Esa mañana la locutora de radio se despertó con una extraña
sensación en la boca. Aún medio dormida corrió al baño y lo que allí vio frente
al espejo la sumió en un estado de shock. No se sabe muy bien cómo la pierna
enquistada de su padre, muerto en la guerra civil, se había introducido
amablemente entre los caninos y premolares, dejando bien visibles los dedillos
de los pies, de una forma un tanto graciosa (pero no mucho).
Inmediatamente los peores augurios acudieron sin piedad a la atolondrada mente
de Marisa. Era consciente de que este incómodo suceso podría suponer el fin de
sus días como locutora en los partes informativos de las tres en Radio Amanecer.
Conocía a pies juntillas la política de aquella empresa familiar y sabía
perfectamente que si seguía en aquel puesto era por su saber estar, su
cuidadísima dicción y por su enfermiza obsesión por las películas húngaras de
los años sesenta.
Presa del pánico fue a despertar a su hija pequeña. La cogió entre sus brazos y
la tendió en el suelo de la cocina. Marisa sabía bien qué debía hacer en
situaciones tan alarmantes como las que ahora se le presentaban y es que un
artículo en la sección "Todo Tergal" del número especial de invierno de la
revista Venca le había dado las pautas a seguir.
Marisa cerró los ojos y apretó las manos fuertemente contra sus caderas rotas.
Poco a poco fue levitando sobre el cuerpo de su pequeña bastarda hasta colocarse
a dos metros de distancia. Fue entonces cuando su piel comenzó a adquirir un
suave color tostado y sus músculos se inflaron hasta adquirir una delicada forma
circular. Marisa se acababa de transformarse en una inmensa galleta Marbú
Dorada. Ya sólo quedaba frotar la "r" de la palabra Dorada contra el extractor
de humos para que el polvo de galleta cayera sobre la vagina conceptual de su
hija y le masturbara todo su interior.
Así transcurrió una hora aproximadamente pero el ritual no parecía provocar el
efecto deseado. Allí seguía la pierna de su padre, con los dedillos asomando por
la comisura de sus labios. Marisa, exhausta, tiró la toalla por el fregadero y
sentó en el suelo lloriqueando.
Entonces su hija se vistió como un gendarme francés semienterrado y besó a su
madre en la frente:
"Mamá, no te des por vencida. Algo en mi nuevo cuerpo afrancesado me dice que
debes viajar a tierras avilesas."
La madre, presa de la alegría, no pudo reprimir su emoción y le clavó unos
alfileres muy sinceros a su hija, en las mejillas.
La niña preparó la maleta, aprendió a deletrear la palabra
lkqwzdoqiwxsqo8uj82jjk y se despidió de su madre con un largo beso, mientras los
pequeños regueros de sangre formaban la frase "Te quiero, mami" sobre sus
mejillas de porcelana…
En cuestión de segundos Marisa se encontraba guardando cola
frente a las taquillas de Transportes Comes, en el número 5 de la calle Genaro
Parladé. "Por favor, un billete de tercera a Ávila".
El viaje transcurría sin demasiados sobresaltos gracias, entre otras cosas, a
que había tenido la enorme suerte de tener como compañero de viaje a un niño
segoviano semidesnudo. Sin embargo, nada más atravesar Cercedilla del Monte,
Marisa se percató de que su joven acompañante tenía su cara de cerdo cubierta de
pequeñas gotas de pipí blanco y muy brillante. Ante la cara de asombro de ella
el niño se apresuró a darle una explicación: "No se alarme señora, ocurre
siempre que una canción de Eartha Kilt choca violentamente contra la frente del
chófer. Esto provoca que la melodía se condense, formando estas microgotas que
se impregnan en mi cara y que a usted tanto gustan".
Ciertamente Marisa había quedado totalmente fascinada con aquel fenónemo
meteorológico. Se miraba en aquel niño y veía claramente su cara reflejada en
cada gota. Se imaginaba entonces que era una bailarina rusa contratada por el
departamento de inmigración para diseñar cuadernos de papel microperforado. Esto
le provocó un orgasmo inmediato, lo que el resto de viajeros celebró formando
una conga inusual.
Para cuando llegaron a Ciudad Real el rostro barbudo del chófer había mutado
considerablemente hasta guardar cierto parecido con una empresa danesa de
productos cárnicos y Marisa se encontraba pletórica, radiante y sin apenas
acordarse del verdadero (y triste) motivo de su viaje.
