BAILE DE MÁSCARAS
Por
Ana Karen Blanco y Amadeo Pellegrini
Los uruguayos u orientales decimos que nuestro carnaval es el
más largo del mundo. Bueno, no creo que en muchos países esta festividad se
alargue durante más de cuarenta días. ¡Sí, es así! En Uruguay, mi querido país,
el carnaval se extiende por un mes y medio aproximadamente. Es un festejo
popular de los más fuertes y arraigados, y también uno de los más antiguos dado
que se viene celebrando desde la época colonial con, lógicamente, algunas
transformaciones.
Nuestro carnaval, a diferencia de muchos otros, se vive
en los tablados donde actúan los conjuntos todas las noches, no en el desfile.
El desfile puede parecer extremadamente modesto y quizás, para algunos, hasta
soso. Pero el que vaya a un tablado o presencie la “Competencia Oficial de
Agrupaciones Carnavalescas” en el anfiteatro al aire libre del Teatro de Verano
“Ramón Collazo”, frente al mar… no lo olvidará jamás. Son más de 60 agrupaciones
que se dividen en seis categorías, y año a año compiten con una obra totalmente
inédita en letras, música y texto, además de vestuario, maquillaje, coreografía,
etc. Algunas de las personas que actúan o bailan dentro de la agrupación, son
profesionales, pero muchos de ellos son gente común que cumplen su función
dentro del grupo por el solo placer de vivir esta experiencia desde el
escenario. Antiguamente todos eran amateurs.
Desde el día del desfile inaugural por la principal
avenida de Montevideo, 18 de Julio, hasta el día de la entrega de premios, para
nosotros es carnaval. Por ejemplo este año 2006, nuestro carnaval comienza el 26
de enero y termina… bueno, cuando le entreguen el último premio al concursante
correspondiente, que seguramente será a mediados de marzo. Durante todo ese
tiempo, (y en realidad desde antes, debido a los ensayos que comienzan en
diciembre) por las nochecitas en todos los barrios, se escucha el repique de
tambores y lonjas rememorando los ritmos de los esclavos de la época colonial:
las comparsas de negros tocando el candombe. Y a las murgas con sus cantos
criticando la política y los acontecimientos nacionales y mundiales. O los
parodistas con sus historias conocidas pero vistas desde otra óptica. Y las
revistas y los humoristas y… los niños y grandes con la cara pintada para
recibir al Dios Momo y honrarlo durante todo el tiempo de carnaval.
Y en este ambiente caliente, por el verano, por las
fogatas encendidas para calentar las lonjas de los tambores, las plumas, las
lentejuelas y purpurina… también se arman los bailes de máscaras y disfraces y
se liberan los pierrots y colombinas que todos llevamos dentro. ¡Y más cuando
estamos escondidos tras una máscara! El anonimato nos permite ser como somos,
ser nosotros mismos, nos libera de esa opresión que a veces sentimos ante lo que
la sociedad nos dice que debemos ser.
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Mónica, mi prima de Buenos Aires y Sergio su novio, habían
decidido venir a conocer el carnaval del Uruguay. Después de oír con santa
paciencia mis interminables monólogos acerca de esta típica fiesta popular
oriental, se terminaron entusiasmando y decidieron venir. Así que una tibia
tarde de febrero aparecieron con sus bolsos y la ilusión de conocer, finalmente,
los dichosos tablados y los bailes.
* * *
“Para nosotros, pasar unos días en Uruguay resultaba una
magnífica perspectiva, a Mónica porque le permitiría estar con su prima del
alma, en cuanto a mí, en Montevideo me siento muy a gusto, porque es una
ciudad hecha para disfrutar de la naturaleza con ese enorme balcón al Río de la
Plata que es su Costanera, tan distinta a la superpoblada Buenos Aires, donde la
gran mayoría de los habitantes vivimos de espaldas al río más ancho del mundo.”
* * *
Después del recibimiento nos sentamos a matear un rato. El
agua a punto de ebullición para que los “porteños” no protesten porque está muy
caliente, pero de todos modos lo harán porque encuentran nuestra yerba muy
fuerte.
* * *
Mate de por medio, se pusieron a charlar entre ellas,
apenas si se acordaban de mi existencia. No sé de qué hablan cuando se
juntan, pero ellas siempre encuentran tema. Son un caso, viven chateando o
llamándose por teléfono y cuando se ven todavía les queda hilo en el carretel. A
veces conversan en clave, empleando gestos y sobreentendidos, entonces se ríen
como criaturas, lanzando exclamaciones y grititos. De forma que el que está con
ellas termina por sentirse ignorado, así que les dije:
- ¡Hasta luego chicas!
Y me largué a estirar las piernas.
