Aunque gastase tanta tinta como sangre corre aún por mis
venas, creo que jamás me contentaré con una descripción que haya escrito del
beso de un vampiro. Hay quien pueda pensar que resulta placentero, se equivoca,
es muy doloroso, no hay ejemplo por infinitamente limitado que pueda ser de lo
que se padece durante el mordisco de un inmortal. La sensación durante el ataque
es indescriptible, todos tus sentidos te dicen que vas a morir, que tu vida
escapa a través de sus labios y tu cuerpo se debilita rápidamente. ¿Cuál es pues
el disfrute de ese proceso? La respuesta es bien complicada: existe una cierta
felicidad oculta en todos los sacrificios que hacemos de buena gana,
especialmente en aquellos dirigidos hacia algo que amamos o respetamos. También
es cierto que se trata de un acto cargado de lascivia y sensualidad, un contacto
muy íntimo entre el cazador y su presa. Nadie puede escapar a la atracción de
uno de esos seres, su sola presencia es motivo de temor y anhelo. A veces he
deseado encontrar a alguien a quien también el beso oscuro haya sido donado para
compartir sus opiniones pero, por lo que sé, pocos tienen la fortuna de
sobrevivir al proceso.
Y allí estaba yo, casi desnudo en el lecho de mi más ilusiva
ansia. Toda mi nueva culpa y confusión volcadas en lujuria y con mis sentidos
sólo pendientes de la respiración que la oscuridad acunaba a tan escasa
distancia de mí. En aquel manto de sombras, parecía que su cuerpo estaba en una
lejanía insalvable, aunque en realidad unos pocos centímetros me separaban de
ella.
El ritmo de su aliento cambió, estaba a poco de despertarse.
Traté de controlar mis propios pulmones pero me di cuenta de que mi corazón
latía desbocado y de que ella podía oírlo. Es extraño y confuso lo que los
humanos sufrimos cuando nos enamoramos, resulta tan ridículo… supongo que si no
fuera así no sería tan inspirador. Noté como se recostaba sobre la cama a mi
lado y poco después la luz se encendió en la habitación. La fuente era débil y
no hirió mis ojos acostumbrados a la negrura del lugar. Pasaron un par de
segundos Posó su mano sobre mi frente, instándome en silencio a que me
levantara. La miré, su ropa interior negra no era en sorprendente pero, aunque
no desmerecía en absoluto su atractivo, me pareció que no encajaba muy bien sin
su traje de combate. Ella era una asesina, una encarnación de la muerte, pero
sin aquel atuendo guerrero tenía un aspecto casi inocente, sólo un poco más
fuerte que cualquier otra mujer. Me sentí muy cercano a ella, como si su
inmortalidad fuera sólo una temible realidad cuando vestía sus armas.
-Tenemos que hablar- la seriedad de su rostro cuando esas
palabras escaparon de sus labios me preocupó, recordé lo que había pasado la
noche anterior, lo que les habíamos hecho a aquellos dos desdichados, fue
entonces cuando me percaté de que mis heridas ya eran sólo un par de zonas
tiernas y enrojecidas en mi carne.
-Escúchame, ante nada debo pedirte perdón. Perdón por dos
ocasiones en las que me he servido de ti.- Iba a decir que ella tenía no solo mi
perdón sino también mi aprobación pero me silenció con un gesto.- Cuando te
mordí puse en ti una marca, un lazo sobrenatural que nos une. Nunca antes lo
había hecho porque nunca había mordido a nadie sin sentir enemistad hacia esa
persona. Baste decir que necesitaba una presa rápida y tú fuiste lo primero que
encontré.- por un momento de irracionalidad no pude evitar sentirme dolido ante
sus palabras pero no dije nada.- Usé ese vínculo para llamarte cuando te
necesité, no quería hacerlo porque sabía que haría más fuerte la unión pero no
me quedó opción.
-Entonces-dije recordando con dolorosa claridad el asesinato
que había cometido. Mi voz sonó exageradamente ronca, tenía la garganta irritada
por la sangre y las arcadas.-¿voy a convertirme en …
-No, eso es algo mucho más difícil, pero a través del lazo
sentiste parte de la maldición y actuaste en consecuencia, es algo muy peligroso
y evitaremos como sea que vuelva a ocurrir.
-Y ¿cómo te convertiste tú…? Bueno -rectifiqué- en realidad
no importa.
Ella me miró largo tiempo durante el cual yo me llamé
estúpido por mi torpeza, era evidente que para ella eso era una carga muy
incómoda. Por fin, su rostro se dulcificó y habló con cierta reticencia.
-Un vampiro, mi padre, violó a mi madre- la contundencia de
la noticia me resultó sofocadora y no pude evitar una expresión de asombro, ella
desvió la mirada y de nuevo me insulté por hacerla sufrir.- he sido una mestiza
toda mi vida, ni vampiro ni humana, algo diferente, algo que muchos consideran
una aberración. No…
-Calla- puse un dedo sellando sus labios- por favor, calla,
no quiero oír más. No lo necesito. Ha sido un error.
