"UN PARAISO EN LA CASA DE AL LADO"
Desde hace unos meses, estoy conviviendo con Luís, mi pareja
actual, en un lindo apartamento que tenemos arrendado en un edificio residencial
cerca de la Universidad. Mi nombre es Berta, tengo 28 años. Después de un largo
tiempo saliendo de forma estable, hemos decidido disfrutar de nuestra relación
viviendo bajo el mismo techo. Aquí, la mayoría de los residentes son estudiantes
y matrimonios jóvenes. Nuestro nidito de amor está en la planta cuarta, donde
hay otra vivienda contigua a la nuestra, habitada por un chico con apariencia de
ser un estudiante de unos veintitrés años o poco más, de cuerpo apolíneo de esos
que despiden energía y vitalidad por todos sus poros, mirada insolente desde sus
ojos azules, pelo rubio recogido en una coleta, en conjunto tenía un aspecto
bastante cool.
Con el propósito de darnos a conocer mejor y no limitarnos al
rígido saludo de vecindad, le hemos invitado a tomar café a nuestra casa, donde
hemos mantenido una interesante plática. Se llamaba Mario y más o menos tuvimos
ocasión de ver que tenía unos gustos y aficiones parecidos a los nuestros. Desde
ese día, Mario conectó perfectamente con nosotros, ya que parecía un tipo muy
liberal en sus costumbres y relaciones, interesado en cualquier idea o
movimiento avanzado, además de ser muy aficionado al cualquier modalidad del
arte. En mi fuero interno reconocía que nuestro vecinito Mario era un chico
físicamente apetecible, lo que se dice un tío bien bueno, además de ser de trato
desenvuelto y agradable.
Casi todos los fines de semana, le visitaba una chica muy
jovencita, realmente linda, que pasaba algún día con él, parecía ser que se
trataba de una buena amiga. Algunas veces me crucé con él en el rellano de la
planta y siempre intentaba darme conversación, con ganas de acercar su trato,
mirándome a los ojos de forma sostenida e inquisitiva. Luego, desviaba su
intencionada mirada, sin disimulo, por cada centímetro de mi cuerpo, retratando
el conjunto de mi figura, desde mis cabellos castaño claro, mi cara ovalada, mi
cuello esbelto, mi cara de rasgos agradables, mirada dulce y pícara, mis pechos
firmes y generosos, mi cintura grácil y cimbreante sobre unas nalgas redondas y
macizas al final de unos muslos bien torneados. Al terminar su inspección,
escrutaba como embobado mi mirada dulce y pícara, para ver mi reacción.
Nuestras terrazas eran colindantes, eran la zona de expansión
del departamento, sobre todo en la parte cálida del año. Estaban separadas por
una pared no demasiado alta, que permitía ver todo lo que había y ocurría al
lado.
Un día, me tumbé sobre la colchoneta neumática de la terraza,
mientras tomada el tibio sol de la tarde; yo estaba con un ligero bikini,
leyendo un libro, con la vista concentrada en sus páginas, pude escuchar el leve
sonido de unos pies que se mueven sobre el suelo y sin apartar la mirada del
libro, de refilón noté la fuerza espectral de dos ojos que se posaban sobre mi
piel. Aquel primer acto de inocente in fraganti, me desconcertó por un momento,
pues no estaba segura de a quién correspondía aquella proximidad sigilosa. No
pude evitar una sensación de curiosa intranquilidad, pero continué mi lectura
como si nada.
Sin embargo, aquella no fue la única oportunidad en que Mario
me demostró que tenía alma de voyeur, además de que le gustaba exhibirse con un
desmedido descoco, tanto él como su amiguita.
