Capítulo 6: Tras el Retrato
Erik suspiró, expulsó el aire viciado de sus pulmones y
volvió a inhalar una nueva bocanada mientras contemplaba su imagen frente al
espejo de su dormitorio. Se dijo que al menos, cada día podía cambiar su
aspecto, o eso se repetía a sí mismo cada noche antes de que todo volviera a
comenzar. Sacudió la cabeza alejando recuerdos pasados y terminó de ajustarse el
chaleco negro sobre la camisa blanca de mangas largas y abombadas que hacía
juego con el pantalón y las botas negras, se atusó el pelo con los dedos y
frunció el ceño. Por mucho que lo intentara no podía apartar a aquella mujer de
sus pensamientos, ¡Era tan diferente a las demás!. A lo largo de los años que
pasó encerrado en el retrato había tenido muchas dueñas, todas ellas se habían
hecho con el cuadro para utilizar el poder que escondía, su poder, todas ellas
le habían deseado en sus lechos. Mujeres fuertes, guerreras, salvajes, mujeres
delicadas, necesitadas y temblorosas, daba igual como fueran, todas acabaron en
sus brazos la primera vez que lo invocaron, bien por desearlo o bien por ser
incapaces de evitarlo. Pero ella no, Genye no, ella se le había resistido
demasiado, veía en ella una mujer fuerte e independiente, pero a la vez una
mujer que necesitaba ser querida y protegida, esto le volvía loco, nunca topó
con alguien como ella, alguien tan ambigua, tan compleja.
Golpeó el espejo con el puño sintiéndose incapaz de
comprenderla, se hizo añicos en el marco pero no le importó, pronto volvería a
estar como siempre, allí nada cambiaba. Se recriminó así mismo el haberla
asustado, quizá sus palabras la tenían atemorizada y ella se negaba a invocarle
de nuevo. Pero él deseaba ser invocado, salir de la terrible monotonía que
sufría cada vez que volvía al retrato, alejarse del pasado, deseaba estar con
ella, librarla de toda su resistencia y tenerla a su merced, quería poseerla,
conocerla, averiguar que era en su interior, saber porqué se comportaba de aquel
modo con él. Pero sus deseos no tenían el más mínimo valor.
La música comenzó a sonar en el salón de baile, la fiesta de
aquella noche estaba a punto de empezar, hubiera dado cualquier cosa por
quedarse allí, encerrado en su dormitorio, lejos de la sala de baile, pero la
maldición le obligaba a bajar las escaleras como cada noche, cruzar la puerta
del gran salón y contemplar y participar de la fiesta. Toda maldición tenía un
fin, un modo de romperla y él lo había intentado en multitud de ocasiones,
pensaba en ello cada momento de su difusa existencia, en una ocasión, incluso,
una de las damas que lo liberó trató de acabar con ella, pero sus esfuerzos
fueron vanos y sólo lograron minar la poca fe que a él le quedaba. Ahora sabía
que nada ni nadie podría terminar con aquello, así que lo único que le quedaba
eran esos momentos fugaces en que era invocado y durante los que rogaba para no
ser devuelto al retrato, ni más ni menos.
Al fin se armó de valor y se dirigió al salón. Cinco damas
bien vestidas con trajes de la época charlaban animadamente y bebían sendas
copas de vino tinto, acompañadas por dos varones de unos veinte años, ambos
rubios y de buen ver, que disfrutaban de su compañía. Erik conocía al milímetro
cada palabra de la conversación, cada gesto de sus rostros y cuerpos, cada
pequeño detalle de aquella escena que de idílica, sólo tenía la apariencia. Se
vio obligado a pronunciar las mismas palabras de siempre, reír los mismos
chistes y contestar las mismas preguntas. El ambiente se caldeaba poco a poco
gracias a la chimenea y al rápido correr del vino que embriagaba a los
presentes. La ropa comenzó a resultar molesta y pesada y terminó deshaciéndose
sobre el suelo, las damas quedaban en corsé y medias sin el más mínimo pudor, y
los hombres a penas vestían los calzones. Erik tomó asiento y cerró los ojos, se
sentía agotado, sabía que el descanso jamás le llegaría pero ya no tenía fuerzas
para desesperarse si quiera por tan gélida certeza, al menos, llegado aquel
momento, podía dejar de participar y limitarse a contemplar, lo uno o lo otro,
jamás ninguno. Sus hermanos comenzaron a tontear con las damas, sus dedos se
movían ágiles sobre las pieles blancas y suaves, acariciando, pellizcando,
descubriendo la piel y la carne. Ellas reían falsamente azoradas y ayudaban a
desprender la poca ropa que les quedaba puesta, ya desnudas se dejaban llevar
por la lujuria de los dos hermanos, sus bocas se buscaban y las lenguas se
entrelazaban en besos húmedos y salvajes, los dientes mordían labios y cuellos
arrancando gemidos de dolor y de placer, las manos trataban de apoderarse de
senos y muslos, juguetonas y descaradas.
