El lunes, camino del trabajo, todavía estaba enfadada. Ni
siquiera el fin de semana había logrado aplacar mi furia. El sonido del
despertador incluso había logrado alimentarla de nuevo. Mi Jefa era una zorra.
Una hija puta que disfrutaba humillándome, que cada día me hacía quedarme hasta
más tarde y por cuya culpa había llegado tarde a la cita a ciegas que mi prima
Sandra me había preparado con un policía, compañero suyo de comisaría (según
ella un auténtico Adonis, caballeroso y muy seductor). Por supuesto, para cuando
llegué al lugar acordado para la cita, él ya no estaba. Y a mi el cabreo me
duraba desde entonces.
Caminando por las calles casi desiertas de madrugada, pensaba
(llevaba haciéndolo todo el fin de semana) en la mejor manera de vengarme de esa
mala puta: olvidarme la plancha encendida sobre su vestido favorito, robarla
ropa interior, tirar a la basura algún documento importante.. Pero nada de eso
me convencía completamente, era demasiado simple, demasiado infantil. Esa zorra
lo que se merecía era un castigo en toda regla: algo que la jodiese tanto como
me hiciese disfrutarlo a mi. Puede que tardase en decidir el instrumento de mi
venganza, pero cuando lo hiciese, sería monumental.
Y para colmo al pasar por el Parque de la Senda, atajando
casi diez minutos de camino, me sorprendió el brusco cambio de dirección de los
aspersores de riego automático, mojándome por completo, toda la ropa empapada,
el pelo, el bolso y hasta las bragas. Estaba que echaba humo y dispuesta a
lanzarme a morder el cuello del primero que me diese pie a ello.
Llegué dos minutos tarde al trabajo, pero por una vez mi jefa
no me reprendió. Sorprendentemente en su rostro de niña de papá mojigata y
amargada brillaba una sonrisa inédita en ella, lo que me dio aún más rabia. Yo
jodida, y ella encantada: el sino de las chachas.
-Luisa, cielo –no me había llamado cielo en su vida, ni mucho
menos se había dirigido a mi con un tono de voz tan amable) –me limpias todas
las lámparas y no hagas ruido, que mi novio está durmiendo.
Y con las mismas se dio media vuelta y salió del apartamento.
¿Su novio? ¿Se refería acaso al hombre de las fotografías, al
supuesto catedrático de matemáticas de Harvard, ese del que yo, que llevaba ya
casi medio año limpiando su mierda, había dudado fuera realmente su novio?
¿Acaso era verdad que se iba a casar con él? Curiosa, entreabría la puerta de su
habitación y vi un cuerpo semidesnudo acurrucado entre las sábanas: así dormido
y al natural no parecía tan atractivo como en las fotos, pero si demasiado
atractivo para una mujer tan relamida y pija como ella.
Entrecerré de nuevo la puerta y mientras me quitaba mi ropa
mojada una idea sublime acudió a mi mente: VENDETTA. Ya sabía cómo vengarme de
ella. Jodería a mi Jefa follándome a su novio. Y no lo haría de cualquier
manera, no, qué va, lo haría de manera que lograse volverle loco, de manera que
ella sufriese, de manera en que poder mirarla por encima del hombro y reírme de
ella, como ella se había estado riendo de micada vez que me encargaba una tarea
desagradable, lo haría d e modo que fuera tan humillante para ella como sus
actos lo habían sido alguna vez para mi.
Dejé toda mi ropa mojada secándose en el tendedero del balcón
y me puse aquella horrible batita rosa de chacha de película, pero esta vez no
me importó que me quedase estrecha dificultándome algunos movimientos, y ni
siquiera me tomé la molestia de abotonármela entera: con los tres botones
centrales había más que suficiente. Así, además de marcar mi voluminoso pecho
apretado(y libre de sujetador) el escote enseñaba casi la mitad de mis tetas,
hasta el mismo borde de la areola del pecho, y por debajo... Bueno, por debajo,
quedaba oculto mi conejo sólo para quien me mirase de frente. Pero si alguien lo
hiciera desde más abajo...
Dispuesta a la tarea que me ocupaba y simulando que era la
misma que me había encargado mi Jefa, coloqué la escalera frente a la puerta de
su habitación, bajo la lámpara del pasillo y subí con la pierna derecha hasta el
último escalón y con la izquierda hasta dos escalones más abajo, separé las
piernas ligeramente para que cuando el maromo de la cama saliese de su
habitación se tropezase directamente con el espectáculo de mi coño frente a él,
ensalivé bien mis dedos para que al pasarlos por mi chocho este se abriese
pronto, y me froté con ellos ávidamente para humedecerme y calentarme al mismo
tiempo. Dejé que mis dedos se deslizasen por entre mi raja, desde el mismo monte
de venus hasta el culo hasta que empecé a rezumar néctar por mi entrepierna. Era
el momento de que empezase el espectáculo: cogí un trapo de limpiar el polvo
(sólo de pensar en la palabra polvo me ponía mucho más cachonda), subí el brazo,
y empecé a tararear una canción en voz alta para que el tío se despertase
rápidamente.
