Laura, mi amor, mi vida se fue para siempre. Y con ella
nuestro Adrián, que con tan solo cuatro años había llenado por completo nuestra
existencia. Aquel conductor borracho se subió en la acera y me quitó lo que más
quería. Ahora, con tan solo 33 años me encontraba solo. Mi familia y mis amigos
de siempre se esforzaban por distraerme, por ayudarme a rehacer mi vida. Pero yo
realmente no podía en aquella casa llena de recuerdos.
Madrid se convirtió en una jaula de la que quería escapar. Así que busqué un
nuevo trabajo que me permitiera irme a vivir a nuestro apartamento de Zahara de
los Atunes. Allí el aire puro y el olor del mar me sentaban como un bálsamo,
haciendo que recuperara las ganas de seguir adelante. Encontré el trabajo ideal,
que me permitiría regodearme en mi propia soledad. Gracias a mis estudios de
ingeniero aeronáutico y el master que había cursado en el tecnológico de
Massachussets, me ofrecieron un puesto como asesor, por lo que podría trabajar
en casa a través de la red y realizar algún que otro viaje. Nadie entendió mi
huida. Quizás solo mi madre, aunque le costó hacerse a la idea.
Salí de Madrid al anochecer con lo último que quise llevarme de casa. Me gusta
viajar de noche. Me ayuda a pensar con calma. Al llegar a Despeñaperros decidí
parar a tomar un café y estirar las piernas. Era una fría noche de febrero. Los
camioneros charlaban animosamente apoyados en la barra. Yo me situé en una
mesita en un extremo. Le hice mi pedido al camarero y me senté a contemplar a la
extraña amalgama de personajes que estaban frente a mi vista mientras fumaba un
cigarrillo. Creo que oí todo tipo de acentos españoles, además de alguno
extranjero. Un detalle me sacó de mi abstracción. En la barra, cerca de mí, se
acurrucaba con su propio abrigo un muchacho que parecía estar aterido de frío.
Custodiaba cuan tesoro una pequeña mochila entre sus pies.
Mientras esperaba a que el camarero le sirviera el cola cao que había pedido,
escudriñaba un pequeño montón de monedas entre sus manos. Ansiosamente tomó su
bebida con evidente cara de satisfacción. Al acabar, el camarero le dijo algo
despreocupadamente, a lo que reaccionó con cara de susto. Supuse que no tenia
suficiente dinero para pagar la consumación.
Me acerqué a la barra junto a él y sin darle mucha
importancia le pregunté:
-¿Tienes algún problema?
Y entonces le pude ver bien. Su rostro era suave y lampiño,
casi el de un niño. El gorro de lana que le cubría la cabeza dejaba entrever un
cabello liso y dorado y sus ojos, de un luminoso azul, mostraban el cansancio y
el miedo.
-Es que no me llega-Respondió sacándome del trance.
-Oiga: cobre esto también- le dije al camarero, que se volvió ligeramente
mostrando una indescifrable media sonrisa.
-No, de verdad, no se moleste-me dijo el muchacho.
-No te preocupes, no es molestia. Además, quizás te haga falta lo que tienes
para más adelante.
Me sonrió ampliamente mostrando una dentadura blanca y perfecta. En conjunto era
un muchacho muy atractivo. Me dio las gracias, y volvió el camarero con el
cambio. Lo guardé en el bolsillo, y tras desear buen viaje me dirigí al coche.
Me senté y lo puse en marcha, pero me quedé unos segundos absorto mirando al
volante, pensando en que habría traído a ese chico hasta éste paraje. Me
sorprendí a mí mismo al hacer un esfuerzo por recordar ese angelical rostro. -Ha
de ser mi instinto paternal - pensé. Mí perdida aún estaba reciente y sentía
deseos de proteger a aquel desvalido muchacho.- Bah, tonterías-, dije en voz
alta, mientras abrochaba el cinturón de seguridad. De pronto, tres golpes secos
sonaron en mi ventanilla. Me sobresalté e intenté mirar a ver quien era, pero el
cristal estaba totalmente empañado, por lo que, no sin cierto temor, decidí
bajarlo. Mi corazón dio un vuelco al encontrarme de nuevo con ese hermoso
rostro.
