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El árabe que me puso mirando a la meca
TODORELATOS » RELATOS » EL RETRATO: (4)
[ Muerto el perro, se acaba la rabia. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 07 de Octubre, 2008.
Fecha: 31-Ago-06 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series (1128 de 1478)

El Retrato: (4)

Nocturna
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...las hizo sentar en el suelo, una sobre la otra, abiertas de piernas ambas mostrándole los hinchados labios vulvares ... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Capítulo 6: Tras el Retrato

Erik suspiró, expulsó el aire viciado de sus pulmones y volvió a inhalar una nueva bocanada mientras contemplaba su imagen frente al espejo de su dormitorio. Se dijo que al menos, cada día podía cambiar su aspecto, o eso se repetía a sí mismo cada noche antes de que todo volviera a comenzar. Sacudió la cabeza alejando recuerdos pasados y terminó de ajustarse el chaleco negro sobre la camisa blanca de mangas largas y abombadas que hacía juego con el pantalón y las botas negras, se atusó el pelo con los dedos y frunció el ceño. Por mucho que lo intentara no podía apartar a aquella mujer de sus pensamientos, ¡Era tan diferente a las demás!. A lo largo de los años que pasó encerrado en el retrato había tenido muchas dueñas, todas ellas se habían hecho con el cuadro para utilizar el poder que escondía, su poder, todas ellas le habían deseado en sus lechos. Mujeres fuertes, guerreras, salvajes, mujeres delicadas, necesitadas y temblorosas, daba igual como fueran, todas acabaron en sus brazos la primera vez que lo invocaron, bien por desearlo o bien por ser incapaces de evitarlo. Pero ella no, Genye no, ella se le había resistido demasiado, veía en ella una mujer fuerte e independiente, pero a la vez una mujer que necesitaba ser querida y protegida, esto le volvía loco, nunca topó con alguien como ella, alguien tan ambigua, tan compleja.

Golpeó el espejo con el puño sintiéndose incapaz de comprenderla, se hizo añicos en el marco pero no le importó, pronto volvería a estar como siempre, allí nada cambiaba. Se recriminó así mismo el haberla asustado, quizá sus palabras la tenían atemorizada y ella se negaba a invocarle de nuevo. Pero él deseaba ser invocado, salir de la terrible monotonía que sufría cada vez que volvía al retrato, alejarse del pasado, deseaba estar con ella, librarla de toda su resistencia y tenerla a su merced, quería poseerla, conocerla, averiguar que era en su interior, saber porqué se comportaba de aquel modo con él. Pero sus deseos no tenían el más mínimo valor.

La música comenzó a sonar en el salón de baile, la fiesta de aquella noche estaba a punto de empezar, hubiera dado cualquier cosa por quedarse allí, encerrado en su dormitorio, lejos de la sala de baile, pero la maldición le obligaba a bajar las escaleras como cada noche, cruzar la puerta del gran salón y contemplar y participar de la fiesta. Toda maldición tenía un fin, un modo de romperla y él lo había intentado en multitud de ocasiones, pensaba en ello cada momento de su difusa existencia, en una ocasión, incluso, una de las damas que lo liberó trató de acabar con ella, pero sus esfuerzos fueron vanos y sólo lograron minar la poca fe que a él le quedaba. Ahora sabía que nada ni nadie podría terminar con aquello, así que lo único que le quedaba eran esos momentos fugaces en que era invocado y durante los que rogaba para no ser devuelto al retrato, ni más ni menos.

