13
Ángela estaba sola en su habitación. Completamente sola.
Aunque en realidad su marido se estaba desnudando a dos metros de ella, se
sentía sola. Le esperaba otra larga noche sin pegar ojo. ¿Y después? Otro día
largo, sin que pudiera hacer otra cosa que pensar. Pensar y pensar, darle
vueltas. Llevaba ya días sin probar bocado. Juan José se estaba dando cuenta de
algo. Pero a él no le podía contar nada, claro.
El sábado siete de noviembre cada vez estaba más cerca. A
cada día que pasaba Ángela sabía que el tomar la decisión se hacía más urgente.
La decisión de su vida. Podía dejar pasar el día, y olvidarse de Ricardo para
siempre. Pero, ¿podría? Nunca, nunca en su vida tan llena de lujos había
disfrutado como había disfrutado unos días atrás con Ricardo. En esa misma cama.
No había oro en el mundo que pudiera pagar aquello. Sin embargo, la otra opción
significaba olvidarse de muchas, muchísimas cosas. De su vida, en realidad.
Ricardo se lo había dejado claro. Y a pesar de que los días pasaban, Ángela se
sentía incapaz de pensar.
Pasaron horas y horas, y Ángela se encontró escuchando los
ronquidos de su marido, despierta. Miró el reloj. Las cuatro y cuarenta y dos
minutos. Y aún no había logrado dormir.
Volvió a pensar en los pros y contras de cada opción,
intentando mantener la mente despejada y una actitud objetiva, como solía hacer.
Estaba claro: no podía renunciar a su vida por un hombre. Un hombre no
valía todo lo que ella tenía. Y cuando ya había tomado (una vez más) la
decisión, la cara de Ricardo le aparecía, y recordaba sus manos recorriendo su
cuerpo, y el sexo que habían tenido…
¡Dios, no podía seguir así! Se levantó, se embutió en un
albornoz rosa, y se dirigió a su baño privado. Casi no se reconoció en el
espejo. Estaba horrible, con esas ojeras. Definitivamente tenía que encontrar
una solución.
"Pero es que ya he encontrado la mejor solución", razonó con
tristeza, "sólo que sé que soy incapaz de cumplirla". No, no podía no volver a
ver a Ricardo.
Sólo quedaba una opción, entonces.
Aceptar sus condiciones. Convertirse en su esclava.
Nada más pensar eso sintió miedo. Miedo de verdad, por
primera vez. Era la única decisión… y sin embargo, parecía horrible. Ángela
volvió a acostarse.
No durmió, pero en las pocas horas que quedaban hasta el
amanecer se dedicó a pensar. Sí, aceptaría, pero tal vez no sería tan horrible.
Seguramente sería algún juego para Ricardo, pero no destruiría en serio su vida.
Simplemente, tendría que fingir ser su esclava, aguantar algunas perversiones… y
ya está. Sería capaz de soportarlo, seguro.
A la mañana, se sentía un poco mejor. Con un poco de suerte,
no sería tan malo en absoluto, y podría seguir casada, aprovechándose del dinero
de su marido, mientras seguía con Ricardo. Tendría que mentirle a Ricardo, y
asegurarle que sería su esclava sin límites, pero ella estaba acostumbrada a
fingir (lo hacía casi siempre) y a manipular a la gente. Como todos los ricos.
Y más animada con esa perspectiva, se levantó de la cama,
dispuesta a comerse un buen desayuno, pues se dio cuenta de que hacía días que
no comía.
14
Aquella noche Álex no durmió bien. Tuvo pesadillas extrañas,
en las que aparecía Sandra, vestida de reina Cleopatra, blandiendo un látigo, y
él mismo aparecía desnudo y agachado ante ella, tendido en el desierto de
Egipto.
Cuando despertó eran las cinco de la mañana aún, y apenas
recordaba el sueño, sólo unas partes confusas. Pero entendió perfectamente lo
que significaba. No había dejado de darle vueltas al problema todo el día
anterior.
Con Sara no tenía problemas, todo iba de maravilla. Iba a ser
una diversión, después de todo. La iba a utilizar como un juguete. Además, le
haría comprar un montón de cosas para él, de las que nunca había podido tener
por no tener suficiente dinero. Pero tenía un problema. Con Sandra.
Su idea había sido seducirla, y después convertirla en su
sumisa, pero nunca había previsto que se enamoraría. Álex nunca se había
enamorado con tanta intensidad. Aun así, el amor no era tan fuerte como para
cegarle: sabía perfectamente que podía echar todo su plan a perder.
La única referencia al amor de Álex eran sus anteriores
relaciones con chicas, que sólo habían durado meses. Un poco antes o un poco
después, la atracción siempre desaparecía, y Álex perdía el interés por las
chicas. Y estaba seguro de que, si dejaba a un lado su plan y simplemente se
dedicaba a pasárselo bien con Sandra, a salir con ella, al cabo de un tiempo,
uno de los dos dejaría de querer al otro. Y en ese momento, la perdería para
siempre, inevitablemente.
-No dejaré que eso estropee mi plan. Sandra será mi sumisa.
–Sería duro para él, pero así debía serlo. Sería cruel, y sufriría viendo a
Sandra sufrir. Pero también estaba seguro de que luego lo pasarían bien los dos.
"Al fin y al cabo, somos muy parecidos. Seguro que al final lo acaba
disfrutando".
Estaba decidido. Seguiría con su plan.
15
Los días iban pasando, se acercaba el fin de semana y el
tiempo empeoraba progresivamente. Llovía tanto que Álex y Sara no habían vuelto
a salir a la calle. Además, desgraciadamente el chico llevaba dos días enfermo,
y Sara se sentía muy triste. Se estaba dando cuenta de que no hacía más que
pensar en él, y que cada hora que pasaba lejos de su Amo era insufrible. Y como
no tenía otra cosa que hacer, se dedicaba a tomar rayos UVA, ir al gimnasio,
depilarse, fumar y comprar ropa. También se tiñó el pelo, de rubio oscuro. La
verdad es que se veía mucho mejor así. Y cuando volvía a casa, pensaba en Álex,
y en las distintas maneras en las que le podía complacer.
Aunque también tenía otros problemas. Las primeras semanas de
su nueva vida le estaban ya pasando factura.
Pronto descubrió Sara que difícilmente podría mantener ese
ritmo de vida con su sueldo. En muy poco tiempo había gastado muchísimo. Había
solicitado un crédito para el coche, y se estaba comprando ropa de la más cara.
Además de pagarle a Álex su nuevo móvil de contrato. Además, quería regalarle
alguna otra cosa para cuando se curara. Sara había pensado en comprarle una
moto, pero ahora, con los papeles del banco delante, veía que sería imposible.
¡No llegaba a fin de mes!
Todo radicaba en tener claras las preferencias, pensó. Las
sesiones de rayos UVA, el gimnasio… eran caros, pero eran prioridades. Así como
comprarle regalos a su Amo. Se lo debía. Le compraría una moto, la mejor que
encontrase. Pero a cambio, ella tendría que renunciar a algo.
Lo primero fue despedir a la chica que acababa de contratar
para limpiar la casa y preparar la comida. Lo hizo aquel mismo viernes:
-Lourdes. Tengo que decirte una cosa.
-Dígame señora.
Sara tragó saliva. Nunca se le había dado bien decir estas
cosas.
-Mira, no me queda más remedio que despedirte. No, no es por
nada que hayas hecho, estoy muy contenta contigo –atajó Sara, intentando decirlo
todo más rápido, en un intento de hacer el momento menos violento. –El problema
es que no puedo pagarte, no me llega.
La criada la miró seriamente. Luego habló en voz baja.
-Como quiera, señora.
Cuando salió de la habitación, Sara se olvidó de ella. Tenía
otros problemas. Ella tenía que estar disponible para Álex siempre, no tendría
tiempo de ocuparse de la casa.
-¡Laura! ¡Ven aquí inmediatamente! –chilló.
Su hija bajó de su cuarto, asombrada.
-¿Qué pasa, mamá?
-Verás, cariño. Te diré la verdad –no era cierto, pero no iba
a decirle toda la verdad, claro. –Últimamente hemos tenido muchos gastos extra…
-¿Qué gastos?
-No interrumpas, Laura –su hija frunció el ceño. –La cuestión
es que he tenido que despedir a la criada. Sí, lo sé (Laura estaba a punto de
exclamar algo), pero no había otro remedio.
-Pensaba que no teníamos problemas de dinero.
-No, no tenemos problemas –no se atrevió a decirle que sí
tenían problemas, o que los iban a tener muy pronto. –Pero no podemos ir
gastando tanto dinero. Así, que deberemos hacer los trabajos de casa entre las
dos.
-¿Y las comidas?
-Lo haremos a turnos. Yo…
-Mamá, por favor…
-Laura, no hay más que hablar. –habló con determinación. No
estaba pidiendo nada extraordinario, al fin y al cabo. –De hecho, tú tienes
parte de la culpa. Si no me equivoco has estado gastando bastante dinero
últimamente…
Laura explotó.
