23
Laura estaba siendo salvajemente penetrada por Ricardo,
gozando como nunca había gozado. Su polla entraba una y otra vez en su coño, y
Laura pedía más, y más…
Y entonces Laura despertó. Estaba en su habitación, era la
tarde del jueves y se había quedado dormida en su mesa, donde estaba trabajando.
¡Qué sueño! Había gozado más que en cualquier momento de su vida, y no era más
que un sueño. Laura estaba temblando y sudando.
"Eres la chica más lista de tu edad que he conocido. Y la más
guapa"
No se podía concentrar en sus deberes. No podía. No hacía más
que pensar en aquel hombre, en Ricardo. Pensó que lo mejor sería salir a la
calle un rato, para relajarse y despejarse. "Y tal vez vea a Ricardo". A pesar
de que el pensamiento era absurdo (vivían en las afueras), no pudo evitarlo. Tal
vez fuera por eso que, inconscientemente, eligió una falda en vez de sus
habituales pantalones; y tampoco se puso una blusa demasiado holgada. Bajó de un
salto al piso de abajo.
Su madre, como siempre últimamente, se hallaba ausente. En su
defecto, había una criada en la cocina, recién contratada por su madre,
encargándose de la cena. A Laura no le hacía mucha gracia que otra persona
entrara en la casa, suplantando a su madre en parte. Pero lo peor no era eso. Su
madre seguía vistiéndose como una zorra (Laura no podía buscar otro adjetivo)
para ir a cualquier sitio, pero la diferencia era que ahora estaba siempre muy
contenta. Además, había oído comentarios en el Instituto según los cuales su
madre se estaba comportando realmente como una zorra. Ya para colmo, varios
alumnos en el Instituto (los más estudiosos) comentaban que ya no daba las
clases como antes, que no las preparaba tan bien… Y eso debía ser verdad, porque
Laura nunca la veía haciendo lo que tenía que hacer.
Todavía pensando en eso salió de casa. La brisa fresca del
atardecer atizó su rostro, y Laura olvidó a su madre y se puso a pensar en
Ricardo de nuevo, mientras caminaba lentamente por la calle. Era imposible que
se encontrara con él por aquí. ¿Para qué iba a venir? Por eso Laura no estaba
preparada para oír de nuevo su voz.
-Hola guapa.
Ricardo estaba de pie, detrás de ella.
-Ricardo –la cara de Laura se iluminó con una sonrisa. -¡Qué
sorpresa! ¿Qué haces aquí?
-¿Y si te dijera que he venido a verte? –le contestó
sonriente.
-No te creo… ¿para qué querías verme entonces?
-Digamos que simplemente me gusta verte.
Laura estaba cada vez más cortada. Las palabras llegaron a su
boca antes de que se diera cuenta, y a medida que las iba diciendo se daba
cuenta de la estupidez que estaba haciendo, pero no pudo evitarlo.
-Ricardo, estoy enamorada de ti. Estoy locamente enamorada de
ti, perdidamente enamorada. Haría cualquier cosa por ti. Eres como… un…. ángel…
para mí…
Entonces se puso coloradísima y huyó corriendo. No paró hasta
llegar a su casa. ¿Qué coño había hecho? ¿Había echado a perder la única
oportunidad de estar a aquel hombre que tanto deseaba? ¡Qué estúpida había sido!
Pero si hubiera mirado a la calle hubiera visto la sonrisa de
lobo que puso Ricardo. Y se le hubiera alegrado el corazón.
24
Álex y Sandra estaban tan pegados y tan abrazados que era
difícil distinguir de quién era cada brazo y cada pierna desnuda. Se acababan de
echar el polvo más bonito, más apasionado, más duro y más sentido de toda su
vida. Al menos así era para Álex. Y la cara de satisfacción de Sandra no dejaba
tampoco lugar a dudas.
La habitación se hallaba a oscuras, ya era tarde.
Afortunadamente sus jadeos y suspiros no parecían haber traspasado las paredes
de aquella habitación.
Estaban ambos sudando. Los labios de Álex buscaron de nuevo
las de Sandra, comenzando otro apasionado morreo. Se iban calmando, ya. Pero sus
cuerpos seguían pegados.
Álex había follado innumerables veces, con todo tipo de
chicas, pero ninguna vez había sido como esta. Sus cuerpos se habían fundido
perfectamente desde que entraran a la habitación de Sandra. Sus movimientos
parecían previamente estudiados y ensayados. Casi sin decir una palabra, los dos
sabían perfectamente qué hacer, qué quería el otro. Parecían hechos a medida.
Álex y Sandra. Parecía una unión tan natural…
Finalmente Sandra se hizo a un lado. Álex apartó su melena
rubia de la cara y encendió un cigarro.
-¿Qué tal, mi amor?
Los ojos de Sandra brillaban en la oscuridad.
-De puta madre –dijo sonriendo. -¿Tú?
-Nunca mejor.
Las palabras sobraban en aquel momento. Álex miró al perfecto
cuerpo que hacía unos segundos estaba sobre él. Una melena teñida con tonos
amarillos y marrones, ahora suelta, ocultándole parcialmente la cara. Un cuerpo
moreno, fuerte y a la vez delicado y femenino. Suave. Con unas grandes curvas.
