DE APRENDIZ
A PROFESORA.-
Soy una
fiel lectora de tu revista, querida Charo y me gustaría contarte una historia
que me pasó hace algunos años.
En primer
lugar me presentaré, me llamo Belén, soy morena y me considero normal vamos del
montón) Por aquel entonces contaba treinta y dos años, mis experiencias
sexuales, eran prácticamente nulas, mucha imaginación, muchas pajas nocturnas y
muchos sueños sin cumplir.
Me había
casado tres años atrás con un maravilloso hombre mayor, viudo, con un hijo de 18
años, creyendo haber encontrado mi “Príncipe Azul”, pero al cabo del tiempo
comprendí que solo me quería para follar y encima lo hacía mal (como descubrí
más tarde)
Nos
invitaron a la boda de una sobrina suya en un pueblecito del interior de Teruel,
y ya nos fuimos, mi hijastro Rafita y yo, ya que mi marido había tenido un serio
accidente en el coche del trabajo y estaba ingresado en el hospital., desde
hacía varias semanas.
Tuvimos un
viaje desastroso, nos equivocamos de carretera, se nos estropeó el coche, total
que llegamos tardísimo a casa de mi cuñada Elena.
Ante la
imposibilidad de podernos colocarnos en casa de nadie, nos preparó una cama en
la habitación de su suegra.
-Lo siento,
pero tendréis que dormir aquí los dos, pues por la dichosa boda y no hay camas
libres en todo el pueblo, nos dijo Elena.
-No te
preocupes, contesté yo, ya nos arreglaremos como podamos.
-Rafita,
ayúdame a coger las mantas del armario y haremos las camas que aquí por la noche
hace muchísimo frío.
-Te he
dicho mil veces, que no me llames Rafita, me llamo Rafa, contestó muy mosqueado.
La verdad
es que con 21 años estaba fuerte, un poco desgarbado pero gracias al baloncesto
y al fútbol, tenia buenos músculos.
Me daba
cierto reparo acostarme con él, pero estaba muy cansada y no tenía ganas de
ponerme a pensar en nada. Empecé a sacar la ropa de las maletas y a ordenarlas
en los cajones del armario, cogí mi pijama le di el suyo y nos fuimos a la cama.
Esa noche
dormí como una bendita y no me enteré de nada, me despertó el silencio que allí
había y la tranquilidad que se respiraba y me sentí muy a gusto.
Me levanté,
bajé a la cocina y preparé el desayuno para Rafa y para mí, pero mi sorpresa fue
cuando al volver a la habitación sin hacer ruido descubrí a Rafa, oliendo mis
bragas y mirando mis sujetadores con lascivia y deseo, mientras se hacía una
soberana paja, me quedé de piedra, pues no sabía que hacer, si llamarle la
atención o retirarme por donde había llegado. Ya he dicho que mi bagaje sexual
era más bien escaso, pues salvo mi marido, no había visto picha ninguna y ver
una así tan cerca, tan bestial, tan grande, me entró un escalofrío que aceleró
mis pulsaciones a mil y mojó mis bragas e hizo temblar mis rodillas, como pude
me retiré y desayuné sola en la cocina.
El resto
del día, pasó sin pena ni gloria, saludando a antiguos amigos, vecinos, familia
y más familia hasta quedar prácticamente hechos polvos. Durante el día hacía
calor y me había puesto un traje veraniego sin mangas cuya falda se levanta al
menor movimiento o por mínimo que corriera el viento. Me hacía gracia ver a Rafa
como me miraba de reojo y me comía con la vista, en cierto modo me hacía
sentirme orgullosa, pues nadie me había mirado nunca así antes.
Al llegar
la hora de cenar, organizaron una pequeña fiesta en la plaza del pueblo, con
banda de música, bebidas, y gente mucha gente. Comimos como solo se puede comer
en estos pueblos, bebimos hasta no poder más, y como éramos forasteros no nos
dejaron irnos a dormir hasta que no se hubiera terminado la fiesta.
Me sacaron
a bailar los amigos de mi marido y con excusa o sin ella, me sobaron, me tocaron
y se pusieron “bestias” a mi costa, todo esto a ser prácticamente nuevo para mí,
consiguieron también encenderme como una tea, todo el mundo quería bailar
conmigo, no podía moverme por la cantidad de gente que había, y mis movimientos
se reducían prácticamente a dar dos pasos para adelante y dos para atrás, y con
mucho disimulo era sobada por el que bailaba y por el que “chocaba”.