Hermano, ¿no te unes a la fiesta? – inquirió uno de los
rubios mientras insertaba un dedo largo y frío entre las piernas de la dama
más cercana, haciéndola chillar de placer. Erik negó con la cabeza tratando
de sustraerse a sus propios pensamientos.
Cuando todo aquello comenzó, él gozó como el que más de
repetir la orgía noche tras noche, el final poco le importaba pues era un ser de
instintos y se dejaba dominar por ellos. Con el tiempo fue madurando y tomando
conciencia de su situación, supo que habían causado un terrible mal con sus
juegos peligrosos y que debería saldar su pecado antes de verse libre de revivir
la noche el resto de su vida inmortal, se obsesionó con salvarle la vida a la
joven corroído por la culpa, tenía infinitas oportunidades para hacerlo, pero no
importaba que dijera o hiciera, el final siempre era el mismo, tuvo que
convencerse de que no podía cambiar lo ocurrido y su fin era revivirlo hasta el
fin de sus días, si es que este llegaba. Ahora se limitaba a tomar asiento y
dejar pasar las horas sumido en sus pensamientos, estaba harto de aquello, pero
la muerte también le quedó negada, o eso comprobó al tratar de colgarse del
viejo roble del jardín. Se ahogo, sintió en falta el aire en sus pulmones, se
asustó ante la inminente muerte, perdió el aliento y la consciencia, pero
finalmente despertó en su dormitorio, a la hora de siempre, y tuvo que
prepararse para revivir una nueva noche. No había escapatoria.
Rechazó a un par de damas que se acercaron a él sugerentes,
una de ellas incluso se agarró a su entrepierna por encima del pantalón deseosa
de hacerla revivir para ella, pero él la alejó apartándola de sí con las manos y
un gesto de sus oscuros ojos. La otra optó por ofrecerle una copa de vino que
igualmente desechó con un ademán, no había sabor, textura, olor capaz de
alcanzar sus sentidos, que aparecían muertos, grises y yermos dentro del
retrato, pues nada en él era real excepto sus sentimientos. Como cada noche se
limitó a contemplar una obra que ya conocía.
Primero, los dos hermanos saciaron su sed bebiendo de cada
seno que se puso a su alcance, mordían los pezones tratando de arrancar néctar
de ellos, succionaban los pechos abarcándolos por completo con sus bocas,
dejando rastros de saliva en ellos al apartarse, las damas gemían sin el más
mínimo decoro, disfrutaban y no hacían nada por ocultarlo. De una en una ambos
hermanos fueron degustando a las damas, a la que no cataban con la boca,
palpaban y estrujaban con sus manos, manos de pianista, de dedos largos y finos,
extremadamente ágiles y ellas se afanaban en acariciarles por encima del
pantalón, despertando la bestia que llevaban dentro. Después de eso, con las
caricias, los besos y los pellizcos, el ambiente se encendió como un rescoldo
alentado por el viento y la fiesta tomó un nuevo cariz. Dos de las mujeres se
hicieron a un lado, recostaron sus cuerpos desnudos sobre blandos cojines y
comenzaron a besarse entre ellas, sus bocas dejaban paso a las lenguas que
juguetonas buscaban la de su compañera, enroscándose y acariciándose ya fuera
dentro de una o al aire, donde todos podían verlas. Las manos apretaban pechos y
pezones endureciéndolos y oscureciendo el tinte de su piel, se acariciaron el
abdomen y deslizaron los dedos hacia su entrepierna. Una de ellas empujó a la
otra hasta dejarla totalmente tumbada en el suelo, piernas separadas, la
recorrió con la lengua marcando invisibles caminos en su piel hasta alcanzar el
monte de venus totalmente libre de bello. Le abrió aún más las piernas y hundió
la boca en su sexo, degustándolo, saboreándolo, bebiendo de él, la lengua
trazaba círculos alrededor de su clítoris y escarbaba la superficie en busca de
cotas más profundas y cálidas. Mientras su compañera gemía y jadeaba a voz en
grito, se retorcía sobre los cojines y se acariciaba los pechos a la vista de
todos. Esta escena encendía las pasiones de todos los presentes excepto de uno,
Erik apartó la vista asqueado y trató de fijarse en otra cosa, pero sabía que
era inútil, debía mirar, era eso o participar junto a ellos. Ya hacía mucho que
aquellas muestras de lujuria y frenesí sexual no conseguían caldear ni su alma
ni su cuerpo, le resultaban vulgares, carentes de sentimiento. Pero es que
habían tenido que pasar muchos años de maldición para que él sintiera, para que
necesitara sentir y ser sentido.