Las tetas más ricas que Álex nunca había probado. Unos pezones duros y oscuros
que invitaban al morbo…
Al lado de otro cuerpo, masculino, musculoso, fuerte y duro,
perfecto.
-Pensar que te resistías a salir conmigo…
-¿Qué quieres? No soy una chica fácil.
Ambos sonreían. Álex adivinaba el pensamiento de la chica, y
estaba seguro de que ella el suyo también. Pensaban al unísono, lo mismo.
-Es una pena que tenga que irme… -dijo Álex con voz melosa.
-Es un poco tarde para volver a casa. Puedes tener un
accidente en moto… -dijo Sandra con picardía. –O pueden atracarte… o incluso
violarte, y yo me pondría muy celosa… Quédate aquí toda la noche.
-No podré dormir. Tus padres están por ahí. Tu hermano es mi
amigo y está al lado. Y… tú no me dejarías cerrar ojo, no puedo apartar la vista
de tu cuerpo… y de tu cara –Álex hablaba lentamente, casi más para él que para
ella.
-Bueno… no te preocupes por mis padres, no se enterarán de
nada. Ni de mi hermano, no es la primera vez que estoy con un chico aquí. Olvida
que es tu amigo. Y con respecto a mí… -sus ojos brillaban con malicia –¿quién te
ha dicho que vayamos a dormir?
Álex se lanzó sobre Sandra. Los dos cuerpos se volvieron a
fusionar y durante horas, fueron uno sólo de nuevo.
25
Ricardo se sentía victorioso. Estaba a punto de ganar la
partida. Y no había sido difícil.
La niña era bastante tonta. Había caído a sus pies.
Con una facilidad asombrosa. Con demasiada facilidad.
Un pequeño sentimiento de compasión se apoderó de Ricardo. La
verdad es que era una niña tan inocente… parecía cruel hacerle nada.
En seguida la crueldad se apoderó de él. La niña apareció en
la calle, y Ricardo no pensó en otra cosa que en apoderarse de ella y obligarla
(no por la fuerza) a cambiarla totalmente.
Al fin y al cabo, era el precio justo por estar esperando
horas y horas enfrente de su casa.
Cuando Laura lo vio quiso evitarlo. Cruzó la acera. Ricardo
respiró hondo, como siempre que quería calmarse. Sonrió y cruzó la acera.
-¡Laura! ¡Espérame!
Como única respuesta Laura apretó el paso.
-Laura por favor… -Ricardo la alcanzó. –Déjame decirte lo que
te tenía que haber dicho ayer, cuando tú me confesaste lo que sentías por mi. De
no ser yo tan cobarde, todo estaría ya solucionado.
Ricardo pensó que tendría que haber sido actor, cuando Laura
se quedó quieta y se dio la vuelta, lentamente. Le miraba con ojos llorosos.
-Ricardo, lo siento, no debía haber dicho nada.
Ricardo le puso un dedo en los labios.
-Laura, ¿crees que yo no estoy perdidamente enamorado de ti?
–Laura alzó la cabeza, esperanzada. –Laura, estoy loco por ti. Desde la primera
vez que te vi, quedé embobado al ver lo guapa que eres, y lo inteligente y
simpática que eres. No te he dicho nada porque pensaba en mi familia… Pero esto
es demasiado fuerte para seguir ocultándolo.
-¿Me lo dices de verdad? –dijo la niña, con una voz
absurdamente infantil.
-Totalmente.
Lentamente, ambos se dieron un beso. Un beso en los labio. Un
simple beso.
Pero aquel beso cambiaría la vida de Laura.
-Ahora escúchame, Laura. Esto que te voy a decir es muy
importante. Yo tengo treinta años más que tú. Una familia, una mujer y tres
hijos. Y no les quiero hacer daño.
-Tranquilo, eso no me importa –dijo Laura. –Lo único que me
importa es estar contigo.
Ricardo sonrió.
-En ese caso, tendríamos que mantener lo nuestro en secreto.
Seremos amantes, pero sin que lo sepa nadie. Como si fuera una película.
-Perfecto. Entiendo que no quieras hacer daño a tu familia.
No te preocupes. Haremos todo como tú lo digas.
-Muy bien, Laurita. Yo estoy muy ocupado muchas veces… pero
te voy a proponer una cosa. Para que nos conozcamos a fondo, y para comenzar
nuestra relación… creo que deberíamos estar juntos durante unos días. Un fin de
semana. –Ricardo aparentó duda. -¿Qué te parecería si el fin de semana que viene
(este no, tengo un compromiso) fuéramos los dos a una casa de campo que tengo.
Los dos solos. Un par de días.
"Jaque", pensó Ricardo. Ahora tenía que esperar cómo
reaccionaba. Suponía que la niña pondría pegas, o dudaría, o que diría que
tendría que hablar con su madre. Pero la respuesta lo sorprendió.
-Me encantaría, Ricardo. Cariño. No hay ningún problema. Me
encantará estar contigo solo en la casa de campo. Haré todo lo que me digas, no
seré un estorbo. Y sé cocinar, limpiar…
-¿Y tu madre?