Cuando por
fin me pude escapar, me senté al lado del enfurruñado Rafa y contemplamos desde
la mesa la pista de baile, comprobando con cierto asombro que tanto Elena, como
las demás mujeres del pueblo, también se dejaban magrear muy sutilmente, con lo
que sí a todo esto añadimos el alcohol ingerido había una tensión hormonal que
se podía cortar con un cuchillo.
Al empezar
a hacer frío, nos fuimos a casa, Rafa se acostó y yo me quedé hablando con Elena
y sus suegros, la verdad es que estaba muy caliente y no quería que Rafa me
viera así o que lo notara y prefería entrar en la habitación cuando ya se
hubiera dormido.
Como
siempre nos pasa a las mujeres, detrás de una historia, sale otra, hasta que
noté que mis ojos se cerraban a causa del sueño y también de los varios cubatas
que había tomado.
Procuré
entrar lo más sigilosamente en la habitación, me desnudé y me puse un pijama
cortito que había triado. Empecé a dar vueltas y más vueltas, no podía dormirme,
tenía ganas de que alguien apagase el fuego que me consumía, los magreos me
habían puesto a tope y ahora, no tenía con quien pagarlo, la picha de Rafa no se
iba de la cabeza y no podía más, el corazón se me salía por la boca.
Con mucho
cuidado, me empecé a acariciar, primero un pecho, luego el otro, luego los dos y
bajar mi manecita hacia mi conejito que tanta guerra estaba pidiendo, los
gemidos se escapaban de mi boca, al notar los movimientos de Rafa paré, se había
acurrucado detrás de mí, poniendo su mano en mi cintura y su “colita” en mi
culo, me hice la dormida y esperé a ver si se estaba quieto y podía yo terminar
con mi calentura de una vez. Pero todo iba de mal en peor su colita, aumentaba
peligrosamente de tamaño y el roce me volvía peor de lo que ya estaba. Creyendo
ya que se había dormido continué con mis caricias, sintiendo estar ya a las
puertas del orgasmo, cuando noté que una mano acaricia una de mis tetas y otra,
quitaba la mía de mi conejito.
¿Qué haces? Le dije:
Cállate y
aprende, me contestó.
Se dio la
vuelta, y por dentro de la cama se fue hacia el final, me quitó los
pantaloncitos del pijama, las braguitas de encaje y empezó un masaje desde los
dedos de los pies, uno por uno, subiendo hacia las rodillas, besando y
acariciando cada milímetro de piel, volviendo más loca de lo que ya estaba, no
sé donde había aprendido a acariciar así, pero podía enseñar a su padre, cuando
su boca llegó a mi pubis y solo con su aliento, me corrí, si me corrí, si
hubiera podido chillar me hubiesen oído hasta en China, pero desgraciadamente
tuve que reprimir mis gritos. Abrió los labios de mi coño, acarició con la
lengua mi inflamado clítoris, mientras con el dedo corazón de su otra mano,
acariciaba suavemente mi culito. Retorciéndome como una anguila le dije:
Para, para,
chiquillo que ya no puedo más, por favor deja que me corra.
Y él sin
mediar palabra alguna, como pudo se quitó su pantalón del pijama, y subió hacia
mis pechos, levantó mi camiseta, mordió mi sujetador y su “colita” se balanceaba
sobre los pelos de mi coño y sin poder aguantar más la cogí con la mano y yo
misma, me la enchufé, vaya gozada ni en mis mejores sueños, había previsto algo
así, fue bestial. Rafa aceleró sus embestidas al sentir cerca su corrida y yo
había perdido la cuenta de las veces que me había corrido, y mordiéndome
salvajemente la teta y arrancándome el sujetador se corrió y yo con él y me
dormí.
Oyendo como
en duermevela me decía: La clase ha terminado, mañana más.
Al día
siguiente, me desperté tarde, y al bajar a la cocina me encontré a toda la
familia reunida, Rafa incluido.
“Buenos
días, que falta te hacía el campo, que feliz te encuentro me dijo Elena. ¿Te lo
pasaste bien, anoche? ¡Eh!
Me puse
roja como un tomate pero, la verdad es que no sé por que motivo, pero me
encontraba bien, muy bien. Rafa ni tan siquiera levantó la cabeza de su taza,
del desayuno. El resto del día, pasó sin más, fuimos a la ceremonia, después a
la comida y a media tarde nos fuimos camino a casa. No volvimos a hablar del
asunto, Rafa me hablaba como si nada hubiera pasado, y yo llegó un momento que
creí que todo había sido un sueño, pero el morado de mi teta decía lo contrario.
