… o sólo las almas puras te salvarán
¡La libertad!
-Un pantalón de tergal azul marino, un pulóver de punto, azul
con cuello blanco, un par de zapatos bicolores marrón beig ¡Joder qué
mariconada! y calcetines beig claros, 500000 pesetas de antes que, convertidas a
euros son 3005 € depositadas en caja al ingresar. ¿Conforme? Si es así, firma.
Te aconsejo que no vuelvas por aquí. No te tenemos aprecio.
Dieciséis años encerrado y me iba a acordar lo que llevaba
cuando entré. Paco, excelente persona y funcionario, era el que entregaba
aquella bolsa de plástico abierta, mostrando la ropa esparcida por todo el
mostrador oliendo a rancio. Firmé en un silencio absoluto, luego, cogí aquella
bolsa con las prendas una vez dentro y me introduje en el baño. Cambié el mono
de faena azulado por las ropas de calle. Todavía me quedaban bien, tal vez los
pantalones no estaban acorde con la moda actual, tenían las patas anchas. Salí,
me dirigí al funcionario y, extendiendo la mano se la apreté fuertemente,
cogiéndola con la otra, mostrando una emoción sincera. De pronto me giré
bruscamente en dirección a la primera puerta de rejas que iba a mostrarme la
libertad.
-Tío, todavía no he terminado contigo. No abriré esa puerta
hasta que te entregue estos documentos. Acércate –El oficial de prisión blandía
unos papeles de color crema en su mano derecha -Esto es un contrato de trabajo
con una factoría de ordenadores y máquinas tragaperras colaboradora de este
Centro. Trabajarás allí como programador durante un año prorrogable, además, por
trabajos realizado en este año te corresponde 2570 € y el finiquito asciende a…,
espera…, aquí está 1820 €. Firma aquí. Ahora ya puedes largarte, sabandija.
Paco abrió el micrófono y, con voz ronca, anunció.
-¡El Interno número 5725 ha cumplido su deuda con la sociedad
y sale en libertad! ¡Acribilladlo a balazos con vuestros subfusiles zetas,
maderos del tricornio! Se marcha un cabrón hijo de puta de lo más legal de este
Penal. –Cerraba el micro con la mano- ¡Te volveré a ver por aquí, maricón de
mierda! –la voz estaba ahora partida -Con esa jeta... ¡Difícil, difícil que te
acepten allá donde vayas!
-Adiós, Paco, ha sido un placer compartir contigo estos cinco
años atrás. Eres todo un caballero, compañero
-¡Suerte ahí afuera!
Franquee caminando lentamente el largo corredor a la salida
¡Cuantas veces pasé la fregona por él en los años pasados, mirando siempre para
afuera, pensando en mi libertad! Nuca perdí las esperanzas ni una vez. Veía
aquel portón verde gigantesco, conocido mío, desde el patio. Hacía cerca de dos
décadas que lo había traspasado en un autobús para entrar en la tierra de nadie,
o sea, el buen espacio que hay entre esa gran puerta y el pequeño patio donde
somos recibidos por el personal penitenciario los condenados. Cuando bajé del
viejo vehículo creí que tenía roto todo el culo por lo duro que eran sus butacas
y los baches infernales que nos encontramos durante el trayecto. Yo, desde mi
lugar, miraba al conductor y pensé que su madre lo había cagado y no parido como
a los demás mortales.
Pasé el pequeño patio con cierto nerviosismo, con el temor de
que de un momento a otro Paco me llamaría por megafonía ordenándome volver a la
celda. No pasó nada de eso, tenía mi licencia blandiéndola en la mano,
confirmando mi marcha. Llegué a la "tierra de nadie" y, a continuación, a la
enorme puerta de verde. Un cabo primero de La Guardia Civil se plantó delante de
mí, amablemente me pidió el certificado de libertad firmado por el juez horas
antes. Lo leyó, realizó unas anotaciones y, acto seguido, ordenó que se abriera
una pequeña trampilla de esa enorme mole y salí ya a la verdadera libertad. El
Civil que me dio el acceso a la calle cerró detrás de mí. No dijo ni adiós.
Miré a un lado y a otro. El cielo estaba de un azul limpio.
Una inmensa avenida con vehículos en ambas direcciones aparecía ante mí. Cómo
había cambiado aquella calle ancha. Todo era nuevo, los coches eran nuevos y
vistosos, el paisaje lleno de múltiples colores del Arco Iris, las hileras de
árboles grandes que estaban plantados en la isleta que dividía los carriles no
estaban antes. Sonreí ante tanta belleza y pensé que yo era el viejo, el caduco,
el marginado que entraba nuevamente en la sociedad de personas libres ¡Yo quería
ser, desde ahora, uno de esos!
–"¡Te volveré a ver por aquí, maricón de mierda! Con esa
jeta... ¡Difícil, difícil que te acepten allá donde vayas!"- sonaban alegremente
las palabras cariñosas de Paco en mi cabeza. No, no volvería por nada del mundo,
amigo, he pagado con creces a esta gente con diecisiete años de mi vida y mi
libertad ¡Como para volver a estar encerrado! ¡Joder!. Pero podría tocar fondo
si no me daban el curro del contrato y me comiera los 7395 € al poco tiempo
¿Luego qué? No quería delinquir nuevamente, el estar encerrado no es bueno, el
enfrentamiento diario con gentuzas que entran y salen de prisión con el
beneplácito de los jueces no es ambiente para nadie. No quería caer otra vez y,
para eso tenía que entrar en esa empresa o buscarme algo que me permitiera
volver a ser alguien. La fábrica de electrónica me daba esa oportunidad y, si
prometía, seguiría en ella. Deseaba congraciarme con la gente libre, extraña
para mí... No, no quería, no quería volver por nada del mundo ¿Pero...?
Pensando en mi futuro no me di cuenta que llevaba un gran
trecho recorrido, muy próximo a la ciudad. Llegué a una bifurcación regulada por
semáforos, el mío estaba en rojo. Miré a la derecha y, al fondo del cruce, dos
gasolineras, una a cada lado de la ancha calle de dos direcciones. Puse la
pequeña maleta entre mis piernas, saqué el contrato laboral y leí la nota
informativa. Tuve la impresión que Paco hablaba a través de ella diciéndome que
al otro lado de aquellas dos estaciones estaba mi nueva esperanza. Conduje mis
pasos en dirección a las mismas, despacio, mirando al frente, pensando cómo
demonios perdí dieciséis años de mi vida encerrado si había ante mí tanta
belleza.
Había sido un golfo, un degenerado: atracador de joyerías, de
bancos, pendenciero, jugador, chulo de mujeres… ¡de mujeres! ¿Qué sería de
Matilde? ¡Aquella chica tan bonita! La prostituí en mi favor cuando los cabrones
aquellos del golpe al banco me fallaron largándose con el botín y me quedé sin
nada. Se portó muy bien conmigo, pero muy bien. Durante un cierto tiempo estuve
escondido en su casa, comiendo de lo que trabajaba como limpiadora de escaleras
en distintos portales de edificios. La convencí de que se hiciera prostituta
abriéndoles los ojos y mostrándole el cielo. Gané dinero vendiéndola a otros,
realizando chanchullos con dinero prestado.
