A sus 18 años, Julio pensaba que lo tenía todo. Una vida
cómoda sin problemas de dinero, buenas calificaciones, una familia sin problemas
aparentes a la que le gustaba la convivencia familiar.
En cuanto al sexo no se podía quejar, la masculinidad y
gallardía heredada de su padre le ayudaba a conseguir mujeres siempre que
quería, aunque no le gustaba atarse a una sola, prefería jugar al novio con
todas las que se dejaran.
Quizá su mayor trauma era no ser tan alto como su padre, pero
sabía que aun no tenía la edad como para alcanzar el 1.85
Por su parte, su hermana Silvia lo aventajaba por dos años y
unos cuantos centímetros de altura hacían que él fuera más alto, pelo negro
hasta los hombros, ojos azules como él y un cuerpo envidiable para cualquier
chica de su edad. Aunque no era una super modelo era muy hermosa, y sus senos, a
pesar de no ser tan grandes como otros, eran redondos y firmes, al igual que su
culito respingón.
Su madre se llamaba Claudia, de pelo negro y ojos cafés, en
su juventud había sido tan guapa como su hija, pero lo único con lo que contaba
ahora era con un cuerpo envidiable para cualquier mujer de su edad e incluso más
joven.
Marcos era la cabeza de la familia. Ejercía la arquitectura a
la vez que gustaba de pintar y ejercitarse. De cabello castaño como el de su
hijo, pero con las nieves del tiempo haciéndose presentes.
El paso de los años había demacrado lo que antes había sido
un motivo de envidia para todos los hombres y un deleite para cualquier mujer, y
aunque había perdido la frescura de sus años juveniles ahora resultaba un rostro
agraciado en menor grado que en antaño, con la expresión de dureza que indicaba
cuan varonil era.
Esa era la familia Cáceres, exitosa, acomodada, unida,
fuerte, solo tenían una debilidad: la separación.
La vida les puso una dura prueba a Silvia y a Julio, pues a
diferencia de su padre nunca habían estado separados mucho tiempo de su mamá, a
quien adoraban y admiraban por ser una mujer fuerte.
Ambos hermanos se asombraron al ver llorando a Claudia junto
al teléfono, secando sus lágrimas con un pañuelo que justamente le servía para
esas ocasiones en que no podía contener el llanto.
Claudia: Hijos, tengo que irme unos días, su abuela esta
muy grave, parece que ya está en las últimas
Silvia: Mami, déjanos ir contigo
Claudia: No, ustedes tienen clases, y su papá tiene que
trabajar. No se preocupen, todo va a estar bien
Y mientras Silvia soltó a llorar al abrazar a su madre, Julio
clavó la mirada en el piso conteniendo las lágrimas que querían brotar de sus
azules ojos. Salió de la habitación y subió a la suya, encerrándose como siempre
lo hacía las pocas veces que tenía ganas de llorar, y entonces se desahogo,
teniendo objetos inertes como únicos testigos.
El día que fueron a despedir a Claudia al aeropuerto sabían
que probablemente pasarían varios días antes de volverla a ver, pues como buena
hija que era seguramente se quedaría hasta el final con su madre, y si lograba
salir de esta entonces se quedaría hasta asegurarse de su mejoría. Por lo menos
tenían el teléfono y el Internet para comunicarse con ella.
Pasaron dos días hasta que Julio comenzara a acostumbrarse a
la soledad. Cuando su mamá estaba en la casa era ella quien propiciaba la
convivencia entre los cuatro, pero sin ella su papá se quedaba en el trabajo
mucho más de lo acostumbrado, su hermana salía siempre después de comer con sus
amigas y no regresaba sino hasta la hora de la cena.
Fastidiado de no ver ni a su padre ni a su hermana más que
por las noches, decidió invitar a salir a Noemí, una chava a la que llamaba
cuando quería algo de sexo sin compromisos, como a él le gustaba. Avisó de
inmediato a Silvia, enviándole un mensaje para decirle que no lo esperara para
comer.
Para su infortunio le surgió un trabajo de última hora a
Noemí, y como necesitaba mucho el dinero tuvo que posponer la cita para otro
día.