-No te preocupes. Me dejara. Yo me encargo de ello. –y le dio
otro beso, más profundo.
"Jaque mate" .
26
En la agenda de Ángela el sábado veinticuatro de octubre
estaba marcado con un rotulador rojo. Un curioso círculo con una ligera forma de
corazón. Era el día en que había quedado con Ricardo para cenar.
Aquella noche Ángela estaba sola en casa (exceptuando a
varios criados que no cuentan, todos ellos se irían a casa pronto), poniéndose
el mejor vestido negro que tenía, y muchas joyas y colgantes de oro, auténticos.
Quería estar bien guapa para Ricardo. Sus dos hijos estarían fuera toda la
noche. Su marido, muy enfadado, se había marchado a los Pirineos, junto con otra
pareja.
"Yo debía haber ido con él". Pero si había que elegir entre
un fin de semana en los Pirineos con su marido esquiando y ella aburrida
charlando en un restaurante con un montón de gente rica, y una cena con Ricardo,
se quedaba con lo segundo. A su marido no le había dicho lo de la cena. Por si
acaso. Ángela no creía que estuviera mal cenar con otro hombre, pero a su marido
no le hubiera gustado saberlo. Mejor mantenerlo en secreto.
Ya que la casa estaría vacía, Ángela pensó que podría invitar
a Ricardo a tomar una copa a su casa, después de la cena. El pensamiento le vino
de repente, y no quiso pensar en ninguna posible consecuencia. Iba a pasárselo
bien con otro hombre casado y ya está.
27
Ricardo entró en casa de Ángela tras ella. Eran ya más de las
doce, pero la cena se había alargado. No había estado mal, aunque Ricardo se
había aburrido un poco. La cara de boba que ponía Ángela delante de él era de
chiste. Después, Ángela misma le había invitado a su casa. Había conducido él,
que no había bebido. Pero se había asegurado de que Ángela bebía varias copas.
En la casa no había nada barato. Todo en perfecto orden,
hasta los más mínimos adornos eran de lujo. Entraron en la sala, donde Ángela
sirvió otras dos copas de champán, del auténtico.
-Muchas gracias por todo, Ricardo.
Ricardo se estaba cansando de aguantarla. Ya era hora de ir a
saco.
Su mano derecha apretó una teta de Ángela, sobre el vestido.
Y Ángela no se movió.
Ricardo siguió estrujando, apretando, pellizcando, haciendo
daño en aquella teta.
Ángela no se movió.
Ni dijo nada.
Empezaron a morrearse. La copa cayó de la mano de Ángela, y
se rompió. Las manos de Ángela comenzaron a acariciar la espalda de Ricardo.
Éste sacó las tetas de Ángela del escote y comenzó a estrujarlas, a mamarlas,
con fuerza, haciendo daño.
Y Ángela se dejaba hacer.
-Vamos a mi habitación, cariño –fue lo único que dijo.
Nada más entrar se tiraron a la enorme cama de matrimonio de
Ángela. Que estaba rodeada de fotos de toda su familia.
Y en la cama, Ricardo y Ángela se desnudaron y follaron.
Follaron salvajemente. Ricardo clavaba su considerable polla en las entrañas de
Ángela, muy a su pesar, con condón. Ya habría tiempo de hacerlo sin él. Sin
parar, seguía chupando y succionando aquellas tetas que necesitaban una mejora.
Tras correrse, le exigió que le hiciera una paja. Ángela se la hizo sin
rechistar. No se atrevió a hacerlo por el culo, de momento. Por no estropear la
jugada.
Después, Ángela quedó dormida, y Ricardo encendió un cigarro,
saboreándolo lentamente.
Ángela se despertó cuando los primeros rayos de sol entraron
por la ventana. Ricardo seguía fumando tranquilamente. No había dormido. Estaba
demasiado excitado para ello.
Ángela pensaba que el momento del morbo había pasado. Ricardo
sabía que ahora empezaba todo.
-¡Dios mío! Ya es por la mañana… ¿Qué he hecho? –Ángela
estaba aterrorizada. –Tienes que irte de aquí antes de que vengan mis hijos. Y…
tengo que recoger todo antes de que lleguen los criados también…
Se había levantado de la cama, desnuda como estaba, y estaba
buscando la ropa esparcida por la habitación. Ricardo observó su figura, que no
estaba mal, pero le faltaba mucho para estar medianamente bien. Las tetas eran
demasiado pequeñas, una talla 85 o 90 solamente, y bastante caídas. Sus dos
embarazos también habían deformado su vientre.
-…porque no pueden ver todo esto. No sé qué pasó, prefiero no
pensarlo…
Ángela se volvió y vio que Ricardo no se había movido de la
cama.
Fumaba tranquilamente.
-Te ha encantado. Dilo. –dijo simplemente.
-Sí, cariño, me ha encantado. –Ángela no paraba de moverse.
–Pero ya hablaremos otro día. Ahora te tienes que ir…
-No me voy de aquí todavía.
-Cariño, pueden llegar en cualquier…
-HE DICHO QUE ME QUEDO AQUÍ.
Su voz autoritaria hizo que Ángela parara en seco. Ya no
estaba mirando a un hombre amable y sonriente. Ahora miraba a un hombre
totalmente serio, mirándola cruelmente.