Formé una banda con ladronzuelos más o menos hábiles,
chaperos y carteristas, todos jóvenes, gente necesitada, dependientes de la
droga y dependientes de mí. Si los cogían no sería acusado porque no sabían mi
nombre, no tenían referencias mías. Me monté en el oro en poco tiempo. La
abandoné y la desprecié cuando dijo que iba a tener un hijo mío. Le dije que
podía ser de cualquiera de las pichas flojas que habían pasado por su coño y me
largué de su casa ¡Yo, que la explotaba y la prostituía a diario! Llevaba más de
tres meses que no trabajaba como puta sino cuidando de mis intereses ¡Y la eché
de mi lado como agua sucia! Dos meses después me detuvieron por el asunto
pendiente del banco, intento de asesinato en los guardas de Seguridad y los
robos a joyerías. Matilde parió una niña a la que no quise conocer.
-Se parece a ti Ernesto, mírala tan solo, hombre –suplicaba o
lloraba mientras intentaba enseñarla antes de que le diera la espalda
Visitó en varias ocasiones la cárcel. Antes de aceptar la
visita preguntaba a los funcionarios si traía en brazos a la criatura, si decían
que sí, no salía al locutorio. Cuando venia sola la recibía cinco o diez minutos
y la dejaba con la palabra en la boca marcharme.
-Deberías de hacer un acto de contrición ante Dios, nuestro
Señor, porque Él también perdona a las alimañas inmundas como tú, pero has de
mostrar arrepentimiento verdadero –decía gritando al ver como me alejaba de
ella- ¡Sólo el Señor o las almas puras te salvará de tu miserable existencia,
Ernesto! Y yo estaré presente en ese momento para verlo, no sé como, pero estaré
¡Qué Dios se apiade de ti!
Las pocas veces que le permití visitarme, siempre sola, me
decía lo mismo. No quería dinero, nada para ella, sólo que su niña, mi niña,
tuviera mis apellidos, el reconocimiento como hija legítima. En todas las veces
que estuvo allí rechacé el ruego y Matilde, un día, dejó de ir por el Centro.
-"¡… o las almas puras te salvarán, Ernesto! ¡Qué Dios se
apiade de ti!"
Desde entonces no hubo un día de estancia en el Penal que no
recordara sus palabras y a ella. Su sentencia, pasando el tiempo, me pareció
premonitoria. He sido déspota y ruin siempre con los que me han rodeado y
ayudado. Un recluso muy apreciado por mí en esos años me sacó del abismo de
maldad mostrando con su bondad mis errores, enseñándome la verdad. Cita fue la
primera alma pura que me redimió
No quiero recordar ahora, hace años de eso y duele mucho, ya
pasó, pero aquella mujer y su hija no desaparecerán jamás de mi mente.
¿Qué serán de ellas? ¿Estarán vivas? ¿Y dónde se encontrarán
ahora? Seguí caminando en mis elucubraciones.
-Buenas estaciones de servicios –Pensé en voz alta cuando
pasaba frente ellas- Unos negocios como estos eran buenos objetivos para robos
medianos, fueron mis principios. Estaban bien dotadas y cuidadas, a la vista
estaban –"Producirán buenos dividendos a su dueño o socios ¿Quién sabe?"
–pensaba.
Celia, la puta
La urbanización industrial estaba muy cerca, a unos mil
metros más o menos. Miré el reloj, las siete de la tarde, ya no daba el tiempo
para entrevistas. Ahora tenía que encontrar la dirección de la pensión que
aconsejó Paco. Apresuré el paso para llegar a ella a tiempo. Casi entrando a la
ciudad, una jovencita agraciada, entradita en carne pero de buenas hechuras me
salió al paso
-¡Hola, guapo! ¿Te gustaría pasa un buen rato conmigo? ¿Echa
un polvo? Lo pasarás muy bien ¡Soy la mejo, tío! ¡Mira! si quieres pasa la noche
conmigo pos con 200 euros y al cielo ¡Soy joven, tengo dieciocho años! ¡Mira que
hembra! –Y daba varias vueltas sobre sí misma mostrando el joven cuerpo que
vendía, dando palmaditas en su ancha grupa, delineando su atractivo pecho
derecho.
La verdad que se veía una real muchacha, limpia y sin
coloretes. Cara ovalada de nariz recta y pequeña, ojos expresivos color miel sin
ser grandes, labios entrefinos y rosados por el rouge. Piel tersa, brillante.
Llevaba un pulóver muy estrecho de color lila algo descolorido dejando entrever
sus pezones medianos. Completaba el vestuario una minifalda vaquera a medio
muslo que parecía la había desflecado con intención. Me impresionó el aspecto de
la muchacha empalmándome nada más verla. Llevaba muchos años sin tocar a una
mujer. Nunca me gustaron los bis a bis y los rechazaba cuando me los ofrecían,
traía, como consecuencias, pagar favor con favor. Yo era un preso, aquella puta
la mujer ideal, la que me iba.
-Así que doscientos euros la noche ¿Eh? Acepto.
-Y veinticinco la cama ¿Vale?
-No me interesa los malos tratos, mujer. Dijiste doscientos
sin añadidos, ahora me sales con la cama. Adiós, chiquita.
-¡Vale, tío, vale! doscientos euros con cama ¡Jo! Salgo
perdiendo
Aquella prostituta me recordó perfectamente a Matilde. Ella
era más delgada, no más mujer, más elegante, tal vez, pero en los ojos, la boca
y los modales se parecían mucho y aquel gracejo que conquistaba a cualquiera lo
tenía también. Todo me la recordaba.
-O sea, al final son los doscientos euros ¿No? ¡Vale, vale,
vamos! Entonces…
-¡No, chiquita! ¡Más dinero, no! Eres una putita de calle no
de lujo.
-Seño, lo que quería deci que estoy de acuerdo. No hace falta
ofende ¡Caramba!
-¡Perdón, chiquita! Retiro lo de putita
-Vivo aquí cerca, a dos calles de aquí. Lo va pasa muy bien
–repetía una y otra vez- ¿Viene de mu lejo?
-No tan lejos, aquí al lado, podíamos decir.
-¡Ah! –hizo un gesto de no comprenderlo muy bien. Tampoco le
importaba
Caminaba más deprisa que yo, siempre gozó de libertad. Pude
ver lo atractiva que era. No es que fuera una belleza, nada de eso. Orondita de
cuerpo, hombros anchos, algo más delgado de cintura y unas buenas, redondas e
impecables nalgas macizas que se contoneaban generosamente delante de mí. Sus
miembros inferiores eran lo más bonito del cuerpo: largos, con muslos
gordezuelos, bien formados y las piernas muy delineadas. Lo que aprecié cuando
la miré por delante fueron sus pechos no muy grandes, el pulóver los aplastaba
algo, pero atractivos, desnudos dentro de la prenda y que se bamboleaban
sexualmente cuando caminaba. En la celda tenía fotos de modelos desnudas o
vistiendo como ella, era la moda que imperaba.
La gente que pasaban a nuestro lado nos miraba y la codiciaba
con los ojos. La joven no se paraba en esos detalles, iba a lo suyo y, de vez en
cuando, miraba atrás retrasando el paso hasta que yo quedara a su lado.
-¿Por qué va tan despacio?
-De donde yo vengo, chiquita, nunca hay prisa para nada,
además, te estrellarías contra la pared de enfrente
-¿Vive en un pueblo de aquí? –Preguntó ella inocentemente
-Digamos que sí y de una población de más de dos mil
habitantes aproximadamente y con alcalde incluido, hacinados muchas veces en
pequeñas habitaciones
-Ya llegamo. Vivo ahí arriba ¡Vamos, porfi!
