La cena discurrió en un ambiente muy familiar y distendido;
he de reconocer que al principio estábamos un poco cohibidos por el hecho de
estar desnudos ante nuestros padres, pero poco a poco nuestros temores fueron
desapareciendo hasta hacernos sentir absolutamente cómodos a pesar de estar en
la más absoluta desnudez; parecía como si al habernos desprendido de nuestras
vestimentas, nos hubiéramos desprendido al mismo tiempo de nuestros tapujos y
nuestra timidez; después de los postres vino la correspondiente sobremesa, y
cuando a nuestros padres les fue venciendo el sueño se retiraron a sus
camarotes, cada pareja al suyo. Como ellos estaban en la parte de popa, nos
dirigimos a proa para poder continuar charlando sin molestarles.
Se me hacía extraño que estuviéramos allí, todos desnudos y
con la mayor naturalidad. Cada cual se puso como más cómodo se encontrase:
tumbados encima de las toallas, sentados, con las piernas colgando por la borda;
no hacía mucho que estábamos allí, cuando Laura se levantó para darle el pecho
al crío; sentándose de nuevo entre nosotros, asió a su bebé entre sus brazos y
lo acercó a su seno para que tomase su ración de alimento. No era la primera vez
que veíamos a una madre amamantar a su hijo, pero nunca antes de ahora habíamos
estado junto al mar, dejando que la brisa marina acariciase suavemente nuestra
piel desnuda iluminada por la luna llena; el reflejo del astro proporcionaba una
tenue luz blanquecina a nuestro alrededor dándole un aire un tanto
fantasmagórico. Nosotros continuamos charlando y pude darme cuenta como con un
disimulado gesto de sus ojos Isabel me señalaba a mi hermano. Al dirigir mi
mirada hacia él, vi que estaba como un poco ido, se había quedado absorto viendo
como el crío de Laura estaba tomando su leche.
No sé cuánto rato llevábamos así, cómodamente sentados sin
preocuparnos en ningún momento por nuestra desnudez; lo que sí recuerdo es que
vino mi padre y nos dijo que no nos acostásemos muy tarde puesto que al día
siguiente mi tío quería zarpar pronto. Estuvimos un ratito más de charla y,
antes de irnos a dormir, decidimos hacer unos cambios en las habitaciones. Laura
continuaría en su camarote con el crío, Juan vendría al camarote de proa, y
María se trasladaría al camarote de Martin, al menos por esta noche.
Isabel y yo nos tumbamos encima del colchón y esperamos a que
Juan terminarse de cepillarse los dientes. Como vimos que tardaba un poco lo
llamamos y al rato lo vimos entrar por la puerta; para sorpresa nuestra, se
había puesto de nuevo su pantalón del pijama y la camiseta. El contraste era
notorio, puesto que nosotras no nos habíamos puesto nada encima, mientras que él
sí. Él también se sorprendió puesto que, a pesar de llevar un buen rato desnudos
desde que nuestros padres nos contaron el secreto que durante tantos años habían
mantenido en el más absoluto de los silencios, no se esperaba venir a dormir y
encontrarnos a las dos sin nada encima. Yo estaba tumbada boca abajo apoyada en
los codos y leyendo un libro, mientras que Isabel estaba de lado escuchando
música a través de los auriculares.
Viendo que no terminaba por decidirse a venir a la cama, le
insistimos en ello y, al incorporarme, me di cuenta el motivo de su turbación:
al vernos a las dos desnudas de nuevo, su pene había entrado de nuevo en
erección y su pantalón corto formaba una incipiente tienda de campaña. Éste era
el motivo, a pesar de haber estado casi todo el día desnudos. Al final, Isabel
dejó los auriculares en un estante y se levantó para cerrar la puerta; ambas nos
dábamos perfecta cuenta que lo que le producía la timidez era el estar con el
pene erecto y no poderlo disimular.
Vamos, no seas bobo, que tampoco no hay para tanto; no
tienes porque avergonzarte de ello –le dijo Isabel mientras con su mano
abierta le agarraba suavemente su paquete.
Vosotras lo tenéis muy fácil, no se os nota nada y podeis
disimular mejor – protestó él.
Claro que se nos nota, pero en otros aspectos –continuó
Isabel.
¿en cuáles?
Pues que el pecho se nos pone duro, los pezones se nos
erizan y los labios de la vagina se hinchan ligeramente.
Ah, pues nunca me había fijado; claro que hasta hace poco
nunca había visto a una chica desnuda.