-¿Yo? Lo que faltaba, mamá. ¡Vale, te he cogido un poco de
dinero, pero porque lo necesitaba! Y hasta ahora, ¿cuánto dinero he
necesitado? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Nunca me he empeñado en comprar ninguna
ropa cara, ni he utilizado casi el móvil… Y ahora, simplemente porque quiero
comprarme algo de ropa, ¿me dices que he gastado mucho?
-Vale, Laura. Lo siento, no te quería echar la culpa. –Sara
se arrepentía de haber dicho nada, pero… -Simplemente, deberemos tener cuidado
con el dinero en adelante, ¿vale?
-Bien. –La cara de Laura indicaba todo lo contrario. Volvió a
su habitación y dio un portazo.
-¡Joder!
Últimamente no acertaba con su hija. Sabía, como profesora
que era, que los adolescentes tienen un estado de ánimo muy cambiante, y que su
hija era un poco como ella, muy impulsiva. Pero además, Sara había comenzado a
oír rumores sobre ella que no le gustaban en absoluto. Siempre había sabido que
su hija "destacaba" mucho por sus tetazas (heredadas de ella), pero en estos
últimos días había oído demasiados comentarios sobre su hija, incluso en chicos
mayores. Comentarios sin que se preocuparan de bajar la voz. Comentarios sobre
lo provocativamente se vestía. O lo zorra que estaba siendo.
Y lo peor de todo era que Sara estaba viendo las pruebas. No
había visto a su hija en el Instituto (misteriosamente durante toda la semana se
las había arreglado para esconderse de ella, o eso parecía), y también se
escabullía por las mañanas antes de que la viera. Pero un par de días Sara logró
ver cómo iba vestida la niña… y lo que vio no le gustó nada. No podía sino dar
la razón a los que decían que vestía provocativamente… ¡si de verdad parecía una
calientapollas! No se había atrevido a decirle nada, porque hasta ahora había
sido justo lo contrario. No quería que volviera a ello, y estaba bien que
alardeara de sus formas un poco. "¡Pero, joder, que va al colegio así, no a una
discoteca!"
Estaba tan ensimismada, que casi no vio a Laura salir de su
habitación y dirigirse precipitadamente a la puerta de entrada. Pero de repente
se dio cuenta:
-¡Laura! ¿Adónde vas?
Su hija iba vestida como ella temía: con una minifalda azul
cortísima, botas negras de tacón, un top rosa sin mangas que marcaba sus tetazas
dejando un gran escote y pintadísima. Se quedó en la puerta, quieta.
-He quedado. Me voy a la calle.
-¿Y se puede saber con quién?
Laura dudó un segundo.
-Con Soraya.
"Imposible. Nunca se ha vestido así para salir con ella".
Habría que decírselo. Si lo lograra sin hacerla enfadar…
-Laura… ¿crees que vas bien vestida para…?
Laura la cortó, volviéndose a enfadar.
-¿Qué te pasa, mamá? Llevas meses diciéndome que debo
vestirme más a la moda. ¡Pues mira! Te he hecho caso.
"Mierda". Ya se había enfadado.
-Pero Laura. Tampoco hay que pasarse… ya sabes a qué me
refiero. Si vas excesivamente guapa y sexy, hay gente con la que…
-Bueno, mamá, ya te vale –Laura hizo una mueca despectiva.
Abrió la puerta. –Me visto como me da la real gana. ¿De acuerdo? Y voy bien
vestida.
Dicho lo cual, salió de la casa. Sara suspiró. Iba a tener
problemas con ella. Lo sabía.
Y lo peor era que ella no estaba siendo precisamente una
madre ejemplar.
16
-¿Sirvo ya la comida, o espero? –preguntó el elegante
camarero.
-Espera un poco –contestó Ricardo.
-Bien, señor.
Ricardo Zamora estaba sentado plácidamente en su mesa del
restaurante, que había reservado ya semanas antes. Era sábado, la noche del
siete de noviembre. La tercera cena con Ángela.
"La tercera la vencida".
Ricardo jugueteaba nervioso con su caja de calmantes. No
estaba seguro de lo que pasaría. ¿Aceptaría Ángela o no? No había contestado a
las llamadas de teléfono que le había hecho aquella absurda mujer. Ahora vería.
Si todo salía según lo previsto.
"O si todo se va a tomar por culo".
Nervioso, se tomó otro calmante. Se los había recetado él
mismo. No era cuestión de hablar con médicos. Él era psicólogo y sabía lo que
hacía.
El teléfono sonó. Por un instante pensó que sería Ángela,
pero en seguida vio que era Laura la que llamaba.
"Estúpida niña."
No iba a contestar. Ahora no tenía tiempo para ella. Además,
no hacía más que llamarla. Según había comprobado, se estaba comportando
realmente bien. Él simplemente tenía que aclarar sus dudas y animarle a que
siguiera.
Volvió a pensar en Ángela.
¿Vendrá o no vendrá? He aquí la cuestión.
Cuando la vio entrar al restaurante, vestida con un elegante
vestido plateado, abrigo de bisón y el pelo rubio platino recogido en un moño,
supo que había ganado.
17
Allí estaba Ricardo. Igual que dos semanas atrás, en la misma
mesa, en la misma silla. Ángela entregó su abrigo al camarero que la atendió y
fue directa a él. Estaba preparada.
-Así que has venido –dijo Ricardo, como si no le importara.
-Así es. Ya he decidido.
-Ya lo veo. ¿Y qué has decidido exactamente?
Ángela respiró hondo. Iba a mentir, pero no había otro
remedio.
-He decidido aceptar ser tu esclava y obedecerte en todo.
Cualquier cosa que me ordenes lo haré. No tendré prioridades por encima de ti.
No me importará nada, ni mis hijos, ni mi marido… Sólo tú.
Lo estaba diciendo con la cabeza agachada. En parte porque
resultaba más convincente, y en parte, porque era más fácil mentir así. Una
mentira por el hombre que amaba. La única opción de estar con él.
Levantó la cabeza, al ver que Ricardo no contestaba. Vio,
para su alivio que sonreía.
-Bien, puta de mierda. Muy bien. Vamos a cenar para
celebrarlo. Después iremos a follar, a un hotel. Vete pensando qué dirás a tu
marido, porque no lo verás hasta mañana.
En los días posteriores, Ángela no pudo recordar apenas nada
de lo que pasó durante la cena, pues lo que ocurrió después ocupó toda su mente.
Todo fue más o menos bien hasta que se encontró abrazada a él en la habitación
del hotel que Ricardo había reservado. Hotel que, cómo no, Ángela tuvo que
pagar. Con el dinero que su marido le daba. Y le iba a poner los cuernos.
O eso creía.
-Bueno Ángela, voy a tumbarme en la cama –dijo Ricardo al
cabo de un rato –y tu te vas a desnudar para mi. Por cierto, no me gusta mucho
tu nombre. Creo que te llamaré siempre puta o cerda. Según lo que me apetezca.
Ángela se sorprendió de la manera en la que hablaba Ricardo.
No se parecía nada al hombre que había conocido. Pero sin embargo, aún le
quería. Es más: ese carácter rudo e incluso basto le hacía aún más atractivo.
-Tengo que ir al baño –murmuró Ángela.
-¡No te oigo, cerda! Habla con educación a tu Amo –gritó
Ricardo.
-Tengo que ir al baño, Amo –dijo en voz más alta Ángela,
aunque le costaba. Ella no estaba hecha para ser esclava.
-Muy bien. Vete, pero no cierres la puerta. Quiero ver lo que
haces.
Ángela sintió náuseas de sólo pensar que tenía que mear
delante de él, pero no dijo nada. Mientras estaba en el baño (y veía cómo
Ricardo la observaba atentamente mientras meaba) comenzó a pensar si realmente
merecía la pena. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un ruido metálico.
Levantó la mirada, y vio que Ricardo estaba encendiendo una cámara de vídeo.
-¿Qué haces? –gritó.
-Chst… Los modales, puta. No lo olvides. –Ricardo puso la
cámara sobre un trípode, mientras Ángela respiraba hondo.
-¿Qué hace, Amo?
-Tener un recuerdo de ti. Quiero poder recordar todas las
cosas que hagamos. Y de paso, tú también recordarás el daño que puede hacer este
material.
Ángela no se atrevió a contestar, pero de nuevo pensó si no
se había vuelto completamente loca.
-Venga, cerda. Ven aquí y desnúdate.
Sin tiempo para pensar más, Ángela se adelantó (estaba en el
ángulo perfecto para la cámara) y comenzó a quitarse el largo vestido plateado,
quedando en bragas y sujetador.
-Madre mía. Qué ropa interior tan horrible. ¡Quítatelo!
Y Ángela lo hizo, perfectamente consciente de que la cámara
lo grababa todo. Su cuerpo quedó al desnudo.
-Tengo que decirte, cerda, que no estás del todo mal. Para la
edad que tienes. Sin embargo, habrá que hacer retoques, claro. ¿Cuánto mides y
cuánto pesas?
-Mido uno sesenta y peso 59, Amo. –Ángela sabía su peso
perfectamente.
-¿Y las medidas?
-85 de pecho…
-No digas pecho, di tetas.
-85 de tetas, 75 de cintura y 90 de caderas, Amo.