Uno de los hermanos tomó a dos de las jóvenes y las hizo
sentar en el suelo, una sobre la otra, abiertas de piernas ambas mostrándole los
hinchados labios vulvares, el botón sobresaliente que era su clítoris, todo ello
impúdicamente accesible a él. Su mano resbalaba de la una a la otra acariciando
la carne que se le ofrecía, ellas gemían y le lanzaban miradas lujuriosas
mientras contemplaban crecer su pene, ahora libre de ropa alguna. Cuatro manos
blancas y de piel suave, aprisionaron su miembro y comenzaron a acariciarlo y
comprimirlo, como si trataran de ordeñarlo, mientras una abarcaba los testículos
con las manos, la otra hacía otro tanto con el miembro, ahora más erguido e
inflamado que nunca. El rubio las deseaba a ambas, se situó sobre ellas e
introdujo su miembro en la que quedaba por encima de la otra, la envistió varias
veces antes de salir y hacer otro tanto con la segunda muchacha. En aquella pose
podía introducirse en ambas mujeres casi sin notar el cambio de una a otra,
mientras ellas se encargaban de acariciarle el pecho, los hombros y el rostro, a
cuatro manos, o mientras se daban placer la una a la otra, frotando el clítoris,
pellizcando el pecho o besándose con deseo. A él le excitaba, Erik sabía lo
mucho que su hermano Bernard se excitaba viendo a aquellas dos mujeres besarse y
tocarse entre ellas, mucho más que el poseerlas a ambas a la vez.
El segundo hermano, Ferrance, tomó entre sus brazos a la dama
que quedaba y la obligó a inclinarse dándole la espalda, la contempló desde
atrás, acarició sus glúteos prietos y bien formados, separó ambos pasando un
dedo fino entre ellos y palpando el ano que se adivinaba usado y entrenado, no
tardó en penetrarla haciendo uso de su miembro grueso y largo, arrancando gritos
de sus labios. Erik se llevó las manos a los oídos en un gesto inútil por
escapar de aquella sintonía, él sabía que no podría hacerlo. Contempló el reloj
de la pared, ella estaba apunto de llegar. Por enésima vez pensó en Genye, ¿por
qué no lo invocaba? ¿Por qué no le ayudaba a escapar de aquello? Quería sentirla
entre sus brazos, saciar su sed derramando el vino rojo sobre ella, dejarse
alimentar por sus labios.
La puerta del salón se abrió de par en par y una joven de
cabellos oscuros y ojos azules ataviada con una fina capa de color azul, entró
en la sala. Por un instante nadie le prestó atención, sólo cuando los primeros
orgasmos de una noche que prometía estar plagada de ellos comenzaron a apagarse
se dieron cuenta de que ella había llegado. Ferrance, sin el más mínimo
miramiento, hizo a un lado a la joven a quien estaba sodomizando para encarar a
esta nueva Diosa de marfil que se presentaba suculenta ante él. La joven se
desprendió de la capa mostrando un cuerpo de pechos redondos y firmes que
difícilmente podrían ser abarcados por una sola mano, los pezones de un rosa
oscuro eran pequeños y se metían hacia dentro a pesar de estar endurecidos de
excitación, el estómago a penas sobresalía curvándose hacia el interior de las
piernas y dejando ver un bello oscuro recortado en diminuto triángulo. Era
perfecta, bella y delicada. El muchacho la contempló con deseo y su mirada se
tornó salvaje y peligrosa. Erik, a pesar de conocer bien aquella expresión, no
pudo más que temblar al verla, era la mirada del demonio.