-Hola, ¿qué quieres? Con una amplia sonrisa me contestó: -Me preguntaba si
podría llevarme.
-¿Dónde vas? -Pueees, al sur.
Medité un momento. No me gusta recoger autostopistas. Me resulta incomodo llevar
a un completo desconocido en el coche. Yo soy un hombre fuerte y corpulento y el
no era mas que un chiquillo delgaducho, pero nunca se sabe. Sorprendiéndome
nuevamente a mí mismo, le dije: -Puedes dejar tus cosas en el asiento trasero.
De un salto se dirigió a la puerta del otro lado y se sentó, mientras pasaba su
mochila a la parte trasera. Se acomodó, y mostrándome nuevamente su preciosa
sonrisa, alargó su mano y dijo: -Hola, soy Toni.
Alargué mi mano derecha hasta tomar la suya. Era pequeña y suave, aunque estaba
helada.
-Cesar. Ponte el cinturón.
"Ponte el cinturón". Menuda chorrada de presentación. Salí del aparcamiento y me
dirigí a la autoría.
-¿Adónde vas tu?-Dijo rompiendo el silencio.
-A Zahara de los Atunes.
-¿Dónde está eso? -En la costa de Cádiz.
-¡Que guay!. Allí seguro que se está bien.
-Es un lugar maravilloso. Tranquilo y soleado.
-Justo lo que busco.
-Me alegro. ¿Vas allí con tu familia?
-No -dijo secamente. Pude ver por el rabillo del ojo como
bajaba su rostro.
-Lo siento. No quería molestarte.
-No pasa nada. ¿Y tu?. ¿Tienes alguien allí?
-No. También voy solo. Hace poco fallecieron mi mujer y mi
hijo y quería alejarme un poco.
No me reconocía. Hacia diez minutos que lo conocía y ya sabía de mi todo lo que
era realmente importante en mi vida. Había algo en su rostro y su voz que me
empujaba a un estado de tranquilidad como hacia tiempo que no sentía. Siempre he
sido muy celoso de mi intimidad, pero este mocoso me empujaba a abrir mi alma
sin oponer resistencia.
-Joder, vaya palo. Lo siento- exclamó con incomodidad. Creo que mis palabras lo
desbordaron un poco.
-Bueno, hablame un poco de ti. ¿Cómo llegaste hasta aquí?- Le dije en tono
conciliador.
-Estaba harto de todo. Mi vieja se pasa el día colocada y mi padrastro me
insultaba todo el tiempo.
-¿Y tu padre?
-Ni idea. No lo conozco. Pero seguro que también es otro
cabrito de cuidado, si es que sigue vivo.
Tras decir esto, lanzó un nada disimulado bostezo, por lo que
decidí no buscar mas conversación. Se amodorró en el asiento y se durmió
plácidamente.
Al amanecer mi cuerpo se quejaba de las horas de volante, por
lo que decidí detenerme a desayunar. Tan pronto detuve el motor se despertó.
-¿Hemos llegado? –Preguntó con los ojos aun entrecerrados.
-No, pero creo que deberiamos parar a desayunar.
-No...gracias...yo no...-Dijo visiblemente azorado.
-Venga. No seas así. Vamos al bar y comes algo.
Entramos en el bar, y luego de convencerlo, se decidió a pedir algo de comer.
Por la forma en que consumía las tostadas, pude comprobar que hacia mucho que no
comía. Yo disfrutaba viendo como lo hacia. Hablábamos de cosas triviales. Me
preguntaba por Zahara, el mar, que no conocía, mi trabajo... Cuando acabó volvió
a quedarse avergonzado y con la cabeza gacha mientras yo pagaba la cuenta. Yo le
sonreí para hacerle ver que no me importaba.