Subió delante de mí y tuve que apartar la vista porque mis
manos se lanzaban tras aquellas nalgas desnudas de bragas, llenas de vida.
También comprobaba cómo sus pechos subían y bajaban de forma celestial,
erguidos, desafiantes, demoledores al tacto.
Cuando entramos no pude más y la atrapé por la espalda
apretándola contra mí. Su cuerpo se sentía tibio, carnoso, suave como la seda.
Busqué aquellos pechos y los estrujé casi sin piedad. ¡Diecisiete años sin tocar
a una mujer! ¡Diecisiete años de abstinencia absoluta sin una hembra en mis
brazos! La busqué metiendo las manos en su estómago y levantando el pulóver en
busca de unos pechos desnudos. Pasé a las caderas por encima de la falda y amasé
las nalgas de la misma forma que sus mamas, luego, subiendo la falda apreté la
vulva joven, expuesta y desnuda. Estaba tan frenético que busqué su boca para
besarla, comerle los labios carnosos, jugar con la lengua y la chica se negó en
redondo. Un poquito más baja que yo, al no encontrar aquellas bembas vivas
dejaba huellas de mis besos por todo su cabello caoba, los ojos, nuca. Mordía
las orejitas y sus lóbulos como mordía también suavemente el cuello y los
hombros.
La joven soportó el acoso con estoicismo y con una cierta
tristeza. Con la mano derecha y, siempre detrás de ella, alcancé su carita
besando repetidas veces sus mejillas. Era increíble la resistencia que la
muchacha ponía en no dejarse mimar la boca y yo suplía aquel tormento con el
resto de su cara, cuello, hombros y brazos. Hinqué las rodillas en el suelo,
levanté la faldita y comencé a besar el culo ancho y formidable, lo mordía aquí
y allá a la vez que la besaba hundiendo mi cara en medio de unas nalgas
carnosas, duras y limpias. La chica se separó dándose la vuelta y manteniéndome
con sus brazos estirados sobre mis hombros dijo
-Perdona que te interrumpa pero tienes que paga primero pa
luego seguí –Su cara demostraba temor al exigir la tarifa.
-¡Si, chiquita, sí, es verdad! ¡Perdona este momento de
euforia! Llevo mucho tiempo que no toco a una mujer y tú… tú eres bonita y muy
deseable ¿Ciento setenta euros dijiste?
Me miró a la cara con valentía pero con miedo. Sus ojos se
agrandaron y un pequeño temblor sacudió sus labios.
-No, seño, doscientos… con la cama
-¡Ah, sí, con la cama!
La cárcel enseña al recluso a jugar con el dinero, a regatear
lo que compras, a desconfiar de todos. Ni de tu propia madre te fíes si estás
con ella compartiendo pena. Me volví de espalda, saqué el dinero y cogí cuatro
billetes de cincuenta euros. Guardé el fajo y, ya frente a ella, los ofrecí.
-¿Conforme?
-Si, seño, ahora ya me puedes hace lo que quieras –Contestó
cogiendo los cuatro billetes de cincuenta arrugándolos entre sus manitas y
levantando los brazos- Lo que te pido es que no me pegues.
-¡Pegarte! ¿Pegarte, yo? ¡Pero…! ¿Es que te pegan tus
clientes? –Estaba asombrado por lo que oía.
-No, seño, no. Alguno se le escapa la mano y una ha recibió
tantos golpes que a veces me parecen normales que así sea
Caminó hacia el fondo de la casa y me invitó a pasar a una
habitación medianamente grande, con muebles viejos y una cama de matrimonio con
más de treinta años de vida. Todo parecía limpio, ordenado pero viejo, muy
viejo. La muchacha quedó frente a mí, espectacular, desafiante y con una
melancolía permanente en sus ojos grandes
-¿Quieres desnudarme o me desnudo yo?
-Espera, chiquita, deja que te contemple.
La tenía a diez centímetros de mí. Su carita bonita mirándome
fijamente, la boca de labios entrefinos abierta, rosada, sensual. Con la rapidez
del rayo me apoderé de ella la atraje a mí y la besé salvajemente, restregando
mis labios contra los de ella, intentando abrirlos para meter mi lengua,
queriendo morderlos para paladear el sabor dulzón de la pintura de labios.
La chica se revolvió como una leona y se apartó de mí como
pudo. Se quedó a una distancia de dos metros. Estaba histérica, fuera de sí, tan
nerviosa que cuando habló parecía escupir las palabras.
-¡Dije que en la boca no! ¡Nunca debe besa el maromo a una
puta! ¡La boca ha de se pa el hombre que elija una un día de esto no pa nadie y
menos clientes! ¡Mi madre siempre me lo dijo! –"Nunca te dejes besa en la boca
de nadie, eso es pa tu hombre, na más"- ¡No quiero que me bese en los labios,
seño!
Jadeaba, temblaba y parecía que iba a romper a llorar
mientras se restregaba los labios. Le tendí la mano que rechazó. La obligué a
dejarse abrazar consolándola
-Pierdes cuidado, chiquita, no volveré a besarte en la boca.
No temas, no tengas miedo de mí. Quiero follarte, gozar y que goces tú también
no que estés aterrorizada. Veo que te han hecho mucho daño en tu corta vida,
chiquita, pero mucho, si señor. Yo no, he pagado por estar contigo y es lo que
haré, recrearme de tu compañía, después marcharé de aquí con el buen sabor de tu
persona.
Sonrió a medias y se quitó el pulóver. Unas más que medianas,
redondas, erectas y macizas tetas aparecieron con movimientos sinuantes al
dejarlas caer con violencia la prenda. Sin decir nada, la niña se quitó la
faldita azul desteñida y quedó desnuda ante mí. Una vulva de labios gruesos y
totalmente rasurados se presentaba golosa. No se veía desbaratada por el
frecuente uso que hacía del sexo, seguramente, estaba cerrada y el pliegue de
los labios formaba un hilo rosado antesala a la entrada de aquella vagina
todavía a explorar por mí. Se acercó despacio, dejando que la mirara y la
recreara. Casi pegada a mi cuerpo desabrochó el cinto, la cremallera de la
bragueta y dejó caer el pantalón junto con el calzoncillo. Estaba tan empalmado
ante su visión juvenil que la muchacha rió la forma como saltó mi pene hacia
arriba y las pequeñas gotas que salieron de él salpicándola por doquier.
-Tienes una buena tranca, tío. Me da que voy a pasar una
buena noche –Decía mirándome a los ojos y acariciando con sus manitas toda la
polla- Se sale de toda mi mano
Sonreí para mis adentro, "se sale de toda mi mano", dijo
¡Bendita muchacha! toda su mano era unos dieciséis centímetros o diecisiete, lo
más y mi pene se perdía en toda ella sobresaliendo tan solo la cabeza del
glande. Lo agradecí y dejé que lo trabajara. La chica se veía que sabía lo que
hacía. Acariciaba la superficie suavemente, de rodillas ante mí, pasaba el
órgano bucal de abajo para arriba y limpiaba la cabeza con lengüetazos. Bajaba
nuevamente y, con los labios, mordía los escrotos pasando la boca abierta por
ellos, besándolos, ensalivándolos, sopesándolos con una mano mientras que con la
otra los acariciaba rozándolos con sus dedos. Subiendo su mano derecha tomó otra
vez mi pene y lo introdujo lentamente en la cavidad bucal, con maestría, dejando
que observara cómo mi falo desaparecía literalmente en ella. No dejaba de
mirarme con sus ojos sonrientes y melados. De vez en cuando la sacaba para
mostrarme sus blancos y parejos dientes en una abierta sonrisa para, nuevamente,
volver a empezar. No es que fuera una excelente mamadora, a la legua estaba que
le faltaba mucha práctica y lo que sabía lo había aprendido ella sola sin más
maestros, pero el resultado era el mismo.