El autobús se detuvo violentamente, hecho que el señor con disentería de la
primera fila aprovechó para asesinar a su bella esposa de un golpe certero en
las axilas. Una voz varonil y muy sexy anunciaba el final de trayecto: "Señoras
y caballeros. Hemos llegado a Ávila. No olviden recoger sus objetos personales y
cuantificar el verdadero origen de las cosas".
Marisa no podía reprimir la emoción. Ávila estaba a sus pies.
Lo primero que llamó la atención de Marisa, aparte del hecho
de que las gárgolas de la catedral habían sido esculpidas a imagen y semejanza
de los hijos primogénitos de los miembros originales de La Década Prodigiosa,
fue descubrir que los habitantes de esta bella ciudad eran todos elegantes
señoras de pelo morado. De hecho, toda Ávila parecía una gran señora de pelo
morado.
Éste insólito hecho le produjo cierta inquietud al principio por lo que decidió
desplazarse sobre la espalda de un perro enfermo de amor. Pero poco a poco se
fue adaptando a su nuevo entorno capilar y mostrando algunas dosis de
compenetración fluvial.
A las quince y treinta Marisa ya se sentía parte de aquella ciudad lo que le
proporcionó un segundo orgasmo de poca consistencia pero afable y tenaz.
Tomó la calle Humilladero, en dirección al Palacio de Valderrábanos. Cuando se
encontraba a la altura del número 26 escuchó la voz de un hombre que la llamaba
desde el piso tercero de un edificio esquivo. Sumida en un extraño deja-vu
Marisa no pudo reprimir presentarse en la casa de aquel señor como una costurera
vietnamita.
- Perdone mi asombro buen señor, pero yo creía que sólo elegantes señoras de
pelo morado habitaban esta alegre villa – dijo Marisa.
Así que el señor, que ahora tenía los brazos repartidos por todo el salón, tuvo
que explicarle que hacía un par de meses que la alcaldesa, a petición popular,
había enviado una carta a Madrid solicitando el envío inmediato de todos
aquellos hombres que alguna vez en su vida habían protagonizado alguno de los
anuncios de la compañía MundiPost, que desde hacía décadas se venían publicando
en las páginas del semanal Pronto. Así se ordenó y así se hizo.
- Claro, es por ello que me sonaba su cara - interrumpió Marisa - Usted era el
modelo que anunciaba Activator Hair, el producto milagroso para ser "un hombre
de pelo en pecho"
A lo que el señor asintió no sin cierto rubor.
Marisa entendía ahora por qué la solución a todos sus problemas se encontraba en
Ávila y no en Las Navas de la Concepción.
Marisa desabrochó la camisa de aquel señor y luego de recitar de memoria todas
las ciudades del estado de Maryland que comienzan por la letra F fue extirpando
uno a uno los pelos de su hombre. Una vez había dejado su pecho como el culito
de un niño huérfano, Marisa aplicó con avidez su saliva en todas y cada una de
las puntas abiertas hasta formar una suerte de seda dental muy larga y atractiva
a los ojos de un obispo milanés.
El resto fue coser y cantar. La nueva seda dental penetró con extrema facilidad
entre los orificios de sus dientes hasta no dejar vestigio alguno de la pierna
enquistada de su padre.
Ahora que por fin se había librado de aquel horrible apéndice Marisa sabía muy
bien que su destino estaba allí, con Esteban, que así se llamaba ese chulazo,
antiguo modelo de MundiPost.
Sólo quedaba un cabo por atar. Marisa no podrá vivir sin su pequeña bastarda a
su lado así que se untó cera de abejas entre las pestañas y rogó y suplicó a
Esteban que la dejara traérsela consigo.
Esteba se sentó sobre una espiga dorada bajo el sol y lo pensó. Tras ocho años
de incertidumbre se levantó y soltó un escueto "¿Y por qué no ha de ser así?".
Marisa, fuera de sí, corrió a llamar al oficinista gay de Transportes Ochoa para
que le enviara sin más dilación a su hija a su nueva dirección postal.
A los pocos días se recibió el paquete en la calle Arturo Duperier, esquina con
Humilladero. Esteban enseguida la adoptó como si de una hija de tratase, hecho
que proporcionó una inmensa felicidad a Marisa, así que no dudaron ni un
instante en amputar las piernas a su pequeño retoño y aprovechar la felicidad
que Dios les había regalado sin apenas pedir nada a cambio…