No pasó ni un minuto cuando vi una sombra moverse tras la
puerta entreabierta y apenas unos segundos más hasta que se abrió completamente
para mostrarme a un somnoliento tipo alto y de buen ver frotándose los ojos en
slip: no era nada del otro mundo, pero tampoco estaba mal. Era bastante
aceptable: lo suficiente como para no arrepentirme de lo que estaba dispuesta a
hacer. Casi choca contra la escalera de mano, y al hacerlo abrió los ojos para
posar su mirada directamente sobre mi coñito rezumante. Se quedó tan atónito que
parecía una estatua de sal.
-Hola. Buenos días. –Dije yo con el tono más despreocupado de
que fui capaz. Él aún tardó unos segundos en poderme responder, pero lo que no
pudo fue apartar los ojos de mi conejito más que húmedo, mojado.
-Hola.
-¿Qué miras?
-Yo... –titubeó ahora si alzando la vista, aunque con
dificultad. –Es que...
-¿Me estabas mirando el coño?
-¿Qué??!! No, no, yo...
-Si, me lo estabas mirando.
-No es que... no llevas nada puesto... –Su voz era de
sorpresa, y aposté a que por un momento pensó que aún estaba soñando.
-Ya lo sé. No uso bragas nunca. –Como no contestó, continué
yo con la conversación. –Pero esa no es razón para que tú me mires el chochete.
Es de mala educación.
-¿Qué? No, no, -trató de disculparse el tipo mientras su slip
ajustado revelaba que se estaba poniendo muy cachondo, mostrando un abultado
paquete que me hizo suspirar de placer con sólo pensar de lo que iba a
disfrutar. –si yo no estaba mirando.
-¿Qué pasa, que no te gusta mi chocho?
-¿Qué?
-Mi chocho, mi coño, mi conejo. ¿Cómo lo llamas tú? ¿No te
gusta?
-No.. Bueno si, si me gusta, pero yo no quería mirarlo, es
que he salido y...
-Y nada. –Le corté. –Veo perfectamente que te gusta. Te lo
noto en tu polla.
-¿Qué?
-En la polla. Se te marca por los calzoncillos, los vas a
reventar. Deberías quitártelos.
-¿Qué... qué?
-Quitátelos. –Le ordené. –Te van a estorbar.
-¿Para qué?
-Para lo que te espera. Acércate.
Dudó por un momento, pero no era tonto, y se acercó. Le tenía
casi debajo mío.
-Escúchame: hoy es tu día de suerte. Te ha tocado la lotería.
En tu vida has estado con una mujer como yo, y si no espabilas no lo volverás a
estar, así que no seas tan tonto como para perder esta oportunidad y haz todo lo
que yo te diga. Te garantizo que en tu vida vas a disfrutar tanto. Así que
quítate ese calzoncillo y da la vuelta a la escalera para ponerte detrás de mi.
De nuevo se lo pensó unos segundos, pero por su mente de
matemático debió pasar el cálculo exacto de probabilidades de volver a
encontrase con una situación así en su vida porque me obedeció. Las mujeres
viciosas como yo escasean, y ésa es sólo una de las variables de la ecuación, la
más sencilla.
-Vamos, no te quedes quieto, sé muy bien que estás deseando
tocarme.
Para darme la razón aferró con una de sus manos mi tobillo,
mientras la otra ascendía descaradamente por la entrepierna, acariciándome el
muslo, rozándome suavemente el culo, pero sin llegar a tocarme el coño. Empecé a
dudar de si aquella tortura era síntoma de timidez o de exceso de experiencia.
-¿Prefieres tocarme el culo que el chocho? Quién lo diría.
¡Vamos, no te cortes, haz que me derrita entre tus manos.