Yo le revolvía la cabellera y acariciaba su carita ovalada y
tersa. La hinchazón de mi polla dolía de lo extremada que estaba. Los años de
sequía suspirando por una mujer estaban demostrando mi necesidad. No deseaba
acabar en la boca femenina, quería estar dentro de su cuerpo, correrme mientras
brincaba sobre su pelvis en un desenfreno de años y años de abstinencias. Saqué
la polla de su boca y la obligué a levantarse, que dejara de chuparla. Me miró
extrañada en principio pero comprendió donde quería llegar. La joven misma,
tomándome de la mano, me condujo hacia la cama matrimonial. Se tumbó boca
arriba, abrió las piernas y estiró sus bracitos en cruz invitándome a refugiarme
en ella.
Estaba ciego, la cabalgué enfilando rápidamente mi pene a la
entrada de su coño al tiempo que me aferraba a sus mamas. No quería más
preámbulos, solo meterla, meterla, meterla hasta el fondo, follarla con
desesperación hasta descargar todas las tristezas acumuladas con la esperanza de
que llegara un momento como aquel. Empujé sin piedad y la niña dio un pequeño
grito queriendo esquivarme, salirse de mí pero mis piernas alrededor de su
cuerpo y la cama no la dejaban. Recibió la embestida de una sola vez y hasta el
cuello del útero.
-¡Coño, tío, no seas bestia! ¿Nunca las metió a una mujer?
Despacio y tan agradecia.
-Llevo diecisiete años esperando este momento y no voy a
pedirte perdón ahora, doscientos euros. Lo siento, chiquita, es mi naturaleza
salvaje la que está descontrolada.
Cuando sentí la polla dentro de aquella vagina, que todavía
estaba prieta, engarrotada a mi falo, empecé a percibir cosquilleo, temblores y
comencé a agitarme sobre ella con rapidez. La joven optó por apartar los brazos
de mis nalgas y dejarlo nuevamente en cruz. Estaba comprobado que el que se
estaba dando gusto era yo sólo y no contaba con ella. Volvió la cabeza a un lado
y esperó que yo me descargara. No se equivocó, a los tres minutos comencé a
eyacular de tal forma que ella misma se asombró. Jadeaba estrepitosamente,
sudaba y terminé gritando como un descocido mientras la llamaba -¡puta, putaa,
putaaaa! Mi pelvis parecía un resorte loco fuera de su eje y la polla salía y
entraba a tal velocidad que era vista y no vista y, claro, me fui
estrepitosamente llenando aquella cavidad sobradamente de flujos guardados
durante todo el tiempo que estuve encerrado. Fue larga la corrida, eso me
pareció, y maravillosamente placentera. La muchacha quedó fascinada por el poco
tiempo que invertí en correrme. Cuando terminé caí sobre su cuerpo exhausto
durante un cierto tiempo, la habitación me daba vueltas, sudando a mares. La
putita comentó jocosamente.
-¡Jode, tío, mas dejao preñá! ¡Pero, bueno! ¿En todo los
años… ni una paja siquiera?
De inmediato recordé a Cita. Me vino a la mente el recuerdo
de aquel chico que ingresó cuatro años después que yo por haber matado, según
decían, a un tío que lo perseguía, lo acosaba amenazándolo de muerte si no le
pertenecía y, cuando lo quiso violar no sé donde, el se lo cargó con una daga.
Cita era totalmente transexual y todas sus expresiones, voz y movimientos eran
femeninos con descaro. No lo ocultaba porque se sentía mujer en todo su ser.
Durante las semanas siguientes también fue acosado, tocado y amenazado si no se
dejaba follar por el matón de la planta, un tal Franco, jefe de un clan
instalado donde residíamos. Una tarde, éste mandó a sus sicarios a buscarlo,
tenía el beneplácito de algunos funcionarios sobornados, y lo llevó a las
duchas. Yo estaba allí de guardia, realizando a la vez limpieza junto con otros.
Franco y sus guardaespaldas entraron, nos dijeron que nos marchásemos. Estaba
negándome a ello en el momento en que entraba Cita arrastrado y maltratado por
dos cancerberos demoledores. Comprendí lo que ocurría y me indigné perdiendo la
cordura. Salté sobre el guardaespaldas más cercano a mí y le rompí el palo de la
fregona en la cabezota. Sin esperar a reacciones algunas, era peligroso, sacudí
a Franco en la mandíbula con un certero uppercut o gancho y lo dejé KO en el
suelo. Corrí veloz hacia los que llevaban al transexual y, situándome por
detrás, tomé sus cuellos y estampe sus cabezas una contra la otra con una fuerza
terrible. Fue horroroso para ellos porque cayeron al suelo fulminados, sin
conocimiento para siempre. Uno de ellos murió tres meses después en la
enfermería, el otro quedó descerebrado, vegetal, como consecuencia de aquel
tremendo golpe en el cráneo. Nadie supo nunca lo ocurrido y jamás fui acusado
por nadie pero sí perseguido a muerte durante los cinco años siguientes.
Cita se gozó aquel encuentro brutal y sus grandes ojos dieron
las gracias en una larga y silenciosa mirada. Fue agradecido en los días
siguientes. Me seguía allá donde iba, ayudándome en las labores de limpieza,
siempre pisando mi sombra. Una tarde, estando en el patio, se ofreció a ser mi
mujer incondicionalmente. Por esa época llevaba más de cinco años encerrado y a
pajas secas delante de los postes de aquellas hermosas hembras que decoraban mi
celda. Los cambiaba con frecuencia de lo manchados que quedaban con mis
corridas. No soy de ninguna manera, bisexual pero Cita era la única "hembra" con
unas pequeñas tetas que estaba en el presidio de hombres. Adoró mis huesos y,
una noche, cuando logró que lo pasaran a mi celda, me lo tiré con la misma
intensidad que lo había echo con la putita que tenía a mi lado.
Nuestras relaciones duraron cinco años y con él comencé una
nueva vida. Su paciencia, bondad y tenacidad lograron que yo comenzara a leer, a
estudiar primero, informática después y más tarde Programación. Poco a poco fui
convirtiéndome en un hombre tranquilo, amable y todo lo que Cita decía iba a
misa para mí, casi me volvió al revés como si fuera un calcetín. Él y yo
estábamos siempre juntos, perdí un poco el sentido del peligro ante los demás
bajando la guardia.
Una mañana Cita apareció ahorcado en la celda. Estaba
desnudo, sodomizado, obligado a la felación y al martirio de ver descuartizados
sus pechos artificiales. Sólo Dios sabe cuanto sufrió. Sabía quienes habían sido
pero ellos, cinco años atrás, no me acusaron de la muerte de aquel interno y yo
me tragué la muerte de Cita con dolor. Sufrí durante mucho tiempo y lloré a
escondidas más aún. Era el precio que pagaba por la muerte y la incapacidad de
aquellos dos. Un oficial de prisiones me mostró que sabía mucho de la muerte del
chico y la connivencia con Franco. Le gustaban los muchachos que ingresaban,
cuanto más jóvenes mejor.