Al fin se armó de valor y se dirigió al salón. Cinco damas bien vestidas con trajes de la época charlaban animadamente y bebían sendas copas de vino tinto, acompañadas por dos varones de unos veinte años, ambos rubios y de buen ver, que disfrutaban de su compañía. Erik conocía al milímetro cada palabra de la conversación, cada gesto de sus rostros y cuerpos, cada pequeño detalle de aquella escena que de idílica, sólo tenía la apariencia. Se vio obligado a pronunciar las mismas palabras de siempre, reír los mismos chistes y contestar las mismas preguntas. El ambiente se caldeaba poco a poco gracias a la chimenea y al rápido correr del vino que embriagaba a los presentes. La ropa comenzó a resultar molesta y pesada y terminó deshaciéndose sobre el suelo, las damas quedaban en corsé y medias sin el más mínimo pudor, y los hombres a penas vestían los calzones. Erik tomó asiento y cerró los ojos, se sentía agotado, sabía que el descanso jamás le llegaría pero ya no tenía fuerzas para desesperarse si quiera por tan gélida certeza, al menos, llegado aquel momento, podía dejar de participar y limitarse a contemplar, lo uno o lo otro, jamás ninguno. Sus hermanos comenzaron a tontear con las damas, sus dedos se movían ágiles sobre las pieles blancas y suaves, acariciando, pellizcando, descubriendo la piel y la carne. Ellas reían falsamente azoradas y ayudaban a desprender la poca ropa que les quedaba puesta, ya desnudas se dejaban llevar por la lujuria de los dos hermanos, sus bocas se buscaban y las lenguas se entrelazaban en besos húmedos y salvajes, los dientes mordían labios y cuellos arrancando gemidos de dolor y de placer, las manos trataban de apoderarse de senos y muslos, juguetonas y descaradas.

Hermano, ¿no te unes a la fiesta? – inquirió uno de los rubios mientras insertaba un dedo largo y frío entre las piernas de la dama más cercana, haciéndola chillar de placer. Erik negó con la cabeza tratando de sustraerse a sus propios pensamientos.

Cuando todo aquello comenzó, él gozó como el que más de repetir la orgía noche tras noche, el final poco le importaba pues era un ser de instintos y se dejaba dominar por ellos. Con el tiempo fue madurando y tomando conciencia de su situación, supo que habían causado un terrible mal con sus juegos peligrosos y que debería saldar su pecado antes de verse libre de revivir la noche el resto de su vida inmortal, se obsesionó con salvarle la vida a la joven corroído por la culpa, tenía infinitas oportunidades para hacerlo, pero no importaba que dijera o hiciera, el final siempre era el mismo, tuvo que convencerse de que no podía cambiar lo ocurrido y su fin era revivirlo hasta el fin de sus días, si es que este llegaba. Ahora se limitaba a tomar asiento y dejar pasar las horas sumido en sus pensamientos, estaba harto de aquello, pero la muerte también le quedó negada, o eso comprobó al tratar de colgarse del viejo roble del jardín. Se ahogo, sintió en falta el aire en sus pulmones, se asustó ante la inminente muerte, perdió el aliento y la consciencia, pero finalmente despertó en su dormitorio, a la hora de siempre, y tuvo que prepararse para revivir una nueva noche. No había escapatoria.

Rechazó a un par de damas que se acercaron a él sugerentes, una de ellas incluso se agarró a su entrepierna por encima del pantalón deseosa de hacerla revivir para ella, pero él la alejó apartándola de sí con las manos y un gesto de sus oscuros ojos. La otra optó por ofrecerle una copa de vino que igualmente desechó con un ademán, no había sabor, textura, olor capaz de alcanzar sus sentidos, que aparecían muertos, grises y yermos dentro del retrato, pues nada en él era real excepto sus sentimientos. Como cada noche se limitó a contemplar una obra que ya conocía.

Primero, los dos hermanos saciaron su sed bebiendo de cada seno que se puso a su alcance, mordían los pezones tratando de arrancar néctar de ellos, succionaban los pechos abarcándolos por completo con sus bocas, dejando rastros de saliva en ellos al apartarse, las damas gemían sin el más mínimo decoro, disfrutaban y no hacían nada por ocultarlo. De una en una ambos hermanos fueron degustando a las damas, a la que no cataban con la boca, palpaban y estrujaban con sus manos, manos de pianista, de dedos largos y finos, extremadamente ágiles y ellas se afanaban en acariciarles por encima del pantalón, despertando la bestia que llevaban dentro. Después de eso, con las caricias, los besos y los pellizcos, el ambiente se encendió como un rescoldo alentado por el viento y la fiesta tomó un nuevo cariz. Dos de las mujeres se hicieron a un lado, recostaron sus cuerpos desnudos sobre blandos cojines y comenzaron a besarse entre ellas, sus bocas dejaban paso a las lenguas que juguetonas buscaban la de su compañera, enroscándose y acariciándose ya fuera dentro de una o al aire, donde todos podían verlas. Las manos apretaban pechos y pezones endureciéndolos y oscureciendo el tinte de su piel, se acariciaron el abdomen y deslizaron los dedos hacia su entrepierna. Una de ellas empujó a la otra hasta dejarla totalmente tumbada en el suelo, piernas separadas, la recorrió con la lengua marcando invisibles caminos en su piel hasta alcanzar el monte de venus totalmente libre de bello. Le abrió aún más las piernas y hundió la boca en su sexo, degustándolo, saboreándolo, bebiendo de él, la lengua trazaba círculos alrededor de su clítoris y escarbaba la superficie en busca de cotas más profundas y cálidas. Mientras su compañera gemía y jadeaba a voz en grito, se retorcía sobre los cojines y se acariciaba los pechos a la vista de todos. Esta escena encendía las pasiones de todos los presentes excepto de uno, Erik apartó la vista asqueado y trató de fijarse en otra cosa, pero sabía que era inútil, debía mirar, era eso o participar junto a ellos. Ya hacía mucho que aquellas muestras de lujuria y frenesí sexual no conseguían caldear ni su alma ni su cuerpo, le resultaban vulgares, carentes de sentimiento. Pero es que habían tenido que pasar muchos años de maldición para que él sintiera, para que necesitara sentir y ser sentido.