Ella era Azalea.
Os he estado buscando. Sólo vos – comenzó a decir la
joven al muchacho – podéis llevarme al clímax que busco. Ahora os
pertenezco, joven señor.
Aron – le susurró él, empleando su segundo nombre,
mientras se situaba a su espalda y la agarraba de la cintura – Amo Aron –
especificó.
Aquella pareja prometía dar un buen espectáculo, Aron era
famoso por ellos tanto como por su sadismo, así que el resto de participantes se
hizo a un lado y tomó asiento para disfrutar de ello, Erik rezó una vez más para
que se le permitiera cerrar los ojos y los oídos, nadie atendió sus súplicas.
Aron la condujo tomándola de la mano, hacia el centro de la
sala, permitiendo que todos la contemplaran desnuda como estaba, la hizo girar
sobre sus pies, se agachó frente a ella y acercó la nariz a su entrepierna
absorbiendo su aroma, luego palpó los labios vulvares con un dedo y lo introdujo
en su boca, como si se tratara de un pastel y él fuera un niño travieso que lo
catara disimuladamente. Ella se estremeció ante su contacto, pero no dijo nada,
tenía la vista clavada en él, sus ojos brillaban con verdadera pasión, una
lujuria salvaje inundaba su mirada y no parecía dispuesta a echarse a tras. Erik
sabía que llegaría hasta el final, su final. El joven la dejó sola un momento,
el necesario para tomar una botella de champagne y volver junto a ella. La alzó
entre sus brazos y la recostó sobre una mesilla cercana, dobló sus piernas y las
separó dejando bien visible su íntima anatomía, labios gruesos y carnosos de
tono rosa pálido, un bello corto de color oscuro que apenas la cubría y un
clítoris pequeñito que asomaba entre los pliegues exigiendo ser atendido. Aron
se inclinó y pasó su lengua entre los labios y el clítoris para estimularla,
ella gimió con voz aguda contorneando las caderas al son de sus caricias orales.
No tardó mucho el joven en penetrarla con el cuello de la botella en una rápida
embestida que la hizo gritar de dolor, pero su mano libre ya la sostenía contra
la mesa obligándola a quedarse quieta. El dorado líquido burbujeante se derramó
en su interior llenándola con un fuerte cosquilleo que la hacía querer sacar de
sí aquel objeto, poco a poco comenzó a derramarse fuera de su cuerpo, resbaló
entre sus piernas y acabó por gotear en finos hilos sobre la alfombra persa.
Mantelo ahí – ordenó él retirando de un solo gesto la
botella vacía. Ella contrajo los músculos procurando no derramar el resto de
la bebida.
Aron tomó los cordones de las cortinas y los usó para atarle
las manos a la mesa, estiradas por encima de la cabeza y muy juntas, lo cual
tenía la singular característica de elevar sus pechos hacia arriba volviéndolos
más prominentes y deseables. Sus manos la recorrieron propinando pellizcos y
palmeando los senos con fuerza, dejando así marcas rojizas sobre ellos, a cada
golpe ella gritaba tratando de contener el líquido aún dentro de ella, tal y
como le habían ordenado. A un gesto del joven, una de las damas se aproximó
portando varias copas en una bandeja, él presionó el clítoris de la joven como
si de un botón se tratara y, cada vez que lo hacía, colocaba una copa bajo ella
y le ordenaba dejar escapar la bebida que se derramaba dentro del cristal. Una
vez servidas, fueron repartidas a los presentes y Azalea pudo relajarse un
instante. Su cuerpo estaba perlado de gotas de sudor que brillaban a la luz del
fuego de la chimenea y de las lámparas de gas, su boca entre abierta procuraba
recuperar el aliento y sus piernas dobladas caían a los lados sin importar su
indecencia.
Un mordisco en el pezón derecho seguido de otro en el
izquierdo volvieron a tensar su cuerpo, al retirar la boca quedó marcada su
dentadura y unas pequeñas marcas rojizas donde la sangre se había acumulado. Una
vara elástica de madera cruzó el aire y golpeó a la joven por todo el cuerpo,
arrancando gritos de su garganta reseca, pero aún así, ella disfrutaba con el
tormento, se excitaba con aquel dolor y Aron lo sabía. Al igual que Erik que
apretaba los puños sintiéndose incapaz de ayudarla,
trató de apartar la vista, como otras tantas veces, pero no fue capaz,
los gritos de ella, la vara golpeándola, la mirada de su hermano, todo ello le
hacía estremecer de terror, de culpa. El resto de la noche fue una danza
continua de aquel mismo trato sádico que tanto gustaba a Aron, pero el final...