Se sentía como debía sentirse un esclavo, al demostrar sus
cualidades a su futuro comprador. No le gustaba nada. Si al menos Ricardo le
dejara abrazarle… El juego estaba siendo más peligroso de lo que había pensado.
-No me gustan las tetas tan pequeñas. De hecho, pronto te las
haré aumentar bastante. Quiero un muñeco para poder manejar. No eres ninguna tía
buena. Si quisiera una de esas, no te haría el menor caso. También tienes que
hacer dieta, necesito que vayas perdiendo kilos. Dile a tu marido y a todo el
mundo que estás haciendo una dieta estricta para cuidarte. Que todos piensen que
lo haces porque quieres. Pero te quiero ver adelgazando rápidamente, que no es
fácil a tu edad. ¡Ah! Y depílate el coño entero, puta.
Ángela asintió a todo lo que decía.
-Ahora… mámamela.
Ricardo se sacó su polla. La mujer suspiró de alivio, y se
abalanzó a mamársela. ¡Al fin iban a dejar esa humillación e iban a tener sexo!
Mientras lamía con deleite aquella polla (que era considerable, mucho más grande
que la de su marido) comenzó a pensar que iba a valer la pena…
Ricardo se corrió.
-Trágate todo.
Ángela comenzó a tragarse todo el semen, aunque nunca lo
había hecho. Dudó un poco al principio, pero luego no le importó. Limpió la
sábana del semen manchado.
-Así tendrás que mamársela a tu marido para que te consienta
todo lo que vas a hacer.
Ángela no contestó. Se abalanzó sobre Ricardo, dispuesta a
ser penetrada por fin.
-No, no. Date la vuelta y ponte a cuatro patas sobre la cama.
Te la voy a meter por el culo.
-¿Qué?
Ángela sintió miedo. Nunca la habían follado por el culo, y
tenía entendido que era muy doloroso. Y más aún, era humillante.
-¿Decías algo? –dijo Ricardo, con ironía.
-No, nada, Amo.
-Bien. Ponte a cuatro patas.
Ángela se puso. Cerró los ojos, mientras intentaba distraer
su mente. Sus ojos miraron al techo, y después fueron a parar a la cámara de
vídeo, que grababa todo, como si se burlara de ella. Y entonces lo notó. Notó el
dolor más espantoso de su vida. Un dolor que superaba todo lo que Ángela se
había imaginado.
El grito despertó a todo el hotel. Y Ángela sintió su culo
desgarrarse y supo que se moría.
Pero pasados unos minutos, el dolor fue disminuyendo. Y
Ángela no sintió más que un inmenso placer dentro de ella que le pedía a gritos
que continuase. Hasta el fin.
18
El domingo a la mañana Laura se despertó con un dolor de
cabeza horrible. "¡Qué resacón, joder". No estaba nada acostumbrada a beber, y
la noche había sido brutal. No podía negar que se lo había pasado bien, pero
tanto alcohol, mezclado con el tabaco y todos los porros que le habían ofrecido
habían hecho que se le fuera la cabeza. "Se me fue demasiado", se dijo. Levantó
la cabeza y hacerlo le dolió como si le estuvieran pegando en ella a
martillazos. Miró a su alrededor. No recordaba muy bien cómo había acabado en su
habitación.
Miró al bulto que tenía a su lado. "Oh, sí. Esto lo
recuerdo". A su lado estaba dormido Juanma, el macarra de quince años que le
había sobado las tetas el primer día de aquella semana. Ahora estaba totalmente
desnudo, tumbado a su lado. Laura se dio cuenta de que ella también estaba
desnuda, y había un fuerte olor en la habitación.
Laura no se acordaba de haberse tirado al macarra la noche
anterior, pero no le importó mucho. Había follado varias veces a lo largo de esa
semana, y tenía que admitir que un macarra como él le parecía bastante sexy. En
el suelo, entre su ropa y la de Juanma, vio un condón, lleno de semen. "Menos
mal", se dijo con alivio.
Súbitamente se acordó (y al hacerlo se levantó y sintió como
si la hubieran molido a palos) de que su madre debía estar en casa. Seguramente
la noche anterior vinieron aquí porque ella estaba fuera (ahora siempre salía
por las noches), pero ahora indudablemente estaba en su cama. Y ella desnuda con
el macarra al lado.
"Mierda. ¡Mierda!". Menos mal que su madre tenía el sueño
profundo, y seguramente también vendría de resaca. Intentó despertar al macarra.
-Juanma. ¡Juanma! Despierta, coño –susurró.
El chico apenas se movió. Ahora, dormido, no tenía tanta
pinta de chulo.
-Juanma, te tienes que ir de aquí echando hostias. ¡Mi madre
está en casa! –le empezó a dar golpecitos, mientras escuchaba atentamente si oía
algún ruido de su madre.
Le costó varios minutos despertarlo. Al hacerlo, el chico
sonrió, sintiendo acto seguido el dolor de mover tanto los músculos.
-Buenos días, putita… estuvo bien, ¿no?
-Sí, sí… pero ahora vete de aquí cagando leches, venga.
-E, e… ¿o me vas a dejar mamarte esos melones otra vez?
Laura comenzó a cabrearse. El dolor de cabeza era
insoportable.
-Vete de aquí ya si quieres volver a estar conmigo. ¡Ya!
-Vale, tía, vale…
"Puto macarra de mierda…" Tardó lo que a Laura se le antojó
un enorme rato en vestirse, y en buscar su paquete de tabaco y las llaves de su
moto. Después, Laura le acompañó hasta abajo, de puntillas, mirando si su madre
aparecía. No sabía por qué pero le venía la música de Pantera Rosa a la cabeza,
y eso hacía que le doliera aún más.
Por fin, llegaron a la puerta. Aunque el tío intentó
retenerla un poco, Laura logró despacharle con unos besitos en su cara donde ya
comenzaban a salir unos pelos. Finalmente, y asombrada de la suerte que había
tenido, volvió a su habitación y se durmió.
Tardó horas en volverse a despertar, pero cuando lo hizo ya
eran las tres y media de la tarde. Su madre no estaba en casa y le había dejado
una nota en el frigorífico: "caliéntate algo para comer. Hay macarrones de
ayer".
Laura no quería comer, no le apetecía. Mientras observaba los
macarrones recalentados en el microondas, comenzó a darle vueltas a la cabeza,
ahora que no le dolía tanto hacerlo.
¿Para qué estaba haciendo todo esto? ¿Era necesario? En pocos
días se había convertido en la zorra oficial del instituto, y pronto lo sería de
todo el barrio. No recordaba mucho de lo que hizo anoche, pero sí se acordaba de
que estuvo bailando en una discoteca (por primera vez en su vida, ¡y cómo le
gustó!), vestida como una calientapollas literalmente y llamando mucho la
atención. También se acordaba de haber besado a algún chico, pero no era el
macarra de Juanma…
"Dios, esto se me está yendo de las manos". ¿No? No sabía qué
pensar. Ricardo le había dicho que era muy importante para él que ella se
convirtiera en una mujer, pero… ¿en una puta también? Además, no había visto a
Ricardo en toda la semana. Solamente había hablado con él.
Justo acababa de pensarlo cuando alguien llamó al timbre de
casa. Abrió la puerta y se encontró con Ricardo.
-¡Papá! –se abalanzó sobre él, ilusionada. Al fin, aquí
estaba. Ahora sí que había valido la pena, todo lo que había hecho.
-¿Qué tal, Laura? Oye, no tengo mucho tiempo, pero me he
enterado de que tu madre no estaba, y he venido a hacerte una visita.
-¡Qué bien! ¿Seguro que no tienes mucho tiempo? –dijo Laura,
volviendo a poner voz melosa…
-No, no, no me tientes, cariño.
-Está bien, papá.
-Escucha: ¿qué tal va todo? ¿Qué tal tu nueva vida?
-Muy bien, papá. Me gusta mucho.
-¿Te gusta ser una calientapollas?
-En realidad… sí. –Y no era una mentira. Aunque dudara de que
lo que hacía le iba a servir de algo, y sabía que no estaba bien, en realidad lo
estaba disfrutando.
-Muy bien. Cuéntame lo que has hecho.
Laura, muy ilusionada, le relató los acontecimientos más
importantes de la semana, enseñándole también fotos con lo que había hecho. Al
terminar, Ricardo parecía muy satisfecho.
-Bien, bien. Te estás portando muy bien.
-Pero, papá. ¿Es necesario todo esto? O sea… no es que me
queje, me gusta… pero en realidad no está bien. No entiendo por qué tengo que…
-Laura, Laura –la cortó él. –Claro que no lo comprendes. Es
que en realidad aún tienes catorce años. Pero confía en mí.
-Claro que confío en ti, papá.
-Entonces haz lo que te digo –dijo Ricaro, con el mismo tono
que explicaría a un niño que dos y dos son cuatro. Pero a Laura le bastó eso. –Y
a propósito. Te he dicho que está muy bien, todo lo que has hecho… pero aún lo
debes mejorar.
-Dime cómo.