Uno de los hermanos tomó a dos de las jóvenes y las hizo sentar en el suelo, una sobre la otra, abiertas de piernas ambas mostrándole los hinchados labios vulvares, el botón sobresaliente que era su clítoris, todo ello impúdicamente accesible a él. Su mano resbalaba de la una a la otra acariciando la carne que se le ofrecía, ellas gemían y le lanzaban miradas lujuriosas mientras contemplaban crecer su pene, ahora libre de ropa alguna. Cuatro manos blancas y de piel suave, aprisionaron su miembro y comenzaron a acariciarlo y comprimirlo, como si trataran de ordeñarlo, mientras una abarcaba los testículos con las manos, la otra hacía otro tanto con el miembro, ahora más erguido e inflamado que nunca. El rubio las deseaba a ambas, se situó sobre ellas e introdujo su miembro en la que quedaba por encima de la otra, la envistió varias veces antes de salir y hacer otro tanto con la segunda muchacha. En aquella pose podía introducirse en ambas mujeres casi sin notar el cambio de una a otra, mientras ellas se encargaban de acariciarle el pecho, los hombros y el rostro, a cuatro manos, o mientras se daban placer la una a la otra, frotando el clítoris, pellizcando el pecho o besándose con deseo. A él le excitaba, Erik sabía lo mucho que su hermano Bernard se excitaba viendo a aquellas dos mujeres besarse y tocarse entre ellas, mucho más que el poseerlas a ambas a la vez.

El segundo hermano, Ferrance, tomó entre sus brazos a la dama que quedaba y la obligó a inclinarse dándole la espalda, la contempló desde atrás, acarició sus glúteos prietos y bien formados, separó ambos pasando un dedo fino entre ellos y palpando el ano que se adivinaba usado y entrenado, no tardó en penetrarla haciendo uso de su miembro grueso y largo, arrancando gritos de sus labios. Erik se llevó las manos a los oídos en un gesto inútil por escapar de aquella sintonía, él sabía que no podría hacerlo. Contempló el reloj de la pared, ella estaba apunto de llegar. Por enésima vez pensó en Genye, ¿por qué no lo invocaba? ¿Por qué no le ayudaba a escapar de aquello? Quería sentirla entre sus brazos, saciar su sed derramando el vino rojo sobre ella, dejarse alimentar por sus labios.

La puerta del salón se abrió de par en par y una joven de cabellos oscuros y ojos azules ataviada con una fina capa de color azul, entró en la sala. Por un instante nadie le prestó atención, sólo cuando los primeros orgasmos de una noche que prometía estar plagada de ellos comenzaron a apagarse se dieron cuenta de que ella había llegado. Ferrance, sin el más mínimo miramiento, hizo a un lado a la joven a quien estaba sodomizando para encarar a esta nueva Diosa de marfil que se presentaba suculenta ante él. La joven se desprendió de la capa mostrando un cuerpo de pechos redondos y firmes que difícilmente podrían ser abarcados por una sola mano, los pezones de un rosa oscuro eran pequeños y se metían hacia dentro a pesar de estar endurecidos de excitación, el estómago a penas sobresalía curvándose hacia el interior de las piernas y dejando ver un bello oscuro recortado en diminuto triángulo. Era perfecta, bella y delicada. El muchacho la contempló con deseo y su mirada se tornó salvaje y peligrosa. Erik, a pesar de conocer bien aquella expresión, no pudo más que temblar al verla, era la mirada del demonio.