* * *
Sergio decidió salir un rato a caminar y dejar que las
primas conversaran animadamente y no enloquecer con tanta cháchara como teníamos
las dos. Antes que Sergio se marchara, los había invitado a un baile de máscaras
y les di todos los datos que tenía: ubicación, tipo de baile, detalles… pero
ambos se negaron. ¡Lástima! Son tan divertidos estos bailes.
* * *
Yo sé que Patricia hará todo lo posible por agasajarnos.
Pretendía que esta misma noche fuéramos al baile de máscaras. A mí el carnaval
me agrada presenciarlo en calidad de espectador, más que mezclarme en la
vorágine de los bailes de disfraz. Por otra parte mis deseos eran disfrutar de
un poco más de intimidad con Mónica ya que en Buenos Aires el ritmo de vida que
llevamos nos mantiene alejados algunos días de la semana.
* * *
Una vez que él nos dejó solas, traté de convencer a mi
prima para que fuéramos ella y yo.
-Dale Mónica, no seas boba. Si Sergio no quiere ir, que
se jorobe, pero vamos vos y yo. No sabés lo que te divertís, y además nadie nos
reconocerá porque es con antifaz. Y el antifaz recién te lo sacás cuando está
por terminar el baile. Y antes de eso nosotras nos vamos y chau!
-No… me gustaría pero no. ¿Y qué hacemos con Sergio? Ya
viste que no quiere ir.
-Mirá… ¿vos te acordás de la tía Josefina, no?
-Sí. Murió el año pasado.
-¡Exacto! Así que si se murió no le va a hacer nada si la
enfermamos y la vamos a cuidar. Pero la casa es chica, viste? Y además a la tía
Fina no le gustan las visitas de extraños. Por lo tanto iremos vos y yo solas a
cuidarla –le dije haciéndole un guiño cómplice.
-Jejejejeeeee… Brillante idea primi. Además, si hay
algo a lo que Sergio le huye de forma despavorida es a todo lo que tenga que ver
con enfermos, hospitales, médicos y todo eso. Pero, ¿y los disfraces?
-Por eso no te preocupes. Vos y yo somos más o menos parecidas de físico,
una rubia y la otra morocha, pero… de talla somos similares. Ahhhhh!! Tengo una
idea fantástica: me acordé que un año me disfracé de diablita y al año siguiente
de angelito, así que tengo los dos disfraces. Yo seré la diablita porque después
de todo soy la que te está tentando, no? Y vos, pura, inocente y angelical,
caíste bajo mis malas influencias.
Las dos estallamos en una risotada que resonó por toda
la casa.
* * *
“Muchas veces uno sale a caminar por una ciudad poco
frecuentada con la ilusión de tener una aventura galante a la vuelta de
cualquier esquina. No era ese mi propósito precisamente, lo que en realidad me
apetecía en esos momentos era una cerveza helada, bien tirada, para apagar la
sed. Para mí gusto y para el de muchas personas la cerveza uruguaya es de
paladar muy superior a la argentina.
Pero lo inesperado sucedió, se me acercó una jovencita muy agradable a
preguntarme la hora. Con ese pretexto iniciamos una interesante conversación.
Por mi manera de expresarme advirtió enseguida que era argentino. Hablamos de
muchas cosas y aceptó mi invitación a compartir unas cervezas.
Con Cecilia, -así se llama esa graciosa muchacha-, abordamos
el tema del carnaval, ella tuvo también palabras encomiásticas para los bailes
de disfraz y del alma se le escapó la queja que no iría a ninguno porque estaba
sola, no tenía quien la acompañara, sus dos mejores amigas habían conseguido un
trabajo de temporada en una heladería de Punta del Este y el hombre con el que
salía me confesó que era casado, aunque estaba por comenzar la separación.
Terminó por preguntarme si yo tenía compañera.
La ocasión se presentó así al alcance de la mano, estaba
frente al arco tenía la pelota picando y al arquero solo, si no metía el gol…
- Bueno.
Le dije que había venido con unos amigos de Buenos Aires y que tenía que
deshacerme de ellos, que me dejara un teléfono para llamarla después…
Pagué la consumición, la despedí con un fraternal besito y salí silbando bajito
con el número en el bolsillo…”
* * *
Al regresar Sergio le contamos la historia de nuestra querida
tía Fina que justo había llamado para pedirme que la acompañara, y cuando se
enteró que Mónica estaba aquí, nos invitó a las dos a pasar la tarde y la noche
con ella y de paso, hacerle compañía.
* * *
“¡Era mi día! ¡Estaba escrito que todo me saldría bárbaro!
Tuve que fingir un poco de bronca. Eso me salió bien: Mónica y Patricia se
tragaron la píldora. Yo les dije que iba a buscar algo para leer y disparé a
llamarla a Cecilia.”
* * *
Debo reconocer que a Sergio no le gustó mucho la idea,
pero… aceptó.