Cierta tarde de sábado, al salir a fumar un cigarrillo, me
pareció oír unos resoplidos, mezclados con ayes y risitas, el sol ya había
rebasado las terrazas y se disfrutaba una sombra fresca y apacible que hacía la
estancia en ellas muy agradable, por lo que no me sorprendió que hubiera alguien
allí. Intrigada, no pude evitar voltear mi cabeza ligeramente y observar
fugazmente por encima de la barandilla de separación algo que me produjo la
consabida erupción de morbo, dejándome magnetizada y atónita a la vez. Mario
estaba sobre su amiga que yacía sobre una toalla, totalmente despatarrada,
desnuda, enroscada a él y cubierta por el cuerpo de su amigo, cuyos glúteos
musculosos y redondeados se movían maquinalmente como una catapulta, en un
explícito acto de hincar su cuerpo en el de la chica. Mis ojos apenas se
detuvieron unos segundos en contemplar aquella frenética cogida al aire libre,
los suficientes para que la imagen se grabara en mi mente con una intensidad
imborrable.
Le comenté a Luís mi descubrimiento, y no le dio importancia,
sólo me dijo que les podíamos devolver la pelota y ponernos a fornicar también
en plena terraza a ver qué pasaba.
Así siguió nuestra proximidad, sin más trato que el de
nuestros encuentros casuales, en los que nos dábamos un saludo efusivo, por su
parte de una sonrisita maliciosa, especialmente cuando iba yo sola. No había
duda de que nuestras exhibiciones eran intencionadas a esas alturas, lo cual nos
resultaba un juego insinuante y provocador de deseos inconfesados, pero de
ninguna manera habían perturbado nuestra buena relación de vecindad.
Cierta tarde, en medio de las últimas luces del día, mientras
estaba en lo más fragoroso de un frenético polvo, con Luis acoplado a mí en
posición misionera, la refriega de nuestros cuerpos y el resollar de nuestras
respiraciones entrecortadas, debió alertarles de lo que se cocía en nuestra casa
y se dispusieron a observarnos por encima del pequeño muro. Desde mi posición,
podía ver los cuatro ojos en blanco, asombrados y divertidos por lo que estaban
contemplando. Soltaron una risita apenas perceptible y vi que sus cabezas
desaparecían al otro lado del muro. Yo en medio de mi estado de excitación, aún
pude escuchar los chasquidos de sus besos y los primeros suspiros de la chica.
A la mañana siguiente a nuestra demostración de abrasión
carnal, coincidí yo sola en el ascensor con el vecino y su amiga. El corto viaje
que tuvimos que hacer juntos en el reducido camarín hasta llegar abajo, se me
hizo eterno, ya que estaba todo tan reciente que me hizo sentir un poco azorada.
Se dedicaron los dos a observarme con una curiosidad impertinente y cierto amago
de deseo, explorándome ella de arriba a abajo y él clavando su potente mirada en
mis ojos hasta hacer que dejara de sostenerla y mirar a otra parte. Al llegar al
bajo y antes de salir del zaguán, Mario me detuvo y me presentó a su amiga.
-Mira Berta, esta es Mamen, una buena amiga!
Nos saludamos con un ligero besito y antes de despedirse él
me dijo que estábamos invitados a tomar unas copas en su casa, al día siguiente
por la noche, si a Luis le parecía bien y no teníamos otros compromisos. Quedé
en confirmárselo a tiempo. Desaparecieron por la puerta en dirección a la calle
y desde atrás pude contemplar a placer la envidiable figura de la chica,
resaltada por un ceñido pantalón corsario que modulaba sus corvas perfectas y su
trasero llamativamente sexy.
Luego de hablarlo con Luis, él mismo se encargó de pasar para
concertar la reunión. Llamó y al abrirle tuvo que hacer un esfuerzo para
disimular su pasmo al ver a chica de su vecino con la puerta en la mano de pié
en el centro del umbral. La niña tenía un cuerpo escultural, bien tallada de la
cabeza a los pies, con una carita graciosa de boca carnosa y ojitos pícaros
color miel oscuro. Le recibió con una pose atrevida, los pechitos tiernos y
firmes, -fruta joven,- el rostro adelantados y la colita algo saliente, mientras
él le comunicaba que esa noche les íbamos a visitar para corresponder a su
invitación. Llevaba puesto un reducido pantalón short y una camiseta en la parte
superior y mirándose a si misma le dijo a Luis que nos esperaban después de la
cena, sugiriéndole que podíamos ir vestidos de manera cómoda e informal, puesto
que no había que salir a la calle.
