DIEZ DE MAYO CON MI TÍA VII
Una vez que le di mi respuesta su cara se iluminó del todo.
Sus ojos adquirieron un nuevo brillo y su boca dibujó la sonrisa triunfal de
quien obtiene lo que desea.
Por mi mente pasaron los últimos minutos y me asaltaron
detalles que hasta hace unos segundos me eran prohibidos o cuando menos
invisibles: cuando Juanelo horadaba a mi madre por detrás, machacándole sus
amplias y blancas nalgas, ella besaba a Simone, pero me miraba a mi; pude ver
que al final, una vez que no le permití darme una mamada ni la compartí con
Juanelo, y ya que éste se marchó de la habitación, mi madre cubrió su desnudez
con una sábana, tal como si me dijera que yo no tenía derecho a verla desnuda
nunca más a menos que tuviera el valor de aceptar que quiero metérsela; se
cubrió el cuerpo como una recién violada que siente vergüenza de sí misma, como
una mujer después de la primera vez que cobra por abrir las piernas, como una
esposa que termina el trabajo sucio de la noche de bodas mientras su marido de
boda arreglada ronca a su lado.
Es posible que al momento de decirle que sí tuviera muy
presente la amenaza tácita de que si le decía que no me la perdería para
siempre. Así parecía ser, aunque de cierto, sentía un temor enorme de que aun
poseyéndola la perdería. Las lágrimas se agolparon en sus ojos, en los míos
también, aunque presiento que solo uno de los dos sabía por qué lloraba.
Me abrazó y sollozó.
-Pensé que me rechazarías...
-Tonta, tú eres todo para mí. Rechazarte es imposible. Toma
mi amor como un deber jurado.
Conforme pronunciaba yo estas palabras se caían en pedazos
todas mis limitaciones y mis prejuicios. Por primera vez en mi vida sentí que
decía la verdad. Querer a esta mujer fue mi primer verdad y la había callado
todos estos años, me habían educado para negar este sentimiento tan natural y
obvio.
Su llanto me taladraba el alma y todos mis principios se
batían como granos de arena azotados por las olas de un violento mar. Su cuerpo
me pareció amplio como nunca, caliente como nunca, deseado como nunca, la
deseaba más que cuando en sus pechos yacía la leche que me mantenía vivo.
Nos separamos un poco de nuestro abrazo y, ya sin miedo y sin
dudas, nos dimos un beso dulcísimo. Es sorprendente como se insiste que el sexo
es algo corporal, ajeno a lo espiritual. En este caso, si alguien nos espiase
por la ventana, lo que vería sería a un muchacho besando con pasión salvaje a
una mujer más grandecita que él, vería que al muchacho le tiemblan las manos
mientras sujeta la cara de ella que, indefensa, se deja besar cuidando de
intentar comérselo a su vez; ese fisgón enmudecería de ver con qué dulzura la
mujer abre su bata para el deleite de los ojos del chico, solo para sus ojos, no
para sus manos, y como ese pecho se expande convulso como si estuviese sintiendo
orgasmos en el corazón, mientras el muchacho, sin despegar sus labios de los de
ella, respira con dificultad. Como digo, se diría que es algo corporal y bien
definido, pero ¿dentro? ¿Qué pasaba dentro?
Sus labios eran ardientes, con hambre insaciable, carnosos y
suaves. Mis labios eran como la seca tierra del desierto que da la bienvenida a
ese fresco monzón que eran los suyos. Su lengua comenzó a rozar mi lengua sin
recato alguno y su respiración se aceleró. Nuestros dientes chocaban, le lamía
las encías. Si fuese posible un orgasmo sin eyaculación, un orgasmo que recorre
el cuerpo entero y lo vuelve fantasma, ese lo estaba viviendo en este instante.
El nuestro era un sabor común, nuestra sangre se reencontraba y se sabía de una
misma naturaleza. La textura de su saliva era espesa y dulce, de un gusto
exquisito. No necesitaba estarla penetrando para percibir que ella quería que se
lo hiciera más duro.