Hora y media mas tarde llegamos a Chiclana. Yo le había dicho
que allí era más fácil que encontrase algo como peón, por lo que decidió
quedarse. Me dio las gracias y se marchó sin más. Yo me quedé unos instantes
pensativo mientras lo veía alejarse. A pesar de lo poco que sabia de el, me
despertaba una gran ternura. Sentí que se fuera y me hice a la idea de no volver
a verlo.
Los primeros días en Zahara fueron moviditos. Eran muchos papeles que arreglar,
acostumbrarme a la rutina del trabajo y realizar los quehaceres de la casa, ya
que no me apetecía contratar una asistenta, al menos de momento. Paseaba durante
horas por la solitaria playa, meditando sobre mi vida, recordando los buenos
momentos que nunca jamás volverían e intentando imaginar que seria de mi ahora.
A veces recordaba a Toni. Su preciosa sonrisa y sus ojillos traviesos. Incluso
una tarde, mientras engullía una botella de Black Jack, reí a carcajadas
pensando que hasta mi hombría se había llevado aquel borracho, porque cualquiera
diría que me había enamorado de ese chico.
A las tres semanas, fui a El Puerto de Santa María a ver a
unos amigos. Cenamos y lo pasamos bien. Ellos hacían lo posible por hacerme
reír. Incluso llevaron a una amiga con la clara intención de liarme con ella. Me
comporté amablemente, pero no me apetecía nada entablar una relación. Aun era
pronto. Es curioso que a pesar de la abstinencia sexual, ni de eso tenia ganas.
Volví a casa ya de madrugada. No había bebido nada, y es que
mi amarga experiencia hacia que la sola idea de beber y coger el coche me
resultase vomitiva. Aun así me encontraba muy cansado. No tenia costumbre de
trasnochar y la incesante lluvia que caía hacia más dificultosa mi marcha.
Faltaban pocos metros para llegar a mi casa cuando una figura indeterminada bajó
de la acera para cruzar la calle, prácticamente en el capó de mi coche. Frené en
seco. Por un instante pude ver en mi mente el rostro de Laura mientras aquel mal
nacido la atropellaba. Aterrorizado salí del coche y me dirigí a esa persona,
que había caído al suelo a pesar de que juraría no haberla tocado. Estaba
tumbado en posición fetal, así que con todo cuidado lo giré. Mi corazón dio un
vuelco. No lo podía creer.
-¿Toni?-Dije mientras él abría levemente los ojos.
-¿Cesar?-Salió como un hilillo de sus labios. Y perdió el conocimiento.
Lo cargué en brazos y lo introduje en el coche. Segundos más
tarde volaba al hospital. Al llegar, tuve que responder a un millón de preguntas
y contar mi historia varias veces. Por fin, me permitieron pasar a verle. Se
encontraba en una camilla de urgencias, dormido y con un gotero puesto. Pregunté
por su estado al medico de guardia y me dijo:
-Verá. Tener no tiene ninguna enfermedad, ni esta drogado ni
nada por el estilo. Solo está deshidratado. Creo que hace mucho que no come
nada. Está bastante débil.
-¿Puedo hacer algo?
-Pues poco, la verdad. Necesita descansar y comer. Está
agotado. ¿Sabe donde podemos encontrar a su familia?
-Ni idea. Sé muy poco sobre él.
-En ese caso avisaremos a asuntos sociales.
-¿Asuntos sociales? Eso significa que lo llevaran a algún
centro o algo ¿no? Eso no suena nada bien.
-Es cierto. No es nada agradable que lo lleven a algún sitio
así cuando realmente no le pasa nada. Pero aquí no puede quedarse y dudo que
sobreviviera en las calles. A menos que...
-¿A menos que? –Respondí un poco alarmado. Temía lo que iba a
decir a continuación.
-A menos que alguien se haga cargo de él –sentenció el
doctor.
