Al primo… aunque él no quiera.
Mi primo azotó la puerta con tal fuerza que me despertó. Lo
había estado esperando, pero después de hacerlo por casi una hora el sonido de
las manecillas terminó cerrándome los párpados. Cuando terminamos de cenar,
luego de los tres lavarnos los dientes con la intención de irnos a acostar, mi
padre lo llamó al despacho. Ramón quiso negarse argumentando que el día había
sido muy pesado y que en verdad estaba exhausto, pero era inútil decirle que no
a mi padre. Sin siquiera darme las buenas noches, ambos se encerraron y yo me
fui a mi cuarto, a esperar a mi primo hasta que el sueño me venciera.
Fue pasada la media noche que finalmente entró a la
habitación, y por la rabia con que había cerrado la puerta y la expresión de
enojo desfigurándole su linda cara supe que no le había ido nada bien. Mi padre
era un hombre muy duro y estricto, tanto que a veces pensaba no tenía corazón.
Antes, de niño, soñaba con recibir de su parte una caricia, una muestra de
afecto que no se sintiera forzada. Nunca sucedió. Jamás escuché de su boca un
halago, y un "te amo"… ¡Ni pensarlo! Siempre se portó frío y seco, no sólo
conmigo sino también con los demás. Mi madre era la única que de vez en cuando
le arrancaba una sonrisa, pero tras su fallecimiento entonces sí que se volvió
de piedra. Mi abuelo fue igual que él. Desde chico lo tuvo en escuelas
militares, y yo, en mi infantil ingenuidad, supuse que a eso se debía su mal
carácter. Hoy se que la rígida educación que recibió nada tuvo que ver, pero
bueno, no es de mi padre de quién les hablaba sino de mi primo. Regresémonos con
él.
Como les contaba, Ramón volvió muy alterado de haberse
encerrado con mi padre. Se sentó al borde de su cama, se llevó las manos al
rostro y comenzó a llorar. No era la primera vez que don Gustavo le pedía que lo
acompañara a su despacho y él regresaba en mal estado, pero sí la primera en que
lo veía después de ello llorando. Eso me preocupó demasiado y de inmediato me
senté a su lado, dispuesto a consolarlo.
– ¿Qué te pasa? – le pregunté acariciándole el cabello –.
¿Qué te dijo mi papá?
– Nada – respondió empujándome ligeramente el brazo.
– ¿Nada? Entonces, ¿por qué lloras? – insistí con las
interrogantes y con las caricias –. ¿Te regañó por haber reprobado matemáticas?
Anda, dime ya qué te hizo. ¡¿Acaso te pegó?!
– No, tampoco me pegó – aseguró volviéndome a quitar la mano
de su nuca.
– ¿Entonces? – me empeñé en sacarle la verdad.
– ¡Entonces nada! – me gritó –. ¡Ya déjate de preguntas! –
exigió –. ¡Ya déjame en paz, imbécil! – me ordenó y de la cama me tiró.
Ramón nunca se había portado así conmigo. A pesar de que
precisamente por esas reuniones a solas con su tío su humor se había tornado un
tanto gris y amargo, jamás me había gritado y mucho menos insultado o empujado.
Yo lo tenía en un pedestal pues siempre me escuchaba y a medida de sus
posibilidades también me aconsejaba. Cuando no entendía algo en el colegio era a
él al que le pedía ayuda y también era cómplice de mis travesuras y aventuras.
El que reaccionara de aquella manera tan violenta cuando yo sólo trataba de
calmarlo, me dolió y mucho. No es que de repente la imagen que de él tenía
cambiara por completo, pero sí lo miré con otros ojos. Al menos un momento. Él
lo notó. ¡Y también le lastimó!, pero el odio que en ese instante lo invadía no
le permitió ofrecerme una disculpa. Se limitó a darme la espalda y a esconder su
vergüenza debajo de las sábanas. Yo también hice lo mismo. Yo también me subí a
la cama mas no pude dormir.
Ramón y yo éramos más que simples primos. Desde que él se
mudara con nosotros a causa de aquel accidente en el que murieran tanto mi madre
como mis tíos, nos convertimos en amigos. En hermanos. Y no me refiero a esos
hermanos que sólo lo son de sangre sino a esos que en verdad así lo sienten, que
en verdad así lo eligen. Porque la familia también puede elegirse, y aunque él y
yo ya lo éramos desde antes ese trágico suceso estrechó y fortaleció los lazos.