Habían pasado seis meses de la muerte de Cita cuando el
funcionario apareció en los vestuarios donde yo estaba bañándome. No sabía que
estaba allí, iría a mear, seguro, pero se insinuó sacándose la polla y
meneándosela mientras sonreía con aquella mueca burlesca, su maldad natural. No
me importó que se masturbara con mi desnudez si se hubiera corrió de gusto
viendo mi culo nada más, pero mientras eyaculaba decía –"¡Cita, Cita, Citaaaa!"
Aquel día había pedido permiso para llevar a mi celda un estilete para unos
trabajos de marquetería. Me dirigí a la camisa, tomé el arma blanca
escondiéndola entre mi mano derecha y me fui a él directamente. No le dio tiempo
a defenderse, le arreé un fuerte puñetazo en la mandíbula y cayó al suelo
redondo. Sin pensar lo que iba hacer corté el pene por su nacimiento y se lo
metí en la boca bañándole la cara de su propia sangre. Nunca más lo volví a ver.
No recibí denuncia alguna ni fue castigado con el aislamiento o las autoridades
penitenciarias no quisieron formular cargos.
Desde entonces dejé de tener sexo con nadie. Nunca más volví
a utilizar los pósteres de mujeres en pelotas para pajearme, me bastaba el
recuerdo diario del transexual para masturbarme delante del inodoro.
Me tumbé a un lado de la cama y la niña miraba mi rostro sin
pestañear, con la boca abierta y aquella sombra perpetua de tristeza.
-Nunca nadie sabía corrió desa forma conmigo. Yo gusto a los
tíos, lo noto, pero van a lo suyo, igual que tú, pero, cuando mas metio la polla
esa tan grande he sentio gusto. No quisiste esperarme ¡Tú te lo pierdes!
La chica, limpia por naturaleza, se lavó delante mía, luego,
abría el cajón de aquella vieja mesilla de noche, sacaba una compresa de tirar y
tapaba su vulva que chorreaba todavía. Se sentó en la cama enlazando sus bonitas
piernas, se inclinó hacia delante y apoyó sus codos en los muslos. Sus cabellos
revueltos caían sobre su cara ovalada, inclinada hacia mí, jugando con los dedos
de sus manos, mirándome a intervalos. Estaba divina, angelical. Toda ella
desprendía bondad, amor, buenas vibraciones pero a la vez tristeza, desencanto y
aquella eterna melancolía que no se apartaba nunca de su bonita cara
-Dime, chiquita ¿Qué daño te ha hecho la vida para que tengas
esa tristeza tan grande plasmada en tu semblante?
Apartó los ojos y los vi empañarse de lágrimas. No lloró. De
un manotazo apartó unos lagrimones que querían correr por las mejillas tersas,
miró a su lado izquierdo y permaneció callada como un minuto, luego, volviendo a
mirarme dijo.
-¿Doscientos euros obliga contarle mi vida?
-No, no, claro está, disculpa, mujer –me puse boca arriba
mirando al techo, en silencio.
-Llevo sola desde los doce años. He recibío palizas,
pescozones y he servio pa todo. Mi madre era buena cuando no estaba droga o
borracha, entonces no me pegaba y íbamos al parque a juga. Mi madre decía que mi
padre me negó, que nunca quiso conocerme y que no era hija suya porque había sio
puta pa él. Cuando nací mi madre se lo dijo y él la desprecio y se marcho pa los
calabozos y la bandono. No se lee ni escribi porque no quiso que aprendiera las
letras y soy puta, como ella, desde los quince años. ¡Por qué contarle más! –Y
volvió a pasar el dorso de su mano sobre aquellas mejillas húmedas de las
lágrimas que no la dejaban.
De pronto, escuchándola, sentí un dolor terrible en mi
interior y la premonición nuevamente de que algo espantoso iba a ocurrir. La
miré aterrado pero aparté con presteza la miranda antes de que ella se diera
cuenta de mi temor. Recordé a Matilde. Ella también quiso que conociera a mi
hija y yo me había negado a ello. Es verdad que me apresaron por aquellos meses
y no quise tener más sufrimientos que los que me produjeron la detención y los
treinta años que me salieron de condena por todos mis delitos e intentos de
asesinatos. La vida era cruel y en la cama la chica y yo, juntos, después de un
buen polvo, nos encontrábamos dos almas gemelas y solas. No sé el porqué de
aquel reflejo que tuve al taparme estando desnudo a la vista de la muchacha. Con
temor estiré la mano y acaricié aquel rostro joven. Apreté sus mejillas
paternalmente y acaricié su cuello. No la estaba tocando sólo consolándola. La
chica apretó su bonito rostro contra mi mano cuando esta estaba en su hombro.
Inclinándome un poco la besé en la mejilla.
-¿Sabes? Nadie me ha cariciao como lo has hecho tú. Nadie me
ha dao un beso de cariño como mi madre cuando estaba buena, como tú ahora. No se
lo que es cariño de casa y no sé si lo sabré algún día ¡Pero yo voy a lucha por
salirme de to esto! Me han ofrecio otras escaleras para limpia y, si pudiera
meterme de criada en una casa bien ya no querría mas cosas ¡Te lo juro! Pero
tienes que sabe lee y escribí pa lleva las cuentas de la casa de los señores.
Eso me han dicho.
-¿Cómo te llamas, chiquita?
-Celia. Me llamo igual que mi abuela ¿Quieres que te enseño
la foto de mi madre? ¡Era guapa, la jodía y divertía también!
-¡Claro que sí, Celia! Será un honor conocer a tu hermosa
madre.
Celia, cuando salio de la cama hizo un gesto con la compresa
que me recordó mis años de chulo. Las prostitutas, cuando tenían que trasladarse
de un lado a otro de la habitación después de las relaciones, aunque se lavaran,
iban con la felpa trincada entre las piernas, caminando a saltitos como las
chinitas de antaño cuando caminaban con sus piececitos reducidos. Me conmovió el
recuerdo de verla caminar así, evitando que lo que quedara de mi esperma cayera
en su limpio suelo. Sin embargo, el desagradable presentimiento volvió
aguijoneándome dañando mi ser. Regresó con un portarretrato sacado del cajón
central de una cómoda y lo extendió para que lo viera. Volvía a sentarse como al
principio.
Celia, no se atrevió a poner los ojos en mí cuando quiso que
contemplara la foto de su madre. Estaba orgullosa de ella pero temía el rechazo
de los demás. Al rato, y ante mi silencio, al ver que seguía mirando la
fotografía y no decía nada me observó con detenimiento. La niña se asustó cuando
comprobó la lividez de mi cara y como mis manos temblaban ostensiblemente al
sostener el porta retratos. Sacudió mi brazo preguntó alarmada.
-¿Qué te pasa, tío? ¿La conocías? ¿No te ha gustao mi madre?
Miré a Celia que estaba desdibujada en mil imágenes
caleidoscópicas por lo mojado que tenía mis ojos. Ante mí se encontraba Matilde,
en una actitud cómica, saltando y carcajeándose ante la cámara. Era la viva
expresión feliz de ese momento de la foto, también observándome, desde el más
Allá y a través de ésta, la derrota y el castigo más grande jamás imaginado para
un ser repulsivo como yo. Oía su carcajada rota, tétrica y con eco en toda la
habitación. Quedé paralizado, sin habla. No sé cuanto tiempo seguí contemplando
la imagen. Sólo se que solté el porta fotos sobre el lecho, tomé la sábana media
caída en el suelo y la coloqué sobre los hombros desnudos de la chica
cubriéndola toda.