-Mira… sé que te estás comportando como una auténtica fiera,
y que fumas y bebes ya como toda una mujer… pero la mujer que yo quiero no debe
tener límites. Es decir, no puede ser que sólo seas así de zorrita a veces.
-No te entiendo. Si me estoy comportando así delante de
todos…
-¿Todos? No lo creo. ¿Qué me dices de tu madre, Laura?
Laura quedó muda. No podía negar que había evitado que su
madre viera su nuevo comportamiento, incluso escondiéndose de ella. Ricardo
siguió adelante:
-No quiero pensar que tu madre sea más importante que yo para
ti. Al fin y al cabo, creo que me quieres y…
-¡Claro que te quiero! –cortó Laura. –Te quiero más que a
nadie en el mundo y…
-Entonces, quiero que te comportes igual de zorra estando
delante tu madre. Te debe dar igual si está o no… No es que debas enseñárselo
claramente, pero no quiero que te escondas o que tengas miedo a que te pille.
¿Comprendes?
-Sí. –Lo comprendía.
-Entonces, ya lo sabes. Me tengo que ir, pero prométeme que
serás una buena zorrita delante de tu madre. Que no ocultarás lo que haces, y
que no te importará que te pille o no. ¿Lo prometes?
-Sí, papá. Te lo prometo.
Ricardo la besó en los labios.
-Nos veremos pronto de nuevo, Laurita.
Laura le vio alejarse por el jardín al coche.
-Te quiero –dijo, pero su voz (que estaba ronca por la juerga
de anoche) se perdió entre la lluvia y el viento, y Ricardo no lo escuchó.
19
Parecía que finalmente había dejado de llover, y había salido
el sol, aunque hacía frío. Sandra se estaba maquillando en su baño privado:
había quedado con Álex. Mientras se ponía rímel y cantaba en alto (no cantaba
nada bien, pero no le importaba) pensó que las últimas semanas estaban siendo de
las mejores de su vida. La verdad es que cuando comenzó a salir con Álex tenía
miedo de lo que diría la gente al ver a la deseada Sandra salir con un chico de
quince años. Pero tenía que reconocer que había habido pocos rumores de ese tipo
(al fin y al cabo, Álex tenía quince años pero era guapísimo), y lo mejor de
todo era que a Sandra no le importaba nada lo que dijeran. Por primera vez en la
vida no le importaba nada lo que sus amigas dijeran de su novio.
Una vez maquillada y con retraso (como siempre le ocurría)
salió de casa y se dirigió en moto adonde había quedado con Álex. Por el camino,
envuelta en la sensación de alegría y libertad que le daba la velocidad de la
moto, recordó todo lo que había hecho con Álex… Y estaba claro que todo salía
maravillosamente. Tenían los mismos gustos, el mismo sentido del humor y a veces
se adivinaban incluso el pensamiento. Y además, tenían los mismos gustos
sexuales.
Frenó y se sorprendió al ver que Álex no estaba sólo. Parecía
que venía acompañado de la mitad de sus amigos. Afortunadamente, su hermano no
estaba, pero sí había cuatro chicos que Sandra conocía de vista, y no le
gustaban demasiado. En realidad, no le gustaba demasiado ninguno de aquellos
chicos, salvo Álex. Mientras bajaba de la moto, se dio cuenta, nerviosa, de que
estaba muy sexy: se había recogido el pelo y maquillado mucho su cara,
resaltando los labios y pintando de azul los ojos. Tenía un jersey corto y
apretado que marcaba bien sus formas, y una minifalda, con botas negras. Se
sintió incómoda delante de aquellos chicos, pero supuso que pronto se irían.
-¿Qué tal, mi amor?
-Hola cariño.
Se besaron con lengua. Después, Álex se separó. No sabía
decir por qué, pero a Sandra le pareció que le pasaba algo, que tenía una
expresión extraña.
-Te quiero presentar a mis amigos, que sé que los conoces de
vista. Pero oficialmente. –Se volvió hacia los chicos. –Ya conocéis a Sandra. La
tía más buena de Barcelona… y mi novia.
Sandra se sintió halagada, mas un poquito incómoda con ese
comentario. Mientras daba dos besos a cada uno (y maldecía por lo bajo el olor a
tabaco: odiaba fumar) notó que todos la estaban mirando.
-Elegí bien, ¿verdad, tíos? Está buenísima –decía Álex.
Sandra le dirigió una mirada asesina, pero el chico desvió
los ojos. ¿A qué venía ese comentario?
-¿Nos vamos, cariño? –preguntó marcando mucho las palabras,
para que Álex lo entendiera.
-No, Sandra, que estaba muy a gusto aquí. Deberías salir más
a menudo con nosotros.
"¿Con esta pandilla de críos? No me hagas reír". Sandra no
podía creer que Álex hablara en serio. Siempre se había referido a sus amigos
como unos niñatos infantiles. Y Sandra no podía más que corroborar esa
afirmación.
-Sí, anda. Que nos gusta tener a tías macizorras como tú al
lado –dijo uno de ellos, con una pinta de babuíno que parecía imposible que
hubiera dicho una frase entera. Los chicos se rieron, pero lo que más molestó a
Sandra fue que Álex no les parara los pies.
-Además, yo quiero alardear de tener una novia como tú.
–soltó, haciendo reír aún más a sus amigos.
"¡De qué coño vas!" le quería gritar. ¿Qué se suponía que
tenía que hacer ella? ¿Reírse?
-Sandra, ¿por qué no enseñas un poco lo que llevas debajo del
jersey?
Sandra quedó atónita mirando a Álex, que la miraba como si no
fuera él. "Pero bueno. Esto ya es el colmo". Nunca había dejado Sandra que una
conversación sobre ella subiera tanto de tono. Intentando no enfadarse dijo
entre dientes:
-Porque no hace falta. –Y añadió en un susurro. -¿Qué leches
estás haciendo?
Pero Álex no pareció escucharla. Por el contrario, llevó una
mano suya a su teta izquierda.
-Venga, Sandrita. Que sabemos que te gusta enseñar tu cuerpo.
Todos se estaban partiendo el culo. De ella. Álex levantó un
poco su falda, y eso fue más de lo que pudo resistir. Apartándose de Álex de un
empujón, gritó:
-¡Tú te has vuelto loco, chaval!
Y salió disparada hacia las motos.
-¡Sandra! ¡Espera!
Álex corrió tras ella. La alcanzó y la agarró del brazo.
Sandra tiró para liberarse, pero él no la dejó.
-¿Se puede saber a qué estás jugando, imbécil?
-¿No tengo derecho a exhibir a mi novia?
-No de ese modo. –Parecía increíble que Álex, después de
humillarla así, estuviera tan furioso.
-Tenemos que hablar entonces.
-Creo que no hay nada de que hablar. Déjame en paz. Estaremos
otro día. Cuando se te haya pasado el efecto de la mierda que has tomado…
-¡No he tomado ninguna mierda, Sandra! Y si no quieres, no
habrá otro día.
-¿Qué?
No era posible que Álex estuviera diciendo eso…
-Que si no puedo utilizarte como me gusta delante de la
gente, lo nuestro se acabó.
-¿Pero sabes qué estás diciendo? ¿Estás diciendo que debía
haberte dejado que me sacaras las tetas para que las vieran?
-Pues tal vez sí.
Hubo un silencio. Sandra hizo un intento de volver atrás.
-No entiendo nada. Hasta ahora no hemos tenido ningún
problema y ahora de repente quieres que me despelote para tus amigos.
-Sí y no. Quiero dejarte claro que hasta ahora me he estado
aguantando, pero a mi me gusta que mis novias cumplan mis órdenes.
-¿Qué?
-Vamos. No seas así. Hemos hablado muchas veces del morbo que
nos dan ese tipo de situaciones. Humillación, pero sin pasarse, como un juego.
¿No te gustaría vivirlas?
-Creo que te estás confundiendo. Me parece morboso que una
persona se vea exhibida y humillada en público, ¡pero para nada que esa persona
sea yo!
-Pues yo quiero que esa persona sea mi novia.
Hubo otro silencio. Sandra quería llorar pero no iba a
mostrar debilidad.
-Si es eso lo que quieres, allá tú. Lo nuestro ha acabado.
Búscate a una tía que aguante tus órdenes y se derrita por obedecerlas.
-Esa persona eres tú, Sandra. –Sandra no contestó. –Sería
divertido. Como un juego…
-No.
-Siempre te ha gustado exhibirte. Disfrutarías obedeciendo
mis órdenes…
-¡No!
-Sólo cuando estemos en públi…
-¡¡HE DICHO QUE NO!!
Sandra subió la moto y arrancó. Parecía increíble que todo se
hubiera ido a la mierda tan rápido. Álex permaneció quieto a su lado.
-Piénsalo. Cuando quieras hacerlo, lo haremos. Te estaré
esperando.
-Pues espera. Pero será en balde. No pienso verte nunca más.
Aún con el ruido del motor, mientras se alejaba oyó a Álex
gritar:
-Esperaré. ¡Porque te quiero!
Con los ojos empañados en lágrimas, Sandra no pudo evitar
pensar: "yo también".
20
-Ricardo, ¿qué haces aquí?
Ricardo había aparecido en casa de Ángela, tomándola
desprevenida.