Con mis manos atraje su nuca para besarla mas fuerte, y ella
rejuveneció; por instantes vi en ella aquel cuerpo que mi padre encontró
atractivo, aquel que se llenó de semen quedando encinta, su vientre volvió a ser
aquel vientre que ella tocó con ambas manos cuando supo que yo estaba dentro de
ella. Cuando supo que me tendría, y me tendría sin duda. Un viento de libertad
nos agitó las alas.
-Con la seguridad de que ocurrirá me basta. Dejemos el
cumplimiento de este juramento para después. Dejemos que el momento sea el
adecuado.
-Estoy de acuerdo- Dije no sin notar lo afiebrado de sus
ojos, lo tembloroso de sus labios, lo hechizante de sus manos.
Parece raro, pero al no hacerle el amor lo que evité fue un
milagro. Supe que si le hacía el amor justo ahora ella quedaría encinta, pues
todo su cuerpo apuntaba a ello, querría que no me pusiera nada en la verga,
querría que la bañara con semen por dentro, querría ella que ese par de volcanes
que son sus pechos manaran leche inmediata, querría ella que su vientre se
abultara repitiendo mi propia historia, y no sería impedimento su edad, pues
para eso existe Dios y sus milagros.
Yo no lo sé de cierto, pero supongo que esa sensación que
inundaba mi espina dorsal ha de ser muy parecida a la que siente un marido
cuando ha acordado con su esposa que quieren un hijo y esta le dice "Amor,
cógeme que ya no me estoy cuidando, quiero que te me riegues bien dentro, ¿Sí?
Abundante", y el marido se prepara a las noches del más desvergonzado y divino
deber; una esposa así ha de mirar como me miraba mi madre ahora. La certeza de
que nos cogeríamos un día de estos nos hizo prestar menos atención a
dicha posibilidad, y volvimos a ser los mismos de antes: una madre y un hijo.
Nuestra moral se comportó muy raro durante los días
subsecuentes, lucía como una anciana furibunda armada de una escoba intentando
regresar toda el agua de las olas a un agitado mar; era como si se supiera
herida, como si presintiera su muerte, corrió de aquí para allá dentro de
nuestros cuerpos, pasaba de un tejido a otro, como si franqueara una puerta
detrás de la cual observaba lo febril de nuestras células, embriagadas por esta
locura que se diseminaba como una enredadera de fuego; entraba en cada
habitación de nuestro organismo sólo para darse cuenta de orgías que prefería no
haber visto, se llevaba las manos a los ojos para no ver nada, gritaba de
indignación y miedo, y corría a otra parte para encontrarse con más y más
bacanales. Mi moral se incomodaba si al ducharme me lavaba el pene con demasiada
dedicación, y me reprendía gritándome más fuerte y enérgica que nunca; alguien
le dijo que estaba agonizante, pero mi moral no lo quería creer, se fingía
vigente, creía estar de moda todavía, no hizo caso de aquella verdad innegable.
En un esfuerzo inútil ella intentaba hacerme ver lejana a mi madre, me la
mostraba imposible y prohibida, sin saber que con semejante actitud sólo me la
volvía más apetecible y deliciosa.
Es probable que esta aparente lejanía entre mamá y yo no
fuese en realidad un alejarse, sino todo lo contrario, un pacto en el que nos
dejábamos consumir por esta pasión, dejando que nuestras células se convirtieran
a esa nueva religión que era nuestro deseo de estarnos cogiendo como animales,
así fingíamos vivir, transformándonos lentamente en amantes absolutamente
convencidos, deseosos, perfectos, hermosos y capaces de llegar a todo. Nuestra
pobre e inocente moral merecía la más condolida piedad, pues en derredor suyo se
gestaban poco a poco un par de perros fieros que al instante en que la última de
las células expresara su sí, se abalanzarían en contra de ella y la
despedazarían. Éramos dos niños esperando la madurez para aparearse, y la
madurez estaba cerca. Eso no era obstáculo para que durante el tiempo que duraba
nuestra gozosa metamorfosis, gozáramos de placeres que aliviaran un poco nuestro
frenesí, distracciones, placebos que degustábamos con una pasión renovada y
misteriosa. Éramos la tormenta que se acerca, el ojo de un huracán haciendo un
guiño a una mujer desnuda.
