Moisés se corrió como nunca lo había hecho, y exhaló un
suspiro profundo mientras caía sobre el cuerpo de Eduardo, que estaba cubierto
de sudor y semen. Los dos hombres se fundieron en un largo beso, se olvidaron
del tiempo y seguían disfrutándose como si estuvieran apenas empezando.
No sabían cuánto tiempo había pasado, pero Eduardo, debajo de
Moisés, se acomodó para acariciarse en otra posición y en ese momento le
preguntó el otro:
Oye, Eduardo, ¿por qué esa camarita de la esquina tiene
una luz roja que parpadea?
Moisés abrió los ojos como dos platos y se quedó paralizado
antes de responder:
Oh no, el guardia de seguridad…
Los muchachos se miraron sin saber qué hacer. Habían estado
siendo observados todo el tiempo…
Julio tenía 27 años y había tomado el empleo de guardia de
seguridad por pura necesidad, pues necesitaba el dinero para poder acabar su
carrera. Un amigo que trabajaba en lo mismo fue quien le animó a hacerlo,
diciéndole que la mayor parte del tiempo se pasaba en un cuartito con un
abanico, viendo las cámaras de circuito cerrado de las diferentes tiendas del
centro comercial. Y en efecto, la mayor parte de las veces no había nada que se
saliera de la rutina. Pero aquella tarde fue diferente…
Había salido de su casa muy cachondo, hacía ya dos semanas
que su novia se había ido de viaje y ya estaba harto de masturbarse pensando en
los polvos que había echado con ella. Por eso esa tarde se paró en un estante y
pidió una revista pornográfica. Cuando el dependiente le preguntó si tenía
alguna predilección, no tuvo ninguna vergüenza en decirle "la más caliente". Así
que Julio salió con una revista envuelta en un papel marrón y la llevó a su
pequeño cuarto donde tenía catorce cámaras que monitoreaba con otro guardia.
Sabía que su compañero salía a cenar de 6 a 7 y se quedaría solo, ese sería el
momento ideal para hacerse una rica paja y calmar su apetito de sexo.
A las seis menos cinco, Gabriel, el otro guardia le avisó que
saldría a cenar. Era un hombre de algunos 35 años, muy blanco y con el pelo
marrón al estilo militar, con un cuerpo muy bien definido que hacía que el
uniforme le ajustara a la perfección, de lo cual se jactaba cada vez que podía.
Julio, en cambio, tenía la piel muy bronceada y las espaldas bien anchas por las
prácticas de natación, y el pelo negro casi le llegaba hasta los ojos. Sus
gruesas cejas enmarcaban sus ojos azules que le habían logrado muchas
conquistas. Se consideraba a sí mismo adicto al sexo desde los trece años cuando
aprendió a masturbarse, y cada vez que podía tenía relaciones con su novia.
Esa tarde, justo a las seis, cuando se cerró la puerta del
cuarto de vigilancia, sacó la revista de la bolsa y la puso encima del
escritorio. En la portada se veía a una mujer voluptuosa con dos hombres
musculosos y apuestos. Pensó que uno de ellos se parecía a Gabriel y se lo
imaginó desnudo por un momento, aunque desechó ese extraño pensamiento de su
mente. Verificó que no hubiera ninguna actividad sospechosa en ninguna de las
cámaras antes de dedicarse a lo suyo, y esperó a que los circuitos de cada una
se completaran. Excepto en la tienda deportiva, en ninguna había actividad. Le
pareció curioso que a esas horas estuviera trabajando Moisés, el dependiente de
la tienda, y mucho más extraño aún que se dirigiera a los probadores con aquel
tipo que le parecía conocido de lejos. Su excitación sexual, sin embargo, era
mayor, y no podía perder tiempo antes de que Gabriel, el otro guardia, regresara
de su receso. Abrió la revista y se bajó la bragueta, liberando su tronco macizo
que ya estaba erguido y goteaba pre-semen. Por un momento se detuvo a admirar su
propio miembro mientras latía y lo vio con orgullo mientras apretaba el culo
para que se moviera para arriba y para abajo. Vio que en la revista, la mujer
empezaba a masajearle la verga al tipo que se parecía a Gabriel mientras el otro
le sobaba su palo en la cara. Encontró la escena fascinante, y sin darse cuenta
se quedó admirando los cuerpos de aquellos hombres y se olvidó de la mujer por
un momento. Luego volvió en sí, desechando aquel absurdo pensamiento. Empezó a
sobarse su verga suavemente de arriba abajo, quería que aquello durara. Volteó
la página y vio como uno de los hombres le metía la verga en la boca a la mujer
mientras el otro le chupaba las tetas. Siguió hojeando y aquello le parecía cada
vez más excitante. De repente volvió a ver las cámaras, le pareció ver algo
raro, pero en ese momento cambiaron los circuitos, y tendría que esperar quince
segundos más para volver a ver lo que creyó que era un movimiento inusual.
Regresó su atención a la revista, la hojeo con más avidez hasta que se encontró
al tipo que se parecía a Gabriel penetrando salvajemente a la mujer, mientras
ella se la mamaba al otro tipo. Se sobó con más fuerza la cabeza de su hermoso
tallo y se bajó los pantalones hasta las rodillas para tener más libertad y
acceso a sus bolas.