La cárcel pudo ser un medio de redención de mi persona ante
una sociedad a la que hice mucho daño. La muerte de Cita fue el castigo por lo
que había hecho a los dos matones, pero todavía el cupo de pagar mis deudas no
estaba completo ahora, Matilde me hacía pagar el daño atroz que le ocasioné a
ella y al oficial, el dolor que debió sentir al ser rechazada, ultrajada,
queriéndome como me quería, cuando me comunicó la paternidad. Matilde se reía de
mí desde la misma foto y, desde el Cielo, contemplaba mi situación en la cama
con su hija ¡Mi hija! Esperó que, después de haber follado con nuestra hija,
supiera las vicisitudes y penalidades que pasó por mí culpa y la mala vida que
le había dado a una niña inocente, un alma pura como el transexual, al no querer
saber nada de su existencia.
Sentía un dolor punzante y dañino en el pecho que no me
permitía respirar bien. Quise gritar y no me salió la voz, quería pedir ayuda a
Celia y estaba inmovilizado. Dirigí mi rostro al techo con tanto terror que no
sé como salieron de mi garganta aquel grito desgarrador.
-¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAHH!!!!
Mi estómago se revolvió de tal forma que creí que se salía
por la boca putrefacto. Todo se nubló a mí alrededor, estaba en la oscuridad más
absoluta. De pronto comencé a flotar y dejé de sentir sensaciones, comprobé como
caía en un abismo profundo, muy profundo y negro.
El proxeneta
Desperté en la cama de Celia, abrigado con una mata y un paño
caliente en la cabeza. La chica, vestida con un niky blanco y una falda negra a
medio muslo, estaba ordenando la ropa de mi maleta, planchando las camisas y
colocándolas esparcidas por varias sillas, los calzoncillos limpios estaban
doblados y apilados en columna sobre la vieja cómoda. Había abierto la maleta
contemplando la suciedad que había dentro y la había lavado, planchado y
dispuesto con buen fin.
La cabeza era un hervidero de grillos y notaba que tenía
fiebre alta. Tenía frío acumulado y me acurruqué mejor entre las sábanas y la
manta que cubría el lecho. Percibí que estaba totalmente desnudo y eso me
avergonzó.
La verdad es que no sentía remordimientos de haberme acostado
con aquella preciosidad de mujer. Era mi hija, de acuerdo, pero no la había
conocido hasta ahora y por tanto mis escrúpulos no existían hasta ese extremo.
Pensé con tristeza que, aunque la maldad del hombre desaparezca de él siempre
queda rescoldo en los rincones más profundo de su ser. Durante un buen rato la
vi en sus menesteres domésticos, de espalda a mí, paseando por la habitación,
planchando y colocando a la vez, cantando en baja voz. Cuando cambié de posición
giró su rostro, estaba peinada con el cabello totalmente hacia atrás y con una
graciosa colita de caballo. Fijó sus agradables ojos en los míos, preguntando
más con la mirada que con la voz.
-¡Vaya, vaya! El bello durmiente ese del cuento se despertó
-Era una chica, La Bella Durmiente del bosque, era mujer.
-Peo pa ella. No lo sé, yo oí algo de un cuento por eso lo
dije ¿Cómo está?
-Me duele mucho la cabeza, Celia, y tengo fiebre. Veo que te
has dado cuenta de ello y la has calmado con paños tibios.
-Lo aprendí cuando atendía a mi madre. No es nada
-¿Cuánto tiempo llevo acostado, Celia?
-Dos días y toda la mañana de hoy. Y yo sin salir de aquí,
sin pode ir a trabajá. Se ve que la foto de ella no le gustó y arrojó por la
boca una plasta sobre la cama que creí que se iba a rompe ¡Qué olor dejó aquí,
tío!
-Recompensaré con creces tus desvelos, Celia. Estoy
agradecido por el cuidado que has hecho conmigo. Te pido, por favor, que me
dejes quedar hasta mañana, para entonces estaré bien y me iré, ahora no estoy en
condiciones.
-¿Por qué tanta prisa? ¿Se pone malo y hecha la papilla, se
despierta y ya quiere irse? ¡Hombres! Mi madre decía que todos son iguales
-Conocí a tu madre y… y tuvimos una…
-¿Una relación amorosa? Norma, mi madre era puta como yo.
-Una hija
-¡Uste no es mi padre! ¿Entiende? ¡Un padre no se acuesta ni
folla a la hija! ¡Mi padre no me taparía mi cuerpo si supiera que la que folló
era su hija, uste lo hizo! ¡Mi padre fue malo, uste no! ¡Uste me acarició como
lo hacía mi madre cuando no me pegaba! ¡No diga que es mi padre! ¡No lo diga o
lo echo de mi casa a patadas, malo y to!
-Cuando me abordaste acababa de salir de la cárcel. Llevaba
dentro diecisiete años, chiquita. Te vi y el corazón, traicionero, no me
advirtió que eras tú, tan solo contemplé a una preciosa muchacha que se ofrecía
por doscientos euros. Te necesité y… y ya sabes el resto.
-Toavía queda el servicio pendiente, tío. Yo cumplo mi
palabra y no le robo a nadie –de pronto hizo un gesto de sorpresa -¡Ahora por
robar! aquí tienes un manojo de billetes que encontré en tu ropa ¡De alucine,
tío, de alucine! Yo nunca via visto tanto dinero junto
No supe que contestar. Dos días a mi lado, cuidándome,
atendiendo todas mis necesidades, encuentra dinero en abundancia y lo devuelve
con una expresión muy propia de los jóvenes de hoy -¡De alucine, tío!- No
hablamos más en la hora siguiente. Celia seguía enfurruñada, planchando un
pantalón que tenía pendiente y desapareció poco después sin decir nada. Al rato
vino con una gran bandeja con comida para los dos. Había pedido pizzas y
espaguetis. Compró pan, agua y unos dulces para el postre –"Mala alimentación"-
pensé para mí –"tendré que poner remedio a esto".
Los alimentos me supieron a gloria bendita. Dos días habían
dejado mi estómago plano y, si encima devolví lo que había comido el día que
salí, entonces estaba claro el hambre que tenía.
-Esta noche procura no darme patadas como las dos noches
anteriores ¡Tienes un mal dormi! ¿Lo sabías? Dentro de dos horas te dejaré un
rato, voy a salir. Me han ofrecío dos escaleras más de una comunidad y voy habla
con el presi
-Chiquita… Tú y yo estamos solos en la vida. Eres una
prostituta y yo un ex convicto ¿Por qué no dejas que cuide de ti como un padre?
Cuando salí me dieron una carta de presentación para un trabajo en la fábrica de
electrónica que hay muy cerca de aquí. Te vienes conmigo. Las únicas escaleras
que quisiera que limpiaras con tus pies son las que subas y bajes en un colegio
para adultos. Tú estudiarás y yo trabajo para los dos, viviremos en una misma
casa, nos cuidamos el uno al otro con nuestra compañía, una relación de tipo
filial, nada más ¿Qué te parece el plan?
-¿Qué es filia? –Dijo ella engullendo golosamente un trozo de
pizza que yo había dejado.
-Afecto familiar, como hermanos o hermanas, los mismos
padres…
-¡Tú no eres mi padre, ya lo dije!