La que no tenía descanso era mi tía Simone, pues cuando no
quería cogérmela yo, mi madre estaba dispuesta a hacerla suya, en ella
apagábamos nuestra calentura.
Esos días fueron gloria para mi tía, pues era como si tuviese
dos maridos exigentes que no le dejan tranquilo el cuerpo. Su figura deambulaba
por el mundo con la gracia de una recién cogida. A veces llegaba yo de la calle
y ellas ya estaban entregadas a los placeres, y yo simplemente me retiraba; o
esperaba que mi madre terminara para exigirle a mi tía que me cumpliera a mi
también, y a veces, terminando yo luego de mi madre, me encontraba con la
sorpresa de que mi madre estaba esperando de nuevo su turno.
Mi tía era un placebo, un tentempié, en su carne saciábamos
mi madre y yo la aprehensión de querer cogernos y no poder hacerlo hasta que
nuestros cuerpos estuviesen perfectamente predestinados y transformados en el
otro. Sobra decir que nuestro primer encuentro no lo queríamos con ella, sino
solos.
Los días pasaron calientemente. Mi madre y mi tía tenían el
brío de un par de quiceañeras, incluso comencé a notar que ambas entraron en una
especie de competencia, empezaron a vestir pantalones de mezclilla que hacía
unos meses no se hubiesen puesto, blusas de moda, sandalias juveniles. A mi me
daba un poco pena el decirles –y por eso no lo hice- que algunas de estas
prendas ya no se les veían bien, que lo suyo no era la lozanía de la juventud,
sino la densidad de la experiencia y la habilidad, el placer acedo e inevitable.
Una tarde que fuimos mi madre y yo de compras noté cómo la miraban otras señoras
de su edad, la veían con el desprecio y la envidia con que una cuarentona virgen
ve a una puta de diecisiete.
Mi tía Simone anunció que Lesbia pareció encantada de que nos
fuéramos a vivir con ellas a Saltillo, sin embargo, faltaban algunos detalles,
tales como pintar y colocar estantes y persianas en las que serían nuestras
habitaciones y al parecer estaban en huelga los pintores. Mi madre por su parte
tenía cosas que arreglar en su trabajo, así que no podía moverse de Monterrey.
La solución que ofreció mi tía nos pareció razonable a todos. Yo me iría a
Saltillo con ella, pintaría las habitaciones y colocaría todo lo indispensable
para vivir; mi madre por su parte se quedaría en Monterrey a arreglar sus cosas,
y luego nos alcanzaría en Saltillo, al cabo queda a menos de hora y media de
camino de Monterrey.
Nos fuimos en el auto de mi tía. En el camino ella se orilló
en un acotamiento de la carretera tal como si se le estuviera ponchando un
neumático, pero en realidad se adentró a un motel. Al parecer mi opinión no
contaba para nada, pues se daba por sentado que yo estaría ganoso en todo
momento. Mi tía justificó la desviación diciendo que tenía ganas de consentirme
sin extraños cerca.
No quise reparar mucho en su explicación, ni en las de mi
madre me daba en los últimos días, y no quería escucharlas porque la conclusión
que sacaba de ellas eran conclusiones que no quería yo conocer: que en sus
corazones crecía una envidia y un celo primitivo en el que ambas rivalizaban por
mi cariño. Tal vez este no era problema cuando ellas se sentían dueñas de un
cariño de distinta naturaleza, y al parecer ahora que sus intereses apuntan a
una misma parte de mi cuerpo las cosas sean distintas. ¿Hasta qué grado es
traición no pedirle a mi tía o a mi madre que se retracten de las sutiles
difamaciones que se dirigían? Yo las quiero a ambas, ¿Cómo no sentirme incómodo
si se ofenden?
Mi tía me dio una de las mejores mamadas que me ha dado, tan
intensa y prolongada que los labios le quedaron tan hinchados como si le hubiera
picado en ellos una avispa.
-Este truco no lo sabe hacer Delia...- dijo mientras
enroscaba la lengua en mi tranca para luego menear la cabeza de una manera muy
especial.
Ella quería hacer todo, ella me mamó, ella se me montó, ella
solita se sentó en mi boca para que yo le lengüeteara su coño, ella solita
restregaba su ano en mi lengua, ella me cabalgó con su culo.
