Llegué a casa terriblemente cansada aquella tarde. El trabajo
en la empresa era cada día más duro. Mi marido llegó al poco rato y para mi
sorpresa venía con un regalo, lo único que dudé fue que prenda de ropa sería. Lo
cierto es que en ese sentido era bastante espléndido. Por aquel entonces mi
marido tenía 40 años y yo 32 pero se conservaba bastante bien y como pareja en
ese sentido no llamábamos la atención. Trabajábamos en la misma empresa ocupando
puestos importantes y no nos dejaba casi tiempo para nosotros. Con bastante
dinero pero sin tiempo para disfrutarlo.
Al instante bajó a preparar una cena romántica dejándome sola
con el regalo. Sin esperar a ver mi cara. Me llevé una gran alegría ya que era
un precioso vestido de noche, de color rojo. A buen seguro mi marido había
planeado todo con mucho mimo, tanto el vestido como la cena que preparaba. Yo no
tenía muchas ganas de hacer el amor aquella noche pero no quería decepcionarle.
No podía. Es triste reconocerlo pero a pesar, yo creo, de ser personas
atractivas, la atracción entre ambos era casi inexistente. Por lo que buscábamos
en estos detalles algo que pudiera despertar en nosotros una atracción que por
sí sola no aparecía.
Cuando me puse el vestido y me miré en el espejo de nuestro
dormitorio no cabía en mí de…..
De odio.
El vestido que me había comprado el muy cabrón para excitarse
no era así porque sí. ¿Por qué aquel vestido rojo?
Para ordenar mis recuerdos tuve que remontarme a dos semanas
atrás. Es decir, a finales del mes de mayo. Por aquel entonces cuando se
avecinaba un fin de semana de tranquilidad en nuestra casa de campo nos avisaron
desde la empresa que tendríamos que pasar la tarde del sábado en un hotel,
reunidos en una ciudad no muy lejana, para acercar posturas con otra empresa.
Para discutir sobre la conveniencia o no de una cooperación entre ambas
sociedades. Mi enfado era monumental. Estaba desquiciada. Por muchos factores mi
vida no iba bien y en determinados momentos quedaba en especial evidencia.
Cuando llegamos al menos me alegré de que el hotel fuera
realmente lujoso. En aquella ciudad del interior el verano parecía ya haber
llegado cogiéndonos a todos bastante desprevenidos. La tarde fue un desastre y
al menos en el área que a mí respectaba no habíamos llegado a ninguna conclusión
clara. Al llegar al dormitorio sobre las 8 de la tarde tuve que meterme
urgentemente en la ducha para tranquilizarme. Para no explotar. Pero no pude
evitar venirme a bajo al pensar en la eterna cena de negocios que aun nos
esperaba.
Cuando salí del cuarto de baño mi marido se despedía de
alguien en la puerta para meterse inmediatamente ahora él en la ducha.
Encima de la cama había ropa mía, cuidadosamente colocada. La
había puesto allí mi marido. Cuando él quiere que me ponga algo nunca me lo
dice, simplemente lo coloca y me da a entender que quiere que me lo ponga. Todo
lo que había extendido me lo había comprado él: una mini falda negra, una blusa
a rayas negras y blancas con los puños y los cuellos también blancos y un
conjunto negro de ropa interior, con medias, liguero y sujetador. También había
colocado con cuidado el collar de perlas que me había regalado por el
aniversario. No me apetecía mucho ponerme esa ropa el día que parecía haber
llegado el calor pero tampoco permitían desde la empresa asistir a una cena de
negocios con un vestido de verano. Así que me puse lo que él indirectamente me
había pedido. Era cierto que hacía muchísimo calor pero sobretodo porque sabía
lo que a mi marido "le ponía" no me puse sujetador. Todo esfuerzo era poco para
buscar algo de morbo en nuestra relación y que él supiera que mis pechos
estarían desnudos toda la cena ayudaría mucho para cuando volviéramos al
dormitorio.
La cena estaba programada para las 9 en el jardín, en una
mesa larguísima y estrecha. Como siempre, antes de sentarnos, charlábamos un
poco entre todos. Mi marido tomó asiento antes que yo y para mi desgracia se
sentó al lado de Laura, de "Laurita" como quería hacerse llamar. Por un momento
pensé en sentarme a su otro lado pero mi indignación no me lo permitió. Él sabía
de sobra que yo odiaba a aquella chica y sin embargo no había tenido ningún
reparo en situarse a su lado. Aproveché que en ese momento hablaba con Juan
Carlos para insinuarle que se sentara conmigo. Yo no podía ni ver a Laura
simplemente porque odiaba su semblante de falsa inocencia pero el odio entre
Juan Carlos y mi marido se debía a motivos profesionales. Me senté en frente de
mi marido con Juan Carlos a mi izquierda, en frente de Laura. Así le pagaba con
la misma moneda. A mi derecha se sentó un amigo de Juan Carlos por lo que deduje
que había partido su grupito de amigos por la mitad, -Que se jodan- pensé. En
peor situación estaba yo que le tendría que ver la cara bonita a Laura durante
toda la cena. Para colmo a la izquierda de mi marido se sentó Santiago, que a
pesar de estar en los cincuenta y tantos había sido subordinado mío el año
anterior. Creo que también se llevaba bien con Juan Carlos y durante el tiempo
que había trabajado conmigo me había hecho sentir incómoda en varias ocasiones
por una mirada lasciva que sólo yo parecía ver.
Aprovechando la estrechez de la mesa me incliné hacia delante
y le dije al oído de mi marido:
-Lo has hecho por joder -.