En ese momento vio algo que nunca pensó que iba a ver. En el
probador de la tienda estaba Moisés desnudo con el otro tipo que estaba de
espaldas. Pudo ver aquellos cuerpos tan perfectos y pensó que su imaginación le
estaba jugando bromas. Parecía como si de la revista hubieran salido los
hombres, lo único que esta vez no había mujer. Pero… no podía ser. Con asombro
vio como Moisés se agachaba enfrente del otro chico, y aunque no podía ver bien,
adivinaba lo que allí pasaba. No, aquello no era posible… estaba viendo a dos
maricones en plena acción. Se indignó por un momento, pero no apartó su mirada
de la pantalla. De repente cambió la imagen a la cámara del interior de la
tienda, pero él no apartó la vista. Su respiración entrecortada era lo único que
llenaba el silencio de la habitación. No sabía cómo reaccionar, y cuando supo de
sí ya habían transcurrido los quince segundos del cambio. Allí volvían a estar
los dos tipos, esta vez en un 69 que sí le dejaba ver la cara del otro chico que
no era dependiente. Esa cara… de algún lado la conocía., pero no lo recordaba.
Las imágenes de aquellos dos tipos lo dejaron sin aliento. De
la indignación pasó a la furia, de la furia pasó al desconcierto y luego se
empezó a justificar, que tenía que ver aquello para luego tener la evidencia de
lo que sucedía, que tenía que comprobar qué tan lejos podían llegar aquellos dos
descarados. En fin, sus ojos estaban pegados de la pantalla. Los siguientes
quince segundos entre cambio de cámara se le hicieron interminables. Se dio
cuenta de que su verga no había dejado de estar dura ni por un solo momento. Muy
por el contrario, latía con más fuerza y babeaba casi constantemente, sin
siquiera tocársela. En la siguiente imagen observó el gusto con el que Moisés le
devoraba la pinga a su amiguito y pensó que ninguna mujer lo había hecho así con
él. Trató de grabarse las imágenes para cuando llegara su novia rememorarlas, y
en eso cambió la cámara de nuevo.
En lo que llegaba el siguiente cambio, trató de enfocarse en
la revista y la hojeó de nuevo. Esta vez encontró que la mujer y uno de los
hombres estaban mamándole el tronco al otro tipo entre los dos. ¡Aquella era una
revista de bisexuales! Con razón la pícara mirada del vendedor, ese estúpido.
Era demasiada coincidencia, que en un mismo día tuviera que ver en dos escenas
diferentes a hombres comiéndose las vergas uno al otro. Aquello era demasiado,
pensó. Sin embargo, en ese momento se dio cuenta de que estaba equivocado. Nada
lo hubiera preparado para lo que vería a continuación: ¡Moisés y el otro tipo
estaban cogiéndose! Con cada movimiento suyo empezó a menearse su palo con más
miedo que emoción, estaba más excitado que nunca. Empezó a jadear, y cuando ya
se acercaba el momento del clímax sintió que le respiraban en el cuello mientras
una mano desde atrás le agarró su verga y le tapó la boca con la otra. "¿Con que
esto es lo que haces cuando me ausento, eh?" Julio no sabía cómo reaccionar,
pues el contacto de aquella mano lo excitó sobremanera, pero entró en pánico al
darse cuenta de que su compañero había regresado antes de tiempo y lo había
descubierto en plena paja.
Gabriel, el otro guardia, se fijó en la revista con la escena
de los dos hombres teniendo sexo y dijo "Vaya vaya, así que mi pequeño Julio es
puto". Julio trató de responder, pero la fuerte mano del otro no lo dejó más que
balbucear. Gabriel se le acercó al oído y le dijo suavemente "Shhhh, acaba
tranquilo, yo sé lo que es eso". Entre sentir la respiración de Gabriel en su
oído, el bulto que se le pegaba por detrás a su culo, las imágenes de los chicos
de la tienda teniendo sexo salvajemente, y sentir la mano que le subía y le
bajaba por el tronco ya embarrado de pre-semen, no pudo más. Se corrió en largos
chorros que salieron disparados encima del escritorio y hasta una de las
pantallas de abajo. Siguió viniéndose con fuerza, no lo podía creer. Trató de
gemir y gritar, y la mano que le aprisionaba le metió un dedo en la boca, el
cual sin saber por qué chupó con fuerza mientras, increíblemente, acabó de
venirse en dos o tres chorros más.
Gabriel empezó a frotar su bulto contra las nalgas de Julio
mientras seguía agarrándole la verga, y le quitó la mano de la boca para abrirse
la cremallera y sacar su largo y húmedo tronco, el cual frotó contra el uniforme
de Julio hasta que se corrió en largos chorros encima del pantalón de su
compañero. Dejó caer su pesado cuerpo en la espalda de Julio y cuando salió de
su éxtasis y pudo abrir los ojos, vio la pantalla, en la cual estaban dos chicos
teniendo sexo. Con gran asombro exclamó: "¡Por Dios, ese es Moisés, el de la
tienda… y ese otro chico es el hijo del senador Del Valle!
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