Mientras estaba ella empinada en cuatro patas, tuvo que
contestar su teléfono. Yo seguía dándole por el coño mientras ella hablaba con
Lesbia. Su tono de voz era ordinario, como si estuviese respondiendo la llamada
desde una cafetería. Si bien su voz era pausada, en su cara aparecían toda serie
de gestos de estar gozando como una loca la cogida que le estaba dando. Yo me
sentí vulnerable como nunca pues, a juzgar por el extraordinario control de la
voz de mi tía, era imposible detectar lo que estaba ella haciendo mientras
hablaba, y vaya que le estaba dando durísimo. Si ella quisiera verme la cara lo
haría sin complicación de ningún tipo.
¿Cuántas veces hablarán los hombres por teléfono para vigilar
a sus mujeres y se sienten confiados de escuchar sus apacibles y dulces voces al
micrófono sin saber realmente qué están haciendo? ¿Acaso no era una probabilidad
que cuando yo le llamaba ella estuviera ocupada, digamos, con el científico,
desnuda, como escultura de la depravación, provocando la masturbación de éste?
Vamos, me contestaría con esa frialdad que estaba yo viendo, sin inmutarse.
Cuando colgó le pregunté si pasaba algo –eso sí, sin dejar de metérsela
vigorosamente para escuchar como intentaba hablar mientras le estaba dando
bestialmente- y ella contestó que no, que se trataba de una llamada necia de su
hija. Cuando cesó de explicarme aquello empezó a bramar, y no guardó silencio
sino hasta después de venirse varias veces.
Las pláticas desestabilizadoras seguían. Estábamos recostados
en la cama, ella fumándose un cigarro y yo bebiendo una bebida energizante, de
esas que contienen taurina, cuando me preguntó:
-¿Siempre sí van a coger tu mamá y tú?
Me sorprendí. Quizá la competencia entre mi tía y mi mamá era
más seria de lo que yo imaginaba. Por su pregunta me quedaba claro que habían
pasado ya cinco días desde aquella noche con Juanelo y mi madre no le había
contado a mi tía de nuestro juramento y compromiso de hacernos el amor al menos
una vez en la vida.
-Si. No sé cuando, pero me la voy a coger.
-¿Y van a hacerlo solos?
-No sé, supongo que sí, al menos la primera vez.
-Ya veo. Y lo dices tan campante...
Mi tía guardó silencio y, contrario a sus propias costumbres,
se puso a hablar racional y conservadoramente, tal como si de pronto le
importara el orden moral.
-Este mundo moderno me sorprende cada vez más. ¿No te parece
gracioso que estamos hablando tú y yo, tía y sobrino, acerca de que vas a
cogerte a tu madre, como si fuese lo más normal del mundo?
-No sé si gracioso es la palabra para calificar esto.
-Tiene que serte gracioso, si no lo fuese estarías aterrado
de cometer un pecado de esa naturaleza. En fin. Ya que van a fornicar tú y ella
¿Me vas a botar? ¿La vas a preferir a ella? ¿Me vas a encontrar fea, como todos?
-¿De dónde sacas esa idea?
-No me estás contestando...
-No, si le hago el amor a ella no por eso voy a dejar de
cogerte.
-Bien, me consuela eso de que si te la coges a ella eso no va
a significar que dejarás de hacerme el amor a mi.- Esta alteración entre las
frases coger y hacer el amor me puso alerta. Todo lo que dijera podía ser usado
en mi contra por estas hábiles serpientes.
-Vamos tía, yo te quiero igual que siempre. Tu destino nunca
fue ni será ser fea, tu sigues poniéndome tan nervioso como aquella vez que te
vi por primera vez saliendo del apartamento.
-Eso espero...
-Esta nueva geografía no tiene por qué empobrecernos, por el
contrario, puede ser más rico para todos.
-¿Cómo le vas a hacer para llenar a tu mamacita si lo que más
le gusta es tener dos vergas a la vez? No estoy diciendo que una verga de verdad
y otra de plástico, sino dos vergas vivas dentro. En fin. Ya te las ingeniarás.
