A mis abuelos apenas los conocía. Por parte de mi madre no
tengo abuelos, pero por parte de mi padre aún vivían los dos abuelos del pueblo.
La verdad es que siempre me daba mucha envidia cuando mis compañeros del colegio
se iban en verano a pasar unos días al pueblo, porque luego volvían contando
maravillas de todo lo que habían hecho, de los amigos que allí tenían, de los
baños en el río, de las excursiones en bicicleta o de cómo se lo pasaban en las
fiestas......
Pero aquel año fue distinto. Ese año a mamá y a papá les tocó
en un sorteo de la empresa de papá un viaje de dos semanas enteras gratis a New
York, y por supuesto no iban a desperdiciarlo, no teníamos un nivel de vida como
para desperdiciar semejante chollo, y como el viaje era solo para dos personas,
decidieron "empaquetarnos" a los niños a casa de los abuelos en el pueblo.
Me presentaré, me llamo Rebeca y ese verano tenía doce años.
Mi hermano es más pequeño, tenía ocho años y se llama Daniel, y los dos
estábamos bastante unidos, según todo el mundo éramos unos niños modelo por lo
obedientes, buenos y bien educados, nunca nos metíamos en problemas y éramos
buenos estudiantes, por lo cual cuando nuestros padres nos llevaron al pueblo,
lo primero que les dijeron a mis abuelos era que no se preocuparan que nos
portaríamos como Dios manda.
El pueblo de mis abuelos está en Ávila y es muy pequeño,
apenas cien habitantes en invierno y unos 200 en verano, un sitio tranquilo y
aburrido donde los pocos niños que hay se aburren como nos aburríamos nosotros.
Mi abuela se dedicaba todo el día a cocinar, limpiar, cuidar
la casa, el ganado, en fin, que apenas se podía ocupar de nosotros, así que
desde el primer día dejó encargado al abuelo de que nos echase un vistazo
mientras jugábamos en el patio de la casa. Mi abuelo tenía unos 50 años, y la
verdad es que para su edad estaba muy bien conservado, tiene la piel morena, el
pelo entre cano y abundante, siempre peinado cuidadosamente, y unos profundos
ojos negros que parecen taladrarte cuando te mira.
La primera mañana de nuestra estancia en el pueblo ya pasó
algo extraordinario. Yo estaba sentada en el patio jugando con mis muñecas
cuando el abuelo llamó a su lado a Daniel para enseñarle unos álbumes de cromos
que tenía de cuando él era pequeño. Estaba sentado a la mesa del patio, y cogió
a mi hermano para sentarlo sobre sus rodillas.
Yo era una niña muy observadora, y enseguida me di cuenta de
que en aquella escena había algo raro. El abuelo pasaba páginas del álbum y
hablaba a mi hermanito pero por debajo de la mesa descubrí que su mano grande y
morena estaba tocando la entrepierna de mi hermano. Al principio me pareció que
quizá era para rascarle, o para hacerle cosquillas, pero no, estuvieron así
mucho rato, Daniel parecía muy interesado en las estampitas y la mano de mi
abuelo se fue animando sobre los pantaloncitos cortos de mi hermano, sobaba su
entrepierna una y otra vez, arriba y abajo, y yo mientras haciendo como que
jugaba con mis muñecas, miraba de reojo la escena alucinada.
En un momento dado la mano de mi abuelo dejó de acariciarlo
para con hábiles dedos desabrochar el botón del pantaloncito de mi hermano y
poder así meter mejor sus largos dedos dentro de la tela para así poder
"trabajar" mejor. Cuando vi que sacaba la colita de mi hermano por encima de la
tela, una extraña y nueva sensación me invadió por dentro, estaba nerviosa pero
a la vez no podía apartar los ojos de aquella escena, unas cosquillas raras y
nuevas para mí me bulleron en la tripa cuando vi como la mano de mi abuelo
agarraba la pequeña colita de mi hermano y la sobaba una y otra vez, la
acariciaba, la apretaba, la masajeaba, era como si quisiera sacarle brillo, y
Daniel estaba tan tranquilo viendo los cromos, al parecer aquello no le
molestaba en absoluto, al revés, de vez en cuando sonreía embobado como
babeando, y separaba las piernecitas para que el abuelo pudiera maniobrar mejor
su diminuto pito...
Entonces sonaron los pasos de la abuela en el patio y con una
velocidad increíble mi abuelo volvió a meter la colita de mi hermano en su
sitio, le abrochó los pantalones y lo dejó en el suelo diciéndole que fuese a
jugar que ya estaba cansado de entretenerle.
Me quedé pasmada. Ya no me apetecía jugar a las muñecas, me
daba vergüenza porque sabía que aquello no era algo bueno de lo que se puede
comentar con la gente, a mis doce años aún era muy inocente pero no tanto como
para no saber que aquellos jueguecitos no estaban bien vistos por nadie. Mi
hermano sin embargo estaba tan contento, como si no hubiese pasado nada, como si
aquello fuese lo más normal del mundo.