Luis se sintió bastante acalorado por el recibimiento de
Mamen. Me dijo que la parejita de vecinos daba la impresión de que deseaban
probarnos y sacar a la luz nuestros hábitos sexuales. Llegamos a la conclusión
de que nuestra relación estaba lo suficiente madura como para proponerles algo
fuerte y tener una noche loca con intercambio entre los cuatro incluido. No
teníamos experiencia en sexo de grupo ni de intercambio con otros, pero con
estos jóvenes nuevos amigos no sería un mal inicio; se les veía fáciles de
controlar y completamente sanos. Más tarde, preparados para aceptar cualquier
reto, a la hora prevista nos presentamos en su apartamento. Yo me puse una
minifalda color beige, unas sandalias y un top muy escueto y ceñido, sin
sujetador, que dejaba ver buena parte del vientre y se ajustaba a mis pechos
remarcándolos con sus prominentes pezones. Luis con chanclas, un pantalón de
deporte y una sencilla playera. Nos recibieron en un pequeño salón, iluminado
casi en penumbra por una luz indirecta, ambientado con una tenue y agradable
música de fondo. Ellos estaban también vestidos con el mayor desenfado. Mamen
seguía con lo mismo que tenía puesto cuando abrió la puerta a Luis unas horas
antes. Mario llevaba una bata de tejido muy fino, que le cubría poco mas abajo
de las rodillas, casi abierta que dejaba ver la única prenda que llevaba debajo,
unos calzoncillos boxer elásticos, que delataba su bien surtido paquete.
Nos ofrecieron un café, y para después nos habían preparado
unos cócteles margarita de tequila. Estuvimos tomando un buen rato, destapando
confidencias y hablando de cuestiones eróticas. A los cuatro nos chispeaban los
ojos, nuestra sangre joven circulaba ya como un torrente por nuestras venas y la
desinhibición estaba a flor de piel. De pronto, Mamen se levantó para ir a traer
unos cubitos de hielo; yo con gesto decidido me ofrecí a ayudarle y la seguí
hasta la cocina. Una vez a solas la abordé diciéndole que si deseaban repetir
los numeritos que habíamos descubierto en la terraza, por nosotros no había
problema en seguir el juego, ya que nos considerábamos una pareja bastante
liberada y amigos de cualquier juego sexual que fuera novedoso.
Mamen, me respondió con una sonrisa pícara y divertida y con
el mayor descaro se acercó a mí más, acorralándome contra la pared y dejándome
en medio de sus brazos que se apoyaban el la misma. Yo hice un extraño
aparentando sorpresa, pero me dejé acosar por ella.
-Quieres decir hacerlo juntos los cuatro? –me preguntó
inocentemente.
-Eso mismo, supongo que hay confianza entre nosotros, no?-la
interrogué mirándola a los ojos –.Te imaginas ...?
Su reacción fue que mientras me hablaba se acercó a mi
desafiante y sin darme lugar a reaccionar me atenazó por la cintura, se inclinó
sobre mi cara y comenzó a darme suaves besitos alrededor de la boca, luego
arrastró una de sus manos sobándome el vientre, subiendo hasta mis pechos, y
terminando la caricia oprimiéndome el pezón entre sus dedos. Yo enmudecida, no
supe que hacer.
-No te asustes, Berta. Perdona por no advertirte, pero yo soy
bisex...no se cómo lo ves -me confesó mientras me acariñaba la cabeza. –Además
me gustas mucho!