Ella sabrá como convencerte de que hagas lo que ella desea. Es una manipuladora;
tu mayor acierto será que le tomes gusto a sus órdenes. Igual y ahora que esté
sola termine de hartarse de todos los vicios que dejará de tener ya que se
dedique solo a ti. Como la envidio.
El resto de camino fuimos fundamentalmente callados. Eran
tantos los mensajes subterraneos en las palabras aparentemente espontáneas de mi
tía (Mi madre no me querría a mí en exclusiva, encima yo sería su marioneta, en
este instante estaría ella de puta, etc.) que yo me sentí triste y decaído. Lo
que me entristecía no era que mi madre quedara como una golfa tragavergas
irreprimible -¿Cómo juzgarla si yo, su hijo, quería atravesarla con mi verga en
este preciso momento?- sino que me apenaba que mi tía estuviese atacando a mi
madre de una manera tan desleal. Peor aun, ahora que mi tía se estaba mostrando
tan evidente, descubría que mi madre había hecho lo mismo, pero quizá con mayor
sutileza. ¿Acaso no mi madre expuso a mi tía con la lámpara mágica? ¿Acaso el
mensaje oculto no era que supiera de qué clase de puta me estaba yo enamorando?
Ver la historia de mi tía a la luz de aquella lámpara azul ¿No era para aterrar
a cualquier novio, para hacerlo sentir como un eterno cornudo? Y a eso le
seguían decenas de comentarios. Pude verlo, la guerra había estado desde el
primer instante.
Llegamos a Saltillo. Yo me preguntaba de qué forma le
explicaba Simone a Lesbia el rubor con que llegaba a su casa, un rubor que se le
queda en el rostro luego de hacer el amor; me preguntaba cómo disimula lo
hinchado de los labios, cómo disimula el caminado arqueado de haber sido
enculada salvajemente. Por otra parte estaba la incongruencia en el tiempo.
Cuando Lesbia llamó, Simone le dijo que estábamos por salir a carretera, y no
habían pasado ni treinta minutos cuando llegamos a la casa de mi tía. En fin,
sucedió un incidente que hizo quedaran en segundo plano las explicaciones y que
propició que la presentación entre Lesbia y yo fuese distinta a como la había yo
imaginado.
Llegamos a la casa, o debo decir mansión, en que vivía mi tía
Simone. Ella, lógicamente, abrió con su llave y gritó "¿Quién está?". A lo lejos
se escucharon saltos y cuchicheos, risas nerviosas. Quienquiera que estuviese en
la casa estaba haciendo algo en lo que no quería ser descubierto. Gentil como mi
tía es, decidió no ir a investigar y esperar a que Lesbia saliera de donde
estaba y explicara lo que ella quisiera explicar, y que llegara a nosotros y
dijera lo que ella quisiera decir. Imaginé varias cosas que una chica podía
estar haciendo y que quisiera que no fueran descubiertas por su madre, desde
estar cogiendo con su novio hasta estar viendo una cinta porno o fumar un
porrito de marihuana o probando cualquier otra droga. Al instante recapacité en
que la llamada de Lesbia era para tantear cuánto tiempo tenía para hacer lo que
estaba haciendo, así, si su madre está en Monterrey y ella iba a empezar a hacer
lo que sea, tendría una hora y media de libertad en la que podría usar la casa a
sus anchas.
Por fin salió Lesbia.
Me pareció preciosa.
Lejos de que ella mirase a su madre pareció muy interesada en
mí, es decir, en ver quién era yo. Lesbia estaba despeinada, justo como la chica
que venía detrás de ella.
-Se dice buenas tardes...- dijo mi tía, encarnando una
faceta que desconocía yo de ella, la faceta de madre que quiere que su hija sea
una nena bien educada. Era sorprendente que esa misma boca que ahora intentaba
educar tuviese hace unos minutos una verga metida y ejecutara un truco que
supuestamente mi madre no sabía hacer bien. Eso es lo bello de la vida, la
posibilidad de diversidad; uno puede viajar a muy distintas actividades en un
solo día, bramar de placer en un instante y en otro disciplinar con la misma
garganta.
-Buenas tardes. ¿El es mi primo Lucas?
-Si Lesbia, él es tu primo.