* * *
“La piba se puso loca de contento cuando le dije que tenía
todo bajo control. El único problema era el disfraz. ¿De dónde saco ahora un
disfraz? Pregunté.
-Por eso no te preocupés, - me dijo-, de eso me encargo yo. Si no te
importa ir disfrazado de cura, claro…
-Mirá querida: de cura, colchonero, rey de bastos o polizón, de cualquier cosa
me da lo mismo con tal de ir con vos… -le contesté.”
***
A la noche, nos fuimos a preparar a la casa de mi vecina y
amiga Isabel. Cuando nos terminamos de vestir, parecíamos gemelas.
El vestido de Mónica, cortito, amplio, tipo túnica
romana, blanco y con una correa dorada como cinto. Una aureola de flores sobre
la cabeza, sus alitas que salían de su espalda y las sandalias blancas trenzadas
por sus largas y bellas piernas hacían juego perfecto con su carita de niña
buena. Y para complementar… una lira en la mano. Un enorme antifaz dejaba
cubierta la zona de su frente y sus ojos, del que solo se veían dos focos color
miel.
Mi disfraz era con el mismo tipo de vestido y
sandalias, pero de tacón alto que realzaban mucho mis bien torneadas piernas.
Estaba casi igual a ella, pero en rojo. En vez de la aureola, dos cuernitos muy
bien colocados entre los rizos del cabello rubio, el antifaz rojo era tan grande
como el de Mónica, y dejaba entrever mis ojos verdes. ¿En la mano? Un tridente
¡por supuesto!
* * *
“Me probé la sotana que me dio Cecilia, de largo me andaba
bien pero el fraile era el doble que yo de ancho. Ella me contó que eran los
hábitos de un tío suyo hermano de su madre, que había muerto hacía un tiempo,
resulta que le había dejado la sotana para que ella que es modista se la
arreglara, había enflaquecido mucho el último tiempo. La cuestión es que se
murió antes que la hermana costurera se la arreglara y ahí quedó esperándome. El
bombín no sé de dónde lo sacó, pero con la sotana achicada con alfileres de
gancho por dentro y el sombrerito negro quedé hecho un cura de verdad.
Cecilia apareció convertida en “arrabalera”: faldita negra con tajo al costado,
blusa roja bien escotada, medias de red, zapatos de taco alto negros, cinta
negra con camafeo al cuello y un clavel colorado de papel en el pelo suelto.
Mucho rojo en los labios y cachetes un lunar de fantasía cerca de la boca.”
* * *
Desde que pusimos un pie en la calle hasta que llegamos
al baile que estaba a solo dos cuadras de la casa, recibimos cuanto piropo,
grito, silbido, alabanza y bocinazo nos decían todos los hombres que nos veían.
* * *
“Por más carnaval que fuera, un cura llevando del brazo a una
percanta de aquellas que se sacudía como un lavarropas, era todo un
espectáculo…”
* * *
Por supuesto que llamábamos la atención. Y al entrar al baile
todas las miradas fueron para nosotras. En menos de un segundo nos vimos
rodeadas de Batman, el Zorro, Drácula, el hombre Araña, un doctor y no sé
cuántos personajes más. Y como la consigna era divertirnos sin parar… ¡no le
dijimos que no a ninguno!
Comenzamos a bailar y el calor era terrible a pesar de que el aire
acondicionado del local estaba al máximo. Así que… alguna cervecita bien fría
fuimos tomando a lo largo de la noche.
* * *
“Cuando aparecimos con Cecilia, el baile estaba en todo su
esplendor, la pista repleta de parejas de máscaras bailando, la cantina llena
también y por los pasillos apenas si se podía caminar, todas las mesas ocupadas.
Más que un éxito era un loquero…”
* * *
Al rato de llegar nosotras apareció él: me llamó la
atención su disfraz de sacerdote. Una larga sotana con más o menos 89 botones!
Uff, qué manera de prender y desprender botones. Debía de ser su penitencia
diaria, jajajaja!! Un libro pequeño en la mano hacía la función de libro de
oraciones. Zapatos negros acordonados y un sombrero tipo bombín, negro,
completaban su atuendo.
El curita venía acompañado de una sugestiva morocha con atuendo tanguero y se
pusieron a bailar inmediatamente.
* * *
“No bien alcanzamos el borde de la pista la orquesta arrancó
con los tangos. Salimos con los compases de “Amor de Marinero” y terminamos con
“La Última Curda”. Bailando Cecilia era flexible como un suncho y yo la llevaba
como una pluma…”
* * *
Al rato de estar bailando me di cuenta que el cura me miraba
sin cesar y no me quitaba los ojos de encima.
* * *
“En uno de los giros que dimos, viché a una diabla que llamó
mi atención, había algo familiar en ella (¿Será que los diablos andan siempre
atrás de los curas?) No sabía qué era, pero me atraía. Me las arreglé para
llevar a mi compañera de forma que no se me perdiera de vista esa diabla de
piernas tan lindas… Porque de verdad ese par de piernas llamaban la
atención.”