Desconocía esta faceta de nuestra vecina y su audacia me dejó
desconcertada, ya que no esperaba de alguien tan joven ese dominio y
predisposición para entrar en acción. A decir verdad, su iniciativa me alegró
mucho porque venía como anillo al dedo para llevar adelante nuestro plan.
-Uuff, yo no creo! Hasta ahora, no he sentido atracción por
las mujeres....! –le dije mientras me dejaba tocar.
-Tendrías que probarlo, tal vez pudiera gustarte.....-me
animó mientras besuqueaba mis ojos.
-Luis y yo os encontramos encantadores y pensamos que sería
muy deseable pasar a practicar juntos lo que nos hemos descubierto últimamente.
–le confesé abiertamente
-Habeis probado alguna vez a compartir lances de sexo con
otros? -Insistí.
-No, no tenemos experiencia en eso....! –me contestó.
-En este momento, Luis se lo estará proponiendo a tu novio,
seguro!. –afirmé yo.
-Bueno, no sé......me encantaría tener una noche muy loquita
con vosotros. –declaró Mamen.
Viendo que ella ya había entrado en mi terreno sin reservas,
me libré de su asedio y pasé a la ofensiva, rodeándole el cuello con mis brazos;
me dispuse a besarla en la boca, a la vez que le introducía mi lengua caliente y
húmeda. Mamen reaccionó con agitación, acusando la recepción de mis besos y
mordiéndome los labios con pasión. Adelanté mi pierna y comencé a frotarle la
entrepierna con mi muslo. Nos enzarzamos en una vorágine de tocamientos,
exaltadas y dominadas por una fogosa intensidad. Las manos de Mamen masajeaban
con destreza mis pechos por debajo del top que llevaba, yo lamiendo su cuello y
sus orejitas, pellizcando sus pezoncitos erectos por la excitación.
-Te gusto, verdad? –preguntaba Mamen con la respiración
entrecortada.
-Mmmm! qué rico .....creo que si! -apenas pude contestarle.
A continuación, ella introdujo su mano por debajo de mi
faldita y empezó a maniobrar con dedos de seda por encima de mi tanguita.
-Creo, Bertita, que has sabido ponerme en marcha muy bien y
esto ya no hay quien lo pare.-me dijo.
Súbitamente, mientras estábamos las dos tan entregadas,
apareció una figura en la cocina.
-Mira! qué está pasando aquí....? -era la voz de Mario quien
hacía el comentario.
Sin darnos tiempo a reaccionar, se acopló a mi trasero,
pujando y restregando su pubis contra mis nalgas, mientras me rodeaba con sus
brazos y me atrapaba por los pechos con ambas manos. Mamen me guiñó el ojo y
lanzó una risa nerviosa y excitada, se apretó a mí, de tal forma que mi cuerpo
quedó como un sandwich entre los dos. Ella comenzó a besar a Mario que inclinaba
la cabeza por encima de mi hombro. Mario se había desprendido de su batín, me
quitó la faldita que llevaba dejándome solo con una tanguita negra y el top que
cubría mis senos. Todo el poderío de su torso se dejaba sentir sobre mí, por
arriba su musculosa tenaza y más abajo sentía la dureza de su virilidad entre
mis glúteos; sus largos dedos se precipitaron por mi monte de Venus, se abrieron
paso, apartando el triángulo de tela para dibujar con sus yemas el trazado de mi
hendidura depilada y húmeda.
Mamen viendo que yo estaba muy salida, se separó de nosotros
y se dispuso a marcharse.
-Me voy al salón con Luis, para ir poniéndolo a tono.-dijo al
salir.