¿Cómo cuánto poco? –le preguntó ella.
Pues… -respondía él balbuceando un poco y no atreviéndose
a responder abiertamente-… hasta hace un par de días.
La conversación estaba entrando en materia reservada y de
alto voltaje; lentamente, ya se había despojado de su pantaloncito y estaba
sentado encima de la cama con la espalda apoyada en la pared; nosotras nos
incorporamos y también nos sentamos como él formando una especie de semi
círculo. Como si no supiese nada (yo ya se lo había contado antes), Isabel
continuó con la charla y le preguntó cuándo y cómo había pasado todo; él no se
atrevía a contestar y me miraba buscando una respuesta en mí; yo asentí con la
cabeza, como dándole permiso, y él empezó a narrar cómo lo habíamos sorprendido
con el pene al aire ante el ordenador, como nos habíamos desnudado en la piscina
y cómo habíamos acabado haciendo el amor; Isabel aparentó una absoluta sorpresa
ante tal revelación; el pobre Juan estaba que reventaba, hablando sobre sus
primeras experiencias sexuales desnudo ante nosotras dos, pero sobretodo por
tener a su prima Isabel completamente desnuda a su lado. Ya me había dicho que
la encontraba muy guapa y, a su vez, ella también me había confesado que
encontraba que Juan estaba muy bien. Ahora sí que no podía disimular su
excitación, puesto que su pene estaba completamente duro y firme.
El ambiente estaba cargado de un alto potencial erótico y,
con la excusa que la luz por la mañana nos molestaría, me levanté y corrí las
cortinillas para tapar las escotillas. En un momento en que él se fue al baño
que había en nuestro mismo camarote, Isabel me confesó que le estaban entrando
ganas de pasar de las palabras a los hechos, pero que no sabía como iniciarlo.
Yo también sentía lo mismo y decidimos que habría que poner manos a la obra, y
nunca mejor dicho. Cuando regresó, Isabel había estirado un poco las piernas
abriéndolas ligeramente y yo le dije que si se fijaba, podría ver como a
nosotras también nos cambiaba un poco el cuerpo. El pobre estaba con los ojos
que se le salían, tenía a poco menos de un palmo, el sexo de su adorada prima
abierto mostrando su clítoris rosado y su pecho duro y firme; él se limitó a
decir un "Ay vá, es verdad"; dando una vuelta de tuerca más, le agarré su mano y
se la puse encima del sexo de Isabel y encima de su pecho para que pudiese notar
la evolución sufrida por su anatomía. Juan estaba viendo visiones, y una vez
pasado el "susto" inicial, fue acariciando delicadamente la anatomía de Isabel.
Los dos estaban encantados con el "jueguecito": él por
acariciar, y ella por ser acariciada. Reclamando su atención, le dije que se
fijase bien, y abriendo mis piernas le fui mostrando con detalle todos los
rincones de mi anatomía más íntima, permitiéndole que se recrease con la vista;
él continuaba sentado en el colchón, pero apoyaba su espalda en la pared para
estar más cómodo; éste fue el momento que yo aproveché para tomarle su pene con
dos dedos y explicarle los secretos del mismo; le dije cuáles eran sus partes y
le expliqué cómo tenía que subirse y bajarse la piel del mismo para provocarse
un orgasmo y descargar toda la excitación acumulada. Cuando llegó a un momento
en que ya no podía más, se fue al baño y terminó masturbándose; entro de nuevo,
con un aspecto ya más relajado, pero con un hilillo de semen colgando de su
pene;
Ven, tienes que lavarte siempre que eyacules –le dije yo;
Y pasándole un brazo por el hombro lo llevé de nuevo al baño,
donde, con una de las toallas y un poquito de agua, se lo dejé bien limpito y
reluciente. Al terminar, le dí un suave besito en la punta al tiempo que le
decía: "Ya está, ya puedes entrar de nuevo". Él se sorprendió mucho ante mi
reacción y, al ver que no salía, le pasé las manos por la cintura y volví a
darle otro suave beso en la punta de su pene; al notar el contacto con su piel
caliente y suave, no pude resistir la tentación y, abriendo la boca, fui
tragando aquel trozo de carne que unos días antes había tenido dentro de mi ser;
una vez dentro, mis labios fueron recorriéndolo de arriba abajo consiguiendo que
recuperara de nuevo su esplendor perdido. Para no levantar sospechas en Isabel,
aunque de hecho poco me hubiera importado, me incorporé y me fui de nuevo a la
cama. Con cuchicheos, me dijo que tenía muchas ganas de hacer algo, y fue
entonces cuando le dije que creía que Juan estaba ya a punto de caramelo.
