba alerta.
José es militar así que un día me propuso un plan. Él y un
nutrido grupo de sus compañeros estaban de permiso, así que habían alquilado una
casita rural en la sierra para pasar el fin de semana a sus anchas,
emborrachándose y hablando de cosas de hombres. La cosa era que a José le
apetecía montar una buena juerga, cosa en la que entraba yo. Al principio le
miré incrédula pero la proposición de que sus compañeros me follaran sin piedad
de viernes a domingo iba totalmente en serio, así que no lo dudé. Me embarqué
sin pensármelo dos veces.
El ansiado viernes llegó. Deberíais verme, allí delante del
cuartel, esperando en el coche de José. Cuando vi otros tres coches más estuve a
punto de salir corriendo. En total se habían juntado doce tíos contando a mi
chico. Doce tíos que me iban a follar una y otra vez.
Poco a poco fueron llegando todos y echando sus cosas en los
coches mientras me lanzaban miradas de soslayo, divertidos, nerviosos,
excitados. ¡Qué hijos de puta! Me quedé sentada en el asiento del copiloto. No
quería ni moverme, aunque sentía curiosidad por lo heterogéneo del grupo.
Podía decirse que ninguno se parecía a otro y que cada uno
tenía una complexión diferente así como un amplio abanico de edades. Me quedé
loca. Además de que había hasta un negro y un sudamericano, me puso super
cachonda ver a un tío mayor que rondaría la cuarentena, con un poblado bigote,
una cara de grandes mofletes y una barriga que me recordaba a un pizzero
italiano. Todos tenían caras de auténticos burros, de sementales. Delgados,
corpulentos, altos, bajos… El que me llamó la atención sobremanera fue el que
tenía la cabeza rapada. Era un tío alto, delgado pero a la par corpulento, que
traía un rottweiler atado con una correa.
-No os importará que haya traído a Toro, ¿no? –se refirió al
perro.
-Claro que no –rió mi novio-. Cuantos más, mejor –me lanzó
una mirada bromista, a la que le respondí con otra de odio-. Una vez ese
rottweiler se dio un buen banquete de sexo con nosotros –me guiñó un ojo.
-Pues a mí no se me va a acercar ese chucho, José. –Al decir
eso me recorrió un escalofrío. Todavía estaba a tiempo de quedarme en casa. El
problema es que no lo hice, pues algo dentro de mí pedía quedarse a gritos.
En poco más de hora y media llegamos a la casa. Los chicos
abrieron los coches y descargaron las cosas. Litros y litros de alcohol y
toneladas de comida. Se iban a poner como cerdos.
Les contemplé colocar el equipaje y lo demás y volví a
temblar. Esta vez descubrí con sorpresa que tenía las bragas mojadas. Durante el
viaje había visualizado a aquel grupo de tíos follándome sin descanso durante
horas. Me iban a destrozar viva.
Fui al baño a mear y la sorpresa fue mayúscula al volver y
encontrarme el gran salón de la casa sin mesa ni nada, tan sólo con tres
colchones tirados en el suelo.
-Venga, cariño –me dijo José-. Túmbate que vamos a empezar.
-¿Ya? –dije alucinada.
-Claro –dijo mi novio con los ojos y la bragueta quemando de
deseo.
Me puse de rodillas en los colchones y miré a los doce
hombres, titubeante. Estaban puesto en círculo a mi alrededor. Sin previo aviso
se abalanzaron y comenzaron a manosearme. Al minuto mis tetas estaban fuera de
mi escote y varios dedos exploraban mi coño y mi culo bajo mi falda.
He de decir que tengo unas tetas bien grandes, como melones,
con unos pezones rosados también grandes y puntiagudos que aquellos cabrones
comenzaron a mamarme con tantas ganas que me hacían daño. En cada teta tenía dos
bocas mordiendo y succionando como si fuesen a sacar leche, algo que me volvía
loca. Y mi coño estaba encharcado cuando las primeras lenguas llegaron hasta
allí.
Me habían arrancado la ropa y estaba completamente desnuda,
siendo desvirgada por varias lenguas en cada uno de mis agujeros. Aquellos
cabrones no tenían reparos en que estas entrechocaran entre sí, en compartir sus
salivas mezcladas con mis jugos. El Ejército les había convertido en un equipo y
lo compartían todo por instinto, como los lobos. Suerte que tenían a una puta
como yo que les iba a dar todo lo que pidieran y más.
Comencé a verles desnudos. Los muy maricones se ayudaban a
quitarse la ropa los unos a los otros para no perder tiempo o atención en mí y
se arengaban entre ellos para comerme el coño de forma salvaje, a chuparme las
tetas o a lamerme el agujero del culo. Sin darme cuenta empezaron a plantarme
sus pollas frente a la cara y yo, mientras masturbaba a dos, me metía otras dos
en la boca.
Les observaba. Observaba sus vientres, sus pechos, sus caras,
de placer. Vientres planos, velludos, imberbes, musculazos, imponentes
barriguitas endurecidas, pectorales de infarto. Sopesaba sus cargados y peludos
cojones con mis manos, me deleitaba en el sabor de sus deliciosos cipotes. ¡Qué
ricos estaban! ¡Me encantaban todos!
Un tipo delgado y fibroso me entregó un cimbel de tamaño
imposible que al descapullar dejó al descubierto un tremebundo olor a polla. El
cabrón debía de tener una polla de 21 cm.
-Joder –dije sacándome otra polla de la boca-, ¿es que no te
lavas? –observé mirando los resto de esmegma blanquecino que reposaban sobre su
glande.
-No, claro que no. Fue tu novio. Nos dijo que te gustaban
estas cosas. Que querías probar experiencias fuertes.