Él se hizo el loco y comenzó la cena. Mi marido no sólo se
había sentado a su lado si no que sólo hablaba con ella y rara vez se dirigía a
mí. Cada vez que hablaba con Laura yo hablaba con Juan Carlos el cual era
bastante guapo. Ya me había fijado hacía tiempo. Era rubito y con el pelo un
poco largo pero lo que más me gustaba era su dulce cara de niño. Podría ser un
poco más joven que yo pero como mucho un par de años. Llevaba una camisa blanca
que le hacia muy sexy. El hecho de hablar con él era un poco por vengarme pero
también porque tampoco me quedaba otra opción. Pude comprobar que Laurita se
había saltado a la torera las normas de la empresa y se había puesto un vestido
y para alegría de mi marido la muy zorrita no llevaba sujetador. Mi blusa, a
pesar de ser muy fina, era oscura por lo que no se notaba demasiado, pero los
pezones de Laura se veían respingones con mucha claridad. En cierto modo
guardábamos cierto parecido ya que ambas éramos bastante delgadas y de piel
clara, rondando el metro setenta. Pero ella era rubia y llevaba siempre el pelo
recogido en una cola y yo una larga melena negra capeada. Por otro lado era,
digamos, más mujerona, ya que tenía más cadera y más pecho pero aun así se la
veía esbelta. Era la más joven en ocupar un puesto importante. Había tenido un
ascenso meteórico.
A medida que el vino bajaba y subían los decibelios a mi
marido y a Laura se les notaba más complicidad. Más sonrientes. Más atrevidos.
Cuando vi que sus manos se posaban en las piernas del otro para contarse cosas
que yo ya no alcanzaba a escuchar me indigné. Por momentos hasta mi marido
parecía mirarme mientras reía con ella. -¿Me estás intentando poner celosa?-
Pensaba sin acabármelo de creer. Yo no sentía celos pero empezaba a reavivar más
y más mi enfado. Mi conversación con Juan Carlos era completamente insulsa hasta
que me sorprendió sobremanera:
-Creo que tienes un morbo increíble Cristina -.
Me quedé paralizada. Me había cogido completamente
desprevenida.
Como acto reflejo fingí no haberle escuchado. El chico era
muy guapo pero no me parecía nada apropiado. Sin embargo en ese momento mi
marido llegó incluso a juguetear con el pelo de ella. Estaba claro que lo hacía
por joder. Se estaba pasando ahora ya si de la raya. El hecho de sonreírme cada
vez que la tocaba…-¡Menudo hijo de puta!- Pensaba negando con la cabeza.
-¿Sabes? Me das mucho morbo – Insistió en mi oído.
Ante esa confesión me crecí. Me recosté, crucé las piernas y
mirando a mi marido le dije haciéndome la inocente:
-¿Ah si? No te preocupes, le pasa a muchos-. El hecho de que
yo también quisiera joder a mi marido entrando en esa especie de guerra de celos
no quería decir que me apeteciera escuchar sus babosadas.
El ruido de fondo era terrible y sólo hablándonos al oído
podíamos escucharnos.
-Bueno pero a mí me das un morbo especial. Creo que no sólo
estás buenísima si no que tienes algo que las demás no tienen. Es más, no se qué
haces con ese capullo -.
Era obvio que no se llevaba muy bien con mi marido. No sabía
si los halagos eran sinceros o si él también buscaba venganza. Pensé en pararle
los pies pero cada vez que dudaba en hacerlo algún gesto de mi marido hacia
Laura me hacía desechar la opción.
En ese momento puso su mano en mi muslo. Sobre mis medias.
Estaba apunto de apartarle la zarpa ya que el juego no incluía dejarme meter
mano bajo la mesa como una cría. Sin embargo una caricia con el dorso de la mano
en la mejilla de Laura me enfadó tanto que no hice nada. No sólo eso, decidí
jugar fuerte.
-¿Y que harías con una chica tan morbosa como yo?- Le susurré
de nuevo mirando a mi marido.
Sonrió sabiéndose con vía libre y sin apartar su mano de mi
pierna me dijo:
-Te llevaría a mi habitación ahora mismo y te comería ese
coñito que tienes -.
Mi corazón cambió estrepitosamente de ritmo. No esperaba
semejante proposición. Ya tenía bastante calor por aquella noche bochornosa y
las dichosas medias como para que aquel rubito tan atractivo me sobara la pierna
diciéndome que me quería comer entera. La cosa estaba yendo demasiado lejos pero
no quise pararle. Al menos todavía.
-¿Siempre te di morbo? ¿Pensaba que no te caía demasiado
bien?- Yo siempre sin apartar la vista de mi marido.
-Bueno, si te digo la verdad, lo cierto es que me pareces una
chula insoportable, pero eso no quiere decir que más de una vez no haya pensado
en como sería follarte. Cada vez que te paseas por la oficina con esos aires de
superioridad pienso en lo guapa que estarías a cuatro patas gritando mi nombre-.
De nuevo si el chico quería excitarme lo estaba consiguiendo.
Sus palabras tan soeces en mi oído retumbaban por todo mi cuerpo. No podía
evitar escenificar en mi mente lo que él me decía. Su mano había subido unos
centímetros por mis medias, llegando al encaje, y yo se lo había permitido. Me
estaba excitando de verdad. Sin embargo ante la llegada del segundo plato se
aparto de mí y pasó una mirada él también por Laura. La muy zorra partía con
ventaja ya que mi ropa era mucho más conservadora que la suya y ella enseñaba
sus voluminosas tetas a toda la mesa. En ese momento al ver a mi marido y a Juan
Carlos mirándola sí que sentí celos. El sol se había ocultado pero el calor a mí
me parecía aumentar.
De pronto aproveché que mi marido me miró. Yo clavé mis ojos
en él y desabroché un botoncito de mi blusa dejando ver gran parte del
nacimiento de mis redondos pechos. Me giré hacia Juan Carlos sin perder de vista
a mi marido y le susurré:
-¿No preferirías follarte a Laurita?-
Él parecía pensárselo mucho y me temía su respuesta.
-No no- sonrió. -Prefiero follarte a ti. Me ponen más las
zorras que se van de estrechas. Esas son las peores-. En cierto modo y a pesar
de su insulto me alegré.