-Si, Mamen, sorpréndele y comienza la fiesta con él...después
nos reuniremos! -barboté
Al quedarme a solas con Mario pude liberar mis ansias, me
volví de cara a él y observé que debajo del boxer tenía un enorme embolsamiento
que estaba a punto de reventarle la prenda y llegaba hasta su cinturilla. Me
besó en la boca, invitándome con su lengua caliente a intercambiar nuestra
salivas. Deslicé mi mano a su entrepierna y agarré todo su paquete que estaba en
ebullición, a juzgar por una pequeña manchita que tenía en el boxer. No pude
contener más mis impulsos y metí la mano, abarcando una parte del rico surtido
que había dentro. Luego, le jalé el calzoncillo y se lo bajé hasta las rodillas.
Mario se quedó con su imponente desnudez, su pértiga muy parada, que se movía
cimbreante en el aire por las palpitaciones de su excitación. Él adelantó su
pelvis desafiante y me presentó su arma enrojecida y tiesa como un garrote. No
pude por menos que aceptar su invitación y disfrutar de tan rico manjar. Me
incliné todo lo que pude y busqué con mi boca el amoratado capullo, apenas me
cabía dentro, le propiné unas breves e intensas mamadas y después le lamí el
tallo de arriba a abajo, hasta que él empezó a bramar como un verraco en celo.
-Ooohhh! Aaaaahh! –rugía Mario.
Me retiró la tanga de un brioso tirón y me agarró por las
nalgas elevándome hasta tener mi sexo a la altura de su miembro. Abrí las
piernas abrazándome a él y me envainó su verga caliente en mi coño inundado y
bien lubricado; el pene inflado y durísimo se deslizó adentro con furia,
alcanzando el fondo y luego entrando y saliendo en frenético movimiento.
Después de unos minutos, desenvainó su polla, y en brazos
como me tenía, me llevó hasta una mesa de cocina que había junto a nosotros. Me
sentó sobre el borde de la mesa, me abrió las piernas y dejó mi concha expuesta;
se inclinó sobre mí, y abriéndome las piernas como un compás, achuchó su cara
sobre mi sexo, y una lengua de fuego comenzó a moverse como una pequeña víbora,
traspasando el umbral de mi vulva y explorando la entrada de mi coño,
deleitándome con unos ricos lametones que me llevaron cerca del paroxismo. Yo me
retorcía, agitando mis piernas por la tortura de tanto placer inacabado. Sus
sabias maniobras linguales fueron elevando mi excitación y en pocos minutos
sentí estremecerme y una tensa contracción de mi área vaginal me dejó el primer
orgasmo.
-Uuuuff...qué rico es esto, Mario!
Él, continuó, dibujando su mapa de placer sobre la piel de
todo mi cuerpo, me incrustó un beso denso y largo en la boca y una vez estuve de
nuevo en calentura, blandió su durísimo falo, insertó la cabeza en la entrada de
mi raja y con una firme estocada me lo clavó en varias etapas, entraba suave,
muy suavemente, vibrando dentro del brasero de mi sexo. Se inclinó sobre mí,
besó, lamió y mordió mis pechos tensos y palpitantes por la excitación, mientras
su verga hostigaba mi coño en llamas.
Nuestra cópula era perfecta, empezamos a vocalizar nuestro
frenesí, con rugidos y gemidos, cada vez mas altos hasta que Mario no pudo
reprimir una explosiva corrida, irrigando mi coño con su primera leche del día;
me abracé a él para que siguiera empujando su tronco, se sentía ahora menos
contundente, pero pude encontrarle un ángulo de roce más directo sobre mi
clítoris y pronto me llegaron las convulsiones de un trabajado e increíble
orgasmo.
-Wowww! Mi amor, que corrida tan linda...! –dijo él.
Mario suspiró satisfecho, extrajo su pene, me bajó de la mesa
y me dio un abrazo, tomándome por la cola con su mano.
-Bueno, para empezar no ha estado nada mal, eh? –comentó
acariciándome el mentón con la otra mano.
-Humm! ha sido fabuloso Mario....que morbo tiene esto!
–Respondí animada.
-Ahora vamos a buscar a Mamen y a Luis que también estarán
haciendo de las suyas!