No fue necesario provocarle más, subió al primer escalón y
mientras metía una mano por entre mis piernas para abarcar con toda su mano
abierta mi vulva mojada y con la otra me agarraba de las caderas, hundió su boca
en mi culito para morderlo deliciosamente fuerte, sin compasión, pequeños
mordiscos intensos que eran calambrazos de placer: Sus dedos comenzaban a
moverse con sabiduría por entre los pliegues de mi coño: con el dedo anular
encontró mi clítoris, al que presionaba con diferentes grados de intensidad para
hacerme enloquecer, con el índice y el corazón penetraba sin pudor mi vagina,
moviéndolos en rápidos y estudiados medios círculos hacia la derecha, hacia la
izquierda, hacia la derecha, hacia la izquierda, y con el pulgar avanzaba
decididamente por entre mi culo para abrirlo lo más suavemente de que suele ser
capaz un hombre. Aquel tipo era un prodigio de coordinación: su otra mano había
abandonado mi cintura para dedicarse a pellizcarme la cara interior de los
muslos con un exquisito ritmo que me estaba embriagando. Esta sorprendida,
aquello era mucho mejor de lo que había supuesto: aquello me estaba gustando de
verdad. Lo hacía tan bien que por un momento pensé que era él quien iba a
enloquecerme a mi y no al revés.
-¿Lo estoy haciendo bien? –Preguntó tímidamente.
-Si. –Logré articular entre gemidos. -Sigue haciéndolo así.
–Qué cabrón, como si no lo notase en el tamaño de mi vulva, de mi clítoris, en
cómo me abría, en el nivel de mis gemidos, en la cantidad de néctar que rezumaba
mi coño.
Siguió trabajando sin descanso todos los huecos de mi
anatomía, dejando de morderme el culo para deslizar su lengua rasposa de gato
por entre los pliegues de mi chochito, aunque debería decir chochazo, porque a
esas alturas del juego mi coño estaba abierto de par en par para que metiese ahí
su polla o cualquier cosa cilíndrica de un tamaño, grosor y dureza similar.
Pareció notarlo o tal vez fue que la escalera se movió de un
modo que nos hizo pensar que podíamos los dos acabar en el suelo del pasillo con
la cabeza abierta y en una posición poco elegante para ser encontrados por los
empleados de la funeraria, porque sin dejar de penetrarme con sus dedos
traviesos por todos mis agujeros, me hizo bajar de la escalera y apoyarme contra
la pared. Para que sus esfuerzos no se centrasen en sujetarme, si no en
masturbarme, subí una pierna a uno de los escalones de la escalera de mano y
dejé que su cabeza se hundiese entre mis pechos. Con habilidad logré
desabrocharme los botones que quedaban atados y le agarré del pelo para que me
chupase los pezones. Lo hacía con ansia, deprisa, y aunque estoy segura de que
en otro momento me hubiese molestado su falta de delicadeza y su avidez, en ese
momento lo único que quería era que engullera mis pezones, que mamase de ellos
como yo pensaba hacer más tarde con su polla, con fuerza, con desesperación, con
ansia, como si se acabase el tiempo y le fuese la vida en ello.
Su boca aprisionaba mi teta y su lengua se recreaba sin
descanso, mientras los movimientos de sus dedos se hacían más rápidos, más
profundos, más intensos. Dejé que me tumbase sobre el suelo enmoquetado.
-Tú sabes bien cómo follar a una mujer. –
-¿De verdad? Me preguntó sin sacar mi pezón de su boca –He
leído mucho y Laura nunca me deja hacer nada nuevo.
-Pues hoy vas a poder hacerme lo que quieras. Pero deja de
hablar y no pares.
-Quiero que te corras.
-Eso vas a conseguirlo, como sigas así.
-Ella nunca se corre, disfruta un poco, pero la gusta tener
todo controlado, incluso sus sentimientos.
-A mi me gusta el descontrol, pero no te pares, no te pares.
-Quiero correrme en tu boca y que te tragues todo mi semen.
-Eso es algo que está en mis planes: gírate y méteme esa
pedazo de polla que tienes en la boca.
Quizá por si cambiaba de idea, lo hizo al momento: cuando
acercó a mi boca su pene enhiesto sentí un ramalazo de locura y echando la
cabeza para atrás lo engullí por completo: estaba dura y caliente, y tenía un
sabor entre salado, picante y dulzón que me hizo desearlo aún más. Aunque había
pensado empezar despacio zigzagueando con mi lengua entre su hendidura, en ese
momento lo único que deseaba era mamársela en el sentido literal del término,
chupandola con avidez, aspirándola con fuerza, para que se corriese enseguida,
cuanto antes, dentro de mi, para sentir la fuerza de su lefa en mi garganta,
caliente, chorreante, para embriagarme con su sabor. Ya habría tiempo más tarde
para maniobras más lentas, el día era largo. ¿Por qué quemar todo los cartuchos
en una sola corrida?
-Quiero follarte por todos tus agujeros.
-Pues hazlo.-Dije como pude con su polla morcillona
llenándome la boca
-Por todos no puedo a la vez.
-¿Cómo que no?