Aron la penetró por fin llevando el juego al límite, sus manos se aferraron al
cuello fino y delgado de ella y lo apretaron acercándola a la asfixia. Azalea
pudo sentir como el oxígeno cada vez llegaba en menor medida a sus pulmones, su
garganta ardía por el esfuerzo de tratar de tragar aire suficiente para no
perder la consciencia, Aron se movía dentro y fuera de ella a una velocidad
increíble, gritando según se acercaba al orgasmo, mientras que ella luchaba por
su vida, presa de las cuerdas y de los brazos de su amante que no parecía
percatarse de la situación a la que la estaba conduciendo, por un instante,
Azalea debió pensar que pronto se correría y el aire regresaría, pero en seguida
el pánico se apoderó de ella y lo único en que pensaba era en escapar de su
captor y del abrazo mortal que la envolvía.
No lo consiguió, al retirarse Aron de ella esparció el semen
caliente sobre su cuerpo, y sólo entonces los allí reunidos advirtieron la
mirada perdida de ella, la lengua colgando flácida a un lado, la sombra dejada
en el cuello por el joven y el leve tono morado bajo los ojos y la boca. Azalea
había muerto. Erik dejó escapar el aire contenido durante los últimos minutos de
vida de la joven, sabía que ahora llegaría él y la maldición volvería a
repetirse desde el principio. No tardaría mucho, unos pocos minut... ¿qué era
aquello?
Podía oler el humo provocado por un fuego que arrasara
madera, aún a sabiendas de que no había olor ninguno en aquel mundo, dentro del
retrato. Nadie más parecía percatarse de ello, pero es que ninguno de ellos era
real. ¿Qué estaba sucediendo? Erik vio un destello de llamas, aún sin saber muy
bien de donde provenían. Entonces la oyó, era ella, le estaba invocando, había
miedo en su voz, casi tanto como la primera vez que le liberó y urgencia, una
terrible urgencia. Erik se puso en pie y abandonó el retrato como tantas otras
veces a lo largo de su existencia, sintió calor, un calor abrasador que estuvo a
punto de consumirle, pero logró apartarse, fue entonces cuando se dio cuenta de
lo que estaba ocurriendo.
Genevieve estaba agazapada en un rincón de la habitación de
su tía, sostenía el cuadro entre sus brazos y lo golpeaba con su bata enrollada
en la mano, tratando de apagar una equina que había comenzado a arder. Por la
puerta abierta de par en par se vislumbraban las llamas que estaban asolando la
mansión y de las cuales ella trataba de huir. Erik no perdió un minuto más,
arrancó una de las cortinas de cuajo y envolvió con ella el tembloroso cuerpo de
la joven que no soltó el cuadro ni un instante, abrazándose a él como a un bote
salvavidas. La tomó entre sus brazos y recorrió la casona hasta la salida,
procurando protegerla, dando gracias de que a él no podía dañarle aquel fuego.
Una vez fuera la alejó de las llamas y ambos contemplaron como Dark Garden
ardía, de las ventanas salía un humo negro y denso, brillaban con el color rojo
y anaranjado del fuego, parte del primer piso estaba comenzando a resquebrajarse
entre aullidos lastimeros, y volutas de ceniza llovían desde el tejado, sin
embargo no quedaba rastro visible de los artífices de aquel atentado. La joven
comenzó a toser a causa del humo inhalado y él la depositó en el suelo y apartó
la manta para dejarla respirar. El cuadro estaba a salvo, Erik lo cogió de manos
de la joven y lo apoyó contra el tronco de un árbol cercano, luego volvió a
tomarla entre sus brazos envolviéndola con la manta para hacerla entrar en
calor. Ella se abrazó a él completamente atemorizada y comenzó a llorar
empapándole la camisa. Erik trató de tranquilizarla, susurrando a su oído y
estrechándola más fuerte contra sí.
La han quemado – gimió ella aún con los ojos anegados de
lágrimas – han quemado Dark Garden.