Durante quince años me tuvieron engañado. Mi familia, mis
amigos y una profesora de ruso me hicieron creer que yo era el fruto silvestre
de la unión entre una funcionaria periférica y un niño albino.
Pero un buen día, en la época en que los pájaros de la
catedral plana se hacen pasar por matemáticos de lengua adversa, descubrí toda
la verdad.
De repente me encontraba tumbado sobre el asfalto rojo. De mi
cabeza salió una huyterunilespa que me guió con brío y algodones ibicencos al
inicio de mis días. Allá por el setenta y seis…
Era la sala de espera de la consulta quieta del doctor
Frutos, un dentista puertorriqueño muy guapo y especial. Allí, sentada sobre la
presidenta de vecinas paralelas se encontraba la gran Margarita Landis, cuyo
marido se esparcía lentamente por el parqué en pos de una espera como Dios
manda.
¿Qué demonios había llevado a Margarita a la consulta del
apuesto Doctor Frutos? Ella que jamás se desplazaba en cama a la hora del Tenn
con bioalcohol.
Resulta que esa mañana Margarita se encontraba desfigurando
la cara de su nieto Ramsés con el aceite sobrante de las frituras asimétricas
cuando oyó un golpe seco y rasposo en la habitación de invitados. Margarita dejó
a Ramses disolverse él solito las manos en aquel recipiente y acudió al
encuentro de aquel enigma desenfadado.
Margarita entró en la habitación y se dejó caer sobre la
pared de fieltro. Sus ojos se fijaron en una araña muy dulce que se mecía sobre
las cabezas semienterradas de Anita y Frances, sus modistas tarraconenses.
Hgpgytr, como bautizó Margarita al arácnido nada más
conocerlo, se deslizaba con una gracia y saber estar nunca antes visto. De vez
en cuando se posaba sutilmente sobre el párpado malva de Anita, lo que hacía que
su cara de puta doméstica adquiriera ciertos rasgos que la hacían parecer
descaradamente a Ana Diosdado. Esto generaba combinaciones aleatorias de cuatro
elementos que, agrupados de dos en dos, sumían a Margarita en un éxtasis tal que
por momentos olvidaba que la sintonía de "Saber Vivir" había sido en su
totalidad compuesta en una escala algo austera.
Los orgasmos se sucedían en el interior de Margarita como un
rosario con fines benéficos. Sin embargo, un futuro no muy cercano
desenmascararía su acentuado tono perjudicial, para su salud y las que la
rodean.
Pero en aquellas circunstancias claro está que Margarita no
podía conocer el significado de la palabra mesura y se dejó llevar como se
llevan ahora los corales por prescripción facultativa. Bien rojos y en orejas y
cuello.
Así transcurrieron las horas hasta que Francisco, el celador
viudo de Los Gozos y Las Sombras, decidió arrojar a sus alumnos al mar de Japón.
Guille, su alumno más aventajado, en un intento de ensombrecer la memoria de su
país, arrancó de una brazada el cable que unía la estación térmica de Kamaishi
con el apartamento de Margarita, en la calle Madre Rafols 17 Acc.
El apagón, entendido aquí como un apagón, se cobró las vidas
a medio hacer de Anita y Frances que, confusas por el efecto casi tropical del
nuevo sintasol, decidieron volver a sus hogares maternos.
Margarita se desvaneció y allí permaneció, tirada en el
suelo, casi un cuarto de segundo. Durante todo este tiempo le dio tiempo de
reflexionar sobre su vida, lo que fue y en lo que se ha convertido. También tuvo
tiempo de introducir e imitar las sinuosas vetas de la pared con los dedos
índice y capilar, pero eso es otra historia.
Al despertar de su trance Margarita sintió que algo
horripilante había tenido lugar en su pulmón derecho. A duras penas consiguió
incorporarse y llegar hasta el teléfono.
Margarita, la muy inconsciente, había sido preñada.
Margarita llamó a la consulta del doctor Frutos, dentista de
reconocido prestigio, y haciéndose pasar por Mel Ferrer se las ingenió para
cancelar con su ingenua mirada las citas de los señores Diamantino y la cita de
la viuda Remigio, su anterior marido.
Así las cosas Margarita disponía ahora de vía libre para
acampar a sus anchas en plena consulta del doctor sin necesidad de establecer
tratamientos de choque ante la caída del cabello. Sería sólo cuestión de horas.
Frutos le arrancaría al pequeño monstruo del fondo de sus entrañas y en un día
más bien soleado se sentaría en el hipódromo a apostar sobre seguro ante la
atenta mirada de una joven siciliana. Eso y la felicidad debían ser conceptos
más que próximos, pensó.
A las quince y un minuto Margarita se desenvolvía como oro en
paño entre las calles Florencio Quintero y Samatra y minutos más tarde parecía
descansar plácidamente frente a una placa de lencería chica con la palabra
"dentista" bordada en letras minúsculas.
Después de ser violada repetidamente por la hija amnésica del
doctor Frutos (que ese día hacía las veces de auxiliar de enfermería de grado
medio) Margarita, algo atolondrada, se tumbó en la camilla oxigenada de la sala
quirúrgica.
El doctor la abrió de piernas y con un golpe certero
introdujo ciertas hipótesis sobre el incidente de Roswell (aún sin desvelar) en
el útero de plastiquina de Margarita.
Esperaron unos minutos para comprobar la reacción. Y la
reacción fue poco más que el silencio más absoluto.
"Mire usted Margarita, su vientre de esparto no parece
albergar indicios de vida." – le dijo el doctor - "Yo le propongo que examinemos
las obras del metro en busca de unos genitales más bien absurdos, que nos lleven
bien lejos, a Coria del Río de ser posible. Allí, usted, yo y un ingeniero de
minas adolescente nos entregaremos en cuerpo y alma a ilustrar a destajo la
próxima colección de Ediciones Susaeta".
Las sabias palabras del doctor provocaron en Margarita un
orgasmo masculino. Y Margarita elevó entonces su nuevo pene a la categoría de
musical heterogéneo. La cara de la pequeña asistenta se reflejó entonces sobre
el glande brillante, como si de un espejo se tratara. Y al devolver su reflejo
sencillamente desapareció.
Margarita y su nuevo amante cerraron la llave del gas,
apagaron las luces de neopreno y se marcharon rumbo a Coria.
Nadie había caído en la cuenta de que la pipa de Margarita
permanecía allí dentro, sobre la mesa, en la sala de espera.
Yo me esforcé en salir como pude anudando dos granos de
ceniza hueca con diez miligramos de azúcar blanquilla. Cuando por fin vi la luz
me imaginé que yo era la esposa de Publio Cordón haciendo de telegrafista ciega
en aquella película de Gregory La Cava.
Mmm… Qué buen comienzo, nacer así tan glamourosa… Empezaba a
sentirme yo misma cuando un imprudente pollazo del doctor (que todo lo veía
desde su posición aventajada en los almacenes Arias) me devolvió a la realidad.
Su realidad, quiero decir.