-Escúchame. ¿Tú crees que a mi me ha gustado lo de hoy? Lo
único que he hecho ha sido complacerte. Y ahora ya no lo puedes evitar. Estarías
dispuesta a hacer lo mismo.
Nadie dijo nada. No se oía más que el lejano rumor de un
motor.
-Yo estoy felizmente casado, y no encuentro ningún atractivo
de momento en tu cuerpo. Si quieres algo conmigo, tendrás que estar dispuesta a
hacer muchas cosas, Ángela.
Ángela había bajado la mirada, dolida, pero no dijo nada.
-Sólo hay un modo de que te acepte (y sólo a veces, cuando me
apetezca a mi): vas a ser mi puta y esclava particular.
Ángela lo miró asombrada, pero Ricardo no se inmutó.
-Vas a servirme y obedecerme en todo, adorarme como si fuera
tu Dios. Te voy a putear y te voy a poner en situaciones muy desagradable y
humillantes, además de obligarte a servirme y castigarte. Voy a destruir todo lo
que tienes. Pronto perderás a tu familia, tu nueva actitud lo hará inevitable.
Tu actitud cambiará a la par que tu físico. Te voy a utilizar como a la más
vulgar de las muñecas, y tú me agradecerás de rodillas todo esto. Y de vez en
cuando, te dejaré follar conmigo, sí.
El silencio que siguió a estas palabras fue sepulcrar.
Ricardo, sonreía para sus adentros.
-¿Te ha quedado claro, verdad, puta de mierda? Bien, tómate
tiempo para pensártelo. Exactamente dentro de dos semanas haremos una tercera
cena. Te espero en el mismo restaurante que ayer, a las diez en punto. Si no
acudes, te olvidarás de mi para siempre, y eso es algo que no puedes hacer. Si
acudes, asegúrate de despedir todo lo que tengas. No es más que una elección.
Dicho esto, Ricardo se levantó y se vistió. Ángela estaba tan
quieta que parecía que se había quedado petrificada. Ricardo salió de la
habitación sin decir nada más. Cuando cruzó el umbral pensó, "Alea jacta est".
28
A Sara la obsesionaba una sola idea. "Ya falta menos de una
semana". Tan sólo unos días para que llegara el dichoso uno de noviembre. Una
semana, y podría ser la zorra de Álex, como él quería.
O bien, una semana y Álex le diría que la olvidaba para
siempre. Pero Sara no podía creer que eso ocurriera. Había obedecido a Álex en
todo.
Sabía que la situación pronto se volvería cada vez más
insostenible. Ya, en cierto sentido, se estaba volviendo insostenible,
imprevisible e incontrolable.
Como por ejemplo, la víspera, un domingo, en que Sara se
había ido como de costumbre a un bar, para exhibirse y zorronear. Encargándose
siempre de sacar fotos para poder probarlo. Estaba siendo "atacada" por varios
hombres cuando su madre la llamó al móvil. Pensó en no contestar, pero
finalmente lo hizo.
Su madre estaba preocupada. Le empezó a hablar de la ropa que
llevaba el otro día, que no era lo adecuado… y de mientras Sara estaba siendo
sobada por varios hombres. No estaba segura si su madre lo había oído o no. De
repente se había callado y colgó. Sara no se atrevió a volverla a llamar.
Además, le daba igual. Pronto su vida cambiaría del todo. Y a
mejor.
También en el instituto comenzaba a tener problemas. Al
principio, los alumnos se habían quedado cortado con su cambio de look y
actitud, intentando no forzar la situación. Pero, claro, cuando vieron que Sara
seguía igual o más zorra día tras día, comenzaron a forzar la situación, poco a
poco, para ver si les paraba o no. Y Sara tenía muy presente sus órdenes.
"Insinúate. Compórtate como una zorra".
Nunca les podía decir que pararan.
"Esté quien esté delante".
Era lo que más le dolía a Sara.
Salía del Instituto andando junto con su hija, de camino al
coche. Vestía una larga falda negra con una gran apertura a un lado, y una blusa
blanca, muy prieta, que transparentaba ligeramente sus tetas sin sujetador. En
un momento, una cuadrilla de chicos les alcanzaron. Tenían unos diecisiete años,
eran de bachillerato.
-Hola Sara. Hola Laura –dijeron sonrientes.
-Hola.
"Sé complaciente"
-¿Vais hacia el parking? –preguntó uno.
-¿Las dos ricuras del Instituto?
"Esté quien esté delante"
Normalmente nunca le dirían esas cosas, pero Sara no tuvo
otro remedio que sonreir.
-Sí, guapos.
-Sara, me encanta la blusa que llevas hoy.
-Sí, mola. Aunque yo desabrocharía otro botón, ¿no te parece?
Tienes qué lucir.
Teniendo en cuenta que Sara, como siempre, llevaba ya un gran
escote, la sugerencia estaba fuera de lugar. Las tetas ya se asomaban
peligrosamente. Sin embargo, sonrió.
-Claro que sí, no se me había ocurrido. –soltó otro botón.
Ahora las tetas se asomaban muchísimo, estaban a punto de salir. –Gracias.
-Así mucho mejor, sí.