Busqué a mi novio con la mirada y le encontré. Le miré con
odio y él se arrodilló detrás de mí.
-Eres un hijo de puta –dije.
-Vamos. No les hagas un feo a los chicos. Pórtate como la
puta que eres y déjales las pollas bien limpias.
-Eso me da asco –calibré el fuerte sabor que debía de tener
aquel nabo.
-Sólo será al principio. –Me recogió el pelo y lo hecho hacia
atrás, después empujó mi nuca hacia aquella polla mientras veía como otros
cuantos más me mostraban sus sucios cipotes. Todos tenían un calibre de 16 cm
para arriba. El que más, podía llegar fácilmente a los 23. Y varios sobrepasaban
los 7 cm de diámentro, así que me iban a empalar.
Saboreé en mi boca aquella densa sustancia blanca que José me
animaba a degustar. Yo la iba guardando en mi boca como él me mandaba. Limpios
los doce cipotes, no todos estaban en tan deplorables condiciones higiénicas,
les mostré el resultado abriendo mis labios.
-Échalo aquí –me dijo uno, que me ofreció una jarra en la que
escupí aquel líquido. La llené a la mitad.
-Buena chica –me dijo otro.
-Ahora abre la boca y traga sin rechistar –me ordenó José
autoritario. Yo le obedecí. Estaba demasiado excitada para oponer resistencia.
Entonces mi novio les dijo a sus amigos que me rellenaran la
boca de escupitajos. A muchos les escuché carraspear en sus gargantas y después
soltar aquellos lapos en mi boca, que no dudaba en mostrarles antes de
comérmelos, casi masticándolos.
Mi coño no paraba de soltar jugos. Estaba cachondísima.
Aquellas cerdadas me ponían en órbita. Quería más, más fluidos de aquellos
machos que me escupían en la boca y se masturbaban, me la metían un poco en mis
carnosos labios, se las chupaba, me la sacaban y volvían a escupirme.
Para entonces allí olía a macho. Había sido idea de José que
aquellos once hombres no se ducharan ni se cambiaran de ropa interior en varios
días. Mi novio, mientras ellos me llenaban de lapos, se dedicó a amontonar sus
calzoncillos cerca de mí.
-Cariño –me llamó-. ¿Ves estos calzoncillos? Pues los chicos
y yo queremos verlos bien limpios, ¿entendido?
-Sí, lo que me pidáis –dije sumisa y fuera de mí misma.
Aquellas depravaciones convertían mi coño en una catarata de jugos. Pocas veces
me recordaba tan lubricada.
-Bien. Entonces empieza por estos.
Mi novio tomó unos slips claros y me los llevó a la cara. Los
miré y pude ver grandes manchones de orina, algunas gotas resecas de semen y lo
que sí me inundó la nariz fue un importante olor a culo y a cojones sudados.
-¿De quién es éste? –preguntó mi novio.
-Mío –respondió un tipo moreno, musculoso, de cara cuadrada,
con bastante pelo en le pecho.
Mi novio se acercó los slips a la nariz y puso cara de
satisfacción.
-Joder, como huelen. Chúpalos –me pidió.
Ni corta ni perezosa pasé mi lengua por todos lados e inhalé
el olor a culo sudado que tenían. Los dejé empapados de saliva. Y una vez
húmedos me los restregué por las tetas y por el coño, estimulando bien mis duros
pezones. Quería impregnar mi chocho con aquel olor a macho.
Eso les excitó el doble, así que mi novio continuó dándome
más calzoncillos que fui chupando y saboreando en mi boca y después frotando
contra mi coño, dejándolos llenos de mis jugos. Hubo unos cuantos que a punto
estuvieron de producirme un desmayo pues olían a auténtico cerdo e incluso
tenían restos marrones de la zona del ojete, pero aquellos fueron de los que más
cachonda me pusieron. Soy una puta y una cerda depravada, lo sé. Pero me lamí
toda aquella marca con olor a culo mierdoso y después me los introduje en el
coño con dos dedos. Hubo un momento en el que volví a coger los calzoncillos
encharcados de mis babas y de mi flujo y me los fui introduciendo de uno en uno
y hasta de dos en dos en el coño y algún que otro en el culo, dejándolos allí
por largo rato.
-A tu piva le mola el olor a ojete –le dijo uno a José.
-Sí, tío –sonrió mi novio a aquel grandullón-. Tú tienes un
pedazo de culo, así que ven aquí y que te lo coma entero- El tipo se acercó y me
puso el culo en la cara. Era un culo tremendamente peludo y regordete, pues el
chaval estaba bien pero le sobraban un par de kilos. –Buah, macho –exclamó
José-, cómo hueles a sudor –dijo.
-Llevo dos días sin pisar las duchas –adujo el chaval
divertido.
-Así me gusta –habló mi novio, dándole unas palmadas en los
cachetes y dejándoselos rojos.
-Te lo voy a dejar reluciente –le avisé cachonda, y metí mi
cara en aquella raja, rebañando el sabor a ojete que me entregaba aquel machote,
llenándome el rostro de sus ensortijados pelos y metiéndole la lengua en el
culo, cosa que le arrancaba suspiros de gusto.
Después de él vino la mayoría. A todos les zampé el culo, los
cojones y la polla. ¡Deliciosos! Incluso les acariciaba el ojete con mis pezones
puntiagudos, les mamaba las tetillas y les pasaba la lengua por las axilas.
Después de aquello necesitaba agua para borrar el ácido sabor de mis papilas,
pero mi novio se empeñó en quitarme el sabor de la boca con otras cosas. Así que
comenzaron a comerme el coño y llenándose los mofletes de mis propios flujos me
los escupían en la bocaza, no dudando en tragármelo…
¿CONTINUARÁ?