* * *
Me molestó un poco, pero no puedo negar que el curita me
gustó. Era alto, no muy delgado, es más: como buen cura tenía un poco de
pancita. Pero su mirada clavada en mí me perturbaba un poco. No sabía definir si
era deseo o… intriga.
* * *
“Y la ví después ponerse al lado de otra máscara disfrazada
de angelito, (¡Linda yunta: Ángel y Demonio!) La que hacía de ángel era morocha
y tenía lindas piernas también, pero más llamativas eran las de la diabla. No
podía sacarle los ojos de encima. Entonces descubrí el detalle revelador:
¡la cadenita que llevaba alrededor del tobillo derecho! Esa cadenita yo la había
visto otras veces. Yo conocía por Mónica la historia de esa cadenita… y
por supuesto conocía también a la dueña… ¡Patricia! y como dos y dos son cuatro,
la otra tenía que ser Mónica mi novia.
A Patricia la cadenita se la había regalado el novio, en
lugar de anillo le había puesto ese adorno en el tobillo para que todos supieran
que estaba encadenada a él.
Seguí bailando sin perderlas de vista, las dos estaban tomando cerveza con otras
máscaras.
Supongo que el diablo se mezcló en esto, porque cosa más
endiablada que esa no me podía ocurrir… Estábamos bailando los últimos compases
cuando Cecilia me dijo: -“¡Huy ahí está Diego! (Diego era el hombre casado con
el que tenía amores) “¿No te enojás si te dejo un ratito?” Y antes que pudiera
decir algo, se soltó de mí para ir con el tipo que estaba esperándola en el
ángulo de la pista.
Resulta que yo, el pícaro, estaba allí doblemente jodido: por mi novia y su
primita y por el “levante” que había hecho esa tarde. Aquellas dos me habían
hecho el cuento de la tía (no el del tío) y la otra me había usado para
encontrarse con el candidato. Creo que con la bronca que me agarré podía
masticar baldosas como si fueran chicles.
Enfilé derechito para donde estaban las dos tramposas muertas de risa…”
* * *
No sé cómo hizo para deshacerse de su pareja, pero
cuando quise acordar lo tenía a mi lado. Me quedé muda y congelada, y sin
entender porqué un frío me corrió por la espalda, como si me hubieran agarrado
en falta.
Esperé que se acercara y no tardó en hacerlo.
-Hola –me dijo con una voz que me sonó familiar.
Lo miré y le contesté:
-Buenas noches Padre. ¿Bendición? Jajajajajaaaaa…
-Que Dios te bendiga hija mía –me dijo haciendo en el aire
con su mano, la señal de la cruz- ¿Hace mucho que no te confiesas?
La pregunta me extrañó y la voz… Pero era tanto el ruido y
las cervezas que había tomado que decidí seguirle la broma.
-Uhhhh, hace años. Pero… soy una diablita muy buena y no
necesito confesarme. Mis pecadillos son angelicales Padre.
-¿Sí? ¿Y los de la chica que te acompaña?
-Ah, no! Ella es muy diablita, ¿sabe? Pero no se preocupe
Padre, que yo me encargo de llevarla por el buen camino.
-Me imagino hija, me imagino.
Mónica estaba bailando desaforadamente con Batman y el Zorro.
Cuando nos vió conversar, se acercó.
-¡Wow! Esto sí que esta bueno. Vaya forma de divertirnos.
Hola Padrecito… jajajajaaaaa –el efecto de la cerveza se notaba en Mónica.
-Hola bello angelito… ¿quieres venir conmigo al Paraíso?
Noté algo raro en Mónica. Comenzó a mirar al cura de una
forma particular. La sonrisa se le borró de su cara y el rostro se le desencajó
de golpe.
-¡Sergio! ¿qué hacés acá?
-Ah! ¿vos me preguntás qué hago yo acá? Son unas descaradas
las dos. ¿Con que la tía Josefina, no? –Y nos miró como para matarnos- Caminen,
nos vamos para la casa.
Nos sacó ligerito del baile. Todo el mundo nos miraba con una
sonrisa en la cara. Imagínense la escena: un cura arrastrando del brazo a una
angelita y a una diablita. Un espectáculo completo, no?
* * *
“Si en el baile el cura y la arrabalera formaban una pareja
incongruente, más extraordinario resultaba ver por la calle al mismo cura
llevándose por un brazo a un “ángel” y por el otro a un “diablo”…"
* * *
En la calle, el fresco de las noches de febrero nos hizo
despabilar un poco y sacudirnos los vapores de la cerveza. Sergio es alto y sus
pasos largos, lo que nos dificultaba a Mónica y a mí seguirlo. Entre el alcohol,
las sandalias de taco alto, la confusión, la vergüenza de ser descubiertas… ¿Qué
pasaría ahora? A mí nada, quizás un rezongo o que Sergio decidiera irse o no sé.