Lesbia saltó de gusto, no sé porqué, tal vez porque no tenía
más primos y le gustaba la idea de tener uno. La chica que le acompañaba parecía
no estar muy contenta de ver el entusiasmo en Lesbia. La celosa amiga no tenía
por qué saber que yo era un objeto por demás inaccesible para su querida Lesbia,
de hecho era algo así como su padrastro.
La amiga era algo bajita, mediría acaso un metro y medio, sus
caderas estaban pequeñas pero muy bien formaditas, una vil rama esculpida con
forma de mujer precedida por una cintura microscópica que hacía de aquellas
curvas una verdadera cadera. No pude evitar pensar que una verga gorda como la
mía haría mucho daño en esta chica. Sus tetitas eran redonditas y voluminosas a
comparación del resto del cuerpo. Pude notar que la chica no llevaba el sostén
puesto, pues se le marcaba sobre la blusa de algodón su par de pezones bastante
endurecidos, y también pude notar que no se trataba de que aquella muchacha no
acostumbrara usar sostén, pues lo llevaba puesto, pero en su bolso (por descuido
salía de su bolsa un extremo de lo que imaginé era su brassiere). Su
cabello era negro, negrísimo, y sus brazos contaban con gran cantidad de vello.
Su rostro era lindo, su nariz larga, su boca pequeña con un labio inferior que
era apenas un botón de rosa y el superior era un piquito muy simpático.
Nuevamente imaginé los estragos que una verga gruesa como la mía podrían hacer
en una chica así. Erróneamente esta lindura había nacido mujer, pues todo su
organismo revelaba detalles masculinos, por ejemplo, su boca, menuda y preciosa,
estaba azulada por pequeños bigotes que hacían de ella una estampa curiosa y a
la vez deseable, un ser extraído de las más oscuras pesadillas de Tiziano Ferro.
Sus ojos eran hermosos, grandes, con unas pestañas inmensas, con el blanco del
ojo purísimo mientras que sus pupilas eran grices. Las mejillas de la chica
estaban sonrojadas y pude distinguir un chupete en su cuello, su cabello estaba
desaliñado y sudado.
Lesbia también estaba sonrojada. Al parecer era de familia
esta manifestación de calentura. Madre e hija se dieron la bienvenida, ambas
notaron en la otra algo sospechoso, ambas callaron, ambas con sus labios
hinchados. Lesbia medía cerca de un metro con ochenta, llevaba una horrible
falda de mezclilla y debajo traía puestas un par de mallas blancas. Su blusa era
de tela que semejaba papel periódico que refería noticias de los años sesentas.
En general su atuendo era característico de lo que llaman happy punk, si
semejante mamada es posible, o vintage, cualquier cosa que ello
signifique. Su cabello estaba algo desaliñado y un poco sudado también, portaba
un par de colitas que parecían orejas de oso.
Detrás de ese disfraz de fea se ocultaba, sin embargo, un
culo espectacular, unas piernas larguísimas y muy gráciles, una cintura
envidiable y un par de pechos casi tan generosos como los de mi madre. Su cuello
era un mástil blanco y precioso, su rostro era triangular, con la barbilla un
poco partida, una boca carnosa y sensual que cuando se reía dibujaba un trapecio
invertido poblado de unos blancos y largos dientes. Su risa, desde el primer
segundo en que la vi, se convirtió en un objeto de culto para mí. Su nariz era
puntiaguda con una ligera curva, y sus ojos eran un par de huracanes expresivos
y conmovedores que llenaban de ternura y candor cada cosa que miraban, sin
embargo, sus cejas camaleónicas podían servir para la ternura o la furia
indistintamente. Sus pestañas eran largas y daban a sus ojos el disfraz de ser
más grandes de lo que eran. Sus ojos eran color avellana. Llevaba unos lentes
igualmente horribles -como cereza de su vestimenta- cuadrados y con mucho
aumento. En general Lesbia me cayó muy bien de manera inmediata. Al parecer yo
le caí muy bien de primera impresión.
La amiga, que crecía en enfado, le pidió a Lesbia que la
encaminara a su casa y Lesbia accedió prometiendo volver.