A mi pesar tuve que apartarle suave pero firmemente,
aplazando sólo un poco el desenlace de nuestro juego. Dejar de sentirle fue como
sentirme abandonada, hasta ese momento no había sido del todo consciente de lo
bien que me estaba haciendo sentir, de cómo me gustaba sentirme follada. Era
como el cazador cazado de la fábula, la folladora follada. Aquel hombre me
estaba haciendo enloquecer de placer y mientas estuviese en mi mano seguiría
haciéndolo.
-Toma, ponme el vibrador del teléfono sobre la pepitilla y
méteme esto por el coño y esto por el culo y lo vas moviendo con las manos
mientras me follas por la boca..
Miró sorprendido los objetos que le tendía peor no dudó más
allá de un par de segundos, y con una habilidad pasmosa me metió el botellín de
cerveza por el culo y aunque estaba un poco frío sentí esa mezcla de dolor y
satisfacción que tanto me gustaba y que siempre lograba acelerarme los sentidos.
Luego introdujo en mi coño el tubo del aspirador, que por haber estado junto a
la calefacción estaba caliente, tanto que casi me abrasaba al entrar, tan gordo
y tan duro que casi no iba a ser necesario que se moviese para que me corriese,
después colocó el telefono ya vibrante sobre mi vulva moviéndolo hasta que un
gritó de placer de mi boca le hizo saber que estaba ya tocando mi clítoris, y
luego se colocó sobre mi al revés, con la polla abierta y oscura, aún mojada por
mi saliva y sus flujos sobre mi boca, y cuando ya estaba temblando del placer
que me daba el vibrador y la visión de sus huevos duros, cargados y peludos,
entonces, sin previo aviso metió toda su polla en mi boca y empezó a menearse
sin descanso, con tanta fuerza que hasta pensé que me iba a ahogar, sus huevos
golpeando mis labios, una y otra vez, fuerte, más fuerte, cada vez más adentro,
hasta donde no sabía yo que podía llegar algo sin ahogarme, y ni siquiera se me
ocurrió protestar porque sus manos le daban para sujetar el teléfono vibrante y
al tiempo con un golpeteo de brazos mover de lado a lado el botellín de cerveza
y el tubo del aspirador, y yo no sabía cómo era capaz de hacerlo, pues quizá no
era necesario que los metiese y sacase si no que simplemente con ese movimiento
burdo ya tocaban más de lo que ningún tío me había tocado de una sola vez nunca,
y me costaba respirar pero tampoco podía pensar con facilidad porque eran
demasiadas sensaciones al mismo tiempo.
Y aunque hubiera podido usar la boca para otros menesteres,
las palabras que salían de su boca con su voz ronca de amante entregado a la
búsqueda desesperada del placer, eran mucho más eficaces que cualquier lametón o
caricia desmañada que pudiera haberme dedicado, y oírle con esa voz ansiosa y
ahogada decirme lo que me decía me estaba enloqueciendo como nunca lo habían
hecho simples palabras.
-Me voy a correr en tu boca, te estoy follando y vas a
tragarte toda mi leche, putita, para que aprendas a no ir enseñando el coño a
los desconocidos, para que sepas lo que es tener un buen cipote en tu boca, para
que te corras, puta, vas a tragarte todo, para que aprendas lo que es follar,
zorra, putilla, te voy a reventar.
Yo estaba a punto de correrme al pensar que un solo tío me
estaba follando por todos mis agujeros. Y cuando ya casi no veía, cuando sentía
tantas cosas que casi no sentía nada, cuando estaba a punto de desfallecer, un
chorro caliente y pegajoso de lefa me llenó la boca con una fuerza inusitada, y
aunque tosí un poco atragantada mientras él seguía gritando "cómetelo, puta,
trágate mi semen, bebe toda mi leche", me tragué toda aquella lefa espesita y
caliente, y aunque en ese momento no tuve tiempo, ni fuerza, ni conciencia de lo
que hacía, supe que ese sabor era demasiado delicioso como para no volverlo a
probar.
La polla apenas parecía haber encogido pero él se apartó de
mi boca y me dejó tragar a gusto. Entendámonos, todo lo a gusto que se puede
tragar mientras se gime de satisfacción, y en los agujeros de mi entrepierna
todo se movía muy deprisa, muy adentro, y yo ya no podía más, me iba a correr,
me iba a correr, y me corrí.
-¡¡SII!!¡¡SSSIIIIII!!!! ¡¡¡¡¡¡¡¡
SSIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!!!!!!!!!!!!!!
Quedé rendida y casi desmayada, con la cara llena de lefa
pegajosa y las piernas mojadas por mis propios jugos y entre las brumas del
sueño y la embriaguez tomé la firme determinación de que aquello no hubiera
hecho más que empezar.