-¿Ah sí? ¿Crees que soy una zorra?- Pregunté sonriéndome. Aun
me parecía estar jugando con él.
-Creo que eres la más puta de toda la empresa. Bajo esa ropa
tan rancia que siempre llevas yo sólo veo una fulana -.
Me estaba de calentando de nuevo. Mientras me hablaba volvía
a pasar su mano por mis medias y no me quitaba los ojos de las tetas. ¡Joder,
estaba buenísimo! Pero intenté defenderme:
-Si fuera una zorra como tú dices ya me habría ido contigo y
no creo que eso pase- Le respondí fingiendo no ser victima de sus palabras. El
muy cabrón estaba realmente bueno. Cada vez me parecía más atractivo y cada vez
que su precioso pelo me rozaba… Cada vez que me susurraba me hacía estremecer. A
mi derecha su amigo vestido de rojo y de ascendencia caribeña fingía no
enterarse de nada mientras que el cabrón de Santiago, que estaba ya casi
completamente calvo y con su enorme barriga no me quitaba los ojos de encima.
Juan Carlos subió más la mano y cogiéndome por sorpresa llegó
hasta mi liguero.
-¿Pero que es esto maldita puta? ¿Ves como tenia razón? Esto
sólo lo llevan las putas- Decía mientras jugueteaba con una de las tiras.
Sentí una inmensa vergüenza.
Notaba como me sonrojaba y me quedé paralizada, sin
responderle, mientas él no paraba de preguntarme al oído si era una puta. Me
estaba excitando con cada palabra.
En esos momentos ya no sabía lo que sentía. Me estaba dejando
manosear el liguero, regalo de mi marido, por un desconocido. El liguero que
sólo me había puesto 3 o 4 veces en toda mi vida y que llevaba para excitar a mi
marido y para excitarme a mí estaba dándole a entender a Juan Carlos que era una
auténtica guarra.
Entonces me susurró:
-Eres una buena zorrita. Estoy contando los minutos para
llevarte a mi habitación, ponerte contra la pared y metértela una y otra vez.
Tus gritos se iban a escuchar por toda la ciudad. Tu marido se iba a volver loco
buscándote y tú desearás que te encuentre para que aprenda como quieres que te
follen-.
Me quedé extasiada. Temblando. Tenía la garganta
completamente seca de la excitación. Me había puesto increíblemente cachonda. No
recordaba que nadie con palabras me hubiera excitado de esa manera. El morbo que
me daba ser el centro de sus deseos. Imaginarme empalada por aquel chico.
Imaginármelo agarrándome por mi estrecha cintura y clavándomela una y otra vez.
Imaginármelo vengándose de mi prepotencia. Humillándome. Castigándome…Me
temblaba todo el cuerpo y no podía articular palabra. Ya me había olvidado
completamente de mi marido y de su dichoso juego de celos.
-¿Las tetas me las enseñas porque quieres que me las coma o
porque eres así de puta?-
Yo no podía más. Necesitaba un respiro. Me adivinaba
completamente colorada a los ojos de mi marido que no parecía inmutarse. O se
hacia el loco o no se daba cuenta de nada. Al contrario que Santiago que seguía
sin perder detalle. Gotas de sudor recorrían todo mi cuerpo y los cuellos de mi
blusa se me pegaban haciéndome sentir cada vez más y más incómoda. Esa blusa que
a mi marido tanto le gustaba se pegaba húmeda a mis pechos que yo ya notaba muy
hinchados. Si a alguien le quedaba duda de que no llevaba sujetador el hecho de
tener mis pezones queriendo reventar la blusa lo dejaba todo claro. Cada vez que
me llamaba puta yo me sentía más que lo era. Cada vez que decía que quería
arrancarme la ropa para follarme más calor sentía.
Un enorme estruendo me sobresaltó. La ciudad debía de estar
en fiestas ya que unos impresionantes fuegos artificiales comenzaron a aparecer
en el horizonte. Toda la fila de enfrente se giró para verlos y Juan Carlos no
desaprovechó la ocasión para empezar a pasar de nuevo su mano por mis muslos.
Primero por el exterior y después por el interior. Se recreaba en el encaje del
principio de mis medias y me susurraba que si no fuera una puta no me estaría
dejando tocar. Lo cierto era que yo no le paraba. Mis muslos ardían.
Me estaba volviendo loca. Nadie me había tocado así. Con
tanto desprecio. Con tanta cara.
Cuando empezó a sobarme el interior de mis muslos no pude
evitar abrir ligeramente las piernas. Me recosté hacia atrás, dejándome hacer.
Empezaba a pensar que tenía razón en lo que decía de mí. Cuando me quise dar
cuenta estaba sintiendo tanto placer que casi no podía sujetarme a la silla, y
ponía mi mano izquierda sobre la pierna de Juan Carlos y la derecha sobre la de
su amigo de pelo cortito, que se había quedado tan sorprendido por mi gesto como
yo misma y ahora sí no perdía detalle.
Sin que él me hubiera dicho nada había abierto las piernas
para él. Como una auténtica fulana. Pero lo peor fue que para mi propia sorpresa
empecé a hablar:
-Quiero que me toques, por favor, tócame.- Le rogué
suspirándole en el oído. Mientras lo decía me cogió la mano y la puso sobre su
abultado pantalón.
-¿Quieres comerte esto?- me susurraba mientras me mordía el
cuello.
-Sí, quiero comértelo todo-. Le gemía con los ojos
entreabiertos al tiempo que le sobaba la polla por encima de su fino pantalón
gris. -Estás buenísimo cabrón. Mira como me tienes- Le decía mientras le
acercaba su mano a mis braguitas. Él opuso resistencia y mientras se recreaba en
mis ingles me decía que no quería tocarme, que no se quería manchar. -Que cabrón
eres- le repetía casi gimiendo mientras alargaba mi mano derecha para sobarle
también la polla a su amigo. Yo abría más y más las piernas en una señal
desesperada de que quería que me tocara bien el coño pero él me seguía haciendo
sufrir.
