El estrés no me dejó dormir anoche. Me revolvía en la cama
buscando, creía, una postura, aunque lo que necesitaba desde luego no era eso.
Al final, una hora antes de que amaneciera, me levanté. Beatriz aún dormía, con
una cruel paz que me mortificaba pintada en la cara.
Cogí las pesas y busqué la evasión de mi tensión sexual en
ellas. Durante dos largas horas, hasta que el disco solar en su completo
esplendor hizo brillar el sudor que perlaba mis músculos, ejercité con ellas y
con otros ejercicios, que más eran castigos que me imponía que saludable
gimnasia. Pero no lo pude resistir por más tiempo y regresé a la habitación, a
buscarla. Sólo ella tenía lo que anhelaba.
La cama estaba deshecha, las sabanas ya casi frías, y su
cuerpo había impregnado el aire con su sutil aroma. Indeciso por un momento miré
las sombras de la alcoba, buscando en ellas un signo, una inspiración. Enseguida
abrí el armario y lo cogí: un látigo de un metro y pico de largo de cuero
marrón, con remaches dorados en la empuñadura.
Estaba en la cocina, la vi desde el marco de la puerta. De
espaldas, alcanzaba a duras penas un bote de cacao de la alacena. El pelo
castaño largo se movía sobre sus hombros pálidos a merced de la brisa matinal
que penetraba por la ventana de la terraza. Sus pies se arqueaban al ponerse de
puntillas sobre las chinelas. Y sus tiernas manitas acariciaban todo, el asa del
armarito, el cristal del bote, la cucharilla del azúcar, con un encanto
sobrenatural.
Se dio la vuelta y me vio, escondido, espiándola. Sonrió sin
mirarme y se sentó a desayunar. Yo me fui al salón a esperarla. Aunque ansioso,
respetaría esos minutos de asueto.
-¿Y bien?-
Me giré para encarar dos ojos azulados tan dulces como
misteriosos, en cuya pupila se reflejaba mi semidesnuda silueta (sólo llevaba el
slip) y los rayos de sol tras ella.
Acercándome en silencio, recogí el látigo con las manos en
dos segmentos paralelos, lo cual ella percibió por el rabillo del ojo, aunque no
pareció sorprendida. Como tampoco se inmutó cuando, contemplándome erguida, me
arrodillé frente a ella y le ofrecí el flagelo.
-Por favor, ama, dame un repaso.-
Se lo pensó para hacerme sufrir un poco más, pasó la mano por
su pelo mientras miraba a un punto indefinido del espacio y finalmente tomó el
látigo. Sus uñas, largas y brillantes, me pusieron los vellos de la mano y
muñeca de punta al rozarme, y el pulso se me aceleró.
"Levanta, ven, ahí, quieto", una concatenación de órdenes que
concluyó con mis manos aprisionadas por cuerda de pita rasposa. Jadeos, tensión,
todo aliñaba mi cuerpo, preparándolo para el banquete.
¡Zas!
Fue glorioso, y sólo era el primero. Había comenzado mi
orgasmo. Me quitó los pantalones y volvió a su feudo, a mis espaldas.
¡Zas, zas, zas!
Mi columna se combaba con cada azote y me resultaba difícil
mantenerme en el mismo lugar. ¿Contener los aullidos de lujuria y dolor? Una
odisea. Pero para entregarme a la pericia de su brazo, me contuve y esperé.
¡Zas!
Ése fue realmente duro, y me hizo abrir los ojos de golpe,
mientras agarraba las cuerdas con las manos. No pude evitar decir, entre
gemidos:
-¡Para, para!-
Todo ocurrió muy deprisa. Echó el látigo alrededor de mi
cuello y tiró hacia así. Me estremeció de miedo el brillo de su sonrisa lasciva:
parecía una diablesa. Con tono de burla me preguntó:
-¿Ya, tan pronto?-
Y antes de que pudiera responder me agarró los genitales con
la mano. Entonces sí que sentí terror. Mientras apretaba mi miembro erecto me
inundaba la impotencia, la misma que acongojaría a un niño pequeño. Y cuando
tomó uno de los testículos con dos de los dedos, casi me echo a llorar,
comprendiendo que estaba completamente a merced de sus caprichos y que mi
excitación era total a pesar de ello. Al final no hizo nada, pero eso no impidió
que tuviera plena conciencia de su poder absoluto. La presencia de su creciente
libido inundaba el clima de la sala y empapaba mis sentidos. Humillado, volvía a
entregarme.
Me reproché durante los siguientes azotes mi escaso aguante,
sintiéndome culpable de no disfrutar para ella del exótico deleite que yo mismo
le había implorado de rodillas. Pero enseguida supe que a ella eso le daba
igual. Una serie de azotes despiadados que sorprendieron a mi aún intacto
trasero (hasta ahora todos los golpes los había soportado la espalda) me
hicieron intentar huir, echándome hacia delante hasta donde dieron de sí las
cuerdas, que no fue mucho. De hecho, entre que la piel no había sido "calentada"
continuamente y con latigazos de creciente intensidad, sino que todos se habían
concentrado en un breve espacio de tiempo en las dos nalgas desprevenidas, y que
mi tentativa refleja de escapar había hecho que ahora fuera la punta, y no todo
el segmento final del látigo, la que asediara mi culo, el dolor se había
incrementado exponencialmente, y de nuevo me vi obligado a jadear pidiendo una
pausa.
-¡No, para, para!-
Pero esta vez me ignoró completamente. De hecho redobló
fuerzas en los azotes, que se hicieron más rápidos y contundentes, provocándome
una sensación de escozor que sólo la ya inigualable erección podía atenuar. Y
hasta que no logró que mis súplicas se convirtieran en aullidos de dolor sin
palabras, no cesó de flagelarme.
Entonces volvió junto a mí, pero para desatarme las muñecas,
caí de rodillas, casi desmayado, junto a sus piernas, y en cuanto pudo fijar mi
vista en algo, me incliné para besar con pasión devota los empeines de sus pies,
agradecido y lleno por unos instantes de lo que anoche me impidió conciliar el
sueño.
Me tomó del cabello y me obligó a mirarla. Mi gozo aumentó al
ver la satisfacción de su cara.
-Venga, descárgate.-
Me pajeé a toda velocidad, y mi savia puso punto final al
orgasmo que había iniciado el primer azote. Mientras llegaba al clímax, Beatriz
me insinuó que debía complacerla por todo lo que había hecho por mi. Así que
cuando a la hora de comer me senté en el suelo al lado de su silla en el
comedor, la poesía que le compuse sonó más sentida y ansiada que improvisada.
Empezaba así:
"Eres tanto y yo tan poco
que, ¡infeliz!, estoy loco
porque espero, porque creo
que siendo sólo tu reo
pueda también ser tu amante.
Imponme, cual nuevo Dante,
Un descenso a tus infiernos.
Aun siendo el suplicio eterno
De tu cilicio la danza
En mi cuerpo; la esperanza
Vivirá de que a tu edén
Llegue también este tren
De dulces palabras y versos
Sobre raíles perversos
.
Ya en tus aras me inmolo,
Ruego y tu nombre alabo,
Suplicándote tan sólo
Seguir siendo tu esclavo.
Para ti, Ama Beatriz,
Mi mejor dominatriz.