Me quedé mudo. Apenas le conocía y ese medico quería que me
lo llevase a casa y cuidase de él. Menudo descaro. Lo que me faltaba para
terminar de poner mi vida patas arriba era eso. Iba a decirle cuatro cosas a ese
matarife.
-Está bien, yo cuidaré de él –Dije sin pensar. Y tanto que
sin pensar ¿es que me he vuelto loco? ¿Cómo voy a...?
-Gracias a Dios. Me alegra oír eso –Dijo satisfecho el
doctor- Acompáñeme a mi despacho. Le explicaré que dieta debería seguir para que
se recupere satisfactoriamente-
Realizó una lista de los alimentos que debía darle y me dio
algunos consejos de cómo tratarle. Al acabar, me dio la mano y dijo:
-Dentro de un par de horas podrán irse. Ojalá hubiera en este
mundo más gente como usted. Todo sería más fácil.
Sus palabras me llenaron de satisfacción, pero durante las
dos horas que permanecí en la sala de espera, estuve a punto mil veces de
marcharme y dejarlo allí.
Luego apareció un celador con Toni en una silla de ruedas. Estaba demacrado,
pálido e increíblemente delgado. Sus suaves rasgos habían pasado a ser
cadavéricos. Me asusté un poco, pero tras intercambiar unas palabras con el
celador fui a por el coche. Entre ambos lo acomodamos en el asiento trasero y
partí hacia mi casa. Ni una palabra salió de nuestras bocas. Toni estaba
consciente, pero permanecía mirando sus rodillas desde el primer momento.
Al llegar a casa lo tomé en mis brazos. Él me rodeó con los suyos. Fue muy fácil
cargarlo dado su poco peso. Llegamos a casa y lo acosté en la cama de la
habitación que había sido de Adrián, y que yo ya había amueblado como cuarto de
invitados. Le desprendí las zapatillas, que desprendieron un fuerte olor. Me di
cuenta que estaba muy sucio. Su ropa parcialmente desgarrada y el pelo, que
llevaba a modo de media melena, totalmente enredado. Comencé a desnudarlo con el
firme propósito de darle un baño. Detuvo mis manos y dijo: -¿Qué haces?
-Necesitas un baño.
-Dejame. Puedo solo.
-No, no puedes.
-¡No soy ningún invalido!
Se sentía indignado al verse tan a mi merced, por lo que le solté y empezó a
desvestirse trabajosamente. Yo le ayudaba disimuladamente. Cuando se quedó solo
con unos inmundos y ennegrecidos slips, lo ayudé a levantarse. Caminamos
despacio hasta el baño y lo senté en el water mientras llenaba la bañera. Una
vez que estuvo el agua a punto me ofrecí a ayudarle, pero avergonzado con la
idea de que permaneciese allí mientras terminaba de desnudarse, me dijo que lo
dejase solo.
Salí del baño dejando la puerta entreabierta por si me necesitaba y se lo hice
saber. Me senté cerca y fumé nerviosamente un cigarrillo.
Al poco rato me acerqué a hurtadillas a la puerta y pude oír como lloraba.
-¿Estás bien?-Pregunté-¿Toni?
-No puedo-dijo entre lágrimas.
Entré y aun permanecía sentado.
-No puedo ni levantarme. Lo siento.
Lloraba impotente con la cabeza fija en las baldosas del suelo. Decididamente lo
tomé por debajo de las axilas para levantarlo. Luego lo cargué y lo deposité en
la bañera. Introduje mis manos en la bañera y mientras le sacaba su pequeño slip
me miraba a los ojos lleno de vergüenza mientras se sorbía la nariz. Resuelto a
acabar con esta embarazosa situación lo antes posible, tomé champú y le
embadurné la cabeza. El se dejaba hacer como un monigote. Al aclarar la
abundante espuma vi relucir nuevamente su dorado y suave cabello. Contento por
el resultado, tomé la esponja y el gel y comencé a lavarle la cara, el pecho,
los brazos. El dejó caer su cabeza hacia atrás mirando perdidamente al techo. Le
tomé de los hombros para inclinarlo hacia delante, procediendo a enjabonar su
espalda. Luego levanté una de sus piernas para continuar. Hasta ese momento no
me había dado cuenta que estaba recorriendo todo su cuerpo con mis manos a mi
antojo. Su tacto era muy suave y delicado. La verdad es que ni me había fijado
bien en él cuando lo llevé al baño, pero el contacto con su piel me estaba
produciendo una erección. Y a él pareció gustarle también las caricias que le
proporcionaba con la esponja. Recorría cada rincón de su cuerpo con suavidad y
sin prisas, como si de un niño pequeño se tratase.