Entendiendo perfectamente mis palabras, se echó a un lado para que Juan se
tumbase entre las dos.
Cuando Juan salió del baño y vino hacia nosotras, se me
acercó y, abrazándome, me dio un beso al mismo tiempo que me daba las gracias
por haberle enseñado todo esto. Viéndonos así, Isabel le tocó al hombro y le
preguntó si para ella no había nada. Él se giró, y con un "Y tanto que sí", se
le acercó y abrazándola le dio otro beso en la mejilla. Juan estaba tumbado
encima del colchón, boca abajo, y al ir a abrazar a Isabel no pudo evitar rozar
con su pecho los senos de ella. Al principio este contacto le turbó un poco y
quiso separarse del cuerpo de Isabel, pero ella, consciente de cómo se
encontraba él, no dudó en abrazarlo fuertemente hacia ella al mismo tiempo que
acariciándole cariñosamente la cabeza le decía:
Mira que eres bobo, no tienes porque tener vergüenza, si
sólo es un abrazo.
Sí, ya lo sé, pero es que como estamos desnudos me da un
poco de cosa.
¿el qué te da cosa? ¿Qué nos rocemos?
Sí, claro; ¿a ti no?
No, claro que no, si sólo es un abrazo.
¿y si fuera más que un abrazo?
Esta vez sí que me había sorprendido mi hermano Juan. Le
notaba más abierto, más seguro de si mismo y con más confianza para hablar de
sentimientos íntimos, Además, con esta pregunta suya de cómo se sentiría ella si
el roce hubiera sido algo más que un simple abrazo, denotaba que le gustaría
llegar más lejos de lo conseguido hasta ahora; en más de una ocasión había oído
como la encontraba muy atractiva, e Ingrid me había dicho que tenía un especial
cariño hacia Juan por ser el pequeño de la familia. Total, que entre una cosa y
otra estábamos muy cerca de poder iniciar toda una serie de juegos eróticos y
amorosos, o muy lejos; quien sabe; todo dependía de cuál fuese la respuesta y la
reacción de Isabel. Yo ya sabía que ella, al menos en un principio, era
favorable a intentar algo, pero una cosa era hablar de ello en la teoría y la
otra encontrarse ante el dilema de decidir si se continúa hacia delante o se
queda tal cual se está. Al final, viendo que no le quedaba más opción que
responder, contestó a la pregunta de Juan.
Si fuera más que un abrazo tampoco me habría importado, y
menos si venía de ti, primito; recuerda que esta tarde nuestros padres han
dicho que quedando en familia no pasa nada.
Se había abierto la veda del amor entre nosotros, pero la
cuestión estaba en saber cómo, cuándo y quién empezar. No sabía cómo, hasta que
por la cabeza se me pasó una idea luminosa; me acerqué a mi hermano que se
hallaba tumbado entre nosotras dos con una erección bien manifiesta al
encontrarse entre dos chicas desnudas por el cariz que estaba tomando la
conversación; con dos dedos le levanté al miembro ya completamente erecto, y
mostrándoselo a Isabel dije:
Uy, Isabel, fíjate como se ha puesto Juan. ¿no crees que
deberíamos llamar a alguien para que se lo cure?
Es verdad: pero ¿para qué molestar a nadie pudiéndolo
"curar" nosotras?
Enseguida nos pusimos las dos a examinar al "paciente",
repitiendo el juego de los médicos que todos hemos jugado alguna vez siendo
niños; pero la diferencia era que ahora ya no éramos unos niños, y estábamos
todos desnudos; a Juan le parecía estar viendo visiones, puesto que las dos le
estábamos proporcionando unas suaves caricias por todo el cuerpo, centrándonos
en sus partes más nobles. Por ser la primera vez, Isabel no se atrevía a
acariciarlo abiertamente en su entrepierna, hasta que le agarré su mano y la
deposité en las partes más sensibles de mi hermano. Lo que en un principio era
sólo un "examen médico" ahora era ya una caricia erótica con todas las de la ley
y el pene de mi pobre hermano estaba erguido como el palo de una bandera.
Antes de la cura, ¿no habría que limpiar y desinfectar?
–le pregunté yo a Isabel.
Claro, Ingrid; hay que tomar todas las precauciones.