Mi tía me mostró las habitaciones. Empezamos por el cuarto de
Lesbia. La cama estaba mal tendida, en el suelo y muy mal ocultado estaba una
cajilla de un video porno cuyo título traducido sería "No se requieren hombres",
olía un poco a marihuana. O sea que, de las tres opciones que yo imaginé que una
chica podría querer ocultar a su madre, Lesbia estaba cometiendo las tres. Fue
fácil imaginar que Lesbia y su amiga se estaban dando de mamadas mientras se
fumaban un porrito y veían cintas porno.
-¡A qué niña!- dijo Simone, la recatada madre de Lesbia.
A lado de la habitación de Lesbia había un pequeño gimnasio,
seguido de un patio interior muy pequeño pero que contaba con una pequeña
piscina. Luego estaba el cuarto de mi tía, una habitación sumamente conservadora
donde pendía una ilustración del Sagrado Corazón de Jesús, ni siquiera había
televisión. Después estaba la cocina, que era una cocina muy amplia y funcional.
Seguía un desayunador, luego el comedor, luego una enorme sala que parecía ser
el centro absoluto de la casa, con sillones forrados en piel negra, con diseño
minimalista, una enorme pantalla plana de unas veinticuatro pulgadas, sistema de
home teathre, un aparato de sonido muy sofisticado y un reproductor de
películas. Luego estaba un estudio que albergaba una biblioteca muy bonita y una
computadora que contaba con todos los accesorios para convertirlo a uno en un
vicioso del internet.
Después estaban las que serían nuestras habitaciones, un par
de cuartos con suelo de madera que se separaban por un recibidor que tenía una
fuente. Nuestras habitaciones se conectaban entre sí con las portezuelas que
daban al recibidor de la fuente, que en realidad no era otra cosa sino la
antesala a un baño de lujo con tina, retrete y cuarto de vapor.
Nuestras habitaciones estaban bastante alejadas de las de
Lesbia y mi tía. Me dio mucha alegría ver que mi madre y yo estaríamos tan
aislados y que, si así quisiéramos, las puertas que conectaban nuestras
habitaciones no se cerrarían nunca.
Lesbia regresó y nos sentamos a la mesa. Simone le explicó a
Lesbia que yo era hijo de su tía Delia, le dijo a qué me dedicaba, cuáles eran
mis estudios que había suspendido por gusto y no por burro y que los retomaría
de inmediato; le informó que yo era un muchacho muy serio y que en general no me
gustaban los problemas.
-Le gusta mucho el cine como a nosotras. Escucha música de
toda y no le asustan las cosas que ocurren en el mundo. Es bastante abierto mi
sobrino. Lee mucho también. Tiene además muchos detalles encantadores... oh sí.
Platicamos de películas y de libros. Bastó que le contara que
una de las películas que más disfruto por lo mediocre que resulta ser, ni más ni
menos que "Faster Pussycat Kill! Kill!". En realidad contar la película
es lo de menos, sino que para contar lo que sea de ésta debo aludir a cómo me
hice de material tan raro de encontrar en México, para ello hablo de Russ
Meyer y los géneros que innovó, incluido el sexplotation, hablo un
poco de Tura Satana, la actriz y su dizque trágica vida, luego de todo
ello narro la escena en que está un cabrón tirado en el suelo (luego de que
Tura Satana le da una sofocadita contra un muro, aplastándolo con un auto,
pero sin matarlo, sólo dándole una magulladita), a su lado está otro y a su lado
otro, y empiezan a decir "I´m sorry", y el otro infeliz, tirado en el
suelo dice también "No. I´m sorry", y el otro replica "No. No. No. I
aaaam sorry" y Tura Satana se carcajea de ellos y les dice algo que
en espanglish diría: "Ja, ja, ja. Trío de pendejos, ahora everybody
sorry".
La plática no es edificante, pero sé contarla con maestría y
la atiborro de ocurrencias que van saliendo al vuelo. Con esta plática mis
interlocutores adivinan mi espíritu de bibliotecario, mi condición obsesiva, mi
gusto por el humor negro y los mundillos culturales que la gente hace, además,
me permite ver qué les causa más gracia. Si esta plática les choca, es un hecho
que yo voy a chocarles también; si les gusta, yo les gustaré de alguna forma.