Sabía que con Mónica estaba todo bien, porque después de todo lo único que
habíamos hecho era bailar.
Llegamos a la casa, y entre los nervios, la oscuridad y la
cerveza, me vi incapaz de meter la llave en el cerrojo. Al tercer intento Mónica
y yo estallamos en una risotada que debió de despertar medio barrio.
Sergio estaba cada segundo más furioso. Me arrancó el llavero de la mano y abrió
la puerta para meternos casi a empellones a las dos. Nos sentamos en el sofá
grande Mónica y yo. Mejor dicho: nos desparramamos en él, lanzando risitas
tontas, pero muertas de la risa en realidad.
* * *
“Las mujeres tienen reacciones completamente inesperadas, yo
no sé si era por efectos del alcohol, de la sorpresa, de aprensión o qué,
la cuestión es que las dos primas, en lugar de mostrarse avergonzadas por la
“hazaña” estaban ahí en el sofá a las carcajadas. Ni siquiera me prestaban
atención, se miraban las dos y tentadas volvían a estallar en risas tontas…”
* * *
El novio de mi prima comenzó a caminar delante de nosotras,
ya sin antifaz ni bombín, con las manos en su espalda y de aquí para allá, como
un soldado haciendo guardia. De repente se paró en seco, nos enfrentó y nos
espetó:
-Bien, quiero una explicación sensata para esta mentira. Y la
quiero ya. Mónica, hablá, ¿qué tenés que decir?
-Nada… es que teníamos ganas de ir a bailar. Patricia me
habló tanto del baile que me entusiasmó la idea y… me dejé llevar.
-¿Te olvidaste que tenías novio, que viniste conmigo?
-No, no me olvidé. ¡Y tampoco me olvidé que vos te negaste a
ir al baile! ¡Y yo quería ir!
-Claro, la señorita caprichitos tenía que salirse con la suya
a como diera lugar, no?
-Ah, ya! No seas pesado ¿querés? Ella vino porque yo la
entusiasmé, yo la invité, yo le di la idea y la ropa. La única responsable de
esto soy yo, tá?
-No creo que seas la única responsable, ella también tiene
que ver.
* * *
“Las dos, por instinto, saben que la mejor defensa es un
ataque. En lugar de culparse una a la otra o intentar justificarse, trataban que
el viento se pusiera de su lado…La dueña de casa, más segura de si misma, de su
condición de local y más gallita también, me enfrentó”:
-Quizás… pero, ya que estamos en la sala de interrogatorios
¿porqué no nos explicás qué hacías vos en el baile con la arrabalera?
-“Yo no tengo inconveniente en explicarles nada, porque no
tengo nada que ocultar, a diferencia de otras.
Después que ustedes salieron de aquí un vecino las vió cómo
iban vestidas, y al encontrarse conmigo me lo comentó. Se ve que puse una cara
muy particular, y ante la insistencia de él le comenté mis dudas. Se hizo mi
cómplice y me prestó el disfraz.
Al llegar a la puerta del baile, la arrabalera me abordó y me
pidió que la acompañara a entrar mientras llegaba su novio, y así lo hice.
Patricia vió que fueron solo unos momentos los que estuvimos juntos.”
-Sí, es verdad –afirmé.
-“Bueno, lo único que les digo ahora –continuó Sergio- es que
esto no puede quedar así.”
* * *
“Mi argumentación resultaba irrefutable y contundente, además
de la seguridad con que me expresé, el inusual tono de resolución de mi voz las
desarmó por completo. Se terminaron las risas. Ahora las tenía contritas y
cabizbajas. Para entonces ya había tomado la determinación de propinarles una
paliza memorable. Así que aprovechando el factor sorpresa me planté delante del
sofá. Patricia, más astuta y con mejores reflejos, lo intuyó, porque de un
envión se incorporó para situarse de espaldas a una de las paredes y cerca de la
puerta del comedor.
No hizo otra cosa que favorecer mis propósitos porque en el
sofá, acurrucada y temblorosa quedó Mónica. (Otra que también la veía venir).
Incapaz de reaccionar, mi novia permitió que la tomara por las muñecas para
izarla de un tirón. Recién atinó a protestar en el momento en que, una vez
sentado la atraía para tumbarla boca abajo sobre mis rodillas…
-¡Soltame Sergio! ¡Soltame! ¿Qué querés hacer?...