Ella era Azalea.

Os he estado buscando. Sólo vos – comenzó a decir la joven al muchacho – podéis llevarme al clímax que busco. Ahora os pertenezco, joven señor.

Aron – le susurró él, empleando su segundo nombre, mientras se situaba a su espalda y la agarraba de la cintura – Amo Aron – especificó.

Aquella pareja prometía dar un buen espectáculo, Aron era famoso por ellos tanto como por su sadismo, así que el resto de participantes se hizo a un lado y tomó asiento para disfrutar de ello, Erik rezó una vez más para que se le permitiera cerrar los ojos y los oídos, nadie atendió sus súplicas.

Aron la condujo tomándola de la mano, hacia el centro de la sala, permitiendo que todos la contemplaran desnuda como estaba, la hizo girar sobre sus pies, se agachó frente a ella y acercó la nariz a su entrepierna absorbiendo su aroma, luego palpó los labios vulvares con un dedo y lo introdujo en su boca, como si se tratara de un pastel y él fuera un niño travieso que lo catara disimuladamente. Ella se estremeció ante su contacto, pero no dijo nada, tenía la vista clavada en él, sus ojos brillaban con verdadera pasión, una lujuria salvaje inundaba su mirada y no parecía dispuesta a echarse a tras. Erik sabía que llegaría hasta el final, su final. El joven la dejó sola un momento, el necesario para tomar una botella de champagne y volver junto a ella. La alzó entre sus brazos y la recostó sobre una mesilla cercana, dobló sus piernas y las separó dejando bien visible su íntima anatomía, labios gruesos y carnosos de tono rosa pálido, un bello corto de color oscuro que apenas la cubría y un clítoris pequeñito que asomaba entre los pliegues exigiendo ser atendido. Aron se inclinó y pasó su lengua entre los labios y el clítoris para estimularla, ella gimió con voz aguda contorneando las caderas al son de sus caricias orales. No tardó mucho el joven en penetrarla con el cuello de la botella en una rápida embestida que la hizo gritar de dolor, pero su mano libre ya la sostenía contra la mesa obligándola a quedarse quieta. El dorado líquido burbujeante se derramó en su interior llenándola con un fuerte cosquilleo que la hacía querer sacar de sí aquel objeto, poco a poco comenzó a derramarse fuera de su cuerpo, resbaló entre sus piernas y acabó por gotear en finos hilos sobre la alfombra persa.

Mantelo ahí – ordenó él retirando de un solo gesto la botella vacía. Ella contrajo los músculos procurando no derramar el resto de la bebida.

Aron tomó los cordones de las cortinas y los usó para atarle las manos a la mesa, estiradas por encima de la cabeza y muy juntas, lo cual tenía la singular característica de elevar sus pechos hacia arriba volviéndolos más prominentes y deseables. Sus manos la recorrieron propinando pellizcos y palmeando los senos con fuerza, dejando así marcas rojizas sobre ellos, a cada golpe ella gritaba tratando de contener el líquido aún dentro de ella, tal y como le habían ordenado. A un gesto del joven, una de las damas se aproximó portando varias copas en una bandeja, él presionó el clítoris de la joven como si de un botón se tratara y, cada vez que lo hacía, colocaba una copa bajo ella y le ordenaba dejar escapar la bebida que se derramaba dentro del cristal. Una vez servidas, fueron repartidas a los presentes y Azalea pudo relajarse un instante. Su cuerpo estaba perlado de gotas de sudor que brillaban a la luz del fuego de la chimenea y de las lámparas de gas, su boca entre abierta procuraba recuperar el aliento y sus piernas dobladas caían a los lados sin importar su indecencia.