-Ese respeto, puta –dijo Ricardo, inflexible.
Ángela, nerviosa por que les oyera un criado, susurró:
-¿Qué hace aquí? Mi marido podía haber estado en casa.
-¿Y crees que no me he asegurado de que no está? Sé que está
trabajando, guarra.
Ángela seguía sintiendo incómoda. Su hijo estaba en casa, así
como la cocinera, la criada y el mayordomo. Sin embargo, Ricardo la agarró de la
cintura y la acercó a él. Ella no se atrevió a soltarse.
-Vengo a empezar a rehacer tu vida, amor.
-¿Está seguro de que…?
-No cuestiones mis decisiones. –Aunque en un susurro, su voz
sonaba autoritaria. Aquella voz que Ángela seguía amando.
-Vamos a mi cuarto, entonces.
Mientras salían del salón y comenzaban a subir las escaleras,
Ángela volvió a preguntarse qué demonios estaba haciendo. Se daba perfecta
cuenta de que aquello estaba yendo demasiado lejos. Había (en algún lugar que
ella ignoraba) una grabación en la que salía ella en un hotel, follando con
Ricardo, desnudándose para él, y aguantando todo tipo de humillaciones. Estaba
claro que él no jugaba. Lo que ignoraba era hasta qué punto seguiría.
Pero aún así, no podía negar que con él estaba aprendiendo el
verdadero significado del vicio y de disfrutar. Se había casado a los
veinticinco años, y hasta entonces había sido la niña protegida de sus padres.
No podía recordar ningún momento de su juventud donde ella realmente hubiese
disfrutado. ¡Oh, sí, disfrutaba con sus riquezas, sus joyas! Pero la gente con
la que siempre se había relacionado (era demasiado llamarlos amigos) siempre le
había parecido superficial y muy estirada. Y siempre había creído que su vida
estaba solucionada al casarse con Juan José Coronas, que era un buen marido y un
brillante empresario. Pero ahora se daba cuenta, desgraciadamente, de que esa
cómoda vida que había llevado carecía por completo de diversión, aventuras o
espontaneidad.
Y lo había comprendido, en parte, con la polla de Ricardo
clavada en su culo. Sufriendo, pero disfrutando.
Casi se chocó contra su hijo cuando éste abrió la puerta de
su habitación.
-¡Marcos! –No sabía qué decir y su hijo miraba con curiosidad
a Ricardo.
"Con demasiado interés…"
-Éste es un amigo mío… Ricardo… ha venido a por una cosa…
Marcos parecía querer más explicaciones. Ángela miró nerviosa
a Ricardo, que no parecía importarle la situación.
-Vámonos a la habitación, cariño –soltó inesperadamente,
acercándose a ella. Ángela notó una mano en su culo. Intentando aparentar que no
pasaba nada, entró a su habitación. Notaba la mirada atenta de Marcos.
¿Sospechaba algo? ¿Por qué había tenido que decir Ricardo eso?
-No te he dado permiso para mentir, puta. No soy ningún amigo
–dijo Ricardo, serio, nada más cerrar la puerta.
-Lo siento, Amo –contestó Ángela, sumisa.
-Esta vez te lo he permitido, pero la próxima tal vez no.
Ahora desnúdate.
Ricardo se dispuso a poner en marcha la cámara de vídeo, que
ahora se fijó Ángela que había traído. Ella dudó si responder o no. Su hijo
estaba en casa… pero finalmente decidió que no. Se desnudó, mirando a la cámara.
Ricardo se había tumbado en la cama de matrimonio.
-Puta, no me gustan esos pelos en el coño. Deberías
depilarte.
-Sí, Amo.
-Perfecto. Ahora vamos al trabajo. Que hay mucho que hacer.
Bien, te contaré lo que haremos al principio de nuestra nueva relación. En
líneas generales, es muy simple. Simple pero ingenioso. Comenzarás a llevar una
vida totalmente diferente: gastarás innecesariamente, comenzarás a beber
demasiado, saldrás de marcha a deshoras… de tal manera que tu marido y tus hijos
creerán que tienes un problema psicológico y te obligarán a que te vea un
psicólogo. Y como esa es mi especialidad, te llevarán directamente a mí, que
trataré, evidentemente, tu caso con muchísimo esmero.
A Ángela no le pareció en absoluto brillante la idea, ni
simple. Al contrario, le pareció horriblemente peligroso.
-¿En líneas generales?
-Sí. Las cosas menores te las iré explicando más adelante.
¿De acuerdo, puta?
Ángela no respondió. Miraba a la cámara, que parecía estar
esperando su respuesta.
-¿Puta? –la voz era amenazadora.
Ángela siguió sin responder. No sabía qué responder. Sin
previo aviso, Ricardo se levantó ágilmente de la cama y le cruzó la cara con un
manotazo. Ángela no gritó pero cayó a la cama, llorando. Llorando por el dolor
físico y psíquico.
-¿Lo harás, puta? –susurró ahora Ricardo.
Ángela seguía llorando.
-Sí Amo. –respondió, por miedo, por ignorancia, por no saber
qué decir. Notó que Ricardo se le estaba echando encima.
-Querida Ángela –su voz ahora era tierna como la miel-, tus
débiles negativas no nos llevan a ninguna parte. –Ricardo la besaba en el
cuello, mientras ella aún lloraba. Ahora estaba confusa.
-Amo: ¿usted me quiere? –dijo entre lágrimas.
-Claro que sí –contestó él. –Por eso me tomo tantas
molestias. Porque te quiero. –Ángela no sabía si creerlo o no. Ricardo la seguía
besando y eso ayudó que ella recuperara los ánimos.
-Lo siento, Amo.
-Llámame Ricardo si quieres –le dijo dulcemente. Y la besó en
los labios.
Ángela se sentía totalmente desorientada. Días atrás le había
ordenado que le llamara amo. ¿Ahora no? ¿Se había arrepentido Ricardo de haberla
pegado? Ángela iba recuperando la confianza. Sonrió.
Ricardo pareció contento:
-Entonces, manos a la obra. Vamos a comenzar por coger esta
bonita foto tuya con tu marido… -la cogió de la mesilla y se la pasó. Era una
foto de un viaje a Alemania, cinco años atrás. -… y quiero que la rompas. Como
accidentalmente.
Y Ángela lo hizo. Casi como un autómata. El cristal roto
resonó por toda la habitación.
-Perfecto. Le dirás a tu marido que se ha roto, pero no te
preocuparás por arreglarlo. No quiero que de momento haya fotos vuestras en tu
mesilla.
-Sí, Ricardo.
-Bien. Poco a poco irás deshaciéndote de tus recuerdos. Ya lo
iremos haciendo. Y ahora… cógete tarjetas de crédito. Vamos a comprarte todo
tipo de ropa.
21
A Sara López aún le costaba creer que estuviera disfrutando.
Disfrutando más que nunca en su vida, de ser propiedad de su amado Amo y Señor
Álex. Ahora ya dependía totalmente de él, y se pasaba horas y horas fuera de
casa. Entre Álex, el gimnasio y las sesiones de rayos UVA, más de una vez se
había encontrado en problemas al no poder cumplir con su parte de trabajos de
casa. Más de una vez tuvo que pedir perdón a su hija ("he tenido una reunión") y
encargar unas pizzas a última hora para cenar. Menos ella, que cenaba ensalada,
para mantenerse a dieta.
Pero los problemas más graves los comenzó a tener en el
Instituto. Al comienzo, cuando su actitud cambió, los profesores se habían
quedado sin habla, y los alumnos encantados de tener una profesora que no se
preocupaba de dar bien las clases, ofrecía un sexy espectáculo en cada lección,
fumaba a escondidas y flirteaba con todos. Los chicos estaban tan asombrados por
semejante cambio en una profesora que era muy conocida en aquel Instituto por su
mano dura, que las primeras semanas apenas se atrevían a respirar con temor a
romper el hechizo que parecía envolver a Sara.
Pero ya había pasado un mes desde aquello, y Sara no daba
signos de cambiar su actitud, sino todo lo contrario. Así que los alumnos se
estaban envalentonando, y Sara tenía miedo (y ese miedo le gustaba, la ponía
cachonda) de hasta dónde iban a llegar. Oía rumores sobre ella tanto por parte
de profesores como de alumnos. Y lo peor era encontrarse con Alex. Lo peor y lo
mejor.
El chico no perdía oportunidad de hacerse el gamberro con
total impunidad delante de ella. Era normal que ella pasara ante un grupo de
chicos donde se encontrara Álex (que, por cierto, se había puesto muy contento
de la moto nueva que le regaló Sara) y éste dijera en alto: "son impresionantes
los melones de esta profesora, sería una buena puta". Ella, claro está no decía
nada.
Especialmente tensos eran momentos como el que había vivido
uno de esos días. Iba en dirección a la sala de profesores y era la hora del
recreo. Sara estaba vestida como la mejor de las zorras, como siempre: una larga
falda negra con una larga apertura lateral, y arriba un top de tirantes muy
escotado. No llevaba sujetador. Y súbitamente coincidió: su hija salió de un
aula y Álex apareció en el pasillo, rodeado de un grupo de chicos. Vio a su Amo
sonreír con malicia, y dirigirse a ella directamente.