Sara evitó mirar a su hija, que seguía caminando a su lado.
-Pero a mi me gustó más el top del otro día, Sara –djo otro
alumno, que era negro.
-Sí, ¿por qué no lo traes mañana?
"¡Qué capullos"
-Claro, lo traeré –Sara sudaba. Pero no podía evitar mojarse,
aunque su hija estuviera allí, aunque aquellos chicos se estuvieran aprovechando
de ella. ¿Ella misma lo había decidido, no?
Llegaron al coche. Sara se movía con cuidado para que sus
tetas no salieran. Laura se sentó en su asiento y cerró la puerta. Cuando Sara
iba a entrar, los chicos le pararon.
-No sé, yo diría que aún debería soltar otro botón, ¿no?
–dijo el negro. –¿Qué te parece, Sara?
Sara se humedeció y contestó sin pensarlo.
-Sí, claro.
Desabrochando otro botón las tetas prácticamente quedaban
fuera. Se veían hasta las aureolas, la mitad entera de las tetas. No podía
moverse si quería que no se vieran…
-¡Venga mujer, entra al coche, que tu hija te espera!
Sara les sonrió y comenzó a entrar al coche. La teta derecha
salió limpiamente de la blusa, y quedó colgando a la vista de todos. Una gran
teta, firme, redonda. Con un pezón firme y oscuro en el centro. Los chicos
comenzaron a descojonarse. Sara, roja como un tomate, entró al coche, se metió
la teta en la blusa pero no lo abrochó. Su hija miraba al otro lado.
Mientras arrancaba el motor y se alejaba, y aún oía las risas
de aquellos chicos, no pudo evitar ponerse muy muy cachonda, pensando en lo
justo que había estado, y en que la próxima vez aún sería peor.
29
Durante toda aquella actuación penosa de su madre, Laura
intentó aparentar que no se enteraba de nada. ¿Cómo coño podía comportarse su
madre así? Cansada ya de su actitud, decidió abordarla.
-Mamá. ¿Por qué les estabas haciendo caso? No ves que son
unos idiotas…
-Bueno, Laura, déjame. –su madre no la miraba directamente,
estaba concentrada conduciendo. –Sé lo que estoy haciendo. Además, no es mala
gente. Son unos chicos divertidos y majos. Me gustaría verte a ti también con
chicos más a menudo…
El genio de Laura era muy vivo, y perdía la paciencia
fácilmente.
-Por lo menos yo no voy enseñando las tetas por ahí. –nada
más decirlo se arrepintió de haberlo hecho. Su madre parecía muy avergonzada.
Pero entonces se dio cuenta de que tenía que aprovechar que
estaba en ventaja sobre su madre. Había prometido a Ricardo que su madre no se
opondría a que pasara un fin de semana con él, pero sabía que no era cierto.
Pero con su "nueva" madre, ahora que parecía avergonzada…
-Lo siento mamá. Te tengo que pedir un favor. –lo mejor era
decir todo seguido. Pero no hacía falta decir la verdad –Mi amiga Soraya, ya
sabes, tiene una casa de campo. No está lejos y… me ha invitado a pasar el fin
de semana con ella.
-¿Solas?
-Sí. Ya tenemos trece años, no somos niñas. Además, tú
siempre dices que debería salir más… no hay nada malo en que pase un par de días
sin ti. –en el fondo, Laura pensaba que ya llevaba demasiados días sin estar con
su madre realmente.
-No sé, Laura. ¿Y la comida?
-Sabemos cocinar, mamá. Nos lo pasaremos muy bien, no nos
meteremos en líos.
Su madre parecía dudar. De repente preguntó.
-No iréis con algún chico, ¿no?
-¡Claro que no! Para nada. –en el fondo, era verdad. Ricardo
era un hombre.
Sara suspiró.
-De acuerdo. Puedes irte. Pero nada de tonterías, jovencita.
-Tranquila, mamá. Me comportaré como una perfecta señorita.
Una vez en casa, Laura no perdió un segundo en llamar a
Ricardo, cuyo número le había dado en su último encuentro y ya se lo sabía de
memoria.
-Hola… Ricardo. Ya está, he hablado con mi madre y no hay
problema. Puedes venir a recogerme el sábado, pero sin que te vea ella.
-Perfecto guapa. El sábado a las nueve de la mañana estaré
allí. Vente guapa.
-Claro. Un beso.
Y por primera vez, Laura decidió que iría muy guapa a una
cita.
30
La casa de campo de Ricardo era magnífica, tal y como pudo
comprobarlo Laura nada más llegar. Estaba alucinada: iba a pasar allí un par de
días, siendo una especie de novia o amante secreta de aquel hombre que
significaba tanto para ella.
Aquel sábado, último día de octubre, estaba siendo perfecto
para Laura desde el comienzo. Con un sol radiante (uno de esos últimos días
soleados del año), la niña se había vestido especialmente guapa para Ricardo.