A partir de ese momento fuimos casi, casi uno y poco a poco me fui enamorando.
Sí, de quererlo como a un hermano pasé a desearlo como hombre
a pesar de tener ambos solamente trece, ser él mi primo y ambos varones. En ese
entonces no sabía que a ese cosquilleo en el estómago cuando lo ves venir, a ese
poder mirarlo por horas y horas sin percibir que transcurre el tiempo o a ese
necesitar tocarlo aunque sea con la punta de los dedos se le llama amor. En ese
entonces no lo sabía, pero sí que lo sentía. Sí que cada vez me pegaba con más
fuerza. No supe cómo, cuándo ni por qué llegué hasta ese punto en el que sólo en
él pensaba. En mi mente lo único que estaba claro era que nadie en el mundo me
importaba más que él, y fue por ese importarme tanto que no soporté verlo
llorando y que haciendo caso omiso de aquellas palabras que con seguridad
significaron lo contrario me atreví a acostarme a su lado para ahora sí
tranquilizarlo.
Tratando de hacer el menor ruido posible, abandoné mi cama y
luego de atravesar el cuarto me subí a la suya y por la espalda lo abracé. Pegué
mi cuerpo al suyo e insistí en saber qué le ocurría, en por qué estaba tan
alterado.
– ¿Por qué sigues llorando, Ramón? – inquirí sobándole el
pecho como solía hacerlo cada vez que de más niños nos dormíamos juntos –. ¿Ya
me vas a decir lo que te pasa? ¿Ya me vas a contar por qué te regañó mi papá?
– Miguel: suéltame – se limitó a pedir.
– Pero… ¿Por qué no quieres que te abrace? – le pregunté
desconociendo lo que representaba para él aquella cercanía –. Yo sólo quiero
saber qué es lo que tienes para así ayudarte. ¿Por qué no me lo dices, eh? ¿Por
qué no me lo cuentas?
– Miguel: suéltame – repitió –. ¡Por favor! – me suplicó.
– ¡Ya no seas así, Ramón! – le reclamé ignorando sus ruegos
y, en el delirio de sentir el calor de su cuerpo, sumándole a su malestar un par
de besos en el cuello –. ¿Yo qué te he hecho? Dime: ¿qué tienes? – continué en
mi afán de interrogarlo –. ¿Por qué…
– ¡Que me sueltes, por una chingada! – protestó poniéndome de
espaldas contra el colchón y él encima mío en un solo movimiento –. ¡Que me
sueltes, maldito Silva! – gruñó haciéndome sangrar la nariz de un puñetazo.
Mi nombre completo es Miguel Ángel Silva Serrano y, al ser
nuestras madres las que eran hermanas, es el segundo apellido el que con Ramón
comparto. En aquel momento no entendí por qué me llamó así, por mi primer
apellido, por el que tengo gracias a mi padre. Hoy sí lo sé, pero entonces ni
eso ni nada comprendía. Yo sólo sentía el dolor, y no el del golpe sino el de
que hubiera sido él el agresor. De inmediato comencé a llorar, y mis lágrimas me
ganaron una trompada más. Mi primo parecía ser otro. En sus ojos vislumbré un
coraje inmenso que por unos segundos me aterró. Una profunda rabia que me hacía
desconocerlo y que a la vez, a pesar de todo, me daba ganas de abrazarlo. De
cuidarlo y confortarlo.
– ¿Por qué me pegas, Ramón? – lo cuestioné entre sollozos, no
reclamándole sino pidiéndole que me dijera de una vez por todas qué tenía, por
qué estaba tan mal –. ¿Por qué si yo sólo quiero saber lo que te ocurre, si yo
nada más quiero ayudarte?
– ¡Y dale con lo mismo! Yo sólo quiero saber lo que te
ocurre, yo nada más quiero ayudarte – me imitó en tono de burla –. ¡Pendejo! –
me propinó otro golpe más –. ¿En verdad quieres saber lo que me pasa? – inquirió
al tiempo que sus ojos volvían a humedecerse –. ¿En verdad quieres saber lo que
me tiene así? ¿En verdad lo quieres? ¿Eh?
– Sí – le contesté colocándome yo mismo la soga al cuello,
cavando yo mi propia tumba.