-Sarita… -dijo Álex. –No me gusta mucho el top que has
escogido hoy… Deja demasiado a la imaginación.
Los chicos se reían, y ella sonreía. No veía a su hija, pero
sabía que estaba allí mismo, oía su respiración. La estaba mirando.
-Vamos a ver si te puedo arreglar un poco –seguía Álex.
Y directamente, dirigió las manos a su top y lo tiró para
abajo, empujando las tetas hacia arriba, tocándolas. Sara estaba paralizada, sin
respiración. Aún Álex no había revelado a nadie que era su Amo…
-Así está mejor para una mujer como tú, ¿no, Sara? –dijo
Álex. Sara vio que el chico había dejado más de la mitad de las tetas fuera, y
se veían las aureolas y casi los pezones.
-Claro, Álex. Muchas gracias.
Notó como su hija se alejaba. Y cuando los amigos de Álex
pasaron, más de uno rozó con sus manos sus tetas.
Pero la mayor tensión eran las clases con Álex mismo. Aquel
día, Sara llevaba una minifalda y una blusa blanca con botones que
transparentaba el sujetador negro que, excepcionalmente, llevaba. Entró a clase
de cuarto de ESO. Como siempre, el caos reinaba en aquella clase.
-Vamos a ver chicos…Vamos a hacer unos ejercicios de repaso
para la primera evaluación. Recordad que entrarán en el examen las oraciones
simples y compuestas de todo tipo, mezcladas…
Poco a poco la clase se fue callando. Todos menos un grupo:
Álex estaba sentado atrás rodeado de tres chicos. Marcos no estaba entre ellos,
ya que últimamente no eran amigos. Sara sabía que Álex salía con Sandra, la
hermana de Marcos, y que por eso no se hablaban. Evidentemente, a Sara no le
molestaba que Álex tuviera novia, sino que lo veía como algo totalmente normal.
La cuestión era que Álex y sus tres amigos estaban hablando
en voz alta. Sara sabía que debía dejarles: no tenía autoridad para ordenar
callar a su Amo. Notaba alguna mirada de sus alumnos, como preguntándose por qué
no les hacía callar. Pero Sara no dijo nada, ni cuando Álex soltó una enorme
risotada.
El sonido del mechero alertó a Sara, y medio segundo después
le llegó el olor: los cuatro chicos, aparte de no hacer nada y no callarse, ¡se
estaban fumando un porro en clase! Estaban en la última fila, pero Sara los veía
perfectamente. Sintió aquella sensación tan familiar de miedo y de excitación.
No sabía por qué, pero el riesgo (y había un riesgo enorme de que el olor a
porro atrajera a algún profesor) siempre la excitaba. Hizo la vista gorda.
¿Hasta dónde iba a jugar con ella aquel chico? Y sin embargo, en realidad no
quería que parara.
De repente vibró el móvil: tenía un mensaje de Álex. Ya lo
habían hablado: cualquier orden de Álex vía SMS sería cumplido en el acto. El
mensaje era corto pero contundente:
"Dí que te pican las tetas en alto y quítate el suje".
Sólo leerlo los pezones se endurecían. La camiseta era
semi-transparente: ¡si se quitaba el sujetador sus tetas quedaban a la vista!
Y sin embargo, ni pensó en dudar la orden. Miró a Álex, que
estaba haciendo círculos con el humo que salía de su boca.
-¡Me pican… las tetas! –dijo en alto.
El comentario fue acogido con risas de todos. Sara,
intentando no mirar a nadie, metió las manos en la camisa y se quitó el
sujetador. Lo puso en la mesa y miró a todos.
-¡Es que me picaba mucho! Los chicos no sabéis lo que es
esto.
Sara sabía que sus tetas estaban siendo vistas por todos los
alumnos de esa clase.
-¡Buenas tetas! –gritó un chico. Sara le sonrió:
-Gracias.
La mitad de la clase seguía embobado cada movimiento de
aquellas enormes tetas. Las chicas, sin embargo, la miraban con cara de asco.
"Si ahora entrara un profesor…"
El móvil volvió a vibrar: otro mensaje.
"Siéntate sobre la mesa de espaldas a nosotros bajando la
falda accidentalmente. Que se vea medio culo. No lo subas pase lo que pase."
¡Dios mío! Sara lo hizo: se sentó mirando la pizarra y bajó
un poco la minifalda: notó que se ponía roja y los pezones se endurecían: ¡le
estaban viendo el culo!
Oyó varias risas. Y de repente una voz. La voz de su Amo.
-Sara, se te ve el culo.
Sara se volvió: Álex, fumando un porro, la miraba
tranquilamente. Algunos se rieron pero otros estaban tensos. Y Sara no sabía
cómo leches salir de esta.
-Ya –contestó tontamente. Sus tetas seguían viéndose…
-¿Por qué no te subes la falda? –siguió Álex, impávido.
Silencio sepulcral. Sara habló sin pensar, casi por instinto.
Ese instinto que estaba desarrollando a base de revistas y vídeos porno.
-No me importa si se ve un poco.
Todos comenzaron a reírse.
-El tanga mola, Sara –dijo otro chico. Sara tenía un tanga de
hilo dental rojo.
-Ya, pero se ve bastante, Sara. ¿No te vas a subir la falda?
–insistió Álex. Sara estaba excitadísima. Y no podía hacer nada para evitarlo.
-No, estoy bien.
A lo largo de aquella clase, Sara siguió con la falda bajada,
y varios aprovecharon para tocarle más o menos disimuladamente el culo. Faltaban
dos minutos para el final cuando sonó el móvil de nuevo.
"Desabróchate toda la blusa. Inventa una excusa que no sea el
calor".
"¡Qué cabrón eres, mi Señor".
Sara estaba salida de sí misma, y lo hizo sin pensar.
-Chicos. Últimamente noto algo extraño aquí.. –se tocó las
tetas. –¿Me podrías decir si veis algo?
Dicho eso se desabrochó la blusa. Sus grandes tetas con
oscuros pezones quedaron al aire. Todos se empezaron a reír (menos las chicas,
que dejaron de trabajar y se pusieron a hablar mirándola como si fuera el
diablo), pero ella, muy seria, las acercó a los chicos, que las miraron y
tocaron con descaro, mientras Sara sentía que iba a morirse del morbo. ¡Quería
correrse!
-Yo no veo nada extraño –dijo uno que le estaba pellizcando
un pezón.
-Sí, son bastante grandes las tetas, pero aparte de eso…
-Había sido Álex, por supuesto.
Mientras sonaba el timbre, otro chico le sacó una foto con el
móvil. Sara no hizo otra cosa que sonreír. Y vio que Álex también sonreía.
Todo esto estaba contribuyendo a que el prestigio que tenía
Sara cayera en picado. Los alumnos se reían y se aprovechaban de ella, cada vez
más. Y Sara dudaba que la situación pudiera sostenerse por mucho tiempo.
Cuando llegó la primera evaluación, a mediados de noviembre,
Sara se vio obligada a cumplir otra orden antigua: asegurarse la nota máxima de
Álex en su asignatura y en la de todos los profesores varones. Evidentemente, el
chico no había hecho el más mínimo esfuerzo para aprobar: ni siquiera iba a las
clases, menos a las de Sara. Iba a necesitar todos sus encantos para conseguir
los dieces…
Y evidentemente, los consiguió. Los consiguió a costa de que
ahora los profesores varones tenían constancia de que no era más que una puta.
Pero los consiguió. Y no era un precio desorbitado para su Amo. Al menos eso le
parecía a ella. Y lo más asombroso de todo, era que ella seguía sintiéndose la
mujer más feliz del mundo. A pesar de todo.
22
Sábado noche. Bajo la incesante lluvia toda Barcelona dormía.
O al menos, casi toda…
Ángela nunca había estado en aquel barrio, un lugar de mala
muerte donde la música atronaba y nadie parecía descansar. Hombres y mujeres,
todos ya de maduros para arriba, bebían y gritaban en los distintos bares, y
también bajo la lluvia. En la calle, varios borrachos y mendigos dormían a
pierna suelta bajo la lluvia, y unos cuantos más vomitaban en una esquina.
"Qué encantador".
Ricardo y ella avanzaban entre el gentío, ya que parecía que
él conocía la zona. Ángela nunca habría pisado semejante lugar, que olía
desagradablemente a meadas y vómitos. Ricardo llevaba el paraguas, pero no se
preocupaba por taparla. Se estaba calando hasta los huesos, y su elegante
vestido plateado, recién comprado, se le pegaba al cuerpo, y se iba ensuciando.
-Vengo aquí cuando necesito relajarme –dijo Ricardo, sin que
ella hubiera pedido una explicación.
Iba muy nerviosa. No sólo por no tener ni la más remota idea
de adónde se dirigían o qué harían. También porque era sábado noche, y había
tenido que mentir a su marido para poder salir.