-Si me enseñas las tetas a lo mejor me da igual ensuciarme -
Me dijo.
Los fuegos seguían resonando. Toda la fila de enfrente seguía
girada. Todos menos el maldito viejo. Cada vez que abría un poco los ojos veía
la mirada lasciva de Santiago. Pero no me importaba. Todo me daba un morbo
increíble. Dejarme meter mano como una cerda en los morros de mi marido, no
hacía otra cosa que ponerme más y más cachonda. La excitación que me provocaba
el cabrón de Juan Carlos... El hecho de que cada insulto, de que cada caricia,
provocara en mí casi un orgasmo vencían a la sensación de miedo a ser
descubierta. Con ambas manos les sobaba la polla a los dos amigos. El morenito
también se animó y los dos me besaban el cuello con sutileza. No pude más y con
los ojos cerrados desabroché un botón más quedando gran parte de mis hinchadas
tetas al descubierto. Cuando por fin iba a cumplir su palabra y acercaba su mano
a mi entrepierna escuchamos como acababa la traca final y la gente se empezaba a
girar de nuevo. En un segundo todas las manos me abandonaron y apresuradamente
intenté con nerviosismo abrocharme la blusa.
¡Dios mío! ¡Que caliente estaba! No me había sentido tan
mojada en mi vida. El muy cabrón no había parado de pronunciar aquellas palabras
tan insultantes en toda la cena y con cada una de ellas casi podía sentir una
gota de mi interior abandonándome. Mi marido ahora sí se tenía que dar cuenta de
que algo pasaba ya que me sentía ardiendo y tenía que estar completamente
colorada como consecuencia del calentón. Sin embargo no dijo nada.
-Tienes la blusa mal abrochada- Me dijo Juan Carlos en voz
baja y con tono jocoso.
¡Que vergüenza! Me miré y al abrocharme, con las prisas, me
había saltado un botón. Me sobresalté y como acto reflejo me giré y me dirigí a
los servicios de la planta baja del hotel ya que sería un escándalo arreglarlo
en presencia de todos.
Cuando me miré en el enorme espejo de los servicios me di
cuenta que mi marido no podía haber pasado por alto aquello. Estaba totalmente
descamisada, mal abrochada y roja como un tomate. Intenté tranquilizarme. Me
mojé un poco la cara y mientras me desabrochaba la blusa completamente para
colocarla bien escuché a mi espalda:
-Al fin solos- .
Era Juan Carlos.
Me giré muy sorprendida y sólo acerté a decir:
-¿Qué haces aquí?-
Él se acercó sin responderme. Me cubrí con la blusa sin
abrocharme para que no me viera desnuda y me dijo:
-¿Pero qué haces? ¿Cuando por fin llega lo que querías?-
Permanecí inmóvil y tuve que retroceder hasta que mi culo
topó con el mármol que rodeaba los lavabos. Mantenía mis manos cruzadas
tapándome y le pedía por favor que se fuera. Él agarró fuertemente mis manos y
empezó a separármelas. No tardó en conseguirlo y yo simplemente dejé caer los
brazos. Mirándole. La mezcla de excitación y miedo me invadía. La blusa a pesar
de estar desabrochada no le permitía ver nada ya que sólo dejaba ver mi
canalillo. Sin embargo mi collar tropezaba con un abultado pezón que me
delataba. Empezó a mover el collar a izquierda y derecha de mi pezoncito
recreándose en mi excitación, haciendo chocar las perlas con mis pezones.
Erectos. Duros.
Ardía por dentro. Los dos lo sabíamos.
Puso un dedo en mi cuello y con él me recorrió de arriba
abajo hasta mi falda. Me volvía loca. Volvió a poner la mano en mi cuello y
ahora sí, lentamente, apartó la blusa hasta abrirla completamente y para que no
se volviera a cerrar la llevó hasta el exterior de mis pechos. Yo ya no podía
más. Estaba entregada:
-Cómemelas- le supliqué.
Él no me respondió y empezó a besarme en la boca pero no con
besos normales si no que sacaba su lengua y la introducía en mi boca una décima
de segundo para luego echarse atrás otra vez. Yo le respondía igual y totalmente
desesperaba juntaba su lengua con la mía casi en el aire. Estaba acorralada, de
espaldas al lavabo, con las manos apoyadas y los codos flexionados hacia atrás.
Se apartó un instante de mí y empezó a desabrocharse los pantalones. Se los bajó
hasta los tobillos y mi mano se lanzó a acariciarle por encima del calzoncillo.
El tacto y las ganas de descubrir su polla hacían que gotas de mi interior
resbalaran por mis bragas. Mientras le tocaba me sujetó por el pelo bruscamente
y mordiéndome el cuello me dijo:
-Tendrás que perdonarme, te había dicho que quería comerte el
coño pero no recordaba que lo primero que hacen las putas es una buena mamada -.
Es lamentable pero aquella frase aun me humedeció más.
-Maldito hijo de puta…- Le dije. Pero cuanto más cabrón era,
cuanto más animal, cuanto más hacía desaparecer su cara de niño, más cachonda me
ponía. En el fondo deseaba que me tratase cuanto peor mejor. Me arrodillé sin
que él me lo pidiera y mientras me decía: -Así me gusta- me deshacía de su
calzoncillo, quedando ante mi cara una polla casi completamente erecta. Tenía un
buen tamaño sin ser excesivamente grande y en seguida empecé a lamerle los
huevos con cuidado y a recorrer con mi lengua toda su polla de abajo arriba.
Me volvía loca lamiéndosela como una auténtica perra.