El camino a
casa, fue rápido y normal. Entramos en casa y le dije:
Nos
duchamos y vamos a ver a Papa, ¿vale?
Me terminé
de duchar y estaba en la habitación poniéndome las bragas, cuando entró Rafa
¿Qué haces?
Quítate eso y túmbate en la cama.
¿Estas
loco? Es tarde y tu padre nos espera.
Que espere
un poco más, tampoco pasa nada.
Con
suavidad, me tumbó en la cama, se fue el cuarto de baño y trajo jabón y su
maquinilla de afeitar, me quitó las bragas, y empezó a enjabonarme todo mi
conejito. Cada vez que pretendía hablar me da un beso y me hacia callar,
remilgos a parte me sentía como una Reina, nadie me había tratado tan bien con
tanta atención y tanto mimo.
Al
terminar, después de secarme me dio un beso en mi coño y me dijo: Ves ya está,
es precioso.
Parecía
mentira que un chaval con esa edad tuviera esa sensibilidad y dulzura. Me
levanté y al irme a poner las bragas, me dijo enfadado:
¿Qué haces?
Ni se te ocurra, vas a ir sin ellas y a partir de ahora yo te elegiré la ropa
que te pondrás e iré contigo a comprarlas, estoy harto de verte con todas estas
antiguallas. Escogió un pantalón de piel negro, un chaleco, camisa blanca y
chaqueta negra. El roce de la piel con mi coño, recién rasurado, me hacia
sentirme liberada, ser otra persona, más golfa, más femenina, más zorra, pero
más de acuerdo conmigo misma.
Mi marido,
estaba de un humor de perros, enfadado por que le habíamos dejado dos días solo
y más enfadado al ver la complicidad que había entre nosotros.
¿Dónde
vamos? Te invito a cenar, le dije a Rafa una vez salimos del hospital.
No, te
invito yo, pero tienes que hacer todo lo que yo te diga y no quiero oír ningún
reproche. ¿De acuerdo?
Vale,
contesté muy intrigada.
Nos fuimos
al Barrio Viejo y nos metimos en un local oscuro, cutre, pero limpio. Comprobé
que tanto las camareras, como el dueño, que salió a recibirnos conocían a Rafa,
nos pusieron en un rincón, lejos de miradas indiscretas, después de pedir la
cena y la bebida. Rafa me dijo:
Ves al baño
y quítate la camisa.
¿Estás
loco? Se me verá todo el sujetador, con este chaleco.
Vale, pues
quítate también el sujetador, haz una bola con el y me lo traes.
Viendo que
no había otro camino que tomar, me levanté, fui al cuarto de baño y me quedé en
pelotas de cintura para arriba en el destartalado cuarto, mirándome al espejo y
ver mis tetas al aire, me entró un cosquilleo por la espalda que me dejó
desconcertada. ¿Qué me esta pasando? ¿Hace conmigo lo que quiere? Pero la verdad
es que por un polvo, como el del otro día, vale la pena todo.
Salí del
cuarto de baño, con una vergüenza extrema, pensaba que todo el mundo me iba a
mirar, pero al entrar en el comedor y ver que cada uno iba a su rollo, me sentí
más tranquila.
¡Humm!.
Preciosa, eres preciosa, buenos vamos a comer, que para eso hemos venido aquí.
¿No?
Al ver el
bulto, que llevaba en la mano, me dijo: Dame eso. Y llamando a una de las
camareras: Porfa, Isa, tira esto a la basura.
Después de
cenar, fuimos de tasca en tasca, tomando chupitos sin parar, (hacía siglos, que
no me lo pasaba también). No me importaba ir sin ropa interior. Ya no era la
monjita de tiempo atrás, en dos días mi vida había dado un vuelco de 180 grados.
Tenia ganas
de llegar a casa, tumbarme en la cama y que Rafa me hiciera muy feliz, con su
tremendo rabo, pero él, parecía que lo hacia adrede, no tenía prisa y detrás de
un chiringuito, íbamos a otro, con lo que mi calentura mental, subía por
momentos.
Por fin
llegamos a casa y al entrar en el comedor, Rafa me dijo: Buenas noches Belén, y
dándome un beso en la mejilla se fue a su habitación. Me quedé helada, cabreada
y humillada, con los planes que había hecho y me quedaba sin nada, enfadada me
senté en el sofá, llorando hasta que me dormí.