Esa misma noche, cuando nos acostamos, a oscuras en mi enorme
cama del pueblo, seguía acordándome de la escena que había presenciado, pensaba
de nuevo en mi hermanito con cara embobada, sentado encima del abuelo, me
acordaba de cómo brillaba su colita entre los dedos del abuelo, del movimiento
rítmico de su mano masajeando aquella colita una y otra vez, y no se por qué
empecé a sentir unas ganas terribles de masturbarme.... bueno, entonces yo no
sabía lo que era eso, claro, tenía sólo doce años, pero fue la primera vez que
dejé hacer a mis instintos sexuales que empezaban a despertar ese verano, y sin
saber ni como empecé a acariciarme por encima de las bragas, bajo la sábana....
me hacía cosquillas a mí misma, era muy agradable pasarme la mano arriba y abajo
encima de las braguitas como había hecho el abuelo con mi hermano, apreté las
piernas para darme más placer teniendo la mano encima de mi entrepierna y pronto
descubrí que si me ponía entre los muslos la almohada y apretaba fuerte las
piernas era mucho más delicioso, el placer me inundaba por dentro, era delicioso
el cosquilleo que notaba en mi conejito inmaculado cuando apretaba aquella
almohada pensando en cómo el abuelo había cogido la colita de mi hermano
sobándosela arriba y abajo una y otra vez.
Desde aquella noche, muy a menudo me masturbaba. Cuando
estaba en la cama, cuando estaba en el baño, cuando estaba en el corral de las
gallinas, en cuanto me quedaba a solas me procuraba aquel placer tan delicioso
de acariciarme la entrepierna por encima de mis braguitas hasta dejarlas
mojadas, un par de veces más pillé al abuelo tocando a Daniel y las dos veces
tuve que irme a mi cuarto a masturbarme porque me ardía el deseo.
Un día, después de ver cómo el abuelo sobaba a mi hermano
teniéndole sentado encima como siempre, y creyéndose a solas (yo los observaba
desde una esquina de la casa) prefirió cogerle en sus brazos a horcajadas,
sentado de espaldas a su pecho, y empezó a mecerlo adelante y atrás como si lo
columpiara, y a cada empujoncito que le daba, el abuelo cerraba los ojos y ponía
cara de inmenso placer. Pronto me di cuenta de que cuando lo acercaba a su
cuerpo, el abuelo sentía más placer, y aquello me excitó tanto que allí mismo de
pie tuve que meterme la mano dentro de las braguitas para acariciarme el
conejito hasta hacerme cosquillas, arriba y abajo, como hacía el abuelo, hasta
que las noté mojadas del todo.
Aquel verano iba a ser muy revelador. Iba a ser mi despertar
al mundo del sexo. Descubrí el placer de frotarme con los dedos allí abajo,
descubrí que cuando te frotas el conejito muy deprisa te sale un líquido suave y
pegajoso que te moja la mano pero que da un placer maravilloso, descubrí que ver
cómo mi abuelo se frotaba contra el culito de mi hermano me daba aún más ganas
de frotarme yo misma, y descubrí que todas aquellas veces que veía a mi abuelo
sobar a mi hermano, realmente lo que anhelaba era ser yo la que estuviera en
lugar de mi hermano, la que se sentase en las rodillas del abuelo para que me
sobase, la que el abuelo apretujase contra sus pantalones para frotarse conmigo,
la que el abuelo metiese en la cama por la noche aprovechando la ocasión para
manosearme encima del pijama, la que el abuelo sacase del baño por las noches
para secarme despacio entreteniéndose en secar mucho rato en la entrepierna....
Mi abuelo estaba embelesado con mi hermano. Le vi varias
veces cubriendo de besos su barriguita cuando le vestía después del baño, y
aprovechaba que no miraba la abuela para darle algún beso en la colita, incluso
un día le descubrí lamiendo sus pequeños testículos como un perro sediento,
lamía su pito pequeño lleno de ansia y goloso chupeteaba su colita como si fuese
un caramelo, pero aquello duró poco porque llegaba la abuela por el pasillo y se
paró enseguida disimulando.
Yo deseaba ser mi hermano. Le envidiaba, si. Deseaba sentir
lo que sentía él cuando el abuelo metía la mano aquella, larga y morena, dentro
de sus pantalones y le apretaba el culito como si amasase el pan, bajo la tela
veía sobresalir sus dedos apretando las nalgas de mi hermano despacio,
deleitándose, poniendo cara de embobado y haciendo como que le entretenía
jugando con cochecitos encima de la mesa, acercándolo a él, que estaba sentado
en una silla y metiéndolo entre sus piernas abiertas. Deseaba que aquella mano
fuerte acariciase mi culito en vez del de mi hermano, que parecía no enterarse
de nada y era completamente indiferente a las artimañas de mi abuelo.
Espiaba todo el día a mi hermano, era mi mayor pasatiempo.