La empujé hacia mí y ella se dejó llevar, no soy un experto
en psicología pero sabía que ella necesitaba un abrazo. Se recostó contra mi
pecho y acaricié su melena con toda la suavidad que podía imprimir en mis manos.
Intenté bromear.
-¿Sabes? A mí no me pareces una aberración.
La frase le arrancó una fugaz sonrisa y alzó el semblante, al
fin libre de la expresión sombría que la había apagado. Me perdí en sus ojos,
sabía que era capaz de parar el vuelo de un ave con un vistazo de aquellos pozos
de ámbar. Si se lo proponía, estaba seguro de que detendría el tiempo en el
interés de esa mirada. Estaba muy cerca, notaba el roce electrizante de su
aliento como el canto lánguido y tentador de una sirena. Alcé una mano
temblorosa y aparté un mechón de pelo carmesí de su rostro, apoyándolo tras su
oreja; seguí la línea de su mejilla hasta el mentón con un dedo, elevando su
rostro. Entonces descendí hacia ella y no se alejó de mí, cerró tan solo sus
ojos mientras la besaba.
La arropé entre mis brazos, sabía que era mucho mas fuerte,
rápida y diestra que yo pero en aquel momento me parecía el ser más frágil de la
creación. La dejé caer un poco, recostándola aún más en mi antebrazo sin liberar
su boca. Sus labios eran la última barrera de mi mente enferma, el único alivio
al sentimiento espurio que el amor me había donado. Sin saberlo morí entre esos
precipicios carmín y caí agónicamente a través de ellos.
Cuando todo dejó de darme vueltas pude retroceder y mirarla,
roto el corazón de afecto y enloquecido todo mi cuerpo por su tacto. Respiraba
suavemente, extasiada, con una sonrisa ligera floreciente en su rostro y con sus
ojos cerrados en silencioso deleite.
Mi boca robó de ella el tenue sabor a sangre, sudor y polvo.
No pude dominarme, un olor sutil a canela ambientaba el aire de la estancia y de
mi mente el incendio ya todo había consumido.
-Por favor- dije a su oreja- basta de esto, basta de vampiros
y muertes. Sé sólo una mujer ahora. Sé sólo mía esta noche.
Un amago de risa hizo que su garganta se sacudiese ante mi
momentánea inspiración retórica. No me respondió, alzó con serenidad su faz de
diosa y llamó de nuevo mi boca con sus ojos. Fue un beso diferente, húmedo,
abrió la boca forzándome a hacer lo mismo y bebió aire de mí con deseo. El
contacto era demencialmente tórrido, sentía su aliento entrar en mi cuerpo y
cómo ella atraía el mío. Cuando nuevamente se separó mordió mi labio inferior y
me obligó a inclinarme aún más sobre ella. Sus dientes podían ser terribles pero
también podía acunarme con ellos como una gata que lleva a sus cachorros.
Apenas sentí el lecho bajo su cuerpo, seguí con mis manos las
curvas lascivas que me ofrecía mientras se acomodaba entre las sábanas sin
soltar su presa sobre mi boca. Sonreía ante la travesura de sus colmillos y su
mirada dejaba claro que no pretendía cejar en su empeño. La constante presión de
sus dientes comenzaba a resultarme dolorosa pero ello sólo avivaba mi lujuria.
Desabroché el cierre del sujetador en su espalda y ella misma se lo quitó. Me
moría por contemplarla. Ella lo sabía y me torturaba impidiéndome soltarme para
mirar su cuerpo. Sus piernas se entrelazaron en mi cintura, apretando su pelvis
contra mi ya excitada entrepierna. No podía ver sus senos pero mi mano los halló
y se afanó en ellos mientras mi otro brazo correteaba por su espalda hasta sus
nalgas.
La textura de su piel me inflamó, llené mi tacto de ella ya
que no podía llenar mi vista más que de su rostro pícaro. Mis caricias la
hicieron ronronear con ardor y finalmente liberó mi labio de su agarre. Deslicé
mi mirada más indecorosa por su carne, admirándome de la suave curva que
describía sobre el lecho. El deseo empezaba a marearme y no veía el momento de
hacerla mía. Me di cuenta de lo tremendamente excitante que resultaba mi nombre
susurrado por esos labios. La besé acercando lo más posible mi cuerpo al suyo y
aprisionándola bajo mi peso aunque sabía que ella podía deshacerse de mí con
facilidad.
Ésta vez no me separé de su rostro cuando dejé de besarla.
Recorrí su barbilla con mis labios y continué por su cuello hasta su hombro.