Intentó invitar a otras chavas, pero se habían enterado que
Noemí había sido la primera que pasó por su mente para salir y no les gustó la
idea de ser un burdo reemplazo de emergencia, así que todas lo rechazaron.
Desilusionado por tener que pasar otra tarde solo en casa
conducía por las calles, pensando en si colarse con su hermana y sus amigas,
pero no le caían muy bien y sabía que ellas lo despreciaban por considerarlo un
mujeriego. Estuvo tentado a ir solo al cine o a un restaurante, pero la idea de
salir de su casa era precisamente por la soledad, y salir sin compañía era lo
mismo.
Le extrañó ver el auto de su papá en casa, sabía que siempre
comía en una fonda cerca de las oficinas donde trabajaba. Esperanzado en que esa
tarde no estaría solo entró corriendo, pero no vio a nadie, y tras recorrer la
planta baja sin éxito subió al segundo piso, donde estaban las habitaciones.
No encontró a Silvia en su cuarto, ni en el suyo en el
supuesto caso que estuviera revisando sus cosas para encontrar pornografía,
vicio que había heredado de Claudia.
Dejó sus cosas sobre la cama de sábanas azul rey, y extrañado
por la ausencia de Silvia y su padre decidió ir a buscarla al último sitió donde
podrían estar, la habitación principal, la de sus papás.
Conforme se iba acercando escuchaba ruidos, movimientos y
respiraciones agitadas, y entonces se preocupó al imaginar que su padre estaría
con otra mujer, tal vez por eso no encontraba a Silvia, porque al saber que
estaría sola habría salido con sus amigas y al informarle a su papá éste habría
aprovechado la soledad de la casa.
Su corazón latía rápidamente ardiendo en ira de solo pensar
que su padre engañaba a su mamá, y sobre todo por la desfachatez de llevarla a
la casa donde vivían, sin contar con la profanación que hacía al sagrado lecho
matrimonial, pero al abrir la puerta intempestivamente para sorprender la
infidelidad se sorprendió al ver quien era la amante de su padre.
Julio: ¡¿Silvia?!
Gritó incrédulo al ver a su hermana en cuatro patas
recibiendo los embates de su papá por detrás. El rostro de Silvia ni siquiera se
afligió por haber sido descubierta con su propio padre, al contrario, el placer
estaba dibujado en su hermosa y sudada faz.
Cerró la puerta rápidamente y corrió a su habitación,
encerrándose para esperar que alguno de los dos acudiera para tratar de
explicarle lo que ocurría, pasaron varios minutos antes que cayera en cuenta que
eso no pasaría.
Aun no podía creer lo que había visto, pero sobre todo, no
podía creer que fueran tan desvergonzados como para seguir cogiendo sabiendo que
habían sido descubiertos. La cólera volvió a su cuerpo, y salió furioso de su
cuarto para confrontarlos directamente.
Entró a la habitación de nueva cuenta, ahora Silvia saltaba
sobre la verga de Marcos, brincando como si estuviera montando a caballo.
Sus ojos buscaron instintivamente el miembro de su padre, y
lo encontraron siendo devorado salvajemente por el coño de su hermana. Notó que
no usaban condón, pero eso era lo de menos, sabía que lo que hacían estaba mal,
no solo por el engaño del que era víctima su pobre mamá, sino también porque se
trataba de padre e hija, y aun sabiendo eso no pudo evitar excitarse con la
escena.
La rabia que sentía desapareció repentinamente al sentir un
calor naciente en su pecho, mismo que se extendió por todo su cuerpo. Paso a
paso se acercó hasta la cama, los gritos de su hermana y de su padre solo hacían
que se calentara más, igual que la indiferencia que mostraban por su presencia.
Vio los senos de su hermana saltando junto con ella, se
tambaleaban desenfrenados por la cabalgata salvaje de Silvia, y como hipnotizado
los seguía con la mirada, hasta que se decidió a abordar la cama y apretarlos
con las manos para detenerlos y poder chuparlos.
Silvia: ¡Julio!-gritó sorprendida dejando de saltar-¡¿Qué
diablos crees que haces?!