Cuando lo veía sentado en las rodillas del abuelo, automáticamente empezaba a
masturbarme, a veces lo hacía metiendo mi mano en mis bragas para acariciarme
directamente, pero pronto descubrí que si cogía una zanahoria del huerto de la
abuela, la lavaba bien, me la ponía entre los muslos dentro de las bragas y
cruzaba las piernas apretando, el roce de aquella cosa frotando mi coñito me
hacía aún más placer y me mojaba mucho antes, era delicioso sentir que aquella
zanahoria fresquita resbalaba entre mis labios vulvares cuando yo apretaba las
piernas haciéndome cosquillas, mojándose de mis jugos y haciéndose aún más
resbaladiza.
Una vez me excité tanto que la punta de la zanahoria se me
metió un poco dentro de la vagina y me pegué un susto de muerte, no me atrevía a
moverme, y me quedé así, muy quieta, en la esquina del pasillo, a oscuras, con
dos dedos de zanahoria pegajosa metidos dentro de mi coñito mojado sin atreverme
a moverme, mirando como mi abuelo se dedicaba a lamer arriba y abajo el culo de
mi hermano, que estaba tumbado boca abajo en la cama con los pantalones del
pijama bajados hasta las rodillas y haciendo como que se entretenía viendo unos
tebeos. Mi abuelo, agachado a los pies de la cama, pasaba su lengua
repetidamente por la raja del culito de Daniel, parecía que lamiese un helado de
lo mucho que le estaba gustando, mordisqueaba suavecito sus nalgas sonrosadas y
a veces le masajeaba el culo con las dos manos, como si amasase pan, apretando
las nalgas entre sus manos con suavidad.
Después del primer susto, me di cuenta de que tener la
zanahoria dentro de mi conejito no era tan malo después de todo, al reves, si me
movía despacio la hacia resbalar dentro y fuera de mi agujerito y aquello era
aun más maravilloso que cuando la tenia simplemente entre los labios vaginales,
era delicioso sentir como la punta de aquella cosa entraba y salía de mi cuerpo
entre chorros de jugos que la hacían aún más resbaladiza y juguetona, y tuve que
taparme la boca para que no me oyesen jadear de placer allí escondida.
Desde entonces cada vez que iba a espiar a mi abuelo me
llevaba la zanahoria en el bolsillo de mi vestido, bien escondida; una tarde en
que los vi perderse de la mano hacia el pajar, agarré mi zanahoria y me fui
detrás de ellos, y mientras ellos se metían dentro, entre las balas de heno de
las vacas, yo les espiaba detrás de las enormes cántaras de leche que había
apiladas al fondo del establo. Mi hermano chupeteaba un helado enorme que le
había dado mi abuelo, por lo que deduje que Daniel resultaba muy fácil de
comprar, o quizá es que aquel jueguecito que se traían los dos le gusta a él
tanto como al abuelo. El abuelo le desabrochó los pantalones vaqueros, sin más
contemplaciones, y con una sonrisa y palabras que no pude oír desde mi
escondite, le hizo girarse sobre si mismo y apoyar la barriguita sobre una bala
de paja, de manera que quedaba medio tumbado boca abajo y con el culo en pompa.
En cuanto vi así a mi hermano, con los pantalones en los tobillos, chupeteando
su helado, empecé a excitarme, tanto que cuando me bajé un poco las braguitas
rosas para meter dentro mi zanahoria me encontré tan mojada que la zanahoria se
me resbaló y se me fue al culo completamente, resbalando y cayéndose al suelo.
Me daban ganas de reír, pero me contuve para que no me oyesen. No entendía como
de mi cuerpo podía salir tanto líquido, era como si un mar pegajoso y
blanquecino manase de entre mis piernas, y era delicioso sentirlo.
El abuelo empezó a lamer el culo de mi hermano y cogí mi
zanahoria, esta vez no fallé y enseguida la tuve dentro de las bragas, la
puntita dentro, rozándome los labios de la vulva, entrando y saliendo de mi
agujero cada vez que apretaba las piernas.... empecé a chorrear de placer cuando
vi que mi abuelo hundía la cara entre las nalgas de mi hermano, parecía querer
meterle la nariz por el agujero del culo, pero lejos de darme asco, la idea me
excitó aún más y sentí no estar más cerca para poder ver mejor cómo la lengua de
mi abuelo lamía aquel agujero sonrosado de mi hermano una y otra vez, le comía
el culo a bocaditos, le metía la lengua, le lamía las nalgas, apretaba sus
nalgas amasándolas, frotaba su pantalón abultado contra el culo de mi hermano
sin atreverse a bajárselo, y una montañita abultada le sobresalía de la
bragueta.
El abuelo jadeaba feliz, mi hermano chupaba su helado como si
nada,, y yo notaba que la zanahoria se me metía cada vez más dentro a cada
apretón, era delicioso sentir que tenía media zanahoria ya dentro del conejito
empapada en mi jugo y resbalando entre mis muslos....
Algún día cambiaría a mi hermano por mi, estaba segura.