PRELIMINARES DE LA BODA-1
Los preparativos de la boda iban a buen ritmo. Sólo faltaba
una semana, y el piso ya estaba amueblado, los regalos de la lista ya estaban
prácticamente cubiertos, y sólo quedaban flecos que hasta el último momento no
se podían realizar. Uno de ellos era el tema de la lencería que llevaría el dia
B (de boda), que mi madre machacaba constantemente. Yo era partidaria de algo
sencillo, ya que lo espectacular es el vestido, pero ella insistió de la manera
más convincente: 25.000 Pesetas para que me comprara algo realmente bonito.
Así que me decidí a ir a una tienda que estaba muy cerca del
piso nuevo, por aquello de que no te conocen, y puedes mirar con más comodidad.
Muy luminosa, mostraba en el aparador conjuntos blancos, negros y granates,
además de las típicas fotos de modelos luciendo palmito.
Me atendió una señora de unos 45 años, muy bien vestida,
quien pareció ilusionarse mucho cuando le expliqué para qué necesitaba un
conjunto. Inmediatamente me pasó a la trastienda, para que estuviera más cómoda,
mientras me bombardeaba con numerosas cajas de sujetadores y braguitas.
Despreocupada, me desnudé ante ella, y empecé a probármelos. La mujer me dejó a
solas para que estuviera más tranquila
Una hora más tarde, la duda se redujo a tres conjuntos. Como
aún era invierno, la mujer encendió la calefacción, ya que yo aún estaba en
paños menores. Volví a probármelos, pero esta vez requerí su consejo. Entró un
poco sonrojada, excusándose porque tenía bastante calor. Observé, aunque en ese
momento no le di importancia, que su falda estaba arrugada, y que una punta de
la blusa sobresalía por su espalda.
El primer conjunto era prácticamente transparente, en lycra
blanca. El sujetador, realzaba el surco entre mis pechos, y los hacía muy
rotundos, prominentes. La braguita transparentaba mi oscuro pubis, y, por
detrás, se hundiría entre mis nalgas. Y hablo en condicional, porque por
higiene, me las probaba con mis bragas debajo, con lo que el hipotético efecto
sensual que pretendían, quedaba muy difuminado. Ese detalle no pasó
desapercibido para la vendedora, quien rápidamente me ofreció un salvaslip para
que pudiera contemplarme como quedaría si lo comprara. He de decir que era algo
extraño, pues no tenía la típica forma de las compresas, sino que era como
triangular, con la base ancha en la parte delantera, y con pequeñas
protuberancias, como las papilas laterales de la lengua. Me deshice de mis
bragas, y, una vez puesto el salvaslip, me las puse. Mucho mejor, pude ver que
mi sexo quedaba muy a la vista. La mujer se acercó, y me dijo que tenía que
ponérmelas muy altas, de forma que los laterales se curvaran a la altura de mis
caderas, para hacer mis piernas muy largas. Ese movimiento que hizo apretó la
base de la tela y el protector contra mi vulva, con lo que se dibujó el contorno
de mi hendidura.
Me giré ante ella, quien pareció muy complacida, y, en su
papel de vendedora, afirmaba maravillas sobre mi cuerpo y sobre cómo me quedaba.
El segundo, blanco igual, era de blonda. El sujetador, muy
bajo, izaba mis pechos, y a la vez, casi mostraba la aureola de mis pezones. La
braguita, de forma muy similar a la anterior, insinuaba la tonalidad negra de mi
vello púbico entre tanta puntilla. La vendedora repitió la operación de izado de
bragas, aunque esta vez además, con sus manos marcaba dónde realzaba, los puntos
de refuerzo, etc. Por tres veces noté cómo fugazmente uno de sus dedos rozaba mi
entrepierna.
El tercero, calcado al segundo, salvo que el sujetador era
una especie de top, y la tela cubría mi tronco hasta casi el ombligo. Para mi
sorpresa, la señora acariciaba mi cuerpo con un descaro inusitado, mientras
seguía haciéndome la pelota. Me estaba poniendo nerviosa, y, como no acababa de
decidirme, se me ocurrió decir que es que no me gustaba cómo me quedaban las
braguitas, porque sobresalían pelos, y eso, estéticamente, quedaba fatal.
Sonrió, e, incorporándose, me dijo:
-Querida, eso es fácil de arreglar. Ven. Y, sin tiempo a
quejarme, entramos en una pequeña habitación que tenía a la derecha, donde había
una camilla ancha. Me hizo tumbar boca arriba, y sacándome las braguitas me dijo
que me iba a rasurar. Como dudaba, me dijo que eso le daría una gran sorpresa a
mi futuro marido. Además, la zona sería mucho más sensible a las caricias. Temía
que fuera a ponerme espuma y me repasara con una cuchilla, pero no fue así, sacó
una crema especial, y la aplicó en mi pubis, cuidando que no rozara la
carnosidad de mi vulva. Eso hizo que la señora me tocase bastante el clítoris y
los labios interiores, provocando, aunque yo no quería, una ligera excitación.