Yo lo decía siguiendo un poco el juego, y refiriéndome a
frotarle el pene como si fuese con una esponja, pero mi sorpresa fue mayúscula
cuando Isabel, después de decir que había que tomar todas las precauciones,
acercó su cara a la entrepierna de Juan y sacando la lengua con la puntita de la
misma empezó a recorrer toda la longitud del pene de Juan. Habíamos empezado con
un beso inocente en la mejilla y estábamos liados en plena faena. Cuando creyó
que ya lo había humedecido lo suficiente, abrió sus labios y se lo tragó entero.
Tanto Juan como yo estábamos viendo visiones: yo porqué no creía que hubiéramos
llegado tan lejos, y él porqué nunca había podido imaginar que algún día estaría
así en esta situación. Isabel desplazó varias veces sus labios por el pene de
Juan y al poco rato levantó la cabeza diciendo:
Bueno, creo que ya está solucionado; ya está bien
limpito.
Limpio sí que se lo has dejado, tía; pero continua duro
como antes.
Es cierto; bueno, ya se le pasará;
Los tres nos tumbamos de nuevo en el colchón y nos pusimos a
charlar un rato; en una ocasión que me puse de lado, pude ver como Isabel tenía
su mano en la entrepierna de mi hermano y le iba acariciando suavemente sus
genitales con suaves movimientos de la mano. El hielo ya se había roto entre
ellos dos: ella lo acariciaba tranquilamente y él se dejaba acariciar sin más.
Dudaba si continuar disimulando o si hacerles ver que los había visto; al final
me decanté por lo segundo. Les pregunté si les apetecía jugar al "Juego de la
verdad"; los dos se giraron y dijeron que sí. Lo de menos era la respuesta que
diesen; lo que realmente importaba era que ellos supiesen que los veía, y lo más
importante aún era que no se molestasen; su reacción fue la esperada y mi
hermano me contestó que ¿por qué no jugar?.
Oye, tía, no le hagas tantos masajes que se va a poner
enfermo –le dije irónicamente a Isabel.
Que, va, si es una gozada –respondió Juan.
Si esto te gusta tanto, ya verás; aún te falta mucho por
aprender –le contestó nuestra prima.
Ya no había vuelta de hoja, y tal como se iba sucediendo todo
no podía tardar mucho para que comenzásemos nuestros "jueguecitos". Los dos
parecían estar muy a gusto y yo decidí aprovechar la situación par ir más allá.
Al principio las preguntas eran de lo más inocente, pero poco a poco fuímos
adentrándonos en materia reservada hasta que Isabel le preguntó a mi hermano si
aún era virgen. El pobre Juan se puso como un tomate y, recordando el pacto de
silencio que habíamos hecho unos días atrás con María, me miró intentando
recabar mi opinión; cuando le dije que respondiese sin miedo, puesto que éstas
eran las normas del juego, contestó que no, que hacía unos días lo había
hecho…con migo; la reacción de Isabel fue de fingida sorpresa, puesto que cuando
ayer por la noche estábamos las tres en la playa se lo conté. Continuando con el
juego, le preguntó:
Vaya sorpresa, chicos; ¿qué postura utilizasteis? ¿el
misionero?
¿Qué es esto del misonero? –preguntó Juan un tanto
extrañado.
Pues es uno encima del otro –le respondió Isabel.
El misionero es la normal, ¿no?
Según las parejas; hay muchas más –le respondí yo.
¿sí? ¿cómo cuales?
Isabel y yo le íbamos explicando las diferentes posturas que
conocíamos procurando ser lo más explícitas posibles en los detalles para que mi
hermano Juan lo entendiese mejor y también, ¿para qué negarlo?. para caldear un
poco más el ambiente; los tres ya nos habíamos soltado, e Isabel y yo íbamos
acariciando a mi hermano con suaves movimientos de nuestras manos; por lo que
nos dijo después, en este momento él se encontraba como en una nube y nuestras
caricias hacían que su pene estuviese en la rigidez más absoluta. Si queríamos
excitarlo y animarlo, la verdad es que lo habíamos conseguido con creces y,
aunque fuera él el blanco de nuestras caricias, en más de una ocasión sus manos
alcanzaban nuestros senos o incluso nuestra entrepierna y nos devolvía parte de
las caricias que le proporcionábamos. La temperatura ambiente iba subiendo por
momentos, y nosotras contínuábamos con los masajes sin dejar de explicarle
posturas, movimientos, etc.
En un momento dado, se incorporó un poco y nos dijo
¿Todo esto se puede hacer? Y yo que creía que sólo había
lo del misionero. La verdad es que algunas de estas cosas cuestan de
imaginar.