Entre tanto, lo que había ocurrido en el salón es que Mamen
se había dirigido allí, en busca de Luis, para cumplir su misión. Antes de
entrar, se procuró un pañuelo de seda y avanzó sigilosamente por detrás de Luis,
que estaba repantigado en el sofá. Sin que él se diera cuenta, llegó y puso el
pañuelo sobre los ojos, atándoselo por detrás de la cabeza. Se dejó llevar por
la sorpresa y siguió el juego.
-A ver......quién será? –se interrogó a si mismo.
-Mmmmm! –se escuchó como un arrullo, cerca de su oído.
Tal como se había imaginado, juraría que no era Berta la que
estaba junto a él, lo cual quería decir que estaba entretenida con alguien en
otro escenario de la casa y que ellas habían puesto en marcha una sesión de
intercambio. Se dejó llevar con naturalidad, sin hacer preguntas, como si
estuvieran haciendo algo habitual.
Mamen se había pegado al respaldo del asiento y enredaba sus
dedos entre el cabello de Luis, mientras con la otra mano le acariciaba la nuca
suavemente. Él volteó su torso, sentado como estaba y se puso de frente.
Orientado por la respiración y el aroma del cuerpo de ella, calculó su posición,
extendió sus brazos y sus manos se encontraron sobre los senos de Mamen. Sintió
entre sus manos unos pechitos tiernos y turgentes, perfectamente modelados, que
latían al contacto de sus dedos; ella hizo por escabullirse y dando la vuelta se
sentó al lado de Luis, muy pegada a él. Luego, ella que dominaba la visión, le
tomó la cabeza y puso sus labios sobre los de él, atornillándose en un beso
profundo y mojado, con sus lenguas de fuego abrasando cada rincón de sus bocas.
Luis , sintió que el volcán de su preconcebido deseo se había
puesto en erupción. La realidad de tener entre sus brazos a la princesita de su
vecino, dispuesta a ser suya, le embriagaba de gusto y le entorpecía la razón.
No sabía por donde empezar, intentó quitarse el pañuelo y liberar su vista, pero
ella se lo impidió diciéndole que no, que era una condición que salvaría ella
cuando creyera que había llegado el momento. Las manos de Luis se deslizaron
impacientes tanteaban el cuerpo próximo de Mamen y atinaron a meterse por debajo
de la camiseta que ella llevaba puesta. Acariciaba sus ricas tetitas, con un
deleite inusual al sentir que sus dedos aferrados a los endurecidos pezones,
estaban haciendo efecto sobre ella. Mamen fustigada por la calentura, agarró la
camiseta que él tenía puesta y jaló de ella hacía arriba, sacándola por su
cabeza. Así, pudo masajear con destreza el torso velludo de Luis, y dejar caer
sus pequeñas manos mas allá de ombligo, posándolas sobre su hinchado paquete,
comprobando con una risita maliciosa que allí dentro había una auténtica pieza
de artillería dispuesta para ser usada. Él, al sentir el contacto de sus finas
manitas sobre su sexo, se desabrochó el cinturón y de un brusco tirón bajó los
pantalones hasta los pies, qudándose en un pequeño calzondillo tanga, que apenas
cubría su pene orondo, a punto de asomar por el extremo de arriba.
