DESEO EN LA TARDE
Él me lo había pedido de una manera tan simple y natural que
no pude reaccionar indignada, como correspondía, sino permanecí muda y
simplemente le dije que no.
Un no que me salió en forma espontánea, sin buscarlo. Un no
que seguramente venía desde un interior mío poderosamente condicionado por la
estricta educación de mi familia.
Oscar, mi único hermano que tenía en ese tiempo diez y ocho
años o sea ocho menos que yo, no pareció sorprendido de mi negativa, mas bien
creo que la esperaba, de modo que no hizo mayor comentario y siguió ayudándome
en las tareas de ordenar algunas cosas en la bodega de nuestra casa de campo.
Pero al día siguiente volvió a pedirme que le mostrara mis
pechos desnudos y sin esperar mi respuesta, como asumiendo que de nuevo seria
negativa, siguió moviendo cajas y sacos a los lugares que yo le indicaba
mientras decía cosas en voz alta como hablando consigo mismo pero en realidad,
indirectamente conmigo.
Me decía que nunca había visto los pechos desnudos de una
mujer, que se los había imaginado muchas veces, sobre todo se imaginaba los
míos, que eran los que él tenía y sentía mas cerca.
Casi no hacía pausas al hablar.
Me dijo que se imaginaba mis pechos como globos grandes,
ligeramente alargados, con unos pezones oscuros, directos, dilatados como dedos,
rodeados de una aureola morada que brillaba en la oscuridad. Que el pensaba que
mis pechos seguramente me dolían por retenerlos a la fuerza dentro de mi sostén
y que estaba seguro que mis pezones, en la noche, cuando yo me acostaba,
deberían estar delicados y que yo me los acariciaba para apacentarlos y para que
pudieran descansar el uno junto al otro tibiamente.
Yo me di cuenta demasiado tarde que no debería haberle
permitido hablar de esa manera, pero era el caso que Oscar me decía esas cosas
como si en realidad estuviera describiendo lo que veía, como si nada pecaminoso
hubiese en eso, de tal modo que al fin lo dejaba hablar como si yo no lo
escuchara.
Pero lo escuchaba. Era imposible no escucharlo y era muy
difícil no creer en la sinceridad de sus palabras que me llegaban sin ningún
dejo de malicia y únicamente las veía como la manifestación de una curiosidad
sin limites.
Era así que yo escuchaba lo que el me decía cada tarde, sin
que por eso estuviese dispuesta a acceder a lo que me pedía, simplemente quería
oírlo hablar, pensando también que de esa forma el podría descargar la tensión
que parecía invadirlo debido a su deseo insatisfecho y algún día quizás ya no
insistiría y olvidaría todo.
Pero no sucedió así.
Alentado por mi silencio se atrevió a contarme otras cosas y
a decirme que ya el deseo de ver mis pechos desnudos se le había transformado en
una especie de obsesión que no lo dejaba dormir tranquilo, que durante el día me
miraba, sin que yo me diera cuenta y que estaba toda la mañana esperando ansioso
que llegara la tarde para encontrarse conmigo en la bodega y decirme lo que le
pasaba, porque de esa manera se sentía embriagado por un deseo creciente, que mi
silencio hacia crecer mas aún.
Me dijo que me miraba cuando yo me inclinaba y por el borde de mi blusa
alcanzaba a percibir ese tajo profundo en el centro de mi pecho y que realmente
sufría cuando mis pechos se levantaban y descendían por mi respiración agitada,
allí en la bodega, y que había encontrado uno de mis sostenes en el baño después
de mi ducha y lo había besado y había puesto sus labios allí donde habían estado
mis pechos y que seguramente yo sabía lo que a mi me pasaba en esos momentos,
dándome a entender que se masturbaba habitualmente pensando en eso.
Yo había podido comprobar eso, cuando al ordenar diariamente
las ropas de su cama había observado las gigantescas manchas amarillentas que
sus eyaculaciones ocasionaban y que me obligaban a cambiar en silencio sin
contarle nada a mi madre.
Fue así como llegó esa tarde de febrero, caliente y solitaria. Había un olor
especial en la bodega, un olor de encierro seco y era esa hora en que todo
parece dormirse en el campo, en que ningún ruido llene el espacio y el tiempo se
arrastra. Una hora de soledad.