El lugar era extraño. No era el típico sitio donde (suponía
ella) van los jóvenes a emborracharse. La mayoría de las personas tenían
cuarenta o cincuenta años, y eran hombres, pero también había varias mujeres,
tan borrachas como ellos. Una rubia gorda eructó sonoramente en su cara. Un
hombre barbudo y con gafas le gritó mientras se tambaleaba:
-¡Rubia guapa! ¿Quieres follar un poco?
A Ángela le daba asco todo aquel lugar. Súbitamente Ricardo
la agarró de un brazo y entraron en un bar llamado: "El último puerto".
Dentro la música no estaba tan fuerte como en otros bares, pero en la tenue luz
roja intensa distinguió a gente igual que la que había visto fuera: hombres y
mujeres bebiendo y gritando. El bar estaba muy sucio, olía muy mal y había dos
mujeres bien gordas bailando sobre una mesa.
-¡Hola Rubén! –saludó Ricardo.
-¡Richard! ¡Hacía tiempo que te esperaba! –gritó el
tabernero, que era el que mejor pinta tenía del todo el bar. Parecía ser un poco
más joven que Ricardo (unos treinta y cinco años?), y tenía el pelo negro y
rizado. De constitución fuerte pero delgado, estrechó la mano de Ricardo, que
parecía muy alegre. Era obvio que eran amigos. –Bueno, ¿y supongo que esta será
la zorra de la que me hablaste, verdad?
¡Se estaba dirigiendo a ella! Poniéndose muy roja bajó la
cabeza, sin saber qué decir, mientras Ricardo contestaba:
-Sí. No está del todo mal, ¿verdad?
-No es mi tipo, pero tiene algo que la hace apetecible.
¡No podía ser que estuvieran hablando de ella como si fuera
una vulgar fulana! Y sin embargo, no se atrevía a decir nada.
-¡Ángela! ¿No vas a saludar a mi amigo Rubén? –gritó Ricardo.
-Hola Rubén –le dio dos besos, y notó los labios de Rubén muy
cerca de los suyos.
-Hola ricura. ¿Qué queréis para beber?
-Lo de siempre –dijo Ricardo. -¿Y tú? ¿Quieres beber algo,
Ángela?
Pensando que sería todo más soportable bajo los efectos del
alcohol, pidió un gin-tonic. Nada más hubo servido, bebió un trago grande y
sintió que le ardía la garganta.
Ricardo y Rubén se habían puesto a hablar, mientras Rubén
secaba distraídamente unos vasos. Ricardo sacó una caja de tabaco, y le ofreció
a ella, que aceptó. Tanto él como Ángela comenzaron a fumar. Ella solía fumar a
veces. Apenas oía nada de lo que hablaban los hombres, que parecían haberse
olvidado de ella. No le importó mucho, aunque no le gustó sentirse olvidada.
Estaba acostumbrada a ser el centro de atención, aunque en este caso no le
apetecía. Se dedicó a observar el garete mientras seguía bebiendo el gin-tonic a
grandes tragos, hasta que un comentario de Ricardo la sacó de su
ensimismamiento.
-Sí, esta puta está casada y ha tenido que mentir a su marido
para salir hoy. ¿Qué le has dicho, puta?
Ángela contestó sin mirar a Rubén a la cara:
-Le he dicho que mi madre se ha puesto enferma y que tenía
que ir a cuidarla.
Ambos hombres se rieron.
-¿Lo ves? –dijo Ricardo. –Es capaz de lo que sea para que su
marido no se entere, aunque eso sólo es de momento. Veremos qué dice cuando vea
las facturas. Porque hemos ido de compras los dos, y hemos comprado muchas
cosas, ¿verdad Ángela?
Ángela asintió. Prefería olvidarse de eso. Siempre gastaba el
dinero sin preocuparse de nada (para algo eran millonarios), pero nunca había
comprado tanta ropa en tan poco tiempo. Además de los hoteles que estaba pagando
ella para poder estar con él. Otro comentario la devolvió a la realidad:
-Sí bueno –decía Ricardo -, necesita un repaso, pero ya lo
iremos haciendo. Por lo pronto tendrá que ir perdiendo kilos. Y es bastante
buena follando, conmigo al menos. Luego veremos qué tal se porta contigo…
-¿¡Qué!? –Ángela se atragantó con el alcohol y con la
cantidad de humo que había en aquel local.
-A, sí, se me olvidó comentarte, cariño –dijo Ricardo en tono
casual. –Cuando Rubén cierre, iremos los tres al hotel y te dejaré para que
folles con él. No tiene importancia, es un amigo. Es uno de los detalles menores
de este proceso.
Y volvieron a hablar de otros temas, dejando a Ángela tiesa
de miedo. ¿Tenía que follar con otro tío? Una cosa era ponerle los cuernos a su
marido con Ricardo, y otra muy distinta follar con los amigos de su amante. O su
amo. O lo que fuera.
La espera al temido momento fue horrorosa, sólo amortiguada
por las copas que bebió. Desgraciadamente, aunque ligeramente mareada, era
perfectamente consciente de su situación cuando Rubén cerró "El último
puerto" y salieron a la lluvia. Rubén y Ricardo se taparon, y ella volvió a
quedar empapada.
Llegaron al hotel que Ángela había pagado. Su vestido estaba
tan pegado al cuerpo que su sujetador quedaba del todo marcado. Totalmente
avergonzada por lo que iba a hacer, pidió la llave. No fue muy consciente de
cómo subieron a la habitación, ni cómo los dos hombres se instalaron cada uno
con una copa, Rubén tumbado en la cama y Ricardo en un sillón. Sí fue consciente
sin embargo, de que Ricardo había vuelto a sacar la cámara de algún lugar y la
estaba preparando.
-Voy a grabar vuestra follada, amigo. Así tendrás un bonito
recuerdo. Yademás, la puta tendrá un bonito documento follando con más de una
persona.
-Si siempre salieras tú sería como aburrido, ¿no? –dijo
Rubén, y estalló en risas. Ambos parecían un poco borrachos.
-¿A qué hostia esperas, puta? –gritó Ricardo. –Desnúdate. –Y
puso en marcha la cámara. Él quedaba fuera del ángulo.
Muerta de vergüenza y con el sopor del alcohol, Ángela se
despojó de su largo vestido nuevo, empapado y sucio, de sus zapatos de tacón y
su ropa interior, quedando desnuda (con su coño recién depilado) frente a Rubén.
No fue tan malo como esperaba. Rubén no estaba nada mal, y
sólo follaron por delante. Sin embargo, no pudo evitar que, mientras Rubén le
clavaba su polla en sus entrañas salvajemente, su mente fuera a parar a su cama,
donde debía estar ella durmiendo con su marido; y a la cámara de vídeo, que
grababa descaradamente. Y a Ricardo, que se masturbaba en silencio, con salvaje
placer.
23
Cuando comenzó la segunda quincena de noviembre, Laura
comenzó a tener problemas. Su estado de ánimo y su humor pendían de un hilo. A
veces, cuando salía hecha una guarra, se sentía realmente feliz, disfrutando:
sentía que era alguien. Pero cuando volvía a casa, su humor empeoraba, y se
pasaba horas encerrada en su habitación.
Mayormente, la razón de su mal humor era que no había estado
con Ricardo desde aquella fugaz visita que le hizo días atrás. Hablaba con él
por teléfono regularmente, y en esos momentos se sentía muy feliz, pero pasaban
los días y no volvían a verse. Sí, Ricardo trabajaba, y debía estar muy ocupado,
y tenía una familia, y tenía sus cosas que hacer… Pero a Laura le hubiera
gustado poder pasar más tiempo con él.
Su frustración de no estar con Ricardo, junto con su cambio
de actitud, habían influido brutal y directamente en sus notas. Acababan de
pasar los exámenes de la primera evaluación, y Laura no se engañaba: lo había
hecho penosamente. Durante el curso pasado siempre sacaba excelentes notas,
sobre todo porque no salía nunca. Pero esta vez, había sido todo lo contrario.
En su afán de salir, comportarse como una calietapollas, disfrutar y hacerse una
mujer, no había trabajado nada, en clase se dedicaba a calentar a los chicos, y
los fines de semana salía a emborracharse. Además, cuando estaba en casa no le
apetecía estudiar. Se quedaba mirando la única foto de Ricardo que tenía, y
pensando en las cosas que harían juntos. Y los exámenes la pillaron totalmente
desprevenida. La mayoría los había entregado en blanco. Y al ser su madre
profesora, la bronca debía estar al caer.
Y todos esos problemas se habían traducido en mayor
despreocupación y comportamientos más extremos. Además, Ricardo le había dicho
que no se cortara delante de su madre. Ya la había pillado más de una vez
morreándose con alguien (siempre una persona diferente, claro), y Laura se
encargaba de que siempre que la besaran la sobaran a discreción. Y no se
preocupaba en taparse las tetas ni cuando pasaba su madre por delante.
Todo el Instituto sabía que Laura era ahora una zorra (no
había más que mirarla), y que la podían sobar como quisiera. No sólo eso, sino
que era muy fácil llevársela a la cama. A Laura le gustaba saber que los chicos
contaban a todo el mundo en voz alta cómo se la habían follado. Y es que había
follado con varios, desde los de su propio curso hasta los mayores del
Instituto. Todos estaban deseando disfrutar de aquella pequeña diablilla.