Lesbia estaba muerta de risa. Simone también tenía muchas
ganas de reírse pero por alguna causa se reprimía, tal vez porque lo que más
risa le daba era lo más cruel. Simone suprimía su mordaz carcajada y la
sustituía con un meneo de cabeza y con una frase ñoña que implicaba para mí toda
una sorpresa:
-Hay Lucas, ¡Qué bárbaro eres!
No había mentido cuando dijo que sería capaz de mentir para
guardar ciertas apariencias. En cierto modo me estaba resultando antipático ver
cómo no era capaz de conducirse tal cual ella es frente a Lesbia, pero por otro
lado el juego podía gustarme, pues acá entre nos, una mujer tan bien portada
como lo era Simone acá en Saltillo es el tipo de señora mojigata que me gustaría
volver puta a punta de sistemáticas violaciones. Simone me veía de reojo
mientras yo hacía que Lesbia casi se orinara de la risa.
-Primo, ja, ja, ja, tú estás loco. Esto... esto... esto lo
tienes que contar otro día cuando esté presente Sandra...
-¿Y quién diablos es Sandra?
-¡Sobrino...!
-Sandra es mi amiga que viste hoy en la tarde.
Simone alzó las cejas. En su bola de cristal ya veía ella
varias cosas. Veía ella a Lesbia y yo saliendo a la calle a divertirnos, me veía
a mi rodeado de gente de mi edad.
Sentí de parte de Simone un inédito rencorcillo. Nunca había
platicado con mi tía de "Faster Pussycat Kill! Kill!", quizá porque creí
que era un tema que no le agradaría, demasiado tonto para ella, siempre tan
erudita; pero al parecer discerní mal, el tema le divertía y yo nunca le había
inmiscuido en mi jovialidad, siempre caminábamos sobre su mundo denso donde ella
parecía saber todo, nunca en el mío, torpemente inexperto. El que yo fuera tan
divertido y se lo hubiera ocultado fue como una puñalada para ella.
Por la noche nos fuimos a dormir. Yo dormí en la sala ya que
hasta el día siguiente comenzaría a pintar las habitaciones. Tal vez fue mi
imaginación, pero ninguno de los tres habitantes de aquella enorme casa podía
dormir, ora me paraba yo por agua, ora Lesbia iba al baño, ora mi tía iba al
refrigerador por un poco de coca cola, ora Lesbia iba por agua, ora yo iba al
baño; los tres pensábamos en los demás, esa era mi única conclusión.
Cuando me levanté mi tía ya se había ido a trabajar, sobre la
mesa había dejado una nota, seguramente un mapa que revelaba la ubicación exacta
del almuerzo. De la nada salió Lesbia enfundada en unos pantalones cortos de
algodón sumamente breves. El estampado de los calzoncitos -osos de felpa que
vuelan en nubes celestes- era un contraste extremo con sus largas y hermosas
piernas, mismas que estaban descubiertas casi por completo, pues tan cortos eran
los calzones para dormir que se alcanzaba a apreciar esa pequeña curva en la que
las piernas ya comienzan a ser nalgas.
Mención aparte merecían los vellos que se le salían del
calzón, tan negros y tan abundantes que uno podía imaginarse ya el coño tan
monstruosamente delicioso que Lesbia tenía, seguramente amplio, de labios
carnosos, de sabor exquisito, de calor profundo, de perfume embriagante, de
suavidad enloquecedora; entre sus piernas ella tenía el equivalente a lo que en
un hombre sería tener una verga grande y gruesa, dura e imbatible, llena de
venas, caliente, con un glande magnífico, flexible, de semen sabroso y
abundante, de estertores brutales, docilidad permanente y un temperamento
generoso.
Lesbia llevaba una blusa para dormir a juego, con el mismo
estampado de osos huevones. Los pezones de mi prima daban justo en las narices
de un par de ositos del estampado, y sus tetas saltaban maravillosamente
mientras abría el refrigerador. Su cara estaba hinchada de tanto dormir y su
cabello era un desastre, y aun así resultaba encantadora. Desde luego se dio
cuenta que la estaba mirando pero se exhibió un poco antes de fingir sorpresa
ante mi "repentina" aparición. Me volteó a ver y me dijo una expresión muy
extraña:
-No te preocupes, soy lesbiana.