-Lo mismo que te hice en el camping de San Pedro, en la
carpa… ¿te acordás, no? -respondí mientras terminaba de acomodarla y le
asestaba las primeras palmadas en rápida seguidilla…
Hice oídos sordos a sus protestas. Debido a la transpiración,
la delgada seda de la faldita se adhería a mi mano, la recogí. Tenía el vuelo
suficiente para llevarla hasta más arriba de la cintura. Los morenos muslos de
mi dama quedaron a la vista y con ellos el breve calzoncito de encaje, sobre el
que continué descargando mi justiciera mano…
A esta altura Mónica lloraba como una criatura, pedía perdón,
me rogaba que terminara… Pero, con la arrogancia del ganador, resolví extremar
la lección y al mismo tiempo enviar un mensaje a la azorada Patricia que no nos
sacaba los ojos de encima. Me encarnicé con la bombacha y, a pesar de las
súplicas de mi novia, a tirones la hice retroceder casi hasta las rodillas.
Las nalgas de Mónica agitándose y removiéndose al compás de
mis azotes parecían palpitar con vida propia a despecho de su dueña y habían
adquirido una tonalidad escarlata que contrastaba vivamente con el resto de su
piel.”
* * *
No teníamos nada para decirle. Su argumento no aceptaba
ninguna réplica y nosotras no teníamos nada que comentar a nuestro favor. Cuando
Sergio se plantó frente a nosotras con los brazos en jarra, me levanté como un
resorte y me puse contra la pared y cerca de la puerta del comedor, cosa de
“salir de raje” si Sergio venía por mí. Esperaba que Mónica hiciera lo mismo,
pero la muy tonta se quedó quietecita.
Sergio aprovechó para tomar mi lugar en el sillón, y sin
importarle mi presencia tomó a mi primita de las muñecas y de un tirón la colocó
sobre sus rodillas.
La escena que vino a continuación fue increíble: un cura de
sotana con la angelita de su novia sobre sus rodillas, azotándola con la falda
levantada y el culo al aire, poniéndoselo más rojo y caliente que el infierno!
Vaya paradoja: el cura azotando al ángel. El espectáculo
hubiese sido para reírse, pero no me animé. El novio de mi prima estaba muy
enojado y no quería enfurecerlo más.
Ahora ¡que el tipo este ni soñara que me iba a hacer lo mismo
a mí! Yo era la dueña de casa, estaba en MI casa y me tenía que respetar. Pero…
¿porqué me gustaba tanto verlos así? No lo iba a admitir ni lo iba a permitir,
pero me gustaba ver aquello. Además, tenía morbo…
¿Y cómo quedaría el curita zurrando a la diablita? Mmmmmmmmm…
¡Mejor pensar en otra cosa: “Sergio es un bruto, un insensible, y un atrevido
por hacer eso en mi casa… ¡Por Dios que termine de una veeeez! ¡Vaya que
le está dejando colorada la colita a mi prima! Creo que Mónica mañana no se
sienta.”
* * *
“Por el momento me declaré satisfecho con el escarmiento. En
realidad el inconfesable deseo de dar el mismo tratamiento a Patricia me indujo
a liberar a Mónica que cabizbaja salió en dirección al cuarto de baño aullando
lastimeramente como un falderito apaleado.
Me incorporé. Patricia, que por algo vestía de diabla,
adivinó mis intenciones y fue corriéndose en dirección a la puerta. No pude
atraparla, fue más rápida que yo, ganó la salida y en el comedor se parapetó en
el extremo opuesto de la mesa.
-¡Sergio!-chilló- No pensarás tocarme a mi ¿No?...
Asentí con la cabeza mientras avanzaba hacia ella.
-¡No señor, eso sí que no! –gritó desplazándose en sentido
contrario. -¡Vos no tenés ningún derecho sobre mí!
Di un salto, la maldita sotana me quitaba libertad de
movimientos y la diablita resultó ágil como una gacela…Se me escapó y otra vez
se puso fuera de mi alcance.
La persecución, lejos de desalentarme incentivó mis ansias de
nalguearla. La perspectiva de darle sus azotes me acuciaba. Así que resoplando
estábamos nuevamente enfrentados los dos estudiándonos con fiereza…”
* * *
Cuando el muy bestia de Sergio la soltó, mi pobre prima salió
disparada para el baño sobándose la colita y gritando cosas que no entendí.
Ví que Sergio se paró del sillón e imaginé sus intenciones,
por lo que me acerqué a la puerta del comedor todo lo que pude, para tener por
donde huir, cosa que hice rápidamente. En el comedor me fui al otro extremo de
la mesa y desde allí estudié mi panorama, mientras le gritaba para ganar tiempo,
pues sabía que sería en vano hablarle:
-Sergio, no pensarás tocarme a mí ¿no?
Asintiendo con la cabeza vino hacia mí.
-¡Por supuesto que no! Vos no tenés ningún derecho sobre mí
–le dije mientras huía aprovechando que él se enredaba con su sotana y que yo
parecía ser algo más ágil que él a pesar de las sandalias de tacón.