Cuando me buscó, yo estaba escondida tras unos cajones
grandes llenos de maíz, pero el sabia que yo estaba en alguna parte. Había
comenzado a hablarme lo de siempre, cuando yo le puse mi mano en la boca y el se
quedó sorprendido.
Fui abriendo con lentitud los broches de mi blusa, mi sostén blanco quedó
expuesto y pudo comprobar que efectivamente, como me lo había descrito, mis
pechos parecían querer estallar dentro de esa prisión sutil.
Entonces, con la habilidad de las mujeres maduras, llevé mis manos a la espalda
y con un solo movimiento aparté los broches y mis pechos surgieron insolentes
hacia la libertad llenando el espacio frente a sus ojos.
No puedo olvidar la expresión de su rostro, el brillo de sus
ojos y el ligero palpitar de sus labios.
Se recuperó rápidamente de la sorpresa del regalo y sus manos extendidas
acariciaron su anhelado tesoro, casi con temor de poder romper el hechizo, pero
fue mi voz la que lo convenció que estaba en la realidad.
Le dije que eran suyos, que yo se los regalaba, que podía
jugar con ellos cuanto quisiera, que a mi gustaba que el los tuviese, que eso me
hacía feliz.
Entonces entró en la realidad y los acarició con vehemencia,
los aprisionaba en sus manos, los recorría saltando de uno a otro, sosteniendo
su gravidez, levantándolos y juntándolos apretando los pezones entre sus dedos
mientras yo lo abrazaba para que pudiese tenerlos mas cerca y para sentir el
aliento caliente de su boca sobre mi piel pecadora.
Y entonces vinieron otras tardes. Todas las tardes que
restaban de ese verano caliente. Esas tardes en que yo se los entregaba en cada
momento, en cada rincón, cuando aprendió a mamarlos con delicadeza, a veces, y
con furia otras, en que me sentí amamantando a un animal joven, hambriento y mío
y en que los dos nos dejábamos llevar por este juego diabólico que nos llenaba
cada día de un deseo creciente.
Y yo quedaba con los pechos dilatados y dolorosos, pero
felices de saciar su boca cada día mas anhelante de deseos prohibidos. Y en las
noches, cuando frente al espejo recorría la mordida geografía de mis pechos,
sentía que nada ni nadie me había dado nunca mayor felicidad intima que este
secreto nuestro.
Nunca me diría nada nuevo, ni me pediría otras caricias que
no fueran las descritas. Mientras yo, ahora en una espiral de deseo de hembra
excitada me dejara abrazar en mis noches por fantasías audaces.
El únicamente estaba haciendo realidad su deseo de mis pechos, como si un
destete prematuro hubiese implantado en su mente esa necesidad que ahora
satisfacía tan plenamente.
Habría de ser yo entonces quien debería contenerse y estaba
dispuesta ha hacerlo para no romper el hechizo de nuestros encuentros.Hasta que
llegó última tarde del verano y habríamos de volver a la ciudad.
Ninguno de los dos quería hacer diferencia esa tarde. No
queríamos admitir la separación, de modo que le ofrecí mis pechos como siempre
con ansias de prolongar el disfrute cuanto pudiéramos.
Lo sentí recorrerme como nunca, como si quisiera dejar
imprentada en mis pechos su máxima caricia y me sentí hervir cuando mis pezones
eran azotados por su lengua y me sentí crecer en su boca de una forma
desmesurada y mi cuerpo comenzó a latir como no lo había experimentado antes.
Mis manos, que sostenían su cabeza entre mis pechos,
comenzaron a impulsarla hacia abajo, recorriendo mi vientre desnudo, siempre
hacia abajo, hacia ese centro que me latía desesperado, anhelante y solitario,
hacia ese centro entre mis piernas que se estaba derritiendo, que manaba deseo
liquido sin interrupción, que se abría como una flor madura mostrando
descaradamente sus hojas abiertas y calientes como labios impúdicos.
El no ponía resistencia alguna y con su boca apegada a mi
piel, entró en la zona de mi bosque, duro y espeso, sin detenerse, hasta que
encontrar el obstáculo de mi clítoris dilatado, inflamado de deseo palpitante y
supo que había encontrado su tercer pezón, el mas duro, el mas caliente, el mas
escondido, que lo estaba esperando sin yo saberlo desde el comienzo de nuestras
tardes secretas.
MAGDA