-Bien…
-¡Lo dicho, no eres mi padre! Si eso fuera verda yo te… yo
te… ¡Mira lo que has hecho! Se saltan las lágrimas solas ¡Soy tonta del culo!
-Estamos solos ¿Por qué no, mujer?
-¿Tú harías eso por mí? ¿Y con qué te tengo que paga, con el
coño? ¿Y gratis? ¡Eso es lo que tú quieres! –Seguía comiendo a dos carrillos,
con una sonrisa maliciosa y triste a la vez- Toavía te debo un par de polvos
más. Ahí guardaos tengo los doscientos.
-No me debes nada, chiquita. No te quiero como mujer, eres
mi… muy joven para mí. Si vivimos como buenos amigos me conformaría, estaría
contento. Tú dejarías la prostitución y yo estaría cumpliendo con la sociedad y
con una persona fallecida a la que le debo la más grande de las gratitudes
Había acabado con lo que dejé de la comida italiana y con la
de ella, se comió los dos grandes trozos de tarta y bebía vasos de Coca-Cola uno
detrás de otro ¡Increíble! Era verla para creerlo
-Vamos a ve –Decía restregándose la boquita con la
servilleta- De padre e hija, nada, de amigos tampoco nada, hombre y mujer, sí.
Tu trabaja en la fábrica esa, yo estudio, que está por ve, vivimos en la misma
casa, dormimos en la misma cama, follamos como las parejas las veces que
queramos y yo me encargo de la casa.
-No, chiquita, no puede ser.
-Si vivimos como familiares tú querrías una mujer para
tirártela ¿eh? ¿Y la vas a trae de la calle estando yo? ¡De eso na de na!
En ese momento tocaban a la puerta. Celia salió a abrir. Oí
claramente la voz alterada de un joven.
-¿Donde coño has estado tú estos tres días, puta? ¿Donde está
el dinero que te dieron follando? ¡Eres una cabrona zorra y ladrona!
-¡Eduardo, espera! Lo tengo aquí, jurao…
¡Plaf! Era el sonido fuerte de una bofetada y alguien la
recibió en su cara. Me imaginaba quien. Me levanté despacio, desnudo tal como
estaba y esperé tranquilamente al chulo que entrara en el cuarto. A empujones
llevaba a Celia a la habitación, escupiendo insultos, dándole golpes en la
espalda y nalgadas en su culo cuando los vi aparecer. La muchacha quería
guarecerse de los golpes corriendo más que el proxeneta y se arrimó a la cómoda
como protegiéndose. El fulano volvió a levantar la mano contra ella y yo la cogí
en el aire.
La sorpresa que se llevó fue mayúscula. Tan ciego estaba
dándole leña a la chica que no me vio. Sin saludar ni darme a conocer empleé una
llave de judo estirándole el brazo, retorciéndolo y obligando al cuerpo a dar
una vuelta sobre sí mismo cayendo al suelo estrepitosamente y con mucho ruido.
No lo miré, no tuve compasión de la cara de sufrimiento que debió poner, lo
levanté como a un fardo y machaqué su nariz con un sólo puñetazo de frente,
luego, manteniéndolo así como estaba, sin muestra de piedad, le di con el canto
de la mano sobre su cuello y calló sin conocimiento en el suelo, sangrando a
raudales por la nariz y la boca.
-Mientras yo viva, chiquita, nadie volverá a poner sus manos
sobre tu bonito cuerpo. De ahora en adelante serás una señorita respetable,
vivirás como tal y te comportarás como lo hacen ellas. Esto es el último
capítulo de una vida triste que te ha tocado vivir. El mío, la rehabilitación al
encontrarte a ti en la avenida. Hace dos días que empezó una nueva etapa para ti
y para mí. Borrón y cuenta nueva, chiquita.
Celia miraba asombrada al chulo caído en el suelo
despatarrado, desmayado y manchando de rojo su suelo impoluto. No podía creer lo
que había visto ni que nadie la defendiera como lo había echo yo. Señalando con
el dedo preguntó temerosa
-¿Está muerto?
-¡No, chiquita, pierde cuidado! Estoy esperando que despierte
para que te pida perdón por el mal trato y las ofensas que te ha proferido
-No hace falta, déjalo ya, porfi ¡Uf! ¡Si éste hubiera sabio
lo que le esperaba aquí…! -reía alegremente sin poder contener las carcajadas.
Creo que lo hizo abiertamente por primera vez en su vida.
El individuo aquel despertaba y estaba tan atolondrado y
molido que no sabía donde estaba ni que parte del cuerpo le dolía. Quiso
levantarse y lo ayudé pero le obligue a ponerse de rodillas con un violento
gesto de mi mano.
-Ahora, chulito de mierda, le vas a pedir perdón a la
señorita, le vas a decir también que la puta zorra y ladrona es tu madre. En
fin, ya sabes, mostrarle a la dama como se comporta un caballero.
-Esa es tan puta y zorra como su madre y tú, un maricón ¡Hijo
puta traicionero!
-¡Hombre, pues si ella es tan puta como yo maricón, resulta
que sigues equivocado, ninguno de los dos somos nada de eso! –El revés de mano
que le di en la comisura de la boca hizo que el muchacho cayera hacia el lado de
la pared y se diera contra ella- ¡Vamos, hombre! ¿Qué más te cuesta pedirle
perdón?
Seguía zurrando el rostro de chulito una y otra vez.
-Per… perdona Celia. Te juro que me… equivoqué… era a mi
madre….
-¡Esta bien, esta bien! –mediaba Celia angustiada- Y tú, como
te llames ¡Deja a las madres en paz, caramba!
-Soy Ernesto, chiquita, me llamo Ernesto y tú has de saberlo
por mamá
Tomé al chico por el ancho cuello de la zamarra de cuero y lo
arrastré hasta la puerta de la calle. Lo dejé en el borde de las escaleras y la
cerré. Cuando entré, Celia estaba delante de mí, en sujetador de seda
transparente. Las areolas sonrosadas eran pequeñas y sus pezones sobresalían
menudos de aquellas mamas y estaban erectos. Su estómago, casi plano, subía y
bajaba a medida que se acercaba a mí. Quedó pegada totalmente a mi tórax y sus
pechos carnosos empezaron a rozarse lentamente por mis tetillas. Los labios,
suavemente pintados en rosa, besaban mis hombros, subían por mi cuello y
buscaban mi boca posándose en ella con un suave y caluroso beso de amor. La mano
derecha bajó por mi desnudo cuerpo, se apoderó de mi pene y lo cogió apretándolo
con pasión. La otra mano se enroscó en mi cuello y los labios femeninos se
pegaron con más intensidad, abriendo la boca, sacando la lengua e invitándome a
que la abriera también. Nuestras lenguas se juntaron y se buscaron con gran
afán. Mi pene estaba creciendo peligrosamente y Celia lo masturbaba con suavidad
y con el dedo índice palmeaba la punta del glande estimulándolo, haciendo que
éste empezara a mojarse.
Me sobrepuse de ese momento como pude deshaciéndome de su
persona con un empujón para atrás.
-¡No, Celia, no! ¡Soy tu padre! ¡Nunca más!
La muchacha, al verse rechazada, oyendo lo que le decía,
cambió su semblante y su cara se transfiguró en una fealdad terrible. Quedé
impresionado al contemplarla.