Me puse lejos de su alcance nuevamente, pero no sabía por
cuánto tiempo. Me parecía que esta persecución, lejos de desalentarlo lo había
incentivado y no pararía hasta atraparme. Pero no se la haría fácil, le iba a
costar agarrarme…
Pero ni el diablo ni Dios parecían estar de mi lado. En mi
carrera de huída mi tacón se enganchó en la alfombra y me hizo trastabillar,
segundo que Sergio aprovechó para tomar mi muñeca y torcérmela para poder
dominarme. Y gracias a eso lo logró, sino me iba a agarrar “el día del arquero”
como decimos por acá.
¡Es un bruto, bestia y mononeural! No tuvo ningún problema en
retorcer mi muñeca, doblar mi brazo y llevarme a empujones hasta el dichoso
sofá.
Pero no se la iba a hacer fácil. Tuvo que emplear más de una
estrategia y llave de judo, karate y lucha libre para poder doblegarme y ponerme
boca abajo sobre sus rodillas.
Él sabía que en el menor descuido me escaparía nuevamente,
así que no soltaba mi muñeca por ningún motivo. Creo que le hice transpirar
bastante, además de darle puñetazos por todos lados, pero… salí yo más lastimada
que él.
* * *
“El propio Diablo vino en mi ayuda, aquel traspié fue
oportuno. Patricia tuvo que apoyarse en la pared para no caer y no le di tiempo
a zafar, la agarré de la muñeca y sin lástima se la retorcí, su brazo entonces
se plegó sobre su espalda y con suaves empujones y oportunas presiones la
conduje hasta el sofá. Allí tampoco me dio tregua.
Colocarla boca abajo no resultó nada sencillo, ofreció una
resistencia firme y continuada. En el momento que creía tenerla dominada
desbarataba todos mis esfuerzos puesto que yo podía utilizar solamente una mano
porque si soltaba su muñeca volvería a escapar.
Al final lo conseguí, no sin antes recibir el fuerte puñetazo
que con la mano libre me dio en las costillas. Y por poco consigue soltarse,
pero el golpe me enardeció. Logré hacer que se desplomara como una bolsa de
papas sobre mi regazo y entonces le afirmé el codo en la espina dorsal. Pero no
dejó de debatirse, continuó pugnando por volverse y plantarme cara. El último y
estéril esfuerzo que hizo fue martillarme con el puño mi pantorrilla izquierda,
pero con más daño para su mano que para mi pierna de ex jugador de fútbol.”
* * *
Estaba perdida en aquella posición. Perdida, humillada y…
enojada! Detestaba la idea de que este tipo me hubiera ganado y me tuviera a su
disposición!
Sobre sus rodillas, con el culo en pompa ofrecido a él como
un trofeo, el brazo derecho doblado sobre la espalda y mi muñeca amarrada por su
mano y su codo en mi espalda. Solo podía patalear y eso hice! Hasta que el
hombre de las cavernas me hizo un candado con sus piernas atrapando las mías en
el medio y así me dejó casi inmovilizada.
Recién allí se tomó unos segundos y lo sentí respirar
aliviado, pero sólo unos pocos segundos. Yo también estaba cansada… Y en esa
posición no pude ver que esta vez era Mónica quién nos observaba: el cura
castigando a la diablita!
* * *
“En esa posición podía Patricia corcovear y menearse cuanto
quisiera, pero de la paliza no la libraba nadie, ni siquiera Mónica que se quedó
estupefacta en la puerta viendo como mi mano caía de plano sobre las generosas
redondeces de su primita preferida.
La diabla demostró ser más estoica y aguerrida que mi novia:
en lugar de quejarse y suplicar, no paró un minuto de insultarme. Descargó sobre
mi persona y mis ascendientes directos el rosario más completo de improperios y
palabrotas que existen en el diccionario de la lengua y en el del lunfardo
también.
Como me impuse darles un tratamiento igualitario a las dos,
recogí la faldita roja para dejar al descubierto la minúscula bombachita del
mismo color cuyo sutil tejido salvaguardaba sólo en parte el recato, porque no
brindaba ninguna protección a las nalgas.
La bombacha no representaba un obstáculo a los azotes, -es
verdad-, pero el morboso deseo de descubrirle los glúteos y al mismo tiempo
añadirle un plus de humillación a esa intrigante tramposa, me indujo a bajarle
la prenda. Lo que conseguí apenas y no sin esfuerzo... aumentando mi
propia excitación, claro, porque esa diabla ejercía sobre mi un atractivo fatal…
La piel de Patricia es más blanca y de textura más delicada
que la de Mónica así que el enrojecimiento provocado por la azotaina contrastaba
más aun con la superficie lechosa de sus muslos…”
* * *
Nunca me habían nalgueado, la verdad. Y el haber visto la
azotaína de Mónica me había hecho… ¿excitar? ¡No lo podía creer! Y la pose en la
que estaba también me hacía sentir cosquillitas en ciertas partes… ejem… de mi
cuerpo.