Cuando acabé, sonrió agradecido y visiblemente más relajado.
Prendí la ducha y vacié el contenido de la bañera para que se fuese esa agua
sucia y poder enjuagarle. Le ayudé a levantarse y allí estaba, totalmente
desnudo, mientras yo le mojaba con la ducha, le acariciaba con mi mano para
quitar cualquier resto de espuma. El no hacía nada, pero se dejaba hacer. Su
pene estaba relajado, aunque permanecía ligeramente hinchado. Ahora me podía
deleitar plenamente con la visión de su cuerpo. Era realmente precioso. Sublime
a pesar de su exagerada delgadez. Cada músculo estaba perfectamente perfilado
bajo su piel. No había ni una cicatriz, ni una imperfección. Le sequé con una
toalla y al finalizar lo cogí en brazos. Me encontraba totalmente excitado con
el contacto de su cuerpo desnudo mientras me dirigía a su cama. Finalmente lo
recosté y le tapé.
Luego preparé un poco de sopa que tomó en la cama con alguna dificultad. Después
entró en un profundo sueño. Me retiré a mi habitación y me acosté. En mi mente
pasaban las imágenes de su cuerpo desnudo, e intentaba recordar el tacto de su
piel entre mis dedos. De pronto recuperé la conciencia y me sentí un verdadero
cerdo. Estaba fantaseando con aquel muchachito indefenso. Nunca había sentido la
más mínima atracción hacia un hombre, pero aquel chaval había despertado en mi
deseos que nunca creí tener. Me costó mucho dormir, pero lo conseguí.
Pasó casi treinta horas seguidas durmiendo. No quise salir de
casa por si se despertaba. De cuando en cuando me asomaba a su cuarto y
observaba aquel rostro angelical.
Al despertar se levantó y salió al salón con una camisa mía, que yo había dejado
allí a tal propósito y que para él era como un camisón, como única prenda. Yo
trabajaba frente al ordenador cuando lo vi reflejado en la pantalla. Sin
volverme siquiera dije:
-¡Buenos días, dormilón!
-¿Cuánto he dormido?
-Buf, mucho. ¿Cómo te encuentras?
-Un poco cansado
-Bueno. Se te pasará. Te prepararé algo de comer.
-No te molestes. Tengo que irme ¿Donde está mi ropa?
-En la basura.
-¿Qué dices? ¡Es lo único que tengo!
-Tranquilo. Mañana iré a comprarte algo. Tu ropa estaba
fatal.
-Pe...pe...pero...
-Nada de peros. Ahora siéntate. Toma ésta manta para que no cojas frío.
Enseguida vuelvo.
Notaba como me seguía con la mirada mientras preparaba la mesa e iba y venía de
la cocina. Cuando el humeante caldo estuvo en la mesa. Le miré con una amplia
sonrisa y le dije:
-Venga. A comer. ¿A qué esperas?
Se sentó y cuando tomó la primera cucharada y sin levantar la
vista del plato dijo:
-¿Por qué haces esto?
-Porque si. No me preguntes por que, pero quiero ayudarte.
-Sabía que lo harías.
-¿Cómo? -No me han ido muy bien las cosas. No tenía a quien acudir. Tenía la
esperanza de encontrarte.
-Vaya, eso si que no me lo esperaba.