Al rato
noté como algo me pegada suavemente por el rostro y al abrir los ojos, vi. a
Rafa, totalmente desnudo, delante de mí y con su polla restregándomela por la
cara.
¿Qué haces?
Chúpamela y
calla.
No sé,
nunca Lo he hecho.
Imagínate
que es un chupa-chup y chupa hasta el fondo.
Con un poco
de asco (ya que nunca había tenido, una en mi boca) cogí su polla y me la metí
en la boca, empecé a chuparla como mejor sabía, de arriba abajo y de bajo arriba
y por la cara de él, vi que Lo estaba haciendo bastante bien. Me cogió la cabeza
con sus manos, como si me estuviera follando y empezó a convulsionarse mientras
gritaba:
Traga,
trágatela hasta la última gota.
Salió tal
cantidad de semen, que me fue imposible tragármelo todo, se salía por la
comisura de mis labios e incluso por la nariz.
¿Ves? Como
no era tan difícil.
Me quitó el
chaleco y los pantalones, y se amorró a mi conejito, chupándolo, una y otra vez,
chupaba y soplaba, Lo que me producía unos escalofríos tremendos.
Rafa por
favor, métemela, quiero correrme contigo dentro, por favor, gritaba yo.
Tranquila
cariño, tenemos tiempo de sobra, no hace falta correr tanto.
Pero el muy
cabrón, como siempre no me hacía ni puto caso. Continuó un buen rato así, no sé
las veces que me corrí. Fue hasta la nevera, y me dijo: Tengo hambre voy a
comer algo ¿Quieres tú algo? Y yo tirada en el sofá despatarrada a tope, me
sentía ridícula, pero a él parecía no darle demasiada importancia.
Vino con
una caja de bombones, Estos me encantan, son mis preferidos, se puso uno en la
boca y se la llevó a uno de mis pezones, que inmediatamente al notar el frío, se
puso tenso! Humm! Que bueno, que maravilla, me pasó los bombones por mis tetas y
a cada bocado que hacia más me mordía la carne y yo más negra me ponía, pero lo
mejor fue cuando colocó dos bombones dentro de mi coño y se dedicó a comérselo,
fue el mejor orgasmo de mi corta vida sexual, fue mi particular bomba atómica.
Quería
estar a su altura, ponerlo a parir (como estaba yo) que me pidiese matarlo de
gusto, pero no sabía como hacerlo. Le cogí su terrible picha metiéndomela en la
boca le di suaves mordiscos, pero él estaba como ausente, hasta que metí mi dedo
corazón en su culito y noté que le hacia brincar. Follamos en la cocina, en el
comedor, hasta en el balcón. Hizo de mi cuanto quiso y me convirtió en una
verdadera profesora del sexo, sin tapujos, violencia ni hipocresía.
Al día
siguiente estaba en la cocina, preparando el desayuno, cuando noté como sus
manos acariciaban mis tetas por debajo del delantal.
¿Buenos
días? ¿Qué tal has dormido? Sus manos subían y bajaban estrujando, estirando mis
pezones y como siempre volviéndome loca. Al ver la mantequilla me preguntó ¿has
visto, el ultimo tango en París?, Si pero si te crees algo de Lo que estás
pensando, quítatelo de la cabeza que de eso ni hablar contesté yo.
Con su
media sonrisa sarcástica, me respondió: ya veremos
Me empujó,
hacia la mesa de la cocina, retiró todos los cacharros que en ella había y
subiéndome el delantal, se bajó a mis ingles y empezó a comerme el coño, como
solo él sabia hacerlo, trituraba mi clítoris, con sus dientes, abrió mis labios
con sus manos y su lengua, vibraba como una serpiente, no dejando ni un rincón
sin recorrer.
Mientras
sus manos no se estaban quietas, untó uno de sus dedos en la mantequilla y me lo
metió con suavidad en mi culo, metiéndolo y sacando, pegué un grito cuando metió
otro más, para por favor, me estás haciendo mucho daño. Levantó mis piernas y
poniéndoselas por los hombros me penetró salvajemente, ya no valían para nada
mis suplicas, ni mis ruegos, trituraba con fiereza mi coño, y a la segunda
embestida me corrí, pero cuando finalmente entré en el Nirvana fue cuando me la
sacó y de un golpe me la metió por el culo, disfrutando como una cerda, después
de los primeros dolores. Suavizándolo con su terrible corrida y mi fabuloso
orgasmo.
Perdona por
la extensión de mi carta, espero que os haya gustado tanto como a mí recordarla.
Un beso
donde más te guste
BELÉN.