– Tonto – susurró volteándome boca abajo –. Si de verdad
quieres saber lo que me ocurre – me sopló al oído luego de subirse encima mío –,
si de verdad quieres saber lo que me tiene así – apuntó restregando su
sorpresivamente abultada entrepierna contra mis nalgas –, entonces yo te lo haré
sentir – amenazó bajándome de un tirón el short y los calzones.
– No, por favor – fue lo único que atiné a decirle antes de
que él también se desnudara y, olvidándose de todo, del cariño y de las
experiencias, de un cacho de vida juntos, sin piedad alguna y como si fuera yo
el causante de aquel tremendo odio que por dentro tanto le quemaba, me enterrara
su rencor de un solo intento.
No fue el acto en sí lo que me destrozó. Aún cuando apenas
teniendo trece Ramón ya se cargaba una verga considerable, no fue el sentirla
desgarrándome lo que me lastimó sino el que hubiera sucedido así: a la fuerza.
Si aquella primera embestida hubiera venido después de horas de besos y
caricias, después de yo así desearlo, de así necesitarlo… las cosas habrían sido
diferentes. Quise pensar que al escuchar mis quejas, que al ver mis intentos por
zafarme él se detendría y me pediría perdón, ¡pero no! A esa la primera
puñalada, le siguieron otra, otra y muchas más.
– ¡Toma, mal nacido! – escupió metiéndomela hasta el fondo
sin yo entender por qué la saña –. ¡Toma, maldito don Gustavo hijo de puta! –
chilló y yo todo comprendí.
Quien por lo que esa frase contenía y explicaba reavivó en mí
el cariño que segundos antes él mismo hundiera al llenarme con su enhiesto
miembro el culo, no paró hasta vaciar su blanca y líquida ira en mi interior.
Hasta que una vez satisfecho, una vez habiéndose mezclado lo abundante de su
semen con lo rojo de mi sangre se tiró sobre mi espalda y regresó a llorar, ya
no de pena o de coraje sino de remordimiento, del que le producía haberse
vengado con el menos indicado, con de quien él estaba enamorado.
Sí, luego de percatarse del terrible error que había cometido
y de rogarme por un perdón que ni un segundo dudé en darle, me confesó su amor.
No me dijo que me amaba, pero me describió todo lo que exactamente yo sentía por
él y eso me bastó. Nos miramos a los ojos por un rato, le acaricié la frente él
la mejilla y por primera vez nos besamos.
Nuestros labios se juntaron tambaleándonos el mundo y así
juntos como ellos, unidos como nunca más dejaríamos de estarlo, confrontamos a
mi padre descubriendo que mi abuelo le había hecho lo mismo cuando niño.
Entendimos el dolor y el trauma que eso implicaba, pero aún así, con más fuerza
Ramón que yo pues era él el principal perjudicado, consideramos denunciarlo.
Creímos que sería justo hacerlo pagar por sus pecados refundiéndolo en la
cárcel, mas terminamos por arrepentirnos. Y de cualquier manera, no fue precisa
una sentencia para que su vida se arruinara. Algunos años después, no recuerdo
exactamente cuántos pues por salud mi mente ha bloqueado ciertos detalles de
aquella época, don Gustavo, nunca supe cómo, jamás se lo pregunté al oficial que
me avisó, se suicidó. Al parecer, el peso de la culpa fue demasiado para él y
decidió ponerle fin a su existencia sin siquiera despedirse. Sin siquiera una
última llamada que la verdad, no fue necesaria. Siendo honesto con ustedes,
cuando escuché la noticia me sentí aliviado, como si un trozo de mí que no me
gustaba y se negaba a irse finalmente se marchara. Cuando lo observé dormido
adentro del cajón, no pude evitar sentirme en paz.
Hoy, con mi padre ya en el otro mundo, tal vez todavía
asistiendo a una terapia pero dispuestos a borrar de aquellos años toda huella,
Ramón y yo vivimos juntos y felices. Hoy, luego de aquella ocasión en que por
primera vez entrara en mí, ya no tiene que recurrir a la fuerza o a los golpes
para penetrarme. Hoy, al tenerlo a mi lado y tomarle yo la mano, al sentir su
lengua entre mis nalgas lamiéndome y besando con pasión y entrega el ano, soy yo
quien se lo pide. Soy yo quien se lo implora.