Suspiró, excitada por mis atenciones, y relajó su cuerpo, bajando de nuevo las
piernas y facilitando mi recorrido. Mis dedos acariciaron su espalda con un
ansioso cosquilleo. Mi otra mano topó con el inoportuno límite de su prenda, la
última que le quedaba, y se escurrió por debajo rozando las zonas más íntimas de
su cuerpo. Ella soltó una risilla excitada y empujó su cadera hacia mí cuando lo
sintió. Estaba totalmente entregada ante mí, se apoyaba en los codos para
recibir mi beso y abría cada vez más las piernas a mis manos. En su faz el gesto
de la lujuria me cautivaba y una oleada de cálida humedad fue enviada a mi mano,
acompañada por una contracción de su cuerpo.
Un nuevo aroma inundó la estancia, el olor único del deseo, y
junto con ese característico olor llegó la explosión de su ansia. Se lanzó hacia
mí con un gruñido ronco y se subió encima de mi regazo. Su mano acarició el
vello de mi pecho mientras caía hacia mí para besarme de nuevo. Su otra mano
alcanzó mi virilidad y comenzó a propiciarle caricias que no hacían sino
aumentar mi excitación hasta puntos inconcebibles. Podía sentir mi sangre
latiendo en mis sienes y el suave y acariciante murmullo que ella pronunciaba.
La atraje por el talle y besé el espacio entre sus pechos. Ella me apretó contra
sí y rozó su piel con mi barbilla, sobre la cual ya se definía una corta barba
de un par de días. Fui apoyando mis manos sobre sus nalgas para comenzar a bajar
su ropa interior. Ella se levantó ligeramente para ayudarme pero no cesó el
contacto ni con sus senos ni contra mi entrepierna.
Yo ya no podía siquiera pensar claramente. Estaba poseído a
todos los efectos y era mi carne la que me controlaba. Pero antes de terminar de
quitarle aquella prenda comprendí algo: esto era pura lujuria, no había ni
rastro del respeto ni del afecto que yo sentía hacia ella pocos minutos antes.
Sólo deseaba follarla. Sí, no había palabra más apropiada pues mi única
intención era complacerme en su cuerpo hasta el agotamiento. Algo terrible me
había ocurrido, eran su encanto y su presencia tales que mi juicio y mi alma
habían sido arrastradas en las corrientes de la pasión. No podía permitirlo,
quería consumar aquello pero no así, no quería follarla, quería hacerle el amor.
Y algo fallaba en todo eso.
Me detuve y la miré, ella parecía algo confusa pero sonrió y
ronroneó acercándose de nuevo a mis labios. ¿Qué importaba de todas formas? Ella
disfrutaría tanto como yo. Quizás no satisfaría parte de mi conciencia pero el
sexo es el sexo en sí mismo. Reanudé mis caricias sobre sus piernas y terminé de
retirar la tela de su cuerpo. Dudé de nuevo. Rayne (¡Sí! Había recordado su
nombre otra vez) frunció el ceño ante mi repentina falta de concentración.
-¿Ocurre algo?-su voz no era la caricia ronca y excitada de
antes, ahora había preocupación en ella y mi mente se despejó con ese susurro.
-No.- Mi lujuria volvía a un cauce normal, desperté de ese
sueño escarlata en el que nos hunde el exceso y recordé mi propósito.- Nada.
Ahora había borrado la confusión de mi mente, y estaba
dispuesto para amarla.
La besé una y otra vez con cariño y descendí a través de su
cuerpo dejando que la pasión me guiase pero sin caer bajo su yugo. Ella se echó
hacia atrás mientras yo avanzaba y finalmente acabé encima de ella con mi rostro
a escasos centímetros de su entrepierna. Susurré su nombre ante ese templo y
descendí hundiendo mi lengua en ella. Soltó un ligero quejido ante mis
atenciones y la vi cerrar los ojos a través del canal de su pecho. Acaricié con
mi boca esos pliegues húmedos de piel sonrosada, abriéndome paso en su intimidad
hasta esa pequeña región ligeramente cóncava de donde fluye el color del placer
femenino. Su respiración se detuvo unos segundos, no gritó, no se retorció ni
arqueó pero las palpitaciones de sus caderas fueron testigo imbatible de su
climax. Fue extraño, había una gran sensualidad en ese orgasmo tan sereno y
apacible. Sus músculos se relajaron completamente después y yo casi pensé que se
había dormido.
Se levantó con languidez hasta apoyarse en mí y me abrazó con
fuerza. Su aliento acariciaba mi cuello dejando un rastro cosquilleante y sus
senos se apretaban contra mi torso. Tardé breves segundos en quedar
completamente desnudo ante ella. Ahora sí estaba listo y libre para hacerle el
amor.
El relato ya es bien largo y esta historia no trata de cómo
me acosté con Rayne, trata de cómo aprendí a amarla como inmortal, mediante un
afecto inmortal. Y, como dicen los narradores famosos: "esa ya es otra historia,
que contaré en otro momento".
Corr