En esta situación, él continuó despojándola a ella primero de
su estrecha playera, después arrió su pantaloncito y la tanguita anexa, palpando
vorazmente la desnudez que iba descubriendo, su mano, sin tregua, se deslizó en
busca de su deseada gruta del placer. Le rozó el interior de los muslos con la
yema de los dedos, ella se abrió instintivamente para que sus dos primeros dedos
llamaran a la puerta de aquel brasero que ardía y exhalaba una rica aroma de
hembra joven y encelada. Al frotar suavemente su vulva, un poco abierta por la
excitación que la embargaba, e introducir sus dedos en su húmedo portal,
frotando cuidadosamente de norte a sur, Mamen se estremecía de gusto,
retorciéndose sobre el sofá. Ella, sintió con urgencia un fuerte deseo de
albergar entre sus piernas la potente verga de Luis; le retiró el calzoncillo y
asió la tiesa polla que él tenía en una increíble erección, prácticamente pegada
al vientre. Ahora era Mamen la que llevaba el mando, agarrada a la pértiga de
Luis, como si fuera un preciado tesoro que no quería que le quitaran por nada
del mundo; intentó pajearlo suavemente, pero no pudo resistir la tentación de
llevarlo a su boca y dispensarle una devota mamada, primero delicadamente y
después con embeleso le iba lamiendo el tallo en todas las direcciones.
Él no quería ser menos, y procedió a corresponderle como
merecía. Se inclinó bruscamente sobre su concha, enfiló su lengua ardiente sobre
la pequeña protuberancia, comenzó a restregarla hábilmente, hasta notar que iba
endureciéndose y creciendo un poco más. Del coñito de Mamen, manaba una
abundante humedad, y ella casi se ahogaba, respiraba con fatiga y falta de
oxígeno. Luis, al ver que ella había perdido el control, se deshizo del pañuelo
para contemplar a su rica hembra, preparada para completar la primicia de su
copulación. La tomó por la cintura, la hizo sentarse sobre él, de forma que se
acoplara sobre su mástil enhiesto, que apuntaba al techo, para con un ligero
tanteo notar que tenía el glande entre sus labios, y de un decidido empellón le
deslizó todo el largo de su polla hasta el fondo. Ella de cara a él, abrazada a
su cuello, ensartada completamente, se removía como si estuviera cabalgando y él
le impulsaba terribles embestidas con su pelvis. Después de unos minutos
agitándose un cuerpo sobre el otro, Luis sintió un violento estremecimiento y
eyaculó abundantemente, en dos o tres sacudidas que expulsaron todo su semen en
las entrañas de Mamen. Ella, siguió aún unos segundos aferrada a la verga, que
parecía disminuir por momentos y antes de que su dureza hubiera desaparecido aún
pudo llegar a un delicioso éxtasis, en medio de contracciones convulsas,
electrizantes, en su zona genital.
Mario y yo llegamos al salón, en el preciso momento en que
nuestras respectivas parejas estaban jadeantes, entre gruñidos y gemidos,
gozando de los últimos estertores de su orgasmo.
Nos sentamos juntos los cuatro, y mientras tomábamos una copa
más, vinieron las confesiones mas o menos sinceras, sobre las sensaciones que
nos habían quedado después de la experiencia vivida con el cambio de papeles. No
entramos en detalles para no crear malos rollos y al final decidimos, por
unanimidad, que debido a la intensidad de nuestra primera sesión, no íbamos a
prolongar más actos por esa noche. Quedamos en organizar otro encuentro el
siguiente fin de semana, donde hacer el intercambio rotatorio los cuatro en la
misma cama, introduciendo en nuestro próximo banquete sexual variantes más
incitantes y creativas. De nuestros futuros lances espero seguir narrando las
incidencias en forma de un nuevo relato erotizante.
Luis y yo, poco después, nos retiramos a nuestra casa, y
reconocimos que el morbo y la improvisación de ésta práctica eran muy
estimulantes; nos pusimos a platicar sobre los pormenores del evento, y sin
darnos cuenta, nos fue subiendo la temperatura, hasta que concluimos en un polvo
largo, indescriptible, que esa noche tenía un sabor especial y fue sin duda el
mejor desde que empezamos a disfrutar juntos de nuestra sexualidad.
Nos felicitamos por haber encontrado a esta pareja tan linda
y compenetrada con nosotros para poder refocilarnos en increíbles y locas noches
de maravilloso erotismo. No se podía pedir más, considerando que teníamos una
mina de oro a pocos pasos de nuestra casa.