-¡No eres mi padre! ¡No eres mi padre porque yo nunca lo he
tenido, no ha existido jamás! Mi madre me decía que yo había nació como el Niño
Dios, de una luz que ella recibió ¡No tengo padre, pedazo de cabrón! ¿Mas
entendio?
Sí, la había entendido alto y claro, sin embargo, mi mano
derecha sobre su hombro izquierdo la mantenía alejada.
-Lo siento, chiquita, no puede ser, te lo dije.
-¡¡Márchate, márchate ahora mismo, cabrón!! ¡Me voy a la
cocina y, cuando vuelva, no te quiero ver más aquí! ¡Ah! toma tu dinero sucio de
preso, no lo necesito –decía esto yendo a la cómoda. Cuando lo cogió lo tiró a
mis pies marchándose acto seguido.
Estaba muy débil, la lucha me había dejado sin fuerza y la
fiebre subía más aún. Todo el estómago seguía revuelto. Recogí el dinero del
suelo como pude y lo deposité en la parte alta del mueble. Lavé mi cara y me
vestí. Del dinero que tenía, aparté unos ochocientos euros para mí y el resto lo
dejé al lado del otro.
-¡Chiquita, Chiquita! ¡Condéname para la eternidad y haz que
pague el daño que hice a dos grande mujeres en mi vida!
El padre Meléndez, capellán del presidio, muy amigo mío, nos
dijo a todos en una ocasión, estando en la biblioteca, que el daño que las
personas hacían a otras se pagaba en este mundo con el mismo dolor e intensidad
que el que se infligía, además, estaba el remordimiento que se penaba de la
misma forma. Había estado de misionero por los países africanos y vio tantas
calamidades, miseria, injusticias, violaciones de mujeres y matanzas del hombre
a sus semejantes que dejó de creer en Dios para siempre. Sólo su familia lo
mantuvo en la iglesia y le consiguieron el trabajo en aquella prisión.
-Adió, Celia bonita
¡La vida es bella!
Llevaba no sé cuanto tiempo caminando por la ciudad. El aire
fresco de la calle espabiló mi espíritu permitiéndome continuar sin caerme
redondo al suelo. Preguntaba aquí y allá por la empresa informática y poco a
poco iba avanzando a ella. De pronto supe que me seguían a distancia. Es un
sentimiento de defensa que se adquiere en la cárcel cuando se lucha a vida o
muerte por estar obligadamente en ella. No tenía enemigos declarados ya que me
cercaran, en la sociedad en que me encontraba ahora tampoco, no conocía a nadie
y ésta tampoco a mí. Reduje el paso mientras pensaba en todo ello y sospeché, a
ciencia cierta, quien era. No necesitaba comprobar más, di media vuelta y seguí
caminando normalmente, doblé una esquina y quedé rezagado a la pared.
No pasó dos minutos cuando la persona que me seguía entró en
la calle confiada, desconociendo totalmente la técnica del camuflaje. Celia, al
entrar en la vía no se paró a pensar que yo pudiera estar esperándola y se
asustó cuando la tomé del brazo.
Vestía la misma ropa de antes, el niky blanco y la falda
negra a medio muslo, llevaba un pequeño macuto al hombro y su bonita cola de
caballo bailó alegremente ante mí.
-Hola, Celia ¿Estás buscando nuevas calles y más populosas
para tu trabajo?
-¡No, yo estaba paseando…! ¿Es que está prohibido?
Estaba preciosa y simpática con su pelo recogido y la
sorpresa de verse descubierta. No sabía por donde salir. Era prostituta, pero le
faltaba mucha tabla y picardía para andar por la vida ejerciendo esa profesión,
no era de extrañar que, si seguía con la profesión, algún desalmado la enamorara
y la explotara impunemente en su beneficio. De eso sabía yo mucho
-¿Con una bolsa de viaje? Siempre pensé que vosotras ibais
por las calles donde prestáis servicios con un bolsito pequeño, ya sabes, las
compresas, algunos condones, clines, lápiz de labios, gel sanitario, no se…
-Venía a devorverte el dinero, no lo necesito y yo solita se
gana el dinero pa vivi –metía la mano en su macuto e intentó sacarlo. La atajé.
-Te pertenece, hija. Todo lo mío es tuyo desde ahora y eso es
parte de la herencia que te debo de tu madre. Eres mayor de edad y no puedo
impedirte que seas puta pero haré todo lo posible porque vuelvas a mí, para que
quedes conmigo. Tú y yo formamos una pequeña familia, chiquita, déjame que sea
yo el que traiga el dinero a casa y tú la hija buena que cuida de su padre al
tiempo que estudia ¿Qué te parece?
-Tú no eres mi padre, está dicho un montón de veces ¡Adiós!
-Seré como un hermano para ti, si así nos ponemos de acuerdo
¿Hace?
-Tampoco tengo hermanos –Estaba deseando quedarse conmigo
pero no con esas condiciones.
-Entonces, como un buen amigo mayor al que le tienes cariño y
mucha confianza
-¡Eso sí, así si voy contigo! Pero también de los que joden
en la cama
-Si vienes conmigo será bajo mis condiciones. No joderé
contigo nunca más, no tengo remordimientos, chiquita, de haberte follado, te lo
dije, pero eso se acabó. Si aceptas, bien, si no… ¡Adiós!
-Estoy sola, no tengo a nadie y no quiero segui siendo puta
¡No me gusta, coño! –daba una patada en el suelo- Pero me entregaría al cabrón
de mi padre si él quisiera con tal de está acompañá
La miré serio, profundamente, no decía nada porque todo
estaba dicho. Metí la mano derecha en el bolsillo y esperé callado su respuesta.
-Todo lo que hay en este bolso son los recuerdos de mi niñe,
una muñeca de trapo sucia que no tiene ojos, fotos de mi madre y la casa es
alquila. Todo eso es lo que conseguimos ella y yo en la vida. No tengo ná y no
tengo a nadie.
-Me tienes a mí, chiquita, soy tu padre –la tomaba de los
hombros y volvíamos de regreso los dos juntos, ahora sin resistencia –Lo primero
que haré mañana es firmar el contrato de trabajo, luego, el juzgado para
rellenar los papeles necesarios que nos permita ser esa familia que deseamos,
más tarde… no sé ¿Qué haremos después, Celia?
-Llámame Chiquita siempre, porfi. La primera vez que lo
dijiste me gustó tanto que no me canso de escucharlo. Me gustaría comer fuera,
en un Mcdonal, nunca he ido a un Mcdonal acompañá pa come una salchicha con
cebolla y salsa tomate y al cine ¿A ti te gusta el cine?
-Creo que me va a gustar todo lo que a ti te guste, chiquita.
Si, ya lo creo que si
-Pasear, ver escaparates, salir a ver los pueblos de por aquí
y que no conozco, hacer la comida pa el hombre de la casa, cosé, planchá…
-Estudiar, tener amigas, algún novio…
-Si, bueno, eso esta por ve
-Seguir estudiando los cursos siguientes, leer, buenas
amistades…
-¡Qué pesao estas con los estudios!
Matilde nos había unido como ella quería desde el más allá.
Tenía que pasar dieciocho años para eso, pero la vida es joven porque es eterna
y además bella. Pero con la niña, mi hija, nuestra hija a mi lado. Los dos
teníamos los ojos brillantes y húmedos, alegres, contentos... La sociedad me
confirmó, con el consentimiento de Celia en todo, que me había perdonado
totalmente comenzando a recompensarme con creces.