-No quiero molestarte, pero es que estaba desesperado. Ahora estoy mejor. Mañana
me iré.
-¿Te irás a dónde?
-No sé. Ya veremos.
-De eso nada. Tú te quedas aquí hasta que estés bien del todo. Entonces veremos.
Cabizbajo, dejó caer una lágrima por su rostro. Me acerqué a él y le acaricié el
cabello. Entonces se abrazó a mí rodeándome con sus tiernos brazos por la
cintura.
-Tranquilo. Ya pasó. Verás como todo sale bien-dije.
Continuó así aún unos segundos más, hasta que le indiqué que
se enfriaba la sopa, por lo que siguió comiendo mientras se sorbía la nariz.
Yo le observaba desde el sofá consumiendo un cigarrillo tras
otro. Cuando acabó, se sentó junto a mi y tras dedicarme una de esas sonrisas
que tanto me cautivaban se recostó en mi regazo, tras lo cual, volvió a
dormirse. Mientras tanto, con mi mano acariciaba levemente su cabello. Era tan
tierno que casi lloré de la emoción, hasta que el sueño me venció a mi también.
Algún tiempo mas tarde noté como se levantaba, arropándome con la manta que
hasta entonces le cubría. Le oí ir al baño y luego meterse en la cama.
Pasé toda la noche en vela pensando. Las ideas se agitaban en mi mente. Era tan
agradable su compañía. Pero estaba claro que en mi había otra cosa que no era
instinto paternal. Sentía deseos de tocarlo, acariciarlo, amarlo. Era un hombre,
pero había dejando de importarme. Hasta hacía muy poco ni contemplaba la
posibilidad de este tipo de relación. Había tenido una vida sexual plena. Nunca
había sido promiscuo, pero disfrutaba muchísimo en la cama con una mujer. La
situación me desbordaba. De pronto caí en la cuenta de que solo estaba pensando
en mi. Di por hecho que el sería heterosexual, que solo veía en mi la figura de
aquel padre que, de algún modo, añoraba, por lo que tendría que quitarme
cualquier locura de la cabeza.
Los siguientes días fueron de lo más placenteros. Le compré alguna ropa tal y
como le prometí. Alabó mi gusto y prometió que me la pagaría lo antes posible.
Charlábamos durante horas de cualquier tema. En cuanto se repuso salíamos juntos
a pasear por la playa. Nos tratábamos amistosamente, pero sin reparos en
demostrar cariño el uno por el otro. Por las noches, mientras veíamos la tele,
se recostaba en mi hombro o mi regazo. A veces tomaba mi mano mientras yo le
atusaba sus dorados cabellos. Nunca intentaba ir más allá. Me hice a la idea de
que realmente me había enamorado, acepté la idea de que tan solo sería
platónicamente. No quería acabar con esa maravillosa situación por intentar
llegar más lejos.
Una noche lluviosa mientras permanecía recostado sobre mí, me dijo de repente:
-Tengo que irme.
-¿Qué?
-No puedo seguir así. Eres demasiado bueno conmigo. Creo que
ya he abusado demasiado de tu generosidad.
-Pero que dices. ¿A dónde vas a ir? ¿Qué vas a hacer por ahí? ¿Qué voy a hacer
yo sin ti...?Esto último lo dije evidentemente sin pensar. Me salió de dentro. Y
me arrepentí de inmediato. Me había descubierto. Ahora si que me dejaría.
Se incorporó dejando su rostro a la altura del mío con el
semblante serio. De pronto, soltó una sonora carcajada. Yo me sentía
increíblemente incómodo. Mi cara debía ser un poema. En mi vida había sentido
tanta vergüenza. Cuando pudo controlarse me dijo en tono divertido:
-¿Qué has dicho?
-¿Yo?, nada. Solo que, en fin, que no tienes donde ir, y a mi
no me...
-Anda, calla-dijo poniendo su dedo índice en mi boca.