En ese momento me tiró del pelo hacia atrás y me dijo: -Una
buena puta cuando la chupa me tiene que mirar a los ojos-. Yo obedecí
inmediatamente y no era necesario fingir una mirada de lujuria cuando clavaba
mis ojos en los suyos. Empecé a recrearme en la punta haciendo círculos con la
lengua para acto seguido y mientras escuchaba un gemido metérmela todo lo que
podía en la boca. Notaba su falo completamente duro en mi interior. Ahora sí me
sentía como una autentica puta. Arrodillada ante él. Ahora empezaba realmente a
creer lo que decía de mí. El morbo de cómo me trataba, de que alguien pudiera
descubrirnos en cualquier momento y de tener ese pollón en mi boca produjo que
desesperada intentase llevar una mano a mi entrepierna, queriendo calmar mi
calor. Sin embargo él no me lo permitió. Es más, puso mis manos en mi espalda y
agarrándome por la cabeza empezó a follarme la boca como un animal. Me daba más
morbo si cabe que chupársela. Las embestidas se hacían más y más fuertes y yo
sentía que estaba a punto de correrse. Poco más tarde se salió de mi boca y
empezó a masturbarse delante de mi cara. ¡Dios mío, qué morbo me daba pensar que
se iba a correr sobre mí! Deseaba con todas mis fuerzas que se vaciara, que
bañara mi carita. Yo sacando una mano de mi espalda aparté mi blusa para no
mancharme pero el muy cabrón me cerró la blusa de nuevo. Comenzó a gemir y con
una mano sujetándome la cabeza comenzó su orgasmo. Los primeros chorros de su
semen empezaron a caerme en la cara. No contento con eso, el resto de su corrida
caía con menos fuerza sobre mi cuello y sobre mis tetas cubiertas por mi blusa.
Al menos 5 o 6 chorros de su leche cayeron sobre mí.
Me dejé caer a un lado. Me sentía tan caliente. Tan sucia…
No tardó en vestirse y decirme con cierta sorna que no había
estado mal y que era mejor salir en seguida, que iban a empezar los postres. El
muy cabrón salió por la puerta sin decirme nada más. Me quedé extasiada pero
tenía que volver a la cena inmediatamente. Todo había sido muy rápido pero más
de diez minutos de ausencia sería demasiado sospechoso.
Me volví al espejo. Vi una fulana. Manchada de semen por toda
la cara. Humillada.
Me lavé la cara como pude e intenté en vano limpiarme la
blusita. Le eché agua y no conseguí más que crear una asquerosa pasta densa a la
altura de mis pechos. Me mojé también el pelo para disimular y hacer creer que
era todo agua y volví a la mesa.
Cuando llegué nadie dijo nada y efectivamente estaban tomando
los postres. Mi marido no me hizo ningún gesto y seguía hablando con Laura. Yo
le busqué durante un rato con la mirada y por fin lo encontré. Mientras nos
mirábamos en silencio no paraba de pensar que deseaba con todas mis fuerzas que
se diera cuenta de todo. Quería que viera a su mujer manchada del semen de otro
hombre. Que supiera que había sido forzada a mamársela. Me sentía tan sucia como
excitada. Con mis braguitas negras encharcadas. Mis tetas hinchadas…Sin embargo
no supe interpretar su mirada. El único que me miraba diferente, con aun más
lujuria, era el gordo asqueroso de Santiago. Juan Carlos no tardó en seguir con
su juego:
-Creí que te ibas a cambiar de ropa pero gracias, ya estoy
cachondo otra vez de verte con tu ropita manchada de mi leche.-
Ya no podía más de lo encendida que estaba. Me sentía bañada
de su semen en mi pecho y empapada de mis propios flujos entre las piernas. Cada
vez estaba peor y ni siquiera me había tocado nada más que los muslos y apenas
unos besos tan asquerosos como excitantes. Necesitaba sentir una polla dentro de
mí. Lo necesitaba.
Me sentía tan cachonda como desconcertada. En un principio
había pensado que mi marido se había sentado con Laura para joderme. Después
pensé que simplemente quería excitarme a mí con su juego pero cuanto más me
fijaba ahora en ellos, más juntos y calientes los veía. Los dos parecíamos
excitados, cosa nada habitual. Me resultaba difícil pensar que no se había dado
cuenta de nada de lo que pasaba entre Juan Carlos, su peor enemigo, y yo, su
mujer. Hasta empecé a pensar si ya habría pasado algo entre ellos antes. Incluso
recordé cuando al salir de la ducha él se despedía de alguien. ¿Se la habría
follado en nuestra propia habitación? ¿Sería capaz de jugármela así el muy
cabrón? Yo ya no sentía enfado. Me lo imaginaba follándosela y me excitaba. Me
excitaba más y más. Me lo imaginaba tirándole de la coleta mientras se la
clavaba una y otra vez y de nuevo las ganas de que me follaran aquella noche
retornaban.
Muchas personas de la mesa se levantaban ya y se dirigían a
un lateral del jardín donde había un bar con barra libre y así lo hizo mi marido
llevándose con él a Laurita. Juan Carlos no se cohibió en cogerme la mano de
forma falsamente caballerosa invitándome a ir.
Me levanté y mientras íbamos por un caminito de gravilla,
entre el césped y la planta baja del hotel, sentí la presencia de no sólo mi
acompañante si no también de sus dos amigos, el mestizo y el viejo Santiago.
Estaba realmente incómoda pero a la vez cada vez más y más cachonda al notar el
aire en mi cuerpo, secándome la leche con la que Juan Carlos me había bañado.
Notaba una inmensa humedad entre mis piernas al andar que me hacía revivir la
escena de cómo se la acababa de mamar a aquel guaperas. La zona no estaba casi
iluminada y Juan Carlos iba sobándome el culo de una manera maravillosa.
Mientras lo hacía me decía al oído:
-¿Quieres que te folle ya o tomamos unas copas primero?-
Siempre sonreía.
Yo avergonzada no le respondía. Me tenía y él lo sabía.