Julio: Lo mismo que ustedes hacen, aprovechar que mamá no
está, y si no quieres que le diga lo que pasa en su ausencia mejor te portas
bien conmigo, ¿Entendiste, perra?
Marcos: ¡Jajaja! ¡Ese es mi hijo!
Silvia: ¡Pero papá!
Marcos: Pero nada, obedece a tu hermano, complácelo como
me complaces a mí
Silvia: Sí papá
Obediente, Silvia dejó que su hermano menor chupara sus
voluptuosos senos cuanto quisiera, parecía un hambriento niño chupando su
biberón, pero no se podía quejar, la capacidad que tenía su hermano para
succionar sus tetas era simplemente asombrosa, incluso le producía más placer
que su padre.
Al principio no estaba segura si dejarse manosear por su
hermano sería bueno, pero al sentir sus caricias, sus manos recorriendo las
curvas de su cuerpo, su lengua rodeando sus sonrosados y bien redondos pezones
mientras sus labios se aferraban a los carnosos melones que tenía por pechos
supo que podría gozar mucho con él.
De su concha comenzaron a manar nuevamente los jugos propios
del placer que sentía, derramándolos libremente sobre las sábanas al no tener
más la verga de su padre dentro para recibirlos.
Inclinó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, estaba
dispuesta a dejarse hacer todo lo que su hermanito quisiera, después de todo
parecía saber lo que hacía. Nunca antes había pensado en Julio de una forma
sexual, aunque había embarnecido en los últimos años y los amigos que en
ocasiones lo visitaban decían que tenía mucho pegue con las chavas para ella
seguía siendo su hermanito, aquel a quien cuidaba y jugaba cuando eran niños,
hasta ese momento.
Sintió los dedos de su hermano invadir su caliente rajita,
dos de ellos fueron los que se movían hacia adentro y hacia fuera una y otra vez
mientras su boca continuaba turnándose entre teta y teta. La otra mano la
sostenía por la cintura para no dejarla caer sobre su papá, que se masturbaba al
ver lo que sus retoños hacían.
Rendida por las caricias de su hermano se dejó caer a un lado
de su padre, que la recibió sosteniéndole la cabeza con su fuerte brazo,
observando el gozo que reflejaba con la cara y con sus gemidos.
Los labios de Julio bajaron entonces hasta su vientre
empapado de sudor, y a partir de ahí recorrieron un lujurioso camino besando su
blanca piel hasta llegar a su coño, encontrándolo mojado y abierto para él.
Sobre los gruesos labios vaginales vio una perlita de carne,
oculta siempre, pero en esta ocasión mostrándose sin pena alguna para él. La
alcanzó con la punta de la lengua, y la mordió delicadamente para sostenerla y
poder lamerla todo lo que quisiera.
Esa vez Silvia no pudo contenerse como lo había estado
haciendo, aulló de placer por las chupadas que su hermano le daba al clítoris,
su punto más sensible y que casi nadie se atrevía a tocar, exceptuando a su
padre, y ahora a su hermanito.
El dedeo seguía constante, en ningún momento paró, solo
cuando los chorros de jugo coñal brotaban de nuevo se detuvo para permitirle a
Julio beber ese delicioso y lascivo néctar proveniente de su hermana.
Ya no podía resistir más. Se irguió entre las piernas de
Silvia bajándose el pantalón y el bóxer, y sin avisarle clavó su verga de un
solo golpe, haciéndola gritar por la inesperada invasión de 18 centímetros y
medio de un grueso trozo de carne.
Marcos no podía estar más orgulloso de su hijo, sin darse
cuenta se había convertido en todo un semental, capaz de volver loca de placer a
su propia hermana, sabía que eso no era muy sencillo, pero él, su retoño, su
legado, su heredero, lo había logrado.
Aprovechando la posición de sus hijos intentó participar en
esa caliente escena, así que se puso de rodillas detrás de la cabeza de Silvia,
meneando la cadera de un lado a otro para ofrecerle su grueso y largo miembro,
más grande y grueso que el de Julio.
Sin pensarlo, Silvia capturó la cabeza de esa verga entre sus
labios para dejar que su papá hiciera el resto, moviéndose como si la cogiera
por la boca. Adentro y afuera, adentro y afuera, algo rutinario, pero a pesar de
ellos delicioso y sin producir hastío, y ahora no solo su hermanito la cogía,
sino también su padre, aunque por la boca.
