En el día, podemos sentarnos juntos, podemos estar todo el
día juntos, prácticamente rozando nuestras manos, hombros, pero sin decirnos una
sola palabra.
Para todos somos enemigos, blanco y negro, de hecho podemos
insultarnos, odiarnos y hasta golpearnos y dejar que la sangre corra por
nuestras heridas, sin embargo: No importa.
Podemos esquivar por completo y con la máxima indiferencia
las miradas del uno al otro, ni siquiera hacemos ver que estamos en el mismo
salón de clase.
Podemos estar en el mismo equipo de trabajo “obligado” por el
profesor y trabajar a regañadientes y aún así odiarnos el uno al otro.
Al salir del colegio, simplemente tomamos caminos opuestos,
tu a las 3 y yo a las 9, este y oeste, diestra y siniestra, y sentir que por
dentro nos desgarramos el alma mutuamente, sin embargo: no importa.
Todos conocen nuestra historia, somos enemigos mortales,
hasta nuestras familias lo saben. Nadie podría tener la más mínima vacilación de
que podríamos literalmente matarnos en la primer oportunidad, que no podemos
existir en el mismo mundo, que cada quien es desemejante, contrario, opuesto,
disímil.
Sin embargo, no importa.
Todos nos juzgan, todos creen que son dueños y conocedores de
nuestra historia, que pueden gobernar y anticipar en nuestras decisiones, y
quizá en apariencia lo logren porque nosotros se los permitimos.
Al final del colegio, tomamos rutas desfavorables que
terminan en un solo punto, el de reunión. Un punto, lugar, morada en que podemos
dejar de fingir y liberar nuestras pasiones. Tu trece, yo doce, tú la cumbre y
yo la insignificancia, tú descarnado, yo grueso, tu hombre, yo también, sin
embargo: no importa.
Nos deshacemos de las mochilas, de la camisa, los zapatos, el
pantalón, el cinturón y la ropa interior, pero nunca en ese mismo orden, a veces
tu, a veces yo, quizá los dos, pero siempre con urgencia, prisa y angustia.
Lo primero en llegar, el beso; Que contrasta con el resto de lo que hacemos,
porque se realiza con total calma, sin prisas, a pesar que las ansias nos
invaden, que arden y carcomen por dentro. Es muy apropiado decir que es un
ritual para nosotros. El despertar de nuestra inocencia nos lleva a la lujuria
sin saber siquiera que ya estamos invadidos de ella.
El beso, que llega primero a la boca y permanece allí por el
tiempo que sea necesario. Después se dirige a ese ojo que muestra la marca que
dejó mi puño hace unas horas en afán de esconder lo nuestro ante el mundo.
- ¡Cómo odio a ese niño! ¡Deberían expulsarlo de la escuela!
Tus puños y frases de insultos no se hacen esperar, las
cuales curas con tus labios, besando mi quijada y mis oídos, con total ternura,
delicadeza y dulzura.
Finalmente, después de habernos dicho perdón por las
agresiones, en un lenguaje hablado al tacto de labios y dedos, comienza todo.
Aún sin haber dicho siquiera un “Te extrañé”, comienzan los
jadeos, las sonrisas y las lágrimas por el día tan horrible que ha sucedido. Nos
hemos perdonado por todo y sin decir palabra.
Nos abrazamos e inmediatamente al sentir el cuerpo desnudo
del otro, esa suave piel que extrañábamos como si hubieran pasado meses sin
tocar, y pasamos nuestras manos recorriendo con cuidado todo el cuerpo del
vecino, sin dejar una sola micra sin recorrer, un solo rincón sin lamer, una
sola área sin estimular.
Los roces, los jadeos, los besos, las estocadas, las sorbidas
y lamidas hacen olvidar todo, y nos hacen sentir bien, al menos por ahora.
La desesperación nos invade, porque el clímax está por
llegar, el momento cumbre se anuncia, el que deseamos llegue cuanto antes y al
mismo tiempo anhelaríamos retrazar por toda la vida.
Tu pene en mi boca, el mió en la tuya y el vaivén de un barco
en alta mar.
Tus manos en mis glúteos, las mías en tu pelo, tu alma en mi
corazón y la mía en el tuyo.
Finalmente el grito de ambos al unísono que nos hace abrir
las bocas justo en el momento del clímax. El gusto por ese néctar es sin duda,
un vicio.
Nadie siquiera imagina el amor que sentimos el uno por el
otro cuando nos tratamos a muerte en el colegio, pudiendo estar sentados en la
misma banca, de espaldas y sin siquiera hacer notar nuestra presencia.
Pasar de largo en el recreo sin vernos, ni siquiera alguna
mirada cómplice.
Pero henos aquí, en la misma habitación, en la misma cama, en
la misma sincronía, sin la intervención de nadie, solos.
Y entonces, inevitablemente te digo estas palabras:
“Al descansar aquí contigo, nos invade un enorme sentimiento,
la vergüenza, la que miente con nosotros.
Nos hablamos de amor y confianza, pero no importa.
Aunque pudiéramos ser los últimos en el mundo, nos sentimos
pioneros hablando de esperanzas y temores el uno al otro.
OH, que sensación dentro de mí. Puede ser que dure por una
hora, pero no es tan intensa para hacer que las heridas curen dentro de mí.
Aunque se siente bien, Sé que es solamente por ahora.
El sentimiento es intenso, te veo y me aferras con tus ojos,
y entonces realizo: No importa.”