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Fecha: 25-Ago-06 « Anterior | Siguiente » en Amor filial (4813 de 6810)

Yo nací de la pipa envenenada de Margarita Landi

bau
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Toda la verdad sobre cómo un bastardo como yo fue a parar a este mundo de inmundicia y bizarrismo sin fin. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Durante quince años me tuvieron engañado. Mi familia, mis amigos y una profesora de ruso me hicieron creer que yo era el fruto silvestre de la unión entre una funcionaria periférica y un niño albino.

Pero un buen día, en la época en que los pájaros de la catedral plana se hacen pasar por matemáticos de lengua adversa, descubrí toda la verdad.

De repente me encontraba tumbado sobre el asfalto rojo. De mi cabeza salió una huyterunilespa que me guió con brío y algodones ibicencos al inicio de mis días. Allá por el setenta y seis…

Era la sala de espera de la consulta quieta del doctor Frutos, un dentista puertorriqueño muy guapo y especial. Allí, sentada sobre la presidenta de vecinas paralelas se encontraba la gran Margarita Landis, cuyo marido se esparcía lentamente por el parqué en pos de una espera como Dios manda.

¿Qué demonios había llevado a Margarita a la consulta del apuesto Doctor Frutos? Ella que jamás se desplazaba en cama a la hora del Tenn con bioalcohol.

Resulta que esa mañana Margarita se encontraba desfigurando la cara de su nieto Ramsés con el aceite sobrante de las frituras asimétricas cuando oyó un golpe seco y rasposo en la habitación de invitados. Margarita dejó a Ramses disolverse él solito las manos en aquel recipiente y acudió al encuentro de aquel enigma desenfadado.

Margarita entró en la habitación y se dejó caer sobre la pared de fieltro. Sus ojos se fijaron en una araña muy dulce que se mecía sobre las cabezas semienterradas de Anita y Frances, sus modistas tarraconenses.

Hgpgytr, como bautizó Margarita al arácnido nada más conocerlo, se deslizaba con una gracia y saber estar nunca antes visto. De vez en cuando se posaba sutilmente sobre el párpado malva de Anita, lo que hacía que su cara de puta doméstica adquiriera ciertos rasgos que la hacían parecer descaradamente a Ana Diosdado. Esto generaba combinaciones aleatorias de cuatro elementos que, agrupados de dos en dos, sumían a Margarita en un éxtasis tal que por momentos olvidaba que la sintonía de "Saber Vivir" había sido en su totalidad compuesta en una escala algo austera.

Los orgasmos se sucedían en el interior de Margarita como un rosario con fines benéficos. Sin embargo, un futuro no muy cercano desenmascararía su acentuado tono perjudicial, para su salud y las que la rodean.

Pero en aquellas circunstancias claro está que Margarita no podía conocer el significado de la palabra mesura y se dejó llevar como se llevan ahora los corales por prescripción facultativa. Bien rojos y en orejas y cuello.

Así transcurrieron las horas hasta que Francisco, el celador viudo de Los Gozos y Las Sombras, decidió arrojar a sus alumnos al mar de Japón. Guille, su alumno más aventajado, en un intento de ensombrecer la memoria de su país, arrancó de una brazada el cable que unía la estación térmica de Kamaishi con el apartamento de Margarita, en la calle Madre Rafols 17 Acc.

El apagón, entendido aquí como un apagón, se cobró las vidas a medio hacer de Anita y Frances que, confusas por el efecto casi tropical del nuevo sintasol, decidieron volver a sus hogares maternos.

Margarita se desvaneció y allí permaneció, tirada en el suelo, casi un cuarto de segundo. Durante todo este tiempo le dio tiempo de reflexionar sobre su vida, lo que fue y en lo que se ha convertido. También tuvo tiempo de introducir e imitar las sinuosas vetas de la pared con los dedos índice y capilar, pero eso es otra historia.

Al despertar de su trance Margarita sintió que algo horripilante había tenido lugar en su pulmón derecho. A duras penas consiguió incorporarse y llegar hasta el teléfono.

Margarita, la muy inconsciente, había sido preñada.

Margarita llamó a la consulta del doctor Frutos, dentista de reconocido prestigio, y haciéndose pasar por Mel Ferrer se las ingenió para cancelar con su ingenua mirada las citas de los señores Diamantino y la cita de la viuda Remigio, su anterior marido.

Así las cosas Margarita disponía ahora de vía libre para acampar a sus anchas en plena consulta del doctor sin necesidad de establecer tratamientos de choque ante la caída del cabello. Sería sólo cuestión de horas. Frutos le arrancaría al pequeño monstruo del fondo de sus entrañas y en un día más bien soleado se sentaría en el hipódromo a apostar sobre seguro ante la atenta mirada de una joven siciliana. Eso y la felicidad debían ser conceptos más que próximos, pensó.

A las quince y un minuto Margarita se desenvolvía como oro en paño entre las calles Florencio Quintero y Samatra y minutos más tarde parecía descansar plácidamente frente a una placa de lencería chica con la palabra "dentista" bordada en letras minúsculas.

Después de ser violada repetidamente por la hija amnésica del doctor Frutos (que ese día hacía las veces de auxiliar de enfermería de grado medio) Margarita, algo atolondrada, se tumbó en la camilla oxigenada de la sala quirúrgica.

El doctor la abrió de piernas y con un golpe certero introdujo ciertas hipótesis sobre el incidente de Roswell (aún sin desvelar) en el útero de plastiquina de Margarita.

Esperaron unos minutos para comprobar la reacción. Y la reacción fue poco más que el silencio más absoluto.

"Mire usted Margarita, su vientre de esparto no parece albergar indicios de vida." – le dijo el doctor - "Yo le propongo que examinemos las obras del metro en busca de unos genitales más bien absurdos, que nos lleven bien lejos, a Coria del Río de ser posible. Allí, usted, yo y un ingeniero de minas adolescente nos entregaremos en cuerpo y alma a ilustrar a destajo la próxima colección de Ediciones Susaeta".

Las sabias palabras del doctor provocaron en Margarita un orgasmo masculino. Y Margarita elevó entonces su nuevo pene a la categoría de musical heterogéneo. La cara de la pequeña asistenta se reflejó entonces sobre el glande brillante, como si de un espejo se tratara. Y al devolver su reflejo sencillamente desapareció.

Margarita y su nuevo amante cerraron la llave del gas, apagaron las luces de neopreno y se marcharon rumbo a Coria.

Nadie había caído en la cuenta de que la pipa de Margarita permanecía allí dentro, sobre la mesa, en la sala de espera.

Yo me esforcé en salir como pude anudando dos granos de ceniza hueca con diez miligramos de azúcar blanquilla. Cuando por fin vi la luz me imaginé que yo era la esposa de Publio Cordón haciendo de telegrafista ciega en aquella película de Gregory La Cava.

Mmm… Qué buen comienzo, nacer así tan glamourosa… Empezaba a sentirme yo misma cuando un imprudente pollazo del doctor (que todo lo veía desde su posición aventajada en los almacenes Arias) me devolvió a la realidad.

Su realidad, quiero decir.

© bau

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