Marcos: Eso es hijo, pártela en dos, destroza sus
entrañas
Gritaba emocionado el padre al ver a su vástago moviéndose
tan bien dentro de su hermana, a una velocidad que le recordaba aquellas épocas
en las que él participaba en tríos, orgías y todo lo que le propusieran, pero
aun así podía complacer a una mujer con sus bestiales embestidas.
Julio se reclino sobre el cuerpo de su hermana, quedando a la
altura de sus senos intencionalmente para saborearlos de nueva cuenta, a pesar
de haber comido muchos los de su hermana eran incomparables. Su camisa se
empapaba en sudor, pero poco le importaba, el placer que le brindaba el coñito
de su hermana bien valía la pena.
Sin dejar de chupar esas redondas y firmes cumbres, levantó
la mirada para observar la manera en que la verga de su padre aparecía y
desaparecía entre los labios de Silvia, era tan grande que se preguntaba si no
se lastimaría la garganta.
Vio salir por última vez el grueso palo, salpicándolo con un
poco de la saliva de su hermana e irguiéndose orgullosamente frente a él,
apuntándole con la cabeza como si amenazara con dispararle sendos chorros de
leche.
Tal vez fue la excitación del momento, tal vez fue porque
siempre se había preguntado a qué sabría un pene, tal vez no era ninguna de las
dos cosas, lo cierto es que en ese momento se le antojo la verga de su padre.
Apoyando los hombros sobre la cama se levantó un poco para
alcanzarla, dándole primero una lamida y después metiéndose todo lo que pudo a
la boca.
Padre e hija se sorprendieron por lo que Julio había hecho,
nunca pensaron que a aquel pequeño niño al que había criado él y con quien había
crecido ella tuviera esas preferencias, pero a decir verdad no les importaba,
cada uno estaba ocupando disfrutando a su manera.
Julio saboreaba la verga de su papá, y tras varios minutos de
estar mamándola percibió el sabor de los fluidos vaginales de su hermana, mismos
que había bebido de su caliente cáliz.
Marcos: Ah, eso, chupa la verga de papi, lame todo lo que
quieras
Se topó con la mirada de su hijo, que la había levantado para
observarlo como buscando su aprobación. Los ojos azules brillaban al escuchar
sus palabras, era como si se sintiera feliz por complacerlo.
Y sin previo aviso descargó poderosos chorros de semen en el
rostro de su hijo, sacando previamente el pene de entre los calientes labios.
Con la cara llena de leche paterna, Julio continuó bombeando
dentro de Silvia, con más fuerza que antes. El roce frenético de su verga con
las paredes vaginales de su hermana provocaba que ambos aceleraran sus gemidos,
y con un temblor en su cuerpo dejó salir todo su semen en su interior.
Silvia se quedó tendida después de tener su orgasmo, justo
después de sentir el caliente líquido llenarle el coño, lacia y satisfecha sobre
la cama, dejando que su hermanito siguiera chupándole las tetas.
Al abrir los ojos nuevamente se dio cuenta que su papá tenía
una cara de satisfacción que no podía con ella, tal vez porque Julio le había
chupado la verga, tal vez porque estaba orgulloso de él por haberla llevado a un
salvaje orgasmo como los que solamente él podía brindarle, lo cierto era que
nunca antes lo había visto así, tan feliz.
El orgulloso padre acarició la dulce cara de su hija, perlada
por el sudor. Observó a su hijo comiéndole los pechos a su hermana como si fuera
un animal hambriento, y sonrió no solo por saber que su hijo había heredado su
apetito sexual, sino también su bisexualidad.
Marcos: Parece que nos divertiremos mucho en ausencia de
su madre, ¿Eh hijos?
Ante el comentario Silvia sonrió, lamiéndose los labios y
guiñándole un ojo; por el contrario, Julio se separó abruptamente del busto
fraterno y salió de la habitación, dejando a su hermana sorprendida por su
actitud y a su padre triste, haciéndolo pensar que su molestia había sido culpa
suya.