¿Cómo qué? –le pregunté yo.
No sé –dijo él medio en balbuceos-, como lo de hacer el
amor de pie, a cuatro patas, o entre dos chicas.
¿por qué te sorprende entre dos chicas? –le inquirí.
Aunque lo vea raro, pero entre dos chicos más o menos lo
entiendo; pero entre dos chicas no lo veo para nada; si no teneis pene.
¿Y qué? Aunque no tengamos pene también podemos hacer el
amor; para hacerlo no hace falta que haya penetración. ¿no es verdad,
Ingrid?
Claro, nosotras no necesitamos que haya penetración.
No sé –continuó él-; por mucho que me lo expliqueis me
cuesta de imaginar.
¿Qué, le enseñamos cómo se hace? -me preguntó Isabel
mirándome a la cara.
En este momento Isabel me dejó sin habla, saber qué decir. Si
bien es cierto que tenía ganas de pasar de las palabras a los hechos, no lo era
menos que con ella nunca había llegado tan lejos, como mucho algún roce, beso o
caricia cuando estábamos en Suiza. Supongo que si hubiésemos estado las dos
solas todo habría sido más fácil, pero teníamos a mi hermano Juan de testigo y
ello me incomodaba un poco. Pero en la parte baja del estómago tenía un montón
de mariposas revoloteando por su interior y, al final, pudieron más las ganas
que los posibles reparos. Cuando le contesté a Isabel "¿por qué no? No tengo
ningún inconveniente", le dijo a Juan que se echase a un lado y que se fijase
bien. Ni corta ni perezosa, se tumbó encima mío y empezó con el misionero;
nuestros sexos se tocaban, se rozaban y nuestros labios vaginales se
entrelazaban los unos con los otros; yo estaba sintiendo un placer
indescriptible, un placer que se vio acrecentado cuando fue inclinando su cuerpo
hasta que nuestros pechos estuvieron en contacto; en este momento me entró una
especie de escalofrío, el pecho acabó por ponérseme duro y cuando noté que sus
pezones rozaban repetidas veces los míos ya duro y firmes como unos garbancitos,
no lo pude remediar; atrayéndola más hacía mí, la abracé y la besé en los
labios; al principio era un beso suave, un beso de cariño, pero enseguida se
transformó en un beso de pasión; mientras nuestros sexos se tocaban, nuestros
senos se rozaban y nuestras lenguas se movían en una especie de baile frenético,
miré a mi hermano de reojo y pude ver como estaba viendo visiones. Es cierto,
había oído hablar que a veces hay chicas que se aman, pero jamás había imaginado
poderlo ver en directo, y menos aún a su hermana y a su prima juntas.
En nuestra "clase práctica", pero sobretodo en nuestra sesión
de amor, no nos limitamos al misionero; también vino la rana, el pino y varias
posturas que conocíamos; al final ocurrió lo que era inevitable que sucediese;
estábamos las dos haciendo la tijera, cuando sentí como una especie de
escalofrío, como una gran sensación de placer recorría todo mi cuerpo; había
llegado al climax, al orgasmo gracias a las buenas artes de mi prima Isabel y
ante la mirada atónita de Juan. Por suerte, habíamos tenido la precaución de
extender las toallas de baño encima del colchón. Cuando hube recuperado un poco
el resuello, me incorporé y, mirando a Juan le dije:
¿Ves? Nosotras también podemos hacer el amor aunque no
tengamos pene.
¿Y esto que es? –preguntó él señalando la mancha en la
toalla.
Pues, igual que a vosotros, os sale el semen, cuando
nosotras hacemos el amor también expulsamos un líquido seminal.
El pobre no sabía qué decir ni qué hacer; viéndolo así, y
sabiendo que Isabel estaba a punto de caramelo, les dije que me iba a duchar,
pero que si querían podían continuar. Evidentemente que querían; Juan estaba
deseando probar las posturas que había visto, e Isabel finalizar lo que había
iniciado conmigo. Me levanté de la cama y, dirigiéndome al baño que había en
nuestro mismo camarote, me puse bajo la ducha, viendo por el rabillo del ojo
como Isabel y Juan se abrazaban y se besaban cariñosamente, él con más timidez
que ella. Mientras dejaba que el agua resbalase por mi cuerpo desnudo y me
maravillaba del rumbo que habían tomado los acontecimientos; pero al mismo
tiempo esperaba y deseaba que el ruido que hubiésemos hecho nos delatase; si
bien era cierto que la noche estaba bien entrada, que todos dormían y que
nuestros padres casi nos habían dado carta blanca para que hiciésemos lo que
quisiésemos siempre y cuando fuese libremente y con el consentimiento de ambas y
tomando las precauciones necesarias, no me gustaría que nos pudieran sorprender
"con las manos en la masa", al menos por ahora.