Aparte del tanga, no había querido ponerse falda, pero se puso unos pantalones
vaqueros muy cortitos y prietos, dejando al descubierto todas sus piernas, lisas
aún sin necesidad de depilación. Llevaba unas sandalias sin tacón. Arriba se
había puesto una camiseta informal que marcaba bien sus formas, y un poco
escotadita. Además, en el último momento hizo un nudo en la cintura, dejando
parte del ombligo al aire. Y se había maquillado más que nunca, sin pasarse,
pero aparentando más años de los que tenía. El pelo negro suelto. Como esperaba,
Ricardo no paró de decirle lo guapa que era en todo el viaje.
La casa estaba rodeado de un gran terreno. Había varios
caballos, que los cuidaba un chico que venía todos los días. La casa en sí era
grande y bastante lujosa, y estaba bien cuidada. La cocina estaba llena de
comida.
-Laura, cariño. No te comenté que no soy muy buen cocinero.
Espero que sepas cocinar…
-No te preocupes, cariño –contestó ella sonriente. Ahora ya
le llamaba cariño y le encantaba. –Yo me encargaré de preparar todas las
comidas.
Ver la sonrisa de satisfacción de Ricardo la alegró tanto que
no pensó en todo el trabajo que tendría que hacer.
-Bien, Laurita. Ahora me apetece tumbarme un rato al sol, que
estoy cansado. ¿Por qué no me sacas una cerveza y luego vas a la habitación a
dejar tus cosas?
Laura le sacó la cerveza, mirando a Ricardo extasiada (se
había quitado la camisa), y luego subió su mochila a la habitación. La única
habitación de la casa.
Nada más entrar en ella, se puso nerviosa. No lo habían
hablado, pero era obvio que tendrían que dormir juntos, en la misma cama. ¿Y si
él quería algo más? Laura no sabía si estaba preparada o no… Observó
detenidamente la habitación. Poco a poco se fue mentalizando y dando cuenta lo
que realmente significaba que Ricardo fuera treinta años mayor que ella.
"Significa que tengo que dar la talla. Tengo que estar a la altura". Laura sabía
que ni su cuerpo ni su mente eran propios de una chica de su edad. Era mayor.
Así que, la edad en realidad, no importaba. Tenía que cambiar su mentalidad, y
comportarse como una persona mayor, para que Ricardo pudiera apreciarla de
verdad.
Bajó adonde Ricardo estaba tumbado, y sin decirle una palabra
puso sus labios sobre los suyos y comenzó a besarle apasionadamente, metiéndole
a la primera oportunidad, la lengua hasta el fondo. Era el primer beso de toda
la vida de Laura, pero instintivamente sabía cómo hacerlo. Notaba que Ricardo
disfrutaba, y ella también, de aquel primer húmedo beso.
-Eres una diablilla, Laurita.
-Mucho más de lo que crees.
Laura se tumbó sobre Ricardo, dejando por primera vez que un
hombre la tocase sin miramientos. Notó sus grandes manos sobre sus firmes
nalgas, por encima de los pantaloncitos. Después las notó en sus grandes tetas,
acariciándolas con delicadeza. Laura sintió por primera vez un inmenso placer al
notar que alguien utilizaba aquel par de melones como debían utilizarse.
Con una sonrisa pícara le habló sin saber dónde había
aprendido a decir esas cosas:
-¿Tienes miedo de hacerme daño, o qué? Déjate llevar, cariño.
Vio la mirada lujuriosa de Ricardo, y notó con placer que sus
manos ahora estrujaban sus melones, amasándolos, pellizcándolos. Entonces,
reprimiendo las ganas de seguir, se apartó.
-Habrá que dejar algo para la noche… -su voz era ahora la de
una lolita lasciva y viciosa. Ni Laura misma se reconocía. Pero le estaba
gustando su nuevo papel.
El día fue perfecto. Cocinó lo mejor que pudo para los dos, y
le sirvió a Ricardo, contoneándose sin parar. Ricardo disfrutaba claramente.
Pasearon juntos, Ricardo continuamente metiéndole mano a Laura, y ella dejándole
e incluso pidiéndole.
Finalmente, llegó el momento más esperado de Laura: la noche.
Había decidido que tenía que impactar a Ricardo con su madurez. Le haría un
regalo que nunca olvidaría. Debido a su corta edad, Laura nunca había visto un
strip-tease en vivo, pero sabía cómo hacerlo. Por la casa encontró ropa vieja de
toda la familia de Ricardo. Vio que tenía una hija pequeña, de apenas nueve o
diez años. Su uniforme escolar estaba guardado en un armario, y a Laura le dio
una idea increíblemente morbosa. Se quitó la ropa, quedando únicamente en tanga
y sujetador. Tras pensarlo un rato, se quitó este último, quedando sus melones
al aire. Entonces, comenzó a vestirse con el viejo uniforme de la hija de
Ricardo. Le quedaba obviamente ridículamente pequeña, pero era el efecto que
buscaba. La faldita era tan corta que apenas tapaba el culo (con cualquier
movimiento se veía), y no pudo abrochar del todo la blusa, pues sus enormes
tetas amenazaban con destrozarla.
Se miró en el espejo, y se rió de ella misma. Sus grandes
melones invariablemente llamaban la atención, pero era lo que quería. Se puso un
montón de maquillaje, pareciendo (en su opinión) una puta. Pero todo valía con
tal de impresionar a Ricardo.