Pasados 10 minutos, retiró la crema con una espátula, y me lo
enseñó con un espejo. Parecía el sexo de un bebé. Para evitar irritaciones, me
aplicó una crema, pero muy suavemente, por toda mi vagina. Yo estaba confundida,
y no reaccionaba. Para cuando ya mi piel la había absorbido, ya estaba
totalmente mojada, y, sin más preámbulo, se hincó ante ella y me lamió. Una
sensación como eléctrica recorrió mi cuerpo. Mi futuro consorte nunca me había
lamido así, y me rendí a aquella lengua que entraba muy profundamente en mi
coño, mientras la nariz rozaba mi clítoris. Me sorprendí acariciándole la cabeza
con mis manos, mientras gemía sin parar; mi vientre era puro fuego, y, si mi
cerebro tenía un ápice de resistencia, éste cedió cuando un dedo surcó entre mis
flujos y desapareció en mi interior.
Mi respiración se hizo pesada con el tercer dedo dentro, y la
lengua titileando mi clítoris hinchado. Le anuncié mi orgasmo, uno de los más
fuertes que he tenido en mi vida.
Acostumbrada a acabar y retirarme, quise cerrar las piernas,
pero ella no me dejó. -¿Ya te has cansado, querida? Pero si ahora empieza lo
mejor... Ven, Juan, entra.
Y ante mi asombro, apareció un hombre de unos 45 años,
robusto y bien cuidado, sin apenas michelines, con una polla enorme, amenazante.
Quise cerrar las piernas, pero ella me lo impidió.
-Juan, mira qué delicia, y está limpito de pelos, mira qué
abierto está, separándome los labios del coño. Ël sonrió. Parecía retrasado o
algo así. Ella me sacó de dudas, pero no de mi angustia.
_Juan es mi marido, tuvo una embolia, y apenas habla, pero
entiende todo, y tiene una actividad sexual ahora inagotable. Relájate, niña, y
disfruta, a la vez que la punta de su capullo se restregaba contra mi clítoris.
Con la humedad que había destilado, apenas sí tuvo que empujar para que entrara
una parte en mi chocho. Me arqueé y eché la cabeza hacia atrás en un acto
reflejo al sentir cómo me abría esa maza, y cómo empezaba a derrumbarme de
gusto.
Hizo un gesto hacia atrás, y con el siguiente empujón entró
media. Notaba cómo chocaba con mi útero, y cómo él hacía fuerza para izar más su
pene para hundírmelo más. Cuando entró todo, grité. Nunca pensé que mi vulva se
dilataría tanto. Para mitigar mi dolor, ella acariciaba el clítoris, mientras me
comentaba la jugada.
-¿Te gusta, putita? Te ha taladrado hasta el fondo, y ahora
te empieza a bombear. ¿sabes?, cada vez la saca más mojada...estoy segura que
nunca te habían follado así...
Y era verdad, nunca me había sentido tan llena, y un picor
especial me excitaba más y más. Perdí el control cuando ella lamió mi clítoris.
Yo sólo bufaba y gemía, mientras un gigantesco orgasmo estallaba en mi interior.
Y a ese siguieron muchos más, antes de que se corriera. Con un gruñido, lo
advirtió, y la mujer lo arrancó de mi coño y lo acogió en su boca, para beberse
todo el néctar. Respirando con la boca abierta, ella me besó, y al instante
derramó en mi boca el semen que aún tenía en la suya. Hipnotizada, tragué el
espeso líquido mientras su lengua se enroscaba con la mía como dos serpientes
enrabiadas.
Sin mediar palabra, el hombre guardó su aparato dentro del
pantalón y se fue. Yo aún estaba alucinando, mi entrepierna me escocía por la
dilatación, cuando cerré las piernas, noté un gran alivio.
La mujer me miraba, y yo a ella. No hicieron falta palabras,
ella, con restos de semen en la comisura de sus labios, volvió a devorarme, y yo
me dejé llevar por otro fortísimo orgasmo.
Cuando salía de la tienda, con cuatro modelitos de lo más
sexy, ella me dijo con toda la intención: "vuelve cuando quieras". Ella sabía
que volvería, pero... ¿y yo?
Esa misma noche, en nuestro flamante piso, volví a hacer el
amor, esta vez con mi novio. ¡Qué diferencia! Ni por grosor ni por longitud era
equiparable a aquella barra que derretía mis entrañas. Mi dilatado y mojado sexo
le hizo creer que estaba más caliente que nunca. Era verdad, pero no por él,
sino por lo vivido esa misma tarde.
Al dia siguiente, mi novio partía de viaje hasta el viernes,
dos dias antes de la boda. Tenía mucho tiempo para hartarme de aquel rutilante
martillo pneumático...
CONTINUARÁ