Entonces, ya calmado, pero con una increíble sonrisa acercó lentamente sus
labios a los míos y me besó suavemente. Tras un momento de sorpresa reaccioné
besándole apasionadamente. Acariciaba con mi lengua su dentadura perfecta,
mordisqueaba sus labios y le abrazaba con tal pasión que podría haberle ahogado.
El no se había quedado quieto. Me desabrochaba la camisa con desesperación.
Acariciaba mi peludo torso con sus suaves manitas. Yo creía que iba a estallar
en ese momento. Bajé hasta su cuello, que besaba y mordisqueaba con deleite. Él
echaba su cabeza hacia atrás y gemía de placer. Sin mediar palabra me levanté
con él abrazado, mientras él me rodeaba a su vez con las piernas. Fundidos en un
apasionado beso, me dirigí hacia mi cama y sin soltarlo, lo acosté sobre su
espalda. Le besaba furiosamente, acariciando su culo y sus piernas, mientras me
movía lascivamente frotando mi paquete con el suyo. En un momento de lucidez,
paré y le miré fijamente a sus preciosos ojos que me miraban tiernamente.
-Yo no sabía que tu eras...
-Yo tampoco.
Entonces le desprendí la camiseta y seguidamente atrapé con
mi boca uno de sus pezones, que ya estaba duro por la excitación. Recorrí con mi
lengua el camino desde el pecho al ombligo mientras torpemente desabrochaba sus
pantalones. Se los quité de un tirón, arrancando al mismo tiempo la ropa
interior y me quedé un segundo observándole.
Estaba ahí, desnudo, indefenso, sonriente y satisfecho.
Anhelando que continuase con mis caricias y mis besos. Y no hizo falta que
rogase para que lo hiciese.
Acaricié sus suaves y lampiños testículos con una mano,
mientras con la otra sobaba su pene. Como si me hubiese llevado toda la vida
haciéndolo, deslicé mi lengua desde la base del tronco hasta su glande y sin
pensarlo, me lo introduje en la boca. Era una sensación extraña y agradable. Él
estaba tan excitado que creí que se correría de inmediato, por lo que empecé a
subir con mi lengua por su cuerpo, entreteniéndome en su ombligo, hasta que
volví a llegar a su boca. Después de otro apasionado beso hizo un ademán de
incorporarse al que yo respondí quedando de rodillas en la cama con sus piernas
a mi costado. Entonces procedió a desnudarme, apartándome las manos de mi ropa
cuando trataba de ayudarle.
Cuando al fin estábamos los dos desnudos quedamos frente a frente de rodillas.
Me abrazó tiernamente mientras yo recorría con mis manos su espalda y ese culito
maravilloso. Se soltó y agachó su cuerpo hasta llegar con su boquita a mi pene
que estaba ya enrojecido. Empezó a acariciarlo con sus labios con una suavidad y
maestría infinitas, mientras yo gozaba del espectáculo de su culo, que empecé
nuevamente a tocar, haciendo entrar mis dedos por su raja hasta que encontré su
ano. Cuando llegué hasta el, dio un gemido ahogado a causa de lo que tenía
enterrado en su boca. Lo voltee dejándolo bocabajo e inmediatamente acerqué mi
lengua a su hoyito. A cada lametón se arqueaba y movía las caderas
levantándolas, por lo que incluso se la introducía. Yo ya no podía más. Tenía
que ser mío. Me recosté sobre él, dejando la punta de mi verga en la entrada de
su ano.
Suavemente le hablé al oído:
-Quiero poseerte.
-Hazme lo que quieras, pero ve despacio. Soy virgen.
-Tranquilo. Todo irá bien.
Arqueé mi cintura y ayudándome con la mano, puse mi pene en la entrada. Cuando
hice un poco de presión, se quejó levemente.
-Si no quieres lo dejamos. No quiero hacerte daño.-dije
-No, sigue. Es que duele, pero no importa. Tú sigue. Quiero
ser tuyo.