Pilló a Ricardo por sorpresa. Lentamente comenzó a bailar,
tocando sus tetas, levantando la faldita, acercándose y rozando a Ricardo para
alejarse en seguida, como toda una experta en strip-teases. Y eso que sólo tenía
trece años. Veía a Ricardo sacarse la polla y hacerse una paja, tranquilamente.
Ella siguió desabrochando lentamente los botones, haciéndolas saltar con la
presión de sus tetas… hasta que quedaron completamente a la vista de Ricardo.
Por primera vez, perfectamente a la vista de un hombre. La polla de Ricardo se
puso a echar leche de inmediato. Laura se asustó un momento (nunca había visto
eso), pero sonrió y siguió quitándose lentamente la falda, lanzándola al aire.
Cuando acabó, estaba vestida tan sólo con un minúsculo tanga, desnuda frente al
hombre que amaba.
-Laura. ¡Te quiero! Eres genial…
-Lo estoy intentando, amor –le contestó, sentándose a su
lado.
Ricardo sacó su paquete de tabaco. Encendió un cigarro, y
después, sorprendentemente, ofreció otro a Laura. Ella dudó. Nunca había fumado,
y sabía que era muy malo. Obviamente su madre ya la había advertido.
-¿Qué pasa, Laura? ¿No quieres fumar?
-Es que nunca lo he hecho.
-Nunca has hecho un strip-tease tampoco, hasta hoy. Deja de
ser la niña que eras, y sé la mujer que eres –le dijo Ricardo sonriente. Esto
eliminó toda duda. ¿Acaso no había empezado su madre a fumar también? Laura
cogió un cigarro y lo encendió. En la primera calada empezó a toser, pero
intentó aparentar que no le importaba, y siguió fumando. Al rato, se dio cuenta
de que fumar no era tan malo en absoluto.
-Laura. ¿Por qué no sacas un par de copas y un buen whisky?
-Claro.
Laura lo hizo. Tampoco había bebido nunca, aunque ahora no
tuvo casi dudas. La mayoría de la gente de su edad si había bebido, y no era tan
malo como fumar. Así que…
El whisky le quemó la garganta, pero no dijo nada.
-Laura. Comprende que soy una persona muy mayor para ti. Yo
necesito a mujeres hechas y derechas a mi lado, no una mojigata que no fuma ni
bebe. Sé que no eres una de esas. –Laura asintió con determinación. –Me gustaría
que a partir de ahora te acostumbraras a fumar. Y a beber a veces. Por mi.
-Claro que sí, Ricardo. Si en realidad, está bueno.
–inmediatamente decidió remediar esa mentira, decidiendo fumar y beber hasta que
le gustase.
Ricardo sonrió:
-Así me gusta, Laura.
Siguieron en silencio, él vestido y ella sólo en tanga.
Fumando y bebiendo. Laura se sentía muy tranquila, muy relajada.
-Laura, sabes que no aguanto sin dar un paso adelante.
Ella sonrió. Estaba lista para ello.
-No soy ninguna niña, ya lo sabes. Y estoy deseando follar
contigo.
Dicho esto se abalanzó sobre Ricardo. Comenzaron a morrearse,
y para cuando se dieron cuenta estaban en la cama de matrimonio. Laura estaba
como poseída. Su decisión de estar a la altura de Ricardo y sus más profundos
instintos la obligaban a comportarse como una perra en celo. Se quitó el tanga
de golpe, y le fue desabrochando los botones de la camisa a Ricardo con la boca,
mientas con una mano se acariciaba una teta. Miraba a Ricardo con ojos de pura
lujuria.
Ninguno de los dos pudo resistir mucho tiempo acariciándose,
una vez sus cuerpos estuvieron desnudos. Laura deseaba ardientemente ser
penetrada salvajemente por él, que su himen se rompiera y le doliera.
-¿Tienes ya la regla, verdad, cariño?
-Soy una mujer hecha y derecha, lo sabes.
-Perfecto.
Ricardo se puso el condón en una polla que a Laura le pareció
bastante grande, suficiente para colmar sus deseos. Por unos segundos quedaron
quietos, mirándose. Luego, por mutuo acuerdo, Ricardo metió con fuera la polla
en el coño de Laura. La chica dio un chillido, y comenzó a jadear, mientras
Ricardo, sobre ella, la penetraba una y otra vez, cada vez más salvajemente,
cada vez más salido. Laura no podía creer que se pudiera experimentar semejante
placer. Estaba extasiada, loca, y no paraba de gritar palabras que ni para ella
tenían sentido. Ricardo la penetraba cada vez más rápido, y ella cada vez
chillaba más… hasta que ambos llegaron juntos a un gran orgasmo, que los dejó
exhaustos.
Laura estaba casi delirando, infinitamente feliz. Antes de
pensarlo incluso encendió un cigarro. Él otro. Se apartaron y se miraron.
-¿Te ha gustado, amor?
-Muchísimo. Follar es mucho mejor de lo que pensaba. –dijo
sonriente la niña.
-También tendrás que aprender a hacer pajas. Pero tenemos
todo el día de mañana por delante.