En ese momento se situó tras de mí y me empujó hacia la
derecha, contra una puerta, para acto seguido levantarme la falda y empezar a
meterme mano por el interior de mis muslos y mi culo. Yo irremediablemente
excitada le pedía por favor que me soltara sin demasiado convencimiento. Cuando
un chasquido de la puerta hizo que nos precipitáramos al interior de un cuarto
oscuro. Creo que ambos nos quedamos sorprendidos.
Alguien encendió una tenue la luz quedando ante nosotros una
habitación llena de escobas, productos de limpieza y viejos muebles. Quise salir
de allí inmediatamente, entre empujones, pero alguien me paró y comenzó a
besarme. A meterme la lengua hasta el fondo. Mientras, otro a mi espalda me
subía la falda hasta la cintura. Mi resistencia duró hasta que el de atrás pasó
bruscamente un dedo sobre mis bragas.
Sin duda el que me besaba con violencia era Juan Carlos, que
me aplastaba contra el que tenía detrás. En cierto modo me daba vergüenza que me
tocaran ya que sentía que todo mi cuerpo era una mezcla de sudor y semen. Juan
Carlos me abandonó y yo recosté mi cabeza hacia atrás, sobre el hombro del otro
que para mi desgracia no era el mestizo, si no el viejo asqueroso de Santiago.
Cuando me di cuenta intenté desesperadamente soltarme pero él
me rodeaba con los brazos y palpaba con torpeza mi coño. Era más bajo que yo
pero sus peludas manos no me soltaban. El muy cerdo me lamía todo el cuello
mientras intentaba masturbarme y yo me resistía como podía.
–Te voy a comer enterita jefa- Me bababa toda la oreja.
Consiguió, tras un intenso forcejeo, hacerme a un lado mis
empapadas bragas y al pasar uno de sus gordos dedos por mi raja creí que me
venía. Hice lo que no debí hacer pero no pude evitar:
Gemir.
Soltar un grito desesperado. Entregado. Me estaba dejando
masturbar por aquel viejo que apestaba a vino y a colonia barata pero no podía
esconder el placer que me estaba dando. Estaba tan caliente…
Su dedo cada vez me recorría más y se hundía más. Estaba tan
mojada…Sentía vergüenza de mi misma.
Después me giró bruscamente y abriéndome la blusa con torpeza
comenzó una comida de tetas increíble. Me las bababa. Me las estrujaba. Me las
mordía y succionaba mis pezones arrancándolos de mi fino cuerpo. Era una
delicada muñeca en manos de aquel viejo gordo. La mezcla de dolor y placer no me
permitía quejarme, sólo pedirle que me las siguiera comiendo. Ahora me
avergüenzo de ello pero en aquel momento yo misma me agarraba los pechos y se
los metía en la boca para que me los comiera.
Juan Carlos y también su amigo moreno eran testigos de
excepción de aquella comida de tetas. Y mientras el mestizo se mantenía en
silencio Juan Carlos jaleaba a su viejo amigo. Entre mordida y mordida Santiago
me decía que se la iba a chupar. Que se la tenía que chupar. Yo lo que quería
era que me follara.
Para mi desgracia bruscamente me arrodilló y empezó a
desnudarse delante de mí. No pude evitar ver un cuerpo gordo y peludo y más
tarde una vieja polla casi más gorda que larga. Lo cierto es que no sentí asco,
aunque ahora no lo pueda comprender. En aquel momento estaba tan encendida que
no pude más y lo hice: Me la metí en la boca.
Se la chupé con más lujuria que nunca. El muy cabrón no
conforme con la comida de polla que le hacía me decía: –Más rápido jefa, más
rápido que si no no me entero- Juan Carlos se reía de mí y sin embargo yo
obedecía y poniendo mis manos en su culo peludo le comía su triste polla sin
ayudarme de las manos.- Así jefa, así. Siempre supe que te morías de ganas de
comérmela-. -¡Maldito hijo de puta! -Pensaba mientras el viejo se seguía
aprovechando de mi calentón.
Después viví la terrible humillación. Tuve que sentir el
terrible bochorno de que se corriera en mi boca.
Me lo tragué todo.
Me quedé aturdida un instante cuando Juan Carlos me levantó.
Yo le miré. Seguía terriblemente cachonda. Sólo quería que me
follaran. Quien fuera. Me daba igual. Ya no podía más.
-¿Vas a follarme?- Le susurré.
Y al fin lo escuché:
-¿Cómo quieres que te folle?- Me dijo mientras me lamía la
oreja.
Tenía que estar completamente fuera de mí ya que no me corté
y suspiré:
-Quiero que me folles contra la pared-.
Mis palabras produjeron un gran calentón en él y me dijo que
me colocara. Yo temblando de la excitación caminé avergonzada y mareada. Mis
zapatos de tacón resonaban por todo el cuartucho con pasos nerviosos y me puse a
casi medio metro de la pared, apoyando mis manos en ella.
Se acercó por detrás pegando completamente su cuerpo al mío,
me separó las piernas y ahora sí con fuerza pasó su mano por mi raja. ¡Dios mío!
¡Que placer! Podía notar como pasaba sus dedos por entre mis labios y aun por
encima de mis bragas mi coñito hacía un ruido que no dejaba duda de lo mojada
que estaba.
– ¡Pero mira que eres guarra! ¡Mira como estás! - El muy
cabrón llamó al moreno y le dijo que me tocara. –Pásale una mano por el coño a
esta puta y alucinas- Sin embargo Juan Carlos no pudo más y echando a un lado
mis bragas empezó a introducirme la punta de su polla.
– Métemela toda- Le rogaba –Métemela toda- ¡Estaba tan
cachonda! ¡Estaba tan bueno! -¡Qué polla tan rica!– Pensaba. El muy cerdo seguía
con su juego de hacerme sufrir y se quedó quieto. Yo no podía esperar más a
sentirla dentro y yo misma empecé a echar mi culo hacia atrás mientras Juan
Carlos se reía y le decía a su amigo: -Mira esto, mira como se la mete ella
solita -. Él no usaba sus manos para nada. Sólo estábamos unidos por su polla.