Un mordisco en el pezón derecho seguido de otro en el izquierdo volvieron a tensar su cuerpo, al retirar la boca quedó marcada su dentadura y unas pequeñas marcas rojizas donde la sangre se había acumulado. Una vara elástica de madera cruzó el aire y golpeó a la joven por todo el cuerpo, arrancando gritos de su garganta reseca, pero aún así, ella disfrutaba con el tormento, se excitaba con aquel dolor y Aron lo sabía. Al igual que Erik que apretaba los puños sintiéndose incapaz de ayudarla, trató de apartar la vista, como otras tantas veces, pero no fue capaz, los gritos de ella, la vara golpeándola, la mirada de su hermano, todo ello le hacía estremecer de terror, de culpa. El resto de la noche fue una danza continua de aquel mismo trato sádico que tanto gustaba a Aron, pero el final... Aron la penetró por fin llevando el juego al límite, sus manos se aferraron al cuello fino y delgado de ella y lo apretaron acercándola a la asfixia. Azalea pudo sentir como el oxígeno cada vez llegaba en menor medida a sus pulmones, su garganta ardía por el esfuerzo de tratar de tragar aire suficiente para no perder la consciencia, Aron se movía dentro y fuera de ella a una velocidad increíble, gritando según se acercaba al orgasmo, mientras que ella luchaba por su vida, presa de las cuerdas y de los brazos de su amante que no parecía percatarse de la situación a la que la estaba conduciendo, por un instante, Azalea debió pensar que pronto se correría y el aire regresaría, pero en seguida el pánico se apoderó de ella y lo único en que pensaba era en escapar de su captor y del abrazo mortal que la envolvía.

No lo consiguió, al retirarse Aron de ella esparció el semen caliente sobre su cuerpo, y sólo entonces los allí reunidos advirtieron la mirada perdida de ella, la lengua colgando flácida a un lado, la sombra dejada en el cuello por el joven y el leve tono morado bajo los ojos y la boca. Azalea había muerto. Erik dejó escapar el aire contenido durante los últimos minutos de vida de la joven, sabía que ahora llegaría él y la maldición volvería a repetirse desde el principio. No tardaría mucho, unos pocos minut... ¿qué era aquello?

Podía oler el humo provocado por un fuego que arrasara madera, aún a sabiendas de que no había olor ninguno en aquel mundo, dentro del retrato. Nadie más parecía percatarse de ello, pero es que ninguno de ellos era real. ¿Qué estaba sucediendo? Erik vio un destello de llamas, aún sin saber muy bien de donde provenían. Entonces la oyó, era ella, le estaba invocando, había miedo en su voz, casi tanto como la primera vez que le liberó y urgencia, una terrible urgencia. Erik se puso en pie y abandonó el retrato como tantas otras veces a lo largo de su existencia, sintió calor, un calor abrasador que estuvo a punto de consumirle, pero logró apartarse, fue entonces cuando se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Genevieve estaba agazapada en un rincón de la habitación de su tía, sostenía el cuadro entre sus brazos y lo golpeaba con su bata enrollada en la mano, tratando de apagar una equina que había comenzado a arder. Por la puerta abierta de par en par se vislumbraban las llamas que estaban asolando la mansión y de las cuales ella trataba de huir. Erik no perdió un minuto más, arrancó una de las cortinas de cuajo y envolvió con ella el tembloroso cuerpo de la joven que no soltó el cuadro ni un instante, abrazándose a él como a un bote salvavidas. La tomó entre sus brazos y recorrió la casona hasta la salida, procurando protegerla, dando gracias de que a él no podía dañarle aquel fuego. Una vez fuera la alejó de las llamas y ambos contemplaron como Dark Garden ardía, de las ventanas salía un humo negro y denso, brillaban con el color rojo y anaranjado del fuego, parte del primer piso estaba comenzando a resquebrajarse entre aullidos lastimeros, y volutas de ceniza llovían desde el tejado, sin embargo no quedaba rastro visible de los artífices de aquel atentado. La joven comenzó a toser a causa del humo inhalado y él la depositó en el suelo y apartó la manta para dejarla respirar. El cuadro estaba a salvo, Erik lo cogió de manos de la joven y lo apoyó contra el tronco de un árbol cercano, luego volvió a tomarla entre sus brazos envolviéndola con la manta para hacerla entrar en calor. Ella se abrazó a él completamente atemorizada y comenzó a llorar empapándole la camisa. Erik trató de tranquilizarla, susurrando a su oído y estrechándola más fuerte contra sí.

La han quemado – gimió ella aún con los ojos anegados de lágrimas – han quemado Dark Garden.

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