-¿Eso quiere decir que ya se acabó por esta noche? –deseaba
más, su cuerpo y su mente lo pedían. Además, estaba decidida a demostrarle que
aquel cuerpo de trece añitos podía aguantar tanto como el que más. Agarró uno de
sus enormes melones y se lo acercó a la boca, comenzando a lamerlo, con vicio.
-Eres una viciosa insaciable, por lo que veo.
-¿Eso te gusta verdad? Me gusta ser lo que a ti te gusta,
cariño.
Ricardo sonrió con lujuria. Laura se puso de repente a cuatro
patas.
-Venga. Penétrame por el culo. Seguro que lo estás deseando.
Pudo ver la cara de asombro de Ricardo ser sustituida por la
cara de morbo.
-¿Estás segura? –dudó.
-Totalmente. Tú me has desvirgado y quiero que lo hagas por
ambos agujeros. Quiero recordar esto para siempre.
-Pensar que sólo tienes trece añitos –dijo Ricardo, mientras
se preparaba, y Laura sonrió. Casi lo había olvidado. -Voy a por algo para
lubricarte el culo, Laura. Te dolerá muchísimo.
-Quieto ahí. Eso quiero. Quiero que me duela, quiero sentirte
profundamente.
-No sabes de lo que hablas. No tienes ni idea de lo que te va
a doler.
-Y tú no tienes ni idea de con quién hablas. –sus ojos
echaban chispas, como siempre que se enfadaba. -¿Crees que no podré soportarlo?
Métemela ya de una vez, y de golpe. Sin preparar. De la forma en que más duela.
Ricardo sólo dudo medio segundo. El dolor que siguió a ese
intervalo es indescriptible. Laura aulló con unos chillidos que taladraron la
noche, y sangró un poco. Pero aún tuvo fuerzas para gritar:
-No pares. Sigue más fuerte. ¡Destrózame!
Ricardo la embistió salvajemente, y poco a poco el dolor dio
paso al placer, y Laura se encontró disfrutando de su primera enculada como una
cerda viciosa. Cuando acabó Ricardo estaba exhausto, y Laura, la verdad,
también.
-Laura, eres genial.
-Gracias.
Hubo una larga pausa, de un silencio absoluto. Cuando Ricardo
habló, lo hizo con una voz más baja.
-Ya sabes que esto va a ser difícil. No quiero perder a mi
familia, y lo mejor será que tu madre no sepa lo nuestro tampoco. No podremos
juntarnos todo el rato que queramos. Pero estás dispuesta, ¿verdad?
-Claro que sí. Estoy dispuesta a lo que sea tan sólo por unos
minutos contigo.
-Bien. –Ricardo sonrió. –Entonces, no te lo tomes a mal, pero
me gustaría que hicieras algunas cosas por mi.
-Dime qué.
-No quiero que seas nunca más la niña que eras hasta que me
conociste. Quiero una joven madura y muy atractiva en su lugar.
-Entendido.
-Quiero que, ya que no puedes tenerme a mi tanto como
quisieras, te conviertas en una zorrita calientapollas. Vístete muy muy sexy,
muy provocativa. Para nada pienses en tu edad. Y quiero que te conviertas en la
putita de tu instituto, de tu barrio, por mi. Que todos lo sepan. Exhíbete,
excita y calienta a los chicos. Chupa pollas como te enseñaré mañana. Y folla.
Todo lo que quieras. Y, obviamente, fuma y bebe como costumbre.
Laura intentaba asimilar todo esto. ¿Le estaba pidiendo que
cambiara totalmente su actitud, pasando de ser la tímida niña avergonzada de sus
formas a una puta zorrita que calentara a todo el mundo? Todo valía con tal de
estar con él.
-Y recuerda, que lo sepa todo el mundo. Cambia la forma de
ser a una mujer, Laura. ¿Lo harás?
Laura sonrió y le dijo a Ricardo:
-No te preocupes. A estas alturas, no creo que pueda
evitarlo.
Siento haber tardado tanto en publicar esta parte. He estado
de vacaciones, y acabo de volver. Esta entrega finaliza el mes de octubre. Es
más breve que las anteriores precisamente por eso, por no mezclar dos meses en
una misma entrega. En breve me pondré a trabajar en el mes de noviembre.
Precisamente por estar de vacaciones no he podido contestar a
los comentarios que habéis dejado aquí y en mi correo. Sin embargo, los he leído
y
agradezco mucho todas las críticas y sugerencias, y os pido
que sigáis escribiéndome. Muchas gracias por las buenas críticas!
Como veis, por primera vez he narrado escenas de sexo
explícito, aunque siempre dejándolo en segundo plano. Las siguientes entregas
avanzarán el trama, porque quedan preguntas por contestar…
¿Qué decidirá Ángela? ¿Aceptará ser la sumisa de Ricardo
destruyendo su vida, o no?
Sara está a punto de finalizar su periodo de prueba. ¿La
aceptará Álex? Y si lo hace, ¿qué le hará hacer en el futuro?
¿Cómo cambiará Laura? ¿Realmente pasará de ser una niña
tímida a una calientapollas descarada?
Y finalmente… Álex y Sandra parecen estar ahora muy
enamorados y compenetrados. ¿Afectará eso a las intenciones de Álex, es decir,
de tener a Sandra por sumisa?
Un beso y hasta pronto.
Sara