Yo me la metí hasta el fondo y estallé de placer soltando el gemido más
placentero y esperado de mi vida:
-Ohhhhh-
-¡Oh dios, follame!- Comencé a gritarle. Sin embargo
permanecía quieto. Jugando aun más conmigo. Y yo sola echaba mi culo adelante y
atrás. Follándome su polla. Gritaba como una loca. Apoyaba la mano izquierda en
la pared y con la derecha me pasaba la mano tocándome las tetas. Las tenía
enormes y con una dureza en los pezones que nunca había sentido. A veces me
detenía con sólo la punta dentro para introducírmela lentamente y así sentirla
centímetro a centímetro. Lo cual era otro motivo para sus burlas. Al poco rato
él tampoco pudo más y tomó el mando, clavándomela con saña a toda velocidad.
-¡Así cabrón, así! ¡Fuerte, fóllame fuerte! -Le rogaba
mientras el collar de perlas de mi aniversario iba y venía.
-¿Cómo te sientes?- Me susurraba mientras me tiraba del pelo
echándome la cabeza hacia atrás. En ese momento y mientras le decía -Como una
puta ¡Me siento como una puta!- empecé a sentir en mi interior que me corría
irremediablemente. El ruido de sus huevos chocando contra mí era ensordecedor y
me excitaba más y más. Mis gemidos aumentaron en frecuencia e intensidad y él me
decía: -¿Te vas a correr ya zorra?- Tan pronto escuché eso empecé a gritar como
una autentica posesa. Me estaba corriendo de una manera desconocida para mí.
Toda la noche esperando aquel momento que por fin había llegado. El placer que
sentía me mantuvo gritando durante casi un minuto. Mis gemidos de perrita en
celo hacían mella en Juan Carlos que estaba a punto de correrse. De correrse
dentro de mí. Me puso las manos en las tetas, manos que yo agarré para que no me
soltara, para que me las estrujara fuerte. ¡Me ponía tan cachonda! -¡Córrete
dentro cabrón! ¡Quiero todo dentro!- Le gemía. En unos instantes se paró en seco
y empezó a convulsionar llenándome las entrañas.
Permaneció con su cara apoyada en mi espalda extasiado por el
placer, para acto seguido salir de mí, dejando caer gran cantidad de su corrida
y de la mía por mis muslos. Por aquellas medias que me había regalado mi marido.
Sin darme tiempo a recuperarme el mestizo que ahora parecía
fuera de sí me agarró y me sentó en un sillón viejo y medio roto. Se arrodilló
delante de mí y poco a poco medio me quitó medio me arrancó las braguitas con
violencia. Me subió la falda hasta la cintura y yo recostada y con las piernas
totalmente abiertas no podía creer la suerte que iba a tener: – ¿Me lo vas a
comer? ¿Me vas a comer el coñito? - Le gemía mientras él ya me lamía las ingles.
Poco a poco su lengua se acercaba más a mi hinchado chocho y yo le suplicaba que
me lo comiera ya. Pasó su lengua por entre mis labios y solté un grito
ensordecedor. Me lamía de abajo arriba con maestría y a cada recorrido un "Ahhh"
más grande y largo salía de mi boca. – ¡Haz que me corra, cabrón, cómeme hasta
que me corra!- Le gritaba entre gemidos. Juan Carlos no tardó en sumarse a la
fiesta y situándose a mi lado e hincando la rodilla en uno de los brazos del
viejo sillón, me puso su flácida polla en la cara. -¿Crees que podrás arreglar
esto?- Me dijo.
Mantenía los ojos casi completamente cerrados por la comida
de coño que me hacía su amigo y no dudé en llenar mi boca con su polla
completamente blanda.
Juan Carlos me seguía llamando absolutamente de todo y yo me
sentía en la gloria. Me había olvidado completamente de cómo el cabrón de
Santiago se había aprovechado de mí y ahora el morbo que sentía era
incomparable. Por tener una polla y una lengua en mi cuerpo. Por lo buenos que
estaban. Por como se balanceaba su melenita rubia al intentar follarme la boca.
Por la blusita que me había regalado mi marido bañada en semen. Como las medias.
Por el liguero que le servía de agarre al moreno para comerme bien el coño. Por
las braguitas que yacían rotas en alguna parte del sucio suelo de aquel antro.
Su amigo no tardó en sorprenderme y empezar a besarme tanto
mi coño como mi ano. Nunca me había dejado tocar ahí y sin embargo ni me planteé
decirle nada y con la misma velocidad con la que la polla del rubio crecía en mi
boca la lengua del moreno se habría paso por mi interior. Volvía a estar fuera
de mí y deseaba con todas mis fuerzas que tanto su amigo como de nuevo Juan
Carlos me penetraran. Los chicos parecieron leer mi mente ya que me abandonaron
y el moreno se desnudó dejándose ver. Dejando ver ahora sí una polla preciosa.
Dura. Grande. Joven. Que apuntaba al techo.
Éste se acosó en el suelo, invitándome a montarle. En
principio dudé un tanto asustada pero Juan Carlos me agarró fuertemente del pelo
y mientras me besaba me decía: -¿Nunca te has metido varias pollas a la vez? No
te creo -. Mientras le obedecía y me dirigía a montar aquella polla Juan Carlos
aguardaba con impaciencia su turno.