Quería que no se detuviera, y la única forma que encontré de
hacerlo era soltándole todos los improperios y groserías que fui capaz de
recordar.
Sentí los primeros azotes y, si debo confesar la verdad, diré
que me gustaron. Picaba pero se sentía rico. Claro que fueron solo los primeros,
eh?
Cuando sentí que me levantó la falda… me quería morir de la
vergüenza. Las siguientes palmadas cayeron con más fuerza y más seguidas. Ya
picaban y dolían bastante.
No creí que se atreviera a tanto, pero se atrevió aún a
más: bajarme también las braguitas. Eso ya era el colmo, se estaba pasando de la
raya aunque… me gustaba y me divertía sentir su dominio sobre mí (¡perdón
Mónica, pero es la verdad!) . Y por lo que yo podía sentir, tampoco le era
indiferente a Sergio, porque aquello que sentía estoy segura que no era el
misal…
El ardor de mis nalgas me quemaban, pero era una sensación
diferente a lo que había sentido hasta ese momento. Diferente por lo…
¡indescriptible y fabulosa!
* * *
“La excitación me dominaba… El enojo había quedado atrás como
las densas nubes negras de una tormenta de verano aventadas por el Pampero.
Ahora me poseía un encendido e inocultable deseo sexual que la sotana apenas
podía esconder. Liberé a Patricia que corrió a abrazarse a su prima…
Mientras me desembarazaba del disfraz de cura, el espectáculo
de esas dos temblorosas muchachas prodigándose mutuos consuelos inspiraron en mí
la idea de reforzar la lección. Es que el abuso constituye la mayor tentación de
toda posición de dominio.
Me acerqué a ellas, las tomé por el brazo, de la misma manera
como las había sacado el baile. Para mi sorpresa se dejaron conducir dócilmente.
Las llevé hasta el dormitorio, las empujé a la cama. No preguntaron nada, no
protestaron cuando desprendí el correaje dorado que sujetaba las alitas del
ángel y retiré estas. Tampoco lo hicieron cuando les descubrí los maltratados
traseros.
Doblé en dos la delgada tira de cuero dorado y les apliqué
sendos correazos conminándolas a pedir perdón por la travesura y repetí los
azotes.
Remarqué la palabra travesura para demostrarles que había
dejado de darle importancia a la mala pasada que me habían hecho, dos azotes más
después que pidieron perdón dio por saldada las cuentas… Quedamos en paz…
¿Quedamos en paz?”
***
Cuando el cavernícola de Sergio me soltó, fui a abrazarme de
Mónica. Mirando por el rabillo del ojo pude ver cómo se quitaba la sotana y
luego se dirigía a nosotras. Nos tomó del brazo y nos dejamos conducir hasta el
dormitorio. Una vez allí nos arrojó encima de la cama. Estuve a punto de
escaparme, pero sólo empeoraría las cosas para las dos. Así que me mantuve
quietecita mientras él quitaba la correa del disfraz de Mónica, lo doblaba en
dos y se aproximaba a nosotras…
Los primeros correazos se hicieron sentir sobre nuestras
nalgas. Uy ¡cómo ardían!
-Las señoritas estarán conformes ahora, no? ¿Quizás quieran
pedir perdón por esta travesura? –nos decía mientras descargaba el cinto en
nuestras rojas colitas.
-Sí Sergio, sí. Lo sentimos mucho, perdonanos por favor!
Buuaaaaaaaaaa… -decía mi primita entre sollozos.
-Auchisss! Sí, te pedimos perdón –le dije yo sin demasiadas
ganas.
Pero mis disculpas solo eran de la boca para afuera. ¿Quién
se creía este tipo que era para tratarme así?
-Bien –dijo guardando el cinto- entonces quedamos todos en
paz…
-Demos gracias a Dios –dije yo en el tono más burlón que
pude, y desafiándolo con la mirada.
¿Quedarme en paz?...
¿Después de lo que me había hecho? ¡Jamás! Mientras que los
golpes caían en mi trasero, mi mente iba urdiendo una dulce venganza…
jejejejeeee! Le daría a Sergio una pelea que no se imaginaba.
¿Quieren que les cuente qué hice? Pues al día siguiente dejé
a Mónica en la peluquería con un tratamiento que le llevaría algunas horas.
Luego fui por mi venganza: agarré a Sergio del cuello de su camisa, lo arrastré
para dentro de la casa y tuvimos un combate cuerpo a cuerpo en el que quedó
fuera de combate por KO técnico.
Y al final, con la ayuda de Dios Momo y el ambiente del
carnaval… ¡la diablita ganó esta vez!