Volví a situarme, y haciendo un poco más de fuerza sentí como
mi glande se habría paso con dificultad. Él emitió un gritito, pero yo ya no
podía más y empecé a empujar. Comenzó a decir entrecortados ays de dolor, lo que
me hizo frenar en seco y retirarme. Eso y las imágenes, olores y sonidos que
acudían después de tanto tiempo a mi mente. Miré su ano que palpitaba. El giró
la cabeza y mirándome sobre el hombro preguntó:
-¿Qué te pasa?
Durante unos instantes no supe que contestar, pero mi
expresión y las lágrimas que corrían por mis mejillas debieron parecerle
suficientemente esclarecedoras. El recuerdo de aquella persona con quien por
última vez hice el amor, me desbarató por completo. Se dio la vuelta e
incorporándose hasta quedar de rodillas en la cama, me abrazó apoyando mi cabeza
contra su pecho. Mientras me acariciaba el cabello, decía suavemente:
-Shhhh, tranquilo. Está bien.
Nos tumbamos en la cama abrazados. No era un abrazo
lujurioso. Era tierno y tranquilizador.
A la mañana siguiente desperté solo. Salté de la cama y busqué desesperadamente
por todo el apartamento. Toni no estaba. Se había marchado. Ni tan siquiera
había dejado una nota. Vi mi cartera sobre la mesa y observé que faltaba algo de
dinero en ella. Me maldije una y otra vez por lo que había sucedido. Lo había
perdido. Quizás se asustó, pero estaba seguro de que él también lo deseaba. A lo
mejor mi reacción en la cama le disgustó. Paseaba de arriba abajo por el salón
como un león enjaulado, consumiendo un cigarrillo tras otro. A veces tenía la
tentación de salir a la calle a buscarle. Pero para que. Se había marchado de mi
vida como llegó, por sorpresa. Mi vida había vuelto a romperse cuando aún no
había logrado recomponer sus pedazos.
Me maldije, lloré, golpeé las paredes de pura rabia. Hasta
que al fin, exhausto y abatido, me derrumbé en un rincón.
De pronto, algo me sacó de mi letargo. Oí que alguien
introducía unas llaves en mi cerradura. Me incorporé ansioso mirando hacia la
entrada y ahí estaba.
Cargaba varias bolsas de plástico en las manos. Las alzó
sonriendo y me dijo.
-He ido al "super". No había de nada.
Al ver mi rostro pálido y demacrado se puso muy serio, y
continuó diciendo:
-Perdona que te haya cogido dinero de la cartera...Es que no
quería despertarte...No te enfades por favor...
Caminé hacia él y le abracé tan fuerte que dejó caer por su
propio peso las bolsas de la compra. Y lloré tan desesperadamente que ni
siquiera me di cuenta de que le estaba haciendo daño.
Haciendo un gran esfuerzo, logro separar su pecho unos
centímetros de mi, y confuso me preguntó.
-¿Qué es lo que te pasa?
-Creí que...pensé que tu...al no verte esta mañana supuse que
te habías ido.-Respondí sin poder dejar de sollozar.
Con una suave sonrisa y los ojos brillantes me respondió:
-¿Irme? ¿a dónde? ¿Dónde voy a estar mejor que con la persona
que amo?
.........................................
Fue duro explicar a mi familia que volvía a tener pareja,
pero que ésta vez era un hombre al que casi doblaba la edad. A pesar de todo,
aunque no sin cierta dificultad, aceptaron a Toni como otro miembro de la
familia y es muy querido por todos.
Por nuestra parte, vivimos en Zahara como una pareja más. Yo continúo con mi
trabajo, que nos permite vivir desahogadamente y él ha vuelto a estudiar gracias
a mi insistencia, ya que no quería que se limitase a las labores de la casa, que
era su intención. Somos felices y tenemos una relación completa, apasionada y
sincera. Ahora solo esperamos que las leyes nos permitan algún día casarnos y
tener un hijo, que es lo que más deseamos.