Aquel día tuvo una idea. Tenía ganas de marcha.
-A las cinco y media podéis venir a mi casa. Mi madre tiene
una reunión, así que no habrá nadie –había dicho a varios chicos, cuidadosamente
seleccionados. Ese día quería lo mejor.
Con puntualidad meridiana llegaron a su casa los chicos.
Estaba David, el chico más guapo de su curso; Juanma, el macarra de quince años;
Nacho, que ya tenía dieciocho años y estaba bastante bueno; y otros dos con los
que nunca había follado (ya empezaba a catalogar gente en dos grupos: a los que
se había tirado, y a los que no). Ella estaba vestida de negro: un pequeñísimo
top negro sin sujetador, y minifalda negra, que no era más que un cinturón
ancho. Se veía el culo sin esfuerzo y el tanga rojo asomaba descaradamente. Se
había maquillado mucho, de negro también, y lucía orgullosa en el ombligo su
nueva adquisición: un piercing, sugerencia de Ricardo, que su madre aún no lo
había visto. Aunque se necesitaba permiso de los padres para hacerse, Laura
había conseguido "convencer" al chico de la tienda.
-Pasad, guapos.
Los chicos entraron, y cada uno le dio un beso en la boca.
Traían bebidas.
-¿Vamos a mi habitación? –preguntó Laura.
-¿Hace falta? –preguntó a su vez David. -La sala parece
cómoda…
-¡Qué capullo eres…! Muy bien, lo haremos en la sala –decidió
Laura.
En seguida estaban los chicos sentados en los sofás de la
sala principal de la casa. Sacaron bebidas y vasos. El alcohol corría, al igual
que el tabaco y los porros. Iba a ser una buena velada, pensó Laura.
-Bueno, zorrita, ¿empezamos?
-Venga, haz un strip-tease, para irnos calentando.
-¿Queréis que lo haga? –preguntó Laura, mientras fumaba un
porro. Cada vez le gustaba más esa sensación embriagadora.
-Sí, pero hazlo sin quitarte la ropa.
-¿Qué dices tío?
-Sí, que lo haga pero que deje la ropa mal puesta… Tiene más
morbo –dijo uno de los nuevos, que se llamaba Daniel y tenía catorce años.
-Vale, tíos. Allá voy. Vamos a ambientar…
Bajaron las luces y cerraron las persianas. Sólo quedó
encendida una lámpara, y los chicos encendieron los mecheros. Pusieron una
música sexy ("la de toda la vida: qué típico" pensó Laura) a todo volumen. Y
Laura comenzó el show.
Apenas se daba cuenta de lo que hacía. Bailaba, movía las
caderas, se tocaba todo el cuerpo, se acercaba a un chico y lo besaba con
lengua, le daba una calada a un porro, volvía a bailar… Se sacó el tanga rojo y
lo tiró por los aires (uno de los chicos lo cogió). Sonriendo, siguió bailando,
de forma muy sensual. Otra calada, otro trago, y poco a poco fue bajando el top.
Sus enormes melones fueron saliendo poco a poco, hasta que quedaron totalmente
fuera. Laura dejó el top debajo de las tetas, de una forma muy vulgar. Se
inclinó ante los chicos y dejó que sobaran las tetas. El baile seguía. Se llevó
las tetas a la boca con las manos y las chupó. Le gustaba hacerlo. Luego, Laura
se levantó la falda, dejándola también puesta en la cintura, y enseñó su culo y
su coño a todos. Sin un solo pelo. Laura había comenzado a depilárselo, aunque
apenas tuviera pelos.
Los chicos aplaudieron. Laura se dejó caer sobre ellos, y
todos la sobaron. Le magreaban las tetas, le mordían los pezones, le tocaban el
culo prieto y redondo, metían dedos por su coño… jugaban con ella como si fuera
una muñeca. Y ella, envuelta entre el alcohol, la marihuana y el morbo, se dejó
hacer.
-¡Vale ya de mariconadas! ¡A follar a la puta! –gritó
alguien.
-¿Vamos a hacer un sandwitch? –dijo Laura, sonriente, sacando
la lengua. –Pollas fuera tíos.
La sala se llenó de ropa que volaba. Los seis se encontraban
desnudos y la música seguía sonando. Laura se puso a cuatro patas, sacando el
culo.
-¡Qué puta eres! Es impresionante, nena. Una puta niña como
tú –dijo Daniel.
-¿Quieres saber una cosa Laura? –preguntó el otro. –Te lo
vamos a decir. ¿Te acuerdas que hace un mes o así dos tíos te acosaron en el
baño y te sobaron? Pues fuimos nosotros dos.
Todos miraron a Laura, pero ésta no se tomó mal la noticia.
Al fin y al cabo, entonces no era más que una cría.
-Bueno, pues os tengo que pedir perdón por lo mal que me
porté ese día. Aún era una estúpida niña. Hoy os compensaré lo de aquel día.
Todos parecían encantados.
-Vamos. ¿Quién va? –chilló Laura, fuera de sí. Necesitaba
pollas dentro, necesitaba relajarse aquel día.
David se puso debajo de ella, con la polla (bastante pequeña)
tiesa. Laura se dejó caer y se la metió de golpe. Ambos gritaron de placer.
-Venga, cabrones. ¿Quién me revienta el culo de mientras?
Nacho, que tenía más experiencia que el resto, se preparó
para meterla por el culo.
-¿Directamente o te la voy preparando…?
-¡¡¡Métemela ya, cabrón!!! ¡¡¡Con fuerza!!!
Laura gritaba fuera de sí. La follada con David le encantaba.
Notó la polla de Nacho entrar por su culo. Era la segunda vez en la vida que
alguien se la metía por el culo. La primera vez había sido Ricardo, pero esta
segunda no fue tan dolorosa como la primera. Los tres perfectamente acoplados,
todos gritando, las dos pollas embestían una y otra vez con fuera dentro del
cuerpo de trece años de Laura. Juanma, el macarra, se la metió por la boca.
-¡Mama, guarra! ¡Chúpamela como la zorra que eres! –gritaba
como un poseso con su voz afónica, mientras Laura le obedecía. Mamaba con
delicia, aunque aquella polla no fuera la más agradable del mundo. Los otros dos
miraban y se masturbaban…
El orgasmo resultó brutal. Laura se corrió con un grito
animal casi al mismo tiempo que Nacho, que dejó la polla dentro de su culo, y un
segundo después que Juanma, que esparció su semen por toda la cara de Laura.
Hizo lo que pudo por tragarlo, pero la cara entera, el pelo, el suelo… estaba
quedando empapado de semen. ¡Se corría abundantemente el muy cabrón!
Laura estaba jadeando mientras los chicos sacaban las pollas
(David hacía tiempo que se había corrido en sus tetas). Estaba extasiada. ¡Era
su primera orgía! Se encontraba empapada de semen, y no le importaba para nada.
Se sentía sucia, pero le gustaba.
Tal vez fuera por los efectos del alcohol, que aún duraban,
pero cuando levantó la mirada, vio una alucinación. Que, como desgraciadamente
se dio cuenta medio segundo más tarde, no se trataba de ninguna alucinación.
Pálida como la cera, quieta como una estatua, su madre estaba
de pie en la puerta de la sala.
24
-¿Qué te pasa, tía?
-Nada, déjame en paz.
-Pero Sandra… estás llorando.
-No es nada, en serio.
-¿Es por Álex? ¿Os habéis peleado?
-¡No! Déjame. Quiero estar sola.
-Como quieras.
Ainhoa se fue, dejando sola a Sandra. Era ya de noche, pero
no llovía. Sandra estaba sentada en el banco de un parque. Su pequeño piercing
debajo del labio brillaba en la oscuridad. El maquillaje estaba corrido por las
lágrimas que inundaban sus ojos. No le gustaba mucho llorar. No en estas
situaciones. Pero no podía evitarlo.
Y sí, era por Álex.
Sandra no podía creer que la mejor relación que jamás hubiera
tenido hubiera durado tan sólo tres semanas. Porque no había duda: habían roto
de verdad.
Álex la había seguido durante días. Había enviado mensajes al
móvil y ella no había contestado. Le había escrito largos e-mails y ella no
había dado señales de vida. Aún no podía creerlo. En ellos, Álex dejaba muy
claro lo que quería: quería jugar con ella en público, someterla a
humillaciones, para que ambos (según él) disfrutaran.
Sandra casi se arrepintió de haber hablado de eso con Álex.
Una tarde, cuando aún salían, comenzaron a hablar de las cosas que más morbo les
daban, y habían descubierto que asombrosamente comprobaban los mismos morbos. A
ambos les calentaba pensar en una persona humillada por otra, en público.
Obligada a obedecer.
Y punto final. Nunca habían hablado de que ella fuera aquella
persona. Claro que se había imaginado a ella en esa situación a veces. Pero
nunca jamás lo llevaría a cabo.
Estaba muy claro. Álex había jugado sus cartas, y había dicho
qué quería de ella. Y ella no iba a dárselo.
Le quería. Pero había otras cosas por delante. El amor no iba
a cegarla.
No. No iba a aceptarlo. Tendría que olvidarse de Álex.