Estaba sentenciada y temblaba de miedo ya que después de
escuchar sus palabras sabía que Juan Carlos ya había decidido metérmela por el
culo. Lentamente pero con menos esfuerzo del esperado me metí la enorme polla de
su amigo completamente. Cuando esperaba lo peor Juan Carlos simplemente se situó
a un lado y se las arregló para ponerme de nuevo la polla en la cara, obligarme
de nuevo a chupársela. Afortunadamente ninguna de las pollas estaba desvirgando
mi culito por lo que además de excitada me sentía aliviada. Mientras el moreno
me embestía lanzándome contra la polla de su amigo me separaba las nalgas y
empezaba a introducir un dedo por mi culo. Yo ya sólo sentía placer. – Cómemela
con ganas puta- Me decía Juan Carlos y yo le miraba a los ojos como me pedía. En
ese momento el muy cabrón me sacó el collar de perlas, regalo de aniversario de
mi marido y lo colocó colgando de su polla, obligándome a metérmela en la boca
hasta besar las perlas. -¡Que hijo de puta! – Pensaba con una mezcla de odio y
de excitación. ¡Que morbo! ¡Que mal sabía tratarme!
Entre la comida de coño que había recibido y estar invadida
por sus pollas me sentía de nuevo con la sensación tan maravillosa de estar a
punto de volver a correrme. Entre gritos. Como una autentica guarra. Gritos que
sólo podía lanzar cuando la polla de Juan Carlos me lo permitía. El dedo del
mestizo seguía abriéndose paso y aumentaba el ritmo de las embestidas mientras
yo compungida de gusto me sujetaba en Juan Carlos. En su culo y en su polla.
Cuando pensaba que no podía más el dedo del moreno me abandonó, él se paró y
acto seguido algo se quería abrir paso de nuevo en mi estrecho culito. Yo
intenté en vano girarme ya que Juan Carlos aprisionándome contra su polla no me
lo permitió.
Sentí como una polla entraba en mi culo.
Tres pollas me penetraban.
El que me jodía desde atrás lo hacía con torpeza y pronto vi
unas viejas manos estrujándome las tetas. Sin duda el viejo asqueroso me la
estaba metiendo por el culo.
Yo no podía hacer nada y tampoco quería dejar de sentirlos
dentro. El moreno y Santiago me follaban desacompasados lanzándome hacia la
garganta de Juan Carlos. La mezcla de dolor y placer hacían de mí una puta que
pedía más y más.
Gritaba como una auténtica perra cada vez que por sus
embestidas su polla se me salía de la boca.
Me estuvieron dando con todo durante varios minutos y más
tarde, uno a uno, se irían corriendo en mis entrañas.
Todo eran lamentos. Gruñidos. Gemidos. Y de fondo se oían mis
agudos grititos de puta sodomizada.
Primero sentí la leche del mestizo en mi coño y al instante y
sin previo aviso Juan Carlos se corría en mi boca. Yo intentaba tragar lo que
podía sin poder evitar que gran parte rebosara de mi boquita y se abriera paso
por la comisura de mis labios y gotas de su leche se deslizaran por mi cuello.
¡Me excitaba tanto! ¡Era tan puta! Cuanto más me bañaban,
cuanto más me usaban, más se aproximaba mi orgasmo y para mi desgracia no pude
evitar darle el placer a Santiago de empezar a correrme con él. El viejo gordo
me arrancaba un orgasmo por el culo mientras me bababa la oreja gimiendo: -Así
jefa, así. Córrete conmigo- y un estallido de ambos orgasmos produjo en mí un
placer vergonzoso.
Follada. Enculada por aquel sucio viejo.
Rápidamente se vistieron y me dejaron. Allí. Sola. Tirada en
el suelo y al borde del desmayo. Me dejaron tirada como a una puta.
No sabía el tiempo que había pasado y me arreglé como pude
sin ponerme las bragas que no fui capaz de encontrar. Cuando por fin me vi capaz
salí de allí para dirigirme directamente a mi habitación.
Tuve que secar todo el semen de mi cuerpo con unos viejos
trapos.
Iba por el pasillo hacia nuestra habitación cuando alguien
salía de ella. Era Laura.
Vestida con un precioso vestido rojo.
El mismo que me acababa de regalar mi marido.
Desde aquel momento nunca habíamos hablado de aquella cena y
ahora, dos semanas más tarde, mi marido me regalaba el mismo vestido que Laura
se había puesto aquella noche y yo empezaba a comprenderlo todo.
De vuelta a la realidad de verme reflejada en el espejo del
dormitorio de nuestra lujosa casa, mi marido se acercó a mí y me dijo que estaba
preciosa y que la cena ya estaba lista. Yo sabía lo que quería. Le besé como si
no fuera a él, lo tumbé en la cama, me recogí el pelo en una cola y me lo follé.
Mientras lo montaba él cerraba los ojos y yo sabía que no pensaba en mí. Sin
embargo yo me excitaba por muchos motivos. Por lo que acababa de recordar. Por
el morbo que me daba su retorcido plan. Por tener por fin la certeza de que se
había follado a la joven Laurita. Me inclinaba hacia delante y sacaba los pechos
de mi vestido metiéndoselos en la boca. Sabía que no eran tan grandes pero que
los gozaría.
Echamos un polvo increíble. Sin embargo no nos dijimos nada.
Yo no le dije que lo sabía y él no preguntó nada.
Se metió en el cuarto de baño y mientras se duchaba me quité
el vestido y me puse la blusa que me había regalado. Con la que me habían
follado en aquel hotel. En aquel cuartucho.
Entré en el cuarto de baño. Al momento de él cerrar el grifo
yo abrí la cortinilla y él me miró. No me había vuelto a poner aquella blusa. Él
lo sabía. Me sonrió.
Volvimos a la cama y me folló durante toda la noche sin
quitarme la blusa.
Desde aquella noche tanto el vestido rojo como la blusa los
cuelgo en un apartado especial de mi armario. Cuando llego de trabajar y me
siento excitada me desnudo, me pongo sólo la blusa y le espero impaciente.
Cuando él está especialmente caliente simplemente coloca el vestido rojo sobre
la cama, yo me lo pongo y follamos durante horas.
Los días que me pongo tanto la blusa como el vestido no
hacemos el amor. Follamos.
En qué pensamos mientras lo hacemos es cosa nuestra.