Cuando salí de la ducha, abrí la puerta y, con una toalla
enrollada alrededor de mi cuerpo para no mojarlo todo, me acerqué a la cama
donde estaban ellos. Juan estaba encima de Isabel, casí en la postura del
misionero, pero sin llegar a penetrarla y besándole sus senos; mientras, ella,
le acariciaba la cabeza y la iba dirigiendo con movimientos precisos hacia dónde
tenía que ir. Enseguida me vino a la cabeza la imagen de esta noche cuando,
después de cenar, nos sentamos en la cubierta y Juan se quedó extasiado viendo
como Laura amamantaba a su crío.
¿qué, imaginando que eres el crío de Laura? –le pregunté.
Sí –respondió el, levantando ligeramente la cabeza para
volver a besar los suaves senos de Isabel.
Me imaginaba que Isabel estaría a punto de caramelo, y para
cerciorarme de ello, le acaricié sus partes más íntimas; con la yema de mis
dedos pude notar como su sexo estaba completamente lubricado, señal inequívoca
que estaba dispuesta a ser penetrada. Con un gesto de la cabeza le pregunté si
quería, a lo que ella contestó afirmativamente. Ahora sólo faltaba Juan, y por
lo que intuía, tampoco tendría ningún reparo. Sólo les faltaba un ligero
empujoncito, y este empujoncito se lo iba a dar yo.
Va, dejaros de besitos y de arrumacos. ¿Por qué no os
pasais al misionero? –les dije.
Ante la respuesta afirmativa por parte de ambos, Isabel
agarró el pene perfectamente erecto de su primo Juan y se lo introdujo en su
cueva del placer. Ella le agarraba la cintura indicándole los movimientos que
tenía que realizar, pero por la inexperiencia de él no lo conseguía y, en más de
una ocasión, el pene se salía fuera. Para evitar que la situación llegase a
enfriarse les sugerí que cambiasen de postura y que Juan se pusiese debajo e
Isabel encima, y de esta forma sería ella quien llevaría la parte activa. Dicho
y hecho, se cambiaron de postura e Isabel empezó un movimiento bombeo con su
cintura; ella notaba como el pene de Juan la penetraba repetidamente, y el
experimentaba una sensación muy agradable al notar, según nos contó más tarde,
como su miembro se encontraba en un entorno húmedo y caliente. Durante los
bombeos, se besaban apasionadamente y, la primera vez que Juan notó como la
lengua de Isabel se entrelazaba con la suya estuvo a punto de dar un sobresalto;
pero se repuso a la sorpresa y poco a poco fue siguiendo el ritmo y los
movimientos de nuestra prima; al final, los dos llegaron al orgasmo, fueron dos
explosiones de placer casi simultáneas y, cuando terminaron, se quedaron un rato
abrazados hasta recuperar la respiración.
Vamos a lavarnos que ya es tardísimo-
Era la voz de Isabel que hacía regresar a mi hermano al mundo
terrenal; pasándole el brazo por el hombro, lo atrajo hacia ella y, entrando
ambos al mismo tiempo a la ducha, se dispusieron a lavarse y a salir bien
limpios. Al tratarse de un espacio bastante exiguo, es más que lógico el pensar
que en aquella ducha hubo más de un roce; cuando salieron se les veía contentos
y alegres, sobretodo Juan, que había visto cumplido uno de sus grandes sueños.
Aün con la piel húmeda, se tumbaron en la cama y nos
dispusimos a dormirnos esperando a que llegase el día siguiente; al principio,
ocupábamos toda la amplitud de la cama, pero poco a poco, nos fuímos acercando
hasta quedar a poca distancia los unos de los otros; de repente, una mano se
puso encima de un cuerpo desnudo y empezó a acariciarlo; luego otra; y más tarde
fueron unos labios los que empezaron a besar; no sé cuánto estuvimos así; lo que
si es cierto que en este festival de besos y caricias, nuestros labios y
nuestras manos no discriminaron un cuerpo del otro, y poco a poco nos fuímos
quedando dormidos con el pensamiento y el recuerdo en nuestras cabezas de la
maravillosa noche de amor que habíamos vivido.
Un besote